31 jul. 2010

Marvin Harris - El reino de la misericordia



En tiempo de Cristo, el monopolio de la matanza por parte de los levitas había adquirido un valor monetario. Los fieles llevaban sus animales a los sacerdotes del templo, que cortaban cuellos a tanto por cabeza. Los peregrinos de Pascua recorrían grandes distancias hasta el templo de Jerusalén a fin de que mataran sus corderos. Los famosos mercaderes del templo cuyas mesas Jesús hizo rodar por los suelos, aseguraban el pago en moneda del reino. El rabinado judío renunció a la práctica de sacrificios animales en el 72 de nuestra era, después de la caída de Jerusalén, pero no totalmente, pues incluso hoy los judíos ortodoxos insisten en que los animales sean sacrificados mediante un corte en el cuello bajo la supervisión de especialistas religiosos.

Dado que la crucifixión de Jesús tuvo tugar en relación con la celebración de la Pascua, su muerte fue fácilmente asimilada a las imágenes y el simbolismo tanto del sacrificio animal como humano. Juan Bautista se refirió al Mesías que venía llamándolo «Cordero del Señor». Mientras tanto, los cristianos mantuvieron rasgos de las funciones redistributivas originales del sacrificio animal en el rito llamado «comunión». Jesús partió el pan y sirvió el vino pascuales y los distribuyó entre los discípulos, «Este es mi cuerpo», dijo del pan. «Y esta es mi sangre», dijo del vino. Durante el sacramento católico romano de la eucaristía, estas actividades redistributivas se repiten como ritual. El sacerdote come el pan en forma de oblea y bebe el vino mientras miembros de la congregación ordinariamente sólo comen la oblea. Apropiadamente, esta oblea se denomina la «hostia», palabra que deriva del vocablo latino hostis, que significa «sacrificio».

Protestantes y católicos han derramado mucha sangre y tinta con respecto a la cuestión de si el vino y la oblea se «transustancian» realmente en la sustancia corpórea de la sangre y el cuerpo de Cristo. Pero, hasta ahora, tanto teólogos como historiadores no han visto el verdadero sentido evolutivo de la «misa» cristiana. Al espiritualizar la ingestión del cordero pascual y reducir su sustancia a una oblea nutritivamente sin valor, el cristianismo se liberó hace mucho tiempo de la responsabilidad de ocuparse de que aquellos que asistían al festín no volvieran a su casa con el estómago vacío. Transcurrió algún tiempo antes de que esto ocurriera. Durante los dos primeros siglos del cristianismo, los comulgantes mancomunaban sus recursos y celebraban realmente una comida comunal conocida como ágape o festín de amor. Después de que el cristianismo se convirtiera en la religión oficial del Imperio Romano, la Iglesia descubrió que se la utilizaba como comedor de beneficencia y en el Consejo de Laodisea, celebrado en el 363 de nuestra era, se prohibió la celebración de festines de amor en los recintos de la iglesia. La cuestión que realmente merece destacarse es que el valor nutritivo de la comunión es virtualmente nulo, haya o no transustanciación. Los antropólogos del siglo XIX vieron en la línea de desarrollo que conducía del sacrificio humano al sacrificio animal y a la oblea y el vino de la eucaristía, una reivindicación de la doctrina del progreso moral y la ilustración. Antes de felicitar al cristianismo por su trascendencia del sacrificio animal, debemos reparar en que las provisiones de proteínas también eran trascendidas por una población en rápida expansión. En realidad, el significado del final del sacrificio animal fue el final de los festines redistributivos eclesiásticos.

El cristianismo sólo fue una de las diversas religiones que optaron por la generosidad después de la muerte cuando la generosidad en vida dejó de ser útil o necesaria. No creo que quite valor a los actos de misericordia y benevolencia cumplidos en nombre de estas religiones, afirmar que para los gobernantes de la India, el Islam y Roma era muy conveniente humillarse ante los dioses para los cuales el cielo era más importante que la tierra y una vida anterior o futura más importante que ésta. A medida que los sistemas imperiales del Viejo Mundo crecían más y más, consumían y agotaban los recursos a escala continental. Cuando el globo se cubrió de decenas de millones de esclavos harapientos y sudorosos, los «grandes proveedores» fueron incapaces de actuar con la «pródiga generosidad» de los jefes bárbaros de antaño. Bajo la influencia del cristianismo, el budismo y el islamismo se convirtieron en «grandes creyentes» y erigieron catedrales, mezquitas y templos en los que no se servía nada de comer.


Caníbales y Reyes, cap. 10, El reino de la misericordia (fragmento)