9 feb. 2010

Bertrand Russell – Joseph Conrad

 

 

Bertrand Russell Trabé conocimiento con Joseph Conrad en septiembre de 1913, por medio de nuestra amiga común, lady Ottoline Morrell. Durante muchos años había sido un admirador de sus libros; pero no me había atrevido a conocerle personalmente sin que mediase una presentación. Hice el viaje hasta su casa, cerca de Ashford en Kent, con una expectación algo agitada. Mi primera impresión fue de sorpresa. Hablaba inglés con un acento extranjero muy acentuado y, en su porte, no había nada en absoluto que sugiriese el mar. Era un aristócrata polaco de los pies a la cabeza. Los sentimientos que le inspiraban el mar e Inglaterra eran sentimientos de amor romántico: un amor a cierta distancia; la suficiente para hacer al idilio inmaculado. Su amor por el mar empezó en sus primeros años. Cuando les dijo a sus padres que quería seguir la carrera de marino, le exhortaron a que ingresara en la marina austríaca; pero él necesitaba la aventura y los mares tropicales y extraños ríos enmarcados por espesas arboledas, y la marina austríaca no le ofrecía ningún margen para la satisfacción de esos deseos. Su familia quedó horrorizada ante la idea de que hiciese su carrera en la marina mercante inglesa; pero la determinación de Conrad fue inflexible.

Como cualquiera puede comprobar en sus libros, era un moralista muy rígido y, políticamente, estaba muy lejos de simpatizar con los revolucionarios. El y yo, no coincidíamos en absoluto en la mayoría de nuestras opiniones respectivas; pero estábamos extraordinariamente de acuerdo en algo muy fundamental.

Mis relaciones con Joseph Conrad fueron diferentes a cualesquiera otras que haya tenido nunca. Le vi rara vez y, entre una ocasión y otra, pasaban años. Por nuestras vidas exteriores, éramos casi extraños; pero compartíamos una determinada concepción de la vida y del destino del hombre que, desde el primer momento, estableció entre nosotros un lazo extremadamente fuerte. Quizá se me pueda perdonar que cite una frase de una carta que me escribió, al poco tiempo de conocerle personalmente. La modestia me prohibiría citarla, si no fuese porque la cita refleja muy exactamente lo que yo siento por su autor. Lo que él decía, y yo siento igualmente, era, con sus palabras: «Un afecto profundo de admiración que, aunque usted no me viera nunca más y olvidara mañana mismo mi existencia, estaría a su disposición, inalterablemente, usque ad finem

 

Joseph Conrad Joseph Conrad

 

De todo lo que escribió, lo que más admiro es la terrible narración llamada El corazón de las tinieblas, en la que un idealista bastante débil se vuelve loco ante el horror de la selva tropical y la soledad entre los salvajes. Creo que es la narración que más completamente expresa su filosofía de la vida. Creo, aunque no sé si él hubiera aceptado esta interpretación, que Conrad pensaba que la vida humana civilizada y moralmente tolerable era algo así como un peligroso paseo sobre una delgada corteza de lava recientemente enfriada, que en cualquier momento podía romperse, precipitando al imprudente en las ardientes profundidades. Era perfectamente consciente de las diversas formas de locura apasionada a que están expuestos los hombres y, por ello, creía tan profundamente en la importancia de la disciplina. Se podía decir que su punto de vista era, quizá, la antítesis del de Rousseau: «El hombre nace encadenado, pero puede llegar a ser libre.» Llega a ser libre, creo que quería decir Conrad, no dando suelta a sus impulsos, no abandonándose a la casualidad y a lo incontrolado, sino sometiendo los ciegos instintos a fines superiores.

No se interesó mucho por los sistemas políticos, aunque tuviera algunos sentimientos políticos muy intensos. Los de mayor intensidad consistían en su amor a Inglaterra y su odio hacia Rusia, como se refleja en El agente secreto; y el odio hacia Rusia, tanto a la zarista como a la revolucionaria, se expresa, con gran energía, en Bajo la mirada de occidente. Su aversión hacia Rusia era la tradicional en Polonia. Era tan extremada, que no concedía ningún valor ni a Tolstoi ni a Dostoievski. Una vez me dijo que Turgueniev era el único novelista ruso al que admiraba.

Fuera de su amor a Inglaterra y su odio hacia Rusia, la política le preocupaba poco. Lo que llamaba su atención era el alma humana individual, frente a la indiferencia de la naturaleza y, con frecuencia, frente a la hostilidad del hombre, y sujeta a la íntima lucha entre las malas y las buenas pasiones, que la conduce a la destrucción. Las tragedias de la soledad ocuparon una gran parte de sus pensamientos y sentimientos. Una de sus más típicas narraciones es Tifón. En esta historia el capitán, que es un alma sencilla, consigue salvar su barco gracias a un valor inconmovible y a una firme voluntad. Cuando pasa la tempestad, escribe una larga carta a su mujer, contándoselo todo. En este relato, la parte desempeñada por él se enjuicia con una perfecta sencillez. El, simplemente, podría haber esperado. Pero el lector, a través de la exposición, va dándose cuenta de todo lo que ha hecho, de todo lo que ha arriesgado y de todo lo que ha sufrido y resistido. La carta, antes de ser remitida, es leída subrepticiamente por su mayordomo; pero nadie más puede leerla, porque su mujer la encuentra aburrida y la rompe sin leerla.

