29 ene. 2010

Voltaire – Mesías

 

 

Voltaire Esta palabra proviene del hebreo y es sinónimo del vocablo griego Cristo. Uno y otro los consagró la religión y sólo se aplican al ungido por excelencia, al soberano libertador que el antiguo pueblo judío esperaba cuya venida aún espera, y que fue para los cristianos Jesús, hijo de María, que consideraron como al ungido del Señor, el Mesías prometido a la humanidad. Los griegos usan también la palabra Eleimmenos, que significa lo mismo que Cristo.

Vemos en el Antiguo Testamento que el nombre de Mesías, en vez de aplicarse al libertador, cuya venida esperaba el pueblo de Israel, se aplicó también con frecuencia a los reyes y príncipes idólatras que por voluntad del Eterno eran ministros de sus venganzas o instrumentos para ejecutar los designios de su sabiduría. Por eso el autor de Eclesiastés dice de Elíseo qui ungis reges ad poenitenciam, o como han traducido de los Setenta ad vindictam (Que unges los reyes para la penitencia y para la venganza del Señor). Por eso envió un profeta para ungir a Jehú, el rey de Israel. Anunció la unción sagrada a Hazael, rey de Damasco y de Siria, esos dos príncipes fueron los Mesías del Altísimo para vengar los crímenes y las abominaciones de la casa de Achab.

En el capítulo 45 de Isaías se llama expresamente Mesías a Ciro. «De este modo, el Eterno dijo a Ciro su ungido y su Mesías...» Ezequiel, en el capítulo 28 de sus profecías, da el nombre de Mesías al rey de Tiro, al que llama también querubín, y habla de él y su gloria ditirámbicamente.

Además, el nombre de Mesías, que en griego significa Cristo, como hemos dicho, se aplicaba a los reyes, a los profetas y a los sumos sacerdotes hebreos. «El Señor y su Mesías son testigos» (Libro I de los Reyes, capítulo 12). Lo que quiere decir: El Señor y el rey que El ha establecido. David, animado por el espíritu de Dios, da repetidas veces a Saúl su suegro, el atributo de Mesías del Señor. «Dios me libre —dice con frecuencia— de perseguir al ungido del Señor, al Mesías de Dios.»

Si se designó así a reyes idólatras y a príncipes crueles y tiranos, también se hizo lo mismo en los antiguos oráculos para designar al verdadero ungido del Señor, al Mesías por antonomasia, cuya venida al mundo esperaban todos los fieles de Israel. Por eso Ana, madre de Samuel, concluye su impetración con estas palabras que no pueden aplicarse a ningún rey, porque entonces los hebreos no lo tenían: «El Señor juzgará los extremos del mundo, dará el imperio a su rey y levantará el altar de su Cristo, de su Mesías». Esa misma palabra se encuentra en muchos oráculos.

Si se comparan esos diferentes oráculos y los que hacen referencia al Mesías, de la comparación resultarán contrastes hasta cierto punto inconciliables y que justifican la obstinación del pueblo, su destinatario.

Porque, ¿cómo podemos concebir, antes que los hechos hubieran justificado en la persona de Jesús que estuviera dotado de inteligencia divina y humana a la par, un ser grande y abatido que triunfa del diablo y que éste, a pesar de ello, lo tienta, lo arrastra y le hace viajar contra su voluntad, un ser que es señor y siervo, rey y vasallo, sacrificador y víctima al mismo tiempo, mortal y vencedor de la muerte, rico y pobre; conquistador glorioso cuyo reinado eterno será también eterno, que debe someter el mundo por sus prodigios y, sin embargo, es un hombre que recorre toda la escala del dolor, privado de toda clase de comodidades, carente en absoluto de lo necesario para la vida, que se llama rey y viene al mundo a colmarle de gloria y honores y, no obstante, pasa la vida inocente y desgraciado, se ve perseguido y muere en un suplicio vergonzoso y cruel, encontrando en esa humillación y en ese envilecimiento el origen de una sublimación única que le lleva al punto más elevado y culminante de la gloria, del poder y de la felicidad, colocándole en el abolengo de la primera de las criaturas?

Todos los cristianos saben de esos caracteres que parecen incompatibles en la persona de Jesús de Nazaret y sus seguidores le dan este título, no porque fuera ungido de manera ostensible, inmaterial, como lo eran antiguamente algunos reyes, profetas y sumos sacerdotes, sino porque el espíritu divino le había designado para llevar a cabo sublimes destinos y recibió la unción espiritual que es indispensable para realizarlos.

