30 de dic. de 2009

Slavoj Žižek - Capitalistas, sí..., pero zen…

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Slavoj Zizek

En su episodio final de La Guerra de las Galaxias, George Lucas no escapa a la influencia de una versión occidental del budismo, la cual nos permitiría aceitar y participar en el engranaje de los mercados financieros mundiales, manteniendo una distancia interna hacia ellos.

La entrega final de la serie Star Wars [La Guerra de las Galaxias], Episodio III: La Venganza de los Sith (2005),[1] nos revela el momento crucial sobre el que pivota toda la saga, a saber, la conversión del “buen” Anakin Skywalker en el “malvado” Darth Vader, [así como el derrocamiento de la República por el Imperio Galáctico.] Su director, George Lucas, establecía así un paralelismo entre el individuo y la política.

En el momento crucial de la saga de La Guerra de las Galaxias, George Lucas establece un paralelismo entre el individuo y la política.

A nivel individual, su explicación recordaba a una especie de budismo pop: “Él [Anakin] se convierte en Darth Vader porque se apega a las cosas”, explica Lucas. “No consigue separarse de su madre; no consigue separarse de su novia. No consigue renunciar a las cosas. Ese apego se torna ávido. Y cuando eres ávido, estás en camino al Lado Oscuro, pues temes que vayas a perder lo que posees.”[2] Por contra, la Orden Jedi[3], como si de una nueva versión de la Comunidad del Grial (elogiada por el compositor Richard Wagner en su Parsifal) se tratase, aparece como una comunidad masculina cerrada que prohíbe a sus miembros cualquier forma de apego.

A nivel político, la explicación resulta aún más reveladora: “¿Cómo se convirtió la República en el Imperio? (Cuestión paralela: ¿Cómo se convirtió Anakin en Darth Vader?) ¿Cómo se convierte una democracia en una dictadura? No es porque el Imperio conquistara la República, sino que la República es el Imperio.”[4] El Imperio nace de la corrupción inherente a la República. Lucas explica que: “Un día, la princesa Leia y sus amigos se despertaron diciéndose, 'Ésta ya no es más la República, es el Imperio. Y nosotros somos ahora los malos'.”[5]

 

El nacimiento del Imperio

Cometeríamos un error si desconsideráramos las connotaciones contemporáneas que las referencias a la Roma antigua tienen en relación a la transformación de los Estados-nación en un Imperio mundial. Por lo tanto, es preciso situar la problemática de La Guerra de las Galaxias (el paso de la República al Imperio) exactamente en el contexto descrito por Antonio Negri y Michael Hardt en su libro Imperio,[6] con el paso del Estado nación a un Imperio mundial.

Existen connotaciones contemporáneas en referencia a la antigua Roma y la transformación de los Estados-nación en el Imperio global.

Las alusiones políticas en La Guerra de las Galaxias son múltiples y contradictorias. Son ellas las que le confieren a la serie su poder “mítico”: el Mundo Libre contra el Imperio del Mal; el debate sobre la noción de Estado-nación invocando las tesis de Pat Buchanan o de Jean-Marie Le Pen[7]; la contradicción que lleva a personas de clase aristocrática (princesas y miembros de la elitista Orden Jedi) a defender la República “democrática” contra el Imperio del Mal; y, finalmente, la toma de conciencia esencial de que “nosotros somos ahora los malos”.

Tal como lo expresan las películas de la saga, el Imperio del Mal no está en alguna otra parte, sino que su aparición depende de la manera en que nosotros, los “buenos”, lo combatimos. La cuestión concierne a la actual “guerra contra el terrorismo”: ¿cómo va a transformarnos esa guerra?

Star Wars Episodio I: La Amenaza Fantasma nos proporciona una pista crucial sobre las características “cristológicas” del joven Anakin: su madre sostiene que su nacimiento es fruto de una concepción inmaculada; la carrera de bólidos (vainas) que gana, y que evoca a la famosa carrera de carros de Ben-Hur, esa “fábula crística”).

 

Compasión budista y amor cristiano

El universo ideológico de La Guerra de las Galaxias remite al universo pagano de la Nueva Era.[8] Es lógico, por tanto, que la figura central del Mal se haga eco de la de Cristo. Desde una visión pagana, el advenimiento de Cristo es el escándalo supremo. En la medida en que diabolos (separar, desgarrar) es lo contrario de symbolos (reunir, unificar), el mismo Cristo se vuelve una figura diabólica en el sentido de que trae “la espada y no la paz” y perturba la unidad existente. Según el evangelista Lucas, Jesús habría declarado: “Si alguien viene a mí, y no odia a su padre y a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”.[9]

La posición budista es, en síntesis, de indiferencia, mientras el amor cristiano es una pasión que introduce una jerarquía en la relación entre los seres.

Es preciso tener en cuenta que la posición cristiana tiene una naturaleza diferente a la de la sabiduría pagana. El cristianismo, en sus comienzos, consideró como el acto más elevado lo que la sabiduría pagana condenaba como la fuente del mal, a saber, el acto de separar, de dividir, o de aferrarse a un elemento que compromete el equilibrio de todos los demás.

Esto significa que habría que oponer la compasión budista (o taoísta)[10] al amor cristiano. La posición budista es, en síntesis, de indiferencia -un estado en el cual todas las pasiones están reprimidas-, mientras que el amor cristiano es una pasión dirigida a introducir una jerarquía en el orden de relación entre los seres. El amor es violencia, y no solamente en el sentido del proverbio balcánico según el cual “si no me pega, no me ama”. La violencia del amor lleva a arrancar a un ser de su contexto.

 

Confusión ideológica

En marzo de 2005, el cardenal Narciso Bertone, en transmisión de Radio Vaticano, hizo una declaración condenando con firmeza la novela de Dan Brown El Código Da Vinci, a la que acusaba de estar basada en mentiras y de propagar falsas enseñanzas (como que Jesús se habría casado con María Magdalena, con la que habría tenido descendencia…) Lo ridículo de tal actitud no nos puede hacer perder de vista el hecho de que el contenido de su declaración es básicamente correcta. El Código Da Vinci inscribe al cristianismo en la Nueva Era con la rúbrica [de la restauración] del equilibrio entre los principios masculino y femenino.

El film paga por su fidelidad a los temas de la Nueva Era, no tanto por su confusión ideológica como también por su mediocridad narrativa.

Retornando a La Venganza de los Sith, el film paga por su fidelidad a esos temas de la Nueva Era, no sólo por su confusión ideológica sino, también, por su mediocridad narrativa: La transformación de Anakin en Darth Vader, momento capital de toda la saga, carece de la apropiada grandeza trágica. En vez de centrarse en el orgullo de Anakin visto como un deseo irresistible de intervenir, de hacer el Bien, de ir hasta el final por aquellos a los que ama (Amidala), extraviándose de este modo en el Lado Oscuro, Anakin es presentado simplemente como un guerrero indeciso que se va deslizando gradualmente hacia el Mal al sucumbir a la tentación de Poder bajo el influjo del maligno Emperador. Dicho de otra forma, George Lucas carece del valor para establecer realmente el paralelismo entre República-Imperio y Anakin-Darth Vader. Es la obsesión de Anakin por el Mal lo que [queriendo combatirlo] lo transforma en un monstruo.

¿Qué paralelismos hacer? En un momento en el que la tecnología y el capitalismo “europeos” triunfan a escala planetaria, la herencia judeo-cristiana, como “superestructura ideológica,” parece amenazada por el asalto del pensamiento “asiático” de corte Nueva Era. El taoísmo posee todas las bazas para volverse la ideología hegemónica del capitalismo mundial. Una suerte de “budismo occidental” se presenta ahora como remedio contra las tensiones de la dinámica capitalista. Ello permitiría que nos desengancháramos y conserváramos la paz y la serenidad interior, y funcionaría como un complemento ideológico perfecto [del capitalismo].

 

Solución escapista

La gente no es ya capaz de adaptarse al ritmo de progreso tecnológico y a las transformaciones sociales que lo acompañan. Las cosas cambian muy rápidamente. El recurso al taoísmo o al budismo ofrece una salida. En vez de intentar adaptarse al ritmo de las transformaciones, es mejor renunciar y “dejar ir”, manteniendo cierta distancia interior en relación a esa aceleración, la cual nada dice sobre el núcleo más profundo de nuestro ser.

En vez de intentar adaptarse, es mejor renunciar y “dejar ir”, manteniendo cierta distancia interior en relación a la aceleración del mundo tecnológico.

Ahora estaríamos casi tentados de utilizar de nuevo el cliché marxista de la religión como “opio del pueblo”, o sea, como complemento imaginario a la miseria terrena. De esta forma, el “budismo occidental” aparece como una manera de lo más eficaz de participar plenamente de la dinámica capitalista, manteniendo la apariencia de salud mental.

Si precisásemos encontrar un correlato del Episodio III de La Guerra de las Galaxias, estaríamos tentados de proponer el documental de Alexander Oey, Sandcastles: Buddhism and Global Finance [Castillos de Arena: El Budismo y las Finanzas Mundiales], un indicador maravillosamente ambiguo de las dificultades de nuestra situación ideológica actual. En el se combinan los comentarios del economista Arnoud Boot, la socióloga Saskia Sassen y el maestro budista tibetano Dzongzar Khyentse Rinpoche.

Sassen y Boot discuten sobre el alcance, el poder y los efectos del sistema financiero mundial. En pocas horas, los mercados de capitales pueden hacer subir o bajar el valor de las sociedades y de economías enteras. Khyentse Rinpoche les replica con consideraciones sobre la naturaleza de la percepción humana: “Libérate de tu apego a algo que sólo es una percepción y que no existe en realidad,” declara. Por otro lado, Saskia Sassen afirma: “El sistema financiero mundial es esencialmente un conjunto de movimientos continuos.”

 

Exuberancia ilusoria

Desde el punto de vista budista, la exuberancia de la riqueza financiera mundial es ilusoria, apartada de la realidad objetiva: el sufrimiento humano engendrado por las transacciones realizadas en las cámaras mercantiles y consejos administrativos, invisibles para la mayoría de nosotros. ¿Qué mejor prueba del carácter insustancial de la realidad que una gigantesca fortuna que puede reducirse a nada en pocas horas? ¿Por qué lamentar que las especulaciones sobre los mercados están “apartadas de las realidades objetivas” cuando el principio fundamental de la ontología budista enuncia que no hay “realidad objetiva”?

¿Qué mejor prueba del carácter no sustancial de la realidad, que una gigantesca fortuna que puede ser reducida a la nada en pocas horas?

Ese documental proporciona así una clave para La Venganza de los Sith. La lección crítica a aprender es que no nos debemos comprometer en cuerpo y alma con el juego capitalista, sino que podemos hacerlo manteniendo una distancia interna. Pues el capitalismo nos pone ante el hecho de que la causa de nuestra subyugación no es una realidad objetiva como tal (que no existe), sino nuestro deseo, nuestra avidez por las cosas materiales y el excesivo apego que depositamos en ellas. Por consiguiente, lo que nos resta hacer es renunciar a nuestro deseo y adoptar una actitud de paz interior. No es sorprendente que un tal budismo-taoísmo pueda funcionar como complemento ideológico de la globalización liberal: nos permite participar del sistema manteniendo al mismo tiempo una distancia interna... Capitalistas, sí, pero desapegados, zen...

 

[1] Esta epopeya cinematográfica de ficción científica comprende seis películas, divididas en dos trilogías. La primera trilogía: La Amenaza Fantasma (1999), El Ataque de los Clones (2002) y La Venganza de los Sith (2005). La segunda trilogía: La Guerra de las Galaxias, Una Nueva Esperanza (1977), El Imperio Contrataca (1980) y El Retorno del Jedi (1983).

[2] Citado en “Dark Victory”, Time Magazine, 22 de abril de 2002.

[3] La Orden Jedi, en La Guerra de las Galaxias, es un grupo de individuos que tienen en común la creencia y respeto por la Fuerza, una especie de poder extra-sensorial que permite comprender y modificar en ambiente. Los enemigos jurados de los Jedi son los Sith.

[4] Time Magazine, op. cit.

[5] Time Magazine, op. cit.

[6] Editado en Brasil por la Editorial Record, 2001. Editado en italiano por Rizzoli, 2000.

