30 de abr. de 2009

Manuel Mujica Láinez - El pastor del río (1792)

No hay comentarios. :



El viento del sudoeste es loco. Viene galopando sobre la polvareda, y sus rebencazos relampaguean en el atardecer. Se ríe hasta las lágrimas; se mete en todas partes, con bufidos y chaparrones; tuerce los árboles y arroja puñados de hojas y de ramas; dispersa el ganado; sacude las casas aisladas en la llanura; golpea las puertas; echa a volar la ropa tendida; cruza la ciudad, donde se encabrita, mareando a las veletas y asustando a las campanas; y sigue adelante, hacia el río. Entonces parece que hubiera entrado en el agua un inmenso rodeo de toros.

Es loco el pampero, pero no se le conoce locura como la de ayer. A las oraciones, su furia arrastró al río hasta las balizas. Durante la noche, no paró de correr y silbar. Las gentes de Buenos Aires durmieron apenas. Hubo que sujetar los postigos, porque a la menor imprudencia se aparecía por las habitaciones donde ardían las velas ante las imágenes, soplaba y sumía todo en la oscuridad. Las señoras tornaban a encender los candiles. Rezaban sus rosarios, implorando a San Martín de Tours, el Patrono, para que intercediera ante el Señor y aplacara al Diablo. Y el viento, sin reposo, se revolcaba en los patios y se llevaba por las cinturas grises a las delgadas columnas de humo que escapaban de los fogones, a que bailaran con él.

Hoy, miércoles 30 de mayo, Buenos Aires se asombró desde el amanecer porque allí donde el río extendía siempre su espejo limoso, el río ya no está. El barro se ensancha hasta perderse de vista. Sólo en los bajíos ha quedado el reflejo del agua prisionera. Lo demás es un enorme lodazal en el que emergen los bancos. A la distancia serpentea el canal del Paraná, donde se halló el antiguo amarradero de las naves de España, y luego la planicie pantanosa se prolonga hasta el canal del Uruguay y de allí hacia Montevideo. Nadie recuerda fenómeno semejante. Los muchachos aprovechan para ir a pie hasta el próximo banco de arena. Unas pocas mujeres llegaron a él, a pesar del viento, y anduvieron paseando con unos grandes velos que las ráfagas les trenzaban sobre las cabezas, de modo que parecían unos títeres suspendidos del aire. Se dice que algunos fueron a caballo a la Colonia, vadeando los canales. En el fango surgieron unas anclas viejísimas, herrumbrosas, como huesos de cetáceos, y el casco de un navío francés que se quemó el otro siglo. Hay doquier lanchas tumbadas y, como es justo, ni un pez, ni un solo pez. Los pescadores, furiosos, discuten con las lavanderas, en las toscas resbaladizas. Hoy no se pescará ni se lavará. Y además ¡hace tanto frío!... tanto frío que todo el mundo tiene la nariz amoratada, hasta el señor Virrey don Nicolás de Arredondo, que contempla el espectáculo desde el Fuerte, con su catalejo.

La mañana transcurre entre aspavientos y zozobras. ¿Qué es esto? ¿Puede el río irse así? Y, ¿cuándo regresará? ¿Y si no regresara? San Martín, San Martín, ¿cuándo volverá el Río de la Plata?

San Martín de Tours está en su salón del Cielo, tendido con tapices de nubes estrelladas. Y no está solo. Le rodean los demás patronos de Buenos Aires, convocados por la gravedad de la noticia. Es una visita muy especial la que cumplen. De vez en vez, entreabren el cortinaje barroco de nubes y miran hacia abajo, hacia la Tierra, y buscan la dilecta ciudad a la que su río le ha sido infiel.

San Martín se quita el anillo de obispo, que lleva en el índice; se descalza los guantes escarlatas, con bellas cruces de topacios bordadas en el dorso; se despoja de la mitra gótica; deja el báculo cuyo extremo se curva como un interrogante de marfil.

Las consultas y las excusas aletean en el aposento, sobre las palmas verdes, sobre los bastones de peregrino.

–Si fuera asunto menos serio –dice Santa Lucía– iría yo. Pero yo no soy más que la segunda patrona.

–Si se tratara de combatir las hormigas –arguyen San Sabino y San Bonifacio–, nos tocaría ir a nosotros.

–Si hubiera que espantar los ratones, estaríamos listos para el trabajo –intervienen San Simón y San Judas.

Y San Roque se ofrece para el caso de viruela y tabardillo, y Santa Úrsula –en nombre de las regimentadas Once Mil Vírgenes– para guerrear contra las langostas que se comen las cosechas.
–¡Pero no es cosa nuestra! ¡No es cosa nuestra! –repiten a coro.

Y santas y santos, mezclado el resplandor de las aureolas, se asoman a la vasta terraza que las nubes entoldan con sus cendales irisados, y escudriñan, a sideral distancia, la huella ínfima del río ausente.

San Martín se desciñe la dalmática, delicada como una miniatura de misal. Se alisa las barbas patriarcales, y sus- pira.

Y las santas –Santa Lucía y Santa Úrsula– revuelven el contenido de uno de esos arcones perfumados que hay en todas las salas del Paraíso, y en los cuales los bienaventurados guardan los atributos de su bienaventuranza.

–¡Aquí está! –exclaman a un tiempo, y ambas colocan sobre los hombros del obispo de Tours la otra mitad de su capa célebre.

El Patrono se arrebuja a medias, pues el reducido manto más parece chalina. Ya aproximaron una nube viajera al divino barandal. Es una nube percherona, con belfo, lomo y crines. San Martín se puso en ella a horcajadas, se aseguró en los transparentes estribos, y desciende, deslizándose entre la música exacta de los astros, hacia la Tierra infeliz. Desde el pretil vaporoso, los santos le saludan con recortados ademanes, como desde las nervaduras de un gran rosetón de vidrio. Allá va él, que para algo es el Patrono, y en 1580, cuando elegían al celeste protector de Buenos Aires, su nombre salió tres veces en el sorteo, para irritación de los españoles antifranceses. Y Buenos Aires se acerca más y más, con sus cúpulas, sus sauces, sus tapias y sus caminos melancólicos, como se la ve en las estampas de Fernando Brambilla y de los pintores que vinieron en la expedición de Alejandro Malaspina, el capitán.

San Martín abandona el caballo milagroso a una legua de la ciudad, para que no le descubran, y se lanza a zancadas rítmicas hacia la silueta de torres y caseríos, acordándose de que fue militar en su juventud. El pampero merodea en torno suyo, como un perrazo rezongón. Se le afirmó a la capa desgarrada y tira, tira, pero el Santo puede más y entra en Buenos Aires, al alba, con el manteo tremolando como un banderín.

No hay tiempo que perder, porque allá arriba le observan, y adivina la atención de los apóstoles y de los mártires y los ladridos del can de San Roque que con cualquier pretexto se pone a jugar y desordena las procesiones seráficas. Deja a un lado las soñolientas pulperías donde los paisanos chupan el primer mate con bostezos de tigres. Va hacia el bajo. Atraviesa la desierta Plaza Mayor, se desbarranca entre los arbustos ribereños, y comprueba que el río dilatado se fue de ahí, recogiendo su caudal líquido como una red.

A poco, la playa cenagosa empieza a llenarse de gente que tirita y sucede lo que ya dijimos: algunos se aventuran barro adentro, a pie o a caballo, y otros encienden fogatas para calentarse y acaso con la esperanza de que el río, que andará extraviado, reconozca el lugar con las luces.

San Martín de Tours, invisible, se interna en el fangal. Las sandalias de oro tórnansele negras y se le motea la túnica inmaculada. Va en pos del río, descoyuntando sus brazos recios, dando grandes voces.

Mucho caminó. Como al mediodía lo encontró, casi en Montevideo. Todavía se replegaba, enfurruñado, bravío. Entonces, de un largo salto que le abrió en abanico las claras vestiduras, el hombre de Dios cayó en él, salpicando a diestra y a siniestra.

El Patrono desanuda su capa, la retuerce y la emplea como un flagelo. Azota el oleaje sedicioso, que encrespa las cabecitas de breve espuma.

–¡A la ciudad! ¡A la ciudad!

Y el Río de la Plata brama alrededor de la flaca figura, pero cada vez que el manto bendito lo toca, el agua se somete y vuelve a su cauce natural.

Se dijera un pastor de rebaños fabulosos, cuando San Martín regresa a Buenos Aires, a eso de las cuatro de la tarde, con el río manso. Las olas brincan en torno, como corderos de vellones sucios. El pastor se alza el ropaje con una mano, de manera que muestra las filosas canillas, y con la otra blande el improvisado arreador.

El Virrey don Nicolás de Arredondo apunta el catalejo y ve que el río está de vuelta y que ya cabecean los lanchones varados. Pero al Santo no le ve, ni ve cómo escurre el agua y los pececillos de su capa mojada, ni cómo se aleja, risueño, y se pierde en los pajonales de la llanura.



En Misteriosa Buenos Aires
Buenos Aires, Sudamericana, 1999

Foto: Aldo Sessa




29 de abr. de 2009

Suetonio - Vida de Octavio Augusto

No hay comentarios. :




I. Muchos monumentos atestiguan que la familia de Octavio era en la antigüedad de las primeras de Vélitres. Una parte importante de la ciudad se llamaba desde mucho tiempo barrio Octavio, y se exhibía en ella un altar consagrado por un Octavio, que designado general en una guerra contra un pueblo vecino, y advertido un día, en medio de un sacrificio al dios Marte, de la repentina irrupción del enemigo, quitó de las llamas las carnes casi crudas de la víctima, las distribuyó según el rito, corrió al combate y regresó victorioso. Existía también un decreto que ordenaba ofrecer de la misma manera en lo sucesivo al dios Marte las víctimas y que se llevaran los restos a los Octavios.

II. Admitida esta familia entre las romanas por el rey Tarquino el Viejo, clasificada después por Serv. Tulio entre las patricias, pasó más adelante por voluntad propia a la condición plebeya. El primero de esta familia que obtuvo por sufragios del pueblo una magistratura fue C. Rufo, que siendo cuestor tuvo dos hijos, Cneo y Cayo, troncos de dos ramas de Octavios, cuyos destinos fueron muy diferentes: Cneo y todos sus descendientes desempeñaron los cargos más importantes del Estado. Pero Cayo y los suyos, bien por fortuna, bien por propia voluntad, permanecieron en el orden ecuestre hasta el padre de Augusto. El bisabuelo de éste sirvió en Sicilia durante la segunda Guerra Púnica, como tribuno militar, bajo el mando de Emilio Papo. Su abuelo no pasó de las magistraturas municipales (41) y envejeció en la abundancia y en la paz. Sin embargo, no convienen todos en esto, y el mismo Augusto escribió que procedía de una antigua y opulenta familia de simples caballeros, y que su padre fue el primer senador de su nombre. M. Antonio le echa en cara que su bisabuelo fue liberto, cordelero en el barrio de Thurium, y su abuelo, corredor. Sólo esto he encontrado con relación a los antepasados paternos de Augusto.