Acabábamos de escribir esto sobre punto tan trascendente, cuando un exégeta holandés, más célebre por el descubrimiento que nos comunicó que por sus mediocres papeles, nos hizo saber que Jesús era el Cristo, el Mesías de Dios, ungido en las tres épocas más notables de su vida con la sola finalidad de que fuera nuestro rey, nuestro profeta y nuestro Sumo Sacerdote.

Cuando recibió el bautismo de manos de Juan, la voz de Yavéh le declaró su hijo único y bien amado y, por lo mismo, su representante. Transfigurado en el monte Thabor, asociándose a Moisés y a Elías, la misma voz sobrenatural lo anunció a la humanidad como hijo del que anima y envía a los profetas y a quien debe obedecerse con preferencia a éstos. En el huerto de Getsemaní descendió un ángel del cielo para confortarle en las congojas que le causaba la proximidad de su suplicio. Le infundio valor para soportar una muerte cruel que le era imposible evitar, porque debía prestarse al sacrificio como víctima pura e inocente.

El sabihondo exégeta holandés encuentra el óleo sacramental de estas unciones celestes en los signos visibles que el poder de Dios hizo aparecer sobre su ungido: en su bautismo, la paloma que simboliza al Espíritu Santo que descendió sobre él y en el Thabor la nube milagrosa que cubrió su cuerpo.

Tras saber esto es necesario ser muy incrédulos para no reconocer por esos signos al ungido del Señor por antonomasia, al Mesías prometido, y nunca deploraríamos bastante la ceguedad inconcebible del pueblo hebreo si su proceder no se hubiera ajustado al plan de la infinita sabiduría de Dios y no hubiera sido preciso para la culminación de su obra y la salvación de la humanidad.

Pero debemos también reconocer que en el estado de opresión en que se hallaba el pueblo hebreo, después de las gloriosas promesas que el Eterno le hizo repetidas veces, debía seguir suspirando por la venida del Mesías prometido que le había de emancipar, y que hasta cierto punto es injustificable que no reconociera a su libertador en la persona de Jesús tanto más cuando es natural que el hombre piense más en el cuerpo que en el espíritu, o lo que es igual, sea más sensible a las necesidades del momento que a los beneficios del porvenir, que siempre son inciertos.

Por otra parte, debe creerse que Abrahán, y después de él algunos patriarcas y profetas, pudieron formarse la idea de cómo debía ser el reinado espiritual del Mesías, pero esa idea debió quedar encerrada en el pequeño círculo de los iniciados. Por eso no debe sorprendernos que desconociéndola la mayoría del pueblo, la noción de esa idea se haya alterado hasta el punto de que cuando el Salvador apareció en Judea, el pueblo y sus doctores, con sus príncipes incluidos, esperaban la venida de un monarca, de un conquistador, que con la rapidez de sus gestas gloriosas debía sojuzgar al mundo entero. ¿Cómo, pues, podían conciliar la idea halagadora que tenían del Mesías en el estado abyecto, en apariencia milagrosa, en que se les apareció Jesucristo? Por eso se escandalizaron al oír que se anunciaba como el Mesías y le persiguieron, le atormentaron y le sentenciaron a padecer la muerte de los criminales. Desde entonces, al no ver ningún suceso que indicara iban a cumplirse sus profecías y resistiéndose a su incumplimiento, los judíos se entregaron a toda clase de ideas utópicas.

Así, al presenciar los triunfos de la religión cristiana y comprender que podían explicarse espiritualmente y aplicar a Jesucristo la mayoría de sus antiguas profecías, convinieron, contra la opinión de sus antepasados, en negar los pasajes que creemos aluden al Mesías, interpretando torcidamente el Antiguo Testamento y procurándose su perdición.

Algunos judíos dicen que han sido mal interpretadas sus profecías y que en vano suspiran por la venida del Mesías, porque ya vino y lo personificó Ezequías. Esto sostiene el famoso Hillel. Otros, contemporizando con los tiempos y las circunstancias, opinan que la creencia de la venida de un Mesías no es artículo fundamental de fe y que negando esa doctrina no se conculca la ley, sino que se le hace una simple variación. El judío Albo, al sostener esta variación, decía al papa que negar la venida del Mesías no era más que cortar una rama del árbol sin tocar sus raíces.

El famoso rabino Jarchi o Raschi —que vivía a principios del siglo XII— dice que los antiguos hebreos creían que el Mesías había nacido el día que las legiones romanas destruyeron Jerusalén. A esto, vulgarmente se dice «después de muerto el burro, cebada al rabo».

