15 ene. 2010

Guillermo Cabrera Infante – Muerte de un autómata





Guillermo Cabrera Infante

Las ventanas no tienen cristales sino celosías. La luz de la bujía parece que se apaga sin haber aire. Pero no se apaga, sólo pestañea como un enfermo que tuviera miedo de quedarse muerto. Hace un calor de todos los demonios en esta ciudad infernal y sin embargo estoy temblando debajo de estas sábanas.

¿Dónde estará el Maestro? No creo que se haya ido de la ciudad dejándome aquí solo entre estas sábanas sudadas. ¿o es un sudario?

Pero el Maestro se fue, después del fiasco. La culpa no es suya sino del otro, del que escribió, casi elogiándolo: En todas partes donde lo han visto ha provocado una intensa curiosidad en las personas que piensan. Parece un elogio pero no lo es, créanme, no lo es. Yo me sé todas sus palabras. Se me quedaron en la memoria desde el día que las publicó. Sin embargo atacó su "modus operandi". Eso fue lo que dijo, "modus operandi", como si todo el mundo hablara latín. Pero ahí fue que comenzó la caída. No tienen escrúpulos en declarar que el autómata es una pura máquina, insinuando ya que yo estaba dentro, sin decirlo todavía. Un chocolate caliente, eso es lo que me haría falta para quitarme este frío. Quiero un chocolate caliente pero cómo hacerme entender por esta gente. Ahora nadie habla alemán excepto, tal vez, en Alemania. Pero no viene nadie. Llevo horas aquí solo en este cuarto. Adoptando esta hipótesis, dijo. Eso fue lo que dijo. No tesis sino hipótesis. Adoptando esta hipótesis sería torpemente absurdo comparar al jugador de ajedrez con cualquier cosa semejante. Incomparable: eso es lo que siempre fue, pero ya no lo será más después del artículo, que publicó en inglés. Pero yo lo leí. Lo leí porque sé inglés. Cualquiera sabe inglés menos la gente en este hotel. Incomparable es aunque no lo será más después del artículo cuando el público se volvió inquisidor, lleno de escepticismo, que es como una enfermedad infecciosa. Escépticos ahora donde antes no había más que creyentes, fieles. "Eine Schokolade, bitte". Es inútil: en esta ciudad el alemán es una lengua muerta.

La bujía parece que se apaga otra vez y el cuarto se hace más oscuro. Apenas veo los bordes de la cama. Menos mal que no es muy grande: los nativos son más bien pequeños. Aunque pocos llegan a mi tamaño aquí y en otras partes del mundo civilizado. No obstante han existido muchos y maravillosos autómatas, eso dijo. Pero el Maestro, embriagado con los elogios y el champán, no me hizo caso cuando le dije que debíamos suspender la función. Él nunca me ha hecho caso por otra parte pero en esa ocasión fue de veras soberbio, gritando: "!Yo soy el gran Maelzel¡". Y ya se sabe, la soberbia viene inmediatamente antes de la caída. Pero, sin soberbia, puedo decir que soy imprescindible. Al menos le era imprescindible. Con todo espero que no se haya ido de la ciudad dejándome detrás. ¿Cuánto tiempo llevo encerrado en este cuarto que es una celda? Su techo es tan alto que ahora no veo el cielorraso. ¿Dos? ¿Tres días? No puedo decir. El jugador de ajedrez es una pura máquina y realiza sus operaciones sin ninguna intervención humana inmediata. Eso dijo. Claro que quería decir todo lo contrario: Ninguna jugada del jugador de ajedrez es el resultado necesario de otra jugada cualquiera. Ya he dicho que me sé sus palabras de memoria. Eso es lo bueno que tengo yo: una gran memoria. Lo recuerdo todo. Recuerdo el artículo de principio a fin. Como recuerdo las jugadas. El principio del fin fue peón cuatro alfil. Ésa fue la movida del Maestro que fue una movida chueca. La pieza puesta, como se dice, en fárfara.

