14 jun. 2010

Thomas Mann - De los celos divinos (José y sus hermanos, T. I)








Tales son las historias de Jacob, inscritas en sus rasgos de anciano, como se desarrollaron a sus ojos ensimismados, cuyas miradas se prendían a las pestañas cuando caía en solemnes meditaciones, ya solo, ya en público. Las gentes, a quienes su expresión inspiraba un terror sagrado, se daban codazos murmurando: "¡Silencio, Jacob está recordando sus historias!" Acabamos de relatar unas cuantas y de rectificarlas definitivamente incluso aquellas que se remontan a muy lejana época, aun el regreso de Jacob a occidente y el tiempo que estuvo allí. Pero queda por llenar un período de diecisiete años, rico en historias y en variados sucesos, en los cuales el doble matrimonio de Jacob con Lía y Raquel y el nacimiento de su hijo Rubén fueron el punto culminante.

Rubén era hijo de Lía, no de Raquel. Lía dio a luz el primogénito de Jacob, que más tarde perdió su derecho de primogenitura a causa de sus ligerezas, pues era como un torrente de agua viva. No fue Raquel quien le concibió y llevó en su seno; Jacob no le recibió de la esposa de su corazón; y, según la voluntad de Dios, tampoco fue ella la que dio el día a Simeón, Leví, Dan y Judá, ni a ninguno de los diez hijos hasta Zabulón.

Pasada la semana de fiestas, al quinto día Jacob dejó a Lía y, habiéndose refrescado un poco con las cacerías de aves a las que acompañó a los invitados, le fue llevada Raquel; y no volveremos a esto, pues ya hemos contado cómo Jacob acogió a Raquel. Como consecuencia de la maquinación del demonio de Labán, había poseído una primera vez, en la persona de Lía, a Raquel, pues fue realmente un doble matrimonio el que aquella noche se consumó, compartiendo el lecho de las dos hermanas, ambas presentes, la una en realidad, la otra en pensamiento. ¿Y qué significa la palabra realidad? Considerado desde este punto de vista, Rubén era el hijo de Raquel, concebido por ella. Empero, ella seguía estéril, a pesar de su celo y diligencia; mientras que Lía, cada día más fuerte, cruzaba con aire satisfecho sus manos sobre sus formas redondeadas, la cabeza inclinada a un lado con humildad, los ojos bajos para velar su bizquera.

En cuclillas sobre ladrillos, parió con la mayor facilidad: fue cuestión de pocas horas, un verdadero placer. Rubén salió como un torrente. Cuando Jacob, avisado a toda prisa, volvió del campo donde dirigía la recolección del sésamo, el recién nacido estaba ya bañado, frotado en sal y vendado. Posó Jacob su mano sobre él y dijo ante todos los de la casa: "Mi hijo".

Labán le felicitó, exhortándole a estar tan alerto para aquello como él lo había estado, haciéndose un nombre en tres años consecutivos; y la parturienta, feliz, gritaba en su lecho que deseaba ser fecundada doce años seguidos, sin interrupción. Raquel la oyó.

No se apartaba de la cuna, un mecedor suspendido por cuerdas al techo; desde su cama, Lía no tenía más que alargar la mano para ponerla en movimiento. Raquel, sentada al otro lado, contemplaba al niño. Cuando éste lloraba, ella lo levantaba y se lo pasaba a su hermana, hacia su inflado pecho, estriado de azules venas. No dejaba de ver a Lía nutriendo al recién nacido que se ponía más rojo y mofletudo a medida que se saciaba. Y mientras le miraba, apretaba con sus manos su propio seno frágil.

- Pobrecita - decía Lía -, no te atormentes, tu vez te llegará. Tus posibilidades son mucho mayores que las mías; sobre ti se posan los ojos de nuestro señor; y por una noche que viene hacia mí, pasa junto a ti cuatro o seis. ¿Cómo habrá de faltarte el resultado?

