12 de ago. de 2010

Eduardo Mallea - El ánimo de donación y el ánimo de libertad

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Contemplación de la capital argentina. Los dos ánimos fundamentales de nuestro pueblo. El dar, virtud argentina. La naturaleza de los constructores. La libertad creadora.


La capital es blanca, tiene el color de la piedra nueva. El arranque espectral de su alba es de una palidez acero en la que apenas se desangra un rojo discreto. La capital es blanca, de día, acero y azul, y la piedra todavía blanca, la piedra nueva, apenas destaca sus moles últimas en el fondo del cielo más inmaterial del mundo. En el albor de la urbe sólo los verdes muerden las copas de concentrado follaje en los islotes vegetales remotos y escasos en medio de una convocación de granito; las cornisas y el aire juntan sus cuerpos todavía puros bajo el arco coronario de un cielo purísimo que sólo con el crepúsculo se vuelve cobalto, se concentra, y éstos son sus elementos: verde, aire, piedra y azul. La capital parece fundada en el amanecer del tiempo, todo en ella es hoy nuevo: su realidad, su pretensión; sobre su superficie, el avión y el edificio tienen la misma intacta novedad. La capital tiene algo de adolescente cruel y desdeñosa junto a la senilidad de un río olvidado; desde sus bellas y distintas barrancas del norte a veces vuelve la capital sus ojos al río, éste cambia entonces su verde sucio por el azul acero del atardecer; y la noche consuma el matrimonio de esas llanuras opuestas, la de piedra y la de agua, en la forma de una pujante vibración plana, muy afinada, muy lenta.

Desde el último piso de uno de los edificios más altos de la ciudad vi el inmenso espectáculo espectral hecho ya noche. Apenas necesitaba inclinarme sobre el parapeto para ver abajo, esa metrópoli del orbe austral en la que, como en las metrópolis del norte regidas por la constelación de Casiopea, la ambición de los americanos cada día transforma el mundo sin abandonar un sueño tantas veces trágico a causa de su perplejidad sin Dios. Como Harvard Solness, el trágico constructor de Ibsen, un terrible delirio los posee y es el de subir en estas torres a enfrentarse con esa divinidad a la que tienden aun sin quererlo en su laboriosa exacerbación y en su deseo de aferrarse a una realidad sólida: la piedra. Piedra sobre piedra, esa altura en la que estaba yo había sido hecha por ellos según la osadía de esa terrible rabia de Dios que asuela las noches y los días de los hombres sin Dios.

Sin asomarme, de pie en ese balcón a oscuras, veía debajo la plaza arbolada con la estatua del Descubridor al centro y más lejos las alamedas, y más lejos la inerte oscuridad del río y el misterio del espacio de tierra inacabable huyendo hacia el interior del país. Isla de pie, vivo, rodeado de la noche, aquel enorme espacio me estremecía. Cielo blanco y muros calcinados eran ahora negro mar en que el casamiento de la luz y la tiniebla tenía no sé qué testimonial imponencia, no sé qué rígido y enfático desafío bajo la infinita polvareda cósmica, bajo el puñado de estrellas repentinamente inmóviles en su vuelo, cristalizadas de golpe como la mujer de Lot. Veía, enfrente, los dos mundos siderales —noche y luz arriba, noche y luz abajo— confundidos al fin circularmente por el norte, el sur, el oeste y el este, después de haber abarcado tanto tenebroso espacio, en el mismo polvillo blancuzco. Y como si fuera la rítmica respiración pulmonar de tantas voluntades que a esa hora rodeaban las mesas de la comida en los miles y miles de casas, subía hasta mí el aliento de las vidas retiradas hasta el día siguiente del afán, su vigilia, su crecimiento desde nuestra tierra.

Su lento crecer, su pululación, su proliferación. Sangre de millones de hombres que va a hacerse espíritu en ellos; difusas emociones que van a hacerse pasiones, que van a articularse, que van echando a andar con su equipaje humano menos ciego que antes, más seguro de sí y de sus fines sobre la tierra.

Subía hasta mí aquella noche el aliento de ese sucesivo crecer como algo terriblemente sensible, algo terriblemente real, algo terriblemente corpóreo.

