29/10/2009

Dylan Thomas - La escuela de brujas

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Dylan Thomas 2 En el pico de Cader había una escuela de brujas: allí, la hija del médico, que enseñaba la cuna profana y la aguja del demonio, contaba con siete jovencitas campesinas. En el pico de Cader, a medias derruida y azotada por un clima hostil, la casa de una sola planta daba albergue a las siete jovencitas, a los ecos del sótano, a una cruz invertida sobre la entrada de las habitaciones interiores. Allí, cuando soñaba con enfermedades en el centro de la colina tuberculosa, oyó el médico gritar a su hija invocando el poder que rebullía bajo las raíces de occidente. Invocaba a un demonio en concreto, pero la gehena ni siquiera bostezó bajo la colina, y el día y la noche continuaron con sus sendas despedidas; cantaron los gallos y cayó el maíz en las aldeas y en los campos amarillentos mientras ella enseñaba a las siete jovencitas cómo se interponía la lujuria del hombre, cual cadáver de caballo, frente a sus mezcolanzas inyectadas. Era baja, tenía gruesos los muslos y las mejillas coloradas, los labios carmesíes y la inocencia en los ojos. Sin embargo, se le endurecía el cuerpo cuando invocaba a las flores negras bajo la marea de las raíces, cuando salía a recoger los cuajos de los árboles para colocarlos bajo las ubres de las vacas, y las siete la miraban fijamente, boquiabiertas, viendo cómo se le endurecían las venas de los pechos; permanecía descubierta e invocaba al diablo, y las siete, descubiertas, cerraban un círculo a su alrededor.

Al enseñarles las intrincadas maneras del demonio, alzó los brazos para franquearle el paso. Tres años y un día habían transcurrido desde la primera vez en que se postró ante la luna y, enloquecida por la media luz, se empapó el cabello siete veces en el agua salada del mar y empapó un ratón en miel. Permanecía en pie sin que nada ni nadie la tocase, en actitud de amar al hombre perdido. Se le endurecieron los dedos sobre la luz, como si estuvieran sobre el esternón del diablo que seguía sin acudir a su llamamiento.

La señora Price ascendió la colina y la vieron las siete. Era la primera noche del año nuevo, el viento estaba aquietado en el pico de Cader y un atardecer a medias tintado de rojo, prometedor, flotaba sobre los roquedos. Tras la comadrona se fundió el sol tal como se hunde una piedra en la ciénaga, y la Oscuridad borboteó tras él, y el barro lo succionó en la burbuja de los campos insondables.

En Belén existe una cárcel para mujeres locas, y en Cathmarw, junto a los árboles de la casa del párroco, una muchacha negra se puso a chillar mientras sufría los dolores del parto. Le daba miedo morir como una vaca en el establo, le daban miedo los ruidos de los grajos. Llamó a gritos al médico del pico de Cader cuando el occidente tumultuoso se removía en su sepultura. La oyó la comadrona. Una muchacha negra se balanceaba en su cama. Sus ojos eran de piedra. La señora Price ascendió la colina y la vieron las siete.

Comadrona, comadrona, llamaron las siete jovencitas. La Señora Price se persignó. Llevaba una ristra de ajos colgada del cuello. Con cuidado, la rozó con un dedo. Las siete gritaron a voz en cuello, y corrieron del ventanal a las habitaciones interiores, en donde la hija del médico, arrodillada, daba consejos al sapo negro, a su allegada y al gato adivino que dormitaba pegado a la pared. La allegada movió la cabeza. Las siete se pusieron a bailar, restregando los muslos contra la pared enlucida hasta que la sangre borró los símbolos de la fertilidad que llevaban inscritos en ellos. Bailaron de la mano entre los símbolos oscuros, bajo los mapas que indicaban el asenso y la caída de las estaciones satánicas, y sus blancos vestidos revoloteaban alrededor. Comenzaron a ulular las lechuzas, golpeteando la música de un invierno que había despertado de súbito. Cogidas de la mano, las bailarinas dieron vueltas en torno al sapo negro y a la hija del médico, siete ciervos en danza, sus cornamentas temblorosas en la confusión de aquella habitación profana.

Es una mujer muy negra, dijo la señora Price, e hizo una reverencia al médico.

Despertó al oír la historia de la comadrona, que le hablaba de un sueño de enfermedades y recordaba la rotura, la mancha negra, el eco, las sombras mutiladas del séptimo sentido.

Ella se acostó con un afilador negro.

El la hirió en lo más profundo, dijo el médico, y se limpió un bisturí en la manga.

Juntos, bajaron dando tumbos por los roquedos de la colina.

Al pie de la colina los recibió el terror, el terror de los ciegos que golpean con sus blancos bastones sin saber dónde dan, las extremidades amputadas de las tinieblas solidificadas; dos gusanos en el pliegue de un árbol, las barrigas en la savia del caucho, los pegamentos de un bosque de simiente equivocada; sujetando con todas sus fuerzas los sombreros y el bolso una y el maletín el otro, los dos siguieron a rastras por el camino que llevaba al negro alumbramiento. De la derecha, de la izquierda, los alaridos arrancados por los dolores del parto llegaban por debajo de las ramas, atravesaban la madera muerta desde la tierra, donde estornudó un topo, y desde el cielo, fuera de la vista de los gusanos.

No fueron los únicos que aquella noche se vieron atrapados en la ceguera torrencial: para ellos, mientras avanzaban a tientas, dando traspiés, la tierra estaba desierta, no había un solo hombre, y los profetas del mal tiempo caminaban a solas por sus barriadas. Del silencio emergieron tres buhoneros, pegados al muro de la capilla. Es la capilla de Cader, dijo el sartenero. El párroco no tiene aprecio por los buhoneros, dijo John Bucket, el calderero. Al pico de Cader, dijo el afilador, y allá fueron. Pasaron muy cerca de la comadrona; ella escuchó el claqueteo de las tijeras y la rama de un árbol tamborilear en los cacharros de cobre. Uno, dos y tres: se fueron arrastrando los pies, invisibles, mientras ella se sujetaba las faldas. La señora Price se persignó por segunda vez y volvió a tocar los ajos que le colgaban del cuello. Un vampiro con tijeras era un demonio de Pembroke. Y la muchacha negra gritaba como un cerdo.

Hermana, levanta la mano derecha. La séptima jovencita alzó la mano derecha. Ahora, dijo la hija del médico, repite conmigo: Levántate y sal de la cebada aristada. Levántate y sal de la verde hierba adormecida en la hondonada frondosa del Señor Griffiths. Hombre grande, hombre negro, todo ojos y sólo un diente, levántate y sal de las ciénagas de Cader. Repite: El diablo me besa. El diablo me besa, dijo la muchacha helada en el centro de la cocina. Bésame para salir de la cebada aristada. Bésame para salir de la cebada aristada. En círculo, el resto de las jovencitas se reía entre dientes. Sácame de la verde hierba. Sácame de la verde hierba. ¿Ya puedo ponerme la ropa?, dijo la joven bruja tras encontrarse con el mal invisible.

A lo largo de las primeras horas de la noche, en el humo de las siete candelas, la hija del médico habló del sacramento de las tinieblas. En los ojos de su allegada leyó la nueva de un grandísimo advenimiento profano; adivinando el futuro en los ojos verdes y somnolientos vislumbró, con la misma claridad con que vieron los buhoneros la torreta, la llegada de una bestia descomunal con piel de ciervo, vio al animal astado cuyo nombre se lee del revés, y vio que el negro, negro, negrísimo ser errante ascendía la colina hacia donde estaban las siete jovencitas sabias de Cader. Despertó al gato. Pobre Campana, dijo acariciando al gato a contrapelo. Talán, talán, Campana, dijo, y balanceó por la cola al gato babeante.

Hermana, levanta la mano izquierda. La primera jovencita alzó la mano izquierda. Ahora, con la derecha pon un alfiler en la izquierda. ¿Dónde hay un alfiler? Aquí, dijo la hija del médico, aquí tienes un alfiler, enredado en tus cabellos. La muchacha hizo ademán de llevarse la mano al negro cabello y extrajo un alfiler del rizo que le caía sobre la oreja. Repite: Te crucifico. Te crucifico, dijo la muchacha. Con el alfiler en la mano, se lo clavó al gato agazapado en el regazo de la hija.

Porque el amor adopta múltiples formas: perro, gato, cerdo o cabra. Existía un amante hechizado en el tiempo de la misa, formado de pleno, con sus rasgos plasmados en la imagen del gato que salió huyendo con el vientre ensangrentado, corriendo hasta dejar atrás a las siete jovencitas, el salón y el dispensario, hasta salir a la noche y seguir corriendo por la colina. El viento lo alcanzó en la herida y con agilidad bajó por los roquedos, camino de los arroyos refrescantes.

Pasó como un relámpago junto a los tres buhoneros. Un gato negro trae buena suerte, dijo el sartenero. Un gato ensangrentado trae mala suerte, dijo John Bucket, el calderero. El afilador no dijo nada. Emergieron del silencio junto al muro de la casa que se alzaba sobre la cima y escucharon la música infernal que salía de la puerta abierta. Espiaron por la ventana de cristal tintado y las siete jovencitas danzaron ante ellos. Tienen pico, dijo el sartenero. Y los pies palmeados, dijo John Bucket, el calderero. Los buhoneros entraron.

A medianoche dio a luz la muchacha negra, que parió una bestia negra con ojos de gatito y una mancha en la comisura de la boca. La comadrona, al recordar las marcas de nacimiento, habló en susurros con el médico de la grosella que tenía su hija en el brazo. ¿Está ya madura?, preguntó la señora Price. Al médico le tembló la mano, y con el bisturí cortó al bebé por debajo del mentón. Tú, llora, chilla, dijo la señora Price, que amaba a todos los recién nacidos.

El viento aullaba por encima de Cader y despertaba a los grajos adormecidos, que graznaron en la fronda y, con más fuerza que los búhos, perturbaron las meditaciones de la comadrona. No era habitual que los grajos, adormecidos sobre los tejados de zinc, se pusieran a graznar en plena noche. ¿Quién habría hechizado a los grajos? Bien podía salir el sol a la una y diez de la madrugada.

Tú, llora, chilla, dijo la señora Price con el bebé en brazos, que este es un mundo perverso. El mundo perverso, con vozarrón de vendaval, habló al bebé medio asfixiado entre los pliegues del abrigo de la comadrona. La señora Price llevaba un sombrero de hombre, y sus enormes pechos palpitaban bajo la casa negra. Tú, llora, chilla, dijo el mundo perverso, soy un viejo que te ciega, una mujercita perversa que te hace cosquillas, una muerte seca que te reseca. El bebé lloró y chilló como si tuviese una pulga en la lengua.

Los buhoneros se perdieron en la casa y no pudieron encontrar el camino de las habitaciones interiores, donde las jovencitas seguían bailando con picos de ave y con los pies palmeados, descalzas sobre los adoquines. El sartenero abrió la puerta del dispensario, pero los frascos y la bandeja de los bisturíes y demás instrumentos le alarmaron. Los pasadizos estaban demasiado oscuros para John Bucket, el calderero, y el afilador lo sorprendió en una esquina. Cristo me defienda, exclamó. Las muchachas cesaron su danza, pues el nombre de Cristo resonó en el vestíbulo. Entra, entra, gritó la hija del médico al diablo para darle la bienvenida. Fue el afilador el que encontró la puerta y giró el picaporte, entrando en la luz de las candelas. Se plantó delante de Gladwys en el umbral de la puerta, un gigante negro como la tinta, con una barba de tres días. Ella alzó la cara acercándola a la suya, y el sayo le cayó en el acto.