[7] Patrick J. Buchanan, editorialista católico ultra-conservador, candidato a la presidencia de los Estados Unidos en el 2000. Jean-Marie Le Pen, líder del ultraderechista partido francés Frente Nacional.

[8] Síntesis pseudofilosófica que surgió en California en los años 1980, y que intenta responder a las cuestiones sobre la vida evocando confusamente ángeles, extraterrestres, esoterismo, simbolismo, sabidurías orientales, vidas pasadas, experiencias psíquicas, etc.

[9] Evangelio según san Lucas, 14, 26.

[10] Sistema de pensamiento religioso y filosófico, el taoísmo constituye un sincretismo que se desarrolla en China en el siglo VI a. C. Como budismo, se volvió en una de las grandes religiones chinas. El taoísmo se muestra más preocupado por el individuo, con su conciencia y su vida espiritual más que especulativa, en la búsqueda de una armonía con la naturaleza y con el universo.

 

Artículo publicado originalmente en la edición en español de Le Monde Diplomatique, mayo de 2005

Traducción: Kepa Egiluz

 

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29 de dic. de 2009

Marcel Schwob: Empédocles, dios supuesto

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Marcel Schwob Nadie sabe cuál fue su cuna ni cómo llegó a esta tierra. Apareció en las cercanías de las orillas doradas del río Acragas, en la bella ciudad de Agrigento poco después del tiempo en que Jerjes hizo azotar al mar con cadenas. La tradición refiere solamente que su abuelo se llamaba Empédocles; nadie lo conoció. Sin duda esto ha de entenderse como que era hijo de sí mismo, tal como cuadra a un Dios. Pero sus discípulos aseguran que antes de recorrer en su gloria los campos de Sicilia, ya había pasado por cuatro existencias en nuestro mundo, y que había sido planta, pez, pájaro y muchacha. Llevaba un manto de púrpura sobre el cual caían sus largos cabellos, alrededor de la cabeza una banda de oro, en los pies sandalias de bronce y en las manos guirnaldas trenzadas de lana y de laureles.

Por la imposición de sus manos curaba a los enfer­mos y recitaba versos a la manera homérica, con acen­to pomposo, subido a un carro y con la cabeza levan­tada hacia el cielo. Mucha gente de pueblo lo seguía y se prosternaba ante él para escuchar sus poemas. Bajo el cielo puro que alumbra los trigales, los hom­bres llegaban de todas partes a Empédocles, con sus brazos cargados de ofrendas. Él los dejaba boqui­abiertos cantándoles la bóveda divina, hecha de cristal, la masa de fuego a la que llamamos sol y el amor, que lo contiene todo, semejante a una vasta esfera.

Todos los seres –decía– no son sino pedazos des­prendidos de esa esfera de amor en la cual se insinuó el odio. Y lo que llamamos amor es el deseo de unirnos y de fundirnos y de confundirnos, como estábamos an­tes, en el seno del dios globular que la discordia rom­pió. Invocaba el día en que la esfera divina se in­flaría después de todas las transformaciones de las almas. Pues el mundo que conocemos es obra del odio y su disolución será obra del amor. Así cantaba por las ciudades y por los campos; y sus sandalias de bronce llegadas de Laconia tintineaban en sus píes y delante de él sonaban címbalos. Mientras tanto, de las fauces del Etna surgía una columna de humo ne­gro que echaba su sombra sobre Sicilia.

Semejante a un rey del cielo, Empédocles estaba envuelto en púrpura y ceñido de oro, mientras que los pitagóricos iban con sus leves túnicas de lino, con calzado hecho con papiros. Se decía que sabía hacer desaparecer las legañas, disolver los tumores y sacar los dolores de los miembros; se le suplicaba que hiciese cesar las lluvias o los huracanes; conjuró las tempestades en un círculo de colinas; en Selinonte echó a la fiebre volcando dos ríos en el lecho de un tercero; y los habitantes de Selinonte lo adoraron y le levantaron un templo y acuñaron medallas en las cuales su imagen estaba colocada cara a cara con la imagen de Apolo.

Otros sostienen que fue adivino instruido por los magos de Persia, que dominaba la necromancia y la ciencia de las hierbas que vuelven loco. Un día, cuan­do cenaba en lo de Anquitos, un hombre furioso irrum­pió en la sala, la espada en alto. Empédocles se incor­poró, tendió el brazo y cantó los versos de Homero sobre la nepenta que da la insensibilidad. E inme­diatamente la fuerza de la nepenta aferró al furioso, y éste quedó inmóvil, con la espada en el aire, olvidado de todo, como si hubiese bebido el dulce veneno mez­clado con el vino espumoso de una crátera.

Los enfermos iban a él en las afueras de las ciuda­des y era rodeado por una multitud de miserables. Había mujeres mezcladas en su séquito. Besaban los bordes de su capa preciosa. Una de ellas se llamaba Panthea, era hija de un noble de Agrigento. Debía ser consagrada a Artemis, pero huyó lejos de la fría esta­tua de la diosa y consagró su virginidad a Empédocles. Nunca se vieron signos de su amor, pues Empédocles preservaba su insensibilidad divina. No profería pa­labras como no fuera en metro épico y en el dialecto de Jonia, a pesar de que el pueblo y sus fieles se valiesen sólo del dórico. Todos sus gestos eran sa­grados. Cuando se acercaba a los hombres era para bendecirlos o para curarlos. Casi todo el tiempo per­manecía silencioso. Ninguno de aquellos que lo seguían pudo jamás sorprenderlo en medio del sueño. Se lo vio sólo majestuoso.

Panthea iba vestida de fina lana y de oro. Peinaba sus cabellos a la rica moda de Agrigento, donde la vida se deslizaba blandamente. Sostenía sus senos una almilla roja y las suelas de sus sandalias estaban perfumadas. Por lo demás, era bella y larga de cuerpo y de color muy deseable. Era imposible asegurar que Empédocles la amase, pero tuvo piedad de ella. En efecto, el soplo asiático engendró la peste en los cam­pos sicilianos. Muchos hombres fueron tocados por los dedos negros del flagelo. Y hasta los cadáveres de los animales cubrían los bordes de las praderas y por un lado y otro se veía ovejas peladas, muertas con el hocico vuelto hacia el cielo, con sus costillas salientes. Y Panthea comenzó a languidecer por esta enfer­medad. Cayó a los pies de Empédocles y no respiraba más. Aquellos que la rodeaban levantaron sus miem­bros rígidos y los bañaron en vinos y aromas. Desata­ron la almilla roja que ceñía sus jóvenes senos y la envolvieron con vendas. Y su boca entreabierta fue cerrada con un broche y sus ojos huecos ya no con­templaban la luz.

Empédocles la miró, desprendió el círculo de oro que le ceñía la frente y se lo impuso. Depositó en sus senos la guirnalda de laurel profético, cantó versos desconocidos sobre la migración de las almas y le ordenó por tres veces que se levantara y anduviera. La muchedumbre estaba llena de terror. Al tercer llamado, Panthea salió del reino de las sombras y su cuerpo se animó y se irguió sobre sus pies, todo en­vuelto en las vendas funerarias. Y el pueblo vio que Empédocles era evocador de los muertos.

Pasiánates, padre de Panthea, acudió a adorar al nuevo dios. Se tendieron mesas bajo los árboles de sus campos para ofrecerle libaciones. A los lados de Empédocles había esclavos que sostenían grandes an­torchas. Los heraldos proclamaron, como en los misterios, el silencio solemne. De pronto, la tercera ve­lada, las antorchas se apagaron y la noche envolvió a los adoradores. Y hubo una voz fuerte que llamó: ¡Empédocles! Cuando se hizo la luz, Empédocles ha­bía desaparecido. Los hombres no volvieron a verlo. Un esclavo espantado contó que había visto una saeta roja que surcaba las tinieblas hacia la cima del Etna. Los fieles treparon las cuestas estériles de la montaña a la luz melancólica del alba. El cráter del volcán vomitaba un haz de llamas. Se encontró, en el poroso brocal de lava que rodea el abismo ardiente, una sandalia de bronce retorcida por el fuego.

 

 

En Vidas imaginarias

Julio Pérez Millán

 

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28 de dic. de 2009

Jules Michelet – Los aquelarres, la misa negra

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Jules Michelet por Felix Nadar Jules Michelet por Felix Nadar

 

Hay que decir los aquelarres (sabbats). Esta palabra, evidentemente ha designado cosas muy diversas según la época. Nosotros no tenemos desgraciadamente descripciones detalladas hasta bastante tarde (en tiempos de Enrique IV).(1)

En este momento el sabbat no era más que una gran farsa libidinosa hecha bajo el pretexto de brujería. Pero, en las descripciones mismas de una cosa tan deformada, algunos rasgos muy antiguos testimonian las épocas sucesivas, las formas diferentes por las que había pasado el aquelarre.

*

Podemos partir de la idea, bien segura, de que, durante siglos el siervo llevó la vida del lobo y del zorro, que este hombre fue un animal nocturno, quiero decir, que actuaba lo menos posible durante el día, que verdaderamente no vivía más que de noche.

Hasta el año 1000, mientras el pueblo podía crear sus santos y sus leyendas, la vida durante el día no carecía de interés para el siervo. Sus sábados nocturnos no eran entonces más que un leve resto de paganismo. El hombre honraba, temía a la luna que influía sobre los bienes de la tierra. Las viejas le eran devotas y encendían pequeños cirios para Dianom (Diana-Luna-Hécate). Siempre las lupercales* perseguían a las mujeres y a los niños es verdad que ahora bajo la máscara, el negro rostro del resucitado Arlequín. Se festejaba exactamente el Pervigilium Veneris (o 1° de mayo). En la fiesta de San Juan se mataba el carnero de Príapo-Baco-Sabasio, para celebrar a los sabasios. No había burla alguna en todo esto. Éste era el inocente carnaval del siervo.

Pero, hacia el año 1000, la Iglesia quedó casi cerrada para el siervo a causa de la diferencia de idioma. En 1100 los oficios se volvieron ininteligibles. De los misterios que se representaban en los atrios de las iglesias, lo que el siervo recordaba mejor era el lado cómico, el buey y el asno, etcétera. Realizó así sus fiestas de Navidad, pero éstas eran cada vez más y más irrisorias (verdadera literatura sabática).

*

¿Puede creerse que las grandes y terribles rebeliones del siglo XII no tuvieron influencia en estos misterios y en esta vida nocturna del lobo, del lobizón, de esa presa salvaje, como lo llamaban los crueles barones? Esas rebeliones pudieron muy bien iniciarse en las fiestas nocturnas. Las grandes comuniones de rebeldía entre los siervos (en las que bebían unos la sangre de los otros, o comían la tierra en lugar de hostia) (2) pudieron muy bien celebrarse durante el aquelarre. La Marsellesa de esta época cantada de noche más que de día, es quizás el canto sabático:

“Somos hombres como ellos,

Tenemos un corazón igualmente grande,

Podemos sufrir igualmente”

Pero la piedra del sepulcro vuelve a caer en 1200. El papa se sienta encima, el rey se sienta encima y, con una pesadez enorme, confinan al hombre. ¿Tiene éste ahora alguna vida nocturna? Con tanto más motivo. Las antiguas danzas paganas debieron ser entonces mucho más furiosas. Nuestros negros de las Antillas, después de un día de horrible calor, fatigados, se van a bailar a seis leguas del lugar donde trabajan. Lo mismo hacían los siervos. Pero a las danzas debieron mezclarse alegrías de venganza, farsas satíricas, burlas y caricaturas del señor y del sacerdote. Surge así una literatura nocturna que no sabía ni una palabra de la literatura del día y mucho de las fábulas burguesas.

*

He ahí el sentido de los aquelarres antes de 1300. Para que los aquelarres tomaran la forma sorprendente de una guerra declarada al dios de ese tiempo, era necesario todavía mucho más. Eran necesarias dos cosas: no solamente descender al fondo de la desesperación, sino haber perdido todo respeto.