III. Su padre, C. Octavio, gozó desde joven de considerables bienes y de la pública estimación y me admira que algunos escritores le hayan hecho corredor y hasta agente para la compra de votos en las asambleas agrarias. Educado en la opulencia, alcanzó con facilidad las más elevadas magistraturas, desempeñándolas noblemente. Después de su pretura, designóle la suerte la Macedonia; en el camino destruyó los restos fugitivos de los ejércitos de Spartaco y Catilina, que ocupaban el territorio de Thurium, encargo extraordinario que le encomendó el Senado. En el gobierno de su provincia mostró tanta equidad como valor. Derrotó a los besos y a los tracios en una gran batalla, y trató tan noblemente a los aliados, que M. Tulio Cicerón, en muchas cartas que aún existen, exhorta a su hermano Quinto, procónsul entonces en Asia, donde no disfrutaba de muy buena fama, a que imitase a su vecino Octavio y mereciera, como él, gratitud de los aliados.

IV. Al regreso de Macedonia, y, antes de proponer su candidatura al consulado, falleció repentinamente, dejando de Ancaria, Octavia la mayor, y de Acia, su segunda esposa, Octavia la menor y Augusto. Acia era hija de M. Acio Balbo y de Julia, hermana de C. César Balbo, por parte de padre, era originario de Aricia, y contaba muchos senadores en su familia; por otra parte de madre, era pariente cercano de Pompeyo el Grande: honrado con la pretura, fue también uno de los veinte comisarios que, en virtud de la ley Julia, quedaron encargados de repartir al pueblo las tierras de la Campania. Sin embargo, fingiendo Antonio igual desdén hacia los antepasados maternos de Augusto, afirma que su bisabuelo era de raza africana, que tuvo una tienda en Aricia, unas veces de perfumes y otras de pan. Casio de Parma, en una de sus epístolas, no se contenta con llamar a Augusto nieto de panadero, sino también nieto de un corredor de dinero, diciéndole: La harina que vendía tu madre salía del peor molino de Arican, y el cambista de Nerulum la amasaba con sus manos ennegrecidas por el cobre.

V. Nació Augusto bajo el consulado de M. Tulio Cicerón y de Antonio, el IX de las calendas de octubre (42), poco antes de salir el sol, en el barrio Palatino, cerca de las Cabezas de Buey, en el sitio donde ahora existe un templo, que fue construido poco tiempo después de su muerte. En las actas del Senado, se ve, en efecto, que un joven patricio, llamado C. Letorio, convicto de adulterio, para evitar la rigurosa pena impuesta a este delito, alego ante los senadores su edad, su origen y especialmente su calidad de propietario y guardián en cierto modo, del suelo que había tocado Augusto al nacer (43); habiendo, pues, pedido gracia en consideración a este dios, que era como su divinidad particular y doméstica, consagrase por decreto la parte de casa donde había nacido Augusto.

VI. Todavía hoy, en una casa de campo perteneciente a sus antepasados, cerca de Vélitres, se enseña la habitación donde le lactaron, que es muy reducida y parecida a una cocina, siendo creencia en los alrededores de que nació allí. Deber religioso es no entrar en esta cámara sino por necesidad y con sumo respeto, porque, según una antigua creencia, el que tiene la audacia de penetrar en ella, se ve asaltado de repente por una mezcla de horror y de temor secretos; confirma este rumor popular el que, habiéndose acostado en esta estancia un nuevo propietario de la finca, ya sea por casualidad, ya por ver lo que ocurría, se sintió a las pocas horas arrebatado por repentina y misteriosa fuerza, encontrándosele moribundo delante de la puerta, adonde fue lanzado desde el lecho.

VII. En su infancia, y en memoria del origen de sus mayores, se le dio el nombre de Turino, aunque se dice también que la causa estuvo en que poco después de su nacimiento, su padre Octavio venció en territorio de Turino a los esclavos fugitivos. Puedo afirmar con certeza que se llamó Turino, porque tuve en mi poder una antigua medalla de bronce que le representa niño y cuya inscripción, en letras de hierro y casi borradas, expresa aquel nombre. Entregué esta medalla a nuestro príncipe, quien la colocó con piadoso respeto entre sus dioses domésticos. Otra prueba más: M. Antonio, creyendo ultrajarla, le llamó en sus cartas muchas veces Turino, contentándose Augusto con responderle, que extrañaba se quisiese injuriarle con su primer nombre. Tomó más adelante el de CESAR y al fin el de AUGUSTO: uno en virtud del testamento de su tío paterno, y el otro a propuesta de Munacio Planco, aunque algunos senadores deseaban que se le llamase Rómulo, por haber sido, en cierto modo, el segundo fundador de Roma. Prevaleció, sin embargo, el nombre de Augusto, porque era nuevo, y sobre todo porque era más respetable; en efecto, los parajes consagrados por la religión o por el ministerio de los augures se llamaban augustos, ya sea que esta palabra deriva de auctus (acrecentamiento), ya que proceda de gestus o de gustus, empleadas las dos en los presagios de las aves, según dice Ennio en este verso:

Augusto augurio postquam inclita condita Roma est (44).

VIII. Tenía cuatro años cuando perdió a su padre; a los doce pronunció, delante del pueblo reunido, el elogio fúnebre de su abuela Julia; a los dieciséis vistió la toga civil, y aunque por su edad estaba exceptuado aún del servicio, el día del triunfo de César por la guerra de Africa, recibió recompensas militares. Habiendo partido su tío, pocos días después, para España, contra los hijos de Cn. Pompeyo, Augusto, apenas restablecido de una enfermedad grave, siguióle con algunos compañeros por caminos infestados de enemigos, le alcanzó a pesar de un naufragio, le prestó grandes servicios, e hizo admirar, además de su conducta durante el viaje, la índole de su carácter. César, que después de sujetadas las Españas, meditaba una expedición contra los dacios, y otra contra los partos, le envió de antemano a Apolonia, donde se entregó al estudio. Allí supo que César había sido asesinado y que le había instituido heredero; y estuvo dudando durante algún tiempo si imploraría el socorro de las legiones inmediatas, pero rechazó al fin este paso como imprudente y precipitado. Regresó a Roma, donde entró en posesión de la herencia, a pesar de las vacilaciones de su madre y de las obstinadas observaciones de su suegro, Marcio Filipo, varón consular. Levantó en seguida ejércitos, gobernando la República, primero con Antonio y Lépido; hízolo después con Antonio solo, durante cerca de doce años, y por último, solo durante cuarenta y cuatro.

IX. Tal es el resumen de su vida. Ahora expondré separadamente los diferentes actos llevados a cabo por él, no por orden de tiempos sino según su naturaleza, para que se comprendan más clara y distintamente. Tuvo que hacer frente a cinco guerras civiles, las Mulciense, Filipense, Perusiana, Siciliana y la de Actium; la primera y la última contra Marco Antonio; la segunda contra Bruto y Casio; la tercera contra Luc. Antonio, hermano del triunviro; la cuarta contra Sex. Pompeyo, hijo de Cneo.

X. Fue la causa e inicio de todas estas guerras la obligación que se impuso de vengar la muerte de su tío y mantener la validez de sus actos. Así, pues, desde que regresó de Apolonia, decidió atacar a Bruto y Casio inesperada y abiertamente; vio que escapaban a aquel peligro, que supieron prevenir, y se armó entonces contra ellos de la autoridad de las leyes, y acusándolos, aunque ausentes, como asesinos. No atreviéndose los encargados de dar los juegos establecidos por las victorias de César a cumplir con este deber, los celebró él mismo. Para afianzar mejor la ejecución de sus designios, quiso reemplazar un tribuno del pueblo, que acababa de morir, y, a pesar de no ser todavía senador y sí sólo patricio, se presentó candidato. Fracasaron, sin embargo, todos sus esfuerzos ante la oposición del cónsul M. Antonio, del que contaba hacer su principal apoyo, y que pretendía no dejarle gozar de nada, ni siquiera del derecho ordinario y común, sino poniendo a su connivencia un precio exorbitante; volviese entonces al partido de los grandes, de quienes era detestado Antonio, porque tenía sitiado en Mutina a Décimo Bruto, esforzándose en arrojarle por las armas de una provincia que le había dado César y confirmado el Senado. Por consejo de algunos partidarios suyos, Octavio trató de hacerle asesinar; pero descubierta la maquinación y temiendo a su vez, levantó para su defensa y la de la República un ejército de veteranos, al que colmó de prodigalidades. Recibió entonces, con el título de propretor, el mando de este ejército y la orden de reunirse con los nuevos cónsules Hircio y Pansa, para llevar auxilios a Décimo Bruto. En tres meses y dos batallas terminó esta guerra. Escribe Antonio que en la primera huyó, presentándose pasados dos días sin caballo y sin el manto de general; pero no hay duda alguna que en la segunda llenó a la vez los deberes de jefe y de soldado, pues que en lo más recio de la pelea, viendo gravemente herido al abanderado de su legión, tomó las águilas sobre su hombro, llevándolas muy largo rato.

XI. Perecieron en esta guerra Hircio y Pansa, el primero en la batalla, y el segundo poco después, de una herida que recibió en ella y corrió entonces e] rumor de que Octavio los había hecho matar a los dos, con la esperanza de que la derrota de Antonio y la muerte de los cónsules le dejarían dueño único de los ejércitos victoriosos. Tales sospechas excitó la muerte de Pansa, que fue reducido a prisión el médico Clicón como culpable de haber envenenado la herida. Aguilio Niger añade a estas acusaciones que Octavio mismo mató al otro cónsul Hircio en la confusión del combate.

XII. Mas cuando supo que Antonio había sido recibido, tras su fuga, en el campamento de M. Lépido, y que los otros generales, de acuerdo con sus ejércitos, se unían a sus adversarios, abandonó sin vacilar la causa de los grandes, alegando para justificar su mudanza las quejas que tenía de los discursos y conducta de muchos de ellos; que unos, según él, le habían tratado de niño, proclamando que se le debía elogiar y ensalzar (tollerumque) (45) con objeto de dispensarse del agradecimiento que se le debía, igualmente que a sus veteranos. Para hacer resaltar más y más su disgusto por haber servido a aquel partido, impuso una elevada multa a los habitantes de Nursia, que habían erigido un monumento fúnebre a los ciudadanos muertos delante de Mutina, con una inscripción que decía: Muertos por la libertad; no pudieron pagarla, por lo cual fueron expulsados de la ciudad por él.

