6 feb. 2010

Ibn Warraq – El asunto Rushdie: Después del 14 de febrero de 1989

 

 

 

Ibn Warraq

 

La primavera de 1989 se recordará siempre como un hito en la historia mundial del pensamiento. En febrero de ese año, el ayatollah Jomeini decretó su infame fatwa contra Salman Rushdie. De inmediato se sucedieron declaraciones y artículos de intelectuales, arabistas e islamólogos occidentales que culpaban a Rushdie por haber atraído sobre sí mismo la bárbara sentencia al escribir sus Versos satánicos. John Esposito, un norteamericano experto en islamismo, afirmó que «cualquier estudioso occidental del islamismo podría haber predicho que tales declaraciones [de Rushdie] serían explosivas».25 Esto constituye una gran hipocresía viniendo de un hombre que ha publicado extractos del libro de Sadiq al-Azm que comentábamos más arriba, quien también osaba criticar el isla-mismo.

Algunos escritores comentaron con cierto desdén que entendían que los musulmanes se sintieran ultrajados y que algunos quisieran arrinconar a Rushdie en un callejón y darle su merecido. Un reputado historiador, el profesor Trevor-Roper, llegó incluso a dar su tácita aprobación al brutal llamamiento para asesinar a un ciudadano británico: «Me pregunto cómo lo estará pasando Rushdie estos días bajo la benévola protección de la ley y la policía británicas, con las que él se ha mostrado tan ofensivo. Confío en que no demasiado bien. [...] No derramaré ni una lágrima si algún musulmán británico disconforme con sus modales lo arrincona en una callejuela oscura con el fin de mejorarlos. Si con esto se consigue que en adelante modere su pluma, la sociedad se beneficiará y la literatura no perderá nada.»26

En ningún párrafo de estos artículos hay la más leve crítica al llamamiento a un asesinato. Y, lo que es aún peor, se recomienda que se prohíba el libro de Rushdie o se retire de circulación. Por sorprendente que parezca, nadie defiende uno de los principios fundamentales de la democracia, aquel sin el cual no puede haber progreso humano: la libertad de expresión. Habría cabido esperar que los escritores e intelectuales hubieran estado dispuestos a morir en su defensa.

¿Se despojaría de su aureola de autosuficiencia este «gamberro de tapadillo» de Trevor-Roper cuando los «pobres musulmanes ultrajados» empezaran a exigir que se retiraran de circulación todos los clásicos de la literatura occidental y la historia intelectual que ofenden su sensibilidad islámica pero que son caros al profesor Roper?

Tal vez comenzaran por quemar la obra de Gibbon, quien escribió que el Corán es una «interminable rapsodia incoherente de fábulas, preceptos e invectivas que rara vez suscita un sentimiento o una idea, que a veces se hunde en el fango y otras se pierde en las nubes». Gibbon señala también que «el profeta de Medina adopta en sus revelaciones un tono más violento y sanguinario, lo que demuestra que su anterior moderación sólo era efecto de la debilidad». La pretensión de Mahoma de ser el enviado de Dios fue, a juicio de Gibbon, «una invención necesaria».

La propagación de la fe solía hacer uso del fraude y la perfidia, la crueldad y la injusticia, y Mahoma ordenó o aprobó el asesinato de los judíos e idólatras que habían escapado con vida del campo de batalla. La repetición de tales actos debió de mancillar gradualmente su carácter. [...] En sus últimos años lo dominaba la ambición, y cualquier político sospecharía que [Mahoma] son- reiría para sus adentros (¡el victorioso impostor!) al recordar el entusiasmo de su juventud y observar la credulidad de sus prosélitos. [...] En su vida privada Mahoma se abandonaba a todos los apetitos humanos y abusaba de su supuesta condición de profeta. Una revelación especial lo dispensaba de obedecer las leyes que había impuesto a su pueblo; todo el sexo femenino, sin exclusiones, estaba inerme ante sus deseos.27

Y qué hay de alguien tan amado para Roper como es Hume, el cual escribió:28

[El Corán es] una obra violenta y absurda. Leamos su narración [de Mahoma]; pronto veremos que prodiga alabanzas a hechos de traición, inhumanidad, crueldad, venganza y fanatismo que son absolutamente incompatibles con una sociedad civilizada. No parece respetarse aquí ninguna de las reglas básicas del derecho; y las acciones son denostadas o alabadas según que dañen o beneficien a los verdaderos creyentes.

