13 feb. 2010

Voltaire – Cadena de los seres creados

 

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La gradación infinita de seres, que desde el minúsculo átomo se eleva hasta el Ser Supremo, excita nuestra admiración, pero al examinarla detenidamente ese fantasma se desvanece, como los antiguos duendes al rayar el alba y sonar el canto del gallo.

La imaginación se complace en observar el cambio imperceptible de la materia bruta a la materia organizada de las plantas a los zoófitos, de los zoófitos a los animales, de éstos al hombre, del hombre a los genios, de los genios a las sustancias inmateriales y, siguiendo esos millares de órdenes diferentes, de sustancias que en belleza y perfección se elevan hasta Dios. Esta jerarquía complace a las buenas gentes, que se figuran ver en ella al papa y a sus cardenales, seguidos de los arzobispos y obispos, tras los cuales van los vicarios, sacerdotes, diáconos y subdiáconos, y cerrando la marcha, los frailes.

Pero hay más distancia entre Dios y las más perfectas criaturas, que entre el Santo Padre y el decano del Sacro Colegio: el decano puede ascender a papa, pero ¿el más perfecto de los genios puede llegar a ser Dios? ¿No media el infinito entre Dios y él?

Esta supuesta gradación o cadena no existe en los vegetales ni en los animales, prueba de ello es que hay especies de plantas y animales que han desaparecido. Por ejemplo, la muria, que ya no existe.

Los hebreos tenían prohibido comer carne de grifo y de ixión, dos especies de aves que es probable hayan desaparecido del mundo. Aunque no hubiéramos perdido algunas especies de animales, es indudable que pueden extinguirse. Los leones y los rinocerontes empiezan a ser escasos. Si el resto del mundo hubiera imitado a los ingleses, quizá ya no habría zorros en el planeta.

Es probable que hayan existido razas de hombres que ya no se encuentran. Pero suponiendo que hayan subsistido, como los blancos, negros, cafres o samoyedos, ¿no es cosa visible que ha mediado siempre un espacio vacío entre el mono y el hombre?, ¿no cabe imaginar un animal de dos pies, implume, que fuera inteligente, sin estar dotado del uso de la palabra ni del rostro humano, del que pudiéramos apoderarnos y respondiera a nuestros signos y nos sirviera? Y entre esta nueva especie y la del hombre, ¿no podríamos imaginar otras especies?

El divino Platón, por encima del hombre, sitúa en el cielo una retahíla de seres celestes porque la fe nos lo enseña. Pero, ¿qué razón tenía para creer en ellos? Aparentemente, no se había comunicado con el alma de Sócrates, y el buen hombre Heres, que resucitó expresamente para enseñarle los arcanos de la otra vida, nada le dijo de tales sustancias.

Esa supuesta cadena no está menos interrumpida en el universo sensible. ¿Qué gradación hay entre los planetas? La luna es cuarenta veces más pequeña que nuestro Globo; si viajáis desde la Luna por el vacío os encontraréis con Venus, que es casi tan grande como la Tierra. Desde allí vais a buscar a Mercurio, que describe una elipse muy diferente del círculo que recorre Venus, que es veinte veces más pequeño que la Tierra, y el Sol, un millón de veces más grande; Marte, cinco veces más pequeño y da la vuelta en dos años; Júpiter, su vecino, la da en doce, y Saturno en treinta, y éste, que es planeta más alejado de nosotros, no es tan grande como Júpiter. ¿Dónde existe, pues, la gradación? ¿Cómo es posible suponer que en los grandes espacios vacíos existe una cadena que lo ligue todo? De existir alguna, es indudable que ha de ser la que Newton descubrió, la que hace gravitar todos los Globos del mundo planetario unos hacia otros en el inmenso vacío.

¡Ah, divino Platón! Temo que sólo nos hayas contado leyendas y escrito sofismas. Has causado más daño que jamás pudiste imaginar. ¿Cómo lo causó?, se me preguntará. No seré yo quien lo diga.*

 

 

 

Fuente: Ciudad Seva

 

* Otras variantes

¡Admirado Platón! ¡Sólo relatasteis cuentos; y llegó a las islas Casitérides, donde, en vuestro tiempo, los hombres iban desnudos, un filósofo que ha enseñado a la tierra verdades tan grandes como pueriles eran vuestras imaginaciones.

 

Variante del final (Edición 1770): “¡Oh, admirado Platón! Tengo miedo de que sólo nos halláis contado fábulas, y de que no hayáis hablado sino en sofismas.

¡Oh Platón! Me habéis hecho más daño del que creéis: ¿cómo es esto posible?, me preguntarán, pero yo no lo diré.”

 

 

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