XIII. Lograda la alianza con Antonio y Lépido, terminó también en dos batallas la guerra Filipense, a pesar de estar débil y enfermo. En la primera le tomaron su campamento, consiguiendo escapar con gran esfuerzo, ganando el ala que mandaba Antonio. No mostró moderación en la victoria, enviando a Roma la cabeza de Bruto, para que la arrojaran a los pies de la estatua de César, aumentado así con sangrientos ultrajes los castigos que impuso a los prisioneros más ilustres. Se refiere que a uno de éstos, que le suplicaba le concediese sepultura, le contestó que aquel favor pertenecía a los buitres; a otros, padre e hijo, que le pedían la vida, les mandó la jugasen a la suerte o combatiesen entre si, prometiendo otorgar gracia al vencedor; el padre se arrojó entonces contra la espada del hijo, y éste, al verle muerto, se quitó la vida, mientras Octavio los veía morir complacido. Por esta causa, cuando llevaron a los otros cautivos, con la cadena al cuello, delante de los vencedores, todos, y especialmente M. Favonio, el émulo de Catón, convinieron, después de saludarle con el nombre de Imperator, en dirigirle crueles injurias. En la distribución que siguió a la victoria, quedó encargado Antonio de constituir el Oriente, y Octavio de llevar los veteranos a Italia para establecerlos en los territorios de las ciudades municipales; pero sólo consiguió disgustar a la vez a los antiguas poseedores y a los veteranos, quejándose unos que se los despojaba y los otros de que no se los recompensaba como tenían derecho a esperar por sus servicios.

XIV. Confiando L. Antonio por este tiempo en el consulado de que estaba investido y en el poder de su hermano, quiso suscitar disturbios, pero Octavio le obligó a huir a Perusa, reduciéndole por hambre, aunque no sin correr él mismo grandes peligros antes y durante esta guerra. Ocurrió, en efecto, que en un espectáculo, un simple soldado tomó asiento en uno de los bancos de los caballeros; le hizo él arrojar por medio de un aparitor, y pocos momentos después sus enemigos difundieron el rumor de que le había hecho morir en los tormentos, faltando muy poco para que pereciese Octavio bajo los golpes de la turba militar que había acudido indignada, y sólo el presentar sano y salvo al que se decía muerto pudo salvarse entonces de la muerte. En otra ocasión, al sacrificar cerca de Perusa, estuvo a punto de perecer a manos de algunos gladiadores que habían salido bruscamente de la ciudad.

XV. Tomada Perusa, se mostró cruel con sus habitantes; a cuantos pedían gracia o trataban de justificarse les contestaba que era necesario morir. Según algunos autores, de los sometidos eligió a trescientos de los dos órdenes y los hizo inmolar en los idus de marzo, como las victimas, de los sacrificios, delante del altar elevado a Julio César. Pretenden otros que sólo provocó esta guerra para obligar a sus enemigos secretos, y a aquellos a quienes retenía el temor más aún que la voluntad, a que se descubriesen al fin, dándoles por jefe a L. Antonio, y con objeto de que sus bienes confiscados le sirviesen después de su derrota para dar a los veteranos las recompensas que les había ofrecido.

XVI. La guerra de Sicilia fue una de sus primeras empresas, pero la condujo despacio, interrumpiéndola muchas veces, tanto para reparar el daño causado a sus flotas, incluso durante el verano, por continuas tempestades y naufragios, como para hacer la paz a instancias del pueblo, que, interceptados los víveres, se veía amenazado por el hambre. Cuando hizo reparar los buques y adiestró en la maniobra a veinte mil esclavos a quienes concedió la libertad, creó el puerto Julio, cerca de Baias, y abrió al mar el lago Lucrino y el Averno; batió a Pompeyo entre Mylas y Nauloco, sintiéndose poco antes del combate asaltado de tan invencible necesidad de dormir, que tuvieron que despertarle para que diese la señal. Este hecho, dio pie, a mi parecer, a los sarcasmos de Antonio, cuando le censura de no haber podido mirar de frente una linea de batalla, y haberse acostado de espaldas, temblado y levantando al cielo estúpidos ojos, sin abandonar esta actitud, para mostrarse a los soldados, hasta que M. Agripa hubo puesto en fuga los buques enemigos. Otros le censuran una frase y un acto impíos, como haber pronunciado, viendo su flota destruida por la tempestad que sabría vencer a pesar de Neptuno, y de haber suprimido en los primeros juegos del circo la estatua de este dios, uno de los ornamentos de aquella solemne ceremonia. En ninguna otra guerra estuvo tan expuesto, contra su voluntad, a tantos y tan grandes peligros. Después de haber hecho pasar un ejército a Sicilia, izaba velas hacia el continente para buscar el resto de sus tropas, cuando se vio atacado improvisadamente por Democnares y Apollofano, legados de Pompeyo, y no sin gran trabajo pudo ponerse a salvo con una sola nave. Otro día, pasando a pie cerca de Locros, en ruta a Regio, vio las galeras del partido de Pompeyo costeando la tierra, creyéndolas suyas, bajó a la playa y estuvo a punto de que le capturasen. Ocurrió asimismo que, mientras huía por extraviados vericuetos, un esclavo de Emilio Paulo que le acompañaba, recordando que en otro tiempo había proscrito al padre de su amo y cediendo a la tentación de la venganza, trató de darle muerte. Después de la huida de Pompeyo, M. Lépido, el segundo de sus colegas, a quien había llamado de Africa en socorro suyo, ensoberbecido con el apoyo de sus veinte legiones, reclamaba con amenazas el primer puesto en el Estado. Octavio le quitó el ejército, y perdonándole la vida que pedía de rodillas, le desterró a la isla Circeya para toda su vida.

XVII. Rompió al fin su alianza con M. Antonio, alianza siempre incierta y dudosa, mal observada con frecuentes reconciliaciones; y, para demostrar cuánto se distanciaba su rival de las costumbres patrias, mandó abrir y leer delante del pueblo reunido el testamento que había dejado aquél en Roma (46), y en el cual colocaba en el número de sus herederos a los hijos de Cleopatra. Sin embargo, después de hacerle declarar enemigo de la República, le envió todos sus parientes y amigos, entre otros a C. Sosio y Cn. Domicio, cónsules entonces, perdonando también a los habitantes de Bolonia, que desde muy antiguo figuraban en el partido de los Antonios, que hubiesen tomado las armas contra él como toda Italia. Poco después le derrotó en una batalla naval dada cerca de Actium, que se prolongó hasta el obscurecer, pasando el vencedor la noche en una nave. De Actium pasó a establecer cuarteles de invierno en Samos; pero enterado de que los soldados escogidos en todos los cuerpos después de la victoria, y que por orden suya le habían precedido a Brindis, acababan de sublevarse solicitando recompensas y el licenciamiento, emprendió, lleno de zozobra, el camino de Italia. Dos veces se vio combatido por la tempestad durante la travesía: primeramente entre los promontorios del Peloponeso y de la Eolia, y después cerca de los montes Cerámicos, pereció en este doble desastre una parte de sus naves liburnesas, perdiendo la suya todo el aparejo y rompiéndosele el timón. Solo veintisiete días permaneció en Brindis, para satisfacer las exigencias de los soldados; pasó de allí a Egipto por Asia y la Siria, puso sitio a Alejandría, donde se había refugiado Antonio con Cleopatra, y se hizo dueño a poco de la ciudad. Antonio quiso hablar de paz, pero ya no era tiempo: Octavio oblígole a morir, pasándole a ver después de muerto. Uno de sus deseos más vehementes era reservar a Cleopatra para su triunfo, y como se creía que había muerto de la mordedura de un áspid, hizo que algunos psilos (47) chupasen el veneno de la herida. Concedió a los dos esposos que reposaran en sepultura común, y ordenó que se concluyese la tumba que ellos mismos habían comenzado a construir. El joven Antonio, el mayor de los dos hijos que el triunvirio había tenido de Fulvia, fue tras continuas e inútiles súplicas, a refugiarse a los pies de la estatua de César; Augusto le arrancó de allí y mandó darle muerte. Cesarión, que Cleopatra decía haber tenido de César, fue alcanzado mientras intentaba huir y entregado al suplicio. En cuanto a los otros hijos de Antonio y de la reina, los consideró como miembros de su familia, los educó y aseguró posición en proporción a su nacimiento.

XVIII. Por esta época mandó abrir la tumba de Alejandro Magno; sacado el cuerpo, estuvo un momento contemplándolo le puso en la cabeza una corona de oro y le cubrió de flores en muestra de homenaje. Consultado si quería ver también el Ptolomeum, contestó: que había venido a ver un rey y no muertos. Convirtió a Egipto en provincia romana, y con objeto de asegurar la producción necesaria para los bastimentos de Roma, mandó a sus soldados limpiaran todos los canales abiertos por los desbordamientos del Nilo y que el tiempo había cubierto de limo. Para perpetuar en la memoria de los siglos la gloria del triunfo de Actium, fundó cerca de esta ciudad la de Nicópolis, estableciendo juegos quinquenales. Amplió, asimismo, el antiguo templo de Apolo, adornó con un trofeo naval el sitio donde tuvo su campamento y lo consagró solemnemente a Neptuno y a Marte.

XIX. Gran número de turbulencias, sediciones y conspiraciones, de que tuvo conocimiento, fueron sofocados por él en su origen; dominó también, en diferentes épocas, la conspiración del joven Lépido; después la de Varrón Murena y de Fannio Cepión, de M. Egnacio, de Plaucio Rufo, de Lucio Paulo, esposo de su nieta, de L. Audasio, acusado de falsario, y a quien la edad había debilitado el cuerpo y la razón, de Asinio Epicardio, mestizo de parto, y en fin, de Telefo, esclavo nomenclator de una mujer; pues se vio asimismo amenazado por maquinaciones de hombres de baja extracción. Audasio y Epicardio querían arrebatar a su hija Julia y a su nieto Agripo de las islas donde estaban confinados, para presentarlos a los ejércitos, y Telefo, que se creía destinado al imperio, había concebido el proyecto de asesinar a Augusto y al Senado; se encontró también a cierto mercenario del ejército de Iliria, escondido una noche cerca de su lecho, hasta donde había penetrado burlando la vigilancia de los guardias, y que llevaba en la cintura un cuchillo de caza. Ignórase si fingió demencia o si, efectivamente, había perdido la razón, no pudiendo arrancarle ninguna confesión en la tortura.

XX. Por si mismo solamente dirigió dos guerras exteriores: la de Dalmacia, en su juventud, y la de los cántabros tras la derrota de Antonio. Fue herido dos veces en Dalmacia: una en la rodilla, de una pedrada, y la otra en un muslo y los dos brazos por hundimiento de un puente. Las otras dos guerras las dirigieron sus legados; sin embargo, tomó parte en algunas expediciones en Panomia y Germania, o estuvo, cuando menos, cerca del teatro de la guerra, yendo de Roma hasta Ravena, Milán y Aquilea.