Esto sucedió en el siglo XIV, bajo el papado de Avignon y durante el Gran Cisma, cuando la Iglesia, con dos cabezas no parecía ser ya la Iglesia, cuando toda la nobleza y el rey, vergonzosamente prisioneros de los ingleses, exterminaron al pueblo para extraerle su rescate. Los aquelarres tienen entonces la forma grandiosa y terrible de la Misa Negra, del oficio al revés, donde se desafía a Jesús, donde se le ruega que destruya con el rayo si es que puede hacerlo. Este drama diabólico hubiera sido imposible en el siglo XIII, donde hubiera provocado horror. Y más tarde en el siglo XV, cuando todo estaba gastado, hasta el dolor, este surtidor no hubiera podido brotar. Nadie se hubiera atrevido a esta creación monstruosa. Esta creación pertenece al siglo de Dante.

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Creo que esto se hizo de golpe; fue la explosión de una furia genial que hizo subir la impiedad a la altura de las cóleras populares. Para comprender lo que eran estas cóleras es necesario recordar que el pueblo criado, educado por el mismo clero en la creencia y en la fe de los milagros, bien lejos de imaginar la fijeza de las leyes de Dios, había aguardado, esperado un milagro durante siglos, y este milagro no se había producido jamás. El pueblo lo pedía en vano, en el día desesperado de la suprema necesidad. El cielo a partir de entonces se le apareció como aliado de sus feroces verdugos, y él mismo se convirtió en feroz verdugo.

De ahí la Misa Negra y la Jacquería.

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En el cuadro elástico de la Misa Negra pueden colocarse mil variantes de detalle; pero la Misa Negra está firmemente construida y yo creo es de una sola pieza.

He logrado reencontrar este drama en 1857 (Historia de Francia). Lo he recompuesto en sus cuatro actos, cosa que no era muy difícil. Sólo que, en esa época, dejé demasiado los grotescos adornos que el aquelarre recibió en los tiempos modernos, y no precisé el viejo cuadro, tan sombrío y tan terrible.

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Este cuadro está fechado fuertemente por ciertos rasgos atroces de una edad maldita, pero también por el lugar dominante que tuvo en él la mujer,  gran personaje del siglo XIV.

La singularidad de este siglo está en que la Mujer, muy poco liberada, reina sin embargo de cien maneras violentas. En primer lugar ella heredaba feudos; ella aportaba reinos al rey. La Mujer reinaba aquí abajo, y todavía más reinaba en el cielo. María había suplantado a Jesús. San Francisco y Santo Domingo vieron los tres mundos en su seno. En la inmensidad de la Gracia, ella ahogaba el pecado; ¿qué digo? Ayudaba a pecar. (Véase la leyenda de la religiosa cuyo puesto en el coro ocupa la Virgen mientras la mujer visita a su amante).

En lo más alto, en lo más bajo, aparece la Mujer (Beatriz está en el cielo, en medio de las estrellas, mientras que Jean de Meung en el Romance de la Rosa, predica la comunidad de las mujeres). Pura, manchada, la Mujer está en todas partes. Se puede decir de ella lo que dijo de Dios Raimundo Lullo: “¿Qué parte es ésta del mundo? El todo”.

Pero en el cielo, en la poesía, la Mujer celebrada no es la madre fecunda, rodeada de sus hijos. Es la Virgen, es Beatriz estéril, y que muere joven.

Se dice que una hermosa doncella inglesa pasó por Francia hacia 1300 para predicar la redención de las mujeres. Ella misma se creía el Mesías.

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La Misa Negra, en su primer aspecto parecería ser esta redención de Eva, maldita por el cristianismo. La Mujer en el sabbat lo era todo. Ella era el sacerdote, ella era el altar, ella era la hostia con la que comulgaba todo el pueblo. En el fondo, ¿no era también Dios mismo?

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Hay en el aquelarre muchas cosas populares y, sin embargo, no todo proviene del pueblo. El campesino sólo estima la fuerza, hace poco caso de la mujer. Esto se ve bastante en nuestras antiguas costumbres (véase mis Origines). El campesino no hubiera dado a la mujer el lugar dominante que ella ocupa en el aquelarre. Es ella quien lo tomó por su cuenta.

Yo creo de buena gana que el aquelarre en su forma de entonces fue obra de la mujer, de una mujer desesperada, como lo era entonces la bruja. Ella vio en el siglo XIV abrirse ante sí su horrible carrera de suplicios, trescientos, cuatrocientos años iluminados por las hogueras. A partir de 1300 su medicina fue juzgada maleficio, sus remedios castigados como venenos. El inocente sortilegio por el que los leprosos creían entonces mejorar su suerte, trajo como consecuencia la masacre de esos infortunados. El papa Juan XXII hizo desollar vivo a un obispo sospechoso de brujería. Bajo una represión tan ciega, atreverse poco, o atreverse mucho, era arriesgar lo mismo. La audacia creció por el peligro mismo. La bruja pudo atreverse a todo.

*

Fraternidad humana, desafío al cielo cristiano, culto desnaturalizado del dios naturaleza… éste es el sentido de la Misa Negra.

Se levantaba un altar para el gran siervo Rebelde, aquel a quien se le ha hecho mal, el antiguo proscrito, injustamente arrojado del cielo, "el Espíritu que creó la tierra, el amo que hace germinar las plantas". Bajo estos títulos lo honraban los luciferinos, sus adoradores y (según una opinión muy valedera) también los caballeros del Temple.

El gran milagro en estos tiempos miserables es que, para la cena nocturna, surgía la fraternidad que no se había encontrado durante el día. La bruja no sin peligro, hacía contribuir a los más acomodados, recogía sus ofrendas. La caridad, bajo forma satánica, como crimen y conspiración, era una forma de rebelión, Y tenía gran fuerza. Durante el día se robaban los alimentos, para la comida común de la noche.

*

Imaginemos, sobre una gran landa, con frecuencia cerca de un viejo dolmen celta, en el límite de un bosque, una doble escena: por un lado la landa iluminada, la comida del pueblo; por el otro, hacia el bosque, el coro de esa iglesia cuya cúpula es el cielo. Llamo coro a un otero que dominaba un poco la escena. Entre los dos, las hogueras resinosas de llama amarilla y de rojos braseros, un vapor fantástico.

En el fondo la bruja preparaba a su Satanás, un gran Satanás de madera, negro y velludo. Por los cuernos y el chivo que estaba junto a él hubiera podido ser Baco; pero, por los atributos viriles, era Pan y Príapo. Tenebrosa figura que cada uno veía diferente; los unos llenos de terror, los otros conmovidos por el orgullo melancólico en el que parecía absorto el eterno Exiliado.(3)

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Primer acto.- El Introito magnífico que el cristianismo tomó de la antigüedad (de esas ceremonias en las que el pueblo, circulando en largas filas bajo las columnas entraba al santuario), el viejo dios revivido, lo tomó para si. También tomó el lavado, tomado igualmente a las purificaciones paganas. Reivindicó todo esto por derecho de antigüedad.

La sacerdotisa era siempre la Vieja (título de honor); pero la sacerdotisa podía muy bien ser joven. Lancre habla de una bruja de diecisiete años, bonita, horriblemente cruel.

La novia del diablo no puede ser una niña; necesita tener treinta años, el rostro de Medea, la belleza de los dolores, los ojos profundos, trágicos v afiebrados, con grandes oleadas de serpientes descendiendo al azar; hablo de un torrente de negros, indomables cabellos. Tal vez encima de éstos, la corona de verbena, la hiedra de las tumbas, las violetas de la muerte.

La bruja ordenaba retirar a los niños (hasta el momento de la cena). Se inicia el servicio.

“Entraré en aquel altar... Pero, señor, sálvame del pérfido y del violento (del sacerdote, del señor)".

Después venía la negación de Jesús, el homenaje al nuevo amo, el beso feudal, como en las recepciones del Temple, en las que se daba todo sin reserva, el pudor, la dignidad, la voluntad; con el agravante ultraje de que al renegar del antiguo Dios “se amaba más el trasero de Satán”(4)

Correspondía a él consagrar a la sacerdotisa. El dios de madera la recibía corno la recibieron Pan y Príapo. Conforme a la costumbre pagana ella se entregaba a él, se sentaba un momento sobre él, como la Délfica en el trípode de Apolo. Ella recibía el aliento, el alma, la vida, la fecundación simulada. Después, no menos solemnemente, la bruja se purificaba. A partir de este momento se convertía en el altar vivo.

*

Ha terminado el Introito v el servicio interrumpido por el banquete. Al revés de lo que ocurre en el festín de los nobles en el que todos se sientan con la espada a su lado, aquí, en el festín de los hermanos, no hay armas. Ni siquiera un cuchillo.

Como guardián de la paz cada uno tiene una mujer. Sin mujer no se puede ser admitido. Parienta o no parienta, esposa o no esposa, vieja o joven, es necesaria una mujer.

¿Qué bebidas circulan? ¿Acaso el hidromiel? ¿La cerveza? ¿El vino? ¿La sidra espirituosa o pimentada? (ambas comenzaron en el siglo XII)

¿Los brebajes de la ilusión con su peligrosa mezcla de belladona aparecían ya en esta mesa? No es seguro, había niños presentes. Por otra parte, el exceso de turbación hubiera impedido la danza.

Esta danza giratoria, la famosa ronda del sabbat, bastaría por sí sola para completar este primer grado de embriaguez. La gente giraba espalda contra espalda, con los brazos hacia atrás, sin verse; pero con frecuencia las espaldas se tocaban. Nadie se conocía muy bien, ni conocía a la que tenía a su lado. La vieja, en este momento, ya no era vieja. Milagro de Satanás. La vieja era todavía una mujer, era deseable, confusamente amada.

*

Segundo acto.- En el momento en que la multitud unida en este vértigo sentía poseer un solo cuerpo, por el atractivo de las mujeres, y también no sé por qué vaga emoción de fraternidad, se retomaba el oficio en el momento del Gloria. El altar, la hostia aparecían. ¿Cuáles? La mujer misma. Con su cuerpo prosternado, con su persona humillada, en medio de la amplía seda negra de sus cabellos perdidos en el polvo, ella (la orgullosa Proserpina), ella, se ofrecía. Sobre los riñones oficiaba un demonio, decía el Credo, hacia la ofrenda.(5)

Esto fue más adelante impúdico. Pero, en medio de las calamidades del siglo XIV, en los tiempos terribles de la peste negra y de tantas hambres, en el tiempo de la Jacquería y de los bandidajes execrables de las Grandes Compañías, para este pueblo en peligro el efecto era mas que serio. La asamblea entera tenía demasiado que temer si era sorprendida. La bruja arriesgaba extremadamente, verdaderamente en este acto audaz ella daba su vida.

Más aún, ella desafiaba un infierno de dolores, torturas tales que apenas nos atrevemos a decirlas. A tenaceada y quebrada, con los senos arrancados, la piel lentamente desollada (como se hizo con el obispo brujo de Cahors). Quemada, con un lento fuego de brasas y miembro a miembro, ella arriesgaba una eternidad de agonía.

Todos seguramente estaban conmovidos cuando, sobre la criatura abnegada, entregada, humillada, se realizaba la plegaria y la ofrenda para la cosecha. Se presentaba trigo al Espíritu de la tierra, que hacía crecer el trigo. Los pájaros que volaban (probablemente surgidos del seno de la mujer) llevaban al Dios de la libertad el suspiro y el voto de los siervos. ¿Qué querían? Que nosotros, sus descendientes lejanos, nosotros, fuéramos liberados.(6)

¿Qué hostia distribuía la mujer? No la hostia de burla que veremos en tiempos de Enrique IV, sino verdaderamente esa confarreatío que hemos visto en los filtros, la hostia del amor, un pastel cocinado sobre ella, sobre la víctima que mañana podía pasar también por el fuego. Era su vida, su muerte lo que se comía. Se olía ya su carne quemada.

En último término se depositaban sobre ella dos ofrendas que parecían de carne, dos simulacros: la del último muerto de la comuna y la del último recién nacido. Ellos participaban del mérito de la Mujer, altar y hostia, y la asamblea (ficticiamente) comulgaba con el uno y con el otro, triple hostia, enteramente humana. Bajo la sombra vaga de Satanás el pueblo no adoraba más que al pueblo.

