23/8/2010

Jorge Edwars - Leyendas del Mississippi

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Estábamos en el pueblo de Oxford, Mississippi, en el sur de los Estados Unidos, reunidos en una conferencia internacional sobre Yoknapatawpha y William Faulkner. Yoknapatawpha es un condado que sólo existió en la imaginación de William Faulkner y que constituye el espacio ficticio de casi todos sus cuentos y novelas. Todas las regiones imaginarias de la narrativa moderna —la Santa Maria de Juan Carlos Onetti, por ejemplo, y el Macondo de García Márquez— provienen de esta idea faulkneriana, concebida un poco antes de 1930, en ese pueblo de Oxford, de inventar, además de un conjunto de personajes, toda una geografía novelesca. En la literatura, la capital del condado se transformó en Jefferson, pero Jefferson, el pueblo de Mientras yo agonizo, de Luz de Agosto, de Sartoris, se parece notablemente a Oxford. Tiene la misma corte de justicia en el centro de la plaza, el mismo banco en la esquina y un esbelto monumento al soldado de la Confederación, el bando sureño derrotado en la guerra civil de 1861. Los lugareños pronuncian "Yoknapatofa", y ocurre que éste era el nombre indígena de uno de los ríos vecinos, afluente del Mississippi. La presencia próxima del Mississippi es lo que domina el lugar. Mississippi: río grande, padre de las aguas. Por ahí se orientan las interpretaciones etimológicas de la palabra. El primer europeo que lo vio, y que se sintió deslumbrado por su caudal poderoso, fue el español Hernando de Soto. Iba en busca de oro y sólo encontró aguas ancestrales, plantaciones de maíz, tribus indígenas y ratas que amenazaban aquellas plantaciones. Su trato a los indios, según las crónicas, no fue precisamente benévolo. Dejó tras de si una leyenda de sangre y se retiró con las manos vacías. El oro lo descubrirían los plantadores norteamericanos de la década de 1830, en forma de copos de algodón. La riqueza algodonera produjo mansiones neogriegas, parques, muebles franceses, vajillas de plata y de oro macizo, a poca distancia de los barracones de los esclavos negros, y desembocó en los cuatro años cruentos, implacables, de la llamada Guerra de Secesión.

Faulkner nunca fue un escritor demasiado popular. No sé si los lectores de ahora saben o recuerdan algo de su literatura. Es una obra novelesca que oscila entre el mundo de las mansiones señoriales y las tradiciones heroicas, la dignidad contrariada en la guerra pero nunca vencida, y el mundo de las cabañas negras, de las canciones religiosas, de la intolerancia racial, del río y de los animales míticos que lo rodean: serpientes de cascabel y osos. Lo extraño del caso de Faulkner es que su estimación critica, pese a la relativa indiferencia del gran público, sube cada día. No llega a la masa, pero tiene una sólida y creciente minoría de lectores fanáticos. Los académicos, escritores y simples aficionados reunidos en Oxford, provenientes de los cuatro puntos cardinales, de Tokio, de Australia, de París, de Roma, de la Unión Soviética, de Santiago de Chile, coincidían en un punto esencial. Faulkner, a la distancia, sólo es comparable a creadores de la categoría de Franz Kafka o de Thomas Mann. Es el único de los contemporáneos que inventó un sistema novelesco completo, a la manera de La Comedia Humana de Honorato de Balzac. No se trata solamente de haber inventado un Yoknapatawpha o un Macondo. El inventó historias familiares completas, enemistades, rivalidades, crímenes, amores turbulentos, complejos de situaciones entrelazadas, que se desarrollan y se enriquecen entre un libro y otro. Es posible leer cada titulo en forma independiente, pero la lectura del conjunto proporciona descubrimientos, revelaciones, hallazgos extraordinarios de la imaginación. Por lo visto, esto funciona en las más diferentes latitudes. El especialista y traductor japonés, señor Kenzahuro Ohashi, contó que los viejos novelistas japoneses de hoy, escritores de la categoría de Yunichiro Tanizaki o de Yasunari Kawabata, empezaron a estudiar a Faulkner en 1931, en las traducciones de revistas francesas que llegaban en ferrocarril a través de Siberia.

William Faulkner estuvo en su juventud en Nueva Orleans, puerto fluvial y marítimo del Mississippi situado directamente al sur de Oxford. Ahí conoció a uno de los maestros literarios de esos años, Sherwood Anderson. Sherwood Anderson escribía toda la mañana y se dedicaba en las tardes a recorrer la región y a beber whisky de maíz, bourbón, en compañía del joven Faulkner. Una tarde Faulkner se atrevió a decirle que había escrito una novela y amenazó con leérsela. Respuesta inmediata de Sherwood Anderson: "Me comprometo a recomendar tu novela a mis editores, pero con una sola condición". "¿Cuál?" preguntó Faulkner, inquieto. "No tener que leerla nunca en mi vida", dijo Anderson.

Sherwood Anderson acertó medio a medio. La novela primeriza de Faulkner era mala, pero el joven tenia condiciones excepcionales, y el maestro, para saberlo, no había necesitado leer una sola línea. Fue la primera de las lecciones del maestro. La segunda lección sólo consistió en un consejo: apegarse a la aldea, escribir sobre Oxford y sus alrededores. Faulkner siguió el consejo toda la vida, con una salvedad importante: en lugar del condado real de Lafayette inventó Yoknapatawpha y en lugar del pueblo de Oxford puso el de Jefferson. Mantuvo, en cambio, el gran río, con toda su leyenda y su misterio. El río de los "blues", del jazz, de los "gospel songs", de las cacerías de osos y de patos salvajes, de las inundaciones temibles, de los barcos blancos a rueda y de las barcazas cargadas de algodón y manejadas por negros de espaldas sudorosas.

Dicen que Faulkner se sentaba en un lugar preciso del hotel "Peabody", en Memphis, paladeaba un poco de bourbon Jack Daniels en la variedad conocida como "sour mash", y decía, pensativo, con la imaginación ocupada por sus personajes y sus paisajes novelescos: "Aquí, en este punto exacto, comienza el Delta". Los trabajos de la conferencia de Oxford demostraron que Faulkner había seguido el consejo de Sherwood Anderson, pero no al pie de la letra. Describió su región, pero no permaneció clavado en ella. Salió con frecuencia a respirar a la superficie del mundo, sobre todo a tres lugares: París, Nueva York y Hollywood. Su pasión era Paris y su tortura era Hollywood, donde tenía que estrujarse el cerebro para producir guiones de cine de calidad mediocre. Pero en Oxford incluso había un profesor dedicado exclusivamente a estudiar sus mediocres guiones de cine.

En El Whisky de los poetas

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