XXI. Sometió personalmente o por sus generales la Cantabria, la Aquitania, la Panomia y la Dalmacia con toda la Iliria; sujetó la Recia, la Vindelicia y los Salesos, pueblos de los Alpes; contuvo las incursiones de los dacios, destruyó la mayor parte de sus ejércitos y les mató tres jefes. Arrojó a los germanos al otro lado del Elba; recibió la sumisión de los Ubios y sicambros, trasladándolos a la Galia y asignándoles las tierras próximas al Rin. Redujo también a la obediencia otras naciones inquietas y turbulentas, pero no movió guerra a ningún pueblo sin justa causa o imperiosa necesidad, pues estaba muy lejos de ambicionar aumento del Imperio o de su gloria militar, con lo cual obligó a algunos reyes bárbaros a jurarle, en el templo de Marte Vengador, permanecer fieles a la paz que de él solicitaban. Exigió, asimismo, a algunos de ellos nuevo género de rehenes, esto es, mujeres pues había observado que se estimaban en poco los hombres dados con tal carácter. No obstante, dejaba siempre a sus aliados la facultad de retirar sus rehenes cuando desearan; y nunca castigó sus frecuentes sublevaciones y sus perfidia más que vendiendo sus prisioneros, a condición de que no habían de servir en países vecinos ni ser libres antes de treinta años. La reputación de fuerza y moderación que alcanzó con esta conducta, determinó a los indos y scitas, de los que sólo se conocía entonces el nombre, a pedir por medio de embajadores su amistad y la del pueblo romano. También los partos le cedieron fácilmente la Armenia que reivindicaba, devolviéndole, además. a su petición, las enseñas militares arrebatadas a M. Craso y a M. Antonio y ofreciéndole también rehenes; y, por último, muchos príncipes, que desde antiguo se disputaban entre sí el mando, reconocieron al designado por él.

XXII. El templo de Jano Quirino, que sólo había estado cerrado dos veces desde la fundación de Roma, lo estuvo entonces tres, en un transcurso de tiempo mucho más corto, estando asegurada la paz por mar y por tierra. Dos veces entró en Roma con los honores de la ovación, una después de la batalla Filipense, y la otra después de la guerra de Sicilia. Celebró con tres triunfos curules sus victorias de Dalmacia, Actium y Alejandría, Y cada triunfo duró tres días.

XXIII. En cuanto a derrotas graves e ignominiosas sufrió las de Lolio y Varo, ambas en Germania, siendo la primera más vergonzosa que irreparable; la de Varo pudo, en cambio, ser fatal al Imperio, pues que en ella fueron pasadas a cuchillo tres legiones con el general, los legados y todos los auxiliares. Cuando recibió la noticia mandó colocar en Roma guardias militares para prevenir posibles desórdenes; confirmó en sus Poderes a los gobernadores de las provincias, para que su experiencia y habilidad, contuviesen en su deber a los aliados; y ofreció grandes juegos a Júpiter para que mejorase la situación de la República, como se había hecho en la guerra de los cimbrios y de los marsos. Dícese, en fin, que experimentó tal desesperación, que se dejó crecer la barba y los cabellos durante muchos meses, golpeándose a veces la cabeza contra las paredes, y exclamando Quintilio Varo, devuélveme mis legiones. Los aniversarios de este desastre fueron siempre para él tristes y lúgubres jornadas.

XXIV. Cambió muchas cosas y muchas otras estableció en la organización militar, poniendo en vigor otras relegadas ya de tiempo al olvido. Mantuvo con severidad la disciplina, y sólo permitió a sus legados que fuesen a ver a sus esposas en los meses de invierno, y aun esto con gran dificultad. A un caballero romano, por haber amputado el dedo pulgar a sus dos hijos para librarlos del servicio militar, hízolo vender en subasta con todos sus bienes; pero viendo que se apresuraban a comprarlo los asentistas públicos, lo hizo adjudicar a un liberto suyo, que tenía orden de llevarlo a los campos y dejarle libre. Licenció ignominiosamente a toda la décima legión, que sólo obedecía murmurando; y a otras que con tono imperioso pedían la licencia se la concedió, aunque sin las recompensas prometidas a sus largos servicios. Si alguna legión retrocedía, la diezmaba, dándole sólo cebada por toda comida. Castigó con la muerte como a simples soldados a centuriones que abandonaron sus puestos. En cuanto a los otros delitos, los castigaba con diferentes penas infamantes, como permanecer en pie todo el día delante de la tienda del general, o bien salir con túnica y sin cinturón, llevando en la mano una medida agraria o un puñado de césped.

XXV Después de las guerras civiles, dejó de dar a los soldados el título de compañeros en las arengas y en los edictos; les llamaba sólo soldados, y no permitía tampoco que sus hijos o yernos les diesen otro nombre cuando mandaban, pues creía que el de compañeros era una adulación que no convenía a la conservación de la disciplina, ni al estado de paz, ni a la majestad de los césares. Salvo para los casos de incendio y para las sediciones que podían producir la carestía de víveres, sólo dos veces alistó esclavos libertos: la primera para la defensa de las colonias vecinas a la Iliria, y la segunda, para proteger las orillas del Rin. En estas dos veces habían de ser esclavos que los hombres y mujeres más ricos de Roma hubiesen comprado y manumitido en el acto; colocábalos en primera línea, sin mezclarlos con los libres ni tampoco armarlos como a éstos. Prefería dar como recompensas militares arneses, collares y preseas, cuyo valor lo constituían el oro y la plata, a coronas valarias o murales (48), mucho más ambicionadas. Extraordinariamente avaro de estas últimas, jamás las concedió al favor, y las dio casi siempre a simples soldados. Regaló a Agripa, después de su victoria naval en Sicilia, un estandarte de color de mar. Nunca otorgó estas distinciones a los que habían disfrutado los honores del triunfo, por más que hubiesen tomado parte en sus expediciones y contribuido a sus victorias; la razón era que ellos mismos habían tenido derecho para distribuir como quisieran estas recompensas. En su opinión, nada convenía menos a un gran capitán que la precipitación y la temeridad, y así repetía frecuentemente el adagio griego: Apresúrate lentamente, y este otro: Mejor es el jefe prudente que temerario, o también éste: se hace muy pronto lo que se hace muy bien. Decía asimismo que sólo debe emprenderse una guerra o librar una batalla cuando se puede esperar más provecho de la victoria que perjuicio de la derrota; porque, añadía, el que en la guerra aventura mucho para ganar poco, se parece al hombre que pescara con anzuelo de oro, de cuya pérdida no podría compensarle ninguna presa.

XXVI. Antes de la edad se vio elevado a las magistraturas y honores, de los que muchos fueron de creación nueva y a perpetuidad. A los veinte años invadió el consulado, haciendo marchar hacia Roma amenazadoramente a sus legiones, y mandando diputados a exigir para él esta dignidad a nombre del ejército. Como vacilara el Senado, el centurión Cornelio, que iba al frente de la diputación, abrió su manto, y mostrando el puño de la espada, se atrevió a exclamar: Éste lo hará, si vosotros no lo hacéis. Transcurrieron nueve años de su primero a su segundo consulado y sólo uno hasta el tercero. Siguió después hasta el undécimo sin interrupción, y, habiendo rehusado todos los que luego le ofrecieron, pidió él mismo el duodécimo diecisiete años más tarde; dos años después volvió a pedir el decimotercio, con objeto de recibir en el Foro, como primer magistrado de la República, a sus nietos Cayo y Lucio, que iban a entrar en la vida pública. Los cinco consulados que separan el decimosexto del undécimo fueron cada uno a un año, y los demás no los conservó más allá de nueve, seis, cuatro o tres meses, y el segundo solamente algunas horas. Apenas sentado, en efecto, en la silla curul, frente al templo de Júpiter Capitolino, en la mañana de las calendas de enero, dimitió el cargo, nombrando a otro cónsul en lugar suyo. No tomó posesión de todos sus consulados en Roma, pues el cuarto comenzó en Asia, el quinto en Samos y el octavo y el noveno en Tarragona.

XXVII. Durante diez años fue el jefe del triunvirato establecido para organizar la República; resistió por algún tiempo a sus colegas, oponiéndose a la proscripción, pero después desplegó mucha más crueldad que ninguno de ellos, ya que éstos, cuando menos, se dejaron ablandar algunas veces por las súplicas de la amistad; solamente él se opuso con toda su autoridad a que se perdonase a nadie, proscribiendo hasta a su tutor C. Toranio, que había sido, además, colega de su padre Octavio en la edilidad. Junio Saturno refiere este otro hecho: Después de las proscripciones, excusando Lépido el pasado en el Senado, hizo esperar que la clemencia iba a poner término al fin a los castigos; pero Octavio declaró, por el contrario, que solamente cesaría de proscribir a condición de hacer en todo lo que quisiese. No obstante, al tardío arrepentimiento de esta dureza debiese el que elevara a la dignidad de caballero a T. Vinio Filopemón, del que se decía haber ocultado en otro tiempo a su patrón proscrito. Por muchos rasgos especiales se hizo odioso durante un triunvirato; un día, por ejemplo, que arengaba a los soldados en presencia de los habitantes de los campos vecinos, vio a un caballero romano, llamado Pinario, que tomaba algunas notas furtivamente, y sólo por sospechas de que fuese un espía le hizo matar en el acto. A Tedio Afer, cónsul designado, que ridiculizó con un chiste un acto suyo, Octavio le dirigió tan furibundas amenazas que aquel desgraciado se dio la muerte. El pretor Q. Galio se acercó a él para saludarle llevando bajo la toga dobles tablillas; creyó Octavio que eran una espada, mas no atreviéndose a registrarle en el acto por temor de no encontrar armas, pocos momentos después le hizo arrancar de su tribuna por medio de centuriones y soldados, le mandó dar tormento como a un esclavo, y no obteniendo ninguna confesión, le hizo degollar, después de arrancarle los ojos con sus propias manos. Él mismo escribió de este asunto que Galio había querido matarle en una audiencia que le pidió; que reducido a prisión por orden suya, fue puesto en seguida en libertad, con prohibición de habitar en Roma, y que pereció en un naufragio o a manos de algunos bandidos (49). Augusto fue investido a perpetuidad con el poder tribunicio (50), dos veces tomó colega en esta dignidad, cada una durante un lustro. Fue investido también con la vigilancia perpetua de las costumbres y de las leyes (51), y en virtud de este derecho, que no era, sin embargo, el mismo que el de la censura, estableció tres veces el censo del pueblo: la primera y tercera con su colega, la segunda, solo.

XXVIII. Dos veces tuvo la idea de restablecer la República: primero después de la derrota de Antonio, que con frecuencia le había acusado de ser el único obstáculo al restablecimiento de la libertad; y luego, a consecuencia de los sufrimientos de una larga enfermedad, llegando a hacer ir a su casa a los magistrados y senadores y entregándoles las cuentas del Imperio. Reflexionó, sin embargo, que esto era exponer su vida privada a peligros ciertos y entregar imprudentemente la República a la tiranía de algunos ambiciosos, y decidió continuar en el poder, y no puede decirse qué se le ha de alabar más, si las consecuencias o los motivos de esta resolución. Se complacía en recordar algunas veces estos motivos, y hasta los dio a conocer así en uno de sus edictos. Permitaseme afirmar la República en estado permanente de esplendor y seguridad; con esto habré conseguido la recompensa que ambiciono, si se considera su felicidad obra mía y si puedo alabarme al morir de haberla establecido sobre bases inmutables. Él mismo aseguró la consecución de este deseo, esforzándose para que nadie tuviese que lamentarse del nuevo orden de cosas.

