31 de ago. de 2009

Arnold Hauser - La organización del trabajo artístico en los monasterios

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San Eligio, patrono de los orfebres y
fundador del monasterio en Solignac en Limousin

Autor:Petrus Christus
Sin mención de fecha
Museo:Metropolitan Museum
Material:Oleo sobre tabla
Estilo:Pintura Flamenca




Después de la época de Carlomagno la corte no es ya el centro cultural del Imperio. La ciencia, el arte y la literatura proceden ahora de los monasterios; en sus bibliotecas, escritorios y talleres se realiza ahora la parte más importante del trabajo intelectual. A la laboriosidad y riqueza de los monasterios debe el arte del Occidente cristiano su primer florecimiento. La multiplicación de los centros culturales, debida al desarrollo de los monasterios, provoca, ante todo, una mayor diferenciación de las tendencias artísticas. Pero no se debe pensar que estos monasterios estuviesen completamente aislados unos de otros; su común dependencia de Roma, el influjo general de los monjes irlandeses y anglosajones, y más tarde, las Congregaciones reformadas hacen que los monasterios mantengan entre sí una relación, aunque ésta no sea muy íntima (83). Ya Bédier aludió a sus puntos de contacto con el mundo laico, a su función en relación con las peregrinaciones y a su papel como centro de reunión de peregrinos, comerciantes y juglares. Mas a pesar de mantener estas relaciones con el exterior, los monasterios siguen siendo unidades esencialmente autárquicas, concentradas en sí mismas, que se aferran a sus tradiciones más duradera y tercamente que antes la corte, la cual cambiaba según las modas, o que después la sociedad burguesa.

La regla de San Benito prescribía tanto el trabajo manual como el intelectual, e incluso hacía mayor hincapié en las ocupaciones manuales. El monasterio, lo mismo que las cortes señoriales, se esforzaba por desarrollar una economía lo más autárquica posible y producir en sus propios terrenos todo lo necesario. La actividad de los monjes se extendía tanto al cultivo del campo y de la huerta como a los oficios artesanos. Ya desde el principio, sin embargo, los trabajos corporales más duros fueron realizados por los campesinos libres y siervos de los monasterios y, más tarde, además de por los campesinos, por los hermanos legos. Pero los oficios artesanos, especialmente en los primeros tiempos, posiblemente fueron ejercidos principalmente por los monjes; y fue precisamente por la organización del artesanado por lo que el monacato ejerció la más profunda influencia en la evolución artística y cultural de la Edad Media. El gran mérito del movimiento monástico consistió en hacer que la producción del arte se realizara dentro del marco de talleres ordenados, con división del trabajo, y dirigidos más o menos racionalmente, y que para este trabajo fueran ganados también miembros de las clases superiores. Como es sabido, en los monasterios de la Alta Edad Media eran mayoría los aristócratas, y ciertos monasterios estaban casi exclusivamente reservados a ellos (84). Y así, gentes que nunca habían tomado en su mano un sucio pincel, un cincel o una paleta de albañil, entraban en relación directa con las artes plásticas. Es verdad que el desprecio por el trabajo manual sigue estando muy difundido en la Edad Media, y el concepto de señorío seguirá vinculado todavía a una existencia desocupada. Pero ahora, a diferencia de lo que ocurría en la Antigüedad, junto a la existencia señorial, que va unida al ocio limitado, se juzga como valor positivo también la vida de trabajo, y esta nueva relación con el trabajo está, entre otras cosas, relacionada con la popularidad de la vida monacal. El espíritu de las reglas monásticas influye todavía en la moral de trabajo burguesa de la Baja Edad Media, tal como se expresa, por ejemplo, en las ordenanzas de los gremios. Pero, de todas maneras, no hay que olvidar que en los monasterios el trabajo es considerado aún en parte como penitencia y castigo (85) y que el propio Santo Tomás habla todavía de los “viles artífices” (Comn. in Polit., III, 1, 4). Por el momento no se dice nada de un ennoblecimiento de la vida por el trabajo.

Los monjes fueron los primeros que enseñaron al Occidente a trabajar metódicamente. Hasta la reorganización de la economía urbana, los talleres, que, como herederos de la antigua industria romana, eran todavía bastante numerosos en las ciudades (86), trabajaban dentro de unos límites muy modestos y aportaron poco al desarrollo de las técnicas industriales. También había, ciertamente, en los palacios reales y en las más importantes cortes feudales artesanos especializados, que tenían que trabajar de manera obligatoria y sin cobrar, pero pertenecían a la casa del rey o a la servidumbre. Su trabajo permanecía fiel a las tradiciones del trabajo doméstico, no guiándose por consideraciones prácticas. La independización del artesano del servicio doméstico no se realiza hasta que no aparecen los monasterios. En ellos es donde por primera vez se aprende a ahorrar tiempo, a medir el paso de las horas y a anunciarlo por el toque de campana (87). El principio de la división del trabajo se convierte en fundamento de la producción y se practica no solo dentro de cada monasterio, sino en cierta medida también en la mutua relación de los diversos monasterios.

Fuera de los monasterios, la actividad artística sólo se ejercitaba en los dominios del rey y en las grandes cortes señoriales, pero, aún aquí, sólo en las formas más sencillas. Precisamente en las artes industriales fue donde más se distinguieron los monasterios. La copia y el miniado de manuscritos fueron uno de sus más antiguos títulos de gloria (88). La creación de bibliotecas y scriptoria que Casiodoro había introducido en Vivarium, fue imitada por la mayoría de los monasterios benedictinos. Los copistas y miniaturistas de Tours, Fleury, Corbie, Tréveris, Colonia, Ratisbona, Reichenau, San Albano, Winchester eran famosos ya en la Alta Edad Media. Los scriptoria eran, en los monasterios de los benedictinos, grandes habitaciones destinadas al trabajo en común; en otras Ordenes, como, por ejemplo, los cistercienses y cartujos, eran celdas menores. La producción de tipo industrial y el trabajo individual podían así subsistir juntos. La labor de los copistas e iluminadores estaba, además, según parece, especializada según las diversas tareas. Además de los pintores (miniatores) había los maestros hábiles en la caligrafía (antiquarii), los ayudantes (scriptores) y los pintores de iniciales (rubricatores). Al lado de los monjes había empleados en los scriptoria copistas a sueldo, esto es, laicos, que trabajaban en parte en su propia casa y en parte en los mismos monasterios. Además de la ilustración de libros, arte monacal por excelencia, los monjes se ocupaban de arquitectura, escultura y pintura, trabajaban como orfebres y esmaltadores, tejían sedas y tapicerías, organizaban fundiciones de campanas y talleres de encuadernación de libros y construían fábricas de vidrio y de cerámica. Algunos monasterios llegaron a convertirse en verdaderos centros industriales; y si al principio Corbie tenía sólo cuatro talleres con veintiocho obreros, en Saint Riquier encontramos, ya en el siglo IX, un verdadero trazado de calles con los talleres agrupados por oficios: armeros, silleros, encuadernadores, zapateros, etc. (89).

No sólo en la agricultura, que exigía demasiado de las fuerzas físicas del trabajador y en la que, al ir aumentando su riqueza, ellos actuaban cada vez más como propietarios y administradores que como operarios, sino también en los restantes ramos de la producción los monjes hacían sólo una parte del trabajo manual y se dedicaban preferentemente a la organización. Incluso en la copia de manuscritos intervinieron en una medida mucho menor, como ya hemos indicado, de lo que suele suponer. A juzgar por el aumento de las bibliotecas, en general no se empleaba más que la quincuagésima parte del tiempo de trabajo de todos los monjes de un monasterio en la trascripción de manuscritos (90). En los oficios que exigen un esfuerzo corporal, sobre todo en la construcción, el número de hermanos legos y trabajadores extraños empleados debió de ser mayor, y más reducido, en cambio, en las artes menores industriales. Pero al crecer la demanda por parte de iglesias y cortes de tales productos de arte industrial, hay que suponer que también los monasterios estaban dispuestos a contratar trabajadores y artistas hábiles en este terreno. Fuera de los monjes y de los operarios libres o siervos ocupados en las cortes feudales, había desde el comienzo operarios y artistas que constituían un mercado de trabajo libre, aunque fuera aún limitado. Era gente errante, que hallaba ocupación ya en los monasterios, ya en las sedes episcopales y en las cortes señoriales. Su utilización regular por los monjes está comprobada. Por ejemplo, está atestiguado que la abadía de Saint Gall y el convento de San Emerano de Ratisbona llamaron a muchos de estos artífices errantes para que construyesen relicarios. En las grandes obras de construcción de iglesias era conveniente llamar a arquitectos, lo mismo que canteros, carpinteros y metalistas, de cerca y de lejos, especialmente de Bizancio y de Italia (91).

El empleo de elementos ajenos debe en todo caso haber tropezado algunas veces con dificultades, si tiene fundamento verdadero la noticia sobre los “procedimientos secretos” celosamente guardados en los monasterios. Hubiese o no tales misterios, los talleres monacales no eran sólo centros de producción de mercancías, sino muchas veces también sede de experimentos tecnológicos. A fines del siglo XI el monje benedictino Teófilo podía describir en sus notas (Schedula diversarum artium) toda una serie de inventos hechos en los monasterios, como la producción de vidrio, las pinturas al fuego en las vidrieras, la mezcla de colores al óleo, etc. (92). Por lo demás, también los artistas y artesanos errantes procedían en gran parte de los talleres monacales, que al mismo tiempo eran las “escuelas de arte” de la época y se dedicaban muy especialmente a la preparación de las nuevas promociones (93). En muchos monasterios, como, por ejemplo, en Fulda y en Hildesheim, se montaron verdaderos talleres de arte industrial, que servían principalmente a intereses didácticos y aseguraban nuevas promociones de artistas, tanto para los monasterios y las catedrales como para las cortes seculares (94). Especial altura en la educación artística alcanzó el monasterio de Solignac, cuyo fundador, San Eligio, era el más famoso orfebre del siglo VII. Otro príncipe eclesiástico que, según se cuenta, prestó grandes servicios al arte, incluso como educador, fue el obispo Bernardo, el magnífico protector de la arquitectura y la fundición del bronce de la catedral de Hildesheim. De otros artistas eclesiásticos de posición menos elevada conocemos muchas veces tan sólo sus nombres, pero nada sabemos de su personal influencia en el arte de la Edad Media. En el caso del monje Tuotilo, el dato histórico ha ido evolucionando hasta convertirse en una leyenda de artista. Pero, como se ha observado, esta leyenda es simplemente una personificación de la vida artística en Saint Gall y un paralelo medieval a la leyenda griega de Dédalo (95).

Muy importante es la contribución del monacato al desarrollo de la arquitectura eclesiástica. Hasta el florecimiento de las ciudades y la aparición de las logias la arquitectura se encuentra en manos casi exclusivamente eclesiásticas, si bien los artistas y operarios que trabajaban en la construcción de iglesias sólo en parte deben ser imaginados como monjes. Los directores de las mayores y más importantes empresas de construcción eran, desde luego, clérigos; pero parece que ellos eran más bien los directores que los maestros de obra (96). Por lo demás, la actividad constructiva de cada monasterio no era lo suficientemente continua como para que los monjes ligados a un monasterio determinado hubieran podido elegir la arquitectura como profesión. Esto podían hacerlo sólo los laicos, que no estaban ligados a ningún sitio y podían moverse libremente. Es cierto que también aquí hay que señalar excepciones. Del monje Hilduardo, por ejemplo, se sabe que fue el maestro de obras de la iglesia abacial de Saint-Père, en Chartres. Sabemos también que San Bernardo de Claraval puso a disposición de otros monasterios a un hermano de su Orden, el arquitecto Achard, y que Isemberto, arquitecto de la catedral de Saintes, construyó puentes no sólo en Saintes mismo, sino en La Rochela y en Inglaterra (97). Pero aunque hubiera otros muchos casos semejantes, las artes menores, que exigían un esfuerzo corporal menor, correspondían mejor que el arte monumental al espíritu del taller monacal.

La sobrestimación del papel del monacato en la historia del arte procede de la época romántica, y forma parte de aquella leyenda medievalista cuya pervivencia nos estorba hoy tantas veces para aproximarnos sin prejuicios a la realidad histórica. El origen de los grandes templos de la Edad Media sufrió la misma interpretación romántica que el de la épica heroica. También en este caso se aplicaron los principios de aquel crecimiento orgánico y como vegetal que se creía poder observar en la poesía popular. Se negó todo plan orgánico y toda dirección unitaria; se negó la existencia de un arquitecto al que pudieran ser atribuidas aquellas construcciones, lo mismo que se negó, con respecto a los poemas épicos, la existencia de un poeta individual. Se quiso, en otras palabras, atribuir el papel decisivo en el arte no al artista educado y consciente, sino al artesano ingenuo, que creaba de manera puramente tradicional.

Otro de los elementos de la leyenda romántica de la Edad Media es el anonimato del artista. En su equívoca posición frente al individualismo moderno, el Romanticismo ensalzó el anonimato de la creación como el signo de la verdadera grandeza, y se detuvo con particular predilección en la imagen del hermano monje desconocido, que creaba su obra únicamente para honrar a Dios, se ocultaba en la oscuridad de su celda y no permitía en modo alguno que su propia personalidad apareciese. Pero, de manera nada romántica, ocurre que los nombres de los artistas de la Edad Media que conocemos son casi exclusivamente nombres de monjes, y que los nombres desaparecen precisamente en el momento en que la actividad artística pasa de las manos de los clérigos a la de los laicos. La explicación es sencilla: si el nombre de un artista había de aparecer o no en un monumento del arte eclesiástico, era cosa que la decidían los clérigos, y éstos, naturalmente, preferían a sus compañeros. De igual manera, los cronistas que solían anotar tales nombres y que eran exclusivamente monjes sólo tenían interés en citar el nombre de un artista cuando se trataba de un hermano de Orden. Si se compara con la Antigüedad clásica o con el Renacimiento, no cabe la menor duda de que en la Edad Media llama la atención la impersonalidad de la obra de arte y la modestia del artista. Aun en los casos en que se cita el nombre de un artista y éste pone orgullo personal en su creación, tanto él como sus contemporáneos desconocen el concepto de la originalidad personal Pero hablar de un anonimato fundamental del arte medieval es, con todo, una exageración romántica. La miniatura muestra infinitos ejemplos de obras firmadas, y ello en todas las fases de su desarrollo (98). En relación con la arquitectura se podría, para la Edad Media, dar veinticinco mil nombres, a pesar del gran número de obras destruidas y de documentos perdidos (99). En todo caso no hay que olvidar que muchas veces, cuando una inscripción añade a un nombre el predicado de fecit, se refiere, según la manera de expresarse de los medievales, al constructor o al donante, y no al artista ejecutor. Los obispos y abades y demás señores eclesiásticos a los que se les atribuyen construcciones de este modo, no eran en la mayoría de los casos sino los “presidentes de la comisión constructora”, pero no los arquitectos o directores de la obra (100).

Pero cualquiera que fuese el papel desempeñado por los eclesiásticos en la construcción de sus iglesias, y aunque el trabajo artístico se dividiera siempre entre monjes y laicos, tuvo que existir, desde luego, un límite en la división de las funciones. Sobre los planos pueden haber decidido de manera corporativa los cabildos catedralicios y las comisiones abaciales; las tareas artísticas pueden haber sido realizadas en su conjunto por los miembros de una colectividad que trabajaba comunalmente; pero cada uno de los pasos en el proceso de creación sólo podía ser dado ciertamente por unos pocos artistas que trabajaban con conciencia de su finalidad. Algo tan complicado como la construcción de una iglesia medieval no pudo surgir como una canción popular, que procede en último término de un único individuo, aunque sea desconocido, pero que, a diferencia de otra arquitectónica, surge sin plan y va aumentando, como un cristal, por adiciones externas. No sólo es romántica e imposible de comprobar científicamente la concepción de que una obra de arte es la creación comunal de varias personas, sino que la obra de cada artista individual se compone de las aportaciones de varias facultades espirituales que en parte funcionan independientes unas de otras, y cuya unificación a menudo es tan sólo a posteriori y exterior. Es ingenua y romántica la idea de que una obra de arte, hasta en sus últimos pormenores, es la creación indiferenciable de un grupo y que no necesita de un plan unificatorio y consciente, aunque éste esté sujeto a modificaciones.

