25 ene. 2010

Marco Denevi – Variación sobre Lázaro

 

 

Marco Denevi Los comentaristas se equivocan. Según ellos, el Cristo, cuando le devolvió a Lázaro la vida, le devolvió también la posibilidad de volver a morir. Habría trasladado la muerte de Lázaro desde el pasado donde ya había ocurrido hasta el futuro donde ocurriría por segunda vez. Esa exégesis del milagro está errada. Es torpe, es miserable. Es indigna de Dios. Es indigna de Dios si el muerto resucita para que la daga de un asesino o una indigestión puedan mandar de vuelta al resucitado cinco minutos después que Dios lo hizo salir de la muerte. El milagro queda reducido a una bufonada. El Cristo no se rebajaría a bisar, en la carne del pobre Lázaro, nada más que para probar su divinidad, el recurso de hacernos morir. Veamos. Lázaro yace muerto en el sepulcro. La muerte en el tiempo y en la carne ya llegó para él. Todos tenemos una muerte carnal y temporal y sólo una. La carne no resucita en el tiempo sino en la consumación del tiempo, en la eternidad. Esa muerte ya fue para Lázaro. Entonces aparece Jesús y después de pedir la aprobación del Padre le ordena a Lázaro: "Ven afuera". Se lo ordena a Lázaro después que Lázaro murió. Palabras terribles, orden espantosa en los labios de Dios y en los oídos de un muerto. Todavía no ha sido bien comprendida. Todavía los hombres no han sabido encontrar la pared donde se rompe el eco de esas palabras. "Lázaro, ven afuera". Significa: "Lázaro, aunque ya has traspuesto la muerte, retorna al tiempo". Significa: "Lázaro, regresa muerto a la carne". Lázaro, pues, salió fuera, dejó atrás en el tiempo a su muerte y volvió a vivir en la carne después de la muerte. Su resurrección fue como la resurrección que será para todos nosotros el Día del Juicio, pero la suya fue en la Historia, no en la Eternidad. El tiempo de Lázaro abarcó un antes y un después de la muerte, y en el después ya no había muerte porque la muerte carnal, la muerte temporal es una sola y no se repite. De modo que ese Lázaro que salió de la tumba, envuelto en el sudario, es un Lázaro inmune a la muerte. Nadie lo comprendió, ni las hermanas, ni los testigos del prodigio, ni siquiera Juan que lo narra en su evangelio. Nadie adivinó las dimensiones pavorosas del milagro. No distinguieron más que su mecánica: Lázaro, que estaba muerto, ahora vivía; su muerte era como un mal sueño del que todos acababan de despertar; era como un castigo remitido, como una enfermedad ya curada o como la corrección de un error. El milagro fue cantado y alabado, y Lázaro se quitó las vendas en medio de las aclamaciones de la multitud, sus hermanas lloraban y reían, sus amigos lo abrazaban, la noticia corrió de aldea en aldea, de ciudad en ciudad. Pero en el milagro patético estaba oculto el milagro atroz. Debajo de esa corteza había una pulpa y nadie le hincó el diente. Nadie, salvo yo. Yo sí he comprendido. He comprendido lo que quizá Lázaro también comprendió. Si tiene un aire alelado, si parece presa del ensimismamiento y de un oscuro pavor no es, como los demás suponen, a causa de los recuerdos de ultratumba o de la certidumbre de que no hay ninguna vida sobrenatural. Esas son especulaciones pequeñas. Y si no habla, si no cuenta qué es lo que vio en el más allá de la muerte se debe a que no hay lenguaje humano que pueda describir el mundo de los muertos. Lo que lo vuelve melancólico, lo que lo espanta es saber que Dios le anticipó la resurrección del Juicio Final y que mientras tanto, a la espera de ese Día, deberá vagar por el tiempo de los vivos. Van muriendo los contemporáneos de Lázaro, mueren las sucesivas generaciones, pero Lázaro, el único resucitado, deambula sobre la tierra. Las gentes lo señalan con el dedo, lo interrogan, lo siguen, lo persiguen. Para escapar de esa curiosidad Lázaro emigra, quienes lo conocieron lo olvidan o lo creen muerto. Pero Lázaro, bajo nombres apócrifos, está en Alejandría o en Roma. Con todo, algunos rumores se propagan, algunos indicios corren de boca en boca, y así nace la leyenda del Judío Errante. El tiempo, que para él fluye sin fin, regala a Lázaro demasiados recuerdos y su memoria, como una hucha repleta, no puede contenerlos a todos, los pierde, los deja caer. Hasta que llega un año, un día, un minuto en que Lázaro olvida que es Lázaro, el de Bethania. Desde entonces Lázaro es cada uno de los Lázaros que recuerdan un segmento, un trozo de la infinita supervivencia. Lázaro todavía está entre nosotros, dónde no lo sé, en Amberes, en Aviñon, en Buenos Aires. Quizá sea un mendigo medio loco, o un librero de viejo, alguno de esos seres extraños, solitarios, miserables, sin familia, sin afectos, perdidos en ciudades petrificadas, encerrados en sórdidas habitaciones, criaturas desagradables y malolientes por las que nadie se interesa, que hoy aparecen y mañana desaparecen sin dejar rastros y a las que ningún ojo espía, impidiendo así la soldadura de los fragmentos y la comprobación del persistente milagro. Acaso yo sea Lázaro. Reúno las condiciones: soy solo, no tengo familia, parezco medio loco, a ratos creo recordar haber vivido en otras épocas, en otros países. Tal vez yo ande ahora por los dos mil años de resurrecto y no conserve otro recuerdo del milagro que esto que tomo por una fantasía y acaso sea el último fruto de mi memoria de Lázaro.

 

Falsificaciones

Editorial Corregidor

 

 

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