Stephen Jay Gould - Los bambúes, las cigarras y la economía de Adam Smith

12 de mayo de 2010 ·








La naturaleza suele superar incluso las más imaginativas leyendas humanas. La Bella Durmiente esperó un centenar de años a su príncipe. Bettelheim argumenta que el pinchazo que la pone a dormir representa la primera sangre de la menstruación, y su largo sueño el letargo de la adolescencia que espera el advenimiento de la madurez. Dado que la Bella Durmiente original fue inseminada por un rey y no solamente besada por un príncipe, podemos interpretar su despertar como el comienzo de la realización sexual (véase B. Bettelheim, The Uses of Enchantment A. Knopf, 1976, páginas 225-36).

Un bambú que ostenta el formidable nombre de Phyllostachys bambusoides floreció en China el año 999. Desde entonces, con imperturbable regularidad, ha seguido floreciendo y produciendo semillas aproximadamente cada 120 años. P. bambusoides respeta este ciclo viva donde viva. A finales de los años 60, las cepas japonesas (trasplantadas de la China siglos antes) echaron semillas simultáneamente en Japón, Inglaterra, Alabama y Rusia. La analogía con la Bella Durmiente no es tan disparatada, ya que la reproducción sexual sucede tras un período de celibato de más de un siglo en estos bambúes. Pero el P. bambusoides se aparta de los Hermanos Grimm en dos importantes aspectos. Las plantas no permanecen inactivas durante su vigilia de 120 años -ya que son herbáceas, y se propagan asexualmente produciendo nuevos brotes a partir de rizomas subterráneos. Además, no viven felices por los siglos de los siglos, ya que mueren después de producir la semilla -una larga espera para un breve final.

El ecólogo Daniel H. Janzen, de la Universidad de Pennsylvania, narra la singular historia del Phyllostachys en un reciente artículo, “Why bamboos wait so long to flower” (Annual Review of Ecology and Systematics, 1976). La mayor parte de las especies de bambú tienen períodos de crecimiento vegetativo más breves entre floración y floración, pero la sincronía en la producción de semillas constituye la regla, y pocas especies tardan menos de 15 años en florecer (algunas pueden tardar hasta más de 150 años, pero los registros históricos resultan excesivamente escasos como para permitirnos llegar a conclusiones firmes).

El florecimiento de cualquier especie debe venir determinado por algún reloj genético interno, y no impuesta desde el exterior por algún determinante ambiental. La infalible regularidad de la repetición nos aporta la mejor demostración de esta afirmación, ya que no conocemos ningún factor ambiental con un ciclo tan predecible como para constituir el reloj o los relojes tan fielmente seguidos por más de un centenar de especies. En segundo lugar, como mencionamos más arriba, las plantas de la misma especie florecen simultáneamente, aun cuando hayan sido trasplantadas a medio mundo de distancia de su hábitat nativo. Finalmente, las plantas de la misma especie florecen juntas, incluso aunque hayan crecido en ambientes muy diferentes. Janzen narra la historia de un bambú de Birmania que medía tan sólo dieciséis centímetros de estatura, que había sido quemado repetidamente por fuegos forestales, y que aun así florecía al mismo tiempo que sus compañeros de especie de trece metros de estatura.

¿Cómo puede un bambú contar el paso de los años? Janzen razona que no puede ser por medio de la medición de reservas almacenadas ya que los enanos infraalimentados florecen al mismo tiempo que los gigantes sanos. El especula con que el calendario “debe ser la acumulación anual o diaria o la degradación de un producto fotosensible termoestable”. No encuentra motivos para decidir si los ciclos lumínicos son diurnos (día-noche) o anuales (estacionales). A modo de evidencia circunstancial en favor de la implicación de la luz como reloj, Janzen señala que ningún bambú con ciclos regulares crece a una latitud mayor de cinco grados del Ecuador -ya que las variaciones tanto en los días como en las estaciones se ven minimizadas dentro de esta zona.