Con sus dos caras, la para afuera y la para dentro, se muestra así, como el dios Jano, la superficie del país. No podemos estudiarlo en su conformación espiritual, sino en su conformación moral, pues en ésta residen los elementos que podrán restablecer la unidad en la tradición interrumpida de aquellas otras dos conformaciones. Gran dolor me daba a mí vivir en un país sin fe, en un país donde los fieles van a la iglesia como a la pausa de un espectáculo al que es necesario ir aunque no divierte, y donde se fluctúa entre cierta verdadera contrición y cierta comodidad de quedar bien con Dios. Mi ansiedad se dolía de no vivir en un país de catolicismo perseguido; porque es la persecución, y no las honras, lo que hace grandes y fidedignos a los hombres, y los países de clero perseguido y pobre son los que confieren al hombre la posibilidad máxima de confortamiento austero y de verdadera salud interior. Lo que me sentía reclamar a gritos era algo purgativo en el corazón de la Argentina, algo que mesara los cabellos de la cabeza indiferente, que sacudiera el cuerpo visible y lo hiciera despertar.

Lo que afirma Aristóteles con respecto al fin purgativo del ánimo propio de la tragedia griega me ha parecido siempre una tremenda revelación, no sólo como juicio estético, sino como sentido de las necesidades del alma. No es posible concebir vida alguna capaz de trascenderse, y, por lo tanto, de trascendencia, sin conciencia de su estado purgativo, también primero de los grados teológicos de la vía espiritual; ni vida ni obra. Y es en este sentido como toda razón es trágica y es en este sentido como cuando falta aquella conciencia del estado purgativo, el hombre es animalidad, vegetación. Y la Argentina que vemos y tocamos es lo contrario de cualquier estado ajeno a su orgullo, lo contrario de cuanto sea ajeno a esa flagrante soberbia en la que yace invertebrada.

Pero éste es su ciclo malo, en realidad, no su esencia. Todos los pueblos tienen fondos esenciales que superviven materialmente simbolizados en su literatura y en su historia y sin las cuales esencias las nacionalidades se disgregarían y disolverían como las islas de los archipiélagos. Y en la cohesión que guardan los elementos de ese fondo radica el destino mayor a que puede aspirar un pueblo, que es de tener, no imperio físico sobre otros, sino hegemonía de espíritu, en el sentido en que tiene hegemonía la inspiración de un artista sobre la devoción de quien lo recibe en su fervor.

Siempre me ha conmovido ver en los motivos humanos, sea a través de las meras naturalezas individuales, sea a través de los conglomerados colectivos, movimientos vivos del alma que salen sin miedo a la superficie. Y verdaderamente me producía cierta plenitud, cierto sentido orgulloso de nuestra suerte como pueblo en medio de una América insegura de sus fines, una Europa disgregada, un Oriente lanzado a la revuelta, la comprobación clara de que en el fondo remoto de nuestras acciones, allí donde los actos se originan y chupan savia, estaban siempre presentes, en constante acción de velar y asistir aquellos dos ánimos indisolubles, fértiles, el ánimo de donación y el ánimo de libertad.

He ahí cosas concretas y en que confiar. Esos ánimos eran un aliento que se podía respirar, compartir en los inviernos más fríos del orbe. Ese sentimiento de dar y ese sentimiento de dar libremente, ¿era posible dejar de sentirlos como la manifestación más pronta del ánimo argentino?

Herencia, por contraposición al sajón, del hombre hispánico, herencia de desmesura en la pasión, patrimonio de una naturaleza no atada por las reglas de un práctico puritanismo.

¡Extraña, fuerte, caudalosa voluntad de dar de sí, de no retener; de dar, de abrirse las venas más generosas en lo que se refiere a lo humano y en lo que se refiere a lo material! Todos los acontecimientos —por lo menos los más elevados y orgánicamente consecuentes— de nuestra historia, o sea la materialización misma en símbolos de nuestra esencia, son actos fundamentales de donación. Todos los acontecimientos de nuestra leyenda popular hecha literatura son expresiones del mismo ánimo. Toda nuestra naturaleza, la naturaleza de la argentinidad, es el ánimo de donación.

El espíritu constante que mueve nuestra historia es una acción alternada entre el ánimo de independencia y el ánimo de donación. Antes de haberse emancipado, ya estaba en la inteligencia de los primeros argentinos el comunicar esa emancipación a otros pueblos. Decía Ganivet que el núcleo más hondo adonde hay que ir a estudiar la psicología de los pueblos es su espíritu territorial. Pues bien, nuestro espíritu territorial es el de un continente sobradamente rico para su contenido humano, por lo cual nuestro destino puede pasarse de los propósitos de mezquina hegemonía o imperialismo. En tal sentido, nuestra influencia real en la América Hispana —en general en toda— estará directamente relacionada con la calidad de nuestros propios constructores y no con ningún espíritu de conquista.

