30 ene. 2010

Ibn Warraq – El asunto Rushdie: antes del 14 de febrero de 1989

 

 

 

ibn_warraq_002 En el año 1280 apareció en Bagdad un sorprendente libro escrito en árabe por un filósofo y médico judío de nombre Ibn Kammuna: Examen de las tres fes. Su carácter sorprendente se debe a su objetividad científica y su actitud crítica hacia el judaísmo, el cristianismo y, en especial, el islamismo. «Un deísmo que roza el agnosticismo impregna todo el libro.»8

Al profeta Mahoma se lo describe como alguien desprovisto de originalidad: «Somos de la opinión de que [Mahoma] no añadió nada al cono- cimiento de Dios y a la obediencia a Él debida que no se hallara ya en las religiones más antiguas.»9 El profeta tampoco es perfecto: «No hay prueba alguna de que Mahoma alcanzara la perfección ni la habilidad para perfeccionar a otros, tal como se pretende.» La gente suele convertirse al isla- mismo «impulsada por el terror o en busca de poder, para evitar gravosos tributos, para escapar de una humillación, por haber sido tomado como esclavo, o por haberse encaprichado con una mujer musulmana». Ninguna persona rica y no musulmana versada en su propia fe se convierte al islamismo si no es por alguna de las razones precedentes. Por último, los musulmanes son incapaces de aportar argumentos sólidos —y mucho menos pruebas— que defiendan el carácter profético de Mahoma. ¿Cómo reaccionaron los musulmanes a tal muestra de escepticismo? Fuwati (1244-1323), cronista del siglo XIII, relata lo ocurrido cuatro años después de publicado este tratado.

En este año [1284] se supo en Bagdad que el judío Ibn Kammuna había escrito una obra [...] en la que se refería a las profecías con total insolencia. Dios nos guarde de repetir lo que dijo. La muchedumbre enfurecida asaltó su casa para darle muerte. El emir [...] y un grupo de altos oficiales se dirigieron a la madrasa de Mustansiriya y expusieron el caso al juez supremo y a los maestros [de la ley]. Fueron en busca de Ibn Kammuna, pero éste se hallaba escondido. Esto sucedió un viernes. El juez supremo intentó dar cumplimiento al servicio de plegarias pero, al ver que la multitud se lo impedía, regresó a la Mustansiriya. El emir salió para calmar a la muchedumbre, pero la gente lo injurió y lo acusó de estar de parte de Ibn Kammuna y de defenderlo. Así pues, obedeciendo las órdenes del emir, se proclamó en todo Bagdad que a la mañana siguiente se quemaría a Ibn Kammuna a las afueras de la ciudad. La muchedumbre se dispersó, y no se habló más de Ibn Kammuna.

En cuanto a éste, se lo ocultó en un arca y se lo llevó a Hilla, donde su hijo servía como oficial. Allí permaneció un tiempo hasta su muerte.10

El relato de Fuwati es un buen ejemplo de cómo han reaccionado a lo largo de la historia los musulmanes —y no sólo los fundamentalistas— ante los supuestos insultos a su religión. Hay dos historias cómicas ocurridas en la India. El economista norteamericano John Kenneth Galbraith se vio envuelto en dificultades cuando se encontraba en la India como embajador de EE.UU. (1961-1963), al divulgarse la noticia de que había puesto a su gato el nombre de Ahmed, uno de los nombres por los que se conoce al profeta Mahoma. Cuando el Deccan Herald de Bangalore publicó una breve historia titulada «Mahoma el idiota», los musulmanes quemaron las oficinas del periódico. Luego resultó que la historia no tenía nada que ver con el profeta, sino que se refería a un hombre loco que simplemente se llamaba igual. Más recientemente se encarceló a diez indios en Sharjah, uno de los emiratos del Golfo, por haber puesto en escena un drama en lengua malabar titulado Las hormigas que devoran cadáveres que, según las autoridades, contenía comentarios en contra de Mahoma.

En cuanto a los musulmanes que osaban expresar alguna crítica, se los tildaba de herejes y por lo general se los condenaba a morir decapitados, crucificados o quemados. Los ejemplos históricos son cuantiosos, pero aquí me limitaré a hablar de casos relativamente recientes.

