18 jun. 2010

Dylan Thomas - Una visita a mi abuelo




En medio de la noche me desperté de un sueño colmado de látigos y de lazos largos como serpientes, con diligencias que huían por pasos montañosos y amplios galones borrascosos a través de campos sembrados de cactos, y oí que el viejo, en la habitación vecina, gritaba:

—¡Ea!... ¡Ea!... —haciendo trotar la lengua sobre el paladar.

Era la primera vez que me quedaba en casa de mi abuelo. Las tablas del suelo habían chillado como ratones cuando trepé a la cama, y los ratones que minaban las paredes habían crujido como maderas, como si otro visitante caminara sobre ellos. Era una templada noche de verano, pero las cortinas aleteaban y las ramas golpeaban contra la ventana; yo me había tapado la cabeza con las sábanas, y pronto galopaba, rugiente, por las páginas de un libro.

—¡Ea, hermosos! —gritaba abuelito. Su voz sonaba muy joven y fuerte, y su lengua tenía cascos poderosos y transformaba su habitación en una inmensa pradera. Decidí ir a ver si se sentía mal o si se habían incendiado las ropas de su cama, porque mi madre me había dicho que solía encender la pipa bajo las mantas, y me había pedido que corriera a socorrerlo si olía a quemado durante la noche. Atravesé la oscuridad de puntillas hasta su puerta, rozando los muebles y haciendo caer un candelabro con gran ruido. Me asusté cuando vi que había luz en su habitación, y al abrir la puerta oí que abuelito gritaba ¡sooo!..., fuerte como un toro con megáfono.

Estaba sentado, balanceándose de un lado a otro, como si la cama corriera por un camino áspero; los bordes nudosos del cubrecama eran sus riendas; sus invisibles caballos se perdían en la sombra, más allá de la vela de su mesa de noche. Sobre el camisón de franela blanca tenía puesto un chaleco rojo con botones de bronce del tamaño de nueces. El hornillo de su pipa, rebosante de tabaco, ardía entre los pelos de su barba como un manojo de heno quemándose en la punta de una horquilla. Al verme, sus manos soltaron las riendas y se quedaron quietas y azules, la cama se detuvo en medio de un camino llano, la lengua se envolvió en silencio y los caballos se detuvieron, quedos.

—¿Pasa algo, abuelo? —pregunté, aunque sus ropas no se incendiaban. A la luz de la vela su rostro parecía una colcha andrajosa colgada en el aire negro y remendada con barbas de chivo.

Me miró dulcemente. Después resopló por la pipa, desparramando chispas y transformando su largo vástago en silbato, y gritó:

—¡No hagas preguntas!

Al cabo de una pausa, añadió astutamente:

—¿Nunca has tenido pesadillas, chico?

—No —contesté.

—Oh, sí, sí has tenido.

Le conté que me había despertado una voz que azuzaba caballos.

—¿Qué te dije? —interrumpió—. Comes demasiado. ¿Dónde se han visto caballos en un dormitorio?

Hurgó debajo de la almohada, sacó una bolsita tintineante, desató cuidadosamente sus cordones y puso en mi mano un soberano, diciéndome:

—Cómprate una torta.

Le di las gracias y le deseé buenas noches. Cuando cerré la puerta, oí su voz que gritaba, fuerte y alegre: «¡Vamos! ¡Arre!», y el sacudirse de la cama viajera.

Por la mañana desperté de un sueño con briosos caballos sobre una llanura sembrada de muebles, con hombres enormes y nebulosos que cabalgaban seis potros a la vez y los azuzaban con sábanas ardientes. Abuelo se desayunaba, vestido de negro. Cuando concluyó, dijo:

—Anoche sopló mucho viento —y se sentó en un sillón junto al hogar, a hacer bolas de turba para el fuego. Más tarde me llevó a caminar por la aldea de Johnstown y los prados que dan al camino de Llanstephan.

Un hombre que llevaba un galgo dijo:

—Linda mañana, Mr. Thomas —y cuando se hubo alejado, flaco como un perro, metiéndose en el verde bosque cuya entrada vedaban los letreros, abuelo dijo:

—Bueno, bueno, ¿oíste cómo te llamó? ¡Mister!

Pasamos junto a pequeñas cabañas, y todos los hombres que se inclinaban sobre las verjas felicitaron al abuelo por la hermosa mañana. Atravesamos el bosque lleno de palomas, y sus alas quebraron las ramitas al volar hacia las copas de los árboles. Entre las voces dulces y satisfechas y el vuelo ruidoso y tímido, abuelo dijo como un hombre que quiere hacerse oír a través de un campo:

—¡Si oyeras esos pajarracos de noche, me despertarías para decirme que había caballos en los árboles!