Subiendo por la colina, la comadrona resoplaba y canturreaba para aliviar el paso con el recién nacido en brazos, y el médico se afanaba tras ella, escuchando el golpeteo de su negro maletín. Las aves de la noche volaron al lado de ellos, pero la noche estaba desierta, y aquellas alas y voces inquietas, abandonando el vacío para siempre, eran las plumas de las sombras y los acentos de un vuelo invisible. El propósito tras la silueta del pico de Cader, en el pecho de la colina repleto de cantos y en los cráteres que picaban como la viruela aquella carne entre verde y negruzca, no era otro que el propósito del viento que, de grado o por fuerza, soplaba por todos los rincones la hierba amorfa y las piedras de un mundo todavía por moldear. Los parches de hierba y los huesos de la empinada cuesta, según meditó el médico mientras subía tras el bebé, adormecido en sus recuerdos en el regazo de una desconocida, se arremolinaban unos con otros al salir de los basureros del caos gracias a un viento invernal. Sin embargo, la presunción del médico quedó en nada, pues el bebé negro soltó un alarido tan alto y tan agudo que el señor Griffiths lo oyó desde su templo en la fronda de la hondonada. El adorador de las plantas, de pie bajo la sagrada calabaza que había clavado con cuatro clavos a la pared, oyó el alarido que descendía desde las alturas. Una mandrágora había aullado en Cader. El señor Griffiths salió deprisa, por el camino de las estrellas.

John Bucket, el calderero, y el sartenero llegaron a la luz de la candela y se vieron en compañía de extraños. En el círculo central de la estancia, rodeados por las luces inciertas, estaban el afilador y la muchacha desnuda; ella le sonrió, él le sonrió a ella, tentó con sus manos el cuerpo de la jovencita, ella se puso rígida y se relajó después, él se acercó más, y ella sonriendo volvió a ponerse rígida, y el se relamió.

John Bucket, el calderero, no le había visto convertido en uno de los poderes del mal, cuando desnudó los pechos y los muslos inmaculados de las gentiles doncellas, un hombre negro y magnético, con la condenación de las mujeres en su sonrisa al forzar las puertas del amor. Recordaba a un negro compañero de ruta que afilaba las tijeras y los cuchillos por los pueblos y que, en la penumbra, cuando los buhoneros vivaqueaban para pernoctar, era una sombra negra como el tizón, silenciosa como los setos junto a los cuales caminaban.

¿Era ese hombre tan alto, murmuró el sartenero, ese que toma a la hija del médico sin saludo previo, era ese Tom el afilador? Lo recuerdo en los caminos bajo el sol de plomo, un buhonero negro con sus tres chaquetas puestas.

Como un dios, el afilador se inclinó sobre Gladwys, sanó su herida, ella aguantó su ungüento y su fuego, ardió en el altar de la torre y así se cumplió el negro sacrificio. Se apartó de sus brazos, con su corte abierto en una ofrenda, las entrañas de un cordero, sonriente, llorosa: danzad, danzad mis siete allegadas. Y las siete danzaron con las cornamentas estremecidas en la confusión de aquella estancia profana. Un aquelarre, un aquelarre, exclamaron las siete al bailar. Llamaron al sartenero, que seguía en la puerta. Él avanzó paso a paso, ellas le tomaron de ambas manos. Danza, danza, mi desconocido, gritaron las siete. John Bucket, el calderero, se unió a ellos, y sus calderos resonaban como tambores. Con habilidad lo arrastraron a la furia creciente de la danza. El afilador, en medio del círculo, bailaba como una torre. Ganaron más velocidad al dar vueltas y más vueltas, aunque ninguna gritaba más fuerte que los dos buhoneros en el corazón de aquella compañía giratoria, y la hija del médico se coló entre ellos. Les hizo dar vueltas con mayor celeridad; mareados como dos veletas presa de cien vientos a la vez, eran dos siluetas en constante revolución, al viento alborotado por los vestidos de las jovencitas, al compás de la música del afilador y sus tijeras, de las sartenes y los calderos; mareada, ella correteó entre las bailarinas, una rueda de cabellos y de ropas, y los alfileres ensangrentados giraban también; las candelas palidecieron y menguaron por el viento de la danza; ella giró como un torbellino al lado del buhonero, al lado del afilador, al lado negro y oscuro, y olfateó su piel, olfateó las siete furias.

Fue entonces cuando llegaron el médico, la comadrona y el bebé. Entraron por la puerta abierta con toda tranquilidad. Que duermas bien, Pembroke, que tus demonios te han abandonado. ¡Ay del pico de Cader, que el hombre negro baila en mi casa! Para aquella velada salvaje no había otro fin que un fin de maldad. La tumba había bostezado, y el negro aliento se alzó de la tierra.

Bailaban las metamorfosis del polvo de Cathmarw. Yaced quietas, cenizas del hombre, pues el ave fénix ha de levantar el vuelo de donde estáis. Caiga la maldición sobre Cader, sobre mi bella casa cuadrada. La señora Price rozó con el dedo los ajos y el médico permaneció contristado.

Las siete los vieron. Un aquelarre, un aquelarre, exclamaron. Una, sin dejar de bailar, tiró de la mano del médico; otra, bailando sin cesar, lo tomó de la cintura; perplejo al ver la carne blanca en sus brazos, el médico también bailó. Maldición, caiga la maldición y la pena sobre Cader, gritaba a la vez que giraba entre las doncellas, y sus pasos fueron ganando velocidad. Oyó elevarse su propia voz, notó que sus pies volaban sobre los adoquines. Un aquelarre, un aquelarre, gritó él médico bailando, e hizo las debidas reverencias.

De repente, la señora Price, abrazada al bebé negro, fue rodeada a la entrada de la estancia. Los doce danzantes la hicieron entrar, y las manos de desconocidos le arrebataron el bebé del regazo. Ved, ved, dijo la hija del médico, ved la cruz en su cuello negro. Había sangre bajo el mentón del bebé, allí donde tembló un bisturí al hacerle un corte. El gato, gritaron las siete, el gato, el gato negro. Habían desatado al diablo hechizado que habitaba en el gato, el esqueleto humano, la carne y el corazón de la gehena de las raíces del valle y la imagen de un ser que calmaba su herida en los arroyos lejanos. Su magia había obrado; depositaron al bebé sobre los adoquines y prosiguió la danza. Pembroke, que duermas bien, susurró la comadrona que bailoteaba, tiéndete, no te muevas, condado desierto.

Y fue así que el último visitante de esa noche encontró a trece danzantes en las habitaciones interiores de la casa de Cader: un hombre negro y una muchacha sonrojada, dos buhoneros desharrapados, un médico, una comadrona y siete muchachas campesinas que daban vueltas y más vueltas tomados de las manos, bajo los mapas que señalaban el ascenso y la caída de las estaciones satánicas, entre los símbolos de las artes más siniestras, dando vueltas sin cesar, mareados, gritando hacia el techo a la vez que reverenciaban la cruz invertida que estaba a la entrada.

El señor Griffiths, medio ciego después de haber pasado mucho tiempo contemplando la luna, echó un vistazo y los encontró así. Vio al recién nacido sobre los fríos adoquines. Invisible, en las sombras, se acercó sigiloso al bebé y lo puso en pie. El bebé cayó. Con paciencia, el señor Griffiths puso en pie al bebé, pero aquella mandrágora no iba a caminar esa noche.

 

Relatos completos

Traducción de Miguel Martínez-Lage

Plaza & Janés

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28/10/2009

W. G. Sebald: Los anillos de Saturno,VI (China)

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Cerca de la costa entre Southwold y la localidad de Walberswick, un puente de hierro estrecho conduce sobre el río Blyth, por el que una vez navegaron mar adentro pesados barcos cargados de lana. Hoy día ya casi no hay tráfico en el río, obstruido con arena casi en su totalidad. A lo sumo, en la orilla inferior, entre un sinnúmero de botes ruinosos, se ve uno u otro barco de vela amarrado. En el lado de la tierra no hay más que agua gris, terrenos pantanosos y vacío.

El puente sobre el Blyth se construyó en 1875 para un ferrocarril de vía estrecha que circulaba entre Halesworth y Southwold, cuyos vagones, como afirman diferentes historiadores locales, estaban destinados en un principio al emperador de China. Pese a largas investigaciones no he conseguido averiguar exactamente de qué emperador chino se trataba, como tampoco he podido saber por qué no se llegó al cumplimiento del contrato de suministro y bajo qué circunstancias el pequeño tren de la corte imperial, que tal vez hubiese tenido que unir el Pekín de aquel tiempo, todavía rodeado de bosques de pinos, con una de las residencias veraniegas, fue finalmente puesto al servicio de una de las vías de empalme del Great Eastern Railway. Las fuentes inciertas son unánimes solamente en cuanto a que los contornos del animal heráldico imperial con cola, envuelto por las nubes de su propia respiración, se podían reconocer con claridad debajo del esmalte negro del tren, limitado a una velocidad máxima de veinticinco kilómetros por hora, y que era requerido principalmente por bañistas y veraneantes. En lo que respecta al animal heráldico en sí, El libro de los seres imaginarios*, ya citado al comienzo de este informe, contiene una taxonomía y descripción bastante completa de los dragones orientales, de los del cielo así como de aquellos de tierra y mar. De unos se dice que llevan a sus espaldas los palacios de los dioses, mientras que los otros presumiblemente determinan el curso de los arroyos y de los ríos y protegen los tesoros subterráneos. Están cubiertos por una coraza de escamas amarillas. Debajo de las fauces tienen barba, la frente está abombada sobre ojos llameantes, las orejas son cortas y gordezuelas, las fauces están siempre abiertas y se alimentan de perlas y de ópalos. Algunos alcanzan de cinco a seis kilómetros de largo. Cuando cambian de lugar derriban montañas. Si vuelan, causan horribles tempestades que arrancan los tejados de las casas en las ciudades y devastan las cosechas. Si emergen de las profundidades del mar, se originan corrientes demoledoras y tifones. En China, la pacificación de las fuerzas de los elementos estaba muy estrechamente vinculada al ceremonial en torno a los soberanos del trono del dragón, que dominaba tanto los quehaceres más insignificantes como los actos oficiales de mayor importancia, y que fomentaba, al mismo tiempo, la legitimación e inmortalización del monstruoso poder profano reunido en la persona del emperador. Los más de seis mil miembros del hogar imperial, conformado exclusivamente por eunucos y mujeres, rodeaban cada minuto del día y de la noche, en vías acompasadas con precisión, al único habitante masculino de la ciudad prohibida, escondida detrás de muros púrpuras.


Palacio de la Ciudad Prohibida


En la segunda mitad del siglo XIX se alcanzó el grado sumo de ritualización del poder imperial como también el grado sumo de su corrosión. Mientras que cada uno de los cargos más rígidamente jerarquizados de la corte se continuaba desempeñando según las prescripciones perfeccionadas hasta el último detalle, el imperio, bajo la presión creciente de sus enemigos internos y externos, llegó al borde de su derrumbamiento. En los años cincuenta y sesenta la rebelión de los Taiping, partidarios de un movimiento de liberación mundial inspirado en un confucianismo cristiano, se extendió, a la velocidad de la pólvora, por casi todo el sur de China.