Muchos de los ejemplos que cito están tomados del excelente libro de Daniel Pipes The Rushdie Affair [El asunto Rushdie]. Pipes habla de todos los escritores o pensadores musulmanes que fueron castigados por su obra herética, y de aquellos que lograron escapar al castigo. Antes de relatar el trágico destino de Dashti, quiero referirme a algunas de las sorprendentes críticas a ciertas creencias caras a los musulmanes que éste manifiesta en su obra clásica Twenty-Three Years [Treinta y tres años]. Aunque el libro data de 1937, no se publicó hasta 1974, y esto ocurrió en Beirut porque, entre los años 1971 y 1977, el régimen del sha de Irán prohibió toda publicación de cualquier crítica a la religión. Después de la revolución iraní de 1979, Dashti autorizó a los grupos opositores para que publicaran clandestinamente su obra. Se calcula que entre 1980 y 1986 se vendieron más de medio millón de ejemplares de su libro, cuyo título hace referencia a la trayectoria profética de Mahoma.

Ante todo, Dashti defiende el pensamiento racional en general y critica la fe ciega dado que «las creencias pueden embotar la capacidad humana de raciocinio y el sentido común»,11 incluso de gente instruida. El pensamiento racional, en cambio, requiere «un estudio más imparcial». Dashti niega contundentemente todos los milagros atribuidos a Mahoma por los comentaristas musulmanes posteriores a él, y somete a un examen minucioso y escéptico la visión ortodoxa de que el Corán es la palabra del propio Dios y de que es milagroso tanto en virtud del contenido como de su elocuencia. Señala asimismo que «antes de que prevalecieran el fanatismo y la desmesura, [algunos de los primeros eruditos musulmanes] reconocieron francamente que la disposición y la sintaxis del Corán no son milagrosas y que era posible que otras personas temerosas de Dios pudieran producir obras de igual o mayor valor».12

Y, lo que es más, el Corán contiene frases que están incompletas y no resultan totalmente inteligibles sin la ayuda de los comentarios; palabras extranjeras, palabras árabes poco habituales y palabras empleadas con un significado distinto del normal; adjetivos y verbos utilizados sin respetar la concordancia de género y número; pronombres usados de manera ilógica y agramatical; y pre- dicados que, en ciertos pasajes en rima, están demasiado alejados del sujeto. En estas y otras irregularidades del lenguaje semejantes se han basado los críticos que niegan la elocuencia del Corán. [...] En resumen, se han señalado en el Corán más de cien desviaciones de las reglas normales.13

¿Y qué hay respecto a la pretensión de que el contenido es milagroso? A semejanza de Ibn Kammuna, Ali Dashi señala que el Corán

no contiene nada nuevo, ninguna idea que no haya sido expresada antes por otros. Todos los preceptos morales del Corán son obvios y reconocidos por el común de las gentes. Todas las historias que incluye están tomadas tal cual o con ligerísimas modificaciones de la tradición judía o cristiana, a cuyos rabinos y monjes consultó Mahoma en sus viajes a Siria, o bien de relatos conservados por los descendientes de los pueblos de «Ad y Tamud». [...] No obstante, en el ámbito de las enseñanzas morales el Corán no puede considerarse milagroso. Mahoma repitió principios que la humanidad había concebido siglos antes y en muchas partes. Confucio, Buda, Zoroastro, Sócrates, Moisés y Jesús habían dicho cosas semejantes. [...] Muchos de los deberes y ritos del islamismo son continuaciones de prácticas que los árabes paganos habían tomado de los judíos.14

Dashti ridiculiza los aspectos supersticiosos de muchos rituales, en especial del que tiene lugar durante el peregrinaje a la Meca. El propio Mahoma aparece como un personaje taimado que cae en los asesinatos políticos, el homicidio y la eliminación de todos sus oponentes. Entre los seguidores del profeta, los asesinatos se consideraban «servicios al isla- mismo». Dushti analiza la posición de la mujer en el islamismo y reconoce la condición inferior a que se la reduce. Critica igualmente la doctrina musulmana de Dios. El Dios del Corán es cruel, colérico y soberbio, características todas que distan de ser admirables. Por último, es absolutamente evidente que el Corán no es la palabra de Dios ya que contiene numerosos casos en que se confunde la identidad de los dos que hablan, Dios y Mahoma.