Hume también se refirió a Mahoma como el «pretendido profeta». No cabe duda de que su noción del Corán como obra de Mahoma es totalmente blasfema.

¿Y qué hay de Hobbes, quien dijo que Mahoma «para establecer su nueva religión, pretendía tener conversaciones con el espíritu divino, encarnado en una paloma» ?29

¿Y qué hay de la Divina comedia, la mayor obra poética de la literatura occidental? «[...] miróme y con las manos se abrió el pecho, diciendo: ¡Mira cómo me desgarro! ¡Mira cuan estropeado está Mahoma! Delante de mí va llorando Alí, partido el rostro del mentón hasta el copete. Y todos los que ves aquí, sembradores de escándalo y de cisma, vivieron, pero ahora están hendidos así.»30

En sus notas a la traducción inglesa de la Divina comedia, Mark Musa resume las razones por las que Dante coloca a Mahoma en el Infierno: «El castigo de Mahoma, de ser hendido desde la ingle hasta el mentón, junto con el castigo complementario de Alí, representa la creencia de Dante de que ambos iniciaron el gran cisma entre la Iglesia cristiana y el islamismo. Muchos de los contemporáneos de Dante pensaban que Mahoma era originalmente cristiano y que era un cardenal que deseaba convertirse en papa.»31

También Carlyle y Voltaire dijeron cosas muy duras sobre el Corán y Mahoma, pero en 1989 los apologistas occidentales del islamismo estaban demasiado ocupados, o bien atacando a Rushdie, o bien haciendo proselitismo islámico y guardándose de expresar crítica alguna a su fe. Al explicar el «fundamentalismo islámico» en función de la miseria económica o de nociones tales como «la pérdida de identidad», «el sentimiento de ser traicionados por Occidente» o «el racismo blanco», estos apologistas legitimaban una conducta bárbara y traspasaban a Occidente la responsabilidad moral de los musulmanes. El argumento habitual era: «El problema no es el islamismo sino los extremistas que se han apropiado del Corán. El islamismo es una religión tolerante, y el ayatolhh Jomeini no respeta el verdadero espíritu del islamismo ni sus principios. Lo que éste ha aplicado de manera tan horrorosa en Irán no es verdaderamente islámico sino una grotesca caricatura. El islamismo siempre ha sido tolerante con los disidentes.»

Ante todo, no es correcto hablar de un «fundamentalismo islámico» tal como podría hablarse de un «fundamentalismo cristiano», ya que la diferencia entre el cristianismo y el islamismo es enorme. La mayoría de los cristianos se han apartado de la interpretación literal de la Biblia; así pues, se puede distinguir correctamente entre cristianos fundamentalistas y no fundamentalistas. Pero los musulmanes no se han apartado de la interpretación literal del Corán: todos los musulmanes, y no sólo el grupo que hemos denominado de «fundamentalistas», creen que el Corán es literalmente la palabra de Dios.

Los ejemplos que citábamos antes sobre los tumultos populares demuestran que los musulmanes corrientes se sienten fácilmente injuriados por lo que consideran insultos a su libro sagrado, su profeta y su religión. La mayoría de los musulmanes corrientes apoyó la fatwa de Jomeini contra Rushdie.

