3 jun. 2010

Rudyard Kipling - El teatro japonés y la historia del Gato del Trueno.



El teatro japonés y la historia del Gato del Trueno. Tratándose también de los sitios tranquilos y del hombre muerto en la calle.


Y fuimos al teatro, a través del lodo y de mucha llu­via. Dentro, la oscuridad era casi completa, porque el azul oscuro de los vestidos de los espectadores absor­bía la escasa luz de las lámparas de queroseno. No había sitio donde tenerse en pie, salvo al lado del po­licía japonés que, por causa de la moral y del Lord Canciller, disponía de un rincón en la galería y de cua­tro sillas para él solo. Su estatura casi alcanzaba los cinco pies, [1] y Napoleón en Santa Helena no pudo cru­zarse de brazos con mayor dramatismo. Después de refunfuñar un poco (me temo que estábamos subvir­tiendo los principios de la Constitución) consintió en cedernos una silla, obteniendo a cambio un cigarro birmano que, tengo razones sobradas para creerlo, debió hacer estallar su pequeña cabeza. Una platea con cincuenta filas de cincuenta personas trabadas por una cadena de niños, y una galería que quizá podía conte­ner a mil doscientas personas más, constituían el lo­cal. El edificio era una delicada pieza de ebanistería, como todas las casas; el techo, el suelo, las vigas, las columnas, las arcadas y las particiones eran de made­ra pura y, en la sala, una de cada dos personas fuma­ban frágiles pipas y sacudían la ceniza cada dos minutos. Entonces deseé huir; la muerte en un Auto de Fe no estaba incluida en el precio del viaje; pero no había escapatoria por la única y pequeña puerta donde vendían pescado seco en los entreactos.

-Cierto, no es precisamente seguro -dijo el pro­fesor, mientras las cerillas centelleaban y chisporro­teaban a nuestro alrededor y abajo-. Pero si esas luces sueltas en el escenario prenden fuego a esa cortina, o si usted ve que empieza a arder esa galería de madera de cerillas, derribaré de un puntapié la pared del pues­to de refrescos y nos iremos.

Tras esas palabras reconfortantes empezó el dra­ma. El telón cayó, lo recogieron y se lo llevaron, y tres caballeros y una dama abrieron la danza con un diálogo que se desarrolló en tonos que iban desde el gor­goteo hasta los susurros chillones. Si quieren saber cómo vestían, miren el abanico japonés que tengan más cerca. Los japoneses auténticos, claro está, son como los hombres y las mujeres, pero los japoneses de escenario, con sus brocados rígidos, son, punto por punto, igual que los japoneses dibujados. Cuando los cuatro se sentaron, corrió entre ellos un muchachito y les arregló las ropas, tirando de un cinto por aquí y desarrugando una falda por allá. Los vestidos eran tan fastuosos como incomprensible el argumento. Pero llamaremos a la obra «El Gato del Trueno, o El Saco de Huesos de Arlequín y la Anciana Asombrosa, o El Rábano Mastodóntico, o El Tejón Superfluo y las Luces Oscilantes».