Aquí estaba el verdadero sacrificio. Se había cumplido. La Mujer, al entregarse para ser devorada por la muchedumbre, había terminado su obra. Se levantaba entonces, pero no se iba del lugar hasta haber orgullosamente visto y como constatado la legitimidad de todo por el llamado al rayo, por un desafío provocante al Dios destituido.

En burla de las palabras: Agnus Dei, etcétera, y de la ruptura de la hostia cristiana, la bruja se hacía traer un sapo vestido y lo hacía pedazos. Hacia girar luego los ojos aterradoramente, los volvía hacia el cielo y, decapitando al sapo, decía estas palabras singulares: “Ah, Felipe,(7)¡ sí te tuviera conmigo, te haría lo mismo!”.

*

Jesús no contestaba al desafío, no lanzaba el rayo y se le creía vencido. Un ágil grupo de demonios elegía este momento para sorprender a la gente con pequeños milagros que desconcertaban y aterraban a los crédulos. Los sapos, animales inofensivos pero que eran considerados muy venenosos, eran mordidos por ellos, deshechos a dentelladas. Las fogatas, los braseros eran saltados impunemente para divertir a la muchedumbre y hacer que se riera de los fuegos del infierno.

¿Reía el pueblo después de un acto tan trágico, tan audaz? No sé. La bruja, seguramente no reía; no reía ella, la primera que se había atrevido a aquello. Las fogatas debían parecerle las de la próxima hoguera. Correspondía a ella preparar el porvenir de la monarquía diabólica, crear la bruja futura.

 

 

* Lupercales, antiguas fiestas paganas, famosas por su licencia (N. del T.)

 

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1 La descripción menos mala es la de Lancre. Lancre es un hombre inteligente. Visiblemente estaba ligado a algunas jóvenes brujas y debía saberlo todo. Desgraciadamente su aquelarre está mezclado y sobrecargado con los adornos grotescos de la época. Las descripciones del jesuita Del Río y del dominico Michaelis, son dos piezas ridículas y tontas. En el relato de Del Río, se encuentran no se cuantas vaciedades, cuantas invenciones vanas. Sin embargo, en el total, pueden encontrarse algunas hermosas huellas de la antigüedad, que yo he podido aprovechar.

2 En la batalla de Courtrai. Véase también Grimm y mis Origenes

3 Este dato proviene de Del Río, pero no creo que sea exclusivamente español. Es un rasgo antiguo y marcado de la inspiración primitiva. Las bromas vinieron mas tarde.

4 Se suspendía sobre las nalgas del fetiche una máscara o segundo rostro. Lancre, Inconstance, pag. 68.

5 Este grave punto en que la Mujer era ella misma altar, en el que se oficiaba sobre ella, nos es conocido por el proceso de la Volsin que M. Ravaisson va a publicar junto con los otros Papiers de la Bastille. En estas imitaciones, recientes es verdad, que se hicieron del aquelarre para divertir a los grandes señores de la corte de Luis XIV, se reprodujeron sin duda alguna las formas antiguas y clásicas del sabbat primitivo, en el punto en que debieron ser abandonadas en los tiempos intermedios.

6 Esta encantadora ofrenda del trigo y de los pájaros se hacía particularmente en Francia (Jacquier, Flagellans, 51. Soldán, 225)

7 Lancre, 136. No he podido averiguar el porqué del nombre Felipe. Es tanto mas oscuro cuando se piensa que, cuando Satán nombra a Jesús lo llama Juancito o Janicot ¿Diría la bruja acaso el nombre odioso del rey que nos dio cien años de guerras inglesas y que en Crecy inició nuestras derrotas, y provocó la primera invasión? Después de una larga paz, pocas veces interrumpida, la guerra fue tanto mas horrible para el pueblo. Felipe de Valois, autor de esta guerra sin fin, fue maldecido y dejó tal vez en el ritual popular una maldición perdurable.

 

La Bruja

Traducción: Estela Canto

 

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24 de dic. de 2009

Salman Rushdie – Los versos satánicos (Cap. III, 2 – “… en la tierra de plata de la Argentina”)

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Salman_Rushdie 77 Kan ma kan/Fi qadim azzaman... Tal vez sí o tal vez no, vivían en tiempos remotos en la tierra de plata de la Argentina un tal don Enrique Diamond que sabía mucho de pájaros y poco de mujeres y Rosa, su esposa, que sabía poco de hombres y mucho del amor. Y sucedió que cierto día en que la señora había salido a montar, cabalgando a la amazona y tocada con un sombrero adornado con una pluma, llegó a las grandes puertas de piedra de la estancia Diamond que se alzaban, incongruentemente, en medio de la vacía pampa, encontró un avestruz que corría hacia ella tan aprisa como podía, corría por su vida, usando todas las mañas y fintas que podía imaginar, porque el avestruz es un ave astuta, difícil de cazar. Detrás del avestruz había una nube de polvo llena de los ruidos de hombres que cazan, y cuando el avestruz estuvo a dos metros de Rosa, la nube lanzó unas bolas que se enredaron en las patas del animal y lo hicieron caer al suelo, a los pies de la yegua torda. El hombre que echó pie a tierra para matar el ave no apartaba los ojos de la cara de Rosa. Sacó un cuchillo con puño de plata de una funda que llevaba en el cinturón y lo hundió hasta la empuñadura en el cuello del ave, sin mirar al avestruz agonizante ni una sola vez, mirando sin pestañear los ojos de Rosa Diamond, mientras se arrodillaba en la vasta tierra amarilla. Aquel hombre se llamaba Martín de la Cruz.

Después de que se llevaran a Chamcha, Gibreel Farishta se asombraba de su propio comportamiento. En aquel momento irreal en el que se sintió prendido en los ojos de la anciana inglesa, le pareció que ya no mandaba en su voluntad, que otra persona había asumido el poder sobre ella. Debido a la índole desconcertante de recientes acontecimientos así como a su decisión de permanecer despierto el mayor tiempo posible, tardó varios días en relacionar aquellos hechos con el mundo de detrás de sus párpados, y sólo entonces comprendió que tenía que marcharse, porque el universo de sus pesadillas empezaba a penetrar en su vigilia y, si no tenía cuidado, nunca conseguiría empezar otra vez, renacer con ella, a través de ella, de Alleluia, la mujer que había visto el techo del mundo.

Gibreel se sorprendió al darse cuenta de que no había intentado ponerse en contacto con Allie; ni ayudar a Chamcha en su momento de necesidad. Ni se había alarmado ante la aparición de un par de hermosos cuernos nuevecitos en la cabeza de Saladin, circunstancia que, indudablemente, debiera ocasionarle cierta preocupación. Debía de estar en una especie de trance, y cuando preguntó a la vieja lo que pensaba de todo aquello, ella sonrió de un modo extraño y le dijo que no había nada nuevo bajo el sol, que ella había visto cosas, apariciones de hombres con cascos cornudos, que en una tierra vieja como Inglaterra no cabían historias nuevas, que hasta la última brizna de hierba había sido pisada cien mil veces. Durante largos períodos del día su charla se hacía divagatoria y difusa, pero en otros momentos se empeñaba en prepararle grandes comilonas, pastel de carne, ruibarbo picado con espesa crema, suculentos estofados y potajes. Y en todo momento mostraba una expresión de inexplicable contento, como si la presencia de Gibreel le produjera una profunda e insospechada alegría. Él iba con ella al pueblo, de compras; la gente miraba; ella, indiferente, andaba agitando imperiosamente el bastón. Pasaban los días. Gibreel no se iba.

«¡Maldita abuela inglesa! —se decía—. Reliquia de una especie extinta. ¿Qué puñeta hago yo aquí?» Pero se quedaba, sujeto por cadenas no vistas. Y ella, a la menor oportunidad, cantaba una vieja canción en español de la que él no entendía ni palabra. ¿Sería algo de brujería? ¿Era ella una anciana Morgan Le Fay que cantaba para atraer a su cueva de cristal a un joven Merlin? Gibreel iba hacia la puerta; Rosa se ponía a cantar; él se paraba. «¿Por qué no, al fin y al cabo? —se decía él encogiéndose de hombros—. La vieja necesita compañía. Grandeza venida a menos, ¡por vida de! Hay que ver a lo que ha venido a parar. De todos modos, el descanso no me vendrá mal. Repondré fuerzas. Sólo un par de días.» Al anochecer, se sentaban en aquel salón repleto de adornos de plata, entre los que figuraba un cuchillo con puño de este metal, colocado debajo del busto de escayola de Henry Diamond que miraba desde lo alto de la vitrina del rincón, y cuando el reloj de pie daba las seis, él servía dos copas de jerez y ella se ponía a hablar, pero no sin antes decir indefectiblemente, con la regularidad de un reloj: El abuelo siempre llega cuatro minutos tarde, por cortesía, no le gusta ser excesivamente puntual. Y entonces ella empezaba, sin preocuparse del éraseunavez, y, tanto si era verdad como mentira, él podía advertir la fiera energía que ella ponía en el relato, las últimas desesperadas reservas de su voluntad que ella vertía en su historia, el único tiempo feliz que yo recuerde le dijo, de manera que él comprendía que aquel talego de retazos revuelto por la memoria era en realidad el corazón de la mujer, su autorretrato, la forma en que ella se miraba al espejo cuando estaba sola, y que aquella tierra plateada del pasado era su morada predilecta, no esta casa ruinosa en la que siempre estaba tropezando con las cosas —tirando mesitas o golpeándose con los picaportes — , llorando y exclamando: Todo se encoge.

Cuando, en 1935, Rosa zarpó para la Argentina, recién casada con el anglo-argentino don Enrique, de Los Álamos, él dijo eso es la pampa, señalando el océano. Sólo con mirarla no puedes darte cuenta de lo grande que es. Tienes que recorrerla, tienes que sentir su inmutabilidad día tras día. Hay lugares en los que el viento es tan fuerte como un puño, pero completamente silencioso, te tumba pero tú no oyes nada. Y es que no hay árboles: ni un ombú, ni un álamo, nada. Y, por cierto, mucho cuidado con las hojas del ombú. Veneno mortal. El viento no te mata, pero el jugo de las hojas, sí. Ella palmoteó como una niña. Vamos, vamos, Henry, vientos silenciosos, hojas venenosas. Haces que parezca un cuento de hadas. Henry, de cabello rubio, cuerpo blando, ojos grandes y mente lenta, la miró consternado. Oh, no, dijo. Tampoco es tan malo.

Ella se trasladó a aquella inmensidad cubierta por una infinita bóveda azul, porque Henry le hizo la pregunta trascendental y ella le dio la única respuesta que puede dar una soltera de cuarenta años. Pero, cuando llegó, se hizo a sí misma una pregunta más trascendental todavía: ¿de qué sería ella capaz en todo aquel espacio? ¿Hasta dónde le alcanzaría el valor, cómo podría ella extenderse? Sería buena o mala, se decía, lo importante era ser nueva. Nuestro vecino, el doctor Jorge Babington, dijo a Gibreel, me tenía atragantada, comprende, me contaba cuentos de los ingleses en América del Sur, todos, unas buenas piezas, decía con desdén, espías, bandidos y saqueadores. ¿Tan exóticos son en su fría Inglaterra? le preguntaba y luego contestaba su propia pregunta: No lo creo, señora. Apretujados en ese ataúd de isla, tienen que buscar más anchos horizontes para expresar su personalidad secreta.

El secreto de Rosa Diamond era un ansia de amor tan grande que nunca podría ser satisfecha por su pobre y prosaico Henry, eso era evidente, porque todo el romanticismo que cabía en aquel cuerpo fofo estaba reservado para los pájaros, halcones de pantano, vencejos, agachadizas. Él pasaba sus días más felices en un pequeño bote de remos, en las lagunas, entre los juncos, con los prismáticos en los ojos. Una vez, en el tren de Buenos Aires, avergonzó a Rosa al hacerle una demostración de sus cantos favoritos en el vagón restaurante, haciendo bocina con la mano: dormilón, ibis vanduria, trupial. ¿Por qué no puedes quererme a mí de esa manera?, deseaba preguntar ella, pero nunca se lo preguntó, porque para Henry ella era una buena muchacha, y la pasión era una excentricidad propia de otras razas. Ella se convirtió en el generalísimo de la estancia, y hacía lo posible para sofocar los malos pensamientos y deseos. Se acostumbró a salir de noche a pasear por la pampa, y se tendía en el suelo para mirar la galaxia de lo alto y, a veces, bajo la influencia de aquella brillante cascada de belleza, empezaba a temblar, a estremecerse de un profundo deleite y a tararear una música desconocida, y esta música estelar fue lo único que ella llegó a conocer del goce.

