16 ene. 2010

Marc Augé - París

 

 

marc auge 2 No sé si París sigue siendo la capital, o más bien una capital, de las artes y del pensamiento (pues el artículo determinado, en estas cuestiones, es tan pretencioso como aproximado). Tengo la suerte de co­nocer a algunos artistas, a algunos editores, a algu­nos libreros, a algunos escritores, y encontrarlos a veces en París, de trabajar en una institución donde intelectuales de todo el mundo se dan cita un día u otro. Tengo también la suerte de dirigirme cada se­mana a jóvenes investigadores, a discípulos ya for­mados y llenos de entusiasmo y de interrogantes. Y tengo, de cuando en cuando, el sentimiento, al cru­zarme con la discreta silueta de tal o cual de ellos, en el azar de una calle o de un cruce, de que siempre se está tramando algo en París, algo que desde luego tiene que ver con la creación, con el pensamiento, algo que no está circunscrito a un barrio en concre­to, que no tiene asignada una sede (Saint-Germain-des-Prés, Montparnasse o Montmartre), sin duda porque las cosas ya no ocurren así, suponiendo que realmente hayan sucedido alguna vez de ese modo, algo que se incuba, como decimos de las enfermeda­des, pero también de las crisis o de las revoluciones.

Evocaré aquí, sin más, un decorado, un escena­rio y una intriga: el decorado que tengo ante los ojos, un escenario que busca personajes, unos personajes que buscan autor, una intriga que se me es­capa porque formo parte de ella, en mi modesto puesto, y a la cual sólo los historiadores de maña­na, quizá, podrán dar un sentido.

Si me hablan de la ciudad de París cuando estoy lejos de ella, los recuerdos y las imágenes que este nombre hacen surgir no son siempre los más recien­tes. En mí dormita un París íntimo, un poco borro­so a veces, de colores velados como los de una foto antigua, de colores pasados, como suele decirse, uti­lizando una palabra que en este caso resulta muy evo­cadora, un París en color sepia, o en blanco y negro, cuya imagen se mezcla con las que me dejaron algunas películas de los años cuarenta o cincuenta y que se reponen todos los años, o casi, en los cines del Barrio Latino. Permítanme una confidencia: cuando el pianista de la película La Closerie des Li­las toca la melodía que sirve de tema central en Casablanca, me emociono como si recordara haber esperado la entrada de los alemanes en París al lado de Ingrid Bergmann y de Humphrey Bogart. Ésas son sin duda mis «ruinas de París»: una serie de cli­chés discontinuos y mal fechados que componen una especie de monumento sin edad.

Este París del recuerdo y de la ficción es el París de mi infancia, y más tarde el de mi adolescencia, un París que a veces me vuelve a la imaginación durante el atardecer, o en el transcurso de alguna no­che de insomnio, un París tangible, tranquilo, apa­ciguador. No lo echo de menos. La ciudad de París no ha estado nunca tan presente en mí como hoy; cuando vivía en ella, me llegaba a aburrir, me llega­ba a angustiar. Este París que permanece en mí no es en realidad el París en el que correteaba antaño con impaciencia, esperanza o melancolía.

Es, antes que nada, el París de la guerra, el París más tenso, ya que de 1940 a 1944 (cumplí cinco años en 1940), mi París era una ciudad guerrera, una ciudad en alerta, de toque de queda y de noche oscura, de cortinas corridas, de inviernos gélidos, aun más que ahora, y de veranos abrasadores. Era también una ciudad de sótanos: descubrí las cata­cumbas en los subsuelos de la calle Feuillantines, en la esquina de la calle Ulm con la calle Claude-Bernard. En aquella época, los institutos también impartían las clases de primaria, pero el instituto Montaigne alojaba al Estado Mayor alemán, y sus clases habían sido dispersadas por todo el distrito V: cursé mi décimo curso en la casa en la que vivió de niño Víctor Hugo (lo atestigua una placa, creo), y también creo recordar el nerviosismo de nuestros profesores cuando, metidos precipitadamente bajo tierra por causa de una alarma, los más intrépidos de nuestro grupo parecían sentir la tentación de explorar las cavidades oscuras cuya existencia nos des­cubría la débil luz de las linternas en los confines del estrecho emplazamiento en que estábamos agazapados.

