6 may. 2010

Stephen Jay Gould - Desde Darwin - Epílogo





Tony Auth


¿Hacia dónde va el darwinismo? ¿Qué perspectivas hay para su segundo siglo de existencia? No soy adivino, tan sólo puedo jactarme de un cierto conocimiento del pasado. Pero sí creo que una estimación de futuras direcciones debe estar ligada , a una comprensión- de lo que ha ocurrido ya -particularmente en relación con los tres principales ingredientes de la visión del mundo del propio Darwin: su insistencia en el individuo como principal agente evolutivo, su identificación de la selección natural como mecanismo de adaptación y su creencia en la naturaleza gradual del cambio evolutivo.

¿Mantenía Darwin que la selección natural era el agente exclusivo del cambio evolutivo? ¿Creía que todos los productos de la evolución eran adaptativos? A finales del siglo diecinueve, se planteó un debate en círculos biológicos acerca de quién podía ostentar con pleno derecho el título de “darwiniano”. August Weismann, un seleccionista estricto que no atribuía prácticamente ningún papel a ningún otro mecanismo, reclamaba la toga de único y verdadero descendiente de Darwin. G. J. Romanes, que otorgaba a Lamarck y a una hueste de aspirantes más una igualdad de derechos con respecto a la selección natural, exigía para sí el capote. Ambos y ninguno de los dos estaban en lo cierto. La perspectiva de Darwin era pluralista y acomodaticia -la única postura razonable para un mundo tan complejo. Desde luego, le atribuía una importancia primordial a la selección natural (Weismann), pero no rechazaba la influencia de otros factores (Romanes).

El debate Weismann-Romanes está teniendo lugar de nuevo, mientras los dos movimientos más ampliamente discutidos de los últimos años se alinean detrás de los viejos advocadores. Sospecho que la posición intermedia de Darwin prevalecerá una vez más, ya que las formulaciones extremas de ambos lados tendrán que batirse en retirada entre la multiplicidad de la naturaleza. De un lado, los “sociobiólogos” humanos están planteando una serie de complejas especulaciones enraizadas en la premisa de que todos los esquemas fundamentales de comportamiento deben ser adaptativos como producto de la selección natural. He tenido ocasión de escuchar argumentos adaptativos (e incluso genéticos) para fenómenos tales como la herencia de riquezas y propiedades y la mayor incidencia de la felación y el cunnilingus entre las clases superiores.

Con suprema confianza en la adaptación universal, los sociobiólogos advocan el atomismo definitivo -la reducción a un nivel inferior incluso al del aparentemente irreductible individuo de Darwin. Samuel Butler, en comentario famoso, afirmó en cierta ocasión que una gallina no es más que el mecanismo que tiene el huevo para producir otro huevo. Algunos sociobiólogos adoptan este epigrama de modo literal y argumentan que los individuos no son más que instrumentos que utilizan los genes para hacer más genes como ellos. Los individuos se convierten en receptáculos temporales de las unidades “reales” de la evolución. En el mundo de Darwin, los individuos pugnan por perpetuar su estirpe. Aquí, los propios genes son generales en la batalla por la supervivencia. En tan intensos combates, tan sólo los más aptos pueden triunfar; todo cambio ha de ser adaptativo.

Wolfgang Wickler comenta: “Se sigue de la teoría evolutiva que los genes hacen funcionar al individuo con arreglo a sus propios intereses”. Confieso que no puedo tomarme semejante afirmación más que como una estupidez metafórica. No me preocupa la falsa atribución de un propósito consciente; esto no constituye más que una licencia literaria y yo mismo soy culpable de utilizarla. Me preocupa la idea errónea de que los genes son partículas discretas y divisibles, que utilizan los rasgos que construyen en los organismos como arma para su propia propagación. El individuo no es divisible en partículas independientes de codificación genética. Las partículas carecen de significado fuera del medio del cuerpo al que pertenecen, y no codifican directamente ninguna parte delimitada de su morfología ni ningún comportamiento específico. La morfología y el comportamiento no son rígidamente configurados por unos genes en combate; no son necesariamente adaptativos en todos los casos.

Mientras que los sociobiólogos intentan ser más weismannianos que Weismann, muchos biólogos moleculares adoptan el criterio opuesto de que gran parte del cambio evolutivo no sólo no está influenciado por la selección, sino que es realmente aleatorio en su dirección. (Según la formulación de Darwin, la materia prima de la variación puede ser aleatoria, pero el cambio evolutivo es determinista y va dirigido por la selección natural). El código genético, por ejemplo, es redundante. Existen en él más de una secuencia de ADN, que producen el mismo aminoácido. Resulta difícil imaginarse cómo un cambio genético de una secuencia redundante a otra puede ir controlado por la selección natural (dado que la selección natural “verá” el mismo aminoácido en ambos casos).