Rebelión de Taiping 1850 a 1864


En un número insospechado, el pueblo vapuleado por la necesidad y por la pobreza, los campesinos hambrientos, los soldados licenciados tras la guerra del opio, los cargadores, los marineros, actores y prostitutas, acudían en masa hacia Hong Xiuquan (imagen abajo), el autoproclamado rey del cielo, que en un delirio febril había vislumbrado un futuro glorioso y justo. Pronto, un ejército en crecimiento constante de luchadores sagrados arrollaba el país desde Kuangsi hacia el norte, invadiendo las provincias de Hunan, Hubei y Anhui. Ya al comienzo de la primavera de 1853, el ejército se hallaba ante las puertas de la poderosa ciudad de Nankín, la cual, después de dos días de asedio, fue asaltada y proclamada capital celestial del movimiento. A partir de ahora, la rebelión, acuciada por la esperanza de la fortuna, atravesaba el enorme país en oleadas siempre nuevas.

Más de seis mil ciudadelas fueron conquistadas por los sublevados y ocupadas durante un tiempo, cinco provincias fueron devastadas por las constantes batallas, más de veinte millones de personas murieron en el transcurso de apenas quince años. Sin ninguna duda, el horror sangriento que entonces recorría el imperio del centro supera todo lo imaginable. Durante el estío de 1864, después de siete años de asedio por parte de las tropas imperiales, Nankín capituló. Los defensores habían agotado hacía mucho tiempo sus últimos medios, hacía mucho tiempo que habían abandonado la esperanza de hacer realidad el paraíso a este lado, que tan cerca de sus ojos se cernía al comienzo de la agitación que casi podían tocarlo. Los sentidos, íntegramente perturbados a causa del hambre y de los estupefacientes, se aproximaban al fin. El 30 de junio, el rey celestial se suicidó. Su ejemplo fue secundado por cientos de miles de adeptos, ya por fidelidad hacia él, ya por miedo a la venganza de los conquistadores. Se suicidaron de todas las formas pensables, con la espada y con el puñal, con el fuego y con la soga, precipitándose desde las almenas y desde los tejados de las casas. Muchos debieron de enterrarse con vida. La autodestrucción de los Taiping casi no tiene parangón en la historia. Cuando en la mañana del 19 de julio entraron sus contrincantes en la ciudad, no encontraron por ninguna parte ni un alma viva, sino un gran zumbido de moscas por doquier. El rey del imperio celestial de la paz infinita yacía, así constaba en un despacho enviado a Pekín, con la cara hacia abajo dentro de una alcantarilla, su cuerpo hinchado se mantenía unido únicamente por las ropas de seda de amarillo imperial que siempre llevaba, lo que se había considerado como una blasfemia, adornadas con la imagen del dragón.

La derrota de la rebelión Taiping hubiese sido probablemente imposible si los contingentes del ejército británico, que se encontraban en China, no se hubiesen puesto del lado de las tropas imperiales después de dar las suyas propias por concluidas. La presencia armada del poder estatal británico en China se remonta a 1840, año en que se declaró la denominada guerra del opio. A causa de las medidas adoptadas desde 1837 por el gobierno chino para la supresión del comercio del opio, la Compañía de las Indias Orientales dedicada a la plantación de ama» polas en los campos de Bengala y al transporte en barco del estupefaciente extraído de sus semillas, en primer lugar hacia Cantón, Amoy y Shangai, vio amenazada una de sus empresas más rentables. La declaración de guerra que se sucedió como consecuencia supuso el comienzo de la apertura forzosa del imperio chino que se había mantenido cerrado desde hacía doscientos años para los bárbaros extranjeros. En nombre de la propagación de la fe cristiana y del libre comercio, considerado como condición previa para todo avance civilizador, se demostró la superioridad de las piezas de artillería occidentales, se tomó por asalto una serie de ciudades y acto seguido se extorsionó una paz, entre cuyas condiciones figuraban garantías para las factorías británicas en la costa, la cesión de Hong Kong y, no en último lugar, pagos de reparación de guerra verdaderamente vertiginosos. En tanto que desde una perspectiva británica esta disposición, de antemano sólo provisoria, no preveía un acceso a las plazas comerciales en el interior del país, no se podía descartar la necesidad de más acciones militares posteriores, en especial teniendo en cuenta a los cuatrocientos millones de chinos, a los que se hubiera podido vender el producto de algodón confeccionado en las hilanderías de Lancashire. En cualquier caso, no se encontró un pretexto suficiente para una nueva expedición represiva hasta 1856, cuando oficiales chinos abordaron una fragata en el puerto de Cantón para apresar a algunos de los miembros de la tripulación sospechosos de piratería, compuesta exclusivamente por marineros chinos. Durante esta operación, el destacamento de abordaje arrió la Union Jack, que flameaba en el mástil principal probablemente porque en aquella época era frecuente que el emblema nacional británico se izara en el tráfico ilegal con finalidades de camuflaje. Sin embargo, puesto que el barco abordado estaba registrado en Hong Kong y por tanto navegaba con absoluta legalidad bajo bandera británica, el percance, cómico de por sí, pudo ser entendido por los representantes de los intereses británicos en Cantón como coartada para un conflicto con las autoridades chinas, que pronto se hubo llevado tan lejos, que al final se creyó no tener otra alternativa que ocupar los fuertes de los puertos y bombardear la residencia oficial del prefecto de administración. A ello se le añadió oportunamente que la prensa francesa informara, casi al mismo tiempo, de la ejecución de un párroco misionero llamado Chapdelaine, decretada por funcionarios de la provincia de Kuangsi. La descripción del desagradable procedimiento culminaba afirmando que los verdugos habían sajado el corazón del pecho al ya asesinado Abbé, lo habían cocinado y se lo habían comido. Los gritos que se elevaron después en Francia clamando represalia y desagravio se aunaron a la perfección a los esfuerzos del partido en favor de la guerra en Westminster, de modo que, tras los preparativos pertinentes, pudo desarrollarse el extraño espectáculo de una campaña anglofrancesa conjunta en la era de rivalidad imperialista. El punto culminante de esta operación, vinculada a enormes dificultades logísticas, se alcanzó en agosto de 1860, cuando dieciocho mil fuerzas armadas británicas y francesas desembarcaron en la bahía de Pechili, apenas a doscientos cuarenta kilómetros de Pekín y, respaldados en Cantón por un ejército reclutado de tropas chinas de apoyo, conquistaron los fuertes de Taku, en la desembocadura del río Pai-ho, que están rodeados de pantanos de agua salada, profundas fosas, enormes terraplenes y empalizadas de bambú. Durante los denodados intentos, posteriores a la capitulación incondicional de las tropas de la fortaleza, por concluir debidamente una campaña —eficiente según criterios militares— por la vía de las negociaciones, los delegados de los aliados, sin tener en cuenta que obviamente estaban en la mejor posición, se perdían cada vez más en el angustioso laberinto de la diplomacia china dilatoria, determinada tanto por los complejos requisitos de la etiqueta del imperio del dragón como por el miedo y el desconcierto del emperador. En definitiva, las negociaciones fracasaron probablemente a causa de la absoluta incomprensión, que ningún intérprete hubiera sido capaz de franquear, con la que se enfrentaron los emisarios que vivían en mundos conceptuales radicalmente distintos. Si desde el lado británico y francés se veía la paz que había de obtenerse como la primera etapa en la colonización de un imperio fatigado, ileso, con mucho, de los adelantos espirituales y materiales de la civilización, los emisarios del emperador, por su parte, se esforzaban por hacer patente a los extranjeros, aparentemente en modo alguno familiarizados con las costumbres chinas, la obligación en que se hallaban los embajadores de los estados satélite tributarios frente al hijo del cielo. Finalmente, no quedaba más que remontar el Pai-ho con cañoneros y avanzar al mismo tiempo por tierra hacia Pekín. El emperador Hsien-feng, de una salud extremadamente débil y aquejado de hidropesía a pesar de su corta edad, eludió la inminente confrontación poniéndose en camino el 22 de septiembre hacia su refugio en Jehol, al otro lado de la gran muralla, en medio de un bullicio desordenado de eunucos de la corte, mulos, carretas de equipaje, palanquines y sillas de mano. La noticia transmitida a los comandantes del poder enemigo decía que su majestad el emperador estaba sujeto, según la ley, a entregarse al ejercicio de la caza en otoño.

Por su parte, en un estado de indecisión sobre la futura forma de proceder, parece que, a comienzos del mes de octubre, las tropas aliadas se encontraron casualmente con el jardín encantado de Yuan Ming Yuan, situado en las cercanías de Pekín yprovisto de un sinnúmero de palacios, pabellones, galerías, fantásticos cenadores, templos y torres, en cuyas pendientes de montañas artificiales, entre declives y pequeños bosques, pastaban ciervos con cornamentas fabulosas y donde toda la incomprensible magnificencia de la naturaleza y de las maravillas que la mano humana había incorporado en ella se reflejaba en las aguas oscuras, que no movía ni el más leve soplo de aire. La terrible destrucción que, burlando la disciplina militar y en general todo raciocinio, se llevó a cabo en el legendario jardín durante los días siguientes es únicamente comprensible en parte como una consecuencia de la rabia por la decisión que se aplazaba una y otra vez. El verdadero motivo del saqueo de Yuan Ming Yuan radicaba, como ha de suponerse, en la provocación exorbitante que el mundo paradisíaco, creado a partir de la realidad terrena y que aniquilaba al momento toda idea de la incivilización de los chinos, representaba para aquellos guerreros que habían partido de sus casas, infinitamente lejos, no habituados más que al deber, a la privación y la mortificación de sus deseos. Los relatos de lo que había ocurrido durante aquellos días de octubre no son muy fiables, sin embargo, solamente el hecho de la posterior subasta de los bienes robados en el campamento británico revela que una gran parte de los adornos y de las joyas transportables que la corte, al emprender la huida, había dejado tras de sí, todo lo que estaba trabajado en jade y en oro, y en plata y en seda, había caído en manos de los saqueadores. Cuentan que el incendio subsiguiente de las más de doscientas casas de recreo, residencias de caza y santuarios apostados en la extensa superficie del jardín y en las zonas contiguas al palacio fue ordenado por los comandantes como represalia por el mal trato dispensado a los emisarios británicos Loch y Parkes, sin embargo estaba pensado en primer lugar para disimular el anterior saqueo. Con una rapidez increíble, escribió el capitán de los pioneros, Charles George Gordon (imagen abajo), los templos, los castillos y las ermitas, construidos en su mayoría de cedro, se consumieron en llamas uno tras otro y el fuego se expandió crujiendo y saltando por los verdes matorrales y por los bosques. A excepción de un par de puentes de piedra y de pagodas de mármol, pronto estaba todo destrozado.