A veces, durante la noche, las sirenas no habían terminado aún de aullar su grito de alarma cuando ya, por el oeste, hacia Boulogne-Billancourt, se inflamaba el cielo. El estruendo de la defensa antiaé­rea instalada a dos pasos de nosotros sobre la torre de la Escuela Politécnica acompañaba a esos res­plandores un tanto remotos y, a veces, cuando no bajábamos al sótano, he llegado a apartar la cortina para seguir con la mirada los haces de luz que escu­driñaban las profundidades del cielo en el furibun­do fragor del cañoneo.

De la guerra y de París, las imágenes que conser­vo son discontinuas, pero claras. Recuerdo que en los Jardines de Luxemburgo buscaba los pedazos de los obuses de la defensa antiaérea, como otros buscan setas, porque eran excelentes imanes y por­que mis compañeros y yo rivalizábamos en reunir la colección más completa posible. Durante los com­bates de liberación, nos quedábamos encerrados a cal y canto en casa, pero, por la misma ventana por la que había observado el mágico espectáculo de los bombardeos, vigilaba la plaza Maubert, donde habían aparecido unos jóvenes armados. Me acuer­do de los carros alemanes que surgieron a la altura del metro Cardinal-Lemoine y que dispararon por el hueco de la calle Monge (todos los cristales que­daron hechos añicos), sin duda para vengar la muerte de dos soldados caídos en una emboscada en la plaza. Y también me acuerdo del desfile de los ca­miones que, durante unas cuantas horas, huyeron hacia el este por el bulevar Saint-Germain, aprove­chando una tregua con la resistencia. Me acuerdo de la segunda división blindada de Leclerc, que desfiló bajo nuestras ventanas, unas horas más tar­de, para acantonarse en el Jardin des Plantes. Y ade­más me acuerdo, desde luego, de la plaza situada frente a Notre-Dame, atestada de gente, y en la que la llegada del general De Gaulle se vio enturbiada por la descarga de fusilería de unos milicianos, lo que desencadenó un gran pánico entre los civiles. Conseguimos salir de los empellones, cruzar de nuevo el Sena y ponernos a cubierto en el laberinto de callejuelas, en aquella época muy deterioradas, que separaban la calle Saint-Jacques de la plaza Maubert. Aún veo al soldado estadounidense que, sin dirigir una sola mirada a nuestra enloquecida galopada, apuntaba hacia los tejados su pistola ame­tralladora, de cuyo cañón se escapaba un hilillo de humo.

El único interés de estas evocaciones surgidas de la memoria, pero sin duda también de la labor del tiempo y de la imaginación, estriba en que dibujan el cuadrilátero aproximado en cuyo interior me hi­ce parisino y fuera del cual me siento siempre un tanto forastero; no exiliado (el término sería exce­sivo), pero sí de visita, de viaje, a la espera de un re­greso hacia no sé muy bien qué origen.

El centro de este espacio íntimo en el que ya no vivo desde hace mucho tiempo es, por tanto, la pla­za Maubert. Al norte, llega hasta Notre-Dame, a la que tan agradable resulta acceder por la calle Bernardins. Al oeste, se extiende hasta el Odéon, ya que era demasiado joven durante los años del existencialismo para que Saint-Germain-des-Prés me resultara realmente familiar. Al sur, la calle Vaneau, en la que vivieron mis abuelos durante la guerra, Sévres-Babylone (vi desembarcar en el hotel Lutétia a los deportados que regresaban de los campos de la muerte) y Montparnasse (hacíamos cola, en verano, en la calle Départ para comprar billetes con destino a Rosporden) eran los puntos extremos de este territorio que se detenía al este por el lado de la plaza de la Contrescarpe, de la calle Mouffetard y del Jardin des Plantes. Podría parecer que la relativa es­trechez de este espacio ha marcado mi vida (después de todo, hice mis estudios en el instituto Montaigne, detrás de los Jardines de Luxemburgo, después en el instituto Louis-le-Grand, en la calle Saint-Jacques, y finalmente en la calle Ulm, detrás del Panthéon; actualmente imparto clases en el bulevar Raspail, enfrente del hotel Lutétia).

