11 ene. 2010

Roland Barthes - Racine es Racine









El gusto es el gusto.
Bouvard y Pécuchet

Ya me he referido a la predilección de la pequeña burguesía por los razonamientos tautológicos (Un cen­tavo es un centavo, etc.). Veamos uno, hermoso, muy frecuente dentro del orden de las artes: "Atalía es una pieza de Racine", recordó una artista de la Co­media Francesa antes de presentar su nuevo espectáculo.

Ante todo hace falta señalar que en la expresión subyace una tibia declaración de guerra (a los "gra­máticos, controversistas, anotadores, religiosos, escrito­res y artistas" que han comentado a Racine). Es abso­lutamente cierto que la tautología siempre resulta agre­siva: significa una ruptura furiosa entre la inteligencia y su objeto, la amenaza arrogante de un orden donde no existiría el pensamiento. Nuestros tautólogos son como amos que tiran bruscamente de la cadena del perro: no es necesario que el pensamiento amplíe su campo, el mundo está lleno de coartadas sospechosas y vanas, hace falta mantener cortas las entendederas, reducir la cadena a la distancia de una realidad compu-table. ¿Y si uno se pusiera a pensar en Racine? Grave amenaza: el tautologo corta con rabia todo lo que crece en su contorno y que podría sofocarlo.

En la declaración de nuestra artista se reconoce el lenguaje de ese enemigo familiar con el que nos hemos topado con frecuencia: el antiintelectualismo. Se conoce el sonsonete: demasiada inteligencia daña, la filosofía es una jerga, es necesario reservar lugar al sentimiento, a la intuición, a la inocencia, a la simplicidad, el arte muere por demasiada intelectualidad, la inteligencia no es una cualidad de artista, los mejores creadores son empíricos, la obra de arte escapa al sistema, en resu­men: la cerebralidad es estéril. Como es sabido, la guerra contra la inteligencia se emprende siempre en nombre del buen sentido y de lo que se trata, en el fon­do, es de aplicar a Racine ese tipo de "comprensión" poujadista, de la que ya hemos hablado. Así como la economía general de Francia no es más que un ensueño frente al sistema fiscal francés, única realidad develada por el buen sentido de Poujade, la historia de la litera­tura y del pensamiento, y con mayor razón la historia a secas, no es más que un fantasma intelectual frente a un Racine totalmente simple, tan "concreto" como el régimen del impuesto.

En cuanto al antiintelectualismo, nuestros tautólogos también conservan el recurso de la inocencia. Preten­den ver mejor al auténtico Racine armados de una divina simplicidad; el viejo tema esotérico es muy cono­cido: la virgen, el niño, los seres simples y puros, tienen una clarividencia superior. En el caso de Racine, esta invocación a la "simplicidad" tiene un doble poder de coartada: por una parte se opone a las vanidades de la exégesis intelectual y por otra, cosa no obstante poco puesta en duda, se reivindica para Racine el despoja-miento estético (la famosa pureza raciniana) que exi­ge disciplina a todos aquellos que se le aproximan (aria: el arte nace de la dificultad...).

Finalmente, dentro de la tautología de nuestra co­mediante se encuentra algo más: lo que podría llamarse el mito del hallazgo crítico. Nuestros críticos esencialistas pasan el tiempo buscando la "verdad" de los genios del pasado; para ellos la literatura es una vasta tienda de objetos perdidos a donde se va de pesca. Nadie sabe lo que allí se encuentra y la mayor ventaja del método tautológico es, precisamente, no tener que decirlo. Por otra parte, nuestros tautólogos se sentirían muy moles­tos si tuvieran que avanzar más: Racine solo, el grado cero de Racine, no existe. Sólo existe Racine-adjetivos: Racine-poesía pura, Racine-langosta (Montherlant), Racine-biblia (el de la señora Vera Koréne), Racine-pasión, Racine-pinta-a-los-hombres-tal-como-son, etc. En resumen, Racine siempre es algo más que Racine y eso hace bien ilusoria la tautología raciniana. Por lo menos, podemos comprender lo que tal insignificancia en la definición aporta a quienes la blanden gloriosa­mente: una especie de humilde salvación ética, la satis­facción de haber militado en favor de una verdad de Racine, sin tener que asumir ninguno de los riesgos que fatalmente supone toda investigación algo positiva de la verdad. La tautología dispensa de tener ideas, pero al mismo tiempo se agranda e intenta hacer de esa licencia una dura ley moral; de allí proviene su éxito: la pereza es promovida al rango de rigor. Ra­cine es Racine: seguridad admirable de la nada.




En Mitologías
Trad.: Héctor Schmucler
Madrid, Siglo XXI ediciones, 1999