XXIX. Roma no era, en su aspecto, digna de la majestad del Imperio y estaba sujeta, por otra parte, a inundaciones e incendios. Él supo embellecerla de tal suerte, que con razón pudo alabarse de dejarla de mármol habiéndola recibido de ladrillos. También la aseguró contra los peligros del porvenir, cuanto la prudencia humana puede prever. Entre el gran número de monumentos públicos cuya construcción se le debe, se cuentan principalmente el Foro y el templo de Marte Vengador, el de Apolo en el Palatium y el de Júpiter Tonante en el Capitolio. Se construyó el Foro porque el creciente número de litigantes y de los negocios lo exigían, y resultaban insuficientes los dos primeros. Así, sin esperar a que el templo de Marte estuviese concluido, apresuróse a ordenar que se procediese especialmente en el Foro nuevo, al juicio de las causas criminales y a la elección de jueces. Por lo que toca al templo de Marte, había hecho el voto durante la guerra Filipense, emprendida para vengar a su padre. Decretó, en consecuencia, que allí se reuniría el Senado para deliberar acerca de las guerras y de los triunfos; que de allí partirían los que marchasen con algún mando a las provincias; y que allí irían, finalmente, a depositar las insignias del triunfo los generales victoriosos. El templo de Apolo, en el Palatium, se construyó en la parte de su casa destruida por el rayo, donde habían declarado los arúspices que el dios pedia morada, añadiéndole pórticos y una biblioteca latina y griega. En sus últimos años convocaba a menudo el Senado e iba a él para reconocer las decurias de los jueces. El templo de Júpiter Tonante fue erigido por él en memoria de haber escapado de un peligro durante una marcha nocturna; en una de sus expediciones contra los cántabros, un rayo alcanzó, en efecto, su litera, matando al esclavo que iba delante de él con una antorcha en la mano. Hizo, además, ejecutar otros trabajos bajo otro nombre que el suyo, por ejemplo, con los de sus nietos, su esposa y su hermana; tales son el pórtico de Cayo y la basílica de Lucio, los pórticos de Livia y de Octavio, y el teatro de Marcelo. Frecuentemente exhortó también a los principales ciudadanos a embellecer la ciudad, cada cual según sus medios, o con monumentos nuevos, o reparando y embelleciendo los antiguos; este solo deseo fue causa de que se levantasen gran número de construcciones. Marcio Filipo elevó el templo de Hércules y Museos; L. Cornificio, el de Diana; Asinio Polión, el vestíbulo del de la Libertad; Munacio Plauco, el templo de Saturno; Cornelio Balbo, un teatro; Stantilio Fauro, un anfiteatro, y, en fin, M. Agripa gran número de magníficos edificios.

XXX. Dividió a Roma en secciones y barrios, encargando la vigilancia de las secciones a los magistrados anuales (ediles, tribunos, pretores), que la lograban por suerte y la de los barrios a inspectores que habitaban en ellos y que eran elegidos entre el pueblo. Estableció rondas nocturnas para los incendios, y para prevenir las inundaciones del Tíber hizo limpiar y ensanchar su cauce, obstruido desde mucho tiempo por las ruinas y estrechado por el derrumbamiento de edificios. Con objeto de facilitar por todas partes el acceso a Roma, encargóse de reparar la vía Flaminia hasta Rímini, y quiso que, a imitación suya, todo ciudadano que hubiese recibido los honores del triunfo, emplease en pavimentar un camino el dinero que le pertenecía por su parte de botín. Reconstruyó los edificios sagrados que la acción del tiempo o los incendios habían destruido, y adornólos como los otros con valiosísimos presentes, llevando en una sola vez al santuario de Júpiter Capitolino dieciséis mil libras de peso de oro y cincuenta millones de sestercios en piedras preciosas y perlas.

XXXI. Muerto Lépido, y conseguido por él el pontificado máximo, que en vida de aquél no se atrevió a arrebatarles hizo reunir y quemar mas de dos mil volúmenes de predicciones griegas y latinas que estaban repartidos entre al público y tenían sólo una dudosa autenticidad. Conservó sólo los libros sibilinos, haciendo de ellos un espurgo y encerrándolos en dos cofrecillos dorados, bajo la estatua de Apolo Palatino. Redujo el método seguido antiguamente en la marcha del año, arreglada ya por Julio César, y en la que la negligencia de los pontífices había introducido de nuevo desorden y confusión. En esta obra dio su nombre al mes llamado sextilis (52), con preferencia al de septiembre en que había nacido, porque en aquél obtuvo su primer consulado y logró sus principales victorias. Aumentó el número de sacerdotes, su dignidad y hasta sus privilegios, especialmente los de las vestales. Habiendo fallecido una de éstas se trataba de reemplazarla (53), y como muchos ciudadanos solicitasen el favor de no someter sus hijas a los riesgos del sorteo, dijo él que si alguna hija suya hubiese llegado a la edad requerida la hubiese ofrecido espontáneamente. Restableció, asimismo, gran número de ceremonias antiguas caídas en desuso, entre ellas el augurio de Salud, los honores debidos al flamín Dial, las Lupercales, los juegos seculares y compitales. Prohibió que se corriese en las fiestas Lupercales antes de la edad de la pubertad, prohibiendo también a los jóvenes de uno y otro sexo que asistiesen durante los juegos seculares a los espectáculos nocturnos si no los acompañaba algún pariente de más edad que ellos. Estableció dos juegos anuales en honor de los dioses compitales, que debían ser adornados con flores de primavera y verano. Honró casi tanto como a los dioses inmortales la memoria de los grandes hombres que de tan débiles principios supieron levantar el poder romano a tan considerable grado de desenvolvimiento. Por esta razón hizo restaurar los monumentos que aquellos levantaron, dejándoles sus gloriosas inscripciones. Por orden suya fueron colocadas todas sus estatuas en traje triunfal bajo los dos pórticos de su Foro, y declaró en un edicto que quería que su ejemplo sirviese para que se le juzgase a él mismo mientras viviese y a todos los príncipes sucesores suyos. Hizo también trasladar la estatua de Pompeyo del salón donde mataron a César, bajo una arcada de mármol, enfrente del palacio contiguo al teatro del mismo Pompeyo.

XXXII. Corrigió gran número de abusos tan detestables como perniciosos, nacidos de las costumbres y licencias de las guerras civiles y que la paz misma no había podido destruir. La mayoría de los ladrones de caminos llevaban públicamente armas con el pretexto de atender a su defensa, y los viajeros de condición libre o servil eran aprisionados en los caminos y encerrados sin distinción en los obradores de los propietarios de esclavos. También se habían formado, bajo el título de gremios nuevos, asociaciones de malhechores que cometían toda suerte de crímenes. Augusto contuvo a los ladrones estableciendo guardias en los puntos convenientes; visitó los obradores de esclavos y disolvió todos los gremios, exceptuando los antiguos y legales. Quemó los registros en que estaban inscritos los antiguos deudores del Tesoro, a fin de poner término con ello a los pleitos de que habían llegado a ser origen tales registros. Ciertas partes de la ciudad, que el dominio público reivindicaba con títulos dudosos, los adjudicó a sus poseedores. Sobreseyó los procesos de los antiguos acusados, cuya sanción servía solamente para regocijar a sus adversarios, y sometió a la posibilidad de la misma pena que hubiese podido pronunciarse contra ellos a todo el que intentase perseguirlos de nuevo. Para que ningún delito quedase impune y ningún negocio se llevase con negligencia, restituyó, por otra parte, al trabajo más de treinta días exentos de él, por juegos honorarios. A las tres decurias de jueces añadió la cuarta, formada de personas de censo inferior al de los caballeros, la cual fue llamada la decuria de los ducenarios, teniendo a su cargo el juicio de los negocios de mediana importancia. Eligió jueces desde la edad de veinte años, es decir, cinco antes de lo que se había hecho hasta entonces; y como muchos ciudadanos rehusasen el honor de estas funciones, autorizó, aunque a disgusto, a cada decuria para que disfrutase por turno de vacaciones anuales, y a que, siguiendo la costumbre establecida, se suspendiese el juicio de censuras durante los meses de noviembre y diciembre.

XXXIII. Administró la justicia por si mismo con asiduidad, y algunas veces hasta por la noche. Cuando estaba enfermo juzgaba desde una litera colocada frente al tribunal, o en su casa y en el lecho. No sólo aplicaba gran cuidado al juicio de las causas, sino que, además, desplegaba suma dulzura. Queriendo librar a un acusado convicto de parricidio del honor de ser cosido en un saco de cuero (54), suplicio que sólo se aplicaba a los que se reconocían culpables, propuso, según dicen, la acusación en estos términos: ¿No es verdad que tú no has dado muerte a tu padre? En una acusación de falso testamento, en la que estaban complicados en virtud de la ley Cornelia todos los que lo habían armado, distribuyó a los jueces, además de las dos tablillas ordinarias de condenación y absolución, otra en que se perdonaba a aquellos cuya firma se hubiese obtenido por error o fraude. Todos los años eran entregados por él al prefecto de Roma las apelaciones interpuestas por los litigantes residentes en la ciudad; las de los habitantes de las provincias se entregaban a cada uno de los varones consulares encargados especialmente de los asuntos exteriores.

XXXIV. Revisó todas las leyes y restableció con carácter absoluto algunas de ellas, como la suntuaria y las que existían contra el adulterio, la inmoralidad, la intriga y el celibato. En cuanto a ésta, que hizo más severa aún que las otras, la violencia de las protestas que suscitó le impidió mantenerla, viéndose obligado a suprimir o dulcificar una parte de las penas, a conceder un plazo de tres años y hasta a aumentar las recompensas. Aunque reformada de esta forma la ley, los caballeros pidieron su abolición a gritos en pleno espectáculo; Augusto, entonces, llamando a los hijos de Germánico, que acudieron, los unos a sus brazos Y los otros a los de su padre, y mostrándolos al pueblo, los exhortó con la actitud y la mirada a no temer imitar el ejemplo de aquel joven príncipe. Advirtiendo más adelante que se burlaban las disposiciones de la ley, eligiendo desposadas que no podían casarse en mucho tiempo y cambiando frecuentemente de esposas, restringió la duración de los esponsales y limitó la libertad de los divorcios.

XXXV. El excesivo número de senadores había hecho de este cuerpo una extraña y confusa amalgama, pues había, en efecto, más de mil, de los que algunos eran completamente indignos de este rango, al que se habían visto elevados después de la muerte de César, por favor o por dinero, y a los cuales llamaba el pueblo Orcinos (55). Augusto, a través de dos elecciones, restituyó a este cuerpo sus proporciones y esplendor primitivos. La primera elección fue dejada a la discreción de los mismos senadores, de los que cada uno había de elegir a otro; la segunda la hizo Agripa. Cuando presidió este nuevo Senado, llevaba, según dicen, una coraza debajo de la toga y una espada al cinto: diez senadores robustos, amigos suyos, rodeaban su asiento. Refiere Cordo Cremucio que, en esta época, sólo admitía a su presencia los senadores de uno en uno y después de ser registrados. Augusto obligó a algunos a dimitir, y autorizó las insignias de su dignidad a los que se sometieron a su deseo, como también su puesto en la orquesta y en los solemnes festines ofrecidos a los dioses. En cuanto a los senadores nuevamente elegidos o conservados, dispuso, para que sus deberes les pareciesen a la vez más sagrados y menos penosos, que, antes de acomodarse, hiciese cada uno una libación de vino y de incienso a la divinidad del templo donde se sentara; dispuso también que el Senado no celebraría más que dos reuniones mensuales, en las calendas y en los idus; y que en los meses de septiembre y octubre ninguno estaría obligado a asistir a las sesiones, salvo los designados por la suerte para formar el número legal. Creó por sí mismo un Consejo, que se renovaba semestralmente por sorteo; con él deliberaba acerca de los negocios que debían presentarse al pleno del Senado. En los asuntos importantes no recogía los votos según el orden establecido, sino según su gusto, de suerte que cada senador tenía que estar dispuesto a emitir parecer en vez de limitarse a seguir el de otro.