Dashti murió en 1984 tras haber pasado tres años encerrado en las prisiones de Jomeini, donde sufrió torturas a pesar de su avanzada edad de ochenta y tres años. Antes de morir le dijo a un amigo: «Si el sha hubiera permitido que se publicaran libros como éste y que la gente los leyera, nunca habríamos tenido una revolución islámica.»15

 

Ali Abd al-Raziq, un jeque de la famosa Universidad Islámica de al-Azhar de El Cairo, publicó en 1925 su libro El islamismo y los principios de gobierno.16 En él fundamenta la necesidad de separar religión y política, basándose en su convencimiento de que eso es lo que predica real- mente el islamismo. Su punto de vista se consideró inaceptable, y al- Raziq fue juzgado por un tribunal de jeques que lo encontró culpable de impiedad. En consecuencia, lo despidieron de la Universidad y le prohibieron ocupar cualquier cargo religioso.

Otro graduado de al-Azhar fue Taha Husayn, un hombre de letras egipcio.17 Educado también en Francia, adquirió una mentalidad escéptica. Como era inevitable, a su regreso a Egipto sometió a severa crítica las anacrónicas tradiciones. Las opiniones de Husayn resultaron inaceptables para el estamento religioso, y se lo obligó a renunciar a sus cargos públicos. En su libro La poesía preislámica había escrito que el hecho de que Abraham e Ismael aparecieran en el Corán «no era suficiente para establecer su existencia histórica».

En abril de 1967,18 justo antes de la Guerra de los Seis Días, en la revista militar Jayash ash-Sha'b se publicó un artículo que no sólo atacaba al islamismo sino también a Dios y a la religión en general, a los que tilda- ba de «momias a las que habría que recluir en los museos de antigüedades». En un episodio similar al vivido por Ibn Kammuna, las muchedumbres invadieron las calles de las principales ciudades de Siria, y el desorden derivó en violencia, ataques y arrestos.

Cuando el viejo truco de achacar el incidente a una conspiración sionista y norteamericana resultó infructuoso para aplacar la violencia, el autor del artículo, Ibrahim Khalas, y dos de sus colaboradores de la revista fueron juzgados por una corte marcial, que los declaró culpables y los condenó a prisión perpetua con trabajos forzados. Afortunadamente, acabaron por ser puestos en libertad.

En 1969, tras la terrible derrota sufrida por Egipto a manos de Israel, un intelectual sirio marxista hizo una brillante crítica del pensamiento religioso. Sadiq al-Azm19 estudió en la Universidad Norteamericana de Beirut, se doctoró en filosofía en la Universidad de Yale y publicó un estudio sobre el filósofo inglés Berkeley. Las devastadoras críticas de al-Azm al islamismo y la religión despertaron la ira del estamento sunita de Beirut, y se lo juzgó por provocar disturbios religiosos. Resultó exculpa- do, tal vez gracias a las conexiones políticas de su distinguida familia política siria. No obstante, al-Azm juzgó prudente retirarse al exilio durante un tiempo.

Sadiq al-Azm criticaba a los dirigentes árabes por no desarrollar las facultades críticas de su pueblo, y les reprochaba su propia actitud des- provista de crítica hacia el islamismo y su anacrónico modo de pensar. Los reaccionarios árabes utilizaban el pensamiento religioso como una arma ideológica, pero ninguno sometía su pensamiento a

un análisis crítico y científico que revelara las falsedades de que se servían para explotar al pueblo árabe. [...] [Los dirigentes] se abstenían de toda crítica a la herencia árabe social e intelectual. [...] Con el pretexto de salvaguardar las tradiciones populares así como los valores, el arte, la religión y la moral, se empleó el esfuerzo cultural del movimiento de liberación árabe para proteger las anticuadas instituciones y el pensamiento y cultura medievales de una ideología oscurantista.20

