9 jul. 2010

Stephen Jay Gould - Racismo y recapitulación






El adulto que más rasgos fetales (o) infantiles retiene… es incuestionablemente inferior a aquel cuyo desarrollo ha progresado más allá de ellos. Medida con este rasero, la raza europea o blanca se halla a la cabeza de la lista, la africana o negra en su base.

D. G. Brinton, 1890



Sobre la base de mi teoría, estoy obviamente convencido de la desigualdad de las razas… En este desarrollo fetal el negro atraviesa una fase que se ha convertido ya en la fase final del hombre blanco. Si continúa la retardación en el negro, lo que continúa siendo una fase de transición para esta raza podría convertirse también etapa final. Es posible que todas las demás razas alcancen el cénit de desarrollo ocupado hoy por la raza blanca.

L. Bolk, 1926



Los negros son inferiores, según nos cuenta Brinton, por conservar rasgos juveniles. Los negros son inferiores, afirma Bolk, porque se desarrollan más allá de los rasgos juveniles que conservan los blancos. No puedo por menos que dudar que sea posible elaborar dos argumentaciones más contradictorias en apoyo de una misma opinión.

Estos argumentos surgen de diferentes lecturas de un tema bastante técnico de la teoría evolutiva: la relación entre la ontogenia (el crecimiento de los individuos) y la filogenia (la historia evolutiva de las líneas). Mi objetivo aquí no es explicar este tema, sino más bien establecer una opinión acerca del racismo seudocientífico. Nos agrada pensar que el progreso científico elimina la superstición y los prejuicios. Brinton ligaba su racismo a la teoría de la recapitulación, la convicción de que los individuos, en su propio desarrollo embrionario y juvenil, repiten las fases adultas de sus antecesores, que cada individuo, en su propio desarrollo, asciende a lo largo de su árbol genealógico. (Para los defensores de la recapitulación, las hendiduras branquiales embrionarias de los fetos humanos representan al pez adulto del que descendemos. Y, en lectura racista, los niños atraviesan y trascienden las etapas intelectuales que caracterizan a los adultos de las razas “inferiores”). En el transcurso de los últimos años del siglo XIX, la recapitulación aportó una de las dos o tres principales argumentaciones “científicas” del arsenal racista.

No obstante, a finales de los años veinte, la teoría de la recapitulación se había venido totalmente abajo. De hecho los antropólogos empezaron a interpretar la evolución humana del modo exactamente contrario. Bolk iba a la cabeza del movimiento, argumentando que los humanos habían evolucionado conservando los rasgos juveniles de sus antecesores y perdiendo estructuras anteriormente propias de los adultos, un proceso denominado neotenia. Con esta inversión, cabría esperar que se hubiera producido una total desbandada del racismo blanco: al menos una cuidadosa marginación de anteriores afirmaciones; en el mejor de los casos, una admisión honesta de que las antiguas evidencias, bajo el prisma de la nueva teoría de la neotenia, afirmaba la superioridad de los negros (dado que la retención de rasgos juveniles se convertía, según ella, en una característica progresiva). Nada de esto ocurrió. La vieja evidencia fue silenciosamente olvidada, y Bolk emprendió la búsqueda de nuevos datos para contradecir la antigua información y volver a dar un respaldo “científico” a la inferioridad de los negros. Con arreglo a la neotenia, las razas “superiores” deben retener más rasgos juveniles al llegar a adultos; de modo que Bolk descartó los embarazosos “datos” utilizados antaño por los recapitulacionistas y alistó en apoyo de su postura las pocas características juveniles de los blancos adultos.