(Hauser; 1968:223-232)


Notas

(83) Ch. H. Haskins: The Renaissance of the 12th. Century, 1927, p. 33.

(84) Alois Schulte: Der Adel und die deutsche Kirche im Mittelalter, 1910.

(85) Ernst Troeltsch: Die Soziallehren der christl. Kirchen und Gruppen, 1912, p. 118; G. Grupp: op. cit., I, p. 109.

(86) A. Dopsch: Die wirtschaftl. u. soz. Grundl., II, p. 427.

(87) Lewis Mimford: Technics and Civilization, 1934, p. 13; Cf. Werner Sombart: Der mod. Kapit., II, 1, 1924, 6ª ed., p. 127; Henr. Sieveking: Wirtschaftsgeschich., II, 1921, p. 98.

(88)Cf. para lo que sigue J.W. Thompson: The Medieval Library, 1939, pp. 594-99, 612.

(89) P. Boissonade: Le Travail dans l’Europe chrét. au moyen âge, 1921, p. 129.

(90) G.G. Coulton: Medieval Panorama, 1938, p. 267.

(91) Jos. Kulischer: Allg. Wirtschaftsgesch., I, 1928, p. 75.

(92) Ibid., pp. 70-71.

(93) Viollet-le-Duc: Dictionnaire raisonné, I, 1865, p. 128.

(94) K. Th. V. Inama-Sternegg: Deutsche Wirtschaftsgesch., I, 1909, 2ª. Ed., p. 571.

(95) Julius V. Schlosser: Quellenbuch zur Kunstgesch. Des abendländ. Mittelalters, 1896, p. XIX.

(96) Wilhelm Vöge: Die Anfänge des monumentalen Stiles im Mittelalter, 1894, p. 289.

(97) Recueil de texts relatifs à l’histoire de l’architecture et à la condition des architectes en France au moyen âge. XII-XIIIe siècles, publicado por V. Mortet-P. Deschamps, 1929, p. XXX.

(98) F. de Mély: Les Primitifs et leurs signatures, 1913.

(99) Idem: Nos vieilles cathedrals et leurs maîtres d’oeuvre, en “Revue Archéologique”, 1920, XI, p. 291; XII, p. 95.

(100) Martín S. Briggs: The Architect in History, 1927, p. 55.


En Historia social de la literatura y el arte
Madrid, Guadarrama, 1969



Robert L. Stevenson – La moral de la profesión de las letras

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Robert L. Stevenson La profesión de las letras ha sido recientemente objeto de debate en la prensa, y debatida, por ponerlo en términos suaves, desde una postura calculada para sorprender a hombres cultos y provocar el menosprecio general hacia los libros y la lectura. Concretamente, hace algún tiempo un escritor popular [Mr. James Payn], vitalista y ameno, dedicó un ensayo, vitalista y ameno como él, a ofrecer una alentadora panorámica de su profesión. Nos alegra que la experiencia fuese tan grata y cabe esperar que los demás, todos cuantos lo merezcan, sean tan generosamente recompensados; pero no creo que en modo alguno deba alegrarnos que un asunto de tanta importancia para nosotros como para el público sea debatido por razones puramente crematísticas. En cualquier quehacer bajo el cielo no es la remuneración la única ni, a decir verdad, tampoco la primera cuestión. Que uno siga existiendo es asunto de su sola incumbencia; pero que su trabajo haya de ser honesto, y en segundo lugar útil, es algo que toca ya al honor y a la moral. Si el escritor a que me refiero consigue persuadir a un determinado número de jóvenes para que adopten su modo de vida con la vista puesta únicamente en el pan, cabe inducir que sus obras sólo busquen un beneficio y esperar, en consecuencia, si aquél me perdona tantos epítetos, una literatura falsa, vacía, vulgar y desaliñada. No hablo de este escritor como tal; es diligente, correcto y afable; todos le debemos momentos de entretenimiento, y se ha ganado merecidamente su atractiva popularidad. Pero lo cierto es que no mira su profesión, tampoco cuando la abrazó por primera vez, con una óptica puramente mercenaria. Puedo aventurar que se sumergió en ella, si no con un noble designio, al menos con el entusiasmo del primer amor; y su ejecución fue motivo de placer mucho antes de pararse a calcular el salario. Días atrás, un autor admirado por su obra, de calidad indudable y, a sus ojos, excepcional, respondió en términos propios de un viajante de comercio que, dado que su libro no se vendía con rapidez, él no le concedía el valor de un real. No se piense que la persona a quien la respuesta iba dirigida la recibió como una profesión de fe; en todo caso sabía que se trataba de una irritación pasajera; de la misma forma que cuando un escritor respetable habla de literatura como de un modo de vida, semejante al del zapatero, aunque no de tanta utilidad, sabemos que sólo está planteando un aspecto de la cuestión, mientras es claramente consciente de una docena de ellos más importantes y que atañen más directamente al asunto que le ocupa. Pero aunque los que comercian con la literatura con este espíritu cicatero en lo pequeño y pródigo en virtud posean también mejores luces, no se sigue que su comercio sea decente o instructivo para su prójimo o para ellos mismos. La primera obligación del escritor es abordar cualquier tema con un espíritu, el más elevado, noble y valeroso, fiel a los hechos. Si está bien retribuido, como me agrada saber que lo está, esta obligación se hace más ineludible, su incumplimiento aún más deshonroso. Y tal vez no exista ningún capítulo del que el hombre deba hablar tan seriamente como la actividad, sea cual fuere, que constituye la ocupación y el placer de su vida; la herramienta con que obtiene ganancias o rinde servicios; y que, de ser indigna, se hace sentir cual íncubo de mudas y avarientas entrañas sobre los hombros de la humanidad laboriosa. Forzar siquiera la nota sobre este punto podría inclinar la balanza a favor de la virtud. Es de esperar que una numerosa y emprendedora generación de escritores suceda y supere a la actual, pero mejor sería frenar la corriente y que la nómina de nuestros viejos y honestos libros ingleses se cerrase antes de que impresores codiciosos continuaran envileciendo una noble tradición y rebajando a sus propios ojos una raza famosa. Mejor dejar nuestros silenciosos templos vacíos que llenarlos de sacerdotes venales y fulleros.

Dos elementos concurren en la elección de cualquier forma de vida: el primero, el gusto innato del elector; el segundo, que la actividad elegida sea especialmente útil. Como cualquier otro arte, la literatura reviste singular interés para el artista, y, en un grado que le es peculiar entre las demás, es útil a la humanidad. Ambas son justificación bastante para el hombre o la mujer que la adopta como quehacer de su vida. No me extenderé sobre el asunto de los salarios. El escritor puede vivir de la literatura. Si no con tanto lujo como dedicándose a otros oficios, con menos. La naturaleza del trabajo que realiza durante el día contribuye a su felicidad más que la calidad de los alimentos que toma por la noche. Sea cual fuere su vocación y por mucho que al año le reporte, uno sabe de sobra que ganaría aún más engañando. Todos tendemos a dar excesiva importancia a la posibilidad de pasar estrecheces; pero tales consideraciones no debieran influir en la elección de aquello que ocupe o justifique buena parte de nuestra existencia; y como el patriota, el misionero o el filósofo, debemos elegir la profesión noble y sencilla en que sirvamos mejor a la humanidad. La naturaleza, si se sigue con fidelidad, es madre previsora. Una debilidad por el tintineo de las palabras lleva a un muchacho a entregarse de por vida a las letras; con el tiempo, cuando adquiere mayor gravedad, descubre haber elegido mejor de lo que pensara; descubre que si gana poco, lo gana con creces; si recibe un salario escaso, su posición le permite prestar considerables servicios; que en alguna medida está en sus manos proteger al oprimido y erigirse en defensor de la verdad. El mundo está tan amablemente organizado, son tales los bienes que pueden derivarse de un adarme de confianza en uno mismo y tal es, en particular, la buena estrella de este oficio de escribir, que deberían combinarse placer y ganancia para ambas partes, y ser a la par tan placentero como tocar el violín y tan útil como un buen sermón.

Nos estamos refiriendo a la literatura seria; y con los cuatro grandes de nuestros mayores a quienes todavía rendimos admiración y respeto, con Carlyle, Ruskin, Browning y Tennyson ante nosotros, sería cobarde considerarla de entrada desde una perspectiva menor. Aunque no podamos seguir a estos atletas, aunque ninguno de nosotros sea tal vez demasiado vigoroso, sabio u original, sostengo que con cualquier obra literaria, por humilde que sea, nos cabe hacer mucho bien o causar mucho daño. Puede que sólo deseemos complacer; es posible que, a falta de mejores luces, nos conformemos con satisfacer la ociosa y efímera curiosidad de nuestros contemporáneos; y es posible asimismo que tratemos, aunque sea tímidamente, de instruir. En cualquiera de los tres casos hemos de comerciar con ese insigne arte de las palabras que, al ser el dialecto de la vida, penetra fácil y poderosamente en el espíritu de los hombres; y siendo así, en cada una de estas facetas contribuimos a alimentar la suma de sentimientos y de opiniones que se conocen bajo el nombre de opinión pública o sentimiento popular. En estos tiempos de prensa diaria, el índice de lectura de una nación modifica considerablemente su índice de expresión oral; y ambas, la lectura y el habla, constituyen el medio más eficaz de educar a la juventud. Un hombre o una mujer virtuosos pueden retener a cualquier joven durante un tiempo en una atmósfera sana; pero a la postre, es el ambiente contemporáneo el que domina sobre el común de las medianías. La frecuente vileza corintia del periodista americano o del croniqueur parisiense, tan fácilmente digerible ejerce una influencia negativa incalculable; tocan todos los asuntos, y todos con la misma mano egoísta; inician a las cabezas jóvenes e inexpertas en un espíritu indigno; surten a las mentes romas de citas punzantes. El volumen de estas feas preocupaciones desborda el de las escasas intervenciones de los grandes hombres; el desprecio, el egoísmo y la cobardía se desparraman en grandes hojas sobre las mesas en tanto que su antídoto, en pequeños volúmenes, reposa intacto sobre las estanterías. He aludido a los americanos y a los franceses no porque sean más viles, cuanto por ser más legibles que los ingleses; el daño que causan es más efectivo: en América, debido a las masas; en Francia, al escaso número de lectores; pero también entre nosotros se descuidan diariamente las servidumbres de la literatura, diariamente se suprime o tergiversa la verdad y diariamente se degrada el tratamiento de los asuntos importantes. No se considera al periodista como un funcionario serio; pero estimad el bien que podría hacer por el daño que hace; valga un solo ejemplo: el hecho de que cuando, en un mismo día, dos periódicos de tendencia política opuesta vocean abiertamente una noticia determinada en interés de su propio partido, nos sonreímos del descubrimiento (¡ya no es tal descubrimiento!) como si se tratara de un buen chiste o de una estratagema excusable. Mentir tan descaradamente apenas es mentir, es cierto; pero una de las enseñanzas que profesamos transmitir a los jóvenes es el respeto a la verdad; y no creo que semejante formación se vea coronada por el éxito mientras algunos de nosotros cultivemos y el resto apruebe sin el menor reparo la falsedad pública.

Dos obligaciones incumben a todo aquel que se adentre en el mundo de la escritura: fidelidad a los hechos y vigor en el tratamiento. En cualquier terreno literario, por humilde que sea para merecer tal nombre, la fidelidad a los hechos es de vital importancia para la formación y el bienestar de la humanidad, y tan difícil de guardar que el fiel que lo intente prestará con ello cierta dignidad a su ser de hombre. Nuestros juicios se fundan en dos elementos: primero, en las experiencias consustanciales a nuestra alma; pero en segundo lugar, en los testimonios de la naturaleza de Dios del hombre y del Universo que de forma diversa nos llegan desde el exterior. Estas formas diversas pueden en su mayoría reducirse a una sola, ya que todo lo que aprendemos del pasado y mucho de lo que aprendemos de nuestro tiempo nos llega a través de los libros y de los periódicos, e incluso aquellos que no saben leer aprenden de segunda mano gracias a esas mismas fuentes o a la información de los que saben. De ahí que la suma de conocimientos o de ignorancia contemporáneos del bien y del mal sea, en buena medida, obra de los que escriben. Por fuerza han de advertir que el conocimiento de todo ser humano responde, en tanto en cuanto sepan comprobarlo, a las circunstancias de su vida; que ninguno se considera un ángel o un monstruo; ni tiene el mundo por un infierno; y tampoco da en creer que todos los derechos se reducen a los de su país y su casta, y todas las verdades a su credo de parroquia. Todo hombre ha de conocerse a sí mismo para poder así enmendarse; ha de enseñársele lo que hay fuera de él para que sea bondadoso con su prójimo. Nunca será un error decirle la verdad, pues en su delicada situación, tejiendo con el paso del tiempo su propia teoría de la vida, gobernándose a sí mismo, o alentando y reprobando a los otros, cualquier pormenor tiene singular importancia para su conducta; y aun si un hecho determinado le desalienta y corrompe, siempre será mejor que lo sepa; pues en este mundo tal cual es, y no en un mundo más fácil merced a las censuras de su formación, debe recorrer su camino hacia la ignominia o la gloria. En suma, siempre es ocioso mentir; y nunca será acertado escamotear la verdad. Acaso sea precisamente aquello que omitimos lo que alguna persona necesitaba, porque lo que para uno sirve de medicina es para otro un veneno, y he conocido hombres que se han sentido confortados por la lectura del Candide. Todo hecho forma parte del gran rompecabezas que nos corresponde construir; y nada se pone abiertamente en el camino del escritor que no guarde alguna relación sutil, imperceptible para él, con el alcance y la totalidad de su objeto. Con todo, ciertos elementos son infinitamente más necesarios que otros y con ellos debe contender la literatura en primerísimo lugar. No es difícil distinguirlos, ya que la naturaleza, una vez más, actúa de guía; y los elementos necesarios debido a su eficacia son aquellos que revisten mayor interés para el espíritu natural del hombre. Aquellos coloreados, humanos, pintorescos, y enraizados en la moral, y aquellos otros claros, indiscutibles, que forman parte de la ciencia, son por sí mismos de capital importancia, seducen por su interés y resulta útil transmitirlos. Mientras el escritor se limite a narrar, habría de hablar principalmente de éstos. Hablar de los elementos amables, hermosos y sanos de nuestra existencia; y sin escatimar en su relación los males y tristezas de nuestro tiempo, conmovernos mediante ejemplos; aludir a las gentes sabias y virtuosas del pasado, emocionarnos mediante analogías; y de todos ellos habría de hablar con sobriedad y franqueza, sin glosar defectos, para que no desconfiemos de nosotros mismos y nos hagamos exigentes con nuestro prójimo. Por ello la literatura contemporánea, aunque efímera y frágil, mueve en la sensibilidad de los hombres los resortes del pensamiento y la bondad, y les sirve de apoyo (pues es fácil apoyar a quienes emprenden el viaje) en su camino hacia la justicia y la verdad. Y si en modo alguno produce este efecto, ¡cuánto más podría hacerse de quererlo los escritores! Ninguna biografía de cuantas se recogen en los anales del pasado dejará, si es debidamente estudiada, de sugerir o prestar ayuda a algún contemporáneo. Y no existe ninguna encrucijada en los asuntos actuales de la que todavía no pueda decirse algo útil. Incluso el periodista cumple una función y, con una mirada lúcida y un lenguaje sencillo, puede revelar injusticias y señalar el camino hacia el progreso. Por último: en todo relato hay una sola manera de mostrarse inteligente, y es siendo preciso. La vivacidad es una virtud secundaria que presupone la primera; pues producir vívidamente una impresión falsa sólo es hacer más conspicuo el fracaso.

