8 jun. 2010

Henri Michaux - La poesía china




La poesía china es tan delicada, que no encuentra jamás una idea (en el sentido europeo de la palabra).

Un poema chino es intraducible. Ni en pintura, ni en poesía, ni en el teatro, hay esa voluptuosidad cálida, espesa, de los europeos. En un poema, indica, y los rasgos que indica no son los más importantes, no tienen una evidencia alucinante, la evitan, y ni siquiera la sugieren, como suele decirse. Más bien, se deduce de ellos el paisaje y su atmósfera.

Cuando Li Po nos dice cosas aparentemente fáciles como esto, que es un tercio del poema:

 Azul es el agua y clara la luna de otoño
 Recogemos en el lago del sur lirios blancos
 Parecen suspirar de amor
 y llenan de melancolía el corazón del hombre en la barca.

hay que empezar diciendo que el golpe de vista del pintor es tan común en la China que sin otra indicación, el lector ve de manera satisfactoria, se regocija, y con toda naturalidad puede dibujar con el pincel el cuadro en cuestión. Un ejemplo antiguo de esa facultad:

Hacia el siglo XVI, no sé bajo qué emperador, la policía china ordenaba a sus inspectores que dibujaran subrepticiamente el retrato de cada extranjero que entraba en el Imperio. Diez años después de haber visto ese único retrato el policía lo reconocía. Más aún, si se cometía un crimen y el asesino huía, había siempre alguien en la vecindad que podía hacer de memoria el retrato del cual se tiraban muchos ejemplares, que se enviaban a la carrera por las grandes rutas del Imperio. Acorralado por sus retratos, el asesino acababa por entregarse al juez.

A pesar de ese don de ver, el interés que tomaría un chino en la tradición francesa o inglesa del poema sería mediocre.

Y después de todo, ¿qué contienen en francés esos 4 versos de Li Po? Una escena.

Pero en chino, contienen unas treinta: son un bazar, son un cinematógrafo, son un gran cuadro. Cada palabra es un paisaje, un conjunto de signos cuyos elementos, hasta en el poema más breve, promueven un sin fin de alusiones. Un poema chino es siempre demasiado largo, es tan repleto, tan realmente halagador y tan erizado de comparaciones.

En la palabra azul (Spirit of Chinese Poetry, de V. W. W. S. Purcell), está el signo de partir leña y el del agua, sin contar el de la seda. En la palabra claro, la luna y el sol a la vez. En la palabra otoño, el fuego y el trigo, etcétera.

De modo que al cabo de tres versos, hay una afluencia tal de aproximaciones y de refinamientos, que uno queda maravillado.

Este encanto se produce por equilibrio y armonía, estado que el chino gusta por sobre todas las cosas, y en el que encuentra una especie de paraíso.

El chino ha deseado siempre «un acuerdo universal donde el cielo y la tierra estén en perfecta tranquilidad y donde todos los seres logren su completo desarrollo». Un intrigante que quería sublevar al pueblo, decía: «El Emperador ya no está en armonía con el cielo»; los campesinos aterrados, los nobles y todo el pueblo, corrían a las armas, y el emperador perdía su trono.

Este sentimiento, más opuesto a la paz exaltada de los hindúes que a la nerviosidad y a la acción europeas, sólo se encuentra en las razas amarillas.

En Un bárbaro en Asia