Regresamos caminando lentamente, porque se había cansado, y el hombre flaco salió del bosque prohibido llevando sobre su brazo un conejo, tan dulcemente como si fuera la mano de una niña.

En el penúltimo día de mi visita me llevó a Llanstephan, en un coche de gobernanta tirado por un poney bajito y enclenque. Abuelo parecía conducir un bisonte: con tanta firmeza sostenía las riendas, con tal ferocidad hacía restallar el látigo, con tantas blasfemias advertía a los muchachos que jugaban en el camino, con tanta solidez se afirmaba en sus piernas con polainas maldiciendo la endemoniada fuerza y la terquedad de su vacilante poney.

—¡Cuidado, muchacho! —gritaba al llegar a cada esquina, y tiraba y tiraba, y se sacudía, y transpiraba, y esgrimía el látigo como si fuera un sable. Y cuando el poney, a duras penas, había doblado la esquina se volvía hacia mí con una sonrisa de triunfo.

—¡Ya pasamos ésa, muchacho!

Cuando llegamos a la aldea de Llanstephan, en lo alto de la colina, dejó el carricoche junto a la Hostería de Edwinsford, palmeó el hocico del poney y le dio azúcar, diciéndole:

—Eres demasiado débil, Jim, para mover hombres como nosotros.

Bebió cerveza fuerte, y yo limonada, y pagó a Mrs. Edwinsford con un soberano que extrajo de la bolsita tintineante; la mujer le preguntó por su salud, y él dijo que Llangadock era mejor para las venas. Fuimos a visitar el camposanto y el mar, nos sentamos en el bosque y nos detuvimos en el quiosco, en medio de los árboles, donde los excursionistas cantaban en las noches de verano y, año tras año, el tonto de la aldea era elegido alcalde. Abuelo se detuvo en el camposanto y me mostró, por encima de la verja, las cabezas angélicas y las pobres cruces de madera.

—No tiene sentido estar tirado ahí —dijo.

El viaje de regreso fue frenético: Jim volvía a ser un bisonte.

La última mañana me desperté tarde, tras sueños en los que el mar de Llanstephan contenía brillantes veleros, largos como transatlánticos; y coros celestiales, vestidos con túnicas de bardos y chalecos con botones de cobre, cantaban, en extraño gales, para los marineros que partían. Abuelo no estaba desayunándose; se había levantado más temprano. Caminé por el campo con mi honda nueva y les tiré a las gaviotas y a las cornejas de los árboles de la vicaría. Un viento tibio soplaba desde el cuadrante de verano; la niebla mañanera se alzaba del suelo y flotaba entre los árboles escondiendo los pájaros ruidosos; en la niebla y el viento mis piedras volaban como granizo en un mundo al revés. La mañana transcurrió sin que cayera un solo pájaro.

Rompí la honda y regresé para el almuerzo atravesando el huerto del párroco. Una vez —me había contado abuelo— el párroco había comprado tres patos en la feria de Carmarthen y había construido para ellos una pileta en medio del jardín; pero los patos se escapaban hacia la acequia por debajo de la desmoronada escalinata de la casa, y allí nadaban y graznaban. Cuando llegué al final del huerto, miré por un agujero del cerco y vi que el párroco había hecho un túnel a través de la pila de piedras que había entre la acequia y la pileta y había colocado un cartel con un letrero: «A LA PILETA».

Los patos seguían nadando bajo los escalones.

Abuelo no estaba en la casa. Salí al jardín, pero tampoco andaba contemplando los frutales. Pregunté a gritos a un hombre que se inclinaba sobre una pala, en el prado, del otro lado del cerco del jardín.

—¿No ha visto a mi abuelo esta mañana?

Sin dejar de cavar, contestó por encima del hombro:

—Lo vi con chaleco de fantasía.

Griff, el barbero, vivía en el cottage vecino. A través de su puerta abierta, pregunté:

—Mr. Griff, ¿no ha visto a mi abuelo?

El barbero salió en mangas de camisa.

—Se puso su mejor chaleco —le informé. No sabía si eso era importante; pero abuelo sólo usaba chaleco de noche.

—¿Tu abuelo estuvo en Llanstephan? —preguntó ansiosamente Mr. Griff.

—Fuimos ayer, en el carricoche —le dije.