Los musulmanes deben afrontar el reto de los desarrollos científicos de los últimos ciento cincuenta años. El conocimiento científico está abiertamente reñido con varios aspectos de las creencias religiosas musulmanas. Pero la diferencia fundamental es una cuestión de metodología: el islamismo se basa en una fe ciega y una aceptación absoluta de los textos en que se fundamenta la religión, mientras que la ciencia se basa en el pensamiento crítico, la observación y la deducción, y en resultados coherentes y contrastados con la realidad. No podemos continuar manteniendo una postura no crítica ante el pensamiento religioso: es imperioso analizar todos los textos sagrados de una manera científica. Sólo entonces dejaremos de mirar hacia atrás y sólo entonces la religión dejará de ser una justificación oscurantista para el statu quo intelectual y político.

 

El libro de Sadiq al-Azm es sin duda importante y merece ser más conocido; pero, por lo que sé, aun no ha sido traducido de su versión original árabe. Más recientemente, Sadiq al-Azm ha defendido valientemente a Rushdie en un artículo aparecido en Die Welt des Islams (núm. 31, año 1991).

 

Otro intento de reformar el islamismo desde dentro acabó también de un modo trágico. El teólogo sudanés Mahmud Muhammad Taha21 intentó restar importancia al Corán como fuente de la ley. Taha creía que era ya tiempo de elaborar nuevas leyes que satisficieran cumplidamente las necesidades de la gente en el siglo veinte. Para propagar sus ideas, Taha fundó una Hermandad Republicana. Las autoridades religiosas de Jartum no acogieron bien las ideas de Taha y en 1968 lo declararon culpable de apostasía, lo cual, según la ley islámica, se castiga con la muerte. Quemaron todos sus escritos, pero Taha consiguió eludir la ejecución durante diecisiete años. Finalmente se le inició otro juicio y en enero de 1985, cuando contaba setenta y seis años, fue ahorcado en la plaza pública de Jartum.

Tal vez el musulmán contemporáneo más famoso entre los citados por Pipes sea Mu'ammar al-Qaddafi,22 el líder libio, cuyas declaraciones públicas sobre Mahoma, el Corán y el islamismo constituyeron una blasfemia de mucho mayor alcance que todas las vistas hasta aquí. Qaddafi restringió el ámbito de acción de la sharia a la esfera privada, y promulgó públicamente sus propias ideas. Cambió el calendario islámico, tildó de «cándidos y necios» a los peregrinos a La Meca, criticó al profeta Mahoma y proclamó que sus logros personales eran mayores que los del profeta. Mostró, pues, un completo escepticismo respecto a la verdad del Corán e incluso respecto a los detalles de la vida del profeta. Si bien los líderes religiosos lo calificaron de enemigo del islamismo y lo condenaron por sus «perjurios y mentiras», no se reclamó su muerte ni se prohibió ninguno de sus escritos.

Otros dos escépticos 23  expresaron sus dudas acerca de la capacidad del islamismo para ofrecer soluciones a los problemas de la época moderna. Nur Farwaj, un abogado de El Cairo, escribió en 1986 un artículo en el que criticaba la sharia, la ley islámica, y la calificaba como «una colección de reglas tribales reaccionarias, inapropiada para las sociedades contemporáneas». En ese mismo año, otro abogado y ensayista egipcio, Faraj Fada, publicó un panfleto con el contundente título de «No a la sharia». Defendía en él la separación de la religión y el Estado, basándose en que el islamismo no puede ofrecer el marco constitucional laico necesario para el desarrollo de un Estado moderno. El polémico ensayo de Fada alcanzó un gran éxito y llegó a rivalizar en popularidad con los escritos del dog- mático jeque Kashk. Se tradujo al turco, el persa, el urdu y a otras lenguas del mundo islámico.

Es digno de mención también otro trabajo publicado antes de febrero de 1989. En L'Islam en questions [Preguntas sobre el islam] (Grasset, 1989), veinticuatro escritores árabes respondieron a las cinco preguntas siguientes:

1. ¿Conserva el islamismo su vocación universal?

2. ¿Puede el islamismo ser un sistema de gobierno de un Estado moderno?

3. ¿Un sistema islámico de gobierno es un paso obligatorio en la evolución de los pueblos árabes e islámicos?