Está claro que la ciencia no influyó en las actitudes raciales en este caso. Más bien fue al contrario: una creencia apriorística en la inferioridad de los negros fue lo que determinó la selección tendenciosa de la “evidencia”. A partir de un cuerpo abundante de datos, capaces de respaldar casi cualquier aseveración racial, los científicos seleccionaron los datos que pudieran confirmar sus conclusiones, elegidas con arreglo a las teorías de moda. Existe, en mi opinión, todo un mensaje de índole general en esta lamentable historia. No existe hoy ni ha existido jamás evidencia inequívoca alguna que respalde una determinación genética de los rasgos que pueda tentarnos a realizar distinciones raciales (diferencias entre las razas en los valores medios de tamaño cerebral, inteligencia, discernimiento moral, y así sucesivamente). No obstante, esta falta de evidencia no ha evitado que se expresaran opiniones científicas. Debemos por lo tanto llegar a la conclusión de que esta expresión es un acto político, y no científico, y de que los científicos tienden a actuar de un modo conservador, aportando “objetividad” a lo que la sociedad en general desea escuchar.

Volviendo a mi historia: Ernst Haeckel, el más importante divulgador de Darwin, vio una gran promesa en la teoría evolutiva como arma social. Escribió:

La evolución y el progreso se yerguen de un lado, reunidos bajo el esplendoroso estandarte de la ciencia; del otro lado, bajo la negra bandera de la jerarquía, se yerguen el servilismo y la falsedad. espirituales, la carencia de la razón y el barbarismo, la superstición y el retrogradismo… La evolución es la artillería pesada de la batalla por la verdad; batallones enteros de sofismas dualistas caen ante (ella)… como ante una salva de artillería.

La recapitulación era el argumento favorito de Haeckel (él la llamaba “ley biogenética” y acuñó la frase “la ontogenia recapitula la filogenia”). La utilizaba para atacar la exigencia de un status especial por parte de la nobleza -¿acaso no somos todos peces cuando no somos más que embriones?- y para ridiculizar la inmortalidad del alma -porque ¿dónde iba a estar el alma en nuestra condición embrionaria vermiforme?

Haeckel y sus colegas invocaban también la recapitulación para reafirmar la superioridad racial de los blancos noreuropeos. Rastrearon la evidencia de la anatomía y el comportamiento humanos, utilizando todo lo que encontraban, desde el cerebro hasta los ombligos. Herbert Spencer escribió que “las características intelectuales de los seres incivilizados… son características que recurren en los niños de los seres civilizados”. Carl Vogt lo planteó más agresivamente en 1864: “El negro adulto participa, en lo referente a sus facultades intelectuales, de la naturaleza de un niño… Algunas tribus han fundado estados que poseen una organización peculiar, pero, en cuanto a lo demás, podemos afirmar descarnadamente que la raza en su conjunto no ha realizado nada, ni en el presente ni en el pasado, tendente al progreso de la humanidad o digno de ser preservado.” Y el anatomista francés Etienne Serres argumentó realmente que los machos negros son primitivos porque la distancia entre su ombligo y su pene sigue siendo pequeña (en relación con su estatura) durante la totalidad de su vida, mientras que los niños blancos empiezan presentando una distancia pequeña, pero que va en aumento en el transcurso de su crecimiento. La elevación del ombligo como señal de progreso.

Esta argumentación general resultó tener multitud de usos sociales. Edward Drinker Cope, más conocido por su “batalla de los fósiles” con Othniel Charles Marsh, comparó el arte cavernícola del hombre de la Edad de Piedra con la de los niños blancos y la de los adultos “primitivos” de hoy en día: “Descubrimos que los esfuerzos de las razas más antiguas de las que tenemos noticia fueron similares a aquellos que la mano no adiestrada de la infancia traza sobre su pizarra o que el salvaje inscribe sobre las paredes rocosas de las colinas.” Toda una escuela de “antropología criminal” estigmatizaba a los malhechores blancos como seres genéticamente retardados y los comparaba una vez más con los niños y los africanos o los indios adultos: “algunos de ellos (criminales blancos)”, escribió un fanático defensor de la idea, “hubieran constituido el ornamento y la aristocracia moral de una tribu de pieles rojas”. Havelock Ellis señaló que los criminales blancos, los niños blancos y los indios sudamericanos no suelen sonrojarse.