El rabino Kimchi, contemporáneo del anterior, anunció que el Mesías, cuya venida creía muy próxima, expulsaría de Judea a los cristianos que le perseguían. Cierto que los cristianos perdieron Tierra Santa, pero fue porque los venció Saladino, y por poco que ese conquistador hubiera protegido a los judíos poniéndose de su parte tal vez, teniendo en cuenta su entusiasmo, hubieran creído que Saladino era su Mesías.

Los autores de las Escrituras y el mismo Jesús comparan con frecuencia el reinado del Mesías y la eterna felicidad a los días de bodas y festines, pero los talmudistas abusaron de esas parábolas y creen que el Mesías dará a su pueblo reunido en la tierra de Canaán un banquete en el que se servirá el mismo vino que hizo Adán en el paraíso terrenal y se conserva en vastas bodegas subterráneas que los ángeles socavaron en el centro de la Tierra. En ese banquete se servirá también el famoso pez llamado el gran Leviatán, que se traga de un bocado un pez más pequeño y tiene treinta brazas de longitud. Al principio, Dios creó un macho y una hembra de esa especie, pero por miedo de que trastornaran el mundo y lo llenasen de descendientes, mató a la hembra y la saló reservándola para el banquete del Mesías.

Los rabinos añaden que para dicho banquete matarán al toro Behemoth, tan grande que todos los días se come el heno de mil montañas. También mataron a la hembra de dicho toro al principio del mundo, para que una especie tan prodigiosa no se multiplicara, pero afirman que el Eterno no la saló porque la vaca salada no es tan buena como la de Leviatán. Los judíos tienen tanta fe en estos desvaríos rabínicos que con frecuencia juran por la parte que les toca del toro de Behemoth, como algunos cristianos desquiciados juran por su parte de paraíso.

Después de exponer estas ideas tan poco cuerdas respecto a la venida del Mesías y su reinado, ¿debe extrañarnos que los hebreos antiguos y modernos, y muchos primitivos cristianos, imbuidos por desgracia de esos desvaríos, no hayan tenido la elevada idea que merece la naturaleza divina del ungido del Señor y no hayan atribuido al Mesías la cualidad de Dios? Véase cómo se expresan los judíos sobre este punto en la obra Judae Lusitani Questiones ad Cristianos. «Reconocer un hombre‑dios es abusar de nosotros mismos, es inventarse un monstruo, un centauro, la extraña amalgama de dos naturalezas que no pueden conciliarse.» Y añaden que los profetas no dijeron «que el Mesías fuera un hombre‑Dios, que sabían distinguir entre Dios y David, que declararon al primero Señor, y su servidor al segundo, etc...»

Cuando apareció el Salvador, aunque las profecías eran claras, las oscurecieron por desgracia los prejuicios. El mismo Jesucristo, por contemporizar o por no escandalizar los espíritus se manifiesta muy reservado en lo tocante a su divinidad. «Quería —dice san Crisóstomo— acostumbrar insensiblemente a sus oyentes a creer un misterio que excede a la razón humana». Cuando habla con la autoridad de un Dios perdonando los pecados subleva a quienes lo presencian, y sus milagros más evidentes no pueden convencer de su divinidad a aquellos por quienes los efectúa. Cuando ante el tribunal del sumo sacerdote confiesa con modestia que es hijo de Dios, aquél se desgarra el manto e indignado le dice que es un blasfemo. Antes de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles no tuvieron idea de la divinidad de su querido maestro; les pregunta qué piensa el pueblo de él y sus discípulos le contestan que unos creen que es Elías, y otros Jeremías o cualquier otro profeta.

San Pedro necesitó de una revelación para saber que Jesús era Cristo, el hijo de Dios vivo.

Indignados los judíos contra la divinidad de Jesucristo, recurrieron a toda clase de subterfugios para destruir ese gran misterio, subvirtieron el sentido de sus profecías o no las aplicaban al Mesías; sostenían que el apelativo de Dios no era exclusivo de la Divinidad y que los autores sagrados lo aplicaban a los jueces, magistrados y a los que estaban revestidos de autoridad. Y citan un gran número de pasajes del Antiguo Testamento que justifican esta observación, pero que no destruyen las palabras terminantes de las antiguas profecías referentes al Mesías.

Sostienen, además, que si el Salvador, y después de él los apóstoles, los evangelistas y los primitivos cristianos, llaman a Jesús hijo de Dios, ese atributo augusto sólo significaba en los tiempos evangélicos una contraposición al hijo de Belial, o sea que quería decir únicamente hombre de bien, servidor de Dios, como contrapuesto a hombre perverso que no temía a Dios.