Aun durante mucho tiempo se elevaban columnas de humo en las inmediaciones y una nube de ceniza, tan grande que mantenía el sol oculto, fue transportada por el viento del oeste hasta Pekín, donde después de algún tiempo se dejó caer sobre las cabezas y las viviendas de aquellos habitantes, sobre los que se imaginaban que había caído un castigo del cielo. A finales de mes, después del escarmiento en Yuan Ming Yuan, los funcionarios del emperador se vieron obligados a firmar inmediatamente la paz de Tientsin, que habían aplazado una y otra vez, cuyas cláusulas principales, dejando a un lado las nuevas exigencias de reparaciones que apenas podían satisfacer, remitían al derecho de libre circulación y de libre actividad misionera en el interior del país, así como a la negociación de una tarifa aduanera que legalizase el comercio del opio. Como contraprestación, los poderes occidentales se mostraron dispuestos a colaborar en el mantenimiento de la dinastía, esto es, en el exterminio de los Taiping y en la represión de las aspiraciones secesionistas de la población musulmana en los valles de Shensi, Yunnan y Gansu, durante las que fueron expulsadas de sus lugares de residencia o asesinadas entre seis y diez millones de personas, según diferentes estimaciones. Charles George Gordon, el capitán ya mencionado de los Royal Engineers, que en aquel tiempo apenas contaba treinta años, era un hombre tímido, de espíritu cristiano pero a la vez irascible y profundamente melancólico. Este hombre, que más tarde fallecería de una muerte gloriosa en el sitiado Jartum, fue quien asumió el alto mando del desmoralizado ejército imperial y lo adiestró al cabo de poco tiempo en tropas tan poderosas que en reconocimiento a sus méritos le fue otorgada a su marcha la chaqueta amarilla de caballería, condecoración máxima del imperio del centro.

En agosto de 1861, tras meses de indecisión, el emperador Hsien-feng se aproximaba al ocaso de su corta vida, arruinada por los excesos, en el exilio de Jehol. El líquido ya le había ascendido desde el abdomen hasta el corazón, y las células de su cuerpo en disolución paulatina flotaban en el líquido salado, que desde las vías sanguíneas se infiltraba por todos los intersticios de los tejidos, como los peces en el mar. A modo de paradigma y con un entendimiento confuso, Hsien-feng vivía en sus propios miembros y órganos agonizantes, inundados de sustancias venenosas, la invasión de las provincias de su imperio por poderes extraños. El mismo no era más que el campo de batalla en que se consumaba la derrota de China, hasta que el día 22 de ese mismo mes se posaron sobre él las sombras de la noche y se sumergió definitivamente en el delirio de la muerte. Debido al tratamiento y a complicados cálculos astrológicos al que hubo que someter al cadáver del soberano chino antes de amortajarlo, la fecha del traslado del cuerpo a Pekín no pudo fijarse antes del 5 de octubre. Entonces, el cortejo fúnebre, de más de un kilómetro y medio de longitud, estuvo en marcha durante tres semanas, con el catafalco sostenido sobre unas enormes angarillas de oro que, a hombros de ciento veinticuatro portadores escogidos, se balanceaba amenazadoramente, a través de una lluvia otoñal que en su uniformidad se desencadenaba con fuerza, subiendo y bajando montañas, atravesando valles y desfiladeros y pasando por cumbres de puertos desiertas, que desaparecían en remolinos grises de nieve. Cuando por fin el cortejo fúnebre hubo alcanzado su meta la mañana del 1 de noviembre, a ambos lados de la calle que conducía a las puertas de la ciudad prohibida y que se había rociado de arena amarilla, colgaban pantallas de seda azul de Nankín, para que el pueblo llano no pudiera dirigir su mirada al rostro de Tung-chih, el niño-emperador de cinco años, al que Hsien-feng había nombrado heredero al trono del dragón aún durante sus últimos días y que ahora, en un palanquín tapizado, detrás de los restos mortales de su padre, era transportado a su casa al lado de Cixi, su madre, ascendida del concubinato y que ya ostentaba el augusto título de viuda del emperador.

Las luchas por la toma provisional del poder de disposición de manos del soberano menor de edad, enardecidas, como es lógico, tras el regreso de la corte a Pekín, se decidieron al cabo de poco tiempo en favor de la viuda del emperador que estaba poseída por una voluntad de poder irreductible. Los príncipes, quienes durante la ausencia de Hsien-feng habían hecho las veces de su sustituto, fueron acusados del indisculpable crimen de conjuración contra la soberanía legítima y condenados a muerte por desmembración y descuartizamiento en rebanadas. La modificación de esta sentencia en la autorización para ahorcarse por sí solos, que se les transmitió a los reos de alta traición en forma de una soga de seda, estaba considerada como un signo de benevolencia condescendiente del nuevo régimen. Después de que los príncipes Cheng, Su-shun y Yi, al parecer sin titubear, hubieran hecho uso del privilegio que les había sido otorgado, la viuda del emperador era la regente indiscutible del imperio chino, en cualquier caso hasta el momento en que su propio hijo alcanzara la edad en que pudiese gobernar y se dispusiera a tomar medidas contrarias a los planes que ella había forjado, y ya realizado en gran parte, concernientes a una expansión de su plenitud de poderes cada vez mayor. Teniendo en cuenta este giro de los acontecimientos, sucedió, lo que para Cixi era, poco más o menos, una señal de la providencia, que Tung-chih, tan sólo un año después de su advenimiento al trono, sea a consecuencia de una infección de viruelas, sea de otra enfermedad que hubiera contraído, según los rumores que corrían, con los bailarines y travestidos en las calles de flores de Pekín, se hallaba postrado con una debilidad tal que ya se veía sobrevenir su final prematuro, a la edad de apenas diecinueve años, cuando en otoño de 1874 el planeta Venus —lóbrego presagio— pasó por delante del sol. De hecho, Tung-chih murió pocas semanas después, el 12 de enero de 1875. Se le giró el rostro hacia el sur y se le vistió para el viaje hacia el más allá con los ropajes de la vida eterna. Tan pronto como los ceremoniales de defunción hubieron concluido según las prescripciones, la esposa del emperador, ya reunido con sus antepasados, que en aquel momento, según lo atestiguan diversas fuentes, tenía diecisiete años y se encontraba en los últimos meses de embarazo, se envenenó con una fuerte dosis de opio. Los comunicados oficiales atribuyeron su muerte, acaecida bajo misteriosas circunstancias, a la pena inconsolable que le había abatido; no obstante, no pudieron disipar por completo la sospecha de que a la joven emperatriz se le había quitado de en medio con el fin de prolongar la regencia de la viuda del emperador, Cixi, que en adelante consolidaba su posición haciendo proclamar sucesor del trono a Kuang-hsu, su sobrino de dos años, por medio de una maniobra que contravenía todas las tradiciones, ya que Kuang-hsu, por vía sucesoria, pertenecía a la misma generación que Tung-chih y, por consiguiente, según la prescripción irrevocable del culto de Confucio, no estaba autorizado a dispensarle los servicios de oración y devoción para la pacificación de los muertos. El modo en que la viuda del emperador, por lo demás con una actitud extremadamente conservadora, hacía caso omiso a las tradiciones más venerables, era uno de los indicios de su anhelo, cada vez más despiadado, de un ejercicio ilimitado del poder. Y, al igual que todos los tiranos, también ella se empeñaba en exhibir ante el mundo y ante sí misma lo exaltado de su posición con una suntuosidad que supera todo lo imaginable. Tan sólo su hogar privado, administrado por Li Lien-ying, el eunuco mayor que era su mano derecha en los asuntos domésticos, devoraba al año la entonces exorbitante suma de seis millones de libras esterlinas. Pero cuanto más ostentosos se tornaban los medios para la exhibición de su autoridad, tanto más se propagaba en ella el miedo a perder la omnipotencia que con tanta perspicacia había atraído hacia sí. Insomne vagaba de noche por el bizarro paisaje de sombras entre montañas rocosas artificiales, bosques de heléchos y oscuras tuyas y cipreses del jardín de palacio. Por la mañana temprano, se tomaba en ayunas una perla molida en polvo como elixir para el mantenimiento de su invulnerabilidad, y por el día, Cixi, quien hallaba mayor complacencia en las cosas exánimes, permanecía a veces de pie, durante horas, junto a las ventanas de sus aposentos, con la mirada absorta hacia fuera, hacia el tranquilo lago del norte parecido a una pintura. A lo lejos, las diminutas figuras de los jardineros en los campos de lirios o aquellas de los cortesanos patinando sobre la superficie azul de hielo en los meses de invierno, no le servían como recuerdo de la movilidad natural del ser humano, es más estaban ya sometidas, como moscas en una botella, al libre arbitrio de la muerte. De hecho, viajeros de paso por China entre 1876 y 1879 cuentan que durante la sequía que por aquel entonces se prolongaba años, provincias enteras suscitaban la impresión de cárceles rodeadas de cristal. Según parece, entre siete y veinte millones —nunca se llevó a cabo un cómputo exacto— perecieron en Shanxí, Shensi y Shandong principalmente a causa del hambre y del agotamiento. El predicador baptista Timothy Richard, por ejemplo, describe cómo la catástrofe se traducía en una ralentización de todos los movimientos que con el paso de las semanas se hacía cada vez más evidente. De uno en uno, en grupos y en filas alargadas, la gente se arrastraba a través del país y no era extraño que fuesen derribados por un débil soplo de viento y se quedaran tendidos para siempre al borde del camino. El mero alzar de una mano, cerrar un párpado, el desprender la última respiración a veces parecía efectuarse en el transcurso de un siglo. Y con la disolución del tiempo también se disolvían todas las demás relaciones. Los padres se intercambiaban a los hijos porque no podían soportar asistir a los últimos sufrimientos de los suyos propios. Pueblos y ciudades estaban rodeados de desiertos de polvo por los que reiteradamente aparecían trémulos espejismos de valles de ríos y lagos rodeados de foresta. Al rayar el alba, cuando el crujido de las hojas secas en las ramas se introducía en el frágil sueño, a veces se pensaba, por una décima de segundo en que los deseos eran más fuertes que la conciencia, que hubiera comenzado a llover. Pese a que la capital y sus inmediaciones habían sido dispensadas de las peores consecuencias de la sequía, la viuda del emperador, cuando llegaban las malas nuevas del sur, ordenaba consumar en su templo, siempre a la hora a la que sale el lucero vespertino, un sacrificio de sangre a los dioses de la seda, para que a las orugas no les faltara verde fresco. De entre todos los seres vivos eran exclusivamente estos extraños insectos por los que sentía un profundo afecto. Las sederías donde se las criaba eran de los edificios más bellos del palacio de verano. Con las damas de su séquito ataviadas con mandiles blancos, Cixi deambulaba diariamente a través de los vestíbulos aireados para inspeccionar la prosecución de los trabajos y con especial predilección se sentaba, cuando anochecía, completamente sola entre todas las estanterías, escuchando con devoción el leve sonido de aniquilamiento, uniforme y prodigiosamente tranquilizante, que provenía de los incontables gusanos de seda devorando la morera fresca. Contemplaba estos seres pálidos, casi transparentes, que abandonarían pronto su vida por las hebras finas que hilan, como si fueran sus verdaderos fieles. Se le antojaban como el pueblo ideal, presto a servir, dispuesto a morir, reproducible a voluntad en un breve espacio de tiempo, orientado únicamente a la sola finalidad a la que se le ha predispuesto, el polo opuesto de los seres humanos, que por principio no son fiables en absoluto; igual de poco fiables eran tanto las masas anónimas de fuera del imperio como aquellos que formaban el círculo más íntimo a su alrededor y que, como ella sospechaba, en cualquier momento estaban dispuestos a pasarse al lado del segundo niño emperador que ella había nombrado, el cual, para su preocupación, manifestaba su propia voluntad cada vez con mayor frecuencia. Kuang-hsu, profundamente fascinado por el secreto de las máquinas modernas, aún pasaba la mayor parte de su tiempo desmontando los juguetes mecánicos y mecanismos de relojería que vendía un fabricante danés en un comercio de Pekín, aún se podía distraer su ambición incipiente prometiéndole un ferrocarril de verdad en el que podría recorrer su país entero, pero ya no quedaba muy lejano el día en que el poder recaería en él, poder al que ella, la viuda del emperador, tanto menos podía renunciar cuanto más tiempo pasaba. Me supongo que el pequeño tren de la corte, con la imagen del dragón chino, que más tarde transitaba entre Halesworth y Southwold, se encargó originariamente para Kuang-hsu, y que este encargo fue anulado cuando el joven emperador, a mitad de los años noventa, comenzaba a defender los propósitos del movimiento reformista —bajo cuya influencia había caído—, que, en creciente medida, contrariaban las intenciones de Cixi. Seguro es, en cualquier caso, que los intentos de Kuang-hsu de atraer el poder hacia sí tuvieron como consecuencia última su reclusión en una prisión militar de uno de los palacios de agua emplazados ante la ciudad prohibida y la imposición de firmar una declaración de renuncia que entregaba a merced de la viuda del emperador el poder gubernamental sin restricciones. Durante diez años Kuang-hsu se consumió en su exilio de la isla paradisíaca, hasta que al finalizar el verano de 1908, los diversos sufrimientos —dolores crónicos de espalda y de cabeza, contracciones renales, extrema sensibilidad a la luz y a los ruidos, debilidad pulmonar y profundas depresiones— que desde el día de su derrocamiento le habían atormentado cada vez más, le abatieron de forma definitiva. Un tal doctor Chu, conocedor de la medicina occidental, al que se había consultado en última instancia, le diagnosticó la denominada enfermedad de Bright, sin embargo advirtió algunos síntomas discrepantes —corazón nervioso, rostro hinchado de color púrpura, lengua amarilla—, que, como desde entonces se ha estimado en más de una ocasión, indicaban un envenenamiento paulatino. En su visita al enfermo en el hogar imperial, al doctor Chu también le llamó la atención que los suelos y todos los objetos de decoración estuvieran cubiertos por una espesa capa de polvo, como en una casa largo tiempo abandonada por sus moradores, signo de que ya desde hacía años habían dejado de preocuparse por el bienestar del emperador. El 14 de noviembre de 1908, al caer la tarde o, como se decía, a la hora del gallo, Kuang-hsu, entre tormentos, abandonó su vida. Tenía treinta y siete años en el momento de su muerte. La viuda del emperador, de setenta y tres años, que había maquinado de manera tan sistemática la destrucción de su cuerpo y de su espíritu, no le sobrevivió, extrañamente, un solo día siquiera. La mañana del 15 de noviembre, aún con suficientes fuerzas, presidía el gran Consejo que meditaba la nueva situación en que se encontraban, pero después de la comida, a cuyo término, pese a las advertencias de sus médicos de cámara, se tomó una porción doble de su plato favorito —manzanas silvestres con nata espesa— sufrió un ataque parecido a la disentería del que ya no se salvó. Hacia las tres de la tarde todo había acabado. Ya vestida en las ropas de entierro dictó su despedida del imperio que bajo su regencia, de casi medio siglo, había llegado al borde de la disolución. Que ella ahora, dijo, cuando dirigía una mirada hacia el pasado, veía cómo la historia no se compone más que de desgracias y tribulaciones que se precipitan sobre nosotros, como una ola tras otra se precipita sobre la orilla del mar, de forma que nosotros, decía, a lo largo de todos los días de nuestra vida en la tierra, no experimentamos un solo instante que verdaderamente esté libre de temor.


