James George Frazer - La maga primavera

30 de agosto de 2010 ·





Extraviado por su ignorancia de las causas verdaderas de las cosas, creyó el hombre primitivo que, para producir los grandes fenómenos naturales de los que dependía su vida, sólo tenía que imitarlos y que inmediatamente, por una simpatía secreta o influencia mística, el pequeño drama que él representaba en un claro de la selva o en una cañada de la montaña, en una planicie desierta o en una playa barrida por los vientos, sería aceptado y repetido por actores más potentes en un escenario mayor. Imaginaba que disfrazándose con hojas y flores ayudaría a la tierra desnuda a vestirse de verdor, y que escenificando la muerte y entierro del invierno alejaría la sombría estación anual y facilitaría el camino de vuelta de la primavera. Si encontramos arduo arrojarnos, ni aun con la imaginación, en una condición mental en que pudiéramos creer posibles esas cosas; más fácilmente podemos representarnos la ansiedad que el salvaje debió de sentir cuando principió a elevar sus pensamientos sobre la satisfacción de sus simples deseos animales y a meditar en las causas de las cosas con referencia a la continua actuación de las que ahora llamamos leyes naturales. A nosotros, familiarizados como estamos con la concepción de la uniformidad y regularidad con que se suceden unos a otros los fenómenos cósmicos, nos queda poco lugar para temer que las causas que producen esos efectos puedan dejar de actuar, al menos en un futuro próximo. Mas esta confianza en la estabilidad de la naturaleza está engendrada sólo por la experiencia, que proviene de la observación extensa y de la larga tradición, y el salvaje, en su círculo estrecho de observación y con su corta tradición, carece precisamente de los elementos de la experiencia que podrían tranquilizarle ante la presencia de los siempre cambiantes y a menudo amenazadores aspectos de la naturaleza. No extrañe, por esto, que se le vea presa de pánico ante un eclipse solar y que piense que éste o la luna seguramente perecerán si él no eleva un aullido y dispara sus febles flechas al aire para defender a las luminarias del monstruo que amenaza devorarlas. No maraville que se aterrorice cuando en las tinieblas de la noche se ilumina súbitamente una faja de cielo por la ráfaga de un meteoro o se incendia la total expansión de la bóveda celeste con la oscilante luz de las auroras boreales. Hasta los fenómenos que se repiten en intervalos fijos y uniformes puede verlos con aprensión antes de llegar a reconocer la regularidad de su recurrencia. La prontitud o tardanza del reconocimiento de tales cambios cíclicos o periódicos de la naturaleza, dependerá principalmente para él de la magnitud del ciclo particular. El ciclo de un día y una noche, por ejemplo, es en todas partes, salvo en las regiones polares, muy corto, y por esto tan frecuente que sin duda los nombres dejaron pronto de inquietarse en serio por si accidentalmente dejaba de producirse, aunque los antiguos egipcios, como hemos visto, hacían sortilegios diarios para volver a Oriente por la mañana al ígneo globo que se había hundido al atardecer en el Occidente arrebolado. Pero no ocurría lo mismo respecto al ciclo anual de las estaciones. Para cualquier hombre, un año es un período considerable, sabiendo que el número de nuestros años no es grande, aun para el que más. Para el salvaje primitivo, con memoria corta y medios imperfectos para señalar la marcha del tiempo, un año bien puede haber sido tan largo que quizá ni siquiera le reconocía como un ciclo y aguardaba los aspectos cambiantes de la tierra y el cielo en perpetuo asombro, alternativamente encantado y alarmado, gozoso o apesadumbrado, según que las vicisitudes de calor y luz, de la vida de las plantas y de los animales, proveyeran a su comodidad o amenazaran su existencia. En otoño, cuando las hojas secas se arremolinaban en la selva al zarpazo gélido de la ráfaga y elevaba su mirada a las ramas desnudas ¿sentiría la seguridad de poderlas ver otra vez verdeantes? Cuando día tras día el sol se hunde cada vez más en el cielo, ¿podría estar seguro de que el luminar querría repasar su camino celestial? Hasta la luna menguante, cuya pálida hoz aparece cada vez más flaca por la noche sobre la línea del horizonte oriental, puede haber excitado el miedo en su mente por el temor de que cuando se desvaneciera del todo, ya no habría más lunas.