Los musulmanes moderados, así como los liberales occidentales y el clero cristiano, tristemente mal aconsejado, sostienen similares argumentos, es decir, que el islamismo no es lo que Jomeini ha aplicado en Irán. Pero los musulmanes moderados y todos los demás no pueden repicar y estar en la procesión al mismo tiempo. Ninguna argucia mental ni insinceridad intelectual conseguirá que desaparezcan los aspectos inadmisibles y bárbaros del islamismo. Al menos los «fundamentalistas» islámicos son coherentes y sinceros, si se considera que el Corán es la palabra de Dios. Las acciones de Jomeini reflejan las enseñanzas del islamismo, ya estén éstas contenidas en el Corán, en los actos y dichos del profeta, o en la ley islámica basada en ellos. Para justificar el llamamiento al asesinato implícito en la fatwa sobre Rushdie, los portavoces de Irán examinaron a fondo la vida de Mahoma. Encontraron numerosos precedentes de asesinato político, incluyendo el asesinato de escritores que habían escrito versos satíricos contra el profeta (como veremos en el capítulo 2). El propio Jomeini responde a los apologistas occidentales y los musulmanes moderados:

El islamismo obliga a todos los adultos varones, con la única excepción de los discapacitados, a prepararse para la conquista de [otros] países a fin de que el mandato islámico se obedezca en todos los países del mundo.

Quienes estudien la guerra santa islámica comprenderán por qué el isla- mismo quiere conquistar el mundo entero. [...] Quienes no saben nada del islamismo creen que el islamismo es contrario a la guerra. Éstos [que afirman tal cosa] son estúpidos. El islamismo dice: Matad a todos los no creyentes tal como ellos os matarían a todos vosotros. ¿Acaso significa esto que los musulmanes deben cruzarse de brazos hasta que los devoren [los no creyentes]? El islamismo dice: Matadlos [a los no musulmanes], pasadlos a cuchillo y dispersad [sus ejércitos]. ¿Significa esto que hemos de cruzarnos de brazos hasta que [los no musulmanes] nos derroten? El islamismo dice: Matad por Alá a todos los que puedan querer mataros. ¿Significa esto que debemos rendirnos al enemigo? El islamismo dice: Todo lo bueno que existe es gracias a la espada y por la amenaza de la espada. ¡Sólo con la espada se puede conseguir la obediencia de la gente! La espada es la llave del Paraíso, que sólo los guerreros santos pueden abrir. Hay otros cientos de salmos [coránicos] y hadith [dichos del profeta] que instan a los musulmanes a estimar la guerra y a combatir.

¿Significa esto que el islamismo es una religión que impide que los hombres libren una guerra? Escupo sobre todos los imbéciles que proclaman tal cosa.32

Jomeini extrae todas sus citas del Corán, y prácticamente da una definición de diccionario de la doctrina islámica de la jihad. El célebre Diccionario de islamismo define la jihad como «una guerra religiosa contra aquellos que no creen en la misión de Mahoma. Es un deber religioso imperioso, establecido como una institución divina en el Corán y en las tradiciones, impuesta especialmente con el propósito de promover el islamismo y proteger del mal a los musulmanes».33

Si el Corán es la palabra de Dios, tal como Jomeini y todos los musulmanes creen, y sus mandatos tienen que ser obedecidos fielmente, ¿quién es más coherente, Jomeini o los musulmanes moderados y los apologistas occidentales del islamismo? Creo que la respuesta es obvia.

Una falta de sinceridad semejante se aprecia en los penosos intentos de los intelectuales musulmanes modernistas —hombres y mujeres— por demostrar que «el verdadero islamismo trata bien a las mujeres» y que no hay contradicción alguna entre la democracia y el islamismo, entre los derechos humanos y el islamismo.