Salió a escena un hombre con dos espadas vestido de brocados negros y dorados e imitó el modo de an­dar de un oscuro actor llamado Henry Irving; [2] y ante eso, sin saber que la cosa iba en serio, me reí fuerte­mente, hasta que el policía japonés me miró seve­ramente. Después el hombre de las dos espadas cortejó a la dama de abanico japonés, y los demás personajes comentaron su proceder, como un coro griego, hasta que algo (quizá un acento mal puesto) creó problemas, y el hombre de las dos espadas libró un combate bur­lesco contra un espléndido ser bermellón mientras la orquesta tocaba en pleno (una guitarra y algo que cas­tañeteaba, pero que no eran unas castañuelas). El muchachito les quitó las armas cuando hubieron ba­tallado lo suficiente y, dándose cuenta de que a la obra le faltaba luz, tomó un bambú de diez pies con una simple candela en la punta y sostuvo aquel artilugio a cosa de un pie de la cara del hombre de las dos espa­das, siguiendo todos sus movimientos con la mirada inquieta de un niño al que se deja jugar con una má­quina de escribir. Luego la muchacha de abanico ja­ponés se rindió a las solicitaciones del hombre de las dos espadas y, con una espeluznante risotada, se trans­formó en una vieja repulsiva; un muchacho le quitó el cabello, pero ella misma hizo el resto. En aquel terri­ble momento un Gato del Trueno, de color dorado, que es un gato salido de una nube, corrió sobre alambres desde el gallinero hasta el centro de la galería, y un muchacho dotado de una cola de tejón se burló del hombre de las dos espadas. Entonces supe que el hom­bre de las dos espadas había ofendido a un gato y a un tejón y estaba a punto de pasar un muy mal rato a consecuencia de ello, dado que esos dos animales, jun­to con el zorro, siguen hoy siendo hechiceros malig­nos. Siguieron cosas espantosas, y el decorado fue cambiando cada cinco minutos. El efecto más bonito fue el que se logró mediante una doble hilera de can­delas colgadas de cordeles detrás de una gasa verde al fondo del escenario, que se balanceaban en movimien­tos opuestos. Eso, aparte de aportar una fuerte suge­rencia de lo sobrenatural, hizo que uno de los espectadores se marease.

Pero el hombre de las dos espadas era mucho más desdichado que yo. El perverso Gato del Trueno arro­jó sobre él tales encantamientos que renuncié a esforzarme por averiguar qué era lo que pretendía hacer con él. Pasó a ser un mofletudo Rey de las Ratas de baja comedia, al que ayudaban otras ratas, y se comió un rábano mágico, en una pantomima que le hacía a uno partirse de risa, convirtiéndose de nuevo en un hombre. Luego le quitaron todos los huesos (otra ju­gada del Gato del Trueno) y se desmoronó en una masa horrenda, iluminado por el muchacho de la candela; y no se recobró hasta que alguien habló con un loro mágico y un robusto bribonazo peludo y varios culíes hubieran andado sobre él. Luego fue una muchacha, pero, al amparo de una sombrilla, recuperó su forma propia; y entonces cayó el telón, y los espectadores corrieron por el escenario y circularon por todas par­tes. A un muchachito se le metió en la cabeza que po­día cruzar todo el escenario dando volteretas. Puso manos a la obra con mucha seriedad, ante un público despreocupado, pero cayó de lado entre un remolino de piernas gordezuelas. A nadie le importó, y el ur­bano público de la galería era incapaz de compren­der por qué el Profesor y yo nos moríamos de risa mientras el muchacho, con un zueco a modo de espa­da, imitaba los contoneos del hombre de las dos es­padas. Los actores se mudaron delante del público, y cualquiera que quisiera podía ayudar a cambiar los de­corados. ¿Por qué no iba a divertirse un niño a su ma­nera?

Al poco rato nos fuimos. El Gato del Trueno seguía aplicando su malevolencia contra el hombre de las dos espadas, pero todo se arreglaría al día siguiente. Quedaba mucho por hacer, pero al final triunfaría la Jus­ticia. Así nos lo dijo el hombre que vendía pescado en salmuera.

-Una buena escuela para un actor joven -dijo el Profesor-. Aquí vería en qué se convierten de modo natural las excentricidades cuando se las deja a su aire. Hay ahí todos los trucos y todas las maneras del teatro inglés, agrandados en treinta diámetros, pero perfectamente identificables. ¿Cómo piensa usted des­cribir eso?

-La ópera cómica japonesa del futuro todavía no ha sido escrita -contesté, grandilocuente-. Todavía no ha sido escrita, a pesar del Mikado. El tejón aún no se ha mostrado en el escenario inglés, y nunca se ha utilizado en él la máscara artística como accesorio legítimo del drama. Imagínese «El Gato del Trueno» como título de una ópera tragicómica. Empecemos con un gato doméstico poseedor de poderes mágicos que vive en la casa de un comerciante de té de Londres que le da puntapiés. Reflexione...

