9 may. 2010

Marco Denevi - Huida a Carpaccio




Carpaccio - Ritorno degli ambasciatori


La pista se la proporcionó un párrafo del libro de Terisio Pignatti: "No conocemos ningún retrato (de Carpaccio), a pesar de que en su época tuvo fama también como retratista. Imaginemos que lo complació autorretratarse en alguno de sus personajes y que un día, mirando con atención las innumerables figuras de sus obras, tendremos la sorpresa y la emoción de encontrarnos de golpe con su rostro".*

No lo pensó más: él emprendería esa aventura de hallar el rostro del venerado maestro entre los incontables rostros que pueblan sus cuadros.

Un instinto, una intuición, acaso la secreta voz de la sangre le reveló que aquel a quien buscaba se escondía en La leyenda de Santa Úrsula, la serie de ocho grandes telas que Carpaccio pintó para la capilla de la Scuola di Sant’Orsola, en Venecia, y que ahora están en la Academia de la ciudad palúdica.

El gobierno italiano acogió con benevolencia su petición de estudiar (no confesó el verdadero propósito) esas pinturas. Generosamente becado, copiosamente provisto de cartas de recomendación, se trasladó desde su modesta vivienda en el barrio de Caballito hasta un no menos modesto hotelucho cerca de la parroquia de San Canciano, en Venecia, y visitó a diario la Academia, donde terminaron por considerarlo uno de la casa.

Los ocho cuadros monumentales, altos todos de casi tres metros y largos algunos de seis y de siete, invadidos todos por muchedumbres que se despliegan sobre un fondo de arquitecturas y de geografías fantásticas que no son ni Bretaña, ni Roma, ni Colonia, sino una ciudad de los dux recreada por la fantasía portentosa del pintor, lo precipitaron en un frenesí lindero de la pasión erótica. Lo sé gracias a las cartas que me enviaba periódicamente.

Sé que la batida de las ocho telas la comenzó en El arribo de los embajadores y la terminó en el Martirio y funerales de la santa, que es el orden con que, a cornu epistolae del altar, decoraban la antigua capilla después derruida y, por lo demás, el que se acomoda a la cronología de la leyenda según el libro de Jacobo de Vorágine.

Sé, también, que dedicó a su trabajo no menos de un año y que la cacería del rostro del maestro a través de los cuadros colosales se repitió una y otra vez. En fin, sé que puso en sus exploraciones la terquedad obsesa y la minuciosa paciencia de un policía que rastrea a un criminal, el ensañamiento de un Javert en pos de Jean Valjean. Pero era el amor el que lo guiaba.

En una carta me informa: "No poseo ningún dato sobre su fisonomía, salvo lo que dice Girolamo delle Colombe, que era rubio y bien parecido. Pero estoy seguro de que, cuando lo vea, un especial latido de mi corazón me advertirá que es él".

Agrega: "De todos modos no me resultará fácil encontrarlo. Son cientos, quizá miles de rostros que hay que examinar uno por uno. En la Academia me han facilitado una escalera y una lupa de gran tamaño. Me tienen simpatía. Encienden para mí las arañas de cristal de Murano. Les he mentido que estudio la técnica del maestro".

Otra carta pudo alertarme: "Me detuve junto a un paje de los embajadores ingleses porque se me figuró que era él, disfrazado. Di varias vueltas a su alrededor, lo miré de frente y de perfil, pero mi corazón permaneció frío". Atribuí esas palabras insensatas a un exceso de entusiasmo, las juzgué metafóricas.

Una carta fechada tiempo después me abrió los ojos: "Se me ha ocurrido que puede ser uno de los que, en La partida de los desposados, se asoman a los balcones del palacio de la derecha. La distancia, aún abreviada por la lupa, no me permite distinguir con nitidez sus rasgos. Trataré de entrar en el palacio y de mirarlos cara a cara".

Debí prevenirlo contra las alucinaciones de la tercera dimensión. No lo hice y él me escribió: "Ayer, en La llegada a Colonia, me interné por sus complejas perspectivas y casi me pierdo. No se imagina mi odisea para volver. Menos mal que en la Academia nadie notó mi momentánea desaparición".

Estaba a punto de contestarle con una enérgica reprimenda cuando recibí este mensaje escueto y alarmante: "Creo saber dónde se oculta. Aunque hay que cruzar ese puentecito bloqueado por la multitud, confío en que mañana estaré junto a él". Con toda evidencia alude a un detalle de El retorno de los embajadores.

Tal como me lo temía, su correspondencia, hasta entonces regular aunque no frecuente, se interrumpió para no reanudarse nunca más. Escribí a los ignotos propietarios del hotelucho. Me contestaron, de mala manera, que quello argentino se había fugado sin pagar la cuenta (y sin llevarse el equipaje, olvidaron añadir).

Escribí a las autoridades de la Academia. Preveía su respuesta: el egregio e gentilissimo signore Scarpazo no había vuelto desde hacía un par de meses. La última vez, contra su costumbre, se había marchado sin despedirse de nadie, dejando abandonadas la escalera y la lupa que solía usar.

Me propuse participarles mis sospechas: El retorno de los embajadores ¿no sufría alguna ligera alteración? Me propuse pedirles que examinaran en particolare: el puentecito. Y para convencerlos les diría que, seguramente, la escalera y la lupa habían sido halladas al pie de aquel cuadro. Si era necesario les enviaría una copia de la última carta.

Pero uno está tan acosado por sus propios problemas que dejé pasar el tiempo y ahora no vale la pena volver al asunto. No importa. Algún día iré a la vieja ciudad lacustre, visitaré la Academia, veré El retorno de los embajadores.

Espero encontrar, entre tantos rostros pintados por Carpaccio, un rostro que Carpaccio no pintó. Y aunque no lo localice, porque el intruso se esconde tras la multitud, no dudaré de que está ahí. Atrapado para siempre por el objeto de su persecución, sé que es feliz. Mi amigo se llamaba Víctor Scarpazo. Carpaccio se llamaba Vittorio. El apellido Carpaccio proviene de Carpathius. Y Carpathius es la latinización de Scarpazo.

* Terisio Pignalti, Carpaccio. Trad. del italiano al francés por Rosablanca Skira-Veniuri. Editions d’art Albert