Gibreel Farishta: él sentía que los relatos de la mujer le envolvían como una telaraña reteniéndolo en aquel mundo perdido en el que todas las noches se sentaban a la mesa cincuenta hombres, y qué hombres, nuestros gauchos, nada serviles, muy bravos y orgullosos, mucho. Puros carnívoros; puede verlo en las fotos. Durante las largas noches de sus insomnios, ella le hablaba de la bruma de calor que se extendía por la pampa y los pocos árboles destacaban como islas y un jinete parecía un ser mitológico que galopara por la superficie del océano. Era como el fantasma del mar. Ella le contaba cuentos de fogata de campamento, como el del gaucho ateo que, cuando murió su madre, demostró que no existía el paraíso llamando a su espíritu todas las noches, siete noches seguidas. A la octava noche, anunció que, evidentemente, ella no le había oído, o habría vuelto para consolar a su amado hijo; por lo tanto, la muerte tenía que ser el fin de todo. Rosa le cautivaba con descripciones de los días en que llegaron los peronistas, con sus trajes blancos y su pelo planchado, y los peones los echaron, le contaba cómo los anglos construyeron los ferrocarriles para comunicar sus estancias, y los diques, también, la historia, por ejemplo, de su amiga Claudette, «una auténtica mujer fatal, amigo mío, que se casó con un ingeniero llamado Granger, desilusionando a la mitad del Hurlingham. Y se fueron a una presa que él construía y entonces se enteraron de que los rebeldes iban a volarla. Granger se fue a proteger la presa, llevándose a todos los hombres, y dejó a Claudette sola con la criada, y a que no lo adivina, a las pocas horas, la criada vino corriendo, señora, en la puerta hay un hombre tan grande como una casa. ¿Y quién si no? Un capitán rebelde. "¿Y su esposo, madame?" "Esperándole en la presa, como es su obligación." "Entonces, puesto que él no ha creído oportuno protegerla, la revolución la protegerá." Y puso guardias en la puerta, amigo mío, ¿qué le parece? Pero en la lucha murieron los dos, marido y capitán, y Claudette se empeñó en que les hicieran un funeral conjunto, vio bajar a la fosa los dos féretros, uno al lado del otro, y los lloró a los dos. Después de aquello, todos supimos que era peligrosa, trop fatale, ¿eh? ¡Y cómo! Trop recondenadamente fatale». En la extravagante historia de la bella Claudette, Gibreel oía la música de los propios anhelos de Rosa. En aquellos momentos, él la sorprendía mirándole por el rabillo del ojo y sentía un tirón en la región del ombligo, como si algo tratara de salir. Entonces ella desviaba la mirada, y la sensación se desvanecía. Quizá fuera sólo efecto secundario de la tensión.

Una noche él le preguntó si había visto los cuernos que habían salido a Chamcha en la cabeza, pero ella se quedó sorda y, en lugar de contestar, le explicó que solía sentarse en un taburete de lona, junto al galpón, o corral de los toros en Los Álamos, y los toros bravos se le acercaban y apoyaban la testuz en su regazo. Una tarde, una muchacha llamada Aurora del Sol, la novia de Martín de la Cruz, hizo un comentario descarado: creí que sólo les hacían eso a las vírgenes, dijo con audible susurro a sus amigas que contenían la risa, y Rosa se volvió hacia ella con una dulce sonrisa y respondió: Entonces, guapa, ¿te gustaría probar? Desde aquel día, Aurora del Sol, la mejor bailarina de la estancia y la más bonita de todas las criadas, se convirtió en enemiga mortal de la mujer del otro lado del mar, demasiado alta y demasiado delgada.

«Usted es idéntico a él —dijo Rosa Diamond, mientras los dos estaban en su ventana nocturna, uno al lado del otro, mirando al mar—. Su doble. Martín de la Cruz.» Al oír el nombre del gaucho, Gibreel sintió un dolor tan fuerte en el ombligo, un tirón, como si alguien le clavara un garfio en el vientre, que de su garganta se escapó un grito. Rosa Diamond no pareció oírlo. «Mire —gritó muy contenta—. Mire allí.»

Corriendo por la playa a medianoche, en dirección a la atalaya y la zona de acampada, por la misma orilla, de manera que la marea que estaba subiendo borraba sus huellas, zigzagueando y fintando, corriendo por su vida, venía un avestruz adulto de tamaño natural. Huyó por la playa, y los ojos de Gibreel le siguieron, admirados, hasta que se perdió en la oscuridad.

* * *

Lo que vino después ocurrió en el pueblo. Habían ido a recoger un pastel y una botella de champán porque Rosa había recordado que aquel día cumplía ochenta y nueve años. Su familia había sido expulsada de su vida, por lo que no hubo tarjetas de felicitación ni llamadas telefónicas. Gibreel insistió en que había que celebrarlo, y le mostró el secreto que guardaba dentro de la camisa: un ancho cinturón lleno de libras esterlinas adquiridas en el mercado negro antes de salir de Bombay. «También, tarjetas de crédito en profusión —dijo—. Yo no soy un indigente. Vamos, yo invito.» Ahora estaba tan hechizado por el embrujo narrativo de Rosa que de día en día olvidaba que tenía una vida a la que volver, una mujer a la que sorprender con el simple hecho de estar vivo, y demás pensamientos por el estilo. Caminaba sumiso detrás de Mrs. Diamond, cargado con las bolsas de la compra.

Gibreel estaba esperando en una esquina mientras Rosa charlaba con el panadero cuando volvió a sentir el garfio en el vientre y se apoyó en un farol, jadeando. Oyó ruido de cascos y, por la esquina, vio llegar una carreta llena de gente joven vestida como para un baile de máscaras: los hombres, con pantalón negro ceñido a la pantorrilla por botones de plata y camisa blanca abierta hasta casi la cintura, y las mujeres, con anchas faldas de volantes de colores chillones, escarlata, esmeralda, oro. Cantaban en lengua extranjera, y su alegría hacía que la calle pareciera oscura y triste, pero Gibreel comprendió que allí ocurría algo extraño, porque en la calle nadie más parecía fijarse en el carro. Entonces Rosa salió de la pastelería con el paquete suspendido del dedo índice de la mano izquierda y exclamó: «Oh, ahí vienen ya para el baile. A menudo había bailes, ¿sabe? A ellos les gusta, lo llevan en la sangre.» Y, después de una pausa, agregó: «Fue el baile en el que él mató al buitre.»

Fue el baile en el que un tal Juan Julia, apodado El Buitre por su cadavérico semblante, bebió demasiado e insultó el honor de Aurora del Sol, y no paró hasta que Martín no tuvo más remedio que pelear, eh, Martín, por qué te gusta tanto follar con ésa. Yo creía que era muy sosa. «Vámonos del baile», dijo Martín y, en la oscuridad, recortando sus siluetas sobre el resplandor de los farolillos colgados de los árboles alrededor de la pista de baile, los dos hombres se envolvieron el antebrazo con el poncho, sacaron el cuchillo, dieron vueltas y lucharon. Juan murió. Martín de la Cruz tomó el sombrero del muerto y lo arrojó a los pies de Aurora del Sol. Ella recogió el sombrero y siguió con la mirada al hombre que se alejaba.

Rosa Diamond, a los ochenta y nueve años, con un vestido plateado ceñido al cuerpo, boquilla en una enguantada mano y un turbante de plata en la cabeza, bebía gin-and-sin en una copa cónica verde y hablaba de los viejos buenos tiempos. «Quiero bailar —dijo de pronto—. Es mi cumpleaños y no he bailado ni una sola vez.»

* * *

El esfuerzo de aquella noche en la que Rosa y Gibreel bailaron hasta el amanecer resultó excesivo para la anciana, que al día siguiente tuvo que quedarse en la cama con unas décimas de fiebre que provocaron nuevas apariciones delirantes: Gibreel vio a Martín de la Cruz y Aurora del Sol bailar flamenco en el tejado de dos aguas de la casa Diamond, y a peronistas vestidos de blanco que hablaban del futuro a una concentración de peones en el cobertizo: «Con Perón, estas tierras serán expropiadas y repartidas entre el pueblo. Los ferrocarriles ingleses también pasarán a ser propiedad del Estado. Vamos a echar a esos bandidos, a esos piratas...» El busto de escayola de Henry Diamond flotaba en el aire, observando la escena, y un agitador vestido de blanco gritó, señalándolo con el dedo: Ahí está vuestro opresor; ahí está el enemigo. A Gibreel le dolía tanto el vientre que temía por su vida, pero en el mismo instante en que su razón le sugería la posibilidad de una úlcera o una apendicitis, el resto de su cerebro le susurraba la verdad: que la voluntad de Rosa lo tenía prisionero y lo manipulaba, del mismo modo que el ángel Gibreel había sido obligado a hablar por la irresistible necesidad de Mahound, el Profeta.

«Se muere —pensó—. No durará mucho.» Rosa Diamond, revolviéndose en las garras de la fiebre, hablaba del veneno del ombú y de la antipatía de su vecino, el doctor Babington, que preguntó a Henry ¿su esposa es quizá lo bastante pacífica para la vida pastoral? y (cuando ella se recuperó del tifus) le regaló un ejemplar de los relatos de los viajes de Americo Vespucci. «Este hombre era un gran imaginativo, desde luego —sonrió Babington—. Pero la imaginación puede ser más fuerte que los hechos; después de todo, le pusieron su nombre a continentes.» Cuanto más se debilitaba más energías vertía ella en sus sueños de la Argentina, y Gibreel sentía como si el ombligo le ardiera. Estaba derrumbado en una butaca, al lado de la cama, y, según transcurrían las horas, se multiplicaban las apariciones. Llenaba el aire una música de instrumentos de viento de madera y, lo más maravilloso, muy cerca de la orilla, apareció una pequeña isla blanca que se mecía en las olas como una balsa; era tan blanca como la nieve, con una playa de arena blanca que se elevaba hasta un grupo de árboles albinos, blancos como el hueso, blancos como el papel hasta las puntas de las hojas.

Después de la aparición de la isla blanca, Gibreel cayó en un profundo letargo. Repantigado en la butaca del dormitorio de la moribunda, se le cerraban los párpados, sentía cómo el peso de su cuerpo aumentaba hasta que todo movimiento resultó imposible. Entonces se vio en otra habitación, con pantalón negro con botones de plata en las pantorrillas y una gran hebilla en la cintura. ¿Me mandó usted llamar, don Enrique?, decía al hombre corpulento y blando que tenía la cara blanca como un busto de escayola, pero él sabía quién le había mandado llamar, y no apartaba los ojos de la cara de la mujer, ni siquiera cuando la vio sonrojarse sobre el cuello de encaje fruncido.

Henry Diamond se negó a permitir a las autoridades que intervinieran en el asunto de Martín de la Cruz, esta gente son responsabilidad mía, dijo a Rosa, es cuestión de honor. No contento con ello, se esforzaba por demostrar su confianza en el homicida De la Cruz, por ejemplo, nombrándole capitán del equipo de polo de la estancia. Pero don Enrique nunca volvió a ser el mismo después de que Martín matara al Buitre. Cada vez se cansaba más fácilmente y se le veía inquieto y distraído y hasta perdió el interés por los pájaros. Las cosas empezaron a decaer en Los Álamos, imperceptiblemente al principio y luego con más claridad. Volvieron los hombres del traje blanco y esta vez no fueron expulsados. Cuando Rosa Diamond contrajo el tifus, había muchos en la estancia que lo consideraron señal de la decadencia de la hacienda.

Qué hago yo aquí, pensó Gibreel con viva alarma, al verse de pie delante de don Enrique, en el despacho del estanciero, mientras doña Rosa se sonrojaba en su rincón, éste es el lugar de otra persona. Gran confianza en ti —decía Henry, no en inglés, pero, no obstante, Gibreel le entendía—. Mi esposa tiene que hacer una excursión en coche, aún está convaleciente, y tú la acompañarás... En Los Álamos hay responsabilidades que me impiden ir a mí. Ahora tengo que hablar yo, pero qué digo, y cuando abrió la boca salieron palabras extrañas, será un honor para mí, don Enrique, taconazo, inedia vuelta, mutis.