Los judíos no sólo negaron que Jesucristo era el Mesías y su divinidad, sino que hicieron lo posible por hacerle aparecer despreciable, arrojando sobre su nacimiento, su vida y su muerte todo el ridículo y oprobio que pudo inventar su criminal encarnizamiento.

De todas las obras que produjo la animadversión de los judíos, ninguna tan odiosa y cerril como el antiguo libro Sepher Toldus Jeschut, descubierto por Vagenseii e insertado en el segundo tomo de su obra Tela ignea Satanae.

En dicha obra se cuenta una historia monstruosa del Salvador, inventada con toda la mala fe y odio posibles. Se refiere que un individuo llamado Pander o Pandera, avecindado en Belén, estaba locamente enamorado de una joven, esposa de Jokannán. De estas relaciones nació un hijo adulterino al que pusieron por nombre Jesua o Jesu. El padre de ese niño se vio obligado a huir y se refugió en Babilonia. Al joven Jesu le enviaron a la escuela, pero, añade el autor, tuvo la insolencia de mirar con desenfado a los sacerdotes y permanecer cubierto ante ellos en vez de presentarse con la cabeza baja y el rostro cubierto, como era costumbre entonces. Este atrevimiento fue reprendido y dio pie a que averiguaran su nacimiento espúreo y lo expusieran a la ignominia. El detestable libro Sepher Toldos Jeschut es conocido desde el siglo II. Celso lo cita de buena fe y Orígenes le refuta en el capítulo IX.

Otro libro también titulado Toldos leschut, que sacó a la luz Huldric el año 1705, apenas se aparta de la doctrina del Evangelio de la infancia e incurre con frecuencia en los más burdos anacronismos: hacer nacer y morir a Jesucristo durante el reinado de Herodes el Grande y supone que a este príncipe denunciaron el adulterio de Pander y de María, Madre de Jesús. El autor, que toma el nombre de Jonatham, dice ser contemporáneo de Jesucristo y que vivía en Jerusalén, refiere que Herodes consultó sobre el supuesto adulterio con el sanedrín de una ciudad situada en Cesárea, pero no entra en nuestro ánimo ocuparnos de un autor tan absurdo.

Sin embargo, hay que confesar que esas calumnias mantenían en los judíos el odio implacable que sentían por los cristianos y el Evangelio, y por eso hicieron lo posible por alterar la cronología del Antiguo Testamento e introducir la duda respecto a la época de la venida al mundo del Salvador.

Ahmed‑ben‑Cassum‑la‑Andacousi, moro de Granada que vivió a fines del siglo XVI, cita un viejo manuscrito árabe hallado con dieciséis láminas de plomo, grabadas con caracteres árabes, en una cueva de Granada. Don Pedro de Quiñones, arzobispo de dicha ciudad, atestigua ese hallazgo. Las láminas de plomo las llevaron a Roma y después de examinarlas con suma atención fueron declaradas apócrifas durante el pontificado de Alejandro VII; sólo contienen historias fabulosas referentes a la vida de María y de su Hijo.

El nombre de Mesías, acompañado del epíteto de falso, se aplica todavía a los impostores que en diferentes épocas trataron de engañar a los hebreos. Hubo falsos Mesías ya antes de la venida del verdadero ungido de Dios. El sabio Gamaliel cita a uno llamado Teodas, cuya historia se halla en los papeles de Flavio Josefo, que se jactaba de pasar el Jordán a pie y consiguió atraerse muchos adeptos. Pero los romanos les persiguieron, cortaron la cabeza a su desventurado jefe y la expusieron en Jerusalén.

Gamaliel cita asimismo a Judas el Galileo, que sin duda es el que Josefo menciona en el capítulo XII del II libro de la guerra de los judíos. Dice que ese falso profeta llegó a reunir unos treinta mil hombres, pero la hipérbole es rasgo distintivo de dicho historiador.

En los tiempos apostólicos apareció Simón el Mago, que consiguió convencer a los habitantes de Samaria que él era la virtud de Dios. En el siglo siguiente, años 178 y 179 de nuestra era, durante el imperio de Adriano, hizo su aparición el falso Mesías Barchochebas al frente de un ejército. El emperador envió a Julio Severo para que lo derrotara y tras varios combates encerró a los sublevados en la ciudad de Bither, que aguantó un empeñado cerco y al fin fue tomada. Apresaron a Barchochebas y lo sentenciaron a la pena capital. Adriano creyó que el mejor medio de poner fin a las continuas rebeliones de los judíos era prohibirles, por medio de un edicto, que entraran en Jerusalén y puso guardias en las puertas de dicha ciudad para impedirlo.

