29 mar. 2010

Richard Dawkins - Aceite de serpiente y agua bendita (1999)

 


Ricjard Dawkins 8


¿Están convergiendo la ciencia y la religión? No.

Hay científicos modernos cuyas palabras suenan religiosas, pero cuyas creencias, examinadas de cerca, resultan ser idénticas a las de otros científicos que se llaman a sí mismos ateos. Las sagradas profundidades de la naturaleza, el libro lírico de Ursula Goodenough, se vende como libro religioso, está respaldado por teólogos en la contraportada, y sus capítulos son relacionados alegremente con rezos y meditaciones devotas.

Sin embargo, según el libro en sí, Goodenough no cree en ningún tipo de ser supremo, ni en ningún tipo de vida después de la muerte. Mediante una comprensión normal de la lengua inglesa, ella no es más religiosa que yo. Comparte con otros científicos ateos un sentimiento de sobrecogimiento ante la majestad del universo y la complejidad intrincada de la vida. De hecho, la sobrecubierta de su libro —el mensaje de que la ciencia no “implica una existencia desoladora, desprovista de significado, sin sentido”, sino que “puede ser un manantial de consuelo y esperanza”— habría sido igualmente apropiada para mi libro, Destejiendo el arco iris, o para Un punto azul pálido, de Carl Sagan. Si eso es religión, entonces yo soy un hombre profundamente religioso. Pero no lo es. Y no lo soy. Que yo sepa, mis opiniones “ateas” son idénticas a las opiniones “religiosas” de Ursula. Uno de los dos está abusando del lenguaje, y creo que no soy yo.

Da la casualidad de que Goodenough es bióloga, pero este tipo de pseudoreligión neodeísta se asocia más a menudo con los físicos. En el caso de Stephen Hawking, me apresuro a insistir, la acusación es injusta. Su expresión, tan citada, “la mente de Dios”, no indica más una creencia en Dios que mi dicho “¡Sabe Dios!”, como forma de indicar que yo no lo sé. Sospecho lo mismo de Einstein recurriendo a “querido Señor” para personificar las leyes de la física. Sin embargo, Paul Davies adoptó la expresión de Hawking como título de un libro que acabó ganando el Premio Templeton para el Progreso de la Religión, el premio más lucrativo del mundo actual, lo bastante prestigioso para que sea presentado en la abadía de Westminster. En cierta ocasión, el filósofo Daniel Dennett me comentó con vena faustiana: “Richard, si alguna vez te llegan tiempos difíciles...”

Si se cuenta a Einstein y Hawking como religiosos, si se admite el sobrecogimiento cósmico de Goodenough, Davies, Sagan y mío como verdadera religión, entonces la religión y la ciencia se han combinado efectivamente, especialmente si se cuenta a sacerdotes tan ateos como Don Cuppir y muchos capellanes universitarios. Pero si se admite una definición tan elástica del término religión, ¿qué palabra se deja para la religión convencional, para la religión que entiende la persona sobre el banco de una iglesia o sobre una alfombra de oraciones —de hecho, como la habría entendido cualquier intelectual de los últimos siglos, cuando los intelectuales eran religiosos como todo el mundo?

Si Dios es un sinónimo de los principios físicos más profundos, ¿qué palabra se deja para un ser hipotético que conteste a las oraciones, intervenga para salvar a los enfermos de cáncer o ayude a la evolución en sus saltos difíciles, perdone pecados o muera por ellos? Si nos permitimos renombrar el sobrecogimiento científico como impulso religioso, el asunto cuela fácilmente. Se ha redefinido ciencia como religión, así que no es sorprendente que acaben “convergiendo”.

Se ha hecho mención a otro tipo de matrimonio entre la física moderna y el misticismo oriental. El argumento es como sigue: la mecánica cuántica, esa teoría insigne, brillante y exitosa de la ciencia moderna, es profundamente misteriosa y difícil de comprender. La mística oriental siempre ha sido misteriosa y difícil de comprender. Por lo tanto, la mística oriental debe haber estado hablando sobre teoría cuántica todo el tiempo.

También se le saca un provecho similar al principio de incertidumbre de Heisemberg (“¿no somos todos, en un sentido verdadero, inciertos?”), a la lógica difusa (“sí, no hay problema en que tú también seas difuso”), al caos y la teoría de la complejidad (el efecto mariposa, la belleza oculta y platónica del conjunto de Mandelbrot —nombre cualquiera: alguien lo ha hecho místico y lo ha convertido en dólares). Se puede comprar cualquier número de libros sobre “curación cuántica”, por no mencionar a la psicología cuántica, responsabilidad cuántica, moral cuántica, inmortalidad cuántica y teología cuántica. No he encontrado ningún libro sobre feminismo cuántico, gestión financiera cuántica o teoría afrocuántica, pero denme tiempo.