Rosa Diamond, con su debilidad de ochenta y nueve años, había empezado a soñar la más importante de sus historias que había reservado durante más de medio siglo, y Gibreel iba a caballo detrás de su Hispano-Suiza, de estancia en estancia, por un bosque de arrayanes, a los píes de la alta cordillera, llegando a estancias pintorescas, construidas al estilo de castillos escoceses o palacios indios, visitando las tierras de Mr. Cadwallader Evans, el de las siete esposas que estaban encantadas por tener sólo una noche de servicio a la semana, y los territorios del tristemente célebre MacSween, que se había enamorado de las ideas que llegaban a la Argentina desde Alemania y empezaba a hacer ondear del asta de su estancia una bandera roja en cuyo centro, dentro de un círculo blanco, bailaba una cruz negra y retorcida. Fue en la estancia de MacSween donde cruzaron la laguna y Rosa vio por primera vez la isla blanca de su destino, y se empeñó en almorzar allí, pero sin que la acompañaran ni la doncella ni el chófer, llevándose sólo a Martín de la Cruz para que remara y extendiera una manta escarlata en la arena blanca y le sirviera la carne y el vino.

Blanco como la nieve, rojo como la sangre y negro como el ébano. Cuando ella, con su falda negra y su blusa blanca, se hallaba sentada sobre el escarlata que, a su vez, estaba extendido sobre el blanco, y él (también de blanco y negro) echaba vino rojo en una copa que ella sostenía con su mano enguantada en blanco, entonces, para asombro de sí mismo, él, maldición y condenación, él le tomó la mano y empezó a besarla, algo ocurrió, la escena se difuminó y al minuto estaban tendidos en la manta escarlata, rodando sobre los quesos, los fiambres y las ensaladas y patés, que quedaron aplastados bajo el peso de su deseo, y cuando volvieron al Hispano-Suiza fue imposible ocultar nada al chófer y a la doncella, por las manchas de comida de sus ropas; pero al minuto siguiente ella se apartaba de él no con crueldad sino con tristeza, retirando la mano y moviendo ligeramente la cabeza, no, y él, de pie, se inclinó y retrocedió, dejándola con la virtud y el almuerzo intactos, las dos posibilidades se alternaban mientras Rosa se moría dando vueltas en la cama, ¿lo hizo, no lo hizo?, elaborando la última versión de la historia de su vida, incapaz de decidir cuál de las dos quería que fuera cierta.

* * *

«Me vuelvo loco —pensaba Gibreel—. Ella se muere, pero yo pierdo el juicio.» Había salido la luna y la respiración de Rosa era el único sonido de la habitación: roncaba, al inhalar y al exhalar el aire penosamente, con un leve gruñido. Gibreel trató de levantarse de la butaca y descubrió que no podía. Incluso en aquellos intervalos entre visiones, su cuerpo seguía estando increíblemente pesado. Como si tuviera un pedrusco en el pecho. Y las imágenes, cuando llegaban, seguían siendo confusas, de manera que en un momento estaba en un granero de Los Álamos con ella en brazos, que susurraba su nombre una y otra vez, Martín de la Cruz, y al momento siguiente ella le trataba con indiferencia ante los ojos atentos de una cierta Aurora del Sol, de manera que no era posible distinguir el recuerdo del deseo, ni las rememoranzas culpables de las verdades confesables, porque ni en su lecho de muerte Rosa Diamond sabía cómo contemplar su pasado.

La luna entraba en la habitación. Cuando dio a Rosa en la cara, parecía que la atravesaba, y Gibreel incluso empezaba a distinguir la muestra del encaje de la almohada. Entonces vio a don Enrique y a su amigo, el puritano y severo doctor Babington, de pie en el balcón, tan sólidos como puedas desear. Gibreel creyó advertir que, a medida que las apariciones ganaban consistencia, Rosa quedaba más y más desdibujada, diluyéndose como si se intercambiara por los fantasmas. Y, puesto que él también había comprendido que las manifestaciones dependían de él, de aquel dolor de su vientre, del peso de la piedra en su pecho, empezó a temer por su propia vida.

«Querías que falsificara el certificado de defunción de Juan Julia —decía el doctor Babington—. Lo hice por nuestra amistad. Pero estuvo mal y ahora veo el resultado. Has amparado a un homicida y quizás es tu propia conciencia la que te consume. Vuelve a casa, Enrique, vuelve a casa, y llévate a esa mujer tuya, antes de que ocurra algo peor.»

«Ésta es mi casa —dijo Henry Diamond—. Y no me gusta que hables de mi esposa en ese tono.»

«Dondequiera que los ingleses se instalen, nunca salen de Inglaterra —dijo el doctor Babington, mientras se deshacía en el claro de luna—. A no ser que, como doña Rosa, se enamoren.»

Una nube pasó sobre la luna y, ahora que el balcón estaba vacío, Gibreel Farishta consiguió por fin dejar la butaca y ponerse de pie. Caminar era como arrastrar por el suelo una bola y una cadena, pero llegó a la ventana. En todas las direcciones y hasta donde alcanzaba la vista, había unos cardos gigantes que se mecían en la brisa. Donde antes estuviera el mar había ahora un océano de cardos que llegaba hasta el horizonte, tan altos como un hombre. Entonces Gibreel oyó la voz incorpórea del doctor Babington que murmuraba a su oído: «La primera plaga de cardos en cincuenta años. Al parecer, el pasado vuelve.» Vio a una mujer correr entre la espesa maleza, descalza, con el negro pelo suelto. «Lo hizo ella —la voz de Rosa dijo claramente a su espalda—. Después de engañarle con el Buitre y de convertirle en asesino. Él no quería ni mirarla después de aquello. Oh, es muy peligrosa esa mujer. Mucho.» Gibreel perdió a Aurora del Sol entre los cardos; un espejismo borró al otro.

Sintió que algo le agarraba por la espalda, le hacía girar y lo tumbaba de espaldas. Allí no había nadie, pero Rosa Diamond estaba sentada en la cama, muy erguida, mirándole con ojos muy abiertos, haciéndole comprender que había abandonado la esperanza de aferrarse a la vida y que le necesitaba para ayudarle a completar la última revelación. Como le ocurriera con el comerciante de su sueño, él se sentía inerme, ignorante... ella, empero, parecía saber cómo extraer de él las imágenes. Él vio un reluciente cordón que los unía ombligo con ombligo.

Él estaba ahora al lado de un estanque en la inmensidad de los cardos, abrevando el caballo, y ella llegaba cabalgando en su yegua. Ahora él la abrazaba, le soltaba la ropa y el pelo, y luego yacían juntos. Ella le susurraba cómo es posible que te guste si soy mucho más vieja que tú y él le decía palabras tranquilizadoras.

Ahora ella se levantaba, se vestía y se alejaba en su yegua, y él se quedaba allí, con el cuerpo lánguido y caliente, sin advertir que una mano de mujer salía de los cardos y agarraba el cuchillo de puño de plata.

¡No! ¡No! ¡Así no!

Ahora ella llegaba cabalgando hasta la orilla del estanque y en el momento en que desmontaba, mirándole nerviosamente, él se abalanzaba sobre ella, le decía que no podía seguir soportando su desprecio y caían juntos al suelo, ella gritaba, él le arrancaba la ropa, y las manos de ella, que le arañaban, tropezaban con el mango del cuchillo.

¡No! ¡No, nunca, no! Así, ¡ahora!

Los dos estaban tiernamente abrazados, con muchas caricias lentas; y entonces un tercer jinete entraba en el claro junto al estanque, y los amantes se separaban; y entonces don Enrique sacaba su pequeña pistola y apuntaba al corazón de su rival, y él sintió que Aurora le clavaba el cuchillo en el corazón, una y otra vez, ésta por Juan y ésta por dejarme, y ésta por tu distinguida puta inglesa, y él sentía en el corazón el cuchillo de su víctima que Rosa le clavaba una vez y otra, y otra, y después de que la bala de Henry le matara, el inglés tomaba el puñal del muerto y se lo clavaba muchas veces en la herida sangrante.

Entonces, Gibreel, con un alarido, perdió el conocimiento.

Cuando volvió en sí, la anciana de la cama hablaba consigo misma, con una voz tan débil que él casi no podía distinguir las palabras. «Llegó el pampero, el viento del Suroeste, que doblaba los cardos. Entonces lo encontraron, o quizás antes.» El fin de la historia. Cómo Aurora del Sol escupió a la cara a Rosa Diamond en el funeral de Martín de la Cruz. Cómo se acordó que nadie fuera acusado del asesinato, a condición de que don Enrique se llevara cuanto antes a doña Rosa a Inglaterra. Cómo subieron al tren en la estación de Los Álamos y los hombres del traje blanco estaban en el andén con sus sombreros borsalino, para asegurarse de que se marchaban. Cómo, una vez arrancó el tren, Rosa Diamond abrió el maletín de mano en el asiento y dijo en tono de desafío: Me he llevado una cosa, un pequeño recuerdo. Y de un hato sacó un cuchillo de gaucho con mango de plata.

«Henry murió durante el primer invierno de nuestro regreso. Después, no ocurrió nada más. La guerra. El fin. — Hizo una pausa—. Tener que reducirse a esto, habiendo conocido aquella inmensidad. No se soporta. —Y, después de otro silencio—: Todo se encoge.»

El claro de luna fluctuó, y Gibreel sintió que le quitaban un peso de encima, tan bruscamente que le dio la impresión de que se elevaría hasta el techo. Rosa Diamond yacía quieta, con los ojos cerrados y los brazos descansando en la colcha de retazos. Estaba normal. Gibreel comprendió que ya nada le impediría salir por la puerta.

Bajó las escaleras con cuidado, todavía con piernas un poco inseguras; encontró una pesada gabardina de Henry Diamond y un sombrero flexible de fieltro gris, dentro del cual el nombre de don Enrique había sido bordado por la mano de su esposa, y salió sin mirar atrás. En cuanto cruzó el umbral, el viento le arrancó el sombrero y se lo llevó rodando por la playa. Él corrió tras él, lo cogió y se lo encasquetó. Londres, shareef, allá voy. Tenía la ciudad en el bolsillo: Geographers' London, la guía de la metrópoli, muy sobada, de la A a la Z.

«¿Qué hago? —pensaba—. ¿Llamo o no llamo? No; me presento sin más, toco el timbre y digo nena, tu sueño se ha hecho realidad, del fondo del mar a tu cama, hace falta algo más que una catástrofe aérea para mantenerme lejos de ti... Bueno, quizá no exactamente así sino algo por el estilo. Sí. La sorpresa es la mejor táctica. Allie Bibi, ay de ti.»

Entonces oyó el canto. Venía del cobertizo del pirata tuerto pintado en la pared, y la canción era extraña pero familiar: era una canción que Rosa Diamond tarareaba con frecuencia, y la voz también era familiar, aunque un poco diferente, menos temblona; más joven. Inexplicablemente, la puerta del cobertizo estaba abierta y el viento la batía. Él fue hacia la canción.

«Quítate la gabardina», dijo. Ella vestía como el día de la isla blanca: falda y botas negras y blusa de seda blanca, sin sombrero. Él extendió la gabardina en el suelo del cobertizo. Su forro escarlata relucía en aquel pequeño espacio iluminado por el claro de luna. Ella se tendió entre el revoltijo de una vida inglesa, palos de criquet, una pantalla amarillenta, jarrones desportillados, una mesita plegable, baúles, y extendió un brazo hacia él. Él se tendió a su lado.

«¿Cómo puedo gustarte? —murmuró—. Soy mucho mayor que tú.»