Las ocasiones estaban del lado de Raquel; pero Lía no quedaba en menos, según la voluntad de Dios. Apenas restablecida de su primer parto, se halló, de nuevo, encinta; y mientras portaba a Rubén a su espalda llevaba en su seno a Simeón. Apenas sufría cuando su embarazo comenzaba a desarrollarse y no profería la menor queja. Valiente y de buen humor hasta el fin, trabajaba en el vergel de Labán hasta la hora en que, con los rasgos un poco alterados, ordenaba ella misma que le prepararan los ladrillos. Simeón hizo su aparición con facilidad, estornudando. Todo el mundo lo admiraba, Raquel más que los otros, pero su admiración le hacía daño. No era como para con el primer niño: esta vez Jacob lo había procreado a sabiendas, con conocimiento de causa, y con Lía, que podía reivindicarlo sin equívoco posible.

¿Y Raquel? ¿Qué le pasaba a esta muchacha? ¡Con qué mirada cargada de seriedad y alegría había acogido a su primo lleno de valor gracioso y de ardor de vivir! ¡Con qué confianza había deseado y presentido que le daría hijos a su imagen y a veces hasta mellizos! Y he aquí que seguía estéril, cuando Lía acunaba su segundo hijo. ¿Cómo era eso posible?

Para explicar este triste fenómeno, no podemos más que atenernos a la tradición: porque Lía no tenía ningún valor a los ojos de Jacob fue por lo que el Señor la hizo fecunda e hirió a Raquel de esterilidad. Exactamente. Este ensayo de glosa vale por otro. Tiene un carácter hipotético más que afirmativo; no poseemos testimonio directo y decisivo de El-Shaddai sobre el motivo de la determinación, y, con toda verosimilitud, no existía; ignoramos si el castigo recaía sobre Jacob o sobre algún otro; estaríamos, sin embargo, dispuestos a no considerar esta interpretación si conociéramos alguna mejor; pero como éste no es el caso, sino al contrario, la creemos exacta en substancia.

La substancia es que la sanción divina no iba dirigida contra Raquel, o al menos en modo principal; y que no se proponía favorecer a Lía; el castigo infligido a Jacob para hacerle ver que la tierna y parcial glorificación de su amor, el orgullo que ponía en hacer gala de ella y afirmarla, no tenían la aprobación de Elohím. Empero, esta tendencia a elegir un ser entre todos y a señalarlo con preferencia exaltada, ese sentimiento que se substraía a todo juicio extraño exigiendo que el mundo lo admitiera con fervor, no eran sino la imitación de un modelo en el plano terrestre. ¿Fue castigado Jacob porque ese sentimiento soberano era una imitación? Precisamente. Aquí conviene ser circunspecto. Pero aún después de un escrupuloso examen de lo que antecede, no subsistiría una duda sobre el motivo supremo que dictó la sanción. Elohím se sintió celoso de un privilegio que él quería caracterizar como suyo propio, humillando el amor orgulloso de Jacob. Quizá nuestra interpretación sea objeto de una crítica; escapará difícilmente al reproche de invocar un motivo mezquino dictado por la pasión, tal como los celos, para explicar la decisión divina. Pero las susceptibilidades enfurecidas serán capaces, sin embargo, de considerar estos celos que las ofuscan como un elemento que todavía no había sufrido la depuración del espíritu, un residuo de épocas primitivas cuando el principio divino aún estaba en formación, un estado muy antiguo, que asciende hasta el principio total - sobre el que se ha arrojado alguna luz, empero -, cuando Jahú, el señor de la guerra y las intemperies, reinaba sobre una tropa bronceada de hijos del desierto que se titulaban guerreros, cuando se presentaba bajo temibles rasgos, más que bajo el aspecto de la santidad.

La alianza del principio divino con el espíritu humano encarnado en Abraham, el emigrante, se proponía su santificación recíproca. Era una alianza en la cual las mutuas necesidades de lo humano y de lo divino dependían tan estrechamente unas de otras, que no se sabría decir de qué parte vino la iniciativa de la Colaboración. Salió de ello, en todo caso, la santificación de la esencia divina y la depuración de la humana, que formaron un doble proceso íntimamente ligado. Si no, ¿para qué hubiera existido el pacto?




José y sus hermanos
Tomo I: Las historias de Jacob (Cap, VI - Las hermanas)
Traducción de José María Souviron
Madrid 1993