-Es muy tarde -fue la gélida respuesta-. Maña­na iremos a escribir óperas en el templo que queda cerca de aquí.

El día siguiente trajo una fina llovizna. El sol, dicho sea de paso, ha estado oculto durante más de tres se­manas. Nos condujeron al que debía ser el templo prin­cipal de Kobe y lo designaron con un nombre que no recuerdo. Es exasperante encontrarse delante de alta­res de una fe que se desconoce por completo. Hay ri­tos y ceremonias del credo hindú sobre los que todo el mundo ha leído alguna cosa y que muchos han pre­senciado, pero, ¿cómo rezan, aquí, esos que contem­plan al Buda, y qué culto se rinde en los altares sintoístas? Los libros dicen una cosa; los ojos, otra.

El templo parecía ser también un monasterio y un sitio donde reinaba una gran paz perturbada tan sólo por el parloteo de docenas de niños. Estaba retirado del camino, detrás de un macizo muro, en forma de una masa irregular de tejados acentuadamente incli­nados, trabados fantásticamente en la cima, de color verde cobrizo allí donde la barda había madurado por el roce del tiempo y negro-gris mate en los alinea­mientos de tejas. Bajo los aleros, un hombre que creía en su Dios y, por ello, podía realizar un buen trabajo, había labrado su corazón en la madera hasta hacerla flo­recer y expandirse en ondulaciones o rizarse en tor­bellinos de llamas vivas. En las afueras de Lahore se encuentra un laberíntico amontonamiento de tumbas y de galerías de claustro llamado Chubara de Chajju Bhagat, construido no se sabe cuándo y que está ca­yendo en ruinas sin que nadie lo impida. Aunque ese templo era grande e inmaculadamente limpio tanto por dentro como por fuera, el silencio y la quietud del lugar eran como los de los patios del lejano Punjab. Los sacerdotes habían hecho numerosos jardines en los ángulos de los muros; jardines de quizá cuarenta pies de largo por veinte de ancho, cada uno de los cua­les, aun siendo diferente del contiguo, tenía un peque­ño estanque con peces de colores, una o dos linternas de piedra, montecillos de rocas, piedras planas con inscripciones grabadas y un cerezo o un melocotone­ro en flor. Diversos caminos empedrados cruzaban el patio y conectaban los edificios entre sí. En un recinto inter­no, donde se encontraba el más bonito de los jardines, había una tabla dorada de diez o doce pies de altura en la cual se recortaba, en un alto relieve de bronce martillado, la figura de una diosa de ropaje flo­tante. El espacio entre los caminos empedrados esta­ba aquí y allí sembrado de guijarros blancos como la nieve, y se había escrito, con guijarros blancos sobre rojo: «¡Cuánta felicidad!» Uno podía tomarse la cosa como quisiera; con un suspiro de satisfacción o con una interrogación desesperada.

El templo mismo, al que se llegaba por un puente de madera, estaba casi totalmente a oscuras, pero ha­bía la luz suficiente para que se vieran un centenar de atenuados esplendores, marrón y oro, de pantallas de seda devotamente pintadas. Si han visto alguna vez un altar budista donde el Señor de la Ley permanece sen­tado entre campanas doradas, viejos bronces, jarrones de flores y banderas de tapicería, empezarán a enten­der por qué la Iglesia Católica Romana prosperó tan poderosamente, en otro tiempo, en este país, y por qué prosperará en todas las tierras donde encuentre un complicado ritual ya existente. La gente amante del arte tendrá un Dios que habrá de ser propiciado con objetos bonitos; eso es tan seguro como que una raza criada entre rocas y pantanos y nubes borrascosas pondrá el altar de su deidad en la tormenta y la con­vertirá en el severo receptor del sacrificio del espíritu humano rebelde. ¿Recuerdan la historia del pueblo malo de Iquique? El hombre que me la contó me con­tó también otra, la del Pueblo Bueno de Alguna Otra Parte. También estos últimos eran sudamericanos sen­cillos sin nada que ponerse, que acababan de cantar misa a su manera en honor a su Dios en presencia de un padre jesuita de quijada azulada. En un momento crítico, alguien olvidó el ritual, o quizá un mono irrum­pió en la santidad de aquel altar en el bosque y robó la única prenda de vestir del oficiante. De un modo u otro, ocurrió algo absurdo, y el Pueblo Bueno es­talló en carcajadas y durante un rato se dedicó a di­vertirse.