La floración del bambú nos trae a la mente una historia de periodicidad mejor conocida por todos nosotros -la cigarra periódica, o “langosta” de los 17 años. (Las cigarras no son langostas en absoluto, sino miembros de gran tamaño del orden de los Homópteros, un grupo de insectos predominantemente pequeños que incluye a los Áfidos y sus parientes: Las langostas, junto con los grillos y los saltamontes forman el orden de los Ortópteros.) La historia de las cigarras periódicas resulta aún más asombrosa de lo que la mayor parte de la gente cree: durante 17 años, las ninfas de las cigarras periódicas viven bajo tierra, chupando los jugos de las raíces de los árboles del bosque en toda la mitad este de los Estados Unidos (a excepción de los estados del Sur, donde un grupo similar o idéntico de especies emerge cada 13 años). Después, en un margen de pocas semanas, millones de ninfas maduras surgen del suelo, se transforman en adultos, se aparean, ponen sus huevos y mueren. (Las mejores observaciones del fenómeno, desde el punto de vista evolutivo, pueden encontrarse en una serie de artículos escritos por M. Lloyd y H. S. Dybas, publicadas en las revistas Evolution en 1966 y Ecological Monographs en 1974). Lo más notable es que no sólo una, sino tres especies de cigarras periódicas, siguen precisamente el mismo ciclo, emergiendo con total sincronía. Las diferentes áreas pueden estar fuera de fase -las poblaciones de los alrededores de Chicago no emergen el mismo año que las formas de Nueva Inglaterra. Pero el ciclo de 17 años (13 en el Sur) resulta invariable para cada “cepa” -las tres especies emergen siempre juntas en el mismo lugar. Janzen reconoce que las cigarras y los bambúes, a pesar de su distancia biológica y geográfica, representan el mismo problema evolutivo. Según el mismo escribe, los estudios recientes “no revelan ninguna diferencia cualitativa conspicua entre estos insectos y el bambú salvo tal vez en el modo que tienen de contar los años”.

Como evolucionistas, buscamos respuestas a la pregunta “por qué”. ¿Por qué, en particular, debería desarrollarse tan sorprendente sincronía de floración o emergencia, y por qué debería ser tan largo el período entre los episodios de reproducción sexual? Como argumenté al discutir el caso de los hábitos matricidas de algunas moscas (ensayo 10) la teoría de la selección natural recibe su apoyo máximo de las explicaciones satisfactorias para fenómenos que nos resultan intuitivamente extraños o insensatos.

En este caso, nos enfrentamos con un problema que va más allá de la aparente peculiaridad de semejante desperdicio (ya que tan sólo un pequeño número de semillas pueden germinar sobre el suelo abarrotado). La sincronía en la floración o la emergencia parece reflejar el funcionamiento de un orden y una armonía sobre la especie en su conjunto, no sobre sus miembros. Y no obstante, la teoría darwiniana no advoca la existencia de principio alguno por encima de la persecución por parte de los individuos de sus propios intereses -esto es, de la representación de sus genes en las generaciones futuras. Debemos pues preguntarnos qué ventaja aporta la sincronización sexual a una cigarra individual o a una planta de bambú.

El problema resulta semejante al que se le planteó a Adam Smith al advocar una política de laissez faire sin limitaciones como camino más seguro hacia una economía armoniosa. La economía ideal, según Smith, podría parecer ordenada y equilibrada, pero habría emergido “naturalmente” de la interrelación de individuos que no siguen más directriz que la persecución de sus propios intereses. La dirección aparente hacia una mayor armonía, razona Smith en su famosa metáfora, refleja tan sólo la operación de una “mano invisible”.

Dado que cada individuo… al dirigir su industriosidad en el sentido de que su producto sea del mayor valor posible, busca tan sólo su propio beneficio, se ve en éste y otros muchos casos guiado por una mano invisible a favorecer un fin que no forma parte alguna de sus propósitos… Al perseguir sus propios intereses a menudo favorece los de la sociedad con mayor efectividad que cuando realmente intenta hacerlo.

Ya que Darwin trasplantó a Adam Smith a la naturaleza para establecer su teoría de la selección natural, debemos buscar una explicación para una armonía aparente en la ventaja que ésta confiere a los individuos. ¿Qué sacan pues una cigarra o un bambú de disfrutar del sexo tan infrecuentemente y al mismo tiempo que todos sus compatriotas?

Para poder apreciar la explicación más probable, debemos empezar por reconocer que la biología humana a menudo constituye un pobre modelo sobre el qué guiarnos para la observación de la lucha de otros organismos. Los humanos somos animales de crecimiento lento. Invertimos una gran cantidad de energía en la cría de muy pocos descendientes de maduración tardía. Nuestras poblaciones no se ven controladas por la muerte al por mayor de la casi totalidad de sus miembros juveniles. No obstante, muchos organismos siguen una estrategia diferente en su “lucha por la existencia”: producen un enorme número de semillas o huevos con la esperanza (por así decirlo) de que unos pocos logren sobrevivir a los rigores del comienzo de su existencia. Estos organismos a menudo son controlados por sus depredadores, y su defensa evolutiva debe consistir en una estrategia que minimice los riesgos de ser devorados. Las cigarras y las semillas de bambú parecen resultarle particularmente sabrosas a toda una serie de organismos.

