19 jun. 2010

Oscar Wilde - El Bienhechor




Era de noche y Él estaba solo. 

Y vio a lo lejos los muros de una ciudad amurallada y se encaminó a la ciudad. 

Y cuando estuvo cerca oyó los pasos de los pies de la alegría dentro de la ciudad, y la risa de la boca del gozo y los fuertes sones de numerosos laúdes. Y llamó golpeando a la puerta y le abrieron algunos de los guardianes. 

Y se quedó contemplando una casa de mármol con hermosos pilares de mármol en la fachada. De los pilares pendían guirnaldas, y había antorchas de cedro dentro y fuera. Y entró en la casa.

Y cuando hubo atravesado la sala de calcedonia y la sala de jaspe, y hubo llegado a la larga sala del festín, vio a un hombre reclinado en un lecho de púrpura marina; tenía los cabellos coronados de rosas rojas y los labios rojos de vino. 

Y Él se acercó por detrás y le tocó en el hombro y le dijo: 

-¿Por qué llevas esta vida? 

Y el joven se volvió y le reconoció, y respondiendo le dijo: 

-Era leproso y me curaste. ¿De qué otro modo había de vivir? 

Y Él salió de la casa de nuevo a la calle. 

Y, transcurrido un rato, vio a una mujer con la cara pintada y el vestido de colores llamativos y con perlas calzándole los pies. E iba tras ella, a pasos lentos como un cazador, un joven cubierto con un manto de dos colores. El rostro de la mujer parecía el rostro hermoso de un ídolo, y los ojos del joven brillaban de lujuria. 

Y Él les siguió deprisa y le tocó al joven en la mano y le dijo: 

-¿Por qué miras a esta mujer y de ese modo? 

Y el joven se volvió y le reconoció y dijo: 

-Era ciego y me diste la vista. ¿Qué otra cosa había de mirar? 

Y Él se adelantó corriendo y tocó la ropa de color llamativo de la mujer y le dijo: 

-¿No hay otra senda en que andar más que la senda del pecado? 

Y la mujer se volvió y le reconoció, y riéndose dijo: 

-Tú me perdonaste los pecados y el camino que sigo es agradable. 

Y Él salió de la ciudad. 

Y cuando hubo salido de la ciudad, vio a un joven que lloraba sentado al borde del camino. 

Y se acercó a él y le tocó los largos bucles del cabello y le dijo: 

-¿Por qué lloras? 

Y alzó el joven la mirada y le reconoció y respondió: 

-Estaba muerto y me resucitaste de entre los muertos. ¿Qué otra cosa iba a hacer más
que llorar?