 

 

Traducción del inglés: J. L. Miranda

Madrid, 1989

 

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21 de dic. de 2009

Matsuo Basho - La posada del río Suga

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Con ánimo indiferente pasamos el río Abukuma. A la izquierda, las cimas de Aizu; a la derecha, los caseríos de Iñaki, Soma y Miharu; a lo lejos, las cadenas de montañas que dividen Hitachi de Shimo-suke. Bordeamos la Laguna de los Reflejos: como el día estaba nublado, nada se reflejaba en ella.[1] En la posada del río Suga visitamos a cierto Tokyu, que nos detuvo cuatro o cinco días. Lo primero que hizo al verme fue preguntarme: “¿Cómo atravesó el paso de Shirakawa?”. En verdad, desasosegado por viaje tan largo y el cuerpo tan cansado como el espíritu; además, la riqueza del paisaje y tantos recuerdos del pasado me turbaron e impidieron la paz necesaria a la concentración. Y no obstante:

 

Al plantar el arroz

cantan: primer encuentro

con la poesía.

Al decirle estos versos, agregué a guisa de comentario: “Imposible pasar por ahí sin que fuese tocada mi alma”. Mi poema le gustó a Tokyu, quien escribió a continuación un segundo, Sora añadió otro y así compusieron una tríada.

Al lado de la posada había un gran castaño, a cuya sombra vivía un solitario. Recordé a aquel que había vivido de las bellotas que encontraba y anoté la siguiente reflexión: “El ideograma de castaño está compuesto por el signo de Oeste y el signo de árbol, de modo que alude a la Región Pura de Occidente. Por eso el cayado y los pilares de la ermita del bonzo Gyoki eran de madera de castaño.[2]

 

Sobre el tejado:

flores de castaño.

El vulgo las ignora.


 

[1] La Laguna de los Reflejos está a 25 kilómetros del Paso de Shirakawa. A principios del siglo XIII destierran a este lugar un cortesano. Su mujer emprende el viaje desde la capital para unirse a él, pero al llegar encuentra que lo han ejecutado y entonces se arroja al agua. Los reflejos de la Laguna son los del espejo que llevaba en el pecho suicida.

[2] El Paraíso de Buda Amida-Kyoki: bonzo de la época de Nara (668-749).

 

Las sendas de Oku

Traducción: Octavio Paz

Seix Barral

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20 de dic. de 2009

Titus Burckhardt (1908-1984) – Naturaleza de la perspectiva cosmológica

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Titus-BurckhardtArtículo publicado originalmente en Études Traditionnelles, julio-agosto de 1948, y posteriormente incluido en Aperçus sur la connaissance sacrée, Milano, Archè, 1987. La traducción castellana es de Agustín López, y fue publicada en el nº 1 de la revista Axis Mundi (I época), en otoño de 1994.

Las siete "artes liberales" de la Edad Media tienen por objeto disciplinas que los modernos no dudarían en calificar de "ciencias"; tales son, por ejemplo, las matemáticas, la astronomía, la dialéctica o la geometría. Esta identificación de ciencia y arte, conforme a la estructura contemplativa del Trivium y el Quadrivium, se deriva de la naturaleza fundamental de la perspectiva cosmológica.

Por regla general, los historiadores modernos no ven en la cosmología tradicional -ya se trate de las doctrinas cosmológicas de las civilizaciones antiguas y orientales o de la del Occidente medieval- más que ensayos infantiles y titubeantes de explicar la causalidad de los fenómenos. Sucumben así a un error de óptica análogo al de los espectadores que, imbuidos de un prejuicio "naturalista", juzgan las obras de arte medievales según sus criterios de observación "exacta" de la naturaleza y de "habilidad" artística. La incomprensión moderna respecto al arte sagrado y la cosmología contemplativa proceden de los mismos errores. Y ello no queda en modo alguno desmentido por el hecho de que ciertos estudiosos (a menudo los mismos que adoptan ante la cosmología medieval u oriental una actitud compasiva mezclada de ironía) rindan homenaje a tales formas artísticas o reconozcan al artista el derecho a "exagerar" ciertos rasgos de sus modelos naturales y a suprimir otros para sugerir realidades de orden interior; lo que esa "tolerancia" demuestra es que para los modernos el simbolismo artístico no tiene más que un alcance estrictamente individual, psicológico o incluso simplemente afectivo. Estos eruditos ignoran evidentemente que la elección artística de las formas, cuando surge de principios inspirados o regularmente transmitidos, puede hacer asentir a posibilidades permanentes e inagotables del Espíritu, puesto que el arte tradicional implica una "lógica" en el sentido universal del término (1). La mentalidad moderna está cegada por su apego a los aspectos sentimentales de las formas de arte y, con frecuencia, reacciona en función de una herencia psicológica muy particular; parte, además, del prejuicio de que la intuición artística y la ciencia constituyen dos dominios radicalmente distintos. Si fuera de otro modo, se debería, en justicia, conceder a la cosmología lo que parece concederse al arte, a saber, el derecho a expresarse por alusión y a utilizar formas sensibles como parábolas.

Pero para el hombre moderno toda ciencia se hace sospechosa desde el momento en que abandona el plano de los hechos psicológicos comprobables, y deja de ser verosímil desde que se desliga de una forma de razonamiento que está basada en la idea de una especie de supuesta continuidad plástica de la mente: como si todo el cosmos debiera estar configurado según lo que la facultad imaginativa tiene de "material" y cuantitativo. Sin embargo, esta actitud representa mucho más una limitación mental, fruto de una actividad extremadamente unilateral y artificial, que una posición filosófica, pues toda ciencia, por relativa o provisional que sea, presupone una correspondencia necesaria entre el orden espontáneamente inherente al espíritu cognoscente, por una parte, y la composibilidad de las cosas, por otra, sin lo cual no habría ninguna forma de verdad (2). Ahora bien, puesto que la analogía constitutiva del macrocosmo no puede ser negada, y puesto que esa analogía afirma desde ambas partes la unidad principal, unidad que es como un eje en relación al cual todo se ordena, no se ve por qué el conocimiento de la "naturaleza", en el sentido más vasto del término, no debería abandonar las muletas de una experiencia más o menos cuantitativa, y por qué toda visión intelectual "a vista de pájaro" sería de entrada una hipótesis gratuita. Pero los eruditos modernos tienen una verdadera aversión contra todo lo que transcienda esa condición de lo "pegado a la tierra" propia de la "ciencia exacta"; a sus ojos, poner de relieve el atractivo "poético" de una doctrina es desacreditarla como ciencia. Esta torpe y pesada desconfianza "científica" hacia la grandeza y la belleza de una concepción revela una incomprensión total de la naturaleza del arte primordial y de la naturaleza misma de las cosas.

La cosmología tradicional implica siempre un aspecto de "arte" en el sentido primordial del término: cuando la ciencia sobrepasa el horizonte del mundo corporal, o cuando simplemente se considera lo que en este mundo se manifiesta de las cualidades transcendentes, se hace imposible "registrar" el objeto del conocimiento como se registran los contornos y los detalles de un fenómeno sensible; no queremos decir que la intelección de las realidades superiores al mundo corporal sea imperfecta; no hablamos más que de su "fijación" mental y verbal; todo lo que puede transmitirse de estas visiones de la realidad tiene el carácter de claves especulativas que ayudarán a reencontrar la "visión" sintética que se busca. Ahora bien, la justa aplicación de estas "claves" a la multiplicidad irisada de las facetas del Cosmos dependerá de lo que se puede llamar un arte, puesto que esa aplicación supone una cierta realización espiritual o al menos el dominio de ciertas "dimensiones conceptuales" (3).

En cuanto a la ciencia moderna, no sólo se limita, en el estudio de la naturaleza, a uno de sus planos de existencia -lo que origina la dispersión "horizontal" contraria al espíritu contemplativo-, sino que desmenuza, además, tanto como puede, los contenidos de la naturaleza, como tratando de agarrar con más fuerza la "materialidad autónoma" de las cosas; y esta parcialización a la vez teórica y tecnológica de la realidad se opone radicalmente a la naturaleza del arte; pues el arte no es nada sin plenitud en la unidad, sin ritmo y proporción.

Dicho de otro modo, la ciencia moderna es fea, de una fealdad que acaba por acaparar la noción misma de "realidad" (4) y por arrogarse el prestigio del juicio "objetivo" sobre las cosas (5); de ahí la ironía de los modernos hacia todo lo que, en las ciencias tradicionales, irradia una sensación de ingenua belleza. Por el contrario, esa fealdad de la ciencia moderna le quita todo valor desde el punto de vista de las ciencias contemplativas e inspiradas, pues el objeto central de estas ciencias es la Unicidad de todo lo que existe, unicidad que la ciencia no podría propiamente negar -puesto que todo lo afirma implícitamente- pero que puede, sin embargo, merced a su método diseccionante, impedirnos "saborear".

 

 

Notas:

1. Véase Frithjof Schuon: "La question des formes d'art", en De l'Unité transcendante des religions, París, du Seuil, 1979. ["La cuestión de las formas de arte", en De la unidad transcendente de las religiones, Madrid, Heliodoro, 1980].

2. Cf. René Guénon: "Le Nyâya", en Introduction générale à l'Étude des Doctrines Hindoues, París, Vega, 1976 ["El Nyâya", en Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes, Buenos Aires, Losada, 1945], donde dice "...si la idea, en la medida en que es verdadera y adecuada, participa de la naturaleza de la cosa, inversamente, la propia cosa participa también de la naturaleza de la idea".

3. Un ejemplo de tal "clave" especulativa es el esquema de un horóscopo, que representa simbólicamente todas las relaciones entre un microcosmo humano y el macrocosmo. La interpretación del horóscopo llevará consigo aplicaciones innumerables que no pueden ser intuidas con certeza más que en virtud de la "forma" única del ser, forma que el horóscopo vela y revela a la vez.

4. De ahí el empleo en la estética moderna del término "realismo".

5. Para la gran mayoría de los europeos, el signo y el patrimonio de la ciencia son los aparatos complicados, el papeleo, la actitud del cirujano.

 

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18 de dic. de 2009

Slavoj Žižek - Un Buda, un hamster y los fetiches de la ideología

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Slavoj Zizek Hoy una especie de sabiduría agnóstica, oriental, de la nueva era, o usualmente alguna clase de falso Taoísmo o Budismo se está convirtiendo en la forma predominante de ideología. ¿Cómo funciona este Budismo? ¿Por qué es la ideología ideal para el capitalismo tardío?

El mensaje fundamental [de esta nueva corriente] es “no persigas el éxito material, no participes en el juego social por entero, hazlo con distancia.” Ustedes saben cómo son usualmente los posters de propaganda de los cursos budistas. Hay un primer párrafo anticapitalista: “No te dejes atrapar en esta lucha por lo material, retírate a la paz, etc., etc.”. Pero el segundo párrafo siempre es “de esta manera vas a ser aún más exitoso en los negocios”.

La visión es que el funcionamiento de nuestra vida capitalista de todos los días es tan frenética, tan alocada, que para sobrevivir necesitas tomarlo como si fuera un juego, no un compromiso real, porque si estás demasiado comprometido te vuelves loco. Creo que el funcionamiento de la ideología es, en este punto, fetichista. ¿Qué significa el fetichismo en este contexto? Los fetichistas no son idiotas, son realistas. Un fetichista es alguien que, aferrándose a su fetiche, puede soportar la realidad tal como es.

Déjenme contarles una historia, que es real, le sucedió a un amigo mío recientemente, cómo hizo para sobrevivir a la muerte de su esposa. Fue la trágica historia frecuente, él estaba felizmente casado, la esposa fue al doctor, de pronto le dijeron “tienes cáncer de mama” y murió en tres meses. Pero la gran sorpresa para sus amigos fue descubrir cómo después de la muerte de su esposa, este tipo podía hablar bastante fría, normalmente, aún de los más dolorosos momentos de la muerte de su esposa. No teníamos que simular, que evitar el tema traumático, era absolutamente normal, él podía hablar sobre todo. Entonces nos preguntamos, “¿Pero este tipo es un monstruo o qué? ¿Cómo puede tratar tan fríamente la muerte de su esposa?”.