Podemos adoptar la postura de considerar ese cambio genético “invisible” como irrelevante, ya que si la variación no queda expresada en la morfología o la fisiología de un organismo, la selección natural no podrá actuar sobre ella. Aún así, si la mayor parte del cambio evolutivo fuera neutral en ese sentido (en mi opinión no lo es), entonces necesitaríamos una nueva metáfora de la influencia darwiniana. Podríamos vernos obligados a considerar la selección natural como un epifenómeno, que afectaría exclusivamente a las pocas variaciones genéticas que se traducen en partes adaptativamente significativas de los organismos -una mera capa superficial en un vasto océano de variabilidad oculta. Pero el desafío planteado por los evolucionistas moleculares es más serio que todo esto- han detectado una mayor variabilidad en las proteínas (es decir en productos genéticos visibles) que la que permitirían los modelos basados en la selección natural en una población. Por añadidura, han inferido una tasa asombrosamente regular, casi cronométrica para los cambios evolutivos en las proteínas en el transcurso de períodos largos de tiempo. ¿Cómo puede la evolución actuar como un reloj si está dirigida por un proceso determinista como la selección natural -ya que la intensidad de selección refleja las tasas de cambio ambiental y el clima no funciona como un metrónomo. Tal vez estos cambios genéticos sean verdaderamente neutrales, acumulándose al azar y a un ritmo constante. La cuestión no está resuelta; una variabilidad copiosa aparejada con unas tasas cronométricas podrían surgir por selección natural con la ayuda de algunas hipótesis ad hoc que tal vez no resulten absurdas. Tan solo deseo plantear que carecemos de respuestas definitivas.

Predigo el triunfo del pluralismo darwiniano. La selección natural resultará ser mucho más importante de lo que algunos evolucionistas moleculares se imaginan, pero sin ser omnipotente como parecen mantener algunos sociobiólogos. De hecho, sospecho que la selección natural darwiniana basada en la variación genética, tiene bastante poco que ver con los comportamientos que hoy tan ardientemente se citan en su apoyo. Espero que el espíritu pluralista de las obras del propio Darwin impregne más áreas del pensamiento evolutivo, en el que siguen reinando rígidos dogmas como consecuencia de preferencias no cuestionadas, viejos hábitos o prejuicios sociales. Mi propio blanco favorito es la creencia en un cambio evolutivo lento y continuo predicada por la mayor parte de los paleontólogos (y animada, lo admito, por las preferencias del propio Darwin). El registro fósil no la respalda; la extinción en masa y los abruptos orígenes campan por sus respetos. No podemos demostrar la evolución registrando el cambio gradual de algún braquiópodo según vamos ascendiendo la ladera de una colina.

Para soslayar esta desagradable verdad, los paleontólogos se han apoyado en la extrema inadecuación del registro fósil -todas las etapas intermedias han desaparecido en un registro que preserva tan solo unas pocas palabras de las pocas líneas de las pocas páginas que quedan en nuestro libro geológico. Han comprado su ortodoxia gradualista al precio exorbitante de admitir que el registro fósil prácticamente nunca exhibe el fenómeno que precisamente desean estudiar. Pero, en mi opinión, el gradualismo no es exclusivamente válido (de hecho, lo considero más bien raro). La selección natural no implica ninguna aseveración acerca de su ritmo. Puede abarcar un cambio rápido (geológicamente instantáneo) por especiación en poblaciones pequeñas, del mismo modo que la transformación convencional e incalculablemente lenta de líneas enteras.

Aristóteles argumentaba que la mayor parte de las controversias quedan resueltas en la Aurea mediocritas -Suprema mediocridad. La naturaleza es tan fascinantemente compleja y variada que prácticamente todo lo que sea posible ocurre de hecho. El “casi nunca” del capitán Corcoran es la afirmación más fuerte que puede hacer un naturalista. Quien desee respuestas nítidas, definitivas y globales a los problemas de la vida, tendrá que ir a buscarlas en alguna otra parte, no en la naturaleza. De hecho, pongo bastante en duda que una investigación como ésta pueda dar esas respuestas en ningún terreno.

Podemos resolver de modo definitivo pequeñas interrogantes (sé por qué el mundo jamás podrá alojar una hormiga de ocho metros de largo). Se nos da bastante bien resolver preguntas de alcance medio (dudo que el lamarckismo pueda volver a experimentar un resurgimiento como teoría viable de la evolución). Las preguntas de alcance realmente grande sucumben ante la riqueza de la naturaleza -el cambio puede ser dirigido o espontáneo, gradual o cataclísmico, selectivo o neutral. Yo me regocijo con la multiplicidad de la naturaleza y dejo la quimera de la certidumbre para los políticos y los predicadores.




Traducción de Antonio Resines
Madrid, 1983