A la hora señalada para la exhibición, se descorre una cortina. !Dios cómo sudo¡ Aquí, allá dentro nunca sudaba. Ahora tengo las sábanas todas mojadas y sin embargo no hay frazada. ¿Qué clase de hotel es éste? Sé que dirán que estamos en el trópico y no se necesitan frazadas. Si pudiera levantarme a correr el mosquitero. Pero entonces volverían los mosquitos atraídos por la luz de la bujía. Apagar la bujía. Pero no me atrevo a hacerlo. No quiero quedarme solo en esta habitación a oscuras. La compañía de una bujía. "Echec".

Y la máquina rueda a unos doce pies de los espectadores más próximos, entre los cuales y la máquina, queda tendida una cuerda. Lo vio bien todo. Debe de haber venido muchas veces a ver nuestra función. Lo pasábamos de lo mejor antes, cuando llegamos de Europa, que teníamos un éxito tremendo. Lleno todas las noches. En las mejores ciudades: New York, Boston, Filadelfia. Todo lleno menos Chocolate, Chicago. Chocolate. Un chocolate caliente. Bien caliente, como en Madrid. En el hotel hablaban alemán. Siento como si tuviera arena y no sangre en las venas como en las corridas. Pero como si en las manos llevara los huesos por fuera, la masa por dentro. Como un cangrejo en la arena. Un cortinaje o paño verde oculta la espalda del turco y recubre en parte la cara anterior de los hombros. Mistez (recuerdo que había esa errata súbita en el artículo) Maelzel anuncia entonces a la reunión que va a poner ante su vista la maquinaria del autómata.

Es monótono, es monótono el tiempo. No es para pasarlo aquí en esta ciudad. Debíamos habernos quedado en el balneario, en los baños. "Baden". Baden Baden. Eran mejores que los de Austria. Todos llenos de señoras con grandes pamelas y los hombres vestidos de blanco. Hasta los sombreros eran blancos. "Panama hats". Así se llaman. Chocolate mejor que el té y que el café. Chocolate con buñuelos. Pero no, no tengo ganas de comer nada, solamente de tomar el chocolate a ver si se me va este frío de adentro. Estoy temblando debajo de estas sábanas, debajo de la sábana de taparse y el cubrecamas y todavía estoy temblando -y estamos en el trópico. Se supone.

Las celosías. Por entre las celosías se ven las hojas de una palmera. No hay nada de viento y las hojas están caídas, lacias y no se mueven. Aunque yo no las veo las imagino después de haberlas estado viendo todo el día como lo único vivo: las hojas de la palmera y por supuesto los mosquitos que atacan aun de día. Veo la ventana con celosías y detrás la palmera de hojas lánguidas. Es todo lo que se ve, a un lado y al otro la puerta y al otro el armario que crujió al abrirse. La habitación es muy grande para mí. Todo es grande para mí -puerta, armario, ventana- y me costó trabajo subir a la cama. Presenta el armario completamente abierto al examen de todos los espectadores. Es verdad. Así lo hace, lo hacía el Maestro. Ese hueco está en apariencia lleno de ruedas, piñones, poleas, palancas y demás mecanismos. Difícil. Dejando esta puerta abierta del todo, Maelzel pasa entonces por detrás de la caja y levantando el paño de la espalda de la figura abre otra puerta colocada justo detrás de la primera ya abierta. El Maestro tuvo suerte conmigo. Primero que yo cupiera. Luego que supiera. jugar. Además de mi memoria. Aunque ahora la estoy perdiendo. Debe de ser la fiebre. No, mentira: la estoy perdiendo antes de caer enfermo, aun antes de venir a esta isla. Es la preocupación que me bloquea la memoria. Pero todo comenzó con ese artículo. La cama es inmensa, el mosquitero llega hasta el cielorraso. No estoy acostumbrado a estar encerrado en tanto espacio.