John Esposito, un islamista norteamericano de la Universidad Holy Cross, publicó en 1991 un libro titulado The Ishmic Threat: Myth orRea- lity? [La amenaza islámica: ¿mito o realidad?]. El libro se basa en la misma clase de falsedad que la pornografía «suave». Pese al sugerente título sólo se queda en promesas, y es fácil saber de antemano, sin abrir siquiera el libro, cuáles serán sus respuestas. Es de sobra conocido que, desde el asunto Rushdie, la Oxford University Press no habría aceptado publicar un libro que se atreviese a criticar el islamismo, y que Esposito no se habría expuesto a despertar las iras de todo el mundo islámico. Lo que tanto Esposito como el conjunto de los apologistas occidentales del islamismo son incapaces de entender es que el islamismo es realmente una amenaza, y es ante todo una amenaza para miles de musulmanes. Tal como afirmó Amir Taheri, «la inmensa mayoría de las víctimas del "Santo terror" son musulmanes». Recientemente, un escritor de un país regido por las leyes islámicas suplicaba: «Tenéis que defender a Rushdie porque, defendiéndolo a él, nos defendéis a nosotros.»34 En una carta abierta a Rushdie, el escritor iraní Fahimeh Farsaie señalaba^ que, al concentrar- nos sólo en Rushdie, estamos olvidando a los centenares de escritores que sufren en una y otra parte del mundo. Únicamente en Irán, poco después del 14 de febrero de 1989

fueron muchos los escritores y periodistas a quienes se ejecutó y sepultó en fosas comunes junto con otros prisioneros políticos por haber escrito libros o artículos en que expresaban sus puntos de vista. Para citar sólo unos pocos nombres: Amir Nikaiin, Monouchehr Behzadi, Djavid Misani, Abutorab Bagherzadeh. [...] Todos ellos corrieron la misma triste suerte de dos jóvenes colegas suyos que, unos meses antes, habían sido secuestrados, torturados y fusilados en una noche oscura: dos poetas llamados Said Soltanpour y Rahman Hatefi.

Cuando comparamos las evasivas y falsas declaraciones de los apologistas occidentales como Edward Mortimer y Esposito —que culpan de todo a Rushdie— con las siguientes declaraciones de iraníes, se advierten claramente la cobardía y falsedad de los apologistas y el coraje de los iraníes.

Hace tres años que el escritor Salman Rushdie vive bajo la amenaza de muerte proclamada por Jomeini, y aún no ha habido ninguna acción colectiva iraní que condene este bárbaro decreto. Cuando en Irán se llevó a cabo este indignante y deliberado ataque contra la libertad de expresión, creímos que los intelectuales iraníes debían condenar esta fatwa y defender a Salman Rushdie con más empeño que el de cualquier otro grupo en la Tierra.

Los firmantes de esta declaración, que han expresado de muy diversas maneras su apoyo a Salman Rushdie, creen que la libertad de expresión es uno de los mayores logros de la humanidad y, tal como dijo alguna vez Voltaire, sostienen que esta libertad carece de sentido a menos que los seres humanos tengan la libertad de proferir blasfemias. Nadie tiene derecho de coartar esta libertad en nombre de tal o cual condición sagrada.

Resaltamos especialmente que la sentencia de muerte de Jomeini es intolerable y que, al juzgar una obra de arte, sólo las consideraciones estéticas son válidas. Alzamos unánimemente la voz en defensa de Salman Rushdie, y recordamos al mundo entero que los escritores, periodistas y pensadores iraníes estamos continuamente bajo la inmisericorde presión de la censura religiosa, y que el número de éstos que han sido encarcelados e incluso ejecuta- dos por «blasfemia» no es en absoluto despreciable.

Tenemos el convencimiento de que cualquier muestra de tolerancia hacia la sistemática violación de los derechos humanos perpetrada en Irán sólo sirve para alentar e incitar al régimen islámico a continuar con su política de propagar sus ideas y métodos terroristas por todo el mundo.

Firmado por unos cincuenta iraníes que viven en el exilio^"

Ellos, al menos, han comprendido que el asunto Rushdie es bastante más que una simple interferencia extranjera en la vida de un ciudadano británico que no ha cometido delito alguno según las leyes británicas, bastante más que el simple terrorismo islámico. El asunto Rushdie atañe a principios, es decir, a la libertad de pensamiento y de expresión, principios clave que definen la libertad imperante en la civilización occidental o, por mejor decir, en toda sociedad civilizada.

Un gran número de otros escritores e intelectuales procedentes del mundo islámico han tenido el coraje de ofrecer su total apoyo a Rushdie. Daniel Pipes ha recogido muchas de sus opiniones y declaraciones en su libro. En noviembre de 1993 apareció en Francia otro libro, Pour Rushdie [Para Rushdie], en el que un centenar de intelectuales árabes musulmanes defienden a Rushdie y la libertad de expresión.