La historia natural, en gran medida, es la narración de distintas adaptaciones para eludir la depredación. Algunos individuos se esconden, otros saben mal, otros desarrollan espinas o caparazones duros y otros evolucionan para parecerse a algún pariente letal; la lista es prácticamente inacabable, un anonadador tributo a la variedad de la naturaleza. Las semillas de bambú y las cigarras siguen una estrategia desusada; están eminente y conspicuamente disponibles, pero tan infrecuentemente y en números tan vastos que los depredadores no tienen la menor posibilidad de consumir todo el botín. Entre los biólogos evolutivos, esta defensa recibe el nombre de “saciación del depredador”. Una estrategia eficiente de saciación del depredador implica dos adaptaciones. En primer lugar, la sincronía en la emergencia o una reproducción muy precisa, asegurando así que el mercado quede realmente inundado, y durante un tiempo muy breve. En segundo lugar, esta inundación no puede producirse con frecuencia, ya que los depredadores podrían limitarse a adaptar sus propios ciclos vitales a los períodos predecibles de excedente. Si los bambúes florecieran todos los años, los comedores de semillas seguirían la pista al ciclo y coordinarían la aparición de sus abundantes descendientes con la del botín anual. Pero si el período existente entre los episodios de floración excede en mucho la duración de la vida de cualquier depredador, entonces resulta imposible seguirle la pista al ciclo (excepción hecha de un primate que toma nota de su propia historia). La ventaja de la sincronía para los bambúes y las cigarras individuales está bien clara: todo el que lleve el paso cambiado se ve rápidamente engullido (efectivamente aparecen “rezagados” de las cigarras fuera de temporada, pero, en efecto, jamás consiguen sobrevivir).

La hipótesis de la saciación del depredador, aunque no verificada, satisface el criterio primario dé una explicación satisfactoria: coordina una serie de observaciones que en caso contrario permanecerían inconexas y que, en este caso, resultan notablemente peculiares. Sabemos, por ejemplo, que las semillas de bambú son codiciadas por toda una variedad de animales, incluyendo a muchos vertebrados de larga vida; la escasez de ciclos de floración inferiores a los 15 ó 20 años tiene sentido en este contexto. Sabemos también que la producción sincrónica de semillas puede inundar el área afectada. Janzen tiene datos acerca de una alfombra de semillas de seis pulgadas
de espesor bajo la planta madre. Hay dos especies de bambúes malgaches que produjeron 50 kilos de semillas por hectárea sobre una superficie de 100.000 hectáreas en el transcurso de una floración masiva.

La sincronía de tres especies en el caso de las cigarras resulta particularmente impresionante -en especial dado que los años de emergencia varían de un lugar a otro, mientras que las tres especies emergen invariablemente juntas en un área determinada. ¿Por qué existen cigarras de 13 y 17 años, pero no hay ciclos de 12, 14, 15, 16 ó 18? El 13 y el 17 comparten una propiedad en común. Son números lo suficientemente grandes como para exceder la esperanza de vida de cualquier depredador, pero son también números primos (indivisibles por ningún número entero inferior a sí mismos). Muchos depredadores tienen ciclos vitales de 2 a 5 años. Tales ciclos no van determinados por la disponibilidad de las cigarras periódicas (ya que llegan. a crestas poblacionales demasiado a menudo en años donde no existe la emergencia de éstas), pero las cigarras podrían ser cosechadas ávidamente en los años en los que coincidieran los ciclos. Consideremos un depredador con un ciclo de cinco años: si las cigarras emergieran cada15 años, cada florecimiento se vería atacado por el depredador. Asignando a su ciclo un número primo elevado, las cigarras minimizan el número de coincidencias (en este caso se producirían cada 5 x 17, o sea 85 años). Los ciclos de 13 y 17 años no pueden ser rastreados por ningún número menor que ellos.

La existencia es, como afirmó Darwin, una lucha para la mayor parte de las criaturas. Las armas de la supervivencia no tienen por qué ser las uñas y los dientes; los esquemas de reproducción pueden servir los mismos fines. La superabundancia ocasional constituye una de las vías hacia el éxito. En ocasiones resulta ventajoso poner todos los huevos en la misma cesta -pero asegúrese de poner un número suficientemente elevado de ellos, y no lo haga demasiado a menudo.



En Desde Darwin. Reflexiones sobre Historia Natural
Título original: Ever Since Darwin. Reflections in Natural History
© 1977 Stephen Jay Gould
© 1983 Hermann Blume Ediciones, Madrid
Traducción Antonio Resines



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