Sin embargo, soy más bien un viajero, y este con­finamiento inicial quizá tenga algo que ver. No por el hecho de que haya contenido durante mucho tiempo un deseo de evasión, sino, al contrario, por­que ese deseo se manifestó muy pronto y encontró satisfacción en el propio París. Mis padres eran buenos andarines y, desde mi primera infancia, re­cuerdo largas caminatas. Esas marchas tenían para mí algo de viaje, algo parecido a la sensación de ser arrancado del universo familiar, algo de explora­ción: me enfrentaba a lo desconocido, y con una mezcla de aprensión y de placer me aventuraba, es­coltado, por los grandes bulevares, por Montmartre, por el bosque de Vincennes o de Boulogne, e incluso por tal o cual barrio distinguido en el que residían algunos amigos de mis padres. En los dis­tritos VII y XVI experimenté unas intensas sensacio­nes de timidez, aunque sólo más tarde comprendí que eran timideces de clase: mi territorio era an­tes que nada un territorio social. De este modo, me da por pensar que fue en el aprendizaje del espacio parisino (repartido entre un interior y un exterior geográficos y sociales) donde se formó sin yo sa­berlo mi sensibilidad de etnólogo.

La afición por viajar nació muy pronto en mí; y la satisfice antes que nada viajando por París: nun­ca he dejado de cruzar la frontera entre mi territo­rio y otros territorios, y no dejo, a pesar de mis es­capadas más remotas, de renovar esta experiencia. No es una experiencia sencilla; pone en juego una doble transformación. La mía, en primer lugar: si me defino como un viejo parisino, apostaría mu­cho a que no tengo la misma mirada que tenía en la época en que mis recuerdos de infancia no eran re­cuerdos. Después, la de la ciudad, cuya forma, según sabemos, «cambia más rápido, ¡ay!, que el co­razón de un mortal». El verso que inspiraba a Baudelaire las transformaciones del Carrusel se aplicaría con tanta o más pertinencia al París de los últimos treinta años. De forma que, ante el París actual, confrontado a mis recuerdos, me encuentro a veces en la misma situación que el visitante de Roma imaginado por Freud, que buscaría la Roma quadrata o la Roma de la república sin poder en­contrar el menor rastro de ellas. Dicho esto, no to­do cambia, y todo lo que cambia no cambia de la misma forma. Tres París diferentes coexisten hoy en mi mirada y se ofrecen a mi exploración: el París que no ha cambiado, el París transformado y el Pa­rís subvertido.

Antes que nada, una precisión para eliminar toda ambigüedad: no soy un nostálgico de París. No es­toy obsesionado por el deseo de revelar las huellas del pasado o por constatar su ausencia. Los recuer­dos no me asaltan cuando cruzo los Jardines de Luxemburgo o cuando cojo el metro en Maubert-Mutualité. Todos estos lugares son lo suficientemente actuales como para conservar a mis ojos el sabor del presente. Mis recuerdos, cuando siento su necesidad, los voy a buscar yo mismo; no les dejo que decidan por mí, aunque a veces suceda, a pesar de todo, que surjan por sí mismos, sin avisar. Sin embargo, en esos casos es raro que estén asociados a mis recorridos pa­risinos del momento. Se trata más bien de instantáneas, de imágenes recurrentes, insistentes, en las que se ha fijado o congelado una actitud, una expresión, y que constituyen una geografía alusiva y troceada.

No estando constituido ni por recuerdos ni por descubrimientos, el París que no ha cambiado, al menos a mis ojos, escapa, tal como sucede con las ruinas, a la historia. Este París está integrado por mis ruinas, es una obra de arte intemporal que, por esta razón, me proporciona el sentimiento de no existir más que para mí.

Me encuentro en el puente del muelle de la Tournelle y contemplo Notre-Dame. A poco que pase bajo el puente uno de esos mastodontes turísticos que la gente se empecina en llamar, quizá por iro­nía, bateaux-mouches, tengo la sensación de que he estado siempre aquí o, lo que viene a ser lo mismo, de que este retablo no ha cambiado, de que la casca­da de piedras que brota de las torres de la catedral nunca ha cesado de precipitarse sobre los árboles del jardín, y de que sigue siendo el mismo pintor (un pintor dominguero, desde luego, pese a que también esté aquí durante la semana) el que ha instala­do el mismo caballete para lanzarse al asalto de una misma e imposible reproducción.