Todo este ridículo asunto lo expone hábilmente el físico Victor Stenger en su libro El inconsciente cuántico, en el que aparece la siguiente joya. En una conferencia sobre “curación afrocéntrica”, la psiquiatra Patricia Newton dijo que los curadores tradicionales “son capaces de explotar ese otro reino de la entropía negativa —esa velocidad y frecuencia supercuántica de la energía electromagnética— y traerlas como conductos hasta nuestro nivel. No es magia.

No es palabrerío. Vais a ver el amanecer del siglo XXI, la nueva física cuántica médica distribuyendo realmente estas energías y lo que están consiguiendo.”

Lo siento, pero esto es precisamente mumbo jumbo. No mumbo jumbo africano, sino mumbo jumbo pseudocientífico, con un abuso de la palabra energía como marca registrada. También es religión, enmascarada como ciencia en un empalagoso festín de falsa convergencia.

En 1996, el Vaticano, animado por su magnánima reconciliación con Galileo, tan sólo unos 350 años después de su muerte, anunció públicamente que la evolución había promocionado de una hipótesis provisional a una teoría de la ciencia aceptada. Esto es menos dramático de lo que piensan muchos protestantes americanos, ya que la Iglesia Católica Romana nunca se ha distinguido por su literalidad bíblica —por el contrario, ha tratado a la Biblia con recelo, como algo cercano a un documento subversivo que necesita ser filtrado cuidadosamente a través de los sacerdotes en lugar de ofrecérselo en crudo a los feligreses. Sin embargo, el reciente mensaje del papa sobre la evolución ha sido aclamado como otro ejemplo de convergencia entre la ciencia y la religión a finales del siglo XX.

Las respuestas al mensaje del papa exhibieron lo peor de los intelectuales liberales, desviviéndose en su entusiasmo por conceder a la religión su propio magisterio, de igual importancia que la ciencia, pero no opuesto a ella. De nuevo, es fácil que esa conciliación agnóstica sea malinterpretada por una reunión genuina de mentes.

En su versión más ingenua, esta política de conciliación divide el territorio intelectual en preguntas del tipo “cómo” (ciencia) y preguntas del tipo “por qué” (religión). ¿Qué son las preguntas de tipo “por qué”, y por qué deberíamos sentirnos capacitados para pensar que merecen una respuesta? Puede que haya algunas cuestiones profundas acerca del cosmos que siempre estén más allá de la ciencia. El error es pensar que entonces no están también más allá de la religión.

Una vez le pedí a un distinguido astrónomo, un colega de mi universidad, que me explicara la teoría del Big Bang. Lo hizo lo mejor que su habilidad (y la mía) pudieron, y luego le pregunté acerca de las leyes fundamentales de la física que hicieron posible el origen espontáneo del espacio y el tiempo. “Ah”, sonrió, “ahora nos movemos más allá del dominio de la ciencia. Ahora es cuando debo pasarle el testigo a nuestro buen amigo el capellán”. Pero ¿por qué al capellán? ¿Por qué no al jardinero o al cocinero? Por supuesto, los capellanes, al contrario que los cocineros y los jardineros, afirman poseer alguna comprensión de las cuestiones esenciales. Pero ¿qué motivos nos han dado para tomarnos seriamente sus afirmaciones? De nuevo, sospecho que mi amigo, el profesor de astronomía, estaba utilizando el truco de Einstein/Hawking de hacer que “Dios” signifique “lo que no comprendemos”. Sería un truco inofensivo si no fuera continuamente malinterpretado por los ávidos de malinterpretarlo. En cualquier caso, los científicos optimistas, entre los que me cuento, insistiremos: “lo que no comprendemos” significa “lo que no comprendemos todavía”. La ciencia aún sigue trabajando en el problema. No sabemos dónde (o incluso si) acabaremos quedándonos cortos.

