Henri Michaux - Tipos chinos

16 de agosto de 2010 ·





(En una generación, la política, lo económico, la transformación de las clases sociales han cambiado en China al «hombre de la calle». No se reconoce ya aquél que yo y tantos otros viajeros y residentes habíamos visto... o se hace necesario rascar un poco. O se hace necesario ir a una ciudad o a un barrio de ciudad chino, en el extranjero, en Bangkok, por ejemplo, donde, iguales, en calles iguales, sin conocer el nuevo estilo, ellos continúan dando la razón a las viejas descripciones.

Que los viajeros, en delegaciones hermanas, recibidos con flores y sonrisas y muestras desbordantes de amistad desconfíen y no saquen demasiadas consecuencias, ni tampoco los que, recientemente, vieron, enloquecidos, las espectaculares manifestaciones de las Guardias Rojas.

En lo que a mí atañe, con todo y haber recibido una enojosa sorpresa, me complace pensar que, suceda lo que suceda, y tienda a ser lo que sea, la China será siempre diferente.

Ahora revive. Hay que estar contento de no reconocerla. De conocerla siempre distinta, siempre inesperada, siempre extraordinaria.)

Modesto, o más bien agazapado, acolchado, se diría, flemático, con ojos de detective, y pantuflas de fieltro, caminando en punta de pies, las manos entre las mangas, jesuita, con una inocencia cosida con hilo blanco, pero dipuesto a todo.

Cara de gelatina, y de pronto la gelatina se destapa y sale un precipitado de ratón.

Con algo de borracho y de blando; con una especie de corteza entre el mundo y él.

La china no es amarilla, sino clorótica, pálida, lunar.

En el teatro, los hombres cantan con voz de castrados, acompañados por un violín que se les parece mucho.

Moderado, con el vino dulcemente triste, reposado y sonriente.

Por pequeños que sean los ojos de los chinos, su nariz, sus orejas y sus manos, su ser no los llena. Se agazapa lejos, detrás. Y no por concentración. No, el chino tiene el alma cóncava.

Gestos vivos, breves pero no duros, ni siquiera precisos. Nada de muy marcado, de decorativo. Loco por los petardos, los quema con cualquier motivo y le gusta su ruido seco y sin consecuencia ni resonancia (también le gusta el ruido de las carracas que las mujeres llevan en los pies).

También le gusta mucho el abrupto croar de la rana.

También la luna, a la que se asemeja asombrosamente la mujer china. Esa claridad discreta, ese contorno preciso le habla como a un hermano. Por otra parte, muchos están bajo el signo de la luna. No hacen caso alguno del sol, ese gran fanfarrón, les gusta mucho la luz artificial, las linternas aceitosas que, como la luna, no alumbran más que a sí mismas, y no proyectan ningún rayo brutal.

Rostros asombrosamente aceitados de sabiduría; a su lado los europeos tienen un aire de todo punto excesivo, defectuoso, verdaderos jabalíes.

Ningún tipo deformado o de retrasado mental: los mendigos, bastante raros, conservan un aire espiritual y de buena sociedad, e intelectuales, muchos fins parisiens, con un aire de precisión delicada, como suelen tener los retoños de una vieja familia aristocrática, debilitados por enlaces consanguíneos.

Las mujeres chinas tienen cuerpos admirables, con el trazo de una planta, y nunca, el aire de ramera que la europea adquiere con facilidad. Las viejas y los viejos tienen cabezas tan agradables, nada extenuadas, sino vivarachas y despiertas, con un cuerpo siempre dispuesto a su trabajo, y una ternura entre ellos, y para sus hijos, que es un encanto.

* * *

El chino no tiene precisamente, como suele decirse, espíritu religioso. Es demasiado modesto.

«Indagar los principios de cosas que escapan a la inteligencia humana, ejecutar acciones extraordinarias que parecen ajenas a la naturaleza del hombre. He aquí lo que yo no desearía hacer.» (Cita de un filósofo chino, mencionado por Confucio, se adivina con qué satisfacción.)

¡Oh! no, sería vergonzoso. No querría exagerar. ¡Imagínese! Además es práctico. Si se ocupa de alguien, es de los demonios, sólo de los malos, y eso cuando hacen mal. Si no, ¿para qué?

Por obra de esta misma obliteración, lo divino unido a la ilusión se ha deslizado en ellos.

El Budha con su sonrisa que borra toda realidad tenía que reinar en la China. Pero su gravedad india suele desaparecer.

He visitado, entre otros, el templo de los quinientos Budhas, en Cantón.

¡Quinientos! ¡Si hubiera a lo menos uno bueno! Uno de veras. Quinientos entre los que figura Marco Polo, con un sombrero suministrado probablemente por el vicecónsul de Italia. Quinientos, pero ni uno en el camino, en el comienzo del camino de la Santidad.

Adiós a las posturas hieráticas favorables a la contemplación. Unos tienen dos o tres niños en brazos, o juegan con ellos. Otros, molestos, se rascan el muslo, o levantan una pierna, como con prisa, impacientes por dar un paseíto, casi todos con caras de picaros, de jueces de instrucción, de examinadores, o de abates del siglo XVIII, muchos, embaucando a los ingenuos, en fin la mayoría, Budhas negligentes y evasivos. «Pse, nosotros, ya lo ven...»

¿Habría que morirse de risa, de rabia, de llorar, o pensar simplemente que más fuerte que la personalidad de un santo, de un semidiós, es la fuerza niveladora y viva de la pequeñez humana?

En el templo, el chino está perfectamente cómodo. Fuma, habla, se ríe. A los lados del altar, están los adivinos que leen la buenaventura en fórmulas impresas. Se hacen rodar palitos en una caja, siempre alguno se adelanta un poco, uno lo retira. Lleva un número. Se busca la hoja del porvenir que corresponde al número, se lee... sólo falta creer.


En Un bárbaro en Asia
Traducción Jorge Luis Borges

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