Me encuentro en los Jardines de Luxemburgo, a la sombra de los castaños. Unas cuantas reinas de Francia dejan resbalar su sonrisa pétrea sobre unos chiquillos que no las miran. La geometría de los macizos de flores y de los cuadriláteros de césped permanece impasible y suntuosa. Más abajo, los as­nos y los ponis pasan por los caminos llevando so­bre sus lomos a unos niños silenciosos. Me siento en un banco o en una silla, entre sol y sombra, y no­to la misma sensación que experimenté algunas tar­des de verano en la playa de Bretaña: la sensación de que nunca ha cambiado nada, de que jamás he cambiado yo, de que la duración que fluye en mí no es ese tiempo que desgasta y que avejenta, y de que siempre he estado observando, un tanto ador­mecido, los mismos paseos del Luxemburgo.

Camino por los muelles, sin demorarme dema­siado en los puestos de los libreros de viejo. Del otro lado del Sena, el Louvre. Dejo a mi derecha el Puente de las Artes, abarco con la mirada el espacio despejado de las Tullerías, el ancho cielo situado por encima del Obelisco y de los Campos Elíseos. Me digo que París es una de las pocas ciudades del mundo que ofrece unos paisajes que son a la vez tan naturales y tan urbanos. Paso voluntariamente por alto la calzada que discurre a lo largo de sus orillas, por la que desfilan los coches a toda veloci­dad. Aquí una vez más, con los ojos entrecerrados, a costa de un ligero esfuerzo, ayudado a veces por un rayo de sol que me hace feliz, me digo que todo permanece en su sitio, y yo también. París me ayu­da a creer que existo.

Y sin embargo, París cambia, se transforma. Las excavadoras y las grúas no paran de trabajar. Algu­nos barrios ya no tienen el mismo rostro (Belleville invadido por las torres de apartamentos y las gran­des urbanizaciones). Otros parecen haber sido crea­dos, o estar creándose, de punta a cabo. Aún no he terminado los viajes que me llevan al exterior de mi territorio histórico cuando ya unas colosales obras de construcción han cambiado por completo las re­giones que me proponía explorar. Al este, en la ori­lla derecha del Sena, el nuevo Ministerio de Hacien­da y el Palacio Polideportivo de Bercy han acabado con los espacios indefinidos, incalificables e incon­clusos del mercado de vinos. Algunos descampados han resistido, pero la nueva urbanización está en marcha. Hay jardines nuevos, que aún no conozco.

Lo mismo ocurre en la orilla izquierda, con la Biblioteca Nacional de Francia y el conjunto de in­muebles que empieza a proliferar junto a ella. El puerto sigue estando ahí (París es un puerto fluvial importante), pero toda la serie de espacios un tanto desordenados que lo bordeaban, donde anidaban unas barracas de funciones inciertas y unas cuantas casas endebles y viejas desde las que se debía percibir el Sena y las gabarras, se ve ahora obligada a entrar en vereda. Mañana tal vez se haya instalado definitiva­mente allí un barrio elegante, como ha sucedido en el paseo del Sena, en el distrito XV, o en la Défense, ex­tramuros. ¿Qué tengo que decir? Nada, excepto que tengo por delante la tarea de volver a descubrirlos, de recorrerlos de nuevo, como si el urbanismo mo­derno, en París, no hubiera tenido otro objetivo que el de estimular y alimentar mi inclinación via­jera.

Sin embargo, aún sigo teniendo un temor: que estos nuevos barrios, con independencia de su éxi­to técnico o estético -que será sin duda desigual-, se parezcan un día a otros de cualquier otro lugar del mundo, que obedezcan a una moda planetaria, pero que no la creen, que se parezcan, en suma, a esas ciudades «genéricas» que «se parecen a sus ae­ropuertos» (Rem Koolhas). Hablo, naturalmente, como viajero poco deseoso de encontrar al final de mis excursiones parisinas un barrio de Sao Paulo, de Tokio o de Berlín. Como si quisieran evitar estos efectos de la uniformidad, los barrios nuevos (la Défense, Bercy, Tolbiac) han sido concebidos sobre la base de un acontecimiento arquitectónico, de una obra como la Grande Arche o la Grande Bibliothéque, que, en teoría, confieren una personali­dad al barrio. Se ha seguido la misma táctica para reorganizar algunos barrios antiguos (Bastille, Les Halles), y los más grandes arquitectos, de Piano a Pei y de Portzamparc a Chemetov, han estampado su firma en el nuevo París. El juicio en estas mate­rias es difícil: hay que dar tiempo a la ciudad, y son los paseantes del mañana los que podrán decir si París sigue siendo París pese a transformarse.