La recapitulación tuvo su máximo impacto político como argumentación en apoyo del imperialismo. Kipling, en su poema acerca de la “carga del hombre blanco”, se refería a los nativos vencidos diciendo que eran “mitad demonios y mitad niños”. Si la conquista de tierras distantes alteró algunas creencias religiosas cristianas, la ciencia siempre podía aliviar alguna conciencia afectada señalando que los pueblos primitivos, como los niños blancos, eran incapaces de gobernarse a sí mismos en un mundo moderno. Durante la guerra Hispano-Norteamericana, se planteó un gran debate en los Estados Unidos acerca de si teníamos derecho a anexionarnos las Filipinas. Cuando los antiimperialistas citaron la afirmación de Henry Clay de que el Señor no habría creado una raza incapaz de autogobernarse, el reverendo Josiah Strong replicó: “La concepción de Clay fue formada antes de que la ciencia moderna demostrara que las razas se desarrollan en el transcurso de siglos del mismo modo que los individuos lo hacen en el transcurso de años, y que una raza subdesarrollada, que es incapaz de autogobernarse, no constituye una mácula para el todopoderoso como tampoco lo hace un niño subdesarrollado incapaz de gobernarse a sí mismo.” Otros adoptaron el punto de vista “liberal” y modelaron su racismo al modo paternalista: “Sin pueblos primitivos, el mundo en general sería en gran medida lo que a menor escala es sin la bendición de los niños… Debemos ser tan justos con la “raza traviesa de ultramar” como lo somos con el “niño travieso” de nuestros hogares.”

Pero la teoría de la recapitulación contenía un defecto fatal. Si los rasgos adultos de los antecesores se convierten en rasgos juveniles de sus descendientes, entonces su desarrollo deberá verse acelerado para dejar hueco a la adición de nuevos caracteres adultos al extremo final de la ontogenia del descendiente. Con el redescubrimiento de la genética mendeliana en 1900, esta “ley de la aceleración” se derrumbó, arrastrando consigo la totalidad de la teoría de la recapitulación, ya que si los genes elaboran enzimas y los enzimas controlan los ritmos de determinados procesos, entonces la evolución puede actuar o bien acelerando o retardando el ritmo del desarrollo. La recapitulación necesita de una aceleración universal, pero la genética proclama que el retardamiento es igual de probable. Cuando los científicos empezaron a buscar evidencia de algún retardamiento, nuestra propia especie se hizo con el escenario. Los humanos, en muchos aspectos, han evolucionado conservando rasgos juveniles comunes a los primates e incluso a los mamíferos en general, por ejemplo, nuestro cráneo bulboso y nuestro cerebro relativamente grande, la posición ventral de nuestro foramen magnum (que permite la postura erguida), las mandíbulas pequeñas y nuestra relativa alopecia.

Durante medio siglo, los defensores de la recapitulación recolectaron “evidencia” en favor del racismo; toda ella se basaba en que los adultos de las razas “inferiores” eran como los niños blancos. Cuando se vino abajo la teoría de la recapitulación, los defensores de la neotenia humana seguían disponiendo de estos datos. Una reinterpretación objetiva de los mismos debería haberles llevado a la conclusión de que las razas “inferiores” son superiores; porque tal y como escribió Havelock Ellis (uno de los primeros defensores de la neotenia): “El progreso de nuestra raza ha sido un progreso de la juventud.” Finalmente, el nuevo criterio fue aceptado -la raza más infantil sería, en adelante, la que ostentaría el manto de la superioridad. Pero la antigua evidencia fue simplemente descartada, y Bolk se dedicó a rastrear alrededor suyo en busca de alguna evidencia contraria con el fin de demostrar que los adultos blancos son como los niños negros. La encontró, por supuesto (siempre es posible hacerlo si se desea lo suficiente): los negros adultos tienen cráneos alargados, piel oscura, mandíbulas acentuadamente prognatas, y una “dentición ancestral”; mientras que los blancos adultos y los niños negros tienen cráneos cortos, piel clara (o al menos más clara), y mandíbulas pequeñas y no prominentes (pasaremos por alto los dientes). “La raza blanca parece ser la más progresiva, por ser la más retardada”, decidió Bolk. Havelock Ellis había dicho prácticamente lo mismo en 1894: “El niño de muchas de las razas africanas es poco menos, o igual de inteligente que el niño europeo, pero mientras que el africano al crecer se vuelve estúpido y obtuso, cayendo toda su vida social en un estado de inamovible rutina, el europeo retiene gran parte de su vivacidad infantil.”