No obstante, un suceso puede contemplarse desde distintos puntos de vista; puede ser referido con ira, lágrimas, risas, indiferencia o admiración, y el relato, en consonancia con estos sentimientos, se convertirá en algo distinto. Los periódicos que en su día informaron sobre el regreso de nuestros representantes en Berlín, aun cuando no difirieran en los hechos como tales, se apartaron unos de otros considerablemente en su espíritu; de tal modo que una de las descripciones fue una segunda ovación y la otra un insulto prolongado. En toda obra literaria el argumento es un factor trivial, y el punto de mira del escritor, por ser menos discutible, es mucho más importante que cualquier otro. Ahora bien, este espíritu que anima el argumento, importante en todo género de obras literarias, adquiere máximo relieve en las obras de ficción, meditación o alabanza; pues no sólo les da color, sino que también selecciona los pormenores; no sólo modifica, sino que conforma la obra. De ahí que en una vastísima extensión del terreno literario la cordura o la demencia del escritor, o un pasajero talante humorístico, constituyan no sólo las líneas maestras de su obra sino también lo único que, en rigor, puede comunicarnos. En su sentido más amplio, toda obra de arte transmite primero la actitud del autor, sin menoscabo de que en ella se halle implícita toda una experiencia y una teoría de la vida. El autor que ha mendigado su pensamiento y reposa en una fe de estrechas miras no puede, aunque quiera, expresar la totalidad o siquiera diversas facetas de esta variada existencia; pues, llevando una vida limitada, no admite algunas en su teoría, del mismo modo que sólo de forma imprecisa y desganada las reconoció en su experiencia. De ahí la inhumanidad, ruindad y bajeza de las obras religiosas sectarias; de ahí las limitaciones, afines aunque diferentes, de las obras inspiradas por el espíritu de la carne o por ese gusto detestable por la alta sociedad. Por ello la primera obligación del hombre que se ponga a escribir es intelectual. A sabiendas o no, se ha constituido en guía de la inteligencia de los hombres, y debe procurar conservar la suya ágil, generosa y lúcida. Todo, salvo los prejuicios, debe tener en él un portavoz; debe ver el lado bueno de las cosas; guardar silencio cuando sospecha que no comprende algo cabalmente; y reconocer desde el principio que sólo tiene una herramienta en su taller, y esa herramienta es la solidaridad. [El ejemplo admirable para todos los escritores jóvenes de la generosa solidaridad literaria de Swinburne merece, cuando menos, una nota. No vacila en reconocer el mérito, ya en Dickens o en Trollope, ya en Villon, Milton o Pope. Esta es la actitud en la cual deberíamos todos perseverar no sólo en la crítica, sino también en todas las facetas de la actividad literaria.]

La segunda obligación, más difícil de precisar, es de orden moral. A la mente afluyen mil humores diferentes en torno a los cuales, cuando se destacan, tiende a sedimentarse alguna forma de literatura. ¿Debe permitirse esto? Ciertamente no en todos los casos, pero sí en más de los que los puristas quisieran. Sería de desear que toda obra literaria, y especialmente toda obra de arte, surgiera de impulsos racionales, humanos, vigorosos y saludables, fueran cómicos o trágicos, religiosos, humorísticos o románticos. Con todo, es innegable que muchos libros valiosos son parcialmente demenciales; algunos, sobre todo religiosos, parcialmente inhumanos; y muchos tienen un cariz malsano e impotente. No odiamos una obra maestra porque nos protejamos de sus máculas. A fin de cuentas, no buscamos sus defectos, sino sus virtudes. Ningún libro es perfecto, ni siquiera en su concepción; pero muchos causan las delicias del lector, le hacen mejor y le reconfortan. Los salmos hebreos constituyen la única poesía religiosa que ha existido sobre la faz de la Tierra; sin embargo, sus salidas de tono hieden a hombre de carne y hueso. Alfred de Musset era una naturaleza retorcida y venenosa; cuando le acuso de tener un mal fondo, me limito a citar a ese frívolo y generoso gigante, el viejo Dumas; empero, cuando le impulsaba a escribir un sentimiento estrictamente creativo, podía ofrecernos obras como Carmosine o Fantasio, en las cuales se diría que había vuelto a encontrar, para pulsarla y deleitarnos, la última nota de la comedia romántica. Tengo para mí que cuando Flaubert escribió Madame Bovary pensaba principalmente en una especie de realismo malsano; pero ¡ved cómo en sus manos el libro se convirtió en una obra maestra de sobrecogedora moralidad! Y lo cierto es que cuando un libro se concibe en un estado de tensión extrema, con el alma a nueve veces su potencia, nueve veces encendida y electrizada por el esfuerzo, nuestra condición es aprehendida con tanta amplitud que, por más que el diseño principal pueda ser trivial o mezquino, no deja de transmitir alguna verdad o belleza. La dulzura se desprende de la fuerza; pero una idea mediocre mal ejecutada es mediocre de principio a fin. Y esto no alentará a amanuenses patizambos, de muñeca frágil, que deben tomarse su trabajo a conciencia o avergonzarse de practicarlo.

El hombre es imperfecto; mas, en su literatura, debe expresarse a sí mismo sus opiniones y preferencias; porque hacer cualquier otra cosa sería correr un riesgo más peligroso que el de ser inmoral; sin duda, el de ser un embustero. Disfrazar un sentimiento, incluso si es bueno, es convertirlo en un travestido; no nos será útil. Ocultar un sentimiento, si uno está seguro de poseerlo, es tomarse libertades con la verdad. Posiblemente todo punto de vista al alcance del hombre cuerdo contenga alguna verdad y sea, en el contexto adecuado, de provecho para la especie. No temo a la verdad, si hay alguien capaz de decírmela, pero sí a las medias verdades impertinentemente pronunciadas. Hay un tiempo para la danza y un tiempo para el lamento; un tiempo para ser brusco y otro para ponerse sentimental; para ser ascético como para glorificar los apetitos; y el hombre que sepa combinar en su obra estos extremos, en el momento y la proporción justos, habrá dado con la obra maestra tanto del arte como de la moral. La parcialidad es inmoral; pues yerra todo libro que ofrezca una visión tergiversada del mundo y de la vida. El problema radica en que el débil deba ser parcial; la obra de uno es deprimente y deletérea; la de otro, barata y vulgar; la de un tercero, de una sensualidad epiléptica; la de un cuarto, de un amargo ascetismo. En literatura, como en nuestra conducta, nunca podemos esperar haber acertado completamente. Lo único que podemos hacer es asegurarnos lo más posible; y para ello sólo existe una regla: no hacer precipitadamente aquello que puede hacerse despacio. De nada sirve escribir un libro y dejarlo reposar durante nueve o incluso noventa años; pues durante su redacción sólo parcialmente te habrás convencido a ti mismo; la postergación debe preceder a cualquier comienzo; y si meditas sobre una obra de arte dale una y mil vueltas al asunto y asegúrate de que te agrada su sabor antes de elaborar un volumen que conserve el mismo gusto de principio a fin; si te propones entrar en el campo de la controversia, debes primero reflexionar sobre la cuestión bajo toda suerte de circunstancias, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza. Este análisis riguroso, imprescindible para cualquier forma de escritura solidaria y veraz, hace del ejercicio del arte una noble y prolongada enseñanza para el escritor.

Entretanto, queda mucho por hacer, mucho por decir y repetir una y mil veces. Toda obra literaria que suministre hechos fidedignos o impresiones placenteras presta un servicio a la comunidad. Servicio del que incluso puede estarse agradecidamente orgulloso de haberlo prestado. Las más insignificantes novelas son una bendición mejor que el cloroformo para quienes pasan por un mal momento. La vida de nuestro buen capitán de barco halló justificación cuando Carlyle alivió su espíritu con The King's own o Newton Forster. Deleitar es servir; y si no es difícil instruir y entretener a la vez, sí lo es, en cambio, conseguir plenamente lo primero sin lo segundo. Alguna circunstancia del escritor o de su obra aflora incluso en el más insípido de los libros; y leer una novela que fue concebida con un cierto vigor multiplica nuestras experiencias y ejercita nuestra solidaridad. Todo ensayo, todo poema, todo artículo, todo entre‑filet, está abocado a penetrar, aun efímeramente, en el espíritu de una parte de la comunidad y colorear, siquiera de forma pasajera, sus pensamientos. Cuando corresponda discutir algún asunto, cualquier escriba de la prensa tiene la valiosa oportunidad de iniciar la discusión con un espíritu digno y humano; y si hubiera en nuestra prensa un número suficiente que lo hiciera así, ni el público ni el Parlamento tendrían por qué caer en los pensamientos más mezquinos. Acaso el escritor tropiece de paso con un tema sugestivo, ameno, tonificante, aunque sea así para un solo lector. Sería, por cierto, muy desdichado si no convenciera a ninguno. Además, tiene la posibilidad de dar con algo que sea comprensible para una inteligencia mediocre; y que una inteligencia mediocre lea por una vez y comprenda, constituye un hito memorable en su formación.

Nos encontramos, pues, con una tarea que merece la pena y que debe intentarse hacer bien. Por ello, si me dispusiera a recibir en nuestro oficio a un contingente considerable, no sería en virtud de un sueldo mejor, sino porque fuera un oficio en buena y gran medida útil; que todo comerciante honrado pudiera, con sus solos esfuerzos, hacer más útil aún para la humanidad; que fuera difícil hacerlo bien y posible mejorar con los años; que exigiera de sus practicantes una reflexión escrupulosa, convirtiéndose así en una enseñanza perpetua para las naturalezas más nobles; y que, fuera cual fuese su retribución, siguiera estando mal retribuido en la gran mayoría de los mejores casos. Porque a buen seguro que a estas alturas del siglo diecinueve, nada hay que un hombre honrado deba temer con mayor recelo que ganar y gastar más de lo que se merece.

 

 

En Ensayos literarios

29 de ago. de 2009

Juan Carlos Onetti en su voz: El astillero (fragmento)

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Ahora, en la incompleta reconstrucción de aquella noche, en el capricho de darle una importancia o sentido históricos, en el juego inofensivo de acortar una velada de invierno manejando, mezclando, haciendo trampas con todas estas cosas que a nadie interesan y que no son imprescindibles, llega el testimonio del barman del Plaza.

Acepta que una noche de lluvia, durante aquel invierno, un hombre coincidente con la descripción de Larsen que le fue proporcionada, abundante, contradictoria en ciertos puntos porque los entusiasmos variaban, se acercó al mostrador y preguntó si el señor Jeremías Petrus «paraba» en el hotel.

«Era una palabra vieja y por eso dejé de pensar en el Simmons Fizz y lo miré dos veces. Ya casi todos dicen «alojarse» o «encontrarse»; y algunos de la Colonia, hombres hechos, que tal vez no hayan nacido aquí, «estar de paso». Este decía «parar» sin sacarse las manos de los bolsillos del sobretodo, ni tampoco el sombrero; no había dado las buenas noches o no se las oí. Esa palabra vieja, es posible que ayudada por la voz, me hizo pensar en tiempos de juventud, en café de esquinas de barrios. Cosas. Cuando el tipo habló yo estaba sin nada que hacer, la sala casi vacía y nadie en el mostrador, limpiando algún vaso con una servilleta aunque no me corresponde, y los vasos están siempre limpios. Yo estaba pensando en el negro Charlie Simmons y en el fizz que había hecho y bautizado y en la evidencia de que la receta que me transmitió era falsa. Porque me la dijo en cuanto se la pedí, porque la bebida que sale, de un color muy lindo, es sinceramente maléfica y porque nunca, en realidad, lo vi preparando. Él estaba entonces, duró poco, en el Ricky, que después se llamó Noneim, y después no sé. Pensaba distraído en eso y en otra cosa anterior. Entonces vino el hombre, que tal vez sea quien usted dice, aunque nunca lo vi antes, cuando vivió en Santa María. Más bien bajo, seguro, engordando, yendo para viejo pero todavía con cuerda y con aire de no enterarse del almanaque. Tendría que haberle dicho que se dirigiera al conserje, Tobías, el que anota y anda con las llaves. Pero la frase ésa, si «para» en el hotel, la palabra más bien, me ganó y le contesté. Le dije que sí y en qué habitación. Todos sabíamos y comentamos el asunto: el viejo Petrus enfermo o haciéndose el enfermo, metido desde la mañana en el 25, que tiene living y se reserva para novios, sin haber pedido durante todo el día otra cosa que una botella de agua mineral, sin que nadie supiera, por más que dijeron, si el francés se atrevería a presentarle la cuenta, ésta y las atrasadas, sólidos miles de pesos. Y no para verlo firmar arriba de la cuenta sino en un cheque con fondos, contra algún banco que no puedo imaginarme pero que, por qué no, tendría que llamarse Petrus y Compañía o alguna cosa como Petrus y Petrus. Sólo así. Cabeceó para darme las gracias y se puso a caminar en dirección al ascensor. Quería chistarle y decirle que llamara antes por el interno; me dejé estar y siguió caminando. Era como me dice: naturalmente pesado pero exagerándolo, negro de ropas, taconeando mientras pudo en el silencio del bar vacío, sin ruido después sobre la alfombra del corredor, la espalda arqueada como si estuviera llevando con el pecho alguna cosa por delante. El pobre. La otra cosa anterior en que yo pensaba se le ocurre a cualquiera. Pensaba en el negro Charles Simmons, el hombre mejor vestido que vi nunca; en la vez, que alguna vez tuvo que ser, en que se distrajo revolviendo un gin fizz con una cuchara larga y se le ocurrió que lo que hacía podía mejorarse o que era posible hacerse famoso con cualquier cambio de medidas o ingredientes sin dar nada nuevo o mejor. Que es lo que no sé y me sigo preguntando.»

La puerta no tenía llave; de modo que después de algunos pasos sinuosos en la penumbra de la salita, Larsen se introdujo en la luz del dormitorio y vio al viejo Petrus boca arriba, acurrucado en la cuarta parte de una cama matrimonial, con una lapicera en la mano y una libreta negra, con ganchos cromados, apoyada en las rodillas. Vuelta hacia él la cara reducida, sin asombro ni miedo, sin otra cosa que una suave inquisición profesional.

—Buenas noches y perdone —dijo Larsen. Sacó las manos de los bolsillos y puso cuidadosamente el sombrero en la repisa de la chimenea falsa.

—Es usted, señor —comentó el viejo; sin desviar la cara, guardó la lapicera y la libreta debajo de la almohada.

—Aquí estamos, señor, a pesar de todo. Y mucho me temo... —avanzó velozmente y ofreció su mano hasta que Petrus colocó la suya, muy pequeña y seca.

—Sí —dijo Petrus—. Siéntese, señor. Arrime una silla —lo miró calculando, estuvo moviendo la cabeza como si aprobara.

—Espero que todo marche bien en el astillero. Estamos al borde del triunfo, cuestión de días. En esta época, es triste, hay que llamar triunfo a un acto de justicia. Tengo la palabra de un ministro. ¿Alguna dificultad con el personal?

Larsen se sentó en la cama, sonrió para congraciarse con los ángeles, pensó en el batallón de espectros del personal, en huellas que tal vez hubieran dejado y que en todo caso no constituían evidencia; pensó en Gálvez y Kunz, en la pareja de perros saltando hacia la barriga de la mujer con abrigo de hombre. También en algún charco, un agujero en forma de ventana, alguna bisagra destornillada y colgante.

—Ninguna, señor. Hubo cierta resistencia, absurda, al principio. Pero ahora, le puedo asegurar, todo marcha como una máquina.

Petrus sonrió y dijo que era justamente lo que había esperado y que estaba seguro de no equivocarse al elegir hombres y asignarles tareas. «Soy un conductor; ésa es la primera virtud de un conductor.» La noche estaba afuera, enmudecida, y la vastedad del mundo podía ser puesta en duda.