Siento más inquietud cuando, según me voy acercando a mi territorio de origen y al deambular por él sin mantener no obstante ninguna vigilancia particular -demasiado influido por la costumbre, la vida cotidiana y el placer del presente como para entregarme al juego de las comparaciones-, percibo en sus calles la invasión lenta, insidiosa e irresistible de la ciudad genérica que se infiltra desde la perife­ria a través de los boquetes abiertos por el ferroca­rril. A lo largo de los recorridos que realizo ince­santemente por la ciudad, feliz de que siga siendo posible caminar por ella, me doy cuenta además de que la tarea de la subversión se encuentra más ade­lantada de lo que pensaba. En los distritos XV, XIII y V, los inmuebles de finales del siglo XIX o de princi­pios del XX desaparecen uno a uno, remplazados por otros un poco menos feos y tristes que los de los años sesenta, de modo que una nueva clase de uni­formidad va sustituyendo a otra. No tengo nada que reprochar a esa uniformidad, excepto que le falte originalidad, que no diseñe un París nuevo, sino una ciudad comodín, sin pasado ni porvenir.

La historia, no obstante, preocupa a los urbanis­tas y a los arquitectos. Para respetarla, utilizan al menos tres estrategias complementarias.

La primera es el efecto de fachada: se conservan las fachadas, pero detrás se desliza un conjunto más funcional. Ciertos cafés parisinos, entre los cuales se encuentra La Coupole, han sido rehechos de es­ta forma. Ya nada existe, pero todo se parece, más real que el mismo natural, desembarazado de todas las fragilidades e imperfecciones que el tiempo in­troduce en la piedra y el estuco. Es un poco como si en el Louvre no hubiese más que copias para per­mitir que los turistas identificaran con mayor faci­lidad a los autores.

No sé cómo llamar a la segunda estrategia, una estrategia que aproxima aun más a París a Las Ve­gas o Disneylandia: quizá le convenga el nombre de «efecto Gershwin», debido a Un americano en París. Porque está claro que se trata de eso. Se quie­ren hacer las cosas de modo que París, para seguir siendo París, tenga que parecerse a la ciudad tal co­mo se la representaban y nos la representaban las primeras películas estadounidenses en tecnicolor. De este modo, se han diseminado por la capital fuentes de tipo Wallace de las que ya no fluye agua alguna, se han retrotraído al gusto de 1900 algunas estaciones de metro, se han adoquinado algunas ca­llejuelas, se han remozado algunas estructuras: hay que construir un decorado que los turistas puedan reconocer para situarse. Es un poco el papel que desempeñan los masai que visten el traje tradicio­nal para esperar a los visitantes en la entrada de su reserva: tranquilizan. En un mundo en el que la imagen es omnipresente, conviene que lo real se parez­ca a su imagen. Cuando me acerco hasta la plaza de la Contrescarpe por la calle Mouffetard, abarrota­da de restaurantes exóticos y de transeúntes, me di­go que Hemingway tendría problemas para reco­nocer la zona.

Y sin embargo, todo está aquí, reluciente como una moneda nueva. Todo o más que todo: la fuente de estilo antiguo, en el centro de la plaza, es una in­vención reciente. Protegida por una pesada cadena de buena pátina, es el toque de autenticidad del lu­gar. Me siento, espero, contemplo. Ya está, ahí lle­gan. Los turistas tienen cámaras cada vez más per­feccionadas. Se extasían. Yo sonrío: «¡Silencio! Se rueda».

La tercera estrategia pasa por la restauración, la luz y el espectáculo. A diferencia de Roma, donde la vida, en sus manifestaciones más cotidianas, pro­sigue su curso en el corazón del centro histórico (exceptuemos aquí a la Via dei Fori Imperiali), Pa­rís adopta los aires de una gran dama un tanto am­pulosa tan pronto como se sabe iluminada por los focos. Concebido de una forma excesivamente evidente para ser visitado, el Marais ha perdido su vi­talidad pasada. No en balde se ha convertido París en el primer destino turístico del mundo.