4. La «vuelta al islamismo» que se observa en los últimos diez años en la mayoría de los países musulmanes ¿es algo positivo?

5. ¿Cuál es hoy día el principal enemigo del islamismo?

Las respuestas muestran claramente que, a juicio de la mayoría de estos intelectuales, el islamismo no es la respuesta a los problemas socia- les, económicos y políticos imperantes en el mundo islámico. La mayor parte de ellos defiende con fervor un Estado laico. Nueve escritores con- testaron rotundamente que no a la pregunta de si el islamismo podía ser un sistema de gobierno de un Estado moderno. Otros seis se manifestaron con igual contundencia a favor de un Estado laico. Y aquellos que contestaron afirmativamente a esta pregunta condicionaron su respuesta con consideraciones tales como «siempre y cuando se respeten los derechos», «a condición de que se haga una interpretación moderna del isla- mismo» y otras semejantes. Prácticamente todos consideraron que la «vuelta al islamismo» era un hecho negativo y que el fanatismo religioso era el peor peligro a que se enfrentaban todos los musulmanes. Uno de los escritores interrogados fue Rachid Boudjedra, novelista, dramaturgo, ensayista, comunista y ateo confeso, quien ha hecho durísimos comenta- rios24 sobre la religión en Argelia y ha denunciado la hipocresía de la mayoría de los «creyentes» —un ochenta por ciento—, que sólo rezan o fingen rezar en el mes del Ramadán, el sagrado mes de ayuno; que hacen el peregrinaje a la Meca sólo por el prestigio social; que beben alcohol y fornican, y no obstante se proclaman buenos musulmanes. A la pregunta de si el islamismo podía ser un sistema de gobierno de un Estado moderno, Boudjedra contestó tajantemente:

No, rotundamente no. Es imposible, y no se trata sólo de una opinión personal sino de un hecho objetivo. Se comprobó cuando Nemeiri [líder del Sudán] quiso aplicar la sharia: no funcionó. El experimento terminó bruscamente después de que se cortaron algunos pies y manos. [...] Incluso entre los propios musulmanes hay una reacción contra este tipo de cosas. La lapidación de las mujeres, por ejemplo, difícilmente se lleva a cabo, excepto en Arabia Saudí, y aun así ocurre muy rara vez. [...] El islamismo es absolutamente incompatible con un Estado moderno. [...] No, no creo que el islamismo pueda ser un sistema de gobierno.

En general se desconoce que desde 1983 hay una fatwa dictada contra Boudjedra, el cual sigue viviendo en Argelia a pesar de las amenazas de muerte, donde trata de llevar una vida lo más normal posible y se desplaza de un lado a otro siempre oculto bajo un disfraz. Para agravar sus «errores», en 1992 Boudjedra escribió un ataque feroz contra el FIS —el partido islamista, que intentaba ganar las elecciones de ese año— en el que los acusó de ser un partido extremista y antidemocrático y llegó incluso a compararlos con el partido nazi de los años treinta. Boudjedra manifiesta un gran desdén hacia quienes guardan silencio y hacia quienes no sólo se abstienen de criticar a los islamistas sino que pretenden que hay algo «positivo» en su regresión a la época medieval. La fatwa de 1983 condujo naturalmente a la fatwa de 1989.

 

Notas

8. Ibn Kammuna, «Introducción», p. 8.

9. Ibíd., pp. 145 ss.

10. Ibíd., p. 3, nota 5.

11. Ali Dashti, p. 10.

12.Ibíd., p. 48.

13.Ibíd., p. 50.

14.Ibíd.,p. 56.

15. AmirTaheri, p. 290.

16. Pipes, p. 74.

17. Ibíd., p. 75.

18. Ibíd., p. 75.

19. Ibíd., p. 75.

20.Donohue y Esposito, p. 114.

21. Pipes, pp. 75-76.

22. Ibíd., pp. 79-80.

23. Amir Taheri, p. 212.

24. Barbulesco y Cardinal, pp. 203-214.

 

 

En Por qué no soy musulmán (1995)

Trad. Susana Rodríguez-Vida

Barcelona, Planeta, 2003

 

 

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