Éstos y un millar más de temores pueden haberse acumulado en la imaginación, alterando la tranquilidad del primer hombre, que empezó a reflexionar sobre los misterios del mundo en que vivía y a tomar en consideración un futuro más distante que el mañana. Era natural por eso que, con tales pensamientos y temores, hiciera todo lo que piara él tendiese a volver la flor marchita a la rama; a subir al sol bajo del invierno a su antiguo alto lugar en el cielo estival; a devolver su redonda plenitud a la lámpara de plata que se va desvaneciendo. Podemos sonreír si nos place ante sus empeños vanos, mas sólo haciendo una larga serie de experimentos cuya mayor parte estaban condenados al fracaso, aprendió el hombre por experiencia la futilidad de algunos de sus metódicos intentos y la fecundidad de otros. Al fin y a la postre, las ceremonias mágicas no son otra cosa que experimentos fallidos y que si continúan repitiéndose es sólo porque (por las razones que acaban de ser indicadas) el operador ignora su fracaso. Con el avance del conocimiento, estas ceremonias o dejaron de ejecutarse por completo o se mantuvieron por la fuerza del hábito mucho tiempo después de haberse olvidado el propósito con que fueron instituidas. Así, cayendo de un alto rango, dejaron de ser consideradas como ritos solemnes, de cuya puntual observancia dependía el bienestar y hasta la vida de la sociedad, y se hundieron gradualmente al nivel de simples espectáculos, mojigangas y pasatiempos, hasta llegar a un grado final de degeneración, en que son totalmente abandonadas por la gente formal, aunque en otro tiempo fueran la ocupación más seria del sabio, degenerada al fin en un fútil juego de chicos. En este grado final de decadencia es en el que la mayoría de los antiguos ritos mágicos de nuestros antepasados europeos se prolongan en el día de hoy y aun sus últimos retrocesos están siendo barridos por la marea ascendente de esas fuerzas numerosas, morales, intelectuales y sociales, que están llevando a la humanidad progresivamente a una meta nueva y desconocida. Sentimos un disgusto natural ante la desaparición de costumbres curiosas y ceremonias pintorescas que han conservado hasta una época a menudo juzgada estúpida y prosaica algo del sabor y lozanía de tiempos de antaño, algún soplo de la primavera del mundo; pero nuestro disgusto se aminorará cuando recordemos que estos espectáculos agradables, estas diversiones ahora inocentes, tienen su origen en la ignorancia y en la superstición; que si ellas son un archivo del esfuerzo humano, también son un monumento de estéril ingenio, de trabajo mal gastado y de esperanzas defraudadas; que todas sus alegres galas, sus flores, sus cintas y sus músicas tienen mucho más de tragedia que de farsa. La interpretación que, siguiendo las huellas de W. Mannhardt, hemos intentado dar de estas ceremonias, ha tenido no poca confirmación en el descubrimiento, hecho después de escribirse primeramente este libro, de que los nativos de la Australia Central practican con regularidad ceremonias mágicas con el propósito de despertar las energías adormecidas de la naturaleza en la aproximación de lo que puede llamarse primavera australiana. En ninguna parte ciertamente son las alternativas de las estaciones más repentinas y los contrastes entre éstas más sorprendentes que en los desiertos de Australia Central, donde al final de un largo período de sequía, el desierto pedregoso y arenoso sobre el que el silencio y la desolación de la muerte parecen pesar, tras de unos pocos días de lluvia torrencial, de repente se transforma en un panorama sonriente de verdor y poblado de prolíferas multitudes de insectos y lagartos, de ranas y aves. El maravilloso cambio que sufre la faz de la naturaleza en esos momentos ha sido comparado, aun por observadores europeos, a los efectos de la magia; no asombre, pues, que el salvaje pueda considerarlo como real y efectiva magia. Ahora bien, es exactamente cuando hay esperanzas de que se aproxime una buena estación, cuando los nativos de Australia Central acostumbraban a ejecutar las ceremonias mágicas cuyo explícito propósito es multiplicar las plantas y animales que usan como alimento. Estas ceremonias, por esta razón, presentan una estrecha analogía con las costumbres primaverales de nuestros campesinos europeos, no sólo en la época de su celebración, sino también en sus aspiraciones, pues difícilmente podemos dudar de que en la institución de los ritos prescritos para ayudar a la revivificación de la vida de las plantas en primavera fueran acuciados nuestros primitivos antepasados no precisamente por un deseo sentimental de olfatear las primeras violetas, coger mejor la vellorita[1] o esperar a que los narcisos amarillos ondulasen a la brisa, sino por la muy práctica consideración, no formulada en términos abstractos, es cierto, de estar la vida del hombre inextricablemente unida con la de las plantas y que si éstas perecían, él no podría sobrevivir. Y como la fe del salvaje australiano en la eficacia de sus ritos mágicos se confirma observando que su ejecución es seguida invariablemente, más pronto o más tarde, por el incremento de la vida vegetal y animal, que es su objeto conseguir por esos medios, podemos suponer que lo mismo sucedía con los salvajes europeos de antaño. La vista del tierno verdor en los zarzales y malezas, de las flores primaverales abriéndose en las márgenes musgosas, de las golondrinas llegando del mediodía y del sol remontado cada vez más alto en el cielo, serían saludados por ellos como otros tantos signos visibles de que sus encantamientos estaban teniendo efecto verdadero, y les inspiraría una alegre confianza de que todo estaba bien en un mundo que podían así ellos amoldar a sus deseos. Tan sólo en los días otoñales, cuando el verano va suavemente marchitándose, su confianza sería rota una vez más por dudas y recelos ante los signos de decadencia, que proclamaban cuan vanos fueron todos sus esfuerzos tratando de alejar para siempre la aproximación del invierno y de la muerte.


La rama dorada



[1] Primaveras, prímulas, maravillas, etc.



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