4 jun. 2010

Friedrich Nietzsche - Carta a Jacob Burckhardt


1889 - 5 de enero, a Jacob Burckhardt:

Querido señor catedrático. Al fin y al cabo preferiría ser catedrático en Basilea que Dios, pero no me he atrevido a llevar tan lejos mi egoísmo privado para desatender por su causa la creación del mundo. Como usted sabe, de alguna manera hay que saber hacer sacrificios, en cualquier lugar donde uno viva. Sin embargo reservé un pequeña habitación de estudiante, situada frente al Palazzo Carignano (en el que nací como Vittorio Emanuel), que además me permite oír sentado a la mesa la soberbia música ejecutada debajo, en la Gallería Subalpina. Pago 25 francos con el servicio incluido, me hago yo mismo el té y las compras, sufro por los zapatos agujereados, y a cada momento doy gracias al Cielo por el mundo antiguo, con el que los hombres no han sido lo bastante simples, ni lo bastante silenciosos. Como estoy destinado a divertir a la próxima eternidad con malas farsas, tengo aquí un escritorio que, sinceramente, no deja nada que desear ni ofrece nada para agotar. El correo está sólo a cinco pasos, ahí echo mis cartas en el buzón, para convertirme en el gran folletinista del gran mundo. Naturalmente, me encuentro en estrechas relaciones con el Figaro y, para que pueda hacerse la idea de que mi manera de ser no podría ser más inofensiva, escuche mis dos primeras farsas: 


No tome con demasiada gravedad el caso Prado. Soy Prado, soy el padre de Prado, me atrevo a decir que también soy Lesseps...: Quería dar a los parisinos, que amo, una noción nueva -la de un criminal honesto. Soy Chambige -otro criminal honesto. 

Segunda farsa: saludo a los inmortales. El señor Daudet está entre los cuarenta


Lo que me desagrada y resulta incomodo para mi modestia es que, en el fondo, cada nombre de la historia soy yo; incluso con los hijos que traje al mundo, la situación es tal que me pregunto con cierta desconfianza si todos los que entran el “reino de Dios” no vienen también de Dios. 

Este invierno, vestido de la forma más miserable, asistí dos veces seguidas a mi propio entierro; la primera vez como el Conde Robilant (no, éste es mi hijo, yo soy Carlos Alberto, infiel a mi naturaleza), pero yo mismo era Antonelli. Querido catedrático, debiera ver este edificio; como no tengo ninguna experiencia en las cosas que he creado, le corresponde a usted ejercer cualquier tipo de crítica, [le] estaría agradecido, sin que pueda prometer sacar de ella algún provecho. Nosotros los artistas no podemos ser instruidos. Hoy me he regalado el espectáculo de una opereta -genialmente morisca, en esta ocasión también constaté con placer que tanto Moscú como Roma son realidades grandiosas. Vea que hasta el paisaje no carece de talento. Reflexione, tendremos bellas, bellas charlas, Turín no está tan lejos, ningún deber profesional serio se impone por el momento, nos tomaríamos un vaso de Veltiner. El desaliño es la vestimenta de rigor: 

Con todo afecto
Nietzsche 

(P.S.)

Por todas partes me paseo vestido de estudiante, aquí y allá doy palmadas en la espalda a cualquiera y le digo: ¿siamo contenti? son dio, ho fatto questa caricatura...

Mañana vendrá mi hijo Umberto y la deliciosa Margherita, pero los recibiré de la misma forma, en mangas de camisa.

El resto, para la señora Cósima... Ariadna... de vez en cuando hago algo de magia.

Hice encadenar a Caifás: el año pasado también los médicos alemanes me crucificaron con persistencia. Suprimidos Guillermo, Bismark y todos los antisemitas.

Puede usar como quiera esta carta, con tal de que no me rebaje en la estima de los basilienses.