-Pero, ¿qué dirá vuestro Dios? -preguntó el je­suita, escandalizado por tanta ligereza.

-¡Oh! Él lo sabe todo -le contestaron-. Sabe que nos olvidamos, y que no podemos prestar atención, y que lo hacemos todo mal, pero es muy sabio y muy fuerte.

-Bien, pero eso no os excusa.

-Claro que sí. Se tumba y ríe -dijo el Pueblo Bueno de Alguna Otra Parte; y se pusieron a arrojarse puñados de flores unos a otros.

Ya no recuerdo con qué guarda relación exacta­mente esta anécdota. Pero volvamos al templo. Ocul­ta al fondo, detrás de una masa de magnificencia jaspeada, había una hilera de figuras muy familiares, con coronas de oro en la cabeza. Uno no espera en­contrar, tan lejos en dirección este, a Krisna, el ladrón de manteca, y a Kali, la apaleadora de su marido. [3]

-¿Quiénes son ésos?

-Son otros dioses -dijo un joven sacerdote, que ahogaba una risa despectiva cada vez que se le pre­guntaba por su propio credo-. Son muy viejos. Vinieron de la India en otros tiempos. Creo que son dioses indios, y no sé por qué están aquí.

Odio a la gente que se avergüenza de su propia fe. Había una historia relacionada con aquellos dioses, pero el sacerdote no quiso contármela, de modo que le dirigí un resoplido despectivo y seguí mi camino. Dicho camino me condujo directamente del templo al monasterio, hecho en su totalidad de pantallas deli­cadas, suelos pulidos y techos de madera marrón. Sal­vo por mis pisadas sobre las tablas no había ningún sonido en aquel sitio, hasta que oí a alguien respirar pesadamente detrás de una pantalla. El sacerdote hizo deslizarse hacia atrás lo que me había parecido una pared maciza, y descubrimos a un sacerdote muy vie­jo medio dormido sobre su calentador de manos de carbón. Así era el cuadro: el sacerdote con un vestido verde oliva, con la cabeza pelada, de plata pura, incli­nada delante de una pantalla deslizante de papel acei­tado blanco que dejaba pasar una luz plateada. A su derecha, una abollada bandeja de laca negra contenía la tinta india y los pinceles con que fingía trabajar. A la derecha de éstos, una mesa de bambú amarillo pálido sostenía un jarrón de porcelana estriada de ver­de oliva con una ramita de pino casi negra. Allí no había flores. El sacerdote era demasiado viejo. Detrás del sombrío cuadro se erguía un suntuoso altarcillo budista, oro y bermellón.

-Cada día hace una nueva pintura para esa peque­ña pantalla -dijo el sacerdote joven, señalando pri­mero a su anciano colega y después una pequeña tabla en blanco en la pared. El anciano se rió lastimosa­mente, se frotó la cabeza y me tendió su pintura de aquel día. Representaba una inundación en un terre­no rocoso; dos hombres, en un bote, auxiliaban a otros dos que estaban subidos a un árbol medio sumergido en el agua. Incluso yo estaba en condiciones de ase­gurar que el artista había perdido su poder. Debía ha­ber dibujado bien en la plenitud de la edad, porque una de las figuras del bote, inclinada sobre la borda, tenía acción y determinación; pero todo lo demás era confuso, y los trazos se habían desviado mientras la mano temblorosa erraba sobre el papel. No tuve tiem­po de desear al artista una vejez placentera y una muerte dulce en la gran paz que lo envolvía, ya que el joven me alejó del altar y me mostró un segundo al­tar, más pequeño, encarado a estantes y más estantes llenos de tablillas de oro y laca cubiertas de caracte­res japoneses.

