8 de ago. de 2010

C.F. Volney - Octavo sistema Mundo—máquina: culto del Demi—Urgos o Gran Artífice

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Ejercitándose hasta aquí los teólogos en las sustancias sutiles y delicadísimas del éter o del fuego—principio, no habían dejado por ello de considerarlas como seres palpables, perceptibles a los sentidos; y la teología había continuado siendo la teoría de las potencias físicas, colocadas ora especialmente en los astros, ora esparcidas por todo el universo. Pero en dicha época, algunos espíritus superficiales, perdiendo el hilo de las ideas que habían dirigido estos estudios profundos, o ignorando los hechos que les servían de base, desnaturalizaron todos los resultados con la introducción de una quimera extraña y nueva. Supusieron que este universo, estos cielos, estos astros, este Sol, no eran sino una máquina de un género común; y aplicando a esta primera hipótesis una comparación sacada de las obras del arte, levantaron el edificio de los sofismas más extravagantes: Una máquina, dijeron, no se fabrica a sí misma; tiene un artífice anterior, declarado por su existencia. El mundo es una máquina; luego existe un fabricador

De aquí provino el demi—urgos o grande obrero, constituido en divinidad autocrática y suprema. En vano opuso la antigua filosofía que el mismo obrero tenía en tal caso necesidad de padre y autores, y que no se hacía más que añadir una dificultad, si se quitaba al mundo la eternidad, para dársela a él. No contentos los innovadores con esta primera paradoja, pasaron a otra segunda; y aplicando a su obrero la teoría del entendimiento humano, sostuvieron que el Demi—urgos había fabricado su máquina según un plan o idea que residía en su entendimiento; y como los físicos, que habían sido sus maestros, colocaban en la esfera de las fijas el gran móvil regulador, bajo el nombre de inteligencia y raciocinio, los espirituales, que eran meros imitadores suyos, se apoderaron de este ser, lo atribuyeron o identificaron al Demi—urgos, figurándolo una sustancia diferente que existía por sí misma, y a la cual llamaron mens o logos (palabra o raciocinio). Y como por otra parte admitían la existencia del alma del mundo o principio solar, se vieron obligados a componer tres grados o escalones de personas divinas, que fueron: 1º. el Demi—urgos o Dios obrero; 2º. el logos, palabra y raciocinio; 3º. el espíritu, o el alma (del mundo). He aquí cristianos, el romance sobre que habéis fundado vuestra trinidad; he aquí el sistema que nació herético en los templos egipcios, que se volvió pagano transportado a las escuelas de la Italia y la Grecia; y que hoy es católico ortodoxo, o por la conversión de sus partidarios, los discípulos de Pitágoras y Platón, hechos cristianos.

Así es como la divinidad comenzó por ser en su origen la acción sensible y múltiple de los meteoros y los elementos;

Después, la potencia combinada de los astros, considerados bajo sus relaciones con los seres terrestres;

Luego, los mismos seres terrestres, por la confusión de los símbolos con sus modelos;

En seguida, la doble potencia de la naturaleza en sus dos operaciones principales de producción y destrucción;—

Más adelante, el mundo animado, sin distinción de agente y paciente, de causa y efecto;

Posteriormente, el principio solar o elemento del fuego, reconocido por motor única.

Por último, así es como la divinidad ha venido a parar en un ser quimérico y abstracto, en una sutileza escolástica de sustancia sin forma, de cuerpo sin figura; en un verdadero delirio del espíritu, del que nadie ha podido comprender la razón. Pero en vano quiere ocultarse a los sentidos en este último desarrollo, pues el sello de su origen está impreso en ella indeleblemente; y sus mismos atributos, calcados todos, o sobre los atributos físicos del universo, como la inmensidad, la eternidad, la indivisibilidad, la incomprensibilidad, o sobre los afectos morales del hombre, como la bondad, la justicia, la majestad, etc., y sus propios nombres, todos derivados de los seres físicos que le han servido de tipos, especialmente del Sol, de los planetas y del mundo, todo da a reconocer los rasgos indelebles de su verdadera naturaleza.

Tal es la serie de ideas que había recorrido ya el espíritu humano en una época anterior a las relaciones positivas de la historia, y pues que su continuación acredita que han sido el resultado de una misma serie de estudios y de trabajos, todo convence y obliga a colocar la cuna o el origen de estos elementos primitivos en el Egipto, donde en efecto nacieron. La rapidez de su desarrollo se debió a la curiosidad de los ociosos sacerdotes físicos, alimentada únicamente en el retiro de los templos por el enigma del universo, que tenían siempre a la vista; y también se debió a la división política que reinó por largo tiempo en aquella región, y a los diferentes colegios de sacerdotes que había en cada Estado; los cuales, tan pronto auxiliadores unos de otros como rivales, facilitaron con sus disputas los progresos de las ciencias y los descubrimientos.

Entonces había sucedido ya en las riberas del Nilo lo que se ha repetido después en toda la Tierra. Al paso que se formaba cada sistema, suscitaba por su novedad disensiones y cismas; después se acreditaba por medio de la persecución, y unas veces destruía los ídolos anteriores, y otras los asimilaba modificándolos... Pero, sobreviniendo las revoluciones políticas, y con ellas la agregación de los Estados y la mezcla de los pueblos, se confundieron todas las opiniones; y perdida la ilación de las ideas, cayó la teología en un caos, y se convirtió en un logogrifo o enigma de antiguas tradiciones, que no pudieron entenderse. Extraviada la religión de su objeto, ya no fue un medio político de conducir a un vulgo crédulo; del cual se apoderaron unas veces ciertos hombres, crédulos también y engañados por sus propias ilusiones, y otras algunos hombres atrevidos y enérgicos, que se propusieron vastos planes de ambición.

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