XXXVI. Se le debieron aún otras muchas innovaciones, entre ellas la de prohibir la publicación de las actas del Senado, y de enviar a provincias magistrados cuyas funciones apenas acababan de terminar. Quiso que a los procónsules se les asignase indemnización fija para transporte y habitación, gastos que antes se adjudicaban en licitación pública. Retiró a los cuestores de la ciudad la custodia del Tesoro, confiándola a los pretores y a los ciudadanos que lo habían sido. Encargó a los decenviros las convocatorias del tribunal de centunviros, funciones hasta entonces encomendadas a los que habían recibido la dignidad do la cuestura.

XXXVII. Con el fin de hacer participar al mayor numero de ciudadanos en la administración de la República, creó nuevos oficios; la vigilancia de obras públicas (56), de caminos, de acueductos, del lecho del Tíber, de la distribución de trigo al pueblo; organizó una prefectura en Roma (57), un triunvirato para la elección de senadores y otro para revistar a los caballeros que desde hacia tiempo se había dejado de elegir, y aumentó el número de pretores. Pidió también que cuando fuese cónsul, se le diesen dos colegas en vez de uno, cosa que no consiguió, observando todos que ya se disminuía demasiado su majestad compartiendo con otro un honor de que podía gozar él solo.

XXXVIII. Recompensó generosamente el mérito militar; hizo conceder los honores del triunfo a más de treinta generales, y las insignias triunfales a un mayor número todavía (58). Para acostumbrar más pronto a los hijos de los senadores en el manejo de los negocios públicos, permitirles tomar la lacticlavia al mismo tiempo que la toga viril, y asistir desde aquel momento al Senado. Tras algún tiempo de servicio militar los nombraba tribunos de legión y hasta comandantes de cuerpos de caballería; para que nadie fuese ajeno a la vida de los campamentos, distribuía frecuentemente entre dos senadores el mando de un ala del ejército. Hizo frecuentes revistas de caballeros, restableciendo el uso, ya desde mucho abolido, de su solemne cabalgata. Prohibió también que ningún acusador obligase a bajar a cualquiera de su caballo, como sucedía antiguamente en medio de esta ceremonia. A los ancianos mutilados autorizó a enviar su caballo en lugar suyo, y a presentarse a contestar a pie por si los citaba; concedió, en fin, a los caballeros mayores de treinta y cinco años el favor de devolver el caballo si no querían conservarlo.

XXXIX. Habiendo pedido al Senado diez colegas, hizo dar a todos los caballeros cuenta rigurosa de su conducta; los que se encontraron en falta, fueron castigados con distintas penas, y algunos con nota de infamia; varios de ellos escaparon con represión más o menos rigurosa, consistiendo la más ligera en entregarles tablillas que debían leer en el acto y en voz baja; a algunos los castigó por haber prestado dinero con usura, después de haberlo conseguido para tal objeto a un interés muy reducido.

XL. Cuando en los comicios para la elección de tribunos no había suficiente número de candidatos senadores, los elegía entre los caballeros romanos, teniendo éstos derecho, al expirar su cargo, a permanecer en el orden que eligiesen. Como muchos caballeros, arruinados por las guerras civiles, no osaban sentarse en los juegos públicos en los bancos reservados para este orden, por temor de incurrir en las penas teatrales, declaró que bastaba para librarse de éstas haber figurado personalmente en el orden ecuestre, o tener parientes que figurasen en él. Estableció el censo del pueblo por barrios, y para que los repartos de trigo no apartasen con demasiada frecuencia a los plebeyos de sus ocupaciones, hizo entregar tres veces al año bonos por cuatro meses; viendo, sin embargo, que se echaba de menos el antiguo uso de las distribuciones mensuales, lo restableció. También restableció los antiguos reglamentos relativos a los comicios, e impuso penas multiplicadas a la coacción. El día de las elecciones, a las tribus Fabia y Scaptia, de las que era miembro, hacíales distribuir mil sestercios por cabeza, para que no tuviesen nada que solicitar a ningún candidato. Concediendo grandísima importancia a conservar al pueblo romano puro de toda mezcla de sangre extranjera o servil, concedió sólo el derecho de ciudadanía con extraordinaria reserva, y restringió la facultad de las manumisiones. A Tiberio, que pedía este derecho para un griego cliente suyo, escribió que no se lo concedería si él mismo no venía a probar la justicia de su petición. Livia, que solicitaba lo mismo para un galo tributario, se lo negó, ofreciendo libertar a su protegido del tributo, prefiriendo —como decía— quitar algo al fisco, a prostituir la dignidad del ciudadano romano. No se contentó con haber levantado multitud de obstáculos entre la esclavitud y la simple libertad, con haber opuesto más todavía a las manumisiones legítimas, cuyo número, condiciones y diferencias cuidó de arreglar, sino que prohibió también que el esclavo que hubiese llevado cadenas o sufrido el tormento pudiese jamás, y de cualquier manera que fuere, obtener los derechos de ciudadano (59). Tuvo también la intención de restablecer el antiguo traje propio de los romanos; viendo un día en una asamblea del pueblo gran número de mantos obscuros, exclamó indignado: He ahí, romanos, esos conquistadores del mundo y esos vencedores con toga, y encargó a los ediles que velasen para que nadie, en lo sucesivo, se presentase en el Foro ni en el circo con manto y sin la toga romana.

XLI. En cuantas ocasiones se presentaron dio testimonio a todos los órdenes de su liberalidad. Conducido a Roma por orden suyo el Tesoro real de Alejandría, derramó tal abundancia de numerario, que al punto bajó el interés del dinero y subió el precio de las tierras; más adelante, cuando el Tesoro público se vio aumentado con la confiscación de los bienes de los condenados, prestó gratuitamente, y por tiempo determinado, a los que podían responder por doble cantidad. Elevó el censo exigido para los senadores de ochocientos mil sestercios a un millón doscientos mil, completándolo; sin embargo, a aquellos que no lo poseían. Dio al pueblo frecuentes congiarios (60), pero sin que fuese siempre igual la cantidad; unas veces eran cuatrocientos sestercios por persona; otras, trescientos, y algunas doscientos o solamente cincuenta. De estas liberalidades no excluía ni a los niños de corta edad, aunque se acostumbraba no incluirlos en ellas hasta la edad de once años. En épocas de escasez se le vio también distribuir raciones de trigo, frecuentemente a precio muy bajo, y duplicar al mismo tiempo la distribución de dinero.

XLII. Lo que demuestra, sin embargo, que buscaba exclusivamente por este medio el bienestar del pueblo y no su favor, es que habiéndose suscitado quejas cierto día acerca del alto precio del vino, reprimió los gritos y dijo indignado: que al establecer su yerno Agripa muchos acueductos, había atendido suficientemente a que nadie tuviese sed. Otro día, habiendo recordado el pueblo la promesa que había hecho de un congiario, contestó que debían confiar en su palabra; pero como reclamase en otra ocasión la multitud algo que él no había prometido, censure en un edicto su bajeza y desvergüenza y declaró que no daría nada, aunque hubiese tenido antes intención de hacerlo. No mostró menor firmeza cuando, observando después del anuncio de un congiario que un gran número de libertos se habían hecho inscribir entre los ciudadanos, se negó a aceptarlos en una distribución que no se les había prometido, dando a los demás menos de lo que había prometido, para que pudiese bastar la cantidad destinada a este uso. una extraordinaria escasez obligóle, en cierta época, a echar de Roma a todos los esclavos en venta, a todos los gladiadores, a todos los extranjeros, exceptuando los médicos y los profesores, y hasta una parte de los esclavos en servicio. Cuando al fin tornó la abundancia, concibió, según él mismo confiesa, el osado proyecto de abolir para siempre las distribuciones de trigo, porque la esperanza de tales distribuciones hacía descuidar el cultivo de las tierras. Renunció a su idea, convencido de que no dejarían sus sucesores de restablecer este uso con miras, ambiciosas; pero desde entonces moderó el exceso, aunque conciliando el interés del pueblo con el de los cultivadores y negociantes.

XLIII. Sobrepujó a todos los que le habían precedido en él número, variedad y magnificencia de los espectáculos. Según su propio testimonio, dio cuatro veces juegos en su nombre, y veinte por magistrados ausentes o que no estaban en condiciones de sufragar el gasto. No era raro que diese espectáculos en diferentes barrios a la vez, en varios teatros, y que hiciese representar a actores de todos los países. Sus juegos se celebraban no sólo en el Foro y en el Anfiteatro, sino también en el Circo y en los Septos, limitándose algunas veces a combates de fieras. También combatieron atletas en el campo de Marte, que hacían circundar de gradas para este espectáculo; dio un combate naval cerca del Tíber, en paraje preparado al efecto, y donde hoy se levantan los bosques sagrados de los césares. En estos días cuidaba de establecer guardias en la ciudad, que quedaba despoblada, exponiéndola la soledad a las tentativas de los forajidos. También hizo actuar en el Circo a aurigas, corredores, cazadores que no tenían que hacer más que rematar las piezas, y algunas veces para representar estos papeles elegía jóvenes de las principales familias. Gustaba, sobre todo, de ver celebrar los Juegos troyanos a la juventud más distinguida de Roma, juzgando que era bello y digno de los tiempos antiguos ayudarla a mostrar desde muy temprano su esclarecida estirpe. A C. Nonio Asprenas, herido al caer en una de estas luchas, le regaló un collar de oro y autorizóle, así como a sus descendientes, a llevar el nombre de Torcuato (61). A consecuencia de las amargas e insidiosas quejas que dio en el Senado el senador Asinio Polión, cuyo sobrino Esernio se había roto una pierna, concluyó, sin embargo, por suprimir tales juegos. En algunas ocasiones hacía salir también a caballeros romanos en los juegos escénicos y en los combates de gladiadores, pero esto fue antes de la prohibición que se impuso por un senado-consulto. A partir de entonces no obligó ya a presentarse a nadie que ostentase distinguido nacimiento, exceptuando al joven Lucio, a quien lo hizo únicamente por exhibirlo, pues no llegaba a tener dos pies de estatura, no alcanzaba a pesar diecisiete libras y tenía fortísima voz. Deseando en un día de espectáculo mostrar al pueblo los rehenes de los primeros partos que había enviado a Roma, les hizo atravesar la arena y los colocó debajo de él en el segundo banco. Aunque no fuese día de representación, si habían traído a Roma algo que no se hubiese visto aún y que fuese digno de verse, lo mostraba en seguida al pueblo en todos los puntos de la ciudad; de esta manera exhibió un rinoceronte en el campo de Marte, un tigre en el teatro, y una serpiente de cincuenta codos en el Comicio. Habiéndose sentido enfermo un día que se celebraban juegos votivos en el Circo, siguió acostado en su litera, junto a los carros que conducían a los dioses. Otro día, durante los juegos con que acompaño la dedicación del teatro de Marcelo, cayó de espaldas, por haberse roto la suspensión de su silla curul, y durante una representación que daban sus nietos, no pudiendo por ningún medio contener ni calmar al pueblo, que temía se derrumbase el Anfiteatro, dejó su puesto y marchó a sentarse en el sitio que se creía más amenazado.