-Son tablillas en memoria de los muertos -dijo, con una risita ahogada-. De vez en cuando el sacer­dote reza aquí... por los muertos, ¿comprende?

-Perfectamente. En el país de donde vengo llaman a eso misas. Quiero irme y pensar en cosas. Pero us­ted no debería reírse cuando habla de sus creencias.

-¡Ja, ja! -profirió el joven sacerdote; y huí por los oscuros pasillos pulidos con pantallas marchitas a ambos lados, y llegué al patio principal, que daba a la calle, mientras el Profesor intentaba captar la fachada del templo con su cámara fotográfica.

Pasó una procesión, en columna de a cuatro, ca­minando pesadamente por el fango pastoso. No reían, lo cual me pareció extraño hasta que vi y oí a un grupo de mujeres vestidas de blanco que precedían a un pequeño palanquín de madera transportado so­bre los hombros por cuatro portadores y sospechosa­mente liviano. Cantaban una canción a media voz, una canción quejumbrosa, llorosa, que yo sólo había oído una vez, muy lejos al norte de la india, de labios de un nativo que había sido desgarrado por un oso; no tenía ninguna esperanza de salvación, y cantaba su propio canto fúnebre mientras sus amigos lo transpor­taban.

-Haber, él, muerto -dijo el culí de mi rickshaw-. Fu-nie-ral.

Ya me había dado cuenta. Hombres, mujeres y ni­ños invadían las calles y, cuando el canto fúnebre se extinguía, lo reemprendían. Las personas de medio luto se limitaban a llevar trozos de tela blanca en el hombro. Los parientes más cercanos del difunto ves­tían de blanco de pies a cabeza. « ¡Aho! ¡Ahaa! ¡Aho! », gemían, muy suavemente por temor a romper la ca­dencia de la lluvia; y desaparecieron. Todos salvo una mujer incapaz de sostener el paso de la procesión y que, por ello, avanzaba sola, canturreando, triste y suavemente, para sí misma: « ¡Aho! ¡Ahaa! ¡Aho! », su­surraba.

Los niños del patio estaban arracimados alrede­dor de la cámara del Profesor. Pero un niño tenía so­bre su inocente cabeza una muy mala enfermedad cutánea; tan mala que ninguno de los demás quería jugar con él; y permanecía en un rincón, sollozando y sollozando como si fuese a partírsele el corazón. ¡Po­bre pequeño Gehazi!


[1] Metro y medio.

[2] Henry Irving (1838-1905) era, desde mediados de los años 1870, el actor más famoso en todos los países de lengua inglesa. Uno de sus más fervientes admiradores, que cuando Kipling escri­be esto servía a Irving como secretario, era Bram Stoker, el autor de Drácula.

[3] Entre las muchas figuras divinas del hinduismo, Kipling elige mencionar a las dos directamente asociadas al color negro de piel, y les atribuye comportamientos delictivos y desordenados; luego él (Kipling) se indignará porque otro (un joven sacerdote) no respeta a esas dos deidades negras y perturbadoras. Esa actitud ambigua de Kipling es todavía más reveladora de su vivencia in­quieta y conflictiva de la negritud si se tiene presente la ambiva­lencia de significados de Krisna y Kali: Krisna («el Negro») tiene rasgos de trickster realiza diversos actos creativos mediante trave­suras, imprudencias o excesos con los que compromete, subvierte o transgrede el orden establecido, pero con ello lo reorienta, lo perfecciona o lo reestructura; ( Kali la Negra») es la forma o ma­nifestación más popular de Parvati, la Hija del Himalaya; Kali, maligna y benéfica, ambas cosas en el grado extremo, objeto de violentas agitaciones emocionales entre sus devotos, suele ser re­presentada como una mujer negra a la vez seductora y terrible: bellísima y desnuda, adornada con un collar de calaveras y un cin­to de manos cortadas, sosteniendo la cabeza de un gigante que ella misma ha decapitado, y (éste es el detalle que Kipling finge tomar­se a la ligera) pisoteando a su consorte, el dios Siva.


En Vi aje al Japón