El gesto de dar es la primera manifestación de la fe, y siendo la fe, entre todas, la expresión más pura del espíritu, es, como lo he dicho en otra parte, la forma misma del hombre. Cuando el hombre viene a la fe se recupera en su forma. Aun la razón toma su verdadera humanidad de la fe: cuando ésta no existe, la razón es una suerte de motor mineral. Las guerras de religión han sido por eso las más cruentas, el hombre ha ido a ellas con su miedo primero subordinado al coraje superior de creer. El ánimo nuestro de donación es el primer gesto de la fe, pero es necesario que esté articulado, que esté espiritualizado, de lo contrario es emoción que anega sin llevar en sí iniciativa realmente creadora.

En este país la humanidad da de sí, los vegetales dan de sí, los animales dan de sí; hasta las piedras dan de sí en un panorama de general ofrecimiento. Pero la naturaleza no exterioriza, desarrolla, articula ese ánimo original de donación, sino porque sigue estando impulsada por el mismo espíritu que la ha creado. Cuando se interrumpe la presencia de esa determinación superior sobreviene la tragedia de Solness, el constructor; es decir la tragedia de la construcción, que se alza gracias a la voluntad de poner piedra sobre piedra, pero que es a la postre creación no animada, creación estéril y triste.

He aquí la tragedia de los medios, otra vez; he aquí la tragedia del constructor que tiene entre sus manos medios, ladrillos, pero no sabe qué fuerza interior sostiene en él esa voluntad de construir. ¿Para qué construye? ¿Sólo para el tiempo? ¿Sólo para los desconocidos que vendrán de tierras remotas a habitar el país? ¿Qué principio mueve sus manos, qué fe mueve sus manos? ¿Son principio y fe esas pocas palabras con las cuales se maneja entre sus semejantes y que no le sirven más que para manifestar preferencias, agrados o desagrados, vulgares dolores o vulgares placeres? ¿Son principio y fe esas palabras que salen de él al azar? Todo es azar en él: fortuna o ruina; exclusivos polos. Está bien, se puede construir, levantar edificios con buenas mensuras y exactas plomadas; eso se puede hacer, pero ¿para qué? ¿Para satisfacer aquel azar? ¿Para engañarse con falsas palabras como éstas: “nacionalista soy porque quiero protegerme, ampararme; conservador soy porque quiero subsistir; católico soy para que no me dispersen el rebaño de mi privado peculio, por eso pongo ese peculio bajo la invocación de la cruz”?

No, un pueblo que no sabe adónde va es un pueblo sin fe, y un pueblo sin fe es un pueblo triste. No basta con el primer movimiento de la fe, no basta con la donación. Porque cuando no hay fe detrás de la donación que se hace, el hombre queda siempre solo y triste.

Entonces me asomé, sin dejar el curso de mi pensamiento me asomé, estuve mirando con mayor atención la claridad de las calles, muchos metros abajo, hasta distinguir las primeras figuras de hombres caminando. A través de la primera masa de oscuridad se veía una bruma blanquecina; esta bruma daba halos; y los hombres eran pequeños bultos andantes en los desfiladeros estrechísimos. Miré a los pocos hombres que caminaban en la noche, allá abajo.

Yo estaba también profundamente triste, profundamente desgarrado. Estaba, aunque no lo gritara en ese instante, trabado en diálogo con esa humanidad que caminaba en la sima de la ciudad. Y ese diálogo, como siempre, me ocasionaba dolor.

“Pueblo —pensaba—, quisiera ayudarte, quisiera ayudarte para que me ayudaras después; pueblo, quisiera ayudarte a parir la verdad de tu propia verdad, la verdad de lo que eres, de lo que llevas en ti y no de lo que muchos vociferan que llevas y no llevas. Argentina invisible, ¡si supieras la forma en que tu emoción puede ser grandeza encaminada, grandeza avanzada! Y cómo, con el acto solo de continuar en tu propio sentido pero conociendo la dirección de tu camino venidero, conociendo tu dirección, puedes ir más allá del destino a que te constriñen los que no saben que tu porvenir es otro que la satisfacción vegetativa y el éxito pecuniario y la superficial hegemonía; pueblo, tú mismo no sabes más que por la donación, por la prodigalidad, salir de tu emoción estancada. Lo que necesitas, pueblo, lo que necesitas son constructores; entre ti, constructores; el avanzar de los constructores. Ellos te han dado nacimiento y luego te han abandonado, te han dejado.