*Jorge Luis Borges

Trad. Carmen Gómez y Georg Pichler
Barcelona, Debate, 2000
Las ilustraciones no pertenecen a la obra




27/10/2009

Fernando Savater – Borges, la sonrisa metafísica

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“Para los desengaños siempre hay tiempo, hay dómines, hay bibliotecas. Para

el amor por la poesía del pensamiento, hay Borges.” (Ezequiel de Olaso, Jugar

en serio)

 

Fernando Savater Aunque mi estancia en Ginebra se debiese a motivos vagamente académicos, el fin de semana estaba resultando perfecto en su placidez. Quizá algo menos de calor hubiera sido de agradecer, pero el mes de julio se adentraba decididamente en la canícula y el Ródano resplandecía, un poco congestionado, con fulgores mediterráneos. Mínimos inconvenientes, que se alivian saliendo a pasear bien temprano: así lo hice yo aquel domingo, encaminándome hacia el cementerio de Plainpalais donde está enterrado Borges. Es el camposanto llamado “de los Reyes”, situado en un barrio discreto pero no muy lejano del centro mismo de la ciudad. Un muro lo rodea que recorrí de arriba abajo, encontrando varias puertas cerradas: ¿sería posible que el domingo no pudiera visitarse o que aún fuese demasiado pronto? Ante una de las entradas por las que no se podía entrar vi un bar, también clausurado, con un nombre funcional y no desprovisto de humor negro: “Aux Adieux”. Supongo que beber para despedirse es comenzar ya a ejercitar el saludable olvido. “¡Ánimo! ¡La vida debe continuar!”, suele decirse en tales casos al aparentemente inconsolable, pero pronto dispuesto al consuelo. Y se hace semejante recomendación como si la vida necesitara nuestra colaboración para continuar, como si no fuese a continuar de todos modos, queramos o no, con nosotros o a pesar de nosotros y siempre desde luego contra nosotros... En una calle lateral encontré por fin acceso expedito al recinto mortuorio. Y penetré en un jardín sereno, susurrante, de cálidos perfumes matinales. Las tumbas están convenientemente separadas, como los asientos en la clase business de un avión intercontinental. No hay amontonado agobio ni promiscuidad indebida, porque ahí no se entierra a cualquiera: parece más bien una antología de muertos. Es un lugar más propicio a la distensión que al sobrecogimiento, en el que aquel joven príncipe indio no habría probablemente sentido nunca el impacto traumático de la muerte que le convirtió en Buda. En uno de los bancos que flanquean sus educados senderos está sentado un caballero de mediana edad –de mi edad– que lee el periódico. Como somos los dos únicos vivos a la vista le saludo con un leve murmullo al que corresponde con una cortés inclinación de cabeza, mientras pienso que no hay mejor lugar para enterarse de la actualidad que entre tumbas. Es el remedio más eficaz para corregir el afán de noticias, la superstición –diría Borges– de que cada día ocurren cosas nuevas e importantes. A partir de ahora, me propongo leer siempre los diarios como si estuviese tomando el fresco de la mañana en un cementerio. ¿Tendré que explorar todo el jardín luctuoso para encontrar la lápida de Borges, de la que guardo el desvaído recuerdo de alguna fotografía? Afortunadamente, estamos en Suiza y el orden configura el paisaje tanto antes como después de la muerte. En la pared del edificio tanatorio, a modo de puente de mando del camposanto, encuentro la lista de los huéspedes y las coordenadas para situar su ubicación en un pequeño plano adjunto. De modo que con pocas vacilaciones puedo orientarme hacia Borges. En el camino paso junto a una tumba cuya lápida horizontal tiene forma de libro y que quizá no le hubiera desagradado, pero que corresponde a un editor ginebrino. Finalmente ahí está la suya, a la sombra de un árbol frondoso y con otro banco frente a ella, propicio para sentarse a leer o meditar. Es una piedra grisácea, de forma irregular y sin pulir, adornada con una viñeta en relieve en la que me parece ver siluetas de antiguos guerreros y una leyenda en la periclitada lengua de los vikingos, que desde luego no entiendo: “...and ne forthedon na”. También figuraen islandés la cita de la Vólsunga Saga que Borges utilizó en su cuento Ulrica: “Empuña su espada y la pone entre sus desnudeces”. La espada de la voluntaria castidad luego retirada por la pasión, la espada del deber entre Tristán e Isolda, la espada ausente entre Ulrica y Javier Otálora, la definitiva espada que separa a los amantes y cuya frialdad ya nada puede caldear: la espada de la muerte.

 

Tumba de Borges Tumba de Borges en Ginebra

 

Hay un punto de rebuscamiento quizá, de manierismo en todo esto. ¿Morboso? Así debe de resultar para algunos fetichistas, que ya han robado al menos una vez la lápida. Pero desde luego todo monumento funerario, hasta el que se reduce al nombre del fallecido junto a las fechas de su nacimiento y óbito, incluso el que se limita a una simple cruz o a un montón de piedras, todos incurren en el exorcismo y la redundancia. Cuando se trata de librarse de los despojos de la muerte, cualquier énfasis simbólico está siempre de más. Pero de ese exceso, de esa superfluidad que se rebela impotente y gesticula contra el vacío, surge aquello que en los orígenes distinguió al animal humano del resto de las bestias, si los antropólogos no yerran. El hombre es el animal sepulturero, el poeta innecesario e incansable de su muerte. De todos los epitafios posibles, ya que sin epitafios no podemos pasarnos, prefiero el de aquel remoto militar romano: “Credo certe ne cras”. Estoy seguro de que no hay mañana. También le hubiera convenido a Jorge Luis Borges, que más de una vez insistió en que quería morir del todo, desaparecer “con este compañero, mi cuerpo”. Pero ¿acaso alguien puede sincera y conscientemente querer morir de veras, siendo la muerte el vaciamiento absoluto del querer que somos? ¿No es ese querer no querer ya un querer cuya intensidad pretende o se vanagloria de detenerse a sí mismo, a pesar de Schopenhauer y del budismo? ¿No encierra todo este tejemaneje muchos quilates de ironía, de esa ironía metafísica de la cual Borges fue indisputado maestro? Me hago, sin dejar de sonreír y de temblar, estas preguntas casi infantiles –de niño asustado– mientras aguardo en el asiento frente al túmulo de quien ha sido y es, desde hace tantos años, mi escritor favorito. Si él no pudo salvarse, menos podré salvarme yo. Aguardo con un designio no menos pueril que tales cogitaciones. Una señora se acerca por el sendero entre las tumbas, haciendo rodar a su lado una incongruente bicicleta. Ya nada puede extrañarme hoy: ¡ciclismo en el camposanto! Por lo menos no pretende ganar un sprint... Acecho su llegada a mi altura para que me saque una fotografía junto a la piedra tombal, lo cual no es menos idiota ni más absurdo que su propia bicicleta o que la reunión fortuita de ésta con un paraguas sobre una mesa de disección, por recordar a Lautréamont. La recién llegada es muy amable y, mientras poso, cruzamos comentarios ligeros sobre lo agradable de este corral de muertos y lo saludable del airecillo que sopla, aliviando el creciente calor del día. “Voy a hacerle otra, por si acaso”, insiste con tono profesional y helvético. Yo pienso lo de “¡Trágame, tierra!”, pero ahuyento de inmediato el tópico que en este lugar reviste connotaciones particularmente ominosas. Y de nuevo se me viene a los labios la sonrisa irónica, la sonrisa borgiana ante nuestro impostergable desconcierto metafísico. La encuentro al trasluz de muchas de las páginas que he leído al maestro argentino, pero sobre todo en un breve poema, de tono por cierto nada explícitamente humorístico. Pertenece a La cifra, penúltima recopilación poética de Borges publicada cuando éste tenía ochenta y dos años. Se titula La prueba y dice así:

 

Del otro lado de la puerta un hombre

deja caer su corrupción. En vano

elevará esta noche una plegaria

a su curioso dios, que es tres, dos, uno,

y se dirá que es inmortal. Ahora

oye la profecía de su muerte

y sabe que es un animal sentado.

Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos

los vermes y el olvido.

 

He dado a leer en varias ocasiones estos versos a distintas personas, no todas indocumentadas y algunas perspicaces. Les he urgido a constatar lo insólito de su tema, incluso la provocación que encierra. Creo que sólo en dos casos el lector ha sabido ver con prontitud que trata de lo que cualquiera puede cogitar mientras espera su turno en el retrete. Lo cierto es que no abundan los poemas dedicados al hombre en trance de defecar. Y éste no pretende servir como letra de un rock ni ha sido compuesto por un joven con afán de escandalizar, sino que viene firmado por un anciano y exquisito escritor que resume en pocas líneas su experiencia, su desencanto irónico, su terrible compasión. Un par de siglos atrás, Jonathan Swift deploró en otro verso que su amada, su etérea y espiritual amada..., “shits”. Hay algo de incurablemente puritano y de espiritualismo morboso en esta protesta del deán. El poema de Borges, en cambio, es vigorosa y resignadamente materialista. La prueba irrefutable de que no estamos destinados a la perennidad inmortal sino a la podredumbre es que soñamos de vez en cuando con raros dioses, pero tenemos habitualmente que cagar dos veces al día. El excremento del que nos desembarazamos cotidianamente confirma que antes o después seremos también mero abono y nada más. “Escatología” es la palabra castellana que se refiere juntamente a los delirios que tratan del más allá y a las menciones de nuestra basura. Como en otras ocasiones, el auténtico logro literario no corresponde a la deliberación de un autor, sino a la anónima tradición poética encerrada en la lengua que maneja. La habilidad de Borges fue escribir un poema escatológico en el doble sentido de la palabra. No encierra una lección truculenta a lo Valdés Leal, sino una constatación que nos alivia de las contorsiones y temores de la trascendencia: “¿Qué ibas a hacer tú, animal defecante, en un más allá sin sanitarios ni cuerpo que los requiera?”. La necesidad de Dios y de su paraíso nos llega por lo que oímos contar, pero lo que conocemos visceralmente es la urgencia de aligerar el vientre. No deberíamos considerar, pues, una desgracia la aniquilación que finalmente debe absolvernos. Y sin embargo, Borges sabe muy bien que incluso sentados en la taza fatídica seguiremos hasta lo último especulando sobre la trascendencia. De ahí la sonrisa, leve y patética como las pocas que Dante se consiente en su viaje ad inferos, que Borges no subraya en estos versos sino que prefiere dejar al criterio del lector, cuando –tras repasar dos o tres veces el poema– consiga por fin darse cuenta de lo que se le señala, de lo que es. Podríamos contrastar el peso de este argumento excrementicio a favor del materialismo con otro no menos irónico pero plenamente “idealista” a favor de la existencia de Dios, que Borges –parodiando a san Anselmo– llama argumentum ornithologicum (incluido en El hacedor): veo en un segundo pasar una bandada de pájaros; no sé cuántos pájaros he visto: “Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos. Ese número entero es inconcebible; ergo. Dios existe”. Y, de nuevo, la sonrisa. Sobre los últimos días de Borges contamos con el testimonio literario de Héctor Bianciotti, en su reflexión autobiográfica Como la huella del pájaro en el aire. El poeta murió en el número 28 de la Grand Rué ginebrina, dentro de la parte antigua de la ciudad, en un apartamento en el que sólo alcanzó a vivir tres días y que está situado a pocos metros de la casa natal de Juan Jacobo Rousseau y también de la del excelente actor Michel Simón, protagonista de algunas películas de Renoir y de la inolvidable El cebo de Ladislao Vajda. Junto a la casa hay una placa en la que se reproducen unos cuantos versos suyos en los que proclama a Ginebra la ciudad más digna de ser habitada que conoce. Bianciotti, que estaba presente en el momento del fallecimiento, aporta unos cuantos rasgos conmovidos y un detalle tangencial, que es el que prefiero. En la mesilla de noche junto a su último lecho, Borges tenía un volumen con una selección de la correspondencia de Voltaire (estoy seguro de que sería el de Le livre de poche, que yo también guardo sobado y subrayado) y los Fragmentos de Novalis, que le leía en alemán la enfermera encargada de cuidarle por las noches.Voltaire y Novalis, la precisión y el enseñamiento, la ironía y la imaginación, la luz y la penumbra: los dos polos entre los que osciló en su vida y que combinó en sus obras. También cuenta Bianciotti anécdotas que revelan que Borges conservó su agilidad mental hasta el último momento. En una de esas charlas de despedida salió el tema de las literaturas sajonas que él amaba, y sin vacilar Borges recitó una ristra de versos de áspero sonido, en los cuales Bianciotti adivinó voces inglesas. Luego comentó: “Es horrible, ¿no?”. Por lo visto se trataba de un fragmento de la traducción de la Odisea perpetrada por William Morris, el utopista decimonónico que pretendía extirpar del inglés todas las voces de origen latino. Cuando, cuerdamente, Bianciotti le preguntó por qué se había molestado en aprenderse de memoria algo que consideraba horrible, obtuvo esta respuesta admirable enunciada con tono festivo: “La fealdad es tan memorable como la belleza”.

Creo sin embargo que, al menos una vez, la predilección de Héctor Bianciotti por el estilo noble y por atenerse a lo reverencial le juegan una mala pasada. Refiere un episodio del pasado de Borges, cuando éste se hospedaba en el Hotel d’Alsace de París. Periodistas y estudiantes le esperaban junto al restaurante, a la hora en que solía bajar a desayunar. Ese día también estaba Bianciotti, junto a un joven fotógrafo al acecho. El ascensor se detuvo, la puerta se abrió y allí estaba el poeta ciego en toda su frágil majestad, encerrado “en la angosta cabina, refulgente de adornos dorados sobre el espejo, como en un retablo”. Y dice Bianciotti que el joven fotógrafo, arrobado, murmuró para sí: “Es una hostia”, lo que él considera una adecuada metáfora del gran creador literario, ya que también “la hostia, apenas material, alberga a un dios”. No seré yo quien pretenda enturbiar el aura del carismático momento, pero me asalta una duda. Si el fotógrafo habló en francés, nada tengo que añadir ni que enmendar a lo comentado por Bianciotti; pero si la frase fue dicha en español (y tengo el palpito de que lo fue) la cosa cambia. Entonces la exclamación no sería sin duda “Es una hostia”, sino “¡Es la hostia!”, vulgarismo ponderativo e irreverente que equivale a “estupendo” o al aún peor educado “¡cojonudo!”. Lo cual también significaría a su modo una excelente glosa del impacto que producía el Borges anciano, convertido en icono del mundo mágico de las letras, incluso entre aquellos que menos las frecuentaban.

Mucho se ha hablado y en todos los tonos –desde los esfuerzos académicos a las jaculatorias nigrománticas– sobre la presencia de temas filosóficos en la obra de Borges. Hace años, cuando eran menos frecuentes estos análisis, el profesor florentino Roberto Paoli y yo solíamos coincidir en congresos borgianos; íbamos armados con sendas ponencias sobre las relaciones entre Schopenhauer y Borges. Como nuestros comentarios fundamentalmente coincidían –el suyo más documentado, el mío más apresurado e intuitivo–, vigilábamos con inquietud el orden en que habían de ser leídas las intervenciones, porque obligadamente el que hablaba primero condenaba al otro al déjà vu. Pese a ello, o por ello, nos llevábamos muy bien. A mi juicio, el mejor y más completo estudio sobre este tema es el de Juan Nuño, titulado La filosofía de Borges. En él se propone un lúcido recorrido por los principales tópicos metafísicos que intrigaron a Borges –la infinitud de los mundos, los arquetipos platónicos, el yo ilusorio, las paradojas del tiempo...– al hilo de sus textos en prosa mejor conocidos. Pese al título de su libro, la tesis de Nuño es precisamente que Borges carece de filosofía propia y sólo se interesa por esas notables ideas acuñadas por otros con motivos estéticos o lúdicos: “Que en Borges haya ciertos y determinados temas filosóficos no deberá nunca entenderse como que su propósito fue hacer filosofía y menos aún que su obra entera rezuma o contiene claves metafísicas que sólo esperan por su despertar”. Aún más, una fijación excesivamente “profesional” por parte de los doctos en el planteamiento borgiano de esas cuestiones, como si fueran exposiciones académicas en miniatura, nos llevaría a perdernos el auténtico gozo literario que procura la lectura de sus textos: “Es innegable que Borges encierra temas de valor metafísico, pero justamente eso: el encierro vale más que los temas. Y el temor del comentarista es siempre el de maltratar o echar a perder o preterir la maravillosa envoltura”. El propio Borges confirmó en diversas ocasiones este criterio, como por ejemplo en una entrevista de 1979: “Yo he usado la filosofía, la metafísica, como instrumento literario. No soy un pensador. Creo que soy incapaz de pensamientos propios”. ¿Es ésta, pues, la última palabra sobre la cuestión? A mi juicio y sin desmentir en lo esencial este punto de vista, aún pueden añadirse algunas cosas. No sólo sobre el papel de la filosofía en la obra de Borges, sino sobre el papel mismo de la filosofía en nuestra cultura, revelado a través del uso que Borges hace de ella. Las preguntas filosóficas no son meros problemas, como los que sucesivamente se plantea y responde la ciencia, sino cuestiones vitales en las que estamos total y perdurablemente implicados, no tanto como sujetos de conocimiento, sino como personas. Las respuestas de las ciencias experimentales cancelan las preguntas a las que corresponden y sirven para ir más allá de ellas: por eso podemos decir que en ciencia se da un auténtico progreso, y la física o la biología que nos interesan ahora son las de hoy, incluso las de mañana, pero no –salvo por razones de erudición histórica– las del siglo III o X. En cierta forma, las contestaciones que da la ciencia a los interrogantes sobre la realidad sirven para apaciguar, aunque sea momentáneamente, nuestra curiosidad y nuestra desazón respecto a ella. En cambio, las respuestas a las preguntas filosóficas nunca cancelan suficientemente éstas; al contrario, sirven para profundizar en ellas y mantenerlas abiertas. No cierran los interrogantes, sino que se incorporan a su devenir, enriqueciéndolos y agravándolos. Por eso los “progresos” en filosofía son siempre muy relativos, consistiendo más bien en refinamientos de lenguaje que en aportaciones resolutorias; y también por eso nuestro interés por Platón, Spinoza o Schopenhauer no es en modo alguno arqueológico, sino tan vivo y presente como el que sentimos por Heidegger o Bertrand Russell. Los científicos operan para salir de dudas, los filósofos para entrar en ellas. Quizá la diferencia estribe en que llamamos científicas a las preguntas que nos “hacemos” con tal o cual objetivo que deseamos alcanzar, mientras que tenemos hoy por filosóficas las preguntas que “somos”, que nos constituyen como humanos y de las que no podemos zafarnos como no podemos librarnos de nuestra propia condición. Los relatos y poemas de Borges son extraordinariamente sensibles, perspicazmente sensibles, a esta doble condición urgente e irresoluble de la indagación filosófica. El contraste entre lo irrenunciable de la cuestión y lo imposible de librarse de ella por medio de una respuesta, que sólo traslada el nivel de nuestra perplejidad a un nivel más sutil y por supuesto más rico en paradojas, produce un efecto de humorismo reflexivo que los lectores de Borges (o de Shakespeare, o de Cervantes, o de Thomas Mann...) hemos disfrutado muchas veces. Ese humor suele escaparse a los profesionales de la filosofía, que nunca renuncian a considerar su disciplina según el modelo acumulativo y progresivo de las ciencias. La guasa de Borges ante tales dómines queda muy bien expresada en esta anécdota que recoge Roberto Alifano en su Biografía verbal del poeta: “Un filósofo argentino y yo conversábamos una vez sobre el tema del tiempo. Y el filósofo dijo: ‘En cuanto a esto, se hicieron muchos progresos estos últimos años’. Y yo pensé que si le hubiera hecho una pregunta sobre el espacio, seguramente él me hubiera respondido: ‘En cuanto a esto, se hicieron muchos progresos en estos últimos cien metros’. Es un filósofo muy conocido”. Tan conocido que todos hemos conocido alguna vez profesores del mismo jaez. Yo recuerdo cierto congreso nada menos que sobre el tema de Dios, en el que se me ocurrió decir que nada había leído mejor acerca de esa cuestión que lo expuesto por David Hume en sus Diálogos sobre la religión natural (en realidad debería haberme remitido directamente al De rerum natura de Lucrecio). Un reputado académico se escandalizó de que yo desconociese los avances que a tal respecto se habían hecho desde el siglo XVIII: ¡por lo visto ha habido noticias recientes de Dios que a Hume lógicamente le llegaron tarde y que yo, más culpable, también ignoro!