Sin duda habría que matizar estas afirmaciones. Aún hay vida y ruido en las zonas protegidas. Ha­bría que hablar de los nuevos París y, por ejemplo, del barrio de la République, donde los nuevos Gavroche tienen antepasados árabes, bereberes o de otros orígenes. Sin duda, habría que prestar atención a la vida de barrio, siempre animada, a los mercados, a todas las tonalidades irisadas de lo que a veces da en llamarse «París Pueblos», a la movida[1] parisina que anima los distritos I, II, XI y XII, pero también, un poco en todas partes, a las calles de apariencia tranquila. Sin duda, por último, habría aún mucho que decir sobre los itinerarios de creación, de tra­bajo y de ocio en una metrópoli que, a todas luces, se mantiene intensamente activa. Hay que recono­cer sobre todo que el paseante, a pesar de sus arran­ques de cólera y de sus inquietudes, siempre expe­rimenta placer al sentirse parisino. A pesar de los años, este placer, en lo que a mí respecta, procede invariablemente de una experiencia doble: en mi territorio de origen, de la experiencia de las fideli­dades del cuerpo, de una costumbre que me guía de un punto a otro, sin que me percate de ello, por iti­nerarios «programados», pero que lo hace no obs­tante con algo de esa voluptuosidad animal de la que habla Bataille para evocar lo que imagina ser la sensación del pez en el agua o del pájaro en el aire; y también de la experiencia, casi opuesta, en es­ta ciudad que aún se me escapa y que, desde hace al­gunos años, se me escapa tanto más cuanto más se transforma, de lo desconocido, de la espera y de la curiosidad. Recuerdo, olvido. Sé mucho, no sé nada. Mañana vuelvo a recorrer el camino. París es una metáfora inmensa.

La conversión del mundo en espectáculo es, res­pecto a sí misma, su propio fin; en este sentido, quiere ser expresión del fin de la historia, de la muer­te de la historia. Las ruinas, por su parte, aún dan señales de vida. Los escombros acumulados por la historia reciente y las ruinas surgidas del pasado no guardan parecido. Hay una gran distancia entre el tiempo histórico de la destrucción, que nos relata la locura de la historia (las calles de Kabul o de Bei­rut), y el tiempo puro, el «tiempo en ruinas», las ruinas del tiempo que ha perdido la historia o que la historia ha perdido.

La historia resulta desalentadora cuando sus tar­tamudeos la privan de sentido. La locura de la his­toria es una locura de episodios repetitivos. Los ho­rrores se repiten. Los progresos de la tecnología no hacen más que amplificar sus efectos. La Primera Guerra Mundial fue testigo de la masacre de millo­nes de jóvenes, unos jóvenes de quienes seguimos sin atrevernos a decir que murieron para nada, co­mo no fuera para crear las condiciones de una nue­va masacre veinte años después. Lo absoluto del te­rror y del horror se alcanzó con la Segunda Guerra Mundial, con los campos de la muerte y con las ar­mas de destrucción masiva. Hoy, los cementerios de Normandía y la línea Maginot se han converti­do en lugares turísticos. A juzgar por cómo se con­centran las masacres y las destrucciones en el de ahora en adelante Tercer Mundo, uno se dice que el nuevo orden mundial, global, no es sino la recu­rrente figura del horror a escala planetaria.

Sin embargo, algunos optimistas piensan que el porvenir está aún por construir y que la historia del mundo como tal, del mundo efectivamente plane­tario, no ha hecho más que empezar. La paradoja consiste en que esa historia comienza en el momen­to en que quienes dominan el mundo desearían ha­cernos creer que ha terminado.

Para que sea efectivamente cierto que el nuevo mundo está aún por construir, no hay que entender esta afirmación de manera metafórica.

El urbanismo y la arquitectura nos han habla­do siempre de poder y de política. Sus formas ac­tuales, la multiplicación de las zonas de miseria, de los campamentos de chabolas, de los subpro­ductos de la urbanización salvaje que aparecen bajo los brillantes almocárabes de las autopistas, de los lugares de consumo, de los rascacielos y de los barrios financieros, de las singularidades y de las imágenes nacidas de la transformación del mundo en espectáculo, muestran suficientemente la cínica franqueza de la historia humana. No hay duda: son nuestras sociedades lo que tenemos ante los ojos, sin máscaras, sin afeites. Y quien pretenda saber lo que nos reserva el porvenir no debería perder de vista los terrenos por edificar y los terrenos baldíos, los escombros y las obras de construcción.