El hombre entró corriendo y lo oí hablar en gales; luego volvió a salir con la chaqueta puesta y un bastón con rayas de color. A grandes zancadas echó por la calle de la aldea, y yo corrí a su lado.

Cuando nos detuvimos frente a la tienda del sastre, gritó:

—¡Dan! —y Dan Tailor se asomó por la ventana, junto a la cual se sentaba como un sacerdote hindú con sombrero hongo—. Dai Thomas ha salido con el chaleco puesto —dijo Mr. Griff— y ha estado en Llanstephan.

Mientras Dan Tailor buscaba su gabán, mister Griff prosiguió su camino.

—¡Will Evans! —llamó frente a la carpintería—. Dai Thomas ha estado en Llanstephan, y anda con el chaleco puesto.

—Iré a contárselo a Morgan —dijo la mujer del carpintero desde la oscuridad vibrante de la carpintería.

Visitamos la carnicería y la casa de Mr. Price, y Mr. Griff repitió su mensaje como un pregonero.

Finalmente nos reunimos todos en la plaza de Johnstown. Dan Tailor con su bicicleta, Mr. Price con su carricoche, Mr. Griff, el carnicero; Morgan Carpenter y yo trepamos al temblequeante carruaje y salimos al trote en dirección a Carmarthen. El sastre abría la marcha, haciendo sonar su timbre como si se tratara de un incendio o un robo; al final de la calle, una anciana se metió corriendo en su casa, como una gallina apedreada. Otra mujer nos saludó con un pañuelo chillón.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

Los vecinos de abuelo eran solemnes como esos viejos con levitones y sombreros negros que se ven en las ferias.

Mr. Griff sacudió la cabeza y se lamentó:

—No esperaba esto otra vez de Dai Thomas.

—Sobre todo después de la última vez —dijo tristemente Mr. Price.

Seguimos al trote, trepamos la colina de la Constitución, entramos chirriando por Lammas Street, y el sastre seguía haciendo sonar el timbre de su bicicleta, mientras un perro corría aullando, delante de sus ruedas. Cuando entramos —clop, clop— en la calle adoquinada que conducía al puente del Towy, recordé los ruidosos viajes nocturnos del abuelo, aquellos viajes que sacudían la cama y estremecían las paredes, y en una visión recordé su chaleco rojo y su cabeza como remendada sonriendo a la luz de la vela. Delante de nosotros el sastre se volvió sobre el sillín, y la bicicleta trastabilló, patinando.

—¡Allá lo veo! —gritó.

El carricoche se zarandeó sobre el puente, y alcancé a ver al abuelo: los botones del chaleco brillaban al sol; tenía puestos los ajustados pantalones negros de los domingos y un sombrero alto y polvoriento que yo había visto en un arcón del desván, y llevaba una venerable maleta.

—¡Buenos días, Mr. Price! —saludó—. Y mister Griff, y Mr. Morgan, y Mr. Evans —y dirigiéndose a mí—: Buenos días, muchacho.

Mr. Griff le apuntó con su bastón de colores.

—¿Qué se cree usted que está haciendo en el puente de Carmarthen, en pleno mediodía —preguntó gravemente—, con su mejor chaleco y ese sombrero viejo?

Abuelo no contestó, pero inclinó su rostro hacia el viento del río, de modo que sus barbas empezaron a bailar y a moverse como si hablara, y se puso a observar los boteros que se movían como tortugas en la costa.

Mr. Griff alzó su mutilado poste de barbero.

—¿Y adonde cree que va —dijo— con su vieja maleta negra?

Abuelo dijo:

—Voy a Llangadock a que me entierren. —Y miró los botes que se deslizaban en el agua, y escuchó a las gaviotas que se quejaban sobre el río lleno de peces tan amargamente como se quejaba Mr. Price:

—¡Pero todavía no ha muerto, Dai Thomas!

Abuelo reflexionó durante un momento:

—No tiene sentido estar muerto en Llanstephan —dijo después—. El suelo es más cómodo en Llangadock; uno puede estirar las piernas sin meterlas en el mar.

Los vecinos se acercaron más a él.

—Usted no ha muerto, Mr. Thomas —dijeron.

—¿Cómo van a enterrarlo, entonces?

—Nadie piensa enterrarlo en Llanstephan.

—¡Vamos a casa, Mr. Thomas!

—Hay cerveza fuerte esta tarde.

—¡Y tortas!

Pero abuelo permanecía firme en el puente, aferrando la maleta contra su costado, mirando fijamente el río y el cielo como un profeta que no tiene dudas.


En Retrato del artista cachorro
Traducción Miguel Ángel Cotta
Seix Barral