Aquí no había más que el cuerpo raquítico bajo las mantas, la cabeza de cadáver amarillenta y sonriendo sobre las gruesas almohadas verticales, el viejo y su juego.

—Me alegro —dijo Larsen, crédulo, sin énfasis—. Siempre he pensado, mientras me ocupaba de los problemas del astillero y vigilaba el rendimiento del personal, que yo estaba a cargo de la retaguardia mientras usted... —suspiró, casi satisfecho, y tuvo un escalofrío dentro del sobretodo empapado.

—En la línea de fuego, señor. Justamente —celebró el viejo, con una sonrisa—. Más riesgo y más gloria. Pero si la retaguardia llega a fallar...

—Esa es la idea que me da ánimos.

—Todo esto es obra mía —dijo Petrus deslizando una mano para tocar durante un segundo la libreta bajo la almohada—. Y no me voy a morir antes de ver que todo vuelve a ponerse en marcha. Es imposible. Pero su tarea, señor, es tan importante como la mía. Si el astillero se paraliza una sola hora, ¿qué cosa podré estar defendiendo en las antesalas de esos covachuelistas, esos piojos resucitados? Le estoy muy reconocido.

Larsen cabeceó con una mueca alegre, tímida, agradecida. El viejo Petrus recogió con rapidez su sonrisa y la cara flaca, entre patillas, se puso a exhibir con deliberación la espera, cortés pero exigente.

Una mujer y un hombre pasaron frente a la puerta conversando en voz alta; despectivo, hundido en la paciencia, el hombre iba negando alguna cosa.

—Aquello está listo, le aseguro, para el momento en que usted dé la orden —se esforzó Larsen.

Pero ni las voces de afuera ni ésta que había sonado a los pies de la cama pudieron distraer de su resolución de pregunta a la cabeza de momia de mono que se apoyaba sin peso en las almohadas.
«No es una sonrisa esa arruga bien repartida que hace. No le importa nada de nadie, y yo no soy yo, ni siquiera el cuerpo número 30 o 40 que está ocupando esta noche el invariable Gerente General del astillero. Yo soy, apenas, una desconfianza. Y ni siquiera me tiene miedo. Entré sin llamar, es tarde, él no me avisó que estaría esta noche en Santa María. Le gustaría saber por qué miento, qué planes y esperanzas tengo. Está impaciente por saber; entretanto se divierte. Nació para este juego y lo practica desde el día en que nací yo, unos veinte años de ventaja. No soy una persona, así que no es una sonrisa la complicación ésta que le impone a la cara; es una pantalla y una orden, una manera de ganar tiempo, de pasar mientras espera cartas y apuestas. El doctor estaba un poquito loco, como siempre, pero tenía razón; somos unos cuantos los que jugamos al mismo juego. Ahora, todo está en la manera de jugar. El viejo y yo queremos dinero, y mucho, y también nos parecemos en la falla de quererlo, en el fondo, porque sí, porque ésa es la medida con que se mide un hombre. Pero él juega distinto y no sólo por el tamaño y el montón de las fichas. Con menos desesperación que yo, para empezar, aunque le queda tan poco tiempo y lo sabe; y para seguir, me lleva la otra ventaja de que, sinceramente, lo único que le importa es el juego y no lo que pueda ganar. También yo; es mi hermano mayor, mi padre, y lo saludo. Pero yo a veces me asusto y hago sin querer balance.»

La mujer y el hombre que habían pasado por el corredor ahuecaron allá lejos el silencio con un suave, inhumano murmullo. Hicieron sonar después definitivamente el pestillo de una puerta y la noche de lluvia se transformó en ventosa, placentera y gimiente, no más real que un recuerdo, más allá de las persianas corridas sobre la plaza.

El estupor de la cabeza falsamente apoyada en la almohada, casi vertical, consciente de los límites que imponían las patillas blancas y agresivas, y fortalecida por ellos, empezaba a teñirse de impaciencia. Escaso de fe, Larsen organizó el gran gesto de la cara que cae y se acerca con una demorada expresión de confidencia. «Abajo de estas ventanas pasé tantas noches con una mano en el revólver o cerca, pisando fuerte, a la vez ajeno y desdeñoso y provocando siempre inútilmente.»

Oyó, ronco y débil, inconvincente, un bocinazo en el río repetido tres veces. Se palpó de cigarrillos y no tuvo fuerzas para desprender el sobretodo húmedo que lo rodeaba, seduciéndolo, con un olor triste y cobarde, un perfume de resaca y de antiquísimas lociones que le habían refregado en el pelo en salones de peluquerías que series de espejos hacían infinitos, tal vez demolidos años atrás, increíbles ya, en todo caso. Sospechó, de pronto, lo que todos llegan a comprender, más tarde o más temprano: que era el único hombre vivo en un mundo ocupado por fantasmas, que la comunicación era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la lástima como el odio, que un tolerante hastío, una participación dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo único que podía ser exigido y convenía dar.

(...)

Tal vez ya fuera tarde. Claro que podía ser empleada la violencia y él, Larsen, garantizaba, era obvio, su buen éxito. Pero acaso aquel papel verdoso, con dibujos circulares en los márgenes, con un número lleno de coincidencias, con la innegable, rápida, encogida firma de Petrus en su parte inferior derecha, no fuera el único título falsificado que andaba rodando por donde no debía. En este caso la violencia sería inútil y contraproducente.

Jeremías Petrus había escuchado con los ojos cerrados o había cerrado los ojos en algún momento preciso del relato, un momento que Larsen lamentaba desconocer. Seguía inmóvil contra la almohada, no era nada más que aquella cabeza disminuida, que se exhibía impúdica. El tórax de niño, las piernas raquíticas, y hasta las mismas manos hechas de alambre y papeles viejos, se aplanaban sin bulto bajo las mantas. Nada más que la cabeza ciega e indiferente, la máscara preparada para un susto sobre la almohada. (...)

—Eso es lo que hay —dijo al fin Larsen, irritado—. A lo mejor no tiene importancia, me equivoqué. Pero Gálvez asegura que el título es falsificado y que puede meterlo en la cárcel cualquier día que se despierte con dolor al hígado. Véalo. Yo trabajando en la Gerencia, en un problema de metalización, y el tipo ese mostrándome como un perdonavidas aquella cartulina verde ajada. (...)

Petrus parpadeó y repitió «sí, señor» con los ojos cerrados. Después miró a Larsen, demostrando comprender, informándole que era innecesario descubrir los dientes y arrugar trabajosa y metódicamente la cara para formar una sonrisa. Pero Larsen supo que la cabeza impasible estaba sonriendo y que aquella invisible pero indudable sonrisa era ávida, burlona, y lo estaba incluyendo a él mismo junto con Gálvez, el título, el peligro, la Sociedad Anónima, y el destino de los hombres.

Ahora tenía los ojos abiertos, dos estrechas y acuosas claridades bajo las cejas retintas. Explicó sin entusiasmo que uno de los títulos había sido robado desde el principio mismo de aquella pequeña aventura de falsificación, tan sin importancia y tan necesaria si se la relacionaba con la aventura que él prefería llamar empresa y titular Jeremías Petrus, S.A. (...)

Petrus había vuelto a cerrar los ojos y era evidente que lo estaba echando y que no le importaba de veras que el título falso llegara o no al juzgado. Se divertía ahora de esta manera y continuaría divirtiéndose de la otra. Desde muchos años atrás había dejado de creer en las ganancias del juego; creería, hasta la muerte, violento y jubiloso, en el juego, en la mentira acordada, en el olvido.

Un poco rabioso por la envidia, apocado por una confusa admiración, Larsen caminó en puntas de pie hasta rescatar de la chimenea de estuco el sombrero deformado por la lluvia. Con dos dedos lo encajó en el ángulo habitual y, siempre de puntillas, fue de regreso hasta la cama y miró bien, de arriba abajo, erguido, las manos en los bolsillos.

Casi perpendicular a las mantas, la máscara blanca y amarilla, calva, cejinegra, parecía dormir; la boca fina y vencida, estaba apretada sin esfuerzo. «Quedan pocos como éste, pensó Larsen-. Quiere que lo liquide a Gálvez, a la mujer preñada, a los perros mellizos. Y él sabe que para nada. Voy a despedirme; si despierta y mira, lo escupo.»

Sin doblar las rodillas, se inclinó hasta besar la frente de Petrus. La cara siguió quieta, entregada y a salvo, recóndita, amarilla. Larsen se enderezó y estuvo moviendo un dedo contra el ala del sombrero. Balanceándose y sin ruidos cruzó la salita oscura, llegó a la puerta y la abrió (...)




Buenos Aires, Bruguera, 1960
Foto: Sara Facio
Cortesía de Alejandra Correa
Fuente del audio original: Algunas criaturas monstruosas


28 de ago. de 2009

Cayo Cornelio Tácito - De las costumbres, sitio y pueblos de la Germania

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I. El Rhin y el Danubio dividen a toda la Germania (1) de las Galias, Retias y Panonias (2), y de los Sarmatas y Dacios (3) algunas montañas o el miedo que se tienen los unos a los otros. El Océano cerca lo demás, abrazando grandísimas islas (4) y golfos, y algunas naciones y reyes, de que con la guerra se ha tenido noticias poco ha (5). El Rhin, saliendo de lo más alto e inaccesible de los Alpes de la Retia, y habiendo corrido un poco hacia Occidente, vuelve derecho hasta meterse en el Océano septentrional. El Danubio nace en la cumbre de Abnoba (6), monte, aunque alto, no áspero, y habiendo pasado por muchas y diferentes tierras, entra en el mar Pontico por seis bocas, que la séptima, antes de llegar a la mar, se pierde en las lagunas.

II. Yo creería que los Germanos tienen su origen en la misma tierra, y que no están mezclados con la venida y hospedaje de otras gentes; porque los que antiguamente querían mudar de habitación, las buscaban por mar y no por tierra; y de nuestro mar van muy pocas veces navíos a aquel grande Océano, que para decirlo así, está opuesto al nuestro. Y ¿quién quisiera dejar el Asia, África o Italia, y por miedo de los peligros de un mar horrible y no conocido ir a buscar a Germania, tierra sin forma de ello, y de áspero cielo, y de ruin habitación y triste vista, sino es para los que fuere su patria? Celebran en versos antiguos (que es sólo el género de anales y memoria que tienen) un dios llamado Tuiston (7), nacido de la tierra, y su hijo Manno, de los cuales, dicen, tiene principio la nación. Manno dejó tres hijos, de los nombres de los cuales se llaman Ingevones (8) los que habitan cerca del Océano, y Herminones los que viven la tierra adentro, y los demás Istevones. Bien que otros, con la licencia que da la mucha antigüedad de las cosas, afirman que el dios Tuiston tuvo más hijos, de cuyos nombres se llamaron así los Marsos, Gambrivios, Suevos, Vándalos; y que estos son sus verdaderos y antiguos nombres. Que el de Germania es nuevo y añadido poco ha: porque los primeros que pasaron el Rhin y echaron a los Galos de sus tierras se llamaban entonces Tungros, y ahora se llaman Germanos. Y de tal manera fue prevaleciendo el nombre de aquella nación que primero había pasado el Rhin, que dio nombre a toda la gente: y todos los demás al principio tomaron el nombre de los vencedores, por el miedo que causaban, y se llamaban Tungros: y después inventaron ellos mismos propio y particular nombre, y se llamaron universalmente Germanos.

III. También cuentan que hubo Hércules en esta tierra, y le dan el primer lugar entre los hombres de valor. Antes de entrar en las batallas, para animarse, cantan ciertos versos, cuyo son llaman bardito, por el cual adivinan qué suceso han de tener: porque o se hacen temer o tienen miedo, según más o menos bien responde y resuena el escuadrón: y esto en ellos es más indicio de valor que armonía de voces. Desean y procuran con cuidado un son áspero y espantable, y para ello ponen los escudos delante de la boca para que, detenida la voz, se hinche y levante más. Piensan algunos que Ulises en su larga y fabulosa navegación, en que anduvo vagando, llegó a este Océano, y que entró en Germania, y que fundó en ella a Asciburgio (9), lugar asentado a la ribera del Rhin, y habitado hoy día, al cual llamó A’ σχιπδτωυ (10): y que en tiempos pasados se hallé allí un altar consagrado a Ulises, en que también estaba escrito el nombre de Laertes, su padre. Y que en los confines de Germania y Retia se ven hoy día letras griegas en monumentos y sepulcros. Pero no quiero confirmar esto con argumentos, ni menos refutado; cada cual crea o no crea lo que quisiere, conforme a su ingenio.

IV. Yo soy de la opinión de los que entienden que los Germanos nunca se juntaron en casamientos con otras naciones, y que así se han conservado puros y sencillos, sin parecerse a sí mismos. De donde procede que un número tan grande de gente tienen casi todos la misma disposición y talle, los ojos azules y fieros, los cabellos rubios, los cuerpos grandes y fuertes solamente para el primer ímpetu. No tienen el mismo sufrimiento en el trabajo y obras de él; no son sufridores de calor y sed, pero llevan bien el hambre y el frío, como acostumbrados a la aspereza e inclemencia de tal suelo y cielo.

V. La tierra, aunque hay diferencia en algunas partes, es universalmente de vista horrible por los bosques, y fea y manchada por las lagunas que tiene. Por la parte que mira las provincias de las Galias es mas húmeda, y por la que el Norico (11) y Panonia, más sujeta a aires. Es fértil de sembrados, aunque no sufre frutales; tiene abundancia de ganados, pero no de aquella grandeza y presencia que en otras partes: ni los bueyes tienen su acostumbrada hermosura, ni la alabanza que suelen por su frente (12). Huélganse de tener mucha cantidad, por ser esas solas sus riquezas y las que más les agradan. No tienen plata ni oro, y no sé si fue benignidad o rigor de los dioses el negárselo. Con todo, no me atrevería a afirmar, no habiéndolo nadie escudriñado, que no hay en Germania venas de plata y oro. Cierto es que no se les da tanto como a nosotros por la posesión y uso de ello: porque vemos que de algunos vasos de estos metales que se presentaron a sus embajadores y príncipes no hacen más caso que si fueran de barro. Bien es verdad que los que viven en nuestras fronteras, a causa del comercio, estiman el oro y la plata, y conocen y escogen algunas monedas de las nuestras; pero los que habitan la tierra adentro tratan más sencillamente, y a la costumbre antigua, trocando unas cosas por otras. Los que toman monedas las quieren viejas y conocidas, como son bigatos y serratos (13); y se inclinan más a la plata que al oro, no por afición particular que la tengan, sino porque el número de las monedas de plata es más acomodado para comprar menudencias cosas usuales.

VI. No tienen hierro en abundancia, como se puede colegir de sus armas. Pocos usan de espadas ni lanzas largas, pero tienen ciertas astas, que ellos llaman frameas, con un hierro angosto y corto, pero tan agudo y tan fácil de manejar, que se puede pelear con ellas de lejos y de cerca, según la necesidad. La gente de a caballo se contenta con un escudo y framea; la infantería se sirve también de armas arrojadizas, y trae cada uno muchas, las cuales tiran muy lejos. Andan desnudos, o con un sayo ligero. No son curiosos en su traje. Sólo traen los escudos muy pintados y de muy escogidos colores. Pocos traen lorigas, y apenas se halla uno o dos con morrión o celada. Los caballos no son bien hechos ni ligeros, ni los enseñan a volver a una mano y a otra, y a hacer caracoles, según nuestra usanza: de una carrera derecha, o volviendo a una mano todos en tropa, hacen su efecto con tanto orden, que ninguno se queda atrás. Y todo bien considerado, se hallará que sus mayores fuerzas consisten en la infantería; y así pelean mezclados; porque se conforma bien con el paso de los caballos la ligereza de los infantes que se ponen en el frente del escuadrón, por ser mancebos escogidos entre todos. Hay un número señalado de ellos; de cada pueblo ciento; y tienen entre los suyos este mismo nombre. Y quedándoles por títulos de dignidad y honra lo que al principio no fue más que número. El escuadrón se compone de escuadras formadas en punta. El retirarse, como sea para volver a acometer, tienen más por ardid y buen consejo que por miedo. Retiran sus muertos aun cuando está en duda la batalla. El mayor delito y flaqueza entre ellos es dejar el escudo. Y los que han caído en tal ignominia no pueden hallarse presentes a los sacrificios ni juntas, y muchos, habiéndose escapado de la batalla, acabaron su infamia ahorcándose.