Entre tanto, y al contrario de lo que muchos temían como consecuencia de la fatwa, han continuado publicándose libros y artículos que critican el islamismo, el Corán y al profeta. Un libro se burla del profeta,37 otro se refiere a él como pederasta 38 (en alusión a su novia de nueve años, Aisha). Otro filósofo afirma que Alá es presentado en el Corán como una especie de Saddam Hussein cósmico.39 No han podido silenciar el pensamiento crítico.

Tal vez es comprensible, aunque decepcionante, que tan pocos académicos especialistas en el islamismo hayan defendido la libertad de expresión. No obstante, pienso que su postura de mantenerse al mar- gen de la polémica es sumamente hipócrita, ya que una simple ojeada a la bibliografía de cualquier libro de introducción al islamismo muestra que muchas de las obras recomendadas son blasfemas. Un ejemplo neutral podría ser la obra Islam, de Gibb, una breve introducción a la fe islámica publicada por Oxford University Press. El primer libro recomendado en su bibliografía es A Literary History ofthe Arabs [Historia de la literatura árabe] de R. A. Nicholson, que, entre otras, contiene esta declaración blasfema: «El Corán es un documento extremadamente humano.»40 Otro libro de Nicholson mencionado en la bibliografía es The Mystics oíIslam [La mística del islamismo], en el que puede leerse este pasaje: «Los lectores europeos no pueden evitar asombrarse ante la vacilación e incoherencia del autor para afrontar los grandes problemas.»41 Y no son éstos los únicos libros incluidos en la bibliografía de Gibb que cualquier musulmán desaprobaría. Recientemente, Rippin ha recomendado en su libro Muslims, Their Religious Beliefs and Practices [Musulmanes, sus creencias y prácticas religiosas] unos treinta y cinco libros, quince de los cuales, a mi juicio, serían considerados ofensivos por cualquier musulmán. Prácticamente todos los grandes estudiosos del pasado —como Noldeke, Hurgronje, Goldziher, Caetani, Lammens y Shacht— expresaron opiniones que resultarían inaceptables para los musulmanes, pero es imposible estudiar el islamismo sin consultar tales obras eruditas. Lo que reconforta el espíritu es que la mayoría de estos libros siguen estando disponibles en 1993, y algunos se han reeditado recientemente. Y, lo que quizá sea el colmo de la ironía, pueden comprarse en la Librería Islámica de Londres, donde los despachará una muchacha musulmana con el tradicional pañuelo de cabeza tan amado por los fundamentalistas.

Sin duda, si los académicos quieren conservar su libertad para trabajar, tienen que defender la libertad de pensamiento y de expresión. No deberían tener la incoherencia e hipocresía de criticar a Rushdie cuando ellos mismos escriben o recomiendan libros blasfemos. La lucha de Rushdie es también su lucha.

 

Notas

25. Pipes Daniel, p. 71.

26. Halliday, p. 17. La expresión «gamberro de tapadillo» que aparece más abajo es también obra de Halliday.

27. Gibbon, vol. 5, pp. 240 ss.

28. Hume (3), p. 450.

29.Hobbes, p. 136.

30. Dante, Inferno, canto xxvin, versos 29-36.

31. Dante, p. 331, nota 31.

32. Amir Taheri, pp. 226-227.

33. DI, artículo «Jihad», pp. 243-244.

34.Halliday, p. 19.

35. MacDonogh (ed.), pp. 55-56.

36. New YorkReviewofBooks, p. 31, xxxix, núm. 9,14 de mayo de 1992.

37. Barreau.

38. Morey.

39. Flew en NH, julio de 1993, núm. 2, vol. 109.

40. Nicholson (2), p. 143.

41. Nicholson (3), p. 5.

En Por qué no soy musulmán (1995)

Trad. Susana Rodríguez-Vida

Barcelona, Planeta, 2003

 

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