Lo que nos cautiva en el espectáculo de las ruinas, incluso en aquellos casos en que la erudición preten­de lograr que nos relaten la historia, o en aquellos en que el artificio de una escenificación de luz y sonido las transforma en espectáculo, es su aptitud para ha­cernos percibir el tiempo sin resumir la historia ni li­quidarla con la ilusión del conocimiento o de la be­lleza, su aptitud para adoptar la forma de una obra de arte, de un recuerdo sin pasado. La historia veni­dera ya no producirá ruinas. No tiene tiempo para hacerlo. Sobre los escombros producidos por las confrontaciones que no dejará de suscitar, surgirán pese a todo obras de construcción, y con ellas, quién sabe, la oportunidad de edificar algo diferente, de re­cuperar el sentido del tiempo y, yendo un poco más lejos, tal vez, la conciencia de la historia.

Podemos imaginar un mundo con seis o siete mil millones de artistas, pero no con seis o siete mil millones de artistas que no se dedicasen a otra cosa más que a hablar de su inefable singularidad.

La sociedad y el arte tienen el mismo destino.

Los hombres necesitan poder pensar sus relacio­nes recíprocas. Todos necesitamos poder imaginar nuestra relación con los otros, con algunos otros al menos, y, para hacerlo, necesitamos inscribir esa relación en una perspectiva temporal. El sentido social (la relación) necesita el sentido político (de una idea del porvenir) para desarrollarse. Dicho de otro modo, lo simbólico (la idea de la relación) necesita la finalidad.

La belleza del arte depende de su dimensión his­tórica: es preciso que el arte pertenezca a su época, que sea histórico hoy para resultar hermoso maña­na. La belleza del arte es enigmática porque siem­pre se nos escapará algo de la percepción primera de que fueron objeto las obras antiguas, y porque, a la inversa, no podemos percibir hoy en el arte contemporáneo la carencia que la habrá de horadar a la larga, en la andadura histórica, y que habrá de despertar la curiosidad irremediablemente insatis­fecha de nuestros sucesores en el tiempo.

Las ruinas son la culminación del arte en la me­dida en que los múltiples pasados a los que se refie­ren de forma incompleta aumentan su enigma y exacerban su belleza. La originalidad de nuestro mundo planetario pasa por un desplazamiento de este enigma, un desplazamiento que algunos artis­tas contemporáneos han percibido.

La belleza de los no lugares (de los aeropuertos, de las autopistas, de los supermercados, etcétera) no se debe a sus cualidades estéticas intrínsecas, sino al cambio de escala que se expresa en ellos. Los es­pacios de lo codificado hablan de la ausencia de lo simbólico. En ellos nos sentimos solos, perdidos, y en algún caso liberados o exaltados (libertad provi­sional, exaltación pasajera). Aunque también pue­de suceder que reconozcamos su imagen y volva­mos a encontrar en ellos los signos del consumo cotidiano: resultan excesivamente familiares, se en­cuentran en cierto sentido demasiado llenos, mien­tras que en otro sentido se hallan demasiado va­cíos. La conciencia de la carencia se ha desplazado: alude menos a un sentido perdido que a un sentido que es preciso recuperar.

Es en este punto donde confluyen la preocupa­ción por lo social y el desvelo por la belleza.

Necesitamos una utopía de la educación y de la ciencia que nos permita pensar que el porvenir del conocimiento es el porvenir de toda la humanidad, y no el de una minoría rica, ilustrada y dominante.

El espacio de esta utopía lo poseemos ya: es el planeta. Y sus construcciones más significativas (las singularidades y los no lugares) son el espacio vir­tual de esta utopía: lo que les falta, hoy, es que logre apropiárselos una humanidad sin fronteras.

Los no lugares poseen la belleza de lo que habría podido ser. De lo que aún no es. De lo que, un día, tal vez, tenga lugar.

 


[1] En español en el original. (N. del T.)

 

El tiempo en ruinas

Traducción: Tomas Fernández Aúz y Beatriz Eguibar

Barcelona, Gedisa, 2003

 

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