Una de las intuiciones más geniales de Borges (y que prueba su profunda comprensión de la tradición filosófica) es que contempla las grandes construcciones especulativas no como productos refinados del uso lógico de la razón, sino por el contrario como obras maestras de la imaginación. Con su habitual tono ligero de scherzo, comenta en una de las notas de Discusión: “Yo he compilado alguna vez una antología de la literatura fantástica. Admito que esa obra es de las poquísimas que un segundo Noé debería salvar de un segundo diluvio, pero delato la culpable omisión de los insospechados y mayores maestros del género: Parménides, Platón, Juan Escoto Erígena, Alberto Magno, Spinoza, Leibniz, Kant, Francis Bradley. En efecto, ¿qué son los prodigios de Wells o de Edgar Allan Poe –una flor que nos llega del porvenir, un muerto sometido a la hipnosis– confrontados con la invención de Dios, con la teoría laboriosa de un ser que de algún modo es tres y que solitariamente perdura fuera del tiempo?”. Borges podría también haber mencionado otras sublimes criaturas imaginarias como el tiempo mismo y el espacio, el ser, la naturaleza, el yo, el infinito, el libre albedrío... Toda una mitología abstracta, organizada racionalmente pero originada en un primer ímpetu fabulador que no difiere totalmente del que moviliza a los grandes literatos. Volvemos a uno de los más caros juegos intelectuales borgianos: ¿qué pasaría si leyésemos de modo diferente a los filósofos, si en lugar de tomarlos por parientes algo engolados de los observadores científicos los colocáramos en nuestra biblioteca junto a Julio Verne y Lovecraft? Por cierto, recuerdo que hace muchos años, buceando en los estantes de la librería Foyle’s de Londres, encontré la Fenomenología del espíritu hegeliana en el apartado de las ghoststories.

Ahora bien, esta expedición irónicamente inusual es de ida y vuelta: si nos atrevemos a leer los textos filosóficos como literatura fantástica –sin por ello desvalorizarlos en modo alguno, pace Rudolf Carnap–, también podemos leer sin demérito ciertos relatos tónicamente imaginativos como piezas filosóficas. Quizá es lo que estaba implícitamente solicitando Borges que se hiciera con algunos de sus textos más representativos. La mayoría de esos cuentos autorizan implicaciones trascendentes en nuestra consideración de lo real e incluso podemos hacer de ellos lecturas en clave de actualidad perentoria. El inolvidable e “inolvidante” Funes, por ejemplo, abrumado por una memoria tan exhaustiva que ya no le permite conocer ni razonar... ¿no nos ilustra en cierto modo sobre la vertiente oscura de nuestros ordenadores, cuya congestión de datos on line acaba por bloquear en lugar de potenciar nuestras funciones intelectivas? Cuando ante los esfuerzos taxonómicos de John Wilkins, empeñado en acuñar su idioma analítico, Borges acota que “cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra”, ¿no nos está remitiendo a la cosmogonía materialista de cosas que nacen y mueren pero sin un “conjunto” que aparezca o desaparezca, tal como supuso también finalmente el astrofísico Fred Hoyle en contra de su propia doctrina del Big Bang? En cuanto al relato La lotería de Babilonia, quizá nos ofrezca una paráfrasis de eso que tantas veces llamamos con misterio “el Sistema”, según opina Horacio Capel en Borges y la geografía del siglo XXI, incluido en su libro Dibujar el mundo: “Como en Babilonia también todo parece dictado por el Sistema, que algunos llaman el Capitalismo. En realidad, no sabemos bien si sigue existiendo o si desapareció; ni si lo que tenemos son las consecuencias de un Sistema puesto a punto en el siglo XIX y que funciona por inercia pero que en realidad ha cambiado con la acción de los gobiernos, del Estado de bienestar, de la ONU, de individuos concretos como Soros y otros que tienen capacidad para quebrantar y hundir, aunque sea momentáneamente, el buen funcionamiento del Sistema. En el caso de que siga existiendo, no sabemos si el Sistema perdurará hasta el fin de la historia, que ya ha llegado al decir de un tal Fukuyama. También podría ser que el Sistema –como la Compañía– fuera omnipresente pero sólo a efectos de cosas insignificantes (los salarios, el ocio, los muebles, el coche), mientras que lo esencial le escapara (el pensamiento, la voluntad, la libertad para decidir personalmente); o que también esto le dependa. E incluso algunos se atreven a decir que en realidad el Sistema no existe, que fue un invento de un tal Marx que vivió hace ya más de un siglo y que en realidad son otros principios aún por descubrir los que realmente gobiernan la economía y la vida de los hombres”. Etcétera...

Sin duda el eclecticismo filosófico de Borges no es simple consecuencia, como él quiso hacernos creer, de incapacidad para alumbrar ideas propias, sino de un radical y poético escepticismo, el cual también implica una toma de postura especulativa. Ser verdaderamente escéptico es juzgar el trayecto de la filosofía desde los presupuestos de la filosofía misma. El escepticismo borgiano no absolutiza ni la misma propensión a la duda: la punzante capacidad de descreer no le lleva a invalidar perezosamente la propuesta de creencias tentativas, ni siquiera a rechazar la validez relativa –respecto a otras– de algunas de ellas. En su ensayo Avatares de la tortuga, incluido en Discusión y uno de los que dedicó a las fascinantes paradojas de Zenón de Elea, observa: “Es aventurado pensar que una coordinación de palabras (otra cosa no son las filosofías) puede parecerse mucho al universo. También es aventurado pensar que de esas coordinaciones ilustres, alguna –siquiera de modo infinitesimal– no se parezca un poco más que otras”. Y concluye: “Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”. Si no me equivoco, “falso” no quiere decir aquí crudamente “irreal”, sino “distinto y superpuesto a la realidad”. Es decir, en lenguaje de hoy, virtual, porque todo pensamiento no hace sino proponer y jugar con una realidad virtual. Lo cual no invita a prescindir del empeño filosófico, pero lo somete a una cura esencial de cordura... por medio de una sonrisa.

Spoudaios paizein: jugar en serio. Con esa expresión curiosa, casi tierna, inquietante al repensarla, caracteriza Platón el quehacer del filósofo. Del juego tiene la filosofía su carácter no instrumental, la ligereza de cuanto se sustrae momentáneamente a los afanes de lo necesario y la supervivencia, un cierto punto incluso de irresponsabilidad y petulancia, el empeño en crear maquetas a escala para luego experimentar con ellas de modo delirantemente riguroso: el filósofo es en una sola pieza la rata, el laberinto y el observador que toma notas (pero si un niño se cuela en el laboratorio, cuando se encuentre con ese laberinto y la rata mareada en él, ¿acaso no lo tomará por un juguete estupendo?). Sobre todo, la filosofía es juguetona por su tono perpetuamente juvenil, incluso pueril: el feroz Calicles, con la mano en el pomo de la espada, le reprochaba a Sócrates su infantil e infantilizadora insistencia en jeroglíficos mentales que son propios de críos o de adolescentes granujientos en formación, no de hombres hechos y derechos. Y hasta los más severos y aburridos puntales de la tradición filosófica (¡y mira que pueden llegar a ser severos y aburridos!) guardan un algo de niñería sonrosada, un punto de travesura. Y ello proviene de que juegan “en serio”, como siempre juegan los niños y casi nunca los adultos. Los niños nunca juegan para distraerse, sino para concentrarse. Y a los filósofos les pasa igual.

Jugar en serio: así tituló el filósofo argentino Ezequiel de Olaso su libro de ensayos sobre Borges. Y más allá de lo atinado o descarriado del resto de sus comentarios sobre él, en general muy estimables, acertó plenamente con esa denominación. Porque nadie jugó tanto literariamente y tan en serio como Borges, quien elogió a los que se jugaban la vida en una esquina de cuchillos o una carga de caballería mientras se jugaba la suya sobre el tablero del ajedrez, del parchís o de la oca, en la palestra inusual de la biblioteca: y el envite fue no menos grave, porque la vida es lo que siempre está en juego y lo que se pierde siempre. Lo que cuenta –para el que cuenta– es saberlo. A algunos, y no de los peores ni menos perspicaces, les irrita esta dimensión lúdica borgiana, casi ostentosa a veces. En sus apuntes editados póstumamente, protesta así Elias Canetti: “No me gusta nada Borges. No choca con piedra. La reblandece”. ¡Grave reproche, por parte de alguien que parece destinado a ser lector simbiótico de Borges! ¿Será la causa un exceso de parentesco entre ambos –también el odio es una forma de parentesco, señaló Unamuno–, o quizá que el ultrameditativo Canetti fue en el fondo menos filosófico que Borges, porque nunca llegó hasta el fondo mismo de la filosofía, donde acecha el juego y nada más que el juego? Cuestión de simpatías, formas distintas de afrontar la roca final, con la que tanto tropieza quien choca estruendosamente –y a veces suena a hueco– como quien la acoge como si fuera una almohada de plumas, aunque no menos infranqueable. Ahí está Borges, presente y ausente en su tumba ginebrina como cualquier otro muerto. Ya no responderá más. Somos ahora los lectores quienes debemos contestar por él, a partir de él. Estas páginas han sido mi respuesta: no desde la erudición, que no poseo, ni desde la autoridad, que respeto malamente, sino desde la fidelidad a lo que me causó placer. Porque también es un placer y casi un remedio conocer los quilates y los meandros de lo irremediable. Según parece, Borges es definitivamente uno de nuestros clásicos. ¿Un clásico? Chesterton, a quien con razón Borges admiraba, lo definió así en su ensayo biográfico sobre Charles Dickens: un clásico, “esto es, un rey del que puede ahora desertarse, pero que no puede ya ser destronado”. El monarca sin súbditos, aquel del que se alejan con rebeldía los que se llevan su herencia, la voz que suena a través de quienes le desconocen o le olvidan, el monumento contra el que se orina con impiedad mientras se enjuga una lágrima: de nuevo el tema del traidor y el héroe.