Para que no pasemos por alto estas afirmaciones considerándolas un lapsus de tiempos pasados, me gustaría señalar que la argumentación neoténica fue invocada en 1971 por un importante genético determinista en el debate acerca del Cl (IQ). H. Eysenck afirma que los niños negros africanos y norteamericanos exhiben un desarrollo sensorial y motor más rápido que el de los blancos. También argumenta que un desarrollo sensorial y motor rápido en el primer año de la vida está correlacionado con una posterior inferioridad en el CI. Este es un ejemplo clásico de una correlación no causal y potencialmente no significativa: Supongamos que las diferencias en el Cl están totalmente determinadas por el entorno; en ese caso, el rápido desarrollo motor no produce una disminución del Cl, no es más que otra medida de identificación racial (y mucho más pobre que el color de la piel). No obstante, Eysenck invoca la neotenia para respaldar su interpretación genética: “estos hallazgos resultan importantes a causa de un criterio muy extendido en la biología según el cual cuanto más prolongada sea la infancia tanto mayores en general serán las capacidades cognitivas e intelectuales de la especie”.

Pero hay un cepo en la argumentación neoténica que los racistas blancos han decidido ignorar. Difícilmente puede negarse que las razas humanas más juvenilizadas son, no las blancas, sino las mongoloides (algo que los militares norteamericanos jamás entendieron al afirmar que el vietcong formaba sus ejércitos con “quinceañeros”, muchos de los cuales resultaban tener treinta y cuarenta años). Bolk escurrió el bulto frente a este dato; Havelock Ellis se enfrentó con él y admitió su derrota (si bien no la inferioridad).

Si los recapitulacionistas racistas perdieron la batalla por su teoría, tal vez los neotenistas racistas la pierdan por mor de los hechos (aunque la historia sugiere que los hechos son simple y llanamente seleccionados para que se ajusten a teorías preestablecidas). Existe otro punto embarazoso en los datos de la neotenia, a saber, el status de las mujeres. Todo iba bien bajo el recapitulacionismo. Las mujeres son de anatomía más juvenil que los hombres, una clara muestra de inferioridad, como argumentaba vociferante Cope en los años 1880. No obstante, según la hipótesis neoténica, las mujeres deberían ser superiores por ese motivo precisamente. Una vez más, Bolk decidió ignorar la cuestión. Y una vez más, Havelock Ellis se enfrentó a ella honestamente admitiendo la posición posteriormente encabezada por Ashley Montagu en su tratado acerca de “la superioridad natural de las mujeres”. En 1894, Ellis escribió: “Ella lleva en sí las características especiales de la humanidad en mayor grado que el hombre… Esto es cierto con respecto a los caracteres físicos: el hombre urbano de cabeza grande, rostro delicado, y huesos pequeños está mucho más cerca de la mujer típica que el salvaje. No sólo por el gran tamaño de su cerebro, sino por su gran pelvis, el hombre moderno está siguiendo un sendero que ha sido abierto por la mujer.” Ellis incluso llegó a sugerir que podríamos buscar nuestra salvación en las líneas finales de Fausto:

Eterna feminidad
Llévanos a lo más alto.



En Desde Darwin, reflexiones sobre historia natural