Pronto descubrimos el secreto. Es tan simple y ridículo que sólo porque es verdad puedo contarlo seriamente y creerlo. Nos dimos cuenta que siempre que hablaba de su mujer, de los momentos más dolorosos de su muerte, él jugaba en su regazo, con sus manos, con un pequeño hámster, la mascota de su mujer; y que este hámster era su fetiche. Funcionaba como una especie de negación simbólica de lo que estaba diciendo. Él era capaz de admitir racionalmente la muerte de su esposa, pero con el hámster bloqueaba la verdad contenida en su aceptación de esta muerte. Ustedes se preguntarán si esto es una especie de análisis salvaje muy primitivo, y cómo podemos saber que realmente esto era así. Desafortunadamente tengo la prueba, como saben, los hámsters viven por muy poco tiempo: medio año después de la muerte del hámster, el tipo se quebró y debió ser hospitalizado por un intento de suicidio.

Así es como creo que sobrevivimos hoy a la realidad capitalista, podemos ser muy realistas, actuar con crueldad, no tener ilusiones sobre la vida social, pero cuando encontramos a alguien que dice “No tengo ninguna ilusión, puedo aceptar la vida tal como es, cruel, sin ideales”, háganle una simple pregunta: ¿Dónde está tu hámster?

Mi idea es que este budismo occidental es un hámster gordo y grande. Puedes participar completamente en el salvaje juego capitalista mientras tu entrenamiento y tu meditación y demás te dan la ilusión de que esa no es la vida real, sólo estas jugando el juego social, en realidad estás en cualquier otro lado.

Creo que ni siquiera podemos decir que esto es sólo una falsificación occidental, que la verdadera sabiduría oriental es algo totalmente diferente. Recientemente leí un libro maravilloso de un autor llamado Brian Victoria, Zen y guerra, que demuestra que en los 30s y 40s, con la excepción de algunos disidentes, las autoridades budistas zen japonesas apoyaron completamente al militarismo imperial japonés [...] Pero lo interesante es cómo los budistas justificaron al militarismo. Un nivel fue la justificación teleológica usual, que también conocemos en occidente, “a veces tienes que hacer un mal menor por el mayor bien, no deberíamos matar, pero matemos un poquito para prevenir una gran matanza”. Pero la legitimación clave fue mucho más interesante y siniestra: la idea era que la obediencia militar absoluta e incondicional, la ejecución inmediata de órdenes, era la vía directa de la mayoría de la gente para conseguir la iluminación espiritual. Porque la idea era que el oro del esclarecimiento budista, la superación del falso “sí mismo” (self), se logra a través de la disciplina militar perfecta, donde uno se convierte en una máquina, sólo ejecuta órdenes, te sobrepones a ti mismo.

Déjenme evitar un malentendido, no estoy diciendo que esto significa que el budismo zen es una falsedad, un falsedad militar secreta. Afirmo que lo mismo puede decirse de los grandes místicos de Europa occidental. Si miran de cerca a muchas de las grandes figuras místicas descubrirán que también eran políticamente activas y extremadamente crueles. Mi conclusión es simplemente que aún el esclarecimiento místico y espiritual más auténtico es éticamente neutral.

No hay nada que nos prevenga de cometer los peores crímenes. Déjenme contarles un extraño hecho que pienso que es aquí profundamente indicativo. ¿Saben cuál era el libro favorito de Himmler, el jefe de la SS de Hitler? Era un libro encuadernado en un cuero especial que llevaba todo el tiempo en su bolsillo: el Bhagavad-Gítá. La idea es que así es como un soldado nazi debe cometer sus asesinatos, con una distancia interior, sin participar en ello.

Ahora, para concluir realmente, pienso que por lo que debemos esforzarnos no es en las hipocresías religiosas, no las religiones si no su utilización hipócrita. Necesitamos una lógica diferente de compromiso colectivo, de compromiso ético. ¿Dónde encontramos esto? ¿Cuál es la solución? Me encantaría desarrollarlo, pero me piden que termine. Muchas gracias.

 

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14 de dic. de 2009

Roland Barthes – La forma y el concepto

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Roland Barthes

 

El significante del mito se presenta en forma ambigua: es, a la vez, sentido y forma, lleno de un lado, vacío del otro. Como sentido, el significante postula de inmediato una lectura, se lo capta con los ojos, tiene realidad sen­sorial (a la inversa del significante lingüístico que es de naturaleza puramente psíquica), tiene riqueza: la deno­minación del león, el saludo del negro, son conjuntos plausibles, están dotados de una racionalidad suficiente. Como suma de signos lingüísticos, el sentido del mito tiene un valor propio, forma parte de una historia, la del león o la del negro: en el sentido ya está construida una significación que podría muy bien bastarse a sí misma, si el mito no la capturara y no la constituyera súbitamente en una forma vacía, parásita. El sentido ya está completo, postula un saber, un pasado, una memoria, un orden comparativo de hechos, de ideas, de decisiones.

Al devenir forma, el sentido aleja su contingencia, se vacía, se empobrece, la historia se evapora, no queda más que la letra. Encontramos aquí una permutación paradó­jica de las operaciones de lectura, una regresión anormal del sentido a la forma, del signo lingüístico al significante mítico. Si encerramos quia ego nominar leo en un sistema puramente lingüístico, la proposición reencuentra pleni­tud, riqueza, historia: soy un animal, un león, vivo en tal país, vuelvo de cazar, se pretendería que comparta mi presa con un novillo, una vaca y una cabra; pero como soy el más fuerte me quedo con todo por diversas razones, la última de las cuales es, simplemente, que me llamo león. Pero como forma del mito la proposición ya no contiene casi nada de esta larga historia. El sen­tido contenía un sistema de valores: una historia, una geografía, una moral, una literatura. La forma ha aleja­do toda esta riqueza: su pobreza actual requiere de una significación que la remplace. Hay que rechazar hacia muy atrás la historia del león para dar lugar al ejemplo de gramática, hay que poner entre paréntesis la biografía del negro si se quiere liberar la imagen, prepararla para recibir su significado.

Pero el punto capital de todo esto es que la forma no suprime el sentido sino que lo empobrece, lo aleja, lo mantiene a su disposición. Parece que el sentido va a morir, pero se trata de una muerte en suspenso: el sentido pierde su valor pero mantiene la vida, y de esa vida va a alimentarse la forma del mito. El sentido será para la forma como una reserva instantánea de historia, como una riqueza sometida, factible de acercar o alejar en una especie de alternancia veloz: es necesario que la forma pueda volver permanentemente a echar raíces en el sentido y alimentarse naturalmente de. él; sobre todo es necesario que en él pueda ocultarse. Lo que define al mito es este interesante juego de escondidas entre el sentido y la forma. La forma del mito no es un símbolo: el negro que saluda no es el símbolo del impe­rio francés, tiene demasiada presencia; se ofrece como una imagen rica, vivida, espontánea, inocente, indiscu­tible. Pero al mismo tiempo esta presencia está some­tida, alejada, vuelta como transparente; se retira un poco, se hace cómplice de un concepto que recibe ya armado, "la imperialidad" francesa: se convierte en una presencia prestada.

Vayamos ahora al significado: esta historia que se desliza fuera de la forma va a ser totalmente absorbida por el concepto. El concepto, por su parte, está deter­minado: es a la vez histórico e intencional; es el móvil que hace proferir el mito. La "ejemplaridad" grama­tical, la "imperialidad" francesa, constituyen la pulsión misma del mito. El concepto restablece una cadena de causas y efectos, de móviles e intenciones. En contraste con la forma, el concepto nunca es abstracto: está lleno de una situación. A través del concepto se implanta en el mito una historia nueva: en la denominación del león, previamente vaciada de su contingencia, el ejem­plo de gramática va a convocar toda mi existencia: el tiempo, que me instala en una determinada época en que se enseña la gramática latina; la historia, que me distingue, a través de un juego de segregación social, de los niños que no aprenden el latín; la tradición pedagógica que obliga a elegir ese ejemplo en Esopo o en Fedra; mis propios hábitos lingüísticos que ven en la concordancia del atributo un hecho importante, digno de ser ilustrado. Lo mismo ocurre con el negro que saluda: como forma, el sentido es restringido, aisla­do, empobrecido; como concepto de la "imperialidad" francesa se anuda otra vez a la totalidad del mundo: a la historia general de Francia, a sus aventuras coloniales, a sus dificultades presentes. Estrictamente, en el concepto se inviste más un cierto conocimiento de lo real que lo real mismo. Al pasar del sentido a la forma, la imagen pierde saber para recibir mejor una por­ción de concepto. El saber contenido en el concepto mítico es, en realidad, un saber confuso, formado de asociaciones débiles, ilimitadas. Es necesario insistir so­bre este carácter abierto del concepto: de ninguna ma­nera se trata de una esencia abstracta, purificada, es una condensación inestable, nebulosa, cuya unidad y coherencia dependen sobre todo de la función. En este sentido puede decirse que el carácter fundamental del concepto mítico es el de ser apropiado: la "ejemplari­dad" gramatical concierne a una clase determinada de alumnos, la "imperialidad" francesa debe conmover a un grupo de lectores y no a otros: el concepto responde estrictamente a una función, se define como una ten­dencia. Esta caracterización nos recuerda el signifi­cado de otro sistema semiológico, el freudiano: en Freud, el segundo término del sistema es el senti­do latente (el contenido) del sueño, del acto falli­do, de la neurosis. Así Freud señala que el sentido segundo de la conducta es su sentido propio, es decir apropiado a una situación completa, profunda; es, al igual que el concepto mítico, la intención misma de la conducta.

Un significado puede tener varios significantes: éste es especialmente el caso del significado lingüístico y del significado psicoanalítico. Es también el caso del con­cepto mítico, que tiene a su disposición una masa ilimi­tada de significantes: puedo encontrar mil frases latinas que me hagan presente la concordancia del atributo, mil imágenes que me signifiquen la "imperialidad" francesa. Esto quiere decir que el concepto es cuantita­tivamente mucho más pobre que el significante; a me­nudo no hace más que re-presentarse. De la forma a! concepto, pobreza y riqueza están en proporción inversa: a la pobreza cualitativa de la forma, depositaría de un sentido disminuido, corresponde la riqueza de un concepto abierto a toda la historia; a la abundancia cuan­titativa de las formas corresponde un número pequeño de conceptos. Esta repetición del concepto a través de formas diferentes, es preciosa para el mitólogo ya que permite descifrar el mito: la insistencia de una conducta es la que muestra su intención. Esto confirma que no hay relación regular entre el volumen del significado y el del significante: en la lengua esta relación es pro­porcionada, casi no excede la palabra, o por lo menos la unidad concreta. Por el contrario, en el mito él concepto puede extenderse a través de una extensión muy grande de significante: por ejemplo, un libro en­tero puede ser el significante de un solo concepto y a la inversa, una forma minúscula (una palabra, un gesto, aun lateral, siempre que sea notado) podrá servir de significante a un concepto cargado de una rica historia. Esta desproporción entre el significante y el significado no es privativa del mito: en Freud, por ejemplo, el acto fallido es un significante de una pequeñez sin propor­ción con el verdadero sentido que traiciona.

Como ya lo he dicho, en los conceptos míticos no hay ninguna fijeza: pueden hacerse, alterarse, desha­cerse, desaparecer completamente. Precisamente porque son históricos, la historia con toda facilidad puede su­primirlos. Esta inestabilidad obliga al mitólogo a mane­jar una terminología adaptada sobre la que quisiera decir algunas cosas, pues a menudo es fuente de ironía: se trata del neologismo. El concepto es un elemento constituyente del mito: si deseo descifrarlo me es abso­lutamente necesario poder nombrar los conceptos. El diccionario proporciona algunos: la bondad, la caridad, la santidad, la humanidad, etc. Pero por definición, pues­to que es el diccionario el que me los da, estos conceptos no son históricos. Sin embargo, lo que más necesito con frecuencia son conceptos efímeros, ligados a contingencias limitadas: el neologismo se vuelve inevitable. La China es una cosa; la idea que podía hacerse de ella hasta no hace demasiado tiempo un pequeñoburgués francés, es otra: para esa mezcla especial de campanillas, ricshas y fumaderos de opio, no existe otra palabra posible que chinitiad. Es posible que no sea bella. Consolémonos reconociendo que, al menos, el neologismo conceptual no es nunca arbitrario: está construido sobre una regla proporcional muy sensata.5*

 


5 latín/latinidad = vasco/X

X = vasquidad.

 

En Mitologías

Traducción: Héctor Schmuccler

Madrid, 1999

 

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