VII. Eligen sus reyes por la nobleza, pero sus capitanes por el valor. El poder de los reyes no es absoluto ni perpetuo. Y los capitanes, si se muestran más prontos y atrevidos, y son los primeros que pelean delante del escuadrón, gobiernan más por el ejemplo que dan de su valor y admiración de esto que por el imperio ni autoridad del cargo: mas el castigar, prender y azotar no se permite sino a los sacerdotes; y no como por pena, ni por mandado del capitán, sino como si lo mandara Dios, que ellos creen que asiste a los que pelean. Y llevan a la guerra algunas imágenes e insignias que sacan de los bosques sagrados. Y lo que principalmente los incita a ser valientes y esforzados es, que no hacen sus escuadras y compañías de toda suerte de gentes, como se ofrecen acaso, sino de cada familia y parentela aparte. Y al entrar en la batalla tienen cerca sus prendas más queridas, para que puedan oír los alaridos de las mujeres y los gritos de los niños: y estos son los fieles testigos de sus hechos, y los que más los alaban y engrandecen. Cuando se ven heridos van a enseñar las heridas a sus madres y a sus mujeres, y ellas no tienen pavor de contarlas ni de chuparlas (14), y en medio de la batalla les llevan refresco y los van animando.

VIII. De manera que algunas veces, según ellos cuentan, han restaurado las mujeres batallas ya casi perdidas, haciendo volver los escuadrones que se inclinaban a huir, con la constancia de sus ruegos, y con ponerles delante los pechos, y representarles el cercano cautiverio que de esto se seguiría, el cual temen mucho más impacientemente por causa de ellas: tanto, que se puede tener mayor confianza de las ciudades que entre sus rehenes dan algunas doncellas nobles. Porque aún se persuaden que hay en ellas un no sé qué de santidad y prudencia, y por esto no menosprecian sus consejos, ni estiman en poco sus respuestas. Así lo vimos en el imperio del divo Vespasiano, que algunos tuvieron mucho tiempo a Veleda (15) en lugar de diosa. Y también antiguamente habían venerado a Aurinia y a otras muchas; y esto no por adulación, ni como que ellos las hiciesen diosas (16), sino por tenerlas por tales.

IX. Reverencian a Mercurio sobre todos sus dioses, y ciertos días del año tienen por lícito sacrificarle hombres para aplacarle. A Hércules y a Marte hacen para esto sacrificios de animales permitidos. Parte de los Suevos adora a Isis (17); pero no he podido averiguar de dónde les haya venido esta religión extranjera: aunque la estatua de la diosa, que es hecha en forma de nave libúrnica, muestra habérseles traído por mar. Piensan que no es decente a la majestad de los dioses tenerlos encerrados entre paredes, o darles figura humana. Consagran muchas selvas y bosques, y de los nombres de los dioses llaman aquellos lugares secretos, que miran solamente con veneración.

X. Observan, como los que más, los agüeros y suertes; pero las suertes son sin artificio. Cortan de algún frutal una varilla, la cual, hecha pedazos y puesta en ‘cada uno cierta señal, la ‘echan, sin mirar cómo, sobre una vestidura blanca; y luego el sacerdote de la ciudad, si es que se trata de negocio público, o el padre de familia, si es de cosa particular. después de haber hecho oración a los dioses, alzando los ojos al cielo, toma tres palillos, de cada vez uno, y hace la interpretación según las señales que de antes les habían puesto. Y si las suertes son contrarias, no tratan más que aquel día del negocio, y si son favorables, procuran aún certificarse por agüeros: y también saben ellos adivinar por el vuelo y canto de las aves. Mas es particular de esta nación observar las señales de adivinanza, que para resolverse sacan de los caballos de esta manera. Estos se sustentan del público en las mismas selvas y bosques sagrados, todos blancos y que no han servido en ninguna obra humana, y cuando llevan el carro sagrado los acompañan el sacerdote y el rey o príncipe de la ciudad, y consideran atentamente sus relinchos y bufidos. Y a ningún agüero dan tanto crédito como a éste, no solamente el pueblo, pero también los nobles y grandes, y los sacerdotes; los cuales se tienen a sí por ministros de los dioses, y a los caballos por sabedores de la voluntad de ellos. Observan, asimismo, otro agüero para saber el suceso de las guerras importantes. Procuran coger, como quiera que sea, uno de aquella nación con quien han de hacer la guerra, y le hacen entrar en batalla con uno de los más valientes de los suyos, armado cada cual con las armas de su tierra, y según la victoria del uno o del otro, juzgan lo que ha de suceder

XI. Los príncipes resuelven las cosas de menor importancia, y las de mayor se tratan en junta general de todos; pero de manera que, aun aquellas de que toca al pueblo el conocimiento, las traten y consideren primero los príncipes. Júntanse a tratar de los negocios públicos, si no sobreviene de repente algún caso no pensado, en ciertos días, como cuando es luna nueva, o cuando es llena; que este tiempo tienen por el más favorable para emprender cualquiera cosa. No cuentan por días, como nosotros, sino por noches. Y en esta forma hacen sus contratos y asignaciones, que parece que la noche guía el día. Tienen esta falta causada de su libertad, que no se juntan todos de una vez, ni al plazo señalado, y así se suelen gastar dos y tres días aguardando los que han de venir. Siéntanse armados y cada uno como le agrada. Los sacerdotes mandan que se guarde silencio y todos los obedecen, porque tienen entonces poder de castigar. Luego oyen al rey o al príncipe, que les hacen los razonamientos según la edad, nobleza o fama de cada uno adquirida en la guerra, o según su elocuencia, teniendo más autoridad de persuadir que poderlo de mandar. Si no les agrada lo propuesto, contradícenlo haciendo estruendo y ruido con la boca; pero si les contenta, menean y sacuden las frameas, dando con ellas en los escudos que tienen en las manos. Que entre ellos es la más honrada aprobación la que se significa con las anuas.

XII. Puede cualquiera acusar en la junta a otro, aunque sea de crimen de muerte. Las penas se dan conforme a los delitos. A los traidores y a los que se pasan al enemigo ahorcan de un árbol, y a los cobardes e inútiles para la guerra y a los infames que usan mal de su cuerpo ahogan en una laguna cenagosa, echándoles encima un zarzo de mimbres. La diversidad del castigo tiene respeto a que conviene que las maldades, cuando se castigan, se muestren y manifiesten a todos, pero los pecados que proceden de flaqueza de ánimo débense esconder aun en la pena de ellos. Por delitos menores suelen condenar a los convencidos de ellos en cierto número de caballos y ovejas, de que la una parte toca al rey o a la ciudad, y la otra al ofendido o a sus deudos. Eligen también en la misma junta los príncipes, que son los que administran justiciaen las villas y aldeas. Asisten con cada uno de ellos cien hombres escogidos de la plebe (18), que les sirven de autoridad y consejo.

XIII. Siempre están armados cuando tratan alguna cosa, o sea pública o particular, pero ninguno acostumbra traer armas antes que la ciudad le proponga por bastante para ello a la junta, en la cual uno de los principales, o su padre o algún pariente le adornan con un escudo y una framea. Esta es entre ellos la toga y el primer grado de honra de la juventud. Hasta entonces se tienen por parte de la familia, y de allí adelante de la república. Eligen algunas veces por príncipes algunos de la juventud, o por su insigne nobleza, o por los grandes servicios y merecimientos de sus padres. Y éstos se juntan con los más robustos (19), y que por su valor se han hecho conocer y estimar, y ninguno de ellos se corre de ser camarada de los tales y de que los vea entre ellos; antes hay en la compañía sus grados más y menos honrados, por parecer y juicio del que siguen. Los compañeros del príncipe (20) procuran por todas vías alcanzar el primer lugar cerca de él; y los príncipes ponen todo su cuidado en tener muchos y muy valientes compañeros. El andar siempre rodeados de una cuadrilla de mozos escogidos es su mayor dignidad y son sus fuerzas, que en la paz les sirve de honra y en la guerra de ayuda y defensa. Y el aventajarse a los demás en número y valor de compañeros, no solamente les da nombre y gloria con su gente, sino también con las ciudades comarcanas: porque éstas procuran su amistad con embajadas, y los hombres con dones, y muchas veces con sola la fama acaban las guerras, sin que sea necesario llegar a ellas.

XIV. Cuando se viene a dar batalla es deshonra para el príncipe que se le aventaje alguno en valor, y para los compañeros y camaradas no igualarle en el ánimo. Y si acaso el príncipe queda muerto en la batalla, el que de sus compañeros sale vivo de ella es infame para siempre: porque el principal juramento que hacen es defenderle y guardarle, y atribuir también a su galería sus hechos valerosos. De manera que el príncipe pelea por la victoria y los compañeros por el príncipe. Cuando su ciudad está largo tiempo en paz y ociosidad, muchos de los mancebos nobles de ella se van a otras naciones donde saben que hay guerra, porque esta gente aborrece el reposo, y en las ocasiones de mayor peligro, se hacen más fácilmente hombres esclarecidos. Y los príncipes no pueden sustentar aquel acompañamiento grande que traen sino con la fuerza y con la guerra: porque de la liberalidad de su príncipe sacan ellos, el uno un buen caballo, y el otro una framea victoriosa y teñida en la sangre enemiga. Y la comida y banquetes grandes, aunque mal ordenados, que les hacen cada día les sirven por sueldo. Y esta liberalidad no tienen de qué hacerla sino con guerra y robos. Y más fácilmente los persuadirán a provocar al enemigo, a peligro de ser muertos o heridos, que a labrar la tierra y esperar la cosecha y suceso del año. Y aún les parece flojedad y pereza adquirir con sudor lo que se puede alcanzar con sangre.

XV. Cuando no tienen guerras se ocupan mucho en cazas, pero más en ociosidad, y en comer y dormir, a que son muy dados. Ningún hombre belicoso y fuerte se inclina al trabajo, sino que dejan el cuidado de la casa, y hacienda y campos a las mujeres y viejos, y a los más flacos de la familia. Ellos tienen maravillosa diversidad de naturaleza. ¡Que unos mismos hombres amen tanto la ociosidad y estar holgado, y aborrezcan el reposo! Es costumbre en las ciudades que cada vecino dé voluntariamente al príncipe cada año algún ganado o parte de sus frutos, y aunque estos lo tienen por honra, con todo les viene bien para sus necesidades. Estiman mucho los presentes de las gentes comarcanas, los cuales les envían, no solamente los particulares, pero también las ciudades, y son caballos escogidos, armas grandes, jaeces y collares: y nosotros también los hemos enseñado a recibir dinero.

XVI. Cosa sabida es que ninguno de los pueblos de Germania habita en ciudades cerradas, ni sufren que sus casas estén arrimadas una a otras. Viven divididos y apartados unos de otros, donde más les agrada, o la fuente, o el bosque, o el prado. No hacen sus aldeas a nuestro modo, juntando y trabando todos los edificios: cada uno cerca su casa con cierto espacio alrededor, o por remedio contra 1os accidentes del fuego, o porque no saben edificar. No usan de paredes de piedras, ni de tejas, sino que para todo se sirven de los materiales toscos, y sin procurar con el arte que tenga hermosura, ni que puedan causar deleite. Cubren algunos lugares de una tierra tan pura y resplandeciente que imitan la pintura y los colores. También suelen hacer cuevas debajo de tierra, las cuales cubren con mucho estiércol, que les sirven para retirarse en invierno y recoger allí sus frutos: porque los defienden del rigor del frío, que con esto se abunda; y si alguna vez el enemigo entra en la tierra, destruye y lleva lo que halla a mano, y no llega a lo que está escondido y debajo de tierra, o por no saber dónde está, o por no detenerse a buscarlo.

XVII. El vestido de todos ellos es un sayo o albornoz que cierran con una hebilla, o no la teniendo, con una espina, o cosa semejante, y sin poner otra cosa sobre sí, se están todo el día al fuego. Los más ricos se diferencian en el traje, pero no traen el vestido ancho, como los Sarmatas y Partos, sino estrecho, y de manera que descubre la hechura de cada miembro. También traen pellejos de fieras, los que están cerca de la ribera del Rhin, sin ningún cuidado de esto; pero los que viven la tierra adentro, con más curiosidad, como quien no tiene otro traje aprendido con el comercio y trato de los nuestros. Escogen las fieras, y las pieles que les quitan adornan con manchas que les hacen, y con otras de monstruos marinos que engendra el Océano más septentrional y el mar que no conocemos. Las mujeres usan el mismo hábito que los hombres, sino que sus vestidos las más veces son de lienzo, teñidos con labores de púrpura, y sin mangas, porque traen descubiertos los brazos y las espaldas, y la parte también superior del pecho.

XVIII. Y con todo se guardan estrechamente entre ellos las leyes del matrimonio, que es lo que, sobre todo, se debe alabar en sus costumbres. Porque entre los bárbaros casi solos ellos se contentan con una mujer, sino son algunos de los más principales, y eso no por apetito desordenado, sino que por su mucha nobleza desean todos, por los casamientos, emparentar con ellos. La mujer no trae dote: el marido se la da. Y los padres y parientes de ella se hallan presentes, y aprueban los dones que la ofrece: y no son cosas buscadas para los deleites y regalos femeniles, ni con que se componga y atavíe la novia, sino dos bueyes y un caballo enfrenado, con un escudo, una framea y una espada. Con estos dones recibe el marido a la mujer, y ella, asimismo, presenta al marido algunas armas. Este tiene por el vínculo más estrecho que hay entre ellos y por el sacramento y dioses de sus bodas. Todas las cosas en el principio de sus casamientos están avisando a la mujer que no piense que ha de estar libre, y no participar de los pensamientos de virtud, y valor y sucesos de las guerras, sino que entra por compañera de los trabajos y peligros del marido, y que ha de padecer y atreverse a lo mismo que él en paz y en guerra. Esto significa los dos bueyes en un yugo y el caballo enjaezado y las armas que la dan. Que de esta manera se ha de vivir y morir, y que lo que recibe lo ha de volver bueno y entero como se lo dieron, a sus hijos, y que es digno de que lo reciban sus nueras para que otra vez lo den a sus nietos.

XIX. Su propia castidad las guarda, sin que las pervierta la vista y ocasiones de los espectáculos y fiestas, ni los incentivos de los banquetes. Y no ayuda poco que ni ellas ni los hombres saben leer ni escribir, ni usar del secreto de esto para comunicarse. Hay pocos adulterios, aunque es la gente tanta. El castigo se da luego, y está cometido al marido. El cual, después de haberla cortado los cabellos en presencia de los parientes, la echa desnuda de casa y la va azotando por todo el lugar (21). Tampoco se perdona a las que proceden mal, aunque no sean casadas; que no hallará marido, puesto que sea hermosa, moza y rica, porque ninguno allí se ríe de los vicios, ni se llama siglo el corromper y ser corrompido. Y aun hacen mejor las ciudades donde solamente se casan las doncellas, y una vez sola se cumple y pasa con el deseo y esperanza de ser casada: de manera que como no tienen más de un cuerpo y una vida, así no han de tener más que un marido, para que no tengan más pensamiento de casarse ni más deseo de ello, y que no le amen como a marido, sino como a matrimonio. Tiénese por gran pecado entre ellos dejar de engendrar y contentarse con cierto número de hijos o matar alguno de ellos. Y pueden allí más las buenas costumbres que en otra parte las buenas leyes.