Teniendo una bujía encendida delante de esa puerta y cambiando al mismo tiempo la máquina de sitio varias veces, hace penetrar así una viva luz por todo el armario, que aparece entonces lleno, lleno en absoluto de mecanismos. Chaumugra, aceite de chaumugra, pero mejor chocolate. Y el Maestro no viene. !No viene¡ Me ha dejado solo. Solo en esta isla con mosquitos. Tendría que aprender a nadar para salir de aquí. Tendría que buscar mi ropa. La ropa de aquí me queda grande, a pesar de que ellos, los isleños, no son muy altos tampoco. Pero la mía debe de estar en el armario. La puerta marcada con el número 1 quedó abierta, como se recordará... Sin embargo a la derecha de este compartimento, es decir a la derecha del espectador, existe una pequeña parte separada, de un ancho de seis pulgadas, ocupada por la fiebre. La fiebre me reduce aún más, me estoy quedando seco de tanto sudar y la fiebre me reduce la chaumugra y me reduce a mí. El interior de la figura, visto así por esas aberturas, parece repleto de mecanismos. No hay necesidad, no había ninguna necesidad de publicar todas esas cosas contra el amo. Y a él, ¿quién lo mete? Mister Maelzel, volviendo a colocar la máquina en su primera posición, informa ahora al público que el autómata jugará una partida de ajedrez con quien esté dispuesto a medirse con él. Gambito de caballo. Alfil cinco izquierda con la mano izquierda. Chaumugra y "echec", En general queda vencedor el Turco. jaque mate. La máquina rueda hacia atrás y una cortina la oculta a la vista del público. El primer ensayo de explicación escrita fue impreso en París. La hipótesis del autor es que un enano hacía mover la máquina. Después comenzó a faltar el público. Los movimientos del Turco no tienen lugar a intervalos regulares de tiempo. El mosquitero no me deja respirar, pero si lo quito vendrán entonces los mosquitos y me llenarán de ronchas como el primer día. En otras palabras: que el autómata no es una pura máquina.

La bujía, una bujía, más bujías durante la exhibición hay más bujías sobre la mesa del autómata. Pero no hay más que una bujía ahora que casi se apaga. Se apaga. Mientras el jugador de ajedrez estuvo en poder del barón Kempelen, se observó más de una vez que un italiano del séquito del barón no estaba nunca visible durante una partida. Enroque. Ese italiano declaraba una ignorancia total del juego de ajedrez. Nunca he declarado que no sé jugar ajedrez. Por otra parte nunca nadie me ha entrevistado. Entrevistado es un neologismo. La sangre, la vieja sangre, se hace espesa. Es obvio que no soy italiano. Ich bin ein berliner.

El autómata adquirido por Maelzel es aparentemente la misma máquina de Kempelen. Hay también un hombre llamado Schlumberger. Herr Schlumberger para usted, Poe. Le acompaña dondequiera pero no tiene otra ocupación que la de empacar y desempacar. Ese hombre viene a ser de una talla mediana. Je Je Je. Tiene los hombros notablemente encorvados. Describiéndome el señor Poe. Ése es su oficio. Pero además diciendo que en Richmond cuando yo caí enfermo se suspendieron las funciones. Diciendo que cuando yo en La Habana caí enfermo se suspendieron también las funciones. La explicación de la suspensión de la función (la rima no es mía sino del poeta) no fue la enfermedad, la enfermedad, otra enfermedad. Chaumugra. Dejemos las deducciones de todo esto, sin más comentarios, al lector. "Check mate". Curioso empleo del jaque que también quiere decir inspeccionen al compinche.

Herr Schlumberger, el verdadero jugador de la invención de MaeIzel, murió en La Habana de fiebre amarilla en 1838.

Johann Nepomuk Maelzel, el supuesto inventor del Turco (cuán cerca está esta palabra de truco), el autómata que jugaba al ajedrez y le ganaba a cualquier contendiente, arruinado después de la aparición del artículo de Poe "Maelzel.s Chess Player" y deprimido por la muerte de su socio Schlumberger, murió durante la travesía del barco que lo llevaba de La Habana a Nueva York. Músico notable, inventor del metrónomo y amigo personal de Beethoven, Maelzel ha pasado a la historia no de la música sino del fraude como un embaucador de genio.

Edgar Allan Poe, que desentrañó el misterio Maelzel con el equipo lógico que le caracterizaba (recuérdese que inventó el cuento de detección), murió en 1848, en un hospital de Baltimore después de haber sido encontrado inconsciente en una calle, tenía que ser, de mala muerte. El autómata quedó destruido por un fuego en 1854.

Todo está hecho con espejos. cuentos casi completos

Alfaguara

Foto: Lalo Borja Cabrera Infante en su casa en Londres