 

 

Fernando Savater, Jorge Luis Borges

Colección Vidas Literarias

Editorial Omega

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25/10/2009

Jean Starobinski, "La espada de Ayax” (en Breve historia de la conciencia del cuerpo)

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En el personaje de Ayax, hace Sófocles que intervengan sucesivamente, en el decurso de un solo día mortal, los dos estados contrapuestos del desvarío absoluto y de la extrema lucidez, de la fatalidad impuesta y la libre decisión de morir. Estados que pertenecen a momentos perfectamente diferenciados, cuya oposición, con tanta claridad subrayada, corre sin duda pareja con la intención de lograr el efecto trágico. De la rebelión al desvarío, del desvarío al reconocimiento de la deshonra, de este conocimiento humillante a la muerte voluntaria, va Sófocles acompasando con precisión asombrosa la sucesión, concatenación y diferencia de las actitudes pasionales: el lector moderno tiene la impresión de estar viendo desplegarse, en el curso temporal de la representación, los colores puros en los que se descompone la luz cegadora del suicidio.

La obra da comienzo al término de una noche de sangre. Ayax ha destrozado el ganado, creyendo herir de muerte a los Atridas; se ha encerrado en su tienda, y allí está todavía, presa del delirio. Atenea, que ha empujado al héroe al desvarío, domina la escena. Ulises se ha acercado cautelosamentre paras "aclarar la verdad". La diosa le llama...

Mas ningún espectador ignora los antecedentes: la muerte de Aquiles, sus armas destinadas al más valiente y la preferencia otorgada a Ulises en detrimento de Ayax. Y esto ya se presta a reflexión: ha desaparecido la gran figura heroica, aquella en quien se daba cumplimiento una perfección espontánea, una supremacía indivisa. El puesto está vacante. Ningún nuevo Aquiles podía reemplazar a este protagonista absoluto. Son tiempos nuevos -tiempos de los herederos- los que dan comienzo. Pero las armas codiciadas, herencia del guerrero muerto, preservan los vínculos con los tiempos precedentes (que eran los tiempos épicos). La ruda expedición aún no ha terminado, queda intacta la tarea: queda tomar Troya. La oposición de Ulises y de Ayax, herederos rivales, pone tal vez de manifiesto la escisión de lo que estaba aún unido en la persona de Aquiles: fuerza y reflexión. Desde el instante en que el asunto pasa a ser materia de debate, y la decisión se pone a votación, es de esperar el triunfo de la reflexión. Todo sufragio corona una obra de lenguaje. Y Ulises es aquél que sabe hablar y convencer, su habilidad está en el miramiento para con los dioses y los jefes: nada mejor para ganarse los favores. Los nuevos tiempos -tiempos del debate- delimitan mediante la palabra un campo clauso, gobernado por las reglas de la persuasión y de la autoridad verbal: la violencia deberá ser abandonada. El campo clauso de los tiempos anteriores era el campo de batalla, campo del encuentro armado, de la pelea aguerrida y del furor que las palabras no pueden detener. Los hombres no se niegan a entrar de nuevo en él, pero se han percatado de lo que así pueden perder.

La Ilíada, poema guerrero, acaba antes de la muerte de Aquiles: pero sobre todo antes de la toma de Troya. Todo lo que puede la fuerza nos lo dice la Ilíada (y todo lo que pueden las súplicas contra la fuerza). Sabemos, definitivamente, que la captura final no se decidirá en campo abierto, en victoria regular. Para hacerse con la ciudad enemiga, hará falta utilizar astucia y reflexión. La conquista es obra de Ulises.

El haber tomado acuerdo sobre las armas de Aquiles por mayoría de sufragios tiene valor de símbolo. La fuerza y sus instrumentos pasan a ser elemento subordinado. Las armas, instrumentos de violencia, son ciertamente los objetos más disputados; pero al ir a adjudicarlas, la palabra es la que zanja, y el cómputo de votos.

El debate en torno a las armas, sin romper con los usos de una sociedad "feudal" y guerrera, prefigura la deliberación de la sociedad democrática. Ahora bien, la asamblea deliberante, compuesta por ciudadanos, requiere la obediencia de los jefes militares. Subordinación que no acepta Ayax precisamente. Él ha venido a combatir como aliado y como par, ligado tan sólo por la virtud del juramento. Es un jefe de guerra, que quiere depender sólo de él; le indispone toda autoridad que pretende dominarlo. No le debe atención alguna. El conoce su vigor sin igual. No tolera, pues, que nadie le suplante. ¿No resulta indignante que las armas gloriosas no sean otorgadas a quien con todo derecho se tiene como el hombre de armas por excelencia? Han elegido a Ulises: en lugar del "guerrero esforzado" han dado preferencia al taimado, al ingenioso, al que sabe manejar la palabra. La fuerza ha sido humillada. Ayax se ve desacreditado en todo su ser, que es un puro arrojo. Si de esta cualidad se le despoja, ninguna otra cosa le queda. La existencia de Ayax descansa en base exigua; los valores que admite y que respeta no son muchos, haciéndole así tanto más vulnerable. Para él sólo cuenta el honor, la lealtad, la energía intrépida. En todo lugar quiere ser un poder independiente. Declaró un día ser bastante fuerte como para vencer sin el auxilio de los dioses: era demasiado aventurarse en la convicción de omnipotencia. Ulises, en cambio, conocedor de los múltiples poderes de los que dependen los mortales, es el hombre de inexhaustos recursos. Ayax se mantiene, para ruina suya, como el hombre de una sola virtud ostentada con orgullo.

No ha aceptado Ayax una votación que le frustra y que le ofende. Herido, malparado, no consentirá en doblegarse. Y de esta suerte se excluye de la comunidad definida por el respeto a la sentencia mayoritaria. Su gesto de rechazo le arroja a la soledad. No ser el primero es, para él, no verse ya valorado, y réplica negándose a reconocer la validez de la voz colectiva que le despoja de lo que es debido. Pero no se contenta, como Aquiles, con alejarse, negándose a prestar su ayuda. Violentamente se revuelve contra aquellos a los que, con su juramento, habíase aliado. El fraude del que a sus ojos se han hecho responsables le da plena libertad. La resolución está tomada: los tratará como enemigos, los hará perecer. Hela así, abandonada, aquella lealtad que fuera en el pasado complemento compensador de la fuerza. Roto el equilibrio. La fuerza ofendida se muda en violencia ofensiva. Para Ayax, semejante felonía no es incompatible con la idea que él se hace del honor personal. Reacción elemental en la que destaca el orgullo humillado. Aun a costa de parecer inoportuna la intrusión de conceptos psicológicos modernos en el terreno mítico, podríamos decir que el suicido de Ayax -como todo hara-kiri- constituye, al no poder dar muerte a los ofensores, la reparación triunfal que se procura el narcisismo humillado, la prueba de virilidad "fálica" que se obstina en dar ante los enemigos que antes le negarán tal virilidad. Prosiguiendo con el lenguaje contemporáneo: el dolor de no haber obtenido las armas equivale a una castración; y la muerte voluntaria a espada borra el insulto: es un acto que proclama, en la cima del arrojo, la integridad del vigor masculino.

Reparemos en la siguiente observación; en el material legendario más antiguo tan sólo consta el despecho de Ayax y su desespero suicida. El rasgo político de la rebelión contra los jefes adquirió sin duda en Sófocles una importancia que la tradición anterior no le otorgaba. De este modo, el destino fatal del héroe expoliado se convierte por añadidura en el destino del traidor y del rebelde. Esta nueva dimensión, a ojos del espectador, arroja sobre Ayax una nueva culpa, estrechándose las mallas de la red en que se encuentra atrapado. No es que Ayax, en momento alguno, se siente culpable ante sus enemigos. Mas, tal como lo construye Sófocles, no es capaz de ver que la rebelión agrava su dependencia. Si detesta a los Atridas y planea darles muerte, señal es de que ante él no han dejado de ser los jefes supremos. Al revolverse contra ellos, se obstina en hacerles frente. En todo instante se cree visto por ellos: objeto de su risa burlona.

En su rebeldía, no cuenta Ayax con aliado alguno. Nada ha dicho de sus planes a su hermanastro, el arquero Teucro: este se encuentra guerreando lejos. La independencia de Ayax se convierte en angosta soledad. Tiempo ha, y de forma reiterada, había rechazado la asistencia de los dioses. El honor de la proeza hubiérale parecido ínfimo, de haber aceptado el favor de una divinidad. Buscaba la victoria por sí solo, y para sí solo, sin solicitar el menor auxilio exterior. La certeza de ostentar en su brazo todas las prendas del éxito es la expresión misma del narcisismo del vigor que hace un instante comentábamos. De modo más acorde con el espíritu griego, diremos que es la expresión de la ausencia de miramiento para con las demás, ausencia de miramiento que tarde o temprano se expone al castigo. Quien pretende realizarse plenamente sin el otro (sin que venga un dios a socorrerle) puede que un día se vea despojado de todas sus conquistas, expoliado de su gloria, y condenado a verse reducido a la nada.

Ayax se encuentra, pues, en estricta soledad, pues su presunción le ha llevado hasta la impiedad, y su sentido del honor hasta la rebeldía. Otros, al apartarse de los hombres, conservan, cuando menos, la tutela de un dios. No así Ayax: por propio impulso se ha arrojado a la exterioridad más completa. Al margen de humana alianza (la esposa y el hijo no difieren de él mismo), al margen del respeto a los dioses, habita en una sola fuerza, que lo es todo para él. Para decirlo con una imagen espacial: Aquiles, para manifestar su cólera, habíase contentado con hacer campo aparte y encerrarse. Ayax, cuya tienda se encuentra "al extremo de la fila de navíos" no es únicamente el que se sitúa en el límite. Se sale resueltamente de la comunidad de guerreros asociados. Salida de la que la tragedia de Sófocles hará ver las consecuencias fatales: quien cuenta sólo consigo mismo para vivir sin los dioses y en contra de los hombres se halla destinado a perecer; se adentra en la carrera del exceso y, echándose fuera del orden colectivo, termina ineludiblemente por echarse fuera de la vida. Ni aun para oponerse a una injusta decisión del grupo le está permitido al individuo excluirse de él y tratar de hacerse justicia a punta de espada. El oráculo de Calcas -anunciado ya demasiado tarde- predice literal y simbólicamente que Ayax morirá si sale en este día de la tienda.

Acabamos de reconstruir los aspecto del carácter de Ayax, tal como a lo largo del texto de Sófocles se dan a conocer: tal debió ser el héroe que se convirtiera en el hombre de sus últimos actos; tales fueron las virtudes, más también las torpezas que le precipitaron en el exceso fatal.

 

 

Traducción: María Isabel Fontao.

Fuente: La posesión demoníaca. En Tres estudios, Madrid, Taurus, 1974

Jean Starobinski: Ginebra, 1920

Cortesía: ddooss

 

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