Sócrotes, historiador eclesiástico, refiere que en 434 apareció en la isla de Candía un falso Mesías que se llamaba Moisés con el título de libertador de los hebreos y que decía haber resucitado para libertarlos de nuevo.

Un siglo después, en 530, se presentó en Palestina un falso Mesías llamado Juliano. Se anunciaba como un gran conquistador que al frente de su nación había de destruir por las armas a todos los pueblos cristianos. Los judíos, seducidos por estas promesas, mataron a muchos cristianos.

El emperador Justiniano envió sus legiones contra él, entablaron batalla, lo apresaron y lo mataron.

A comienzos del siglo VII, Serenus, un judío español, apareció como un Mesías. Predicó, tuvo discípulos y murió como ellos en la miseria. En el siglo XII aparecieron otros varios Mesías, uno de ellos en Francia durante el reinado de Luis el Joven. Lo ahorcaron, así como a sus partidarios, sin que se pudiera averiguar el nombre del maestro ni el de los discípulos. En el siglo XIII proliferaron los falsos Mesías; aparecieron siete u ocho en Arabia, Persia, España y Moravia. Uno de ellos, llamado David del Rey, tuvo fama de gran mago, entusiasmó a los judíos, y acaudilló un partido considerable, pero fue asesinado.

Jaedro Zieglerne, de Moravia, que vivía hacia mediados del siglo XVI, anunció la venida del Mesías dentro de catorce años, afirmando que lo había visto en Estrasburgo y guardaba con el mayor cuidado una espada y un cetro para ponerlos en sus manos. En 1624, otro Zieglerne confirmó la predicción del primero, y en 1666, Lebatei Leví, natural de Alepo, fingió ser el Mesías que predijeron los dos Zieglerne. Empezó predicando en los caminos reales y en los campos. Los turcos se burlaban de él, pero sus discípulos le admiraban. Al parecer, no atrajo a hombres relevantes de la nación judía porque los jefes de la sinagoga de Esmirna dictaron su sentencia de muerte, aunque la conmutaron por la pena de destierro.

Estuvo a punto de casarse tres veces, pero aseguran que desistió porque decía que tal acto era indigno de él. Se asoció con un tal Natán Leví, que representaba al personaje Elías que debía preceder al Mesías. En Jerusalén, Natán anunció que Labatei Leví era el libertador de las naciones. El populacho judío se sintió atraído por ellos, pero quienes tenían algo que perder los anatematizaron.

Leví, huyendo de la quema, se retiró a Constantinopla y de allí pasó a Esmirna. Natá Leví le envió cuatro embajadores que le reconocieron por el Mesías y le saludaron respetuosamente; esta embajada se impuso al pueblo y a algunos doctores, que declararon que Labatei Leví era el Mesías y el rey de los hebreos. Pero la sinagoga de Esmirna sentenció a su rey a ser empalado.

Labatei consiguió la protección del cadí de Esmirna y el entusiasmo de todo el pueblo judío, que se puso de su parte. Hizo levantar dos tronos, para él y para su esposa, tomó el nombre de rey de los judíos y dio a su hermano José Leví la denominación de rey de Judá. Prometió a los judíos que conquistaría el imperio otomano y llevó su jactancia hasta el extremo de cambiar de la liturgia judía el nombre del emperador por el suyo.

Lo encarcelaron en los Dardanelos y los judíos propalaron que los turcos le perdonaban la vida porque sabían que era inmortal. El gobernador de los Dardanelos se enriqueció con los regalos que los judíos le prodigaban para que les permitiera visitar a su rey, al Mesías prisionero que conservaba su dignidad y consentía que le besaran los pies.

Mientras tanto, el sultán, que tenía la corte en Andrianópolis, decidió acabar con aquella farsa: hizo que le trajeran a Leví y le dijo que si era el Mesías debía ser invulnerable. Leví convino en ello. El sultán dispuso entonces convertirlo en blanco de las flechas de su guardia. En este punto el Mesías no tuvo más remedio que confesar su vulnerabilidad aduciendo que sólo le enviaba Dios como testimonio de la santa religión musulmana. Y es que al verse continuamente azotado por los ejecutores de la ley se hizo mahometano, y vivió y murió tan despreciado de los judíos como de los musulmanes. Su conducta desacreditó de tal modo la profesión de falso Mesías que después de Leví no ha aparecido ningún otro.

 

Diccionario Filosófico

 

 

.