XLIV. Reinaba inmensa confusión entre los espectadores, que indistintamente se sentaban por todas partes; mas corrigió este abuso, movido por la injuria que recibió en Puzzula en unos juegos muy concurridos, un senador a quien nadie quiso dejar asiento encontrándose lleno el teatro; mandase, entonces, por decreto del Senado, que siempre que se diesen espectáculos públicos, la primera fila de asientos quedase reservada para los senadores. Prohibió que en Roma los embajadores de naciones libres o aliadas se sentasen en la orquesta, porque advirtió que muchos de ellos eran de raza de libertos. Separó al pueblo del soldado, y señaló asientos especiales para los plebeyos casados; a los que aún vestían la pretexta, señaló ciertas gradas, en las que tenían junto a sí a sus maestros, y prohibió la entrada a los que iban mal vestidos. Por lo que toca a las mujeres, que antes estaban confundidas con los espectadores, dispuso que tuviesen asientos separados, y que sólo asistiesen a los combates de gladiadores sentadas en las gradas más altas. Señaló a las vestales sitio especial en el teatro, junto a la tribuna del pretor. Prohibió, en fin, a todas las mujeres los espectáculos de atletas; así, durante los juegos que dio como pontífice máximo, habiéndole pedido el pueblo un pugilato, lo aplazó para la mañana siguiente, muy temprano, y declaró, en virtud de su autoridad, que no quería que las mujeres fuesen al teatro antes de la hora quinta.

XLV. En cuanto a él, presenciaba los juegos del Circo desde la casa de algún amigo o liberto suyo, y algunas veces desde un lecho, semejante al de los dioses, en el que se sentaba acompañado de su esposa y sus hijos. No era raro que se ausentara del espectáculo durante muchas horas y hasta días enteros, en cuyo caso pedía permiso, designando a alguno para que presidiese en su lugar. Pero cuando asistía se mostraba muy atento. Ya sea para evitar los murmullos con que recordaba había advertido frecuentemente el pueblo a César su padre, que se ocupaba en medio del espectáculo en leer cartas o memoriales y en contestarlos; ya sea porque, en efecto, le agradasen en sumo grado tales representaciones, como más de una vez confesó francamente. Así se le vio con frecuencia dar de su dinero corona y recompensas cuantiosas hasta en juegos y fiestas no ofrecidas por él; y no asistió nunca a las luchas griegas sin premiar a cada concurrente con galardón proporcionado a su mérito. Experimentaba cierta pasión por los pugilatos, especialmente entre latinos; entre éstos no gustaba de ver solamente a los atletas de profesión, ejercitados en batirse con los griegos, sino también a los que sin reglas y sin arte luchaban en el estrecho espacio de los callejones. Sin excepción, todos aquellos que dedicaban su industria a los espectáculos públicos, le parecían dignos de su cuidado. Mantuvo los privilegios de los atletas y concluyó por aumentarlos, prohibió que se hiciese combatir a los gladiadores hasta la muerte; limitó al recinto de los juegos y del teatro la autoridad coercitiva que una ley antigua daba a los magistrados sobre los cómicos, en todo tiempo y lugar, lo cual no le impidió someter a muy severas reglas las luchas de los atletas y los combates de los gladiadores. Reprimió la licencia de los histriones, hasta hacer azotar en tres teatros y desterrar en seguida al actor Estefanión por haberse hecho servir por una mujer de condición libre llevando los cabellos cortados como las esclavas; al bufón Hilas, por quejas del pretor, le mandó azotar en el vestíbulo de su palacio, donde todos pudieron verlo, y echo de Roma e Italia al cómico Pilades, por haber señalado con el dedo, mostrándolo al público, a un espectador que le silbaba.

XLVI. Después de arreglar en Roma las cosas de este modo pobló a Italia con veintiocho colonias nuevas y contribuyó de muchas maneras a su esplendor por medio de trabajos y rentas públicas; la hizo igual en cierta manera a Roma en derechos y dignidad, pues estableció en ella un género de sufragio que los decuriones de las colonias se encargaban de recoger en cada una de ellas para la elección de los magistrados de la capital, y que enviaban cerrados para los días de los comicios. Con el fin de alentar por todas partes en las familias el honor y la propagación, admitía en el orden de caballeros a aquellos cuya petición venía recomendada por su ciudad, y cuando revistaba las secciones premiaba a aquellos plebeyos que habían tenido hijos de uno y otro sexo, con mil sestercios a cada uno.

XLVII. Se encargó personalmente de la administración de las provincias más importantes, por no parecerle fácil ni seguro entregarlo a la autoridad de magistrados anuales; dejó que los procónsules se repartiesen las demás por sorteo; algunas veces, sin embargo, introdujo cambios y visitó frecuentemente la mayor parte de estas provincias, perteneciesen o no a su departamento. Privó de su libertad a algunas ciudades aliadas, a las que la licencia amenazaba arruinar; alivió a las que se hallaban abrumadas; volvió a construir las destruidas por terremotos, y concedió los privilegios del Lacio o los derechos de la ciudad, a algunas por el mérito que con sus servicios habían contraído ante el pueblo romano. Exceptuando el Africa y la Cerdeña, no hubo, a mi parecer, parte del Imperio que no visitase; se preparaba a hacerlo a estas provincias tras su victoria sobre Sexto Pompeyo en Sicilia, pero se vio impedido de hacerlo por violentas y continuas tempestades, no teniendo luego ocasión ni motivo para visitarlas.

XLVIII. En cuanto a los reinos que por derecho de guerra pasaron a su poder, los restituyó casi todos a los mismos a quienes se los había arrebatado, o hizo presente de ellos a extranjeros. Unió entre ellos, por lazos de sangre, a los reyes aliados de Roma, mostrándose infatigable negociador y protector asiduo de todas las uniones de familia o de amistad entre estos reyes, a los cuales consideraba y trataba como miembros y partes integrantes del Imperio; de tal modo, que él mismo dio tutores a los hijos menores o dementes de ellos, hasta la mayoría de edad o hasta su curación, e hizo educar también e instruir con sus propios hijos a muchos de los de estos reyes.

XLIX. Por lo que toca al ejército, distribuyó las legiones romanas y las tropas auxiliares por provincias; organizó una flota en Misena y otra en Ravena con la misión de vigilar los dos mares. Mantuvo en Roma cierto número de tropas escogidas para la seguridad de la ciudad y para la suya, porque había licenciado el cuerpo de los calagurritanos, con quienes había formado su guardia hasta su victoria sobre Antonio, y el de los germanos, que le sirvió después hasta la derrota de Varo. Sin embargo, no consintió que hubiese jamás en Roma más de tres cohortes, y éstas sin acampar; las demás las dejaba en cuarteles de invierno en las inmediaciones de las ciudades vecinas. Estableció una regla invariable para la paga y recompensas para los soldados, dondequiera que estuviesen, y determinó para cada grado el tiempo de servicio y los premios unidos a la licencia definitiva, Por temor de que la necesidad los convirtiese, después de prematuro retiro, en instrumentos de sedición. Con el fin de proveer sin dificultad a los gastos continuos de este mantenimiento y de estas pensiones, estableció un fondo militar con los productos de nuevos impuestos. Dispuso también en todos los caminos militares, y a cortas distancias, jóvenes correos, y carros después, para que se le informase con rapidez de lo que aconteciese en provincias; además de la ventaja que proporcionó esta medida, hoy se tiene la de poder, cuando lo exigen las circunstancias, recibir prontas nuevas por los que llevan las cartas de una parte a otra del Imperio.

L. El sello que imprimía en las actas públicas, instrucciones y cartas fue primeramente una esfinge, después la cabeza de Alejandro Magno, y últimamente su propia efigie, grabada por Dioscórides, sirviéndose de este sello los príncipes sus sucesores. En sus cartas indicaba siempre la hora en que las escribía, fuese de día o de noche.

LI. Dio brillantes y numerosas pruebas de su clemencia y afabilidad. No nombraré a todos sus adversarios a quienes concedió gracia de la vida y hasta dejó llegar a las primeras dignidades del Estado; citaré sólo a los dos plebeyos Junio Novato y Casio de Padua, a quienes castigó al uno con simple multa y al otro con breve destierro, a pesar de que el primero había escrito contra él y publicado bajo el nombre del joven Agripa una carta violentísima, y el segundo hubiese exclamado en pleno banquete que para matarle no carecía ni de deseo ni de valor. Un tal Emilio Eliano, de Córdoba, comparecía ante el tribunal, y acusándole entre otros delitos de hablar mal del emperador, Augusto se volvió hacia el acusador y le dijo con emoción: Quisiera que pudieses probarme lo que dices del acusado, porque entonces demostraría a Eliano que yo también tengo lengua, y diría más de él que ha dicho él de mi. Y ni entonces ni después volvió a ocuparse en el asunto. Habiéndosele quejado de esta moderación, Tiberio, en una carta, con suma amargura, él le contestó: No te dejes llevar, mi querido Tiberio, de la viveza de tu edad, y no te indignes demasiado si hablan mal de mi. Mucho es va que no puedan hacernos nada.

LII. Sabía que, de ordinario, se dedicaban templos hasta a los procónsules, pero no los aceptó en ninguna provincia, a menos que no fuese a nombre de Roma y al suyo. Desestimó siempre el honor de tenerlos en esta ciudad y hasta ordenó fundir todas las estatuas de plata que le habían erigido en otro tiempo; con el dinero que obtuvo dedicó trípodes de oro a Apolo Palatino. Ofrecióle el pueblo la dictadura con grandes instancias, pero la rechazó poniendo una rodilla en tierra, bajándose la toga y mostrando el pecho desnudo.