Las dos cosas que más ocupaban la imaginación de Conrad eran la soledad y el temor a lo extraño. El proscrito de las islas, como El corazón de las tinieblas, se refiere al temor de lo que es extraño. Ambas están reunidas en la obra extraordinariamente dinámica llamada Amy Foster. En ella, un campesino sudeslavo, en su viaje a América, resulta el único superviviente del naufragio de su barco y arriba a un pueblecito del condado de Kent. Todo el mundo le teme y le maltrata, excepto Amy Foster, una muchacha oscura y sencilla, que le lleva pan cuando está desfallecido y, al final, se casa con él. Pero ella también, cuando su marido, delirando, vuelve a su lengua vernácula, queda sobrecogida por el temor a lo extraño que hay en él, coge al niño, que es hijo de ambos, y abandona a su marido. El muere solo y desesperado. Yo me he preguntado, a veces, qué grado de esta soledad humana había experimentado Conrad entre los ingleses y cuánto había superado por un enérgico esfuerzo de voluntad.

El punto de vista de Conrad estaba lejos de ser moderno. En el mundo moderno existen dos filosofías: una, que proviene de Rousseau, y que deja de lado, como algo innecesario, a la disciplina; otra, que encuentra su más plena expresión en el totalitarismo, concibe la disciplina como esencialmente impuesta desde fuera. Conrad era partidario de la tradición más antigua, en la que la disciplina debía venir de dentro. Detestaba la indisciplina y aborrecía la disciplina que fuera sólo externa.

En todo esto me siento plenamente identificado con él. Ya en nuestros primeros contactos conversamos con una intimidad que aumentó sin cesar. Parecía que íbamos profundizando, una detrás de otra, las capas de la superficialidad, hasta que, de modo gradual, alcanzábamos los dos el fuego central. Fue una experiencia distinta de cualquier otra que yo haya conocido. Nos mirábamos mutuamente a los ojos, casi espantados y embriagados de encontrarnos juntos en semejante región. La emoción era tan intensa como un amor apasionado y, a la vez, tan absorbente como él. Llegué a estar trastornado, y me fue difícil encontrar mi equilibrio en los asuntos cotidianos.

No vi a Conrad durante la guerra ni después; no lo vi hasta mi regreso de China en 1921. Cuando mi primer hijo nació, ese mismo año, quise que Conrad fuese para él todo lo padrino que se pudiera ser sin que mediara una ceremonia formal. Escribí a Conrad, diciéndole: «Con su permiso deseo llamar a mi hijo John Conrad. Mi padre se llamaba John, mi abuelo se llamaba John y mi bisabuelo se llamaba John; y Conrad es un nombre que considero valioso.» Aceptó la proposición y le regaló a mi hijo, puntualmente, la copa que es usual en estas ocasiones.

Después no le vi mucho, pues yo vivía la mayor parte del año en Cornwall, y la salud de él no era muy buena. Pero tuve algunas cartas agradables suyas, especialmente una acerca de mi libro sobre China. Me escribía: «Siempre me han gustado los chinos, incluso los que intentaron matarme (a mí y a algunos otros) en el patio de una casa particular de Chantabun; incluso (pero no tanto) el individuo que me robó todo el dinero una noche en Bangkok, pero que cepilló y dejó colocada cuidadosamente la ropa que tenía que ponerme al día siguiente, antes de desvanecerse en las profundidades de Siam. También he recibido muchas atenciones de varios chinos. Todo esto, y una conversación nocturna con el secretario de Su Excelencia Tseng en la terraza de un hotel y un estudio de trámite del poema «The Heathen Chinee», era todo lo que sabía en relación con China. Pero después de leer su interpretación, sumamente interesante, del Problema Chino, tengo una impresión melancólica del futuro de aquel país.» Continuaba diciendo que mis perspectivas en cuanto al futuro de China «hacían estremecer el alma»; más aún, escribía, cuando yo ponía mis esperanzas en un socialismo internacional, porque eso era: «La clase de cosa ‑comentaba‑ a la que no puedo atribuir ninguna especie de significado definido. Nunca he sido capaz de encontrar en ningún libro ni en ninguna conversación humana nada que me convenciese lo bastante para permitirme resistir, ni siquiera un instante, al sentimiento, profundamente impreso en mi espíritu, de que la fatalidad rige este mundo habitado por los hombres.» Después decía que, aunque el hombre ha llegado a volar, «no vuela como un águila, vuela como un escarabajo. Y usted debe haber advertido qué ridículo, feo y fatuo es el vuelo de un escarabajo». Me parece que, con aquellas observaciones pesimistas, demostraba una sabiduría mayor que la que demostraba yo con mis esperanzas algo artificiales, en una solución feliz para China. Debe decirse que, hasta ahora, los acontecimientos le han dado la razón.

Esta carta fue mi último contacto con él. Nunca volví a hablar con él, aunque sí le vi. Le vi una vez, al otro lado de la calle por donde yo iba, hablando muy seriamente con un hombre a quien yo no conocía, parados ante la puerta de lo que había sido la casa de mi abuela y que, después de la muerte de ésta, se convirtió en el Arts Club. No quise interrumpir lo que parecía una seria conversación, y continué mi camino. Cuando murió, poco después, lamenté no haber sido inoportuno. La casa ha desaparecido, destrozada por Hitler. Supongo que Conrad  está siendo olvidado. Pero su nobleza intensa y apasionada brilla en mi memoria como una estrella vista desde el fondo de un pozo. Quisiera que estuviera en mi poder hacer que su luz brillase para los demás como ha brillado para mí.

 

Retratos de memoria y otros ensayos

Traducción: Manuel Suárez

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