13 jun. 2010

Marcel Schwob - Cyril Tourneur, poeta trágico






Cyril Tourneur nació de la unión de un dios des­conocido con una prostituta. La prueba de su origen divino se encuentra en el ateísmo heroico en el cual sucumbió. Su madre le transmitió el instinto de la revolución y de la lujuria, el miedo a la muerte, el estremecimiento de la voluptuosidad y el odio a los reyes; de su padre tuvo el amor por coronarse, el or­gullo de reinar y la alegría de crear; los dos le dieron el gusto por la noche, por la luz roja y la sangre.

La fecha de su nacimiento se ignora; pero apareció un negro día de un año pestilencial.

Ninguna protección celeste veló por la muchacha de la vida a la que preñó un dios, pues su cuerpo fue maculado por la peste pocos días antes de parir y la puerta de su pequeña casa fue señalada con la cruz roja. Cyril Tourneur vino al mundo al son de la campana del enterrador de los muertos; y así como su padre había desaparecido en el cielo común de los dioses, una carreta verde arrastró a su madre a la fosa común de los hombres. Se cuenta que las tinie­blas eran tan profundas que el enterrador debió alum­brar la abertura de la casa apestada con una antorcha de resina; otro cronista asegura que la niebla en el Támesis (que bañaba el pie de la casa) fue atrave­sada por una raya escarlata y que de las fauces de la campana de llamada se escapó la voz de los cinocé­falos; por fin, parece fuera de duda que una estrella flameante y furiosa se manifestó por sobre el triángulo del techo, hecha de rayos fuliginosos, retorcidos, de­satados y que el niño recién nacido le mostró el puño por una claraboya, mientras que ella sacudía encima de él sus rizos informes de fuego. Así entró Cyril Torneur en la vasta concavidad de la noche cimeria. Es imposible descubrir lo que pensó o lo que hizo hasta la edad de treinta años, cuáles fueron los sín­tomas de su divinidad latente, como se persuadió de su propia realeza. Una nota obscura y aterrorizada contiene la lista de sus blasfemias. Declaraba que Moisés no había sido sino un juglar y que un llamado Heriots era más hábil que él. Que el primer principio de la religión era mantener a los hombres en el terror. Que Cristo merecía la muerte más que Barrabás, aun­que Barrabás fuese ladrón y asesino. Que si él se pro­pusiese escribir una nueva religión, la establecería con arreglo a un método más excelente y más admi­rable, y que el estilo del Nuevo Testamento era repug­nante. Que él tenía tanto derecho a acuñar moneda como la reina de Inglaterra y que conocía a un tal Poole, prisionero en Newgate, muy diestro en la mez­cla de los metales, con la ayuda de quien esperaba acuñar, un día, oro con su propia imagen. Un alma piadosa testó en el pergamino otras afirmaciones más terribles. Pero esas palabras fueron recogidas por una persona vulgar. Las actitudes de Cyril Tourneur in­dican un ateísmo más vindicativo. Se lo representa vestido con un gran manto negro, llevando en la cabeza una gloriosa corona con doce estrellas, el pie apoyado en el globo celeste, alzando el globo terrestre con su mano derecha. Recorría las calles en las noches de peste y de tormenta. Era pálido como los cirios consagrados y sus ojos relucían blandamente co­mo quemadores de incienso. Algunos afirman que tenía en el costado derecho la marca de un sello ex­traordinario; pero fue imposible verificarlo después de su muerte, pues no hubo nadie que viera sus despojos. Tomó por amante a una prostituta del Bankside que frecuentaba las calles de la ribera y a ella amó única­mente. Era muy joven y su rostro era inocente y rubio. En él, los rubores eran como llamas vacilantes. Cyril Tourneur le dio el nombre de Rosamonde, y tuvo de ella una hija a la que amó. Rosamonde murió trági­camente, por haber reparado en ella un príncipe. Se sabe que bebió en una copa transparente veneno color de esmeralda.

Fue entonces cuando la venganza se mezcló con el orgullo en el alma de Cyril. Nocturno, recorría el Mail a lo largo de todo el cortejo real, agitando en la mano una antorcha de penacho llameante con el propósito de alumbrar al príncipe envenenador. El odio a toda auto­ridad le subió a la boca y a las manos. Se puso a ace­char en los caminos reales, no para robar, sino para ase­sinar reyes. Los príncipes que desaparecieron en esos tiempos fueron iluminados por la antorcha de Cyril Tourneur y matados por él.

Se emboscaba en los caminos de la reina, al lado de los pozos de grava y de los hornos de cal. Escogía a su víctima en el séquito, se ofrecía para alumbrar el camino por entre las zanjas, la llevaba hasta la boca del pozo, apagaba su antorcha y la empujaba. La grava llovía des­pués de la caída. En seguida Cyril, inclinado en el bor­de, dejaba caer dos enormes piedras para aplastar los gritos. Y, el resto de la noche, velaba el cadáver que se consumía en la cal, junto al horno rojo sombrío.


Cuando Cyril Tourneur hubo saciado su odio por los reyes, hizo presa de él el odio a los dioses. El agui­jón divino que había en él lo incitó a crear. Soñó con que podría fundar una generación de su misma sangre y propagarse como dios en la tierra. Miró a su hija y la encontró virgen y deseable. Para consumar su desig­nio a la vista del cielo, no encontró ningún lugar más significativo que un cementerio. Juró que desafiaría a la muerte y crearía una nueva humanidad en medio de la destrucción fijada por las órdenes divinas. Rodea­do por viejos huesos, quiso engendrar jóvenes huesos. Cyril Tourneur poseyó a su hija en la losa de un osario. El final de su vida se pierde en un resplandor obscuro. No se sabe qué mano nos trasmitió la Tragedia del ateo y la Tragedia del vengador. Una tradición pretende que el orgullo de Cyril Tourneur se elevó más aún. Hizo levantar un trono en su jardín negro, y tenía la cos­tumbre de sentarse allí, coronado de oro, bajo el rayo. Algunos lo vieron y huyeron, aterrorizados por los pe­nachos azulados que bailoteaban sobre su cabeza. Leía un manuscrito de los poemas de Empédocles, que nadie vio después. Expresó con frecuencia su admiración por la muerte de Empédocles. Y el año en que desapareció fue también pestilencial. El pueblo de Londres se ha­bía retirado a las barcas amarradas en medio del Támesis. Un meteoro terrorífico evolucionó bajo la luna. Era un globo de fuego blanco, animado por una sinies­tra rotación. Se dirigió hacia la casa de Cyril Tourneur, que pareció pintada de reflejos metálicos. El hombre vestido de negro y coronado de oro esperaba en su trono la llegada del meteoro. Hubo, como antes de las bata­llas teatrales, un toque melancólico de trompetas. Cyril Tourneur fue envuelto por un resplandor hecho de san­gre rosada volatilizada. Trompetas, enhiestas en la no­che, tocaron, como en el teatro, una charanga fúnebre. Así fue precipitado Cyril Tourneur hacia un dios des­conocido en el taciturno torbellino del cielo.


Vidas imaginarias
Trad. Julio Pérez Millán
Buenos Aires, CEAL, 1980
Foto: M. Schwob, León Daudet y V.G.C. Byvanck