XX. Andan los niños en todas las casas sucios y desnudos, y vienen a tener aquellos miembros y cuerpos tan grandes de que nos admiramos. Cada madre cría sus hijos y les da leche, y no los entregan a esclavas ni amas. Con el mismo regalo se crían los hijos de los esclavos que los del señor, sin que en esto se diferencien los unos de los otros. Viven y andan todos juntos entre el ganado y en la misma tierra, hasta que la edad divide los libres de los que no lo son, y la virtud los da a conocer. Llegan tarde a mujeres, y por eso conservan más largo tiempo la flor de la juventud. Tampoco se dan prisa en casar las hijas. Gozan de la misma juventud, y tienen semejante grandeza de cuerpo, y júntanse de una edad, y ambos fuertes, y así los hijos sacan las fuerzas de los padres. A los hijos de la hermana se hace la misma honra en casa del tío que en la de sus padres. Algunos piensan que este parentesco es el más estrecho e inviolable, y cuando han de recibir rehenes los piden más que a otros; porque les parece que estos les serán más firmes prendas, como más queridos, así en la familia del padre como en la del tío. Todavía los hijos son herederos y sucesores de los padres, y no hay entre ellos testamento. A falta de hijos suceden primero los hermanos y luego el tío de parte de padre, y después el de parte de madre. Los viejos en tanto tienen más gracia y favor, en cuanto tienen más deudos y mayor número de parientes por afinidad. El no tener hijos no causa respeto ni admiración.

XXI. Es fuerza ser enemigo de los enemigos del padre o pariente, y amigo de sus amigos. Pero no duran, sin poderse aplacar, las enemistades; porque todos los agravios, y aun el homicidio, se recompensan con cierto número de ganado (22), y toda la familia recibe la satisfacción, cosa muy útil para el bien público, porque las enemistades entre hombres que viven en libertad son más peligrosas. No hay nación más amiga de fiestas y convites, ni que con mayor gusto reciba los huéspedes. Tiénese por cosa inhumana negar su casa a cualquiera persona. Recíbelos cada uno con los manjares que mejor puede aparejar según su estado y hacienda. Y cuando no tiene más que darles, el mismo que acaba de ser huésped los lleva y acompaña a casa del vecino, donde, aunque no vengan convidados (que esto no hace al caso), los acogen con la misma humanidad, sin que se haga diferencia cuanto al hospedaje entre el conocido y el que no lo es. Es costumbre entre ellos conceder cualquier cosa que pida el que se parte, y la misma facilidad tienen en pedirle lo que les parece. Huelgan de hacerse dádivas y presentes los unos a los otros; pero ni zahieren los que dan, ni se obligan con los que reciben. Tratan cortésmente a sus huéspedes en todo lo necesario para la vida.

XXII. Luego, en levantándose de la cama, en que se están casi siempre hasta el día, se lavan, y las más veces con agua caliente, por ser en aquella tierra lo más del tiempo invierno. Después de lavados, se sientan a comer cada uno en su asiento y mesa aparte, y habiendo comido se van armados a sus negocios; y de esta manera también muchas veces a los banquetes. No tienen por afrenta gastar el día y la noche bebiendo. Son muy ordinarias las riñas y pendencias, como entre borrachos, que pocas veces se suelen acabar con palabras, y las más con heridas y muertes. Y también tratan en los banquetes de reconciliarse los enemigos, de hacer casamientos y elegir príncipes, y, en fin, muchas veces de las cosas de la paz y de la guerra; como si en ningún otro tiempo, estuviera el ánimo más capaz de buenos y sencillos pensamientos, ni más pronto y encendido para grandes empresas. Y esta gente que de suyo no es astuta ni sagaz, descubre también los secretos de su pecho con la licencia que le da el lugar. Y aquello, que todos han descubierto y manifestado de su ánimo puede retractarse el día siguiente, porque se tiene consideración y respeto con ambos tiempos. Proponen y votan cuando no saben fingir, y resuelven y determinan cuando no pueden errar.

XXIII. Hacen una bebida de cebada y trigo, que quiere parecerse en algo al vino. Los que habitan cerca de la ribera del Rhin compran éste. Sus comidas son simples: manzanas salvajes, venado fresco y leche cuajada. Sin más aparato, curiosidad ni regalos matan el hambre; pero no usan de la misma templanza contra la sed. Y si se les diese a beber cuanto ellos querían, no sería menos fácil vencerlos con el vino que con las armas.

XXIV. Sus fiestas y juegos son siempre unos mismos en cualquiera junta. Algunos mancebos desnudos que tratan de este juego, se arrojan saltando entre las espadas y frameas. El ejercicio les ha dado el arte para hacerlo bien, y el arte la gracia: pero no lo hacen por ganancia o salario; aunque es precio y paga de aquella su temeraria lozanía el gusto y aplauso de los que lo miran. Es mucho de maravillar que juegan los dados estando templados, y entre las cosas de veras, con tanta codicia y temeridad en ganar y perder, que cuando les falta que jugar, la última parada y apuesta es la libertad y el cuerpo. El vencido se hace esclavo de su propia voluntad, y aunque sea más mozo y más robusto se deja atar y vencer: que tanta obstinación tienen en cosa tan mala, que ellos llaman guardar la fe y palabra. Truecan de buena gana los esclavos de esta calidad por librarse también de la vergüenza que causa tal victoria.

XXV. No se sirven de los demás esclavos, como nosotros, empleando a cada uno en su oficio de la casa: dejan a cada uno de ellos vivir aparte y que trabaje para sí; y el señor les carga cierta pensión de grano, ganado o vestidos, como a un labrador; y con esto no tiene el esclavo que obedecerle en más. Los otros oficios de la casa hacen la mujer y los hijos. Pocas veces azotan a los esclavos, ni los ponen en cadena, ni los condenan a trabajar. Suelen matarlos, no por castigo ni severidad, sino cuando los ciega el enojo y la cólera, como pudieran hacerlo con un enemigo, pero sin recibir pena por ello. Los libertos son poco más estimados que los esclavos, y pocas veces tienen mando en casa de los amos y nunca en las ciudades, salvo en aquellas gentes en que mandan reyes. Que allí pueden más que los libres y más que los nobles. En todas las demás, la desigualdad de los libertos sirve de conocer los que son libres.

XXVI. Aquí no se sabe qué cosa es dar y tomar interés, ni acrecentar el caudal con usuras, y por eso se usa menos que si fuera prohibido. Cada lugar toma tanta tierra para labrar (23), cuando tiene hombres que la labren, y la reparten después entre si, conforme a la calidad de cada uno, y es fácil la partición por los muchos campos que hay. Mudan cada año heredades, y siempre les sobra campo: porque no procuran acrecentar la fertilidad y cantidad de la tierra con el trabajo e industria, plantando árboles, cercando prados y regando huertas. Solo se contentan con que la tierra les de grano y así no reparten el año en tantas partes. Conocen el invierno, primavera y estío, y saben sus nombres; el del otoño no le saben ni sus bienes.

XXVII. Ninguna ambición tienen en sus entierros. Solo que para quemar los cuerpos de los hombres ilustres usan de cierta leña. No echan sobre la hoguera vestidos ni cosas olorosas. Sólo queman con los muertos sus armas y con algunos sus caballos. Hacen los sepulcros de céspedes. Y menosprecian los monumentos grandes y de mucha obra, como enfadosos y pesados a los difuntos. Dejan presto las lágrimas y llanto, y tarde el dolor y tristeza. Tienen por cosa honesta y conveniente para las mujeres el llorar, y para los hombres el acordarse de los difuntos. Esto es lo que, en general, he sabido del origen y costumbre de los Germanos. Ahora diré de los institutos y usos de cada gente de ellos, y en qué se diferencian los unos de los otros; y asimismo las naciones que de Germania pasaron a las Galias.

XXVIII. El divo Julio, príncipe de los autores, escribe que antiguamente la potencia de los Galos fue mayor, y por esto es cosa creíble que también ellos pasaron en Germania: porque, ¿cuánto era lo que podía estorbar ni impedir el río para que cada nación, como fuese haciéndose poderosa, no dejase sus tierras y ocupase las ajenas, que aún eran comunes y no apartadas ni defendidas por la potencia de los reinos? Y así los Helvecios ocuparon la tierra que hay entre la selva Hercinia y el río Meno y el Rhin, y los Boyos pasaron más adelante, y ambas naciones son Galas. Y aún ahora dura el nombre de Boyasmo (24), que es memoria de aquella nación, aunque los que le habitan son ya otros. Es cosa incierta si los Araviscos, dividiéndose de los Osos (25), que es nación de Germania, pasaron a Panonia, o si los Osos, dejando a los Araviscos, vinieron a Germania: porque ambas gentes tienen aún ahora el mismo lenguaje y las mismas ordenanzas y costumbres, y porque viviendo antiguamente con una gran pobreza y libertad eran unos mismos los bienes y los males de la una ribera y de la otra. Los Treveros y los Nervios (26) desean y procuran con grande ambición que su origen sea de Germania, como si por esta gloria de la casta dejaran de parecerse a los Galos en el talle y en la flojedad. Los Vangiones, Trebocos y Nemetes (27), que habitan la ribera del Rhin, sin duda son Germanos. Ni los Ubios tampoco, aunque merecieron ser colonia de los Romanos y se llamen de mejor gana Agripinenses (28), del nombre de su fundadora, se avergüenzan de su origen, que es de los Germanos. Que habiendo éstos pasado antiguamente el Rhin, por las muchas pruebas que hubo de su fidelidad, los pusieron sobre la misma ribera, no para ser guardados, sino para que la guardasen de los demás.
XXIX. Los Batavos (29) son los más valerosos de estas naciones. No tienen mucha tierra en la ribera del Rhin, pero ocupan una isla de él. Antiguamente fue pueblo de los Catos, y por las disensiones que hubo entre ellos, pasó a estas tierras, para hacerse en ellas parte del imperio romano. Quédales la honra y el testimonio de la compañía antigua, porque no los tratan con menosprecio como a vencidos con la carga de los tributos, ni los cogedores los molestan y maltratan. Viven libres de cargas y de imposiciones, y solamente apartados de los demás para el uso de las batallas, se guardan y reservan como armas para las guerras. Este mismo reconocimiento hacen los matíacos (30). Que la grandeza del pueblo romano llegó a extender la reverencia y respeto del imperio más allá del Rhin y de los términos antiguos. Y así, aunque viven de la otra parte en su ribera y términos, con todo eso se nos inclina su ánimo y voluuntad. Y en todo lo demás son semejantes a los Batavos, salvo que, como gente que goza del suelo y cielo de su tierra, son más animosos y feroces. No contaré entre los pueblos de Germania los que cultivan los campos decimales (31), aunque tengan su asiento de la otra parte del Rhin y del Danubio. La gente más liviana y perdida de los Galos, y a quien daba osadía su pobreza, ocupó estas tierras de dudosa posesión; y como después se alargaron los términos del imperio y los presidios se pasaron más adelante, se hallan ahora en medio de él y son tenidos por parte de la provincia.

XXX. Más adelante de éstos habitan los Catos, comenzando su asiento desde la selva Hercinia, no en lugares tan llanos ni pantanosos como las otras naciones, en que se extiende Germania, sino que hay collados que duran por mucho espacio, y que también van siendo menos poco a poco, y todos ellos están dentro de la selva Hercinia, fuera de la cual no poseen nada. Son los de esta nación dé cuerpos más robustos y de miembros rehechos, y de aspecto feroz y de mayor vigor de ánimo. Tienen mucha industria y astucia para entre Germanos: porque dan los cargos a los mejores, obedecen a sus capitanes, guardan sus puestos, conocen las ocasiones, difieren el ímpetu, reparten el día, fortifícanse de noche, cuentan la fortuna entre las cosas dudosas y la virtud entre las seguras y ciertas, y lo que es más raro, y que no se alcanza sino por razón de la disciplina militar, hacen más fundamento en el capitán que en el ejército. Toda su fuerza consiste en la infantería, la cual, además de las armas, lleva también su comida y los instrumentos de hierro para las obras militares. Los otros Germanos parece que van a dar batalla y los Catos a hacer guerra. Hacen pocas correrías y escaramuzas, y peleas casuales. Esto es propio de la caballería, hacer presto su efecto y retíranse presto. La prisa anda cerca del temor y la dilación de la constancia

XXXI. Lo que entre las otras naciones de Germania se hace pocas veces, y eso por la osadía de algunos, entre los Catos está ya introducido por común consentimiento dé todos; y es que los mancebos dejen crecer el cabello y la barba, y que no se quiten aquella figura de la cara y cabeza, como voto y obligación que hacen a la virtud, sino es sabiendo muerto algún enemigo. Cuando han cumplido su deseo y voto, puestos sobre la sangre y despojos del enemigo, descubren la frente y dicen que entonces han satisfecho a la obligación de haber nacido y que son dignos de su patria y de sus padres. Los flojos, flacos y cobardes, y que son inútiles para la guerra, quedan siempre con aquella suciedad. Los más valientes traen también un anillo de hierro, que es cosa afrentosa para aquella gente, como por prisión, hasta desatarse de ella con haber muerto algún enemigo. Son muchos de los Catos los que gustan de este traje; y con esta insignia llegan a encanecer, y son mirados y respetados de los enemigos y de los suyos. Estos son siempre los que comienzan las batallas. De éstos se forma siempre el primer escuadrón, nuevo en la vista, porque ni aún en tiempo de paz se les quita ni disminuye aquel aspecto horrible ,y espantoso. Ninguno de ellos tiene casa o heredad, ni cuidan de ello: donde quiera que llegan los reciben y sustentan, pródigos de los bienes ajenos y despreciadores de los propios, hasta que con la vejez pierden la sangre y con ella se reducen a estado de no poder llevar tan áspera y rigurosa virtud.

XXXII. Tras los Catos están los Usipios y los Tencteros (32) a la ribera del Rhin, donde ya lleva tanta madre que puede servir de término. Los Tencteros, demás de la reputación que han alcanzado en la guerra, tienen grande ventaja en la caballería, la cual no es menos estimada que la infantería de los Catos. Sus antepasados lo instituyeron y los descendientes los imitan. Estos son los juegos de los niños, las competencias de los mancebos, en que perseveran aun después de viejos. Danse los caballos por parte de la herencia, pero no como las demás cosas al hijo mayor, sino, al que se muestra feroz y mejor para la guerra.

XXXIII. Tras los Tencteros se seguían antiguamente los Bructeros, cuyas tierras se dice que ocupan ahora los Camavos y Angrivarios (33), habiendo echado de ellas y destruido totalmente a los Bructeros, con consentimiento de las naciones comarcanas, o por el odio que les tenían por su soberbia, o por codicia de la presa, o por favor particular que nos han querido hacer los dioses. Porque aún no nos negaren el espectáculo de la batalla, en que murieron sesenta mil de ellos, sin que interviniesen las armas de los Romanos, sino para gusto y recreación de nuestros ojos, que es cosa más magnífica y gloriosa. Plegue a los dioses, si estas gentes no nos han de amar, que haya entre ellos siempre grandes aborrecimientos; pues que declinando los hados del imperio, ninguna cosa mayor nos puede dar la fortuna que discordias entre los enemigos.

XXXIV. Los Dulgivinos y Casvaros (34) con otras naciones no tan nombradas cierran por las espaldas a los Angrivarios y Camavos, y por la frente los reciben los Frisones, que se llaman mayores y menores según son más o menos poderosos. Estas dos naciones se van extendiendo junto al Rhin hasta el Océano, y rodean también grandísimos lagos, por donde han navegado armas romanas. Y tambIén por aquella parte tentamos con la navegación el mismo Océano (35). Y la fama publicó que había adelante columnas de Hércules (36); o sea que él haya llegado a aquellas partes, o que todas las cosas grandes, de común acuerdo, las atribuimos a su gloria. No faltó osadía a Druso Germánico para averiguarlo, pero estorbáronselo las tempestades; de manera que parece que no quiso el Océano que se inquiriesen sus cosas ni las de Hércules. Después, acá, ninguno lo intentó, y ha aparecido más religioso y más conforme a la reverenda que debemos a los dioses creer sus obras que querer saberlas.