La conciliación agnóstica, que es el entusiasmo liberal decente por conceder todo lo posible a cualquiera que grite lo suficientemente alto, alcanza cotas ridículas en la siguiente forma común de pensamiento empalagoso. Es más o menos así: No se puede demostrar un negativo (hasta ahora bien). La ciencia no tiene manera de refutar la existencia de un ser supremo (esto es estrictamente cierto). Por lo tanto, la creencia o no creencia en un ser supremo es una cuestión de pura inclinación individual y, por tanto, ¡ambas merecen la misma atención respetuosa! Dicho así, la falacia es casi evidente; casi no hace falta detallar dónde está la reducción al absurdo. Como lo plantea mi colega, el físico químico Peter Atkins, debemos ser igualmente agnósticos ante la teoría que dice que hay una tetera en órbita alrededor del planeta Plutón. No podemos refutarlo. Pero eso no significa que la teoría de que hay una tetera esté al mismo nivel que la teoría que dice que no la hay.

Ahora bien, si se replica que en realidad existen razones X, Y y Z que hacen más plausible encontrar un ser supremo que una tetera, entonces X, Y y Z deberían explicarse detalladamente —porque, si son legítimas, entonces son auténticos argumentos científicos que deben evaluarse. No hay que protegerlas del escrutinio tras una pantalla de tolerancia agnóstica. Si los argumentos religiosos son en realidad mejores que la teoría de la tetera de Atkins, que se nos deje escuchar el caso. Si no, que los que se llaman agnósticos con respecto a la religión añadan que son igualmente agnósticos sobre las teteras orbitales. Al mismo tiempo, los teístas modernos deberían reconocer que, cuando se trata de Baal y el becerro de oro, Thor y Wotan, Poseidón y Apolo, Mithras y Amon Ra, ellos son en realidad ateos. Todos somos ateos con respecto a la mayoría de los dioses en los que ha creído la humanidad. Algunos simplemente vamos un dios más lejos.

En cualquier caso, la creencia en que la religión y la ciencia ocupan magisterios separados es deshonesta. Se derrumba con el hecho innegable de que la religión todavía realiza afirmaciones sobre el mundo que, bajo análisis, resultan ser afirmaciones científicas. Además, los apologistas religiosos intentan jugar a dos bandas. Cuando hablan con intelectuales, se mantienen cuidadosamente fuera del césped de la ciencia, a salvo en el interior del aislado e invulnerable magisterio religioso. Pero cuando le hablan a una amplia audiencia no intelectual, hacen un uso desenfrenado de historias milagrosas —las cuales son intrusiones descaradas en el territorio de la ciencia.

La Inmaculada Concepción, la Resurrección, la resurrección de Lázaro, incluso los milagros del Antiguo Testamento; todos se utilizan libremente en la propaganda religiosa, y son muy efectivos ante una audiencia de gente ingenua o de niños. Cada uno de estos milagros supone una violación del funcionamiento normal del mundo natural. Los teólogos deberían realizar una elección. Pueden reclamar su propio magisterio, separado del de la ciencia pero merecedor de respeto. Pero, en ese caso, deben renunciar a los milagros. O pueden quedarse con sus Lourdes y sus milagros y disfrutar de su enorme potencial reclutador entre los incultos. Pero entonces deben despedirse de su magisterio separado y su noble aspiración de converger con la ciencia.

El deseo de tener ambas cosas no es sorprendente en un buen propagandista. Lo que sorprende es la buena disposición de los agnósticos liberales para aceptar eso, y su disposición para despreciar, como extremistas simplistas e insensibles, a los que cometemos la temeridad de hacer sonar el silbato. Se acusa a los sopladores de silbatos de imaginar una caricatura anticuada de la religión, en la que Dios tiene una larga barba blanca y vive en un lugar físico llamado cielo. Hoy en día, se nos dice, la religión ha evolucionado. El cielo no es un lugar físico y Dios no tiene un cuerpo físico del que pueda colgar una barba. Vale, sí, admirable: magisterio separado, convergencia real. Pero el papa Pío XII definió la doctrina de la Asunción como Artículo de Fe en una fecha tan reciente como el 1 de noviembre de 1950, y esto afecta a todos los católicos. Establece claramente que el cuerpo de María fue llevado hasta el cielo y se reunió con su alma. ¿Qué puede significar eso, si no que el cielo es un lugar físico que contiene cuerpos? Insisto: esto no es una pintoresca y obsoleta tradición con sólo un mero significado simbólico. Se ha declarado oficialmente, y recientemente, que es literalmente cierto.

¿Convergencia? Sólo cuando conviene. Para un juez honesto, el presunto matrimonio entre la religión y la ciencia es una impostura superficial, vacía y falseada.


Traducción: Gabriel Rodríguez Alberich