”Ahora lo que tienes son Solness, los constructores que tienes son como Solness: han construido iglesias, pero como su fe era insuficiente, incipiente, como él se han quedado después en el marasmo de la aridez, que viene después del trabajo físico concluido si detrás de este trabajo no hubo otra cosa, si se hizo sin inspiración. En la cima de su desesperación, Solness se levantó: y gritó ‘Óyeme, Todopoderoso. En adelante quiero ser amo en mis dominios, como tú lo eres en los tuyos. Yo no te construiré más iglesias: sólo construiré casas para hombres.’ Y después que construyó las casas para hombres: ‘...ahora veo que los hombres no saben qué hacer de sus hogares. Su felicidad no está allí... No edifiqué nada sólido ni sacrifiqué nada para construir algo que pudiera durar. Nada, nada, nada’.

”Pueblo, lo que necesitas ahora es: otros constructores. Aquellos que no puedan decir ‘no edifiqué nada sólido ni sacrifiqué nada por construir algo que pudiera durar’. Ahora lo que necesitas son aquellos que se diferencian del constructor nórdico, en que nada pueden crear sin sacrificio, y por consiguiente nada pueden crear que no sea sólido.

”Pueblo, es en ti tan grande el ánimo de dar, que siendo ese sólo el primer paso de la fe, parece ya una fe completa y orientada. Pero no lo es; sólo lo parece. Y tu gran destino está en sacrificarlo todo al ser; en no querer ya parecer, en borrar de tu superficie la pululación de los que parecen sin ser. Tu gran destino está en ser más categóricamente lo que eres. En tu fe estará tu afirmación, en la medida de tu fe la medida de tu afirmación. Y esto vendrá como una arquitectura del espíritu: nada más que con la articulación de tus elementos en libertad.”

Seguí pensando así frente a la ciudad hecha noche, a la ciudad que despertaría idéntica al día anterior, aparentemente fría pero con su rojo infierno interior, ardiente. Llena de ardor secreto y retenido.

Miraba y me decía: también es de este pueblo el otro ánimo, el ánimo de libertad. Las tiranías son las formas sociales de la avaricia. Las tiranías son la especie de Harpagón, cuya política era buena porque sabía atesorar y tener poder, cuya moral era horrible por la subordinación de todo a eso mismo. Pero éste, éste es un pueblo de ánimo libre. No hay generosidad concebible sin libertad; todo lo que atenta contra la libertad es un acto de usura, de acaparamiento de humanidad en desmedro de la posibilidad fértil de cada ser. En pueblos de naturaleza fértil no crece tiranía. Aun en los casos de resultados prácticos más prósperos la dictadura es un paréntesis luctuoso. ¡Pobres creadores en la tierra del látigo! ¡Pobres plantas, hombres, sentimientos! Formarán vistosos y ricos almácigos, pero por dentro estarán muertos.
No hay hombre generoso de corazón que acepte látigo o férula tiránica, porque ¿qué es esto sino injusticia y arbitrariedad?

Y este pueblo, este pueblo cuyos gajos humanos caminaban por la calle nocturna entre anuncios eléctricos y tránsito y ruido universal, no sé a cuántos pies por debajo del edificio desde donde lo miraba y lo sufría, porque lo sufría pensándolo, este pueblo, si algo es, es un pueblo generoso de corazón. Ante la rígida férula su reacción sería el asco.

Bajé los catorce pisos del edificio porque ya no era hora de seguir allí. Estaba lleno de una emoción que como la de aquel pueblo, quería salir de sí, canalizarse. Me fui caminando despacio, ya entre esas gentes, mis compatriotas, mis compadecientes, mis oscuros y desconocidos amigos, todos los que sin yo saberlo ni ellos saberlo, a tantas cosas —sueños de grandeza, pueriles arrebatos de inmortalidad— habrían aspirado conmigo en las albas y los anocheceres de la tierra argentina. Entre ellos, quién sabe cuántos, como yo, habrían tenido muchas veces el gozo de invasoras esperanzas, y luego el hundimiento en otras tantas decepciones, y luego otra vez, de nuevo, la esperanza. Tal vez, con esta triste y humana dialéctica, con estas crueles alternativas, estábamos amasando ese capital de dolor sin el cual ninguna conciencia, ni hombre, ni pueblo, puede alzarse un poco sobre su original estatura en un universo pequeño dentro de los otros universos; tal vez ese mismo dolor iba alguna vez a unirnos, así como se unen todas las fuerzas oscuras y últimas, la inspiración definitiva, en el combatiente que cae herido y ensangrentado, aquel cuya sangre, por un instante, instante sublime, dará, bajo su cuerpo, calor y vida a la tierra.

En Historia de una pasión argentina

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