XXXV. Hasta aquí tuvimos conocimiento de Germania por el Occidente. Hacia el Septentrión hace una grande vuelta. Desde los Frisios comienzan luego los Chaucos (37), que ocupan mucha costa del mar y se van extendiendo al lado de todas las naciones que he nombrado, hasta que revuelven hacia los Catos. Y no solo son señores los Chaucos de tan grande espacio de tierras, sino que las hinchen. Este es un pueblo el más noble de toda Germania y que quiere más conservar su grandeza con justicia que con fuerza; viven quietos y retirados, sin codicia y sin mal apetito; no buscan guerras, ni hacen robos ni latrocinios. Y el mayor argumento de su virtud y fuerzas es que, para ser superiores a todos, no hacen agravio a ninguno. Verdad es que tienen siempre todos prontas las armas. Y siendo necesario pueden armar ejército, porque tienen gran cantidad de hombres y de caballos. Y estando sosegados y en paz, tienen la misma fama y reputación.

XXXVI. Al lado de los Chaucos y de los Catos habitaban los Cheruscos (38), los cuales, no siendo acometidos de nadie, gozaron largo tiempo de una demasiada paz, y que los fue marchitando. Y esto les fue más gustoso que seguro. Porque el estar sosegados entre vecinos poderosos e insolentes es sosiego falso: donde se procede por armas, la bondad y modestia son los nombres de los superiores. Y así los Cheruscos, que antiguamente llamaban buenos y justos, los llaman ahora necios, flojos y cobardes, y la fortuna de los Catos, que los sujetaron, se convirtió en sabiduría. La ruina de los Cheruscos llevó tras sí a los Fosos (39), sus vecinos, y vinieron a ser igualmente compañeros suyos en las adversidades, habiendo sido menores en las prosperidades.

XXXVII. Los Cimbros (40) están en aquel mismo seno de Germania, cercanos al Océano, y es ahora ciudad pequeña, pero de grande nombre. Y vense grandes rastros de su antigua fama; y en ambas riberas hay ruinas de alojamientos y espacios de ellos, por cuyo circuito ahora también podríase medir la grandeza y multitud de su gente y creer que tuvieron aquel grande ejército que se dice. Corría el año seiscientos y cuarenta de la fundación de nuestra ciudad cuando se oyó hablar la primera vez de las armas de los Cimbros, siendo cónsules Cecilio Metelo y Papirio Carbon. Y si desde entonces contamos hasta el segundo consulado de Trajano, hallaremos casi doscientos y diez años, y tantos ha que vamos conquistando a Germania. Y en el medio de tan largo siglo ha habido grandes daños y pérdidas de una parte y de otra. De manera que ni los Samnitas, ni los Cartagineses, ni las provincias de España, ni las de las Galias, ni aun los Partos no nos dieron más avisos de la flaqueza humana, ni nos mostraron más veces que no éramos invencibles; porque más dura y dificultosa cosa es de vencer la libertad de los Germanos que el reino de Arsaces (41). Porque, ¿con qué otra cosa nos puede dar en rostros el Oriente abatido por Ventidio, sino con la muerte de Craso, habiendo también él perdido a Pacoro, su rey a manos del mismo Ventidio? Pero los Germanos, habiendo preso o desbaratado a Carbon, y Casio y Scauro Aurelio, y Servilio Cepion, quitaron juntamente cinco ejércitos consulares al pueblo romano, y también a César (Augusto), a Varo y tres legiones. Y no los maltrataron y vencieron sin recibir daño Cayo Mario en Italia, el divo Julio en las Galias y Druso, Nerón y Germánico en sus propias tierras. Y después de esto se convirtieron en burla y escarnio las grandes amenazas de Cayo César (42). Desde entonces hubo ociosidad, y no se movieron hasta que con la ocasión de nuestra discordia y de las guerras civiles, habiendo ganado los alojamientos donde invernaban las legiones, desearon y procuraron también sujetar las provincias de las Galias, de donde después fueron echados. Y poco tiempo ha se triunfó de ellos sin haberlos vencido (43).

XXXVIII. Ahora hemos de decir de los Suevos (44), los cuales no son una gente sola, como los Catos o los Tencteros, sino muchas y diferentes naciones, y con propios nombres cada una, aunque en común se llaman Suevos y ocupan la mayor parte de Germania. La insignia de esta gente es enrizarse el cabello y atarle con un nudo. Con esto se diferencian los Suevos de los demás Germanos, y los libres de ellos de los esclavos. Entre las otras gentes se usa poco esto, sino algunos que han emparentado con los Suevos, o por imitarlos, como se suele, pero ninguno lo hace pasados los años de la mocedad. Los Suevos, aun después de canos, andan con el cabello en aquella forma, que causa horror, echado atrás sobre las espaldas, y muchas veces le atan solamente en lo alto de la cabeza. Los príncipes le traen con más curiosidad, y este cuidado tienen de la compostura de su rostro, pero sin mala intención ni culpa; porque no se adornan de esta manera para amar o ser amados, sino que habiendo de ir a las batallas, piensan que con traer el cabello, levantado en esta forma han de causar terror al enemigo cuando pusiere los ojos en ellos.

XXXIX. Los Semnones (45) dicen que son ellos los más antiguos y más nobles de los Suevos, y confírmase la fe de su antigüedad con la religión. Que en cierto tiempo del año se juntan todos los pueblos de aquella nación por sus embajadores en un bosque consagrado de sus antepasados con supersticiones y agüeros, y matando públicamente un hombre por sacrificio, celebran con esto los horribles principios de su bárbaro rito. Reverencian, asimismo, este bosque sagrado con otra ceremonia. Que ninguno entra en él sino atado, como inferior, y mostrando y confesando en eso la potestad de Dios. Y si acaso cae, no es lícito levantarse, y se ha de ir revolcando por el suelo. Y toda esta superstición se endereza a mostrar que de allí ha tenido origen su gente, y que Dios, señor de todos, habita allí y que todas las demás cosas están sujetas y obedientes. Añade autoridad a esto la multitud de los Semnones, porque habitan cien ciudades y por su grandeza se tienen por cabeza de los Suevos.

XL. Y, por el contrario, ennoblece a los Longobardos (46) su poco número: porque estando, rodeados de muchas y muy belicosas naciones, se conservan y están seguros, no con sumisión y obediencia, sino con batallas y peligros, y poniéndose en ellos. Los Reudignos, Aviones, Anglos, Varinos, Eudoses, Suardones y Nuitones (47) están cercados y amparados de ríos y de bosques. Ninguno de ellos, tiene en particular cosa notable. Todos en común adoran a Hertha, que significa la Madre Tierra, la cual piensan que interviene en las cosas y negocios de los hombres y que entra y anda en los pueblos. En una isla del Océano hay un bosque llamado Casto, y dentro de él un carro consagrado cubierto con una vestidura: no es permitido tocarle sino a un sacerdote. Este conoce cuándo la diosa está en aquel secreto, y con mucha reverenda va siguiendo el carro, que tiran vacas. Son días alegres y regocijados y lugares de fiesta tordos aquellos donde tiene por bien llegar y hospedarse. Y no tratan de cosas de guerra (48), ni toman las armas, y todo género de ellas está encerrado, y solamente se conoce y ama la paz y quietud, hasta que el mismo sacerdote vuelve la diosa a su templo, harta y cansada de la conversación de los hombres. Y luego se lava en un lago secreto el carro y la vestidura, y la misma diosa, si así lo quisieres creer. Los esclavos sirven en esto, los cuales traga luego el mismo lago: de donde les viene a todos un oculto terror y una santa ignorancia de que pueda ser aquello que ven solamente los que han de perecer.

XLI. Y esta es la parte de los Suevos, que se extiende más adentro de Germania. La más cercana ciudad (para seguir ahora el Danubio, como antes seguí el Rhin), es la de los Hermunduros (49), gente fiel a los Romanos, y por eso ellos solos entre les Germanos negocian y tratan no solamente en la ribera, pero más adentro, y hasta en la insigne, y famosa colonia de la provincia de Retia. Pasan por todas partes sin llevar guarda. Y siendo así que a las otras naciones de Germania enseñamos solamente nuestras armas y los alojamientos, a éstos abrirnos nuestras casas y heredades, que no las codician. En la tierra de los Hermunduros nace el río Albis (50), tan celebrado y conocido en otro tiempo, pero ahora no más que de oídas.

XLII. Junto a los Hermunduros habitan los Nariscos, y luego los Marcomanos y los Cuados (51). La principal gloria y fuerza son las de los Marcomanos, y ganaron con su valor la misma tierra que poseen, echando de ella a los Boyos; pero no degeneran de ellos los Nariscos y los Cuados. Esta es la frontera de Germania por la parte que la ciñe el Danubio. Los Marcornanos y Cuados tuvieron hasta el tiempo de nuestra memoria (52) reyes de su misma gente. Fué noble entre ellos el linaje de Maroboduo y Tudro. Ahora sufren ya imperio de extranjeros, pero la fuerza y poder de sus reyes depende de la autoridad romana. Pocas veces los ayudamos con nuestras armas, pero muchas más con dinero.

XLIII. No son menos poderosos (53) los Marsignos, Gotinos, Osos y Burios, que cierran por las espaldas los Marcornanos y Cuados (54). De los cuales los Marsignos y Burios se parecen a los Suevos en el traje y lengua. Los Gotinos por la lengua gálica que hablan y los Osos por la panónica muestran no ser Germanos, y también porque sufren tributos: parte de ellos les cargan los Sarmatas y parte los Cuados, como a extranjeros. Los Gotinos, aún por avergonzarlos más, trabajan en las minas de hierro. Tienen todos estos pueblos poca tierra llana; pero hicieron asiento en bosques y en las cumbres de los montes; porque éstos se continúan hasta el fin de Suevia y la dividen por medio. De la otra parte de estas montañas viven otras muchas gentes, entre las cuales la de los Ligios (55), es la de mayor nombre y que se extiende por más ciudades. De que bastará referir las más poderosas, que son los Arios, Helveconas, Manimos, Elisios, Naharvalos. En la tierra de los Naharvalos hay un bosque de antigua religión a cargo de un sacerdote que anda con vestido femenil. Los dioses de él, según la interpretación romana, dicen ser Castor y Pólux, y el nombre de aquella deidad es Alcis. No tienen ningunas imágenes suyas, ni hay rastros algunos de superstición extranjera, pero son adorados como hermanos y como mozos. Y los Arios, demás de aventajarse en fuerzas a los pueblos que hemos nombrado poco ha, siendo feroces, ayudan su fiereza natural con el arte y con el tiempo. Traen los escudos negros y los cuerpos teñidos y escogen las noches más oscuras para las batallas; y con el mismo terror y figura de este ejército funeral causan espanto, no pudiendo ninguno de los enemigos sufrir aquella nueva vista y como infernal. Porque los ojos son los primeros que se vencen en las batallas. Tras los Ligios siguen los Gotones (56), a quien mandan reyes; y aunque están algo más sujetos que las demás naciones de Germania, no les han quitado aún del todo la libertad. En la costa del Océano habitan los Rugios y Lemovios (57); y todas estas gentes obedecen a reyes y usan de escudos redondos y espadas cortas.

XLIV. Y luego en el mismo Océano tienen sus ciudades los Suyones (58), gente poderosa en soldados y armadas. Sus navíos se diferencian de los nuestros en que tienen proa por ambas partes para poder por cualquiera llegar a abordar y a tierra. No usan de velas, ni llevan los remos atados por los costados, sino sueltos y libres, como en algunos ríos, para poderlos mudar al lado que fuese menester. También entre ellos tienen honra y estimación las riquezas, y por esto los manda uno solo; no por permisión suya y por el tiempo que les parece, sino con absoluto poder, sin excepción alguna. Y no se les permite, como a los demás Germanos, el uso de las armas indiferentemente (y que cada uno las traiga y tenga en su casa), sino que están cerradas, y con guarda, y éste esclavo. Porque el Océano prohíbe las entradas y acometimientos repentinos de enemigos; y verdaderamente los hombres con armas en las manos están ociosos, fácilmente se dan al vicio y causan desórdenes. Y no es provechoso para los reyes entregar la guarda de las armas al noble ni al libre, ni aun al libertino.

XLV. Más allá de los Suyones hay otro mar tan perezoso (59), y que casi no se mueve; y se cree que es el que cerca y ciñe la redondez de la tierra porque después de puesto el sol se ve siempre aquel su resplandor, que deja hasta que vuelve a nacer, de manera que oscurece las estrellas. Y también hay opinión que se oye el ruido que el sol hace al zabullirse en el Océano, y que se ven las figuras de los dioses y los rayos de la cabeza; y es la fama que hay, y verdadera, que hasta allí y no más llega la naturaleza. En. la costa del mar Suevico, a mano derecha, habitan los Estios (60). Los cuales tienen los ritos y hábitos de los Suevos, y en la lengua se parecen más a la de los Bretones. Adoran a la Madre de los dioses. Y por insignia de su superstición traen unas figuras de jabalíes. Y esto a los que reverencian la diosa sirve de armas y de seguridad y defensa, aun entre los enemigos. Usan poco de hierro y mucho de bastones. Y trabajan más y con más cuidado y sufrimiento en cultivar la tierra y sembrar granos y otros frutos que lo que acostumbra la pereza de los demás Germanos. Navegan también por el mar, escudriñando sus secretos. Y ellos solos cogen en los bajíos y en la misma costa el ámbar amarillo, que llaman gleso. Pero como son bárbaros nunca han procurado saber, ni hallado lo que es ni cómo se engendra. Y aún mucho tiempo lo solían dejar entre las otras inmundicias que la mar echa, hasta que nuestro apetito y superfluidad le puso nombre y estimación. Ellos no lo usan; cógenle tosco, y como le han hallado nos le traen, sin darle otra figura ni forma, y maravíllanse del precio que reciben por él. Pero bien se puede entender que es licor de algún árbol porque muchas veces se echan de ver en medio de él algunos animalejos y avecillas, que habiéndosele pegado se quedan después allí encerrados cuando se endurece la materia. Yo creería que, como en algunas partes secretas del Oriente se hallan arboledas que producen el incienso y el bálsamo, así también haya árboles más fértiles en las selvas y bosques de las islas y tierra firme del Occidente, cuyos licores, sacados por los rayos del sol que tienen cerca, vienen a caer en la mar junto a ellos, de donde las tempestades y vientos los echan en las otras costas que están enfrente. Si se aprueba la naturaleza del ámbar pegándole fuego, hallaremos que se enciende corno tea y hace una llama grasa y olorosa, y después se ablanda y derrite, quedando como pez y resina. Confinan con los Suyones las gentes de los Sitones (61), los cuales se les parecen en todo lo demás, y sólo se diferencian en que los señorea una mujer: que tanto como esto degeneran, no solamente de la libertad, sino de la servidumbre misma. Aquí es el fin de Suevia.

