12 jun. 2010

Rilke a Lou Andréas-Salomé






París, 4 de julio de 1914, sábado


Cinco semanas viviendo al día, acostándome con la mayor regularidad y no obteniendo de ella ningún provecho; no el provecho que, de ordinario, después de dos semanas se hace sentir infaliblemente: la regularidad de la existencia corporal, con relación a la cual el hastío, el dolor, el malestar, el descontento no son más que oscilaciones por encima o por debajo de lo que es normal, cuando uno guarda contacto con esta regularidad, que uno confía en ella al ser la cuerda sobre la que, más o menos bien, se interpreta el tema que cada uno es. Si tuviera que decírselo, en pocas palabras, a un médico: he perdido el nivel corporal; la menor influencia, un esfuerzo, ya se trate del esfuerzo intelectual de la lectura, o de la escritura, o del abandono y del dominio alternados con un momento productivo, o simplemente del más animal de los esfuerzos físicos (el hecho de abrir una puerta atrancada), he ahí lo que desde ahora provoca no ya tal o cual síntoma en mi cuerpo, sino la vacilación general de todas sus relaciones: y así se impone a mi conciencia en tanto que algo perturbado, reduce a ella todo lo que quisiera subsistir en ella, la colorea de punta a punta con sus miserias, a la menor ocasión. Incluso los seres que sufren, en los momentos de reflujo de su mal, vuelven a encontrar el nivel medio de su situación corporal, y a confiar en él, mientras que yo emigro, por decirlo así, sin descanso, de un estado general a otro. Incluso cuando, mal que bien, acepto el estado existente y me instalo en él, por muy penoso que sea, consintiendo en considerarlo neutro, pasa ya a adquirir matices tan evidentemente diferentes que al poco no podría ya identificarlo más que con la habilidad con que se metamorfosea. En cuanto a decir: «yo», y ver en ello una constante en la que lo corporal pudiera, de manera evidente y casi insensible, explicarse consigo mismo, en cuanto a estar seguro de poder afirmar un solo día esta constante no descompuesta sin tener que controlarla, protegerla, durante la noche (incluso la más propicia) para volver a encontrarla intacta al día siguiente: he ahí lo que ya no consigo desde hace años. Si una ocupación intelectual continua, de carácter muy documental, contrarrestara esta pasividad, jamás hubiera podido adquirir tamañas proporciones. Pero en mi propia situación, para la que tan importante era mantener el intelecto en la más peligrosa suspensión, exponerlo sin descanso a las influencias del cielo y de la tierra, el cuerpo no podía menos —en su entumecimiento— que sacar la peor lección de esta disposición del espíritu, que ponerse a imitarlo y hacerse productivo a la menor ocasión, a su manera, en sus propios estados. Imaginemos una bordadora cuyo cañamazo se transformara perpetuamente bajo sus manos, ya porque las mallas se aflojaran, ya porque se encogieran, o que el hilo fuera de diferente grosor: ¿cómo no acabaría repeliéndole el más hermoso punto de cruz o el más encantador motivo?...
Esta reacción horripilante se me ha hecho completamente precisa, a lo largo de los días tórridos: no se puede decir que los pasara de un modo desagradable, y sin embargo, el calor (asfixiante en mis habitaciones situadas justo bajo el techo) me costó las noches más torturantes y ayer, cuando cambió el tiempo, permanecía en un estado que la palabra agotamiento dista mucho de poder definir. La tensión y la relajación excesiva, desde los tejidos, que tan bien conozco, hasta las sienes, pasando por la faringe, se habían apropiado de toda la superficie de mi cuerpo hasta tal punto que parecía que en cada miembro una convulsión creciente quisiera abrir en ellos miles de pequeñas bocas a fin de realizar un bostezo. Me obligué tanto como pude a permanecer en mi mesa de trabajo hasta que finalmente tuve que acostarme; la convulsión disminuyó en el cuerpo, pero al mediodía se reprodujo con tal violencia en la cabeza y en el cuello que ni siquiera conseguí concentrarme en mi lectura, y ya no me quedaba más que hacer luto por el resto del día. Esto por lo que respecta al calor pero mañana será, evidentemente, otra influencia puesto que sigue siendo de la atmósfera —también la de las personas y las cosas— de donde las influencias surgen y me asaltan sin cesar; y como mi cuerpo responde incluso cuando nada lo solicita ni nadie le pregunta, el asunto es desesperado. La mano de mi peluquero, con su mezcla de perfume, diferente cada mañana, puede impresionarme de tal modo que cada vez salgo de allí con una disposición muy diferente; pero esta mano basta también para indisponerme físicamente: el hecho de querer evitarla respirando lo menos posible a medida que pasa por delante de mi cara, provoca nuevas tensiones en la frente y en la garganta (esto es solo un ejemplo); en resumen, esto es encontrarse a merced de cualquiera de la manera más lamentable y ridícula.

Mostrar este cuerpo a un médico, lleno como está de inoportunidades, al mismo tiempo que mi falsa relación con él, he ahí lo que, a fin de cuentas, será la única salida. No a un psicoanalista para que proceda a partir del pecado original (ya que oponer a la fascinación del pecado original una contrafascinación, es ésa, propiamente hablando, mi más íntima vocación y el pretexto de toda posición artística tomada en la vida), sino (mostrarlo) a un médico que a partir de lo corporal pudiera seguirlo muy lejos hasta lo espiritual. A ti, querida Lou, puedo decírtelo; pienso en Stauffenberg (cómo llegué a esta idea, cómo recientemente se reforzó mi confianza en él..., lo comentaremos de viva voz). Él quiere disponer de tiempo para mí en agosto, por lo que es de prever que para esas fechas no estaré lejos de él (incluso en Munich o en los alrededores). Siento no poder acudir desde ahora mismo, ya que aquí me atormento como un perro que se ha clavado una espina en el pie y que cojea y se lame; y que cada vez que apoya su pie ya no es perro, sino espina, algo que él no comprende ni podría ser. No me cabe en la cabeza que no pueda haber buenos y sencillos remedios susceptibles de reducir poco a poco en mí los fenómenos que, de alguna manera, se exteriorizan por sí mismos en la periferia, como las espinas tragadas por los histéricos. No se trata en este caso de ayudarme en lo más interior de mí mismo, en mi fondo primordial (ahí, al contrario, las ayudas se acumulan sin cesar), sino de liberarme las manos a fin de que pueda coger esas ayudas. Solo ocho, o tres días viviendo en ese estado que se llama «bienestar», es decir, la neutralidad física (la imparcialidad del cuerpo) y ya la potencia en mi interior sería preponderante y me asumiría; mientras que por ahora soy yo quien se arrastra penosamente con esta potencia, como un pájaro enfermo hundido bajo el peso de sus alas.

Rainer