XLVI. Estoy en duda si pondré las naciones de los Peuicinos, Venedos y Fennos (62), entre los Sarmatas o entre los Germanos, aunque los Peucinos, a que algunos llaman Bastarnas, viven como los Germanos en la lengua y hábito, y asiento y casas. La suciedad y entorpecimiento es común a todos. Y habiendo los principales de ellos emparentado con los Sarmatas (63), se han corrompido algo, haciéndose a su manera de vida. Los Venedos han tomado mucho de sus costumbres, porque, como salteadores, corren todos los montes y sierras que hay entre los Peucinos y los Fennos. Pero con todo eso se cuentan éstos más por Germanos, porque fabrican casas, y traen escudos, y se huelgan de caminar a pie, y son ágiles; todo lo cual es diferente en los Sarmatas, que viven en carros y andan a caballo. Los Fennos tienen una horrible fiereza y una pobreza cruel. No tienen armas, ni caballos, ni casas; susténtase con hierba, vístense de pieles y la tierra les sirve de cama. Consiste toda su esperanza en las flechas, las cuales, a falta de hierro, arman con huesos. Los hombres y mujeres se sustentan de la caza, que ellas de ordinario los acompañan y les piden parte de ella. Los niños no tienen otro refugio ni acogida contra el agua y las fieras, sino algunas enramadas con que se cubren y amparan; a ellas se vuelven los mozos y a ellas se recogen los viejos. Y les parece esto mayor felicidad que cansarse y gemir labrando los campos y fabricando las casas, y traer, entre la esperanza y el miedo, los bienes propios y ajenos. Y viviendo seguros para con los hombres y seguros para con los dioses, han alcanzado una cosa dificultosísima, que aún no tengan necesidades del deseo. Lo demás que se cuenta de la tierra y gente que habita más allá de las que he dicho, todo es fabuloso; como decir que los Helusios y Oxionas tienen las cabezas de hombres y los cuerpos y miembros de fieras. Y así dejaré de tratar de esto, como cosa que no está averiguada.


Notas

(1) Uno de los documentos más antiguos y sin disputa el de mayor importancia e interés, que han llegado a nosotros relativos a la vida y costumbres de la Germania en el tránsito del conocimiento y colonización por Roma, es este del insigne historiador Cayo Cornelio Tácito.
Es un relato vivo sobre fuentes vivas. El autor opera con materiales directos: sus observaciones, que salpica de comentarios sustanciosos, están llenas de virilidad e interés. Los hechos llegan a la retina, y de la retina al cerebro, con tensión de primera magnitud. Los juicios que produce el choque son elocuentes, certeros e intencionados, aunque la intención revista, las más de las veces, un sentido de acritud, que, casi siempre, es manifestación de sinceridad. Según todas las investigaciones que conocemos, los hechos son exactos y puede asegurarse con fundamento, que el padre del autor, sino él mismo, lo que es más verosímil, fue procurador de Roma en Bélgica, y que a este observatorio llegaron en detalle las noticias y datos que de manera magistral utiliza, y que se hallan refrendados con la máxima calidad por todos los espurgos que han podido hacerse a lo largo de los siglos y que prueban de manera definitiva la exactitud material de los hechos. “En cuanto a su calor moral –dice Carlos Coloma–, Tácito pintó a los Germanos como Montaigne y Rousseau a los salvajes, en un acceso de mal humor contra su patria. Su libro es una sátira de las costumbres romanas, el arranque de un patriota filósofo que cree encontrar la virtud donde no halla ni la vergonzosa molicie, ni la depravación sabia de una sociedad decrépita. No se crea sin embargo que era todo falso, moralmente hablando, en esta obra inspirada por el enojo: la imaginación de Tácito es esencialmente robusta y veraz”, o, como dice Guizot en su Historia de la civilización en Francia, “cuando quiere simplemente describir las costumbres germanas, sin alusión al mundo romano, sin comparación, sin deducir de ellas ninguna consecuencia general, es admirable y se puede dar entero crédito no sólo al dibujo, sino al color del cuadro: nunca ha sido pintada la vida bárbara con más vigor y más verdad poética. Únicamente cuando le asalta la idea de Roma, cuando habla de los bárbaros para avergonzar a sus conciudadanos, es cuando su imaginación pierde su independencia, su natural sinceridad y derrama un color falso sobre sus cuadros.” Estas mismas fuerzas encontradas por los autores citados señalan, ponen de manifiesto, antes que aminoran, el vigor de los asertos de Tácito. Quizá uno de los valores perfectamente esenciales que animan la creación de Tácito, es este choque violento entre lo absolutamente real –los hechos– y su pensamiento íntimo, con respecto a su mundo y a su pueblo.
(2) La primera de estas dos comarcas estaba situada desde el nacimiento del Danubio a la orilla del Rhin. La otra, a la derecha del primero de estos ríos, es parte de lo que luego formó los territorios de Hungría y Alemania.
(3) Los Dacios son parte integrante de la gran familia de los Tracios y ocupaban las tierras al Norte del Danubio y al Este de la Germania, de la que estaban separadas por uno de los ramales de los Kárpatos. Al Norte de los Dacios estaban los Sarmatas, nación esclava que se extendía de un lado a lo largo del Vístula hasta el Báltico, y del otro hasta el Tanais y el Volga, ocupando lo que fue Polonia y buena parte de Rusia.
(4) Sin duda se refiere al grupo de Dinamarca y Escandinavia. La deficiencia en los estudios geográficos que puede presumirse en la época, hacía que fuese señalado como una isla.
(5) Alude a las incursiones de los hijastros de Augusto, Tiberio y Druso.
(6) El nombre de esta montaña ha evolucionado y ahora se denomina Alienaiser Gelirge. Es parte integrante de la Selva Negra.
(7) Denominación de que nace la de Teutones, con que se designa a los alemanes.
(8) Vivían en las costa del mar Océano hasta la Jutlandia. Según Plinio pueden contarse entre ellos a los Cimbrios, Teutones y Caucos. Coloca a los Istevones cerca del Rhin y entre los Hermiones, los Suevos, Hermanduros, Catos y Querurcos.
(9) Asburgo, en el Rhin.
(10) Denominación griega de Asciburgio.
(11) Nórica: A lo largo de la orilla meridional del Danubio, desde la embocadura del Inn hasta el monte Cetio, que se mete en un recodo que hace el primero de estos ríos después de pasar Viena. Cerca la parte superior del curso del Drave, abrazando lo que luego fué Carintia y Estiria, teniendo por el Sur, los Alpes, como límite. Nórico, o Nórica, pasó a ser provincia romana bajo el dominio de Augusto.
(12) Pequeños cuernos.
(13) Serrati: Monedas de plata cortadas en forma de sierra, que ostentan un carro tirado por dos caballos, que recibe el nombre de Bigati.
(14) No concuerda la redacción de este pasaje en los diferentes textos que conozco. Posiblemente la versión más justa con el original debiera ser: y preguntarles si las traen.
(15) El mismo Tácito se refiere a ella en el libro IV de las Historias.
(16) Pudiera entenderse que alude con cierto humor envenenado a la decisión del Senado, que colocaba entre las diosas a Drusilla, hermana de Calígula, y a la hija de Poppea y Nerón.
(17) En Roma, Grecia y Egipto, Isis era tenida como una de las divinidades del mar más representativas, estando designada en infinidad de inscripciones con el nombre de Pelagia. Esto explica suficientemente por qué los Germanos la representaban bajo la forma de buque. Es verosímil que el culto de Isis fuese llevado a la Galia por los Fenicios, Doricos y Foceos, de donde, con posterioridad, pudo pasar a Germania.
(18) Sin duda el autor tuvo una confusión al designar esta institución, que tiene, no obstante, todos los caracteres del comitatus, en vez de comites, que parece ser el sentido que, definida o equivocadamente, pretende darles y que rectifican algunos autores.
(19) Montesquieu, amplía esta noticia en la introducción y comentario al Espíritu de las leyes.
(20) “Entre los Germanos –dice el autor antes citado– había vasallos y no feudos, porque los príncipes no tenían tierras que darles; o por mejor decir, los feudos eran caballos de batalla, armas y comidas. Había vasallos porque había hombres fieles que estaban ligados por su palabra, que estaban obligados a la guerra y que prestaban poco mas o menos los mismos servicios a que estuvieron después sujetos por los feudos”. (Espíritu de las leyes, libro XXX, capítulo III).
(21) Los conquistadores Germanos llevaron a las Galias esta costumbre, que, todavía en el siglo XV era conservada con cierta precisión.
(22) El derecho criminal de la Edad Media conservó esta costumbre, que era una especie de rescate de sangre por las culpas cometidas y castigos impuestos.
(23) César amplía esta información en su Bello Galico.
(24) Se deriva de Boii y empleado en este lugar significa morada de los Bojos. En alemán se utiliza únicamente como adverbio y equivale indistintamente a nuestra casa o mansión, derivándose de Heim.
(25) El mismo Tácito afirma que pertenecen a la raza panonia, siendo esta la única noticia que se tiene de este pueblo: De los Arabiscos habla Plinio diciendo que habitaban en las orillas del Save y el Drave.
(26) Ocupaban el país de Tréveris, desde el Moza al Rhin. Los Nervios tenían su sede en parte de la Galia y Bélgica, en el lugar que ocupan Tournai y Cambrai.
(27) Habitaban en la región de Worms y Espira, los segundos cerca de Estrasburgo, y los terceros aguas abajo en la corriente del Rhin. Se tienen noticias de que los tres grupos sostuvieron luchas reiteradas y muy violentas contra Roma.
(28) Lleva el nombre de la hija de Germánico, Agripina, mujer de Claudio, que fundó una colonia de Roma, en la sede de los Urbios, donde hoy está enclavada Colonia.
(29) Cuando César conquistó la tierra los encontró ya señoreándola, entre el Mosa y el Valh. Se desconoce en qué tiempo tuvo lugar la emigración a estos lugares.
(30) Ocupaban el lado derecho del Rhin, en la márgenes del Lahn, el Mein y el Eder.
(31) Tributo que pagaban a los romanos para que éstos les defendieran de las incursiones de los Germanos. Con seguridad no ha podido ser localizada la tierra que ocuparon, aunque algunos historiadores afirman ser en las cercanías de Francfort, Agchaffenbeurg –donde se hallan restos de murallas que se presumen de sus fortificaciones– y Wisbaden.
(32) Vivían por bajo de Colonia, en la parte inferior del Rhin.
(33) Los críticos –dice Coloma– creen encontrar el nombre de los primeros en el de Hamm, orillas del Lippe; y el de los últimos en el de Angría, o ducado de Eugern.
(34) Cerca de las fuentes de Lippe en las márgenes del Weser.
(35) Conocían y habían explorado el mar del Norte antes que Germánico, Druso y Tiberio.
(36) Era costumbre muy generalizada colocar columnas de Hércules, donde se creía hallar el limite de la tierra.
(37) Eran dueños de las costas del Océano, desde la embocadura del Ema hasta la del Elba.
(38) Moraban entre el Leine, el Aler y el Weses. Se re fiere a la selva de Teutoburgo, en que Varo y sus tres legiones hallaron muerte y que estaba enclavada en el terreno ocupado por dicha tribu.
(39) Posiblemente vivían en el Hildesheim, cerca del Fuse.
(40) Cuando Ptolomeo les menciona, les coloca en el Norte del Jutland, que denomina Quersoneso Címbrico. A la que puede presumirse, Tácito los sitúa más cerca del río Elba, quizá por catalogar con este nombre todas las tribus ocupantes de aquella península, que entonces era muy poco conocida, y que se extendían hacia los países de Holstein y Siesswig.
(41) Fundó, arrancándole a la dominación de los Seleucidas, el reino de los Partos.
(42) La ingenua y un tanto ridícula expedición de Calígula, es aludida aquí con humor envenenado.
(43) El mismo Tácito, en la Agrícola hace mofa del éxito de Domiciano, que hizo ostentación de victorias que nunca llegó a obtener.
(44) Llama Suevos a todos los pueblos que moraban entre el Oder y el Elba, hasta Escandinavia.
(45) Tenían sus moradas entre el Oder, el Vartha, el Vístula y el Elba, extendiéndose en parte de Brandeburgo, Silesia, Misnia y Sajonia.
(46) Durante el reinado de Augusto, Tiberio les obligó a retirarse de las cercanías del Elba. Se cree que las tierras que sucesivamente ocuparon en una y otra margen, fue una parte del ducado de Magdeburgo y de la Marca Media. Hacia 568-72, el rey Aboin, abandonó Panonia, donde había estado su pueblo 42 años, y conquistó la parte superior de Italia, fundando el reino de los Lombardos, que aniquiló, dos siglos más tarde, Carlomagno.
(47) De todos los pueblos que Tácito enumera, sólo se tienen noticias históricas de los Anglos. De los otros únicamente ha llegado el nombre a nuestros días. No obstante puede afirmarse que ocupaban el Oder, el Elba y el Báltico, en lo que luego fue Meklemburgo y una gran porción de Hoigstein.
(48) Sin duda esto no es otra cosa que la vieja costumbre germana, de la que muy bien puede derivarse la tregua de Dios, al decir de algunos historiadores, aunque bien pudieran ser pura coincidencia en la semejanza.
(49) Habitaban una parte de Bohemia y de Misnia.
(50) Creemos que se refiere a las expediciones de Druso. bajo el imperio de Augusto.
(51) Los Nariscos poblaban parte de Baviera, desde Bohemia y el Danubio. Los Marcomanos, Bohemia, de la que habían echado a los Boios. Los Cuados tenían para si Moravia y una gran extensión de Austria, comprendida entre el Danubio y Moravia.
(52) Las palabras de Tácito –dice Coloma– Usque ad memoríam nostram, no significan hasta el tiempo en que él escribía, esto es en 98 ó 99, sino hasta en el que se conservaba el recuerdo. En 99 hacia ya mucho tiempo que los Marcomanos no tenían reyes de su nación. Deben explicarse las palabras de Tácito por los hechos que él mismo cuenta en sus Anales, y de los cuales resulta que desde el año 20 de la Era cristiana, los Marcomanos obedecían a Vililio, rey de los Suevos Hermonduros.
(53) Ya con anterioridad ha tratado de estos pueblos y se ha reseñado su situación en las notas.
(54) Es casi seguro que ocupaban los Marignos una parte de Silesia, y, los Getinos, a su derecha. Los Osos debían ocupar una parte de Galitzia y quizá una parte de la alta Silesia y las mencionados en último lugar las cercanías de lo que luego fue Moravia.
(55) En las márgenes del Vístula.
(56) Cerca del mismo Vístula y más al Sur de los Estieros y de los Venetos.
(57) De los primeros puede afirmarse que han dado su nombre a la ciudad de Rugenwalde, en Pomerania, y a la isla de Rugen. De los Lemovios se carece de noticias.
(58) Algunos autores afirman que los Suyones son ascendientes directos de los Suici o Suecos. “Esta idea, bastante verosímil –dice el mismo Coloma– conduce, naturalmente, a buscar a los Suyones en la Suecia, o cuando menos en sus provincias menos apartadas, tales como las de Escania, Halland, Wertregotia, y en las islas de Dinamarca.”
(59) “Probablemente –afirma Coloma– el canal de Jutlandia y la parte del mar del Norte que baña la Noruega al Oeste. En los lugares de que habla Tácito se veía el sol al ocultarse y durar toda la noche la luz del crepúsculo, observación que conviene perfectamente a la altura de los belts, donde en los largos días de verano el sol desciende tan sólo a once grados debajo del horizonte, y las noches son iluminadas por el crepúsculo.”
(60) En las márgenes de Occidente del golfo de Dantzick.
(61) Los Sitones, cuyo nombre se halla en el de Suevos, eran pobladores de Escandinavia. No eran parte integrante de la raza sueva, ni cimbia, pueblos éstos a los que en tiempos remotísimos obligaron a desplazarse, parte hacia Occidente y parte al Norte. Andando el tiempo se fundieron con las tribus suevas y con los Godos, que dejaron residuos raciales en la isla de Gotlandia.
(62) Ocupaban el Este del Vístula y fuera de las fronteras germanas.
(63) Este nombre reemplaza al de Escitas, y se aplicó, como éste a un gran número de pueblos derramados entre los Kárpatos, el Bajo Danubio y el Ponto Euxino, extendiéndose a la derecha hacia el Cáucaso y el Volga, y a la izquierda en todo el Noroeste de Europa hasta el Báltico.


Cayo Cornelio Tácito, De las costumbres, sitio y pueblos de la Germania

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