LIII. Tuvo siempre horror al título de señor, como si comportase oprobio o injuria. Estaba un día en el teatro, y habiendo dicho un actor: ¡Oh, señor bondadoso y justiciero!, todos los espectadores, aplicándole estas palabras, aplaudieron con entusiasmo; contuvo en seguida con la mano y la mirada estas bajas adulaciones, y a la mañana siguiente publicó un severo edicto censurándolas. No permitió tampoco que sus hijos y nietos le diesen jamás este nombre, ni seriamente ni en broma, prohibiéndoles además entre ellos este género de lisonja. Procuraba no entrar en Roma o en cualquier otra ciudad, ni salir de ellas, sino por la tarde o por la noche, para no molestar a nadie con vanas ceremonias. Siendo cónsul iba ordinariamente a pie; cuando no lo era se hacía llevar en litera descubierta. Los días de recepción admitía hasta a las gentes del pueblo, y recibía con la mayor afabilidad las solicitudes que se le dirigían; cierto día reconvino jovialmente a uno que temblaba al darle un memorial, diciéndole que empleaba tanta precaución como para presentar una moneda a un elefante. Los días de sesión en el Senado no saludaba a los senadores sino en su sala y hasta sentados, nombrando a cada uno y sin que nadie ayudase su memoria, y al marcharse se despedía de ellos de la misma manera. Mantenía con muchos ciudadanos asiduo comercio de favores, y no dejó de asistir a sus fiestas de familia hasta la vejez, después de haberle molestado mucho un día la multitud en una fiesta de esponsales. El senador Galo Tirrino, con quien no le unía ninguna amistad íntima, habiendo quedado ciego de repente, quería dejarse morir de hambres fue él a verle, le consoló y le reconcilió con la vida.

LIV. Cierto día, mientras hablaba en el Senado, le interrumpieron, uno diciéndole: No he comprendido; y otro: Te refutaría si tuviese libertad. Ocurrirle salir de la sala bruscamente, irritado por los violentos e interminables incidentes que se promovían. y entonces le dijeron algunos: Los senadores tienen derecho a hablar de los asuntos públicos. Usando Antiscio Labón del derecho de elegir un senador en el tiempo en que se reformó el Senado, eligió al triunviro Lépido, enemigo de Augusto en otro tiempo y desterrado a la sazón; preguntando por el si no conocía a otros más dignos, me contestó que cada cual tenía su opinión. No obstante este atrevimiento, no perjudico a ninguno de los dos.

LV. Los injuriosos libelos que se repartieron contra el en el Senado no despertaron en él cuidado alguno ni deseo de refutarlos; ni siquiera buscó a los autores, contentándose con disponer para lo sucesivo que se persiguiera a los que publicasen bajo nombre prestado libelos o versos difamatorios contra cualquiera. Viéndose objeto de muchas burlas amargas e insolentes, contestó a ellas por medio de un edicto, oponiéndose siempre a que se tomase medida alguna para reprimir la licencia de lenguaje en los testamentos.

LVI. Siempre que asistía a los comicios para la elección de magistrados, recorría las tribus con sus candidatos, pidiendo para ellos los sufragios en la forma habitual, y él mismo votaba después en su puesto como un simple ciudadano. Siendo testigo en justicia, se dejaba interrogar y contradecir con suma paciencia. Construyó un Foro mucho más reducido de lo que deseaba, para no obligar a los dueños de las casas inmediatas y derruirlas. Nunca recomendó a sus hijos al pueblo sin añadir: si lo merecen. Un día se mostró profundamente apenado porque al entrar en el teatro todos los espectadores se levantaron y los aplaudieron, aunque llevaban todavía la pretexta. Quiso que sus amigos gozaran de poder en el Estado, pero que viviesen sometidos a las mismas leyes que los demás y justiciables por los mismos tribunales. Habiendo sido acusado de envenenamiento Asprenas Nonio, intimo amigo suyo, por Casio Severo, Augusto consultó al Senado sobre lo que debía hacer en aquella ocasión, temiendo —dijo— que al acompañarle al tribunal se interpretara como un deseo suyo de arrancar al culpable a la vindicta de leyes, o que el no hacerlo significara abandonar al amigo y condenarle ante los jueces. Por parecer unánime del Senado fue a sentarse durante algunas horas en el banco de los defensores; pero guardó silencio y hasta se abstuvo de los elogios llamados judiciales. Asistió siempre a sus clientes, por ejemplo, a un tal Sentario, antiguo soldado suyo, perseguido por injurias. El único acusado que arrebató al imperio de la ley fue Castricio, por quien tuvo conocimiento de la conjuración de Nurena, y aun esto lo hizo suplicando al acusador delante de los jueces un desistimiento que se le concedió.

LVII. Es fácil comprender cuánto se haría querer con semejante conducta. No hablaré de los senado-consultos dados en favor suyo, y que podrían atribuirse a temor o adulación. Mas, por voluntad propia, todos los caballeros romanos celebraron cada año, durante dos días, el aniversario de su nacimiento. Todos los órdenes del Estado, en cumplimiento de voto solemne, arrojaban anualmente en el lago de Curcio monedas de plata por su salud; cuando estaba ausente, le dedicaban, en las calendas de enero, regalos en el Capitolio, con cuyo importe compraba preciosas estatuas de dioses que hacía colocar en los diferentes barrios de la ciudad, como el Apolo Sandalitario, el Júpiter Tragediano y otras. Cuando un incendio destruyo su casa del monte Palatino, los veteranos, las decurias, las tribus y multitud de particulares contribuyeron voluntariamente, y cada uno según sus posibilidades, para reconstruirla; pero apenas se atrevió a tocar a aquellos montones de riqueza, y de nadie aceptó más de un dinero. Cuando regresaba de alguna provincia, se salía a su encuentro haciendo votos por su felicidad y entonando versos en alabanza suya. Se procuraba que sus entradas en Roma no coincidieran con ninguna ejecución.

LVIII. El título de Padre de la Patria se le confirió por unánime e inesperado consentimiento: en primer lugar por el pueblo, a cuyo efecto le mandó una diputación a Antium; a pesar de su negativa, se le dio por segunda vez en Roma, saliendo a su encuentro, con ramos de laurel en la mano, un día que iba al teatro; después en el Senado, no por decreto o aclamación, sino por voz de Valerio Massala, quien le dijo, en nombre de todos sus colegas: Te deseamos, César Augusto, lo que puede contribuir a tu felicidad y la de tu familia, que es como desear la eterna felicidad de la República y la prosperidad del Senado, que, de acuerdo con el pueblo romano, te saluda, Padre de la Patria. Augusto, con lágrimas en los ojos, contestó en estos términos, que refiero textualmente como los de Massala: Llegado al colmo de mis deseos, padres conscriptos, ¿qué podéis pedir ya a los dioses inmortales, sino que prolonguen hasta el fin de mi vida este acuerdo de vuestros sentimientos hacia mí?.

LIX. Por subscripciones fue elevada una estatua, próxima a la de Esculapio, a su médico Antonio Musa, que le había curado de una peligrosa dolencia. Muchos padres de familia impusieron a sus herederos en el testamento que ofreciesen en el Capitolio un solemne sacrificio, el motivo del cual, anunciado públicamente. sería dar gracias al cielo, en su nombre, por haber conservado la salud de Augusto. Algunas ciudades de Italia comenzaron a contar el año por el día en que los había visitado por primera vez. La mayoría de las provincias, además de templos y altares, fundaron en honor suyo juegos quinquenales en casi todas las ciudades.

LX. Los reyes amigos y aliados de Roma fundaron, cada cual en su reino, ciudades llamadas Cesáreas, y decidieron unidos hacer terminar a expensas comunes el templo de Júpiter Olímpico, comenzado desde muy antiguo en Atenas, para dedicarlo al genio de Augusto. A menudo dejaron sus Estados para ir a verle, no sólo en Roma, sino también en las provincias que visitaba; entonces se los veía saludarle diariamente, despojados de sus insignias reales y vistiendo la toga romana, como simples clientes.

LXI. Ahora que le he mostrado así como era en el mando y las magistraturas, al frente de los ejércitos, en el gobierno de la República y del mundo, en la guerra y en la paz, me referiré a su vida íntima y privada; diré cuáles fueron, desde su juventud hasta sus últimos días, sus costumbres, su tacto con los suyos, su suerte en su familia. Perdió a su madre durante su primer consulado y a su hermana Octavia cuando tenía cincuenta y cuatro años; en vida tuvo para ellos todas las atenciones y tributóles grandes honores después de su muerte.

LXII. Siendo adolescente, estuvo desposado con la hija de P. Servilio Isáurico, pero tras su primera reconciliación con Antonio, pidiendo los soldados de ambos partidos una alianza de familia entre sus jefes, se unió con la cuñada de Antonio, Claudia, a la que Fulvia había tenido de P. Clodio y que apenas era núbil. Disgustado en seguida con su suegra Fulvia, repudió a Claudia, a la que dejó virgen. Casó poco después con Scribonia, viuda de dos varones consulares y que tenía hijos del segundo, pero separase también de ella, indignado por sus costumbres perversas. Contrajo en seguida matrimonio con Livia Drusila, la que había arrebatado a su marido Tiberio Nerón, de quien estaba encinta; a ésta la amó exclusivamente y la estimó con arraigada perseverancia.

LXIII. De Scribonia tuvo una hija llamada Julia. Livia no le dio hijos, a pesar del vivo deseo de el; estuvo encinta una sola vez, y dio a luz antes de tiempo. Augusto casó primeramente a Julia con Marcelo, hijo de su hermana Octavia y que apenas había salido de la infancia; muerto Marcelo, la dio en matrimonio a M. Agripa, habiendo obtenido de su hermana que le cediese este yerno, porque Agripa estaba casada entonces con una de las hijas de Marcelo y tenía hijos. Muerto también Agripa, después de buscar Augusto por mucho tiempo esposo para su hija, hasta en el orden de los caballeros, eligió por fin a su yerno Tiberio, obligándole antes a repudiar a su esposa, encinta entonces, y a la que había ya devuelto a su padre. M. Antonio ha escrito que Augusto tenía destinada a Julia para su hijo Antonio; después para Cotisón, rey de los getas, en un tiempo en que él mismo pedía para esposa la hija de este rey.

LXIV. De Agripa y Julia tuvo tres nietos, Cayo, Lucio y Agripa, y dos nietas, Julia y Agripina. Casó a Julia con L. Paulo hijo del censor, y a Agripina con Germánico, nieto de su hermana. Adoptó a Cayo y Lucio, comparándolos a su padre Agripa en su propia casa por medio del as y la balanza; acostumbrólos desde muy jóvenes a la práctica de los negocios públicos, y los destinó cónsules designados a las provincias y a los ejércitos. Educó a su hija y a sus nietas con gran sencillez, haciéndolas aprender, incluso a trabajar la lana; prohibióles decir o hacer nada sino delante de otras persona y que pudiese constar en los anales diarios de su casa. Retúvolos en absoluto de toda relación con extraños, hasta el punto de escribir a L. Vinicio, joven muy digno y distinguido, que no se había mostrado muy prudente yendo a Baias a saludar a su hija. Él mismo enseñó a sus nietos a leer, escribir y contar, y puso un cuidado especial en que imitasen su letra. Sentábanse en un mismo lecho para comer, y en viaje iban delante de su carruaje o cabalgaban en torno a él.

LXV. La desgracia destruyó, sin embargo, la confianza y alegría que le inspiraban una familia numerosa y educada con tanto esmero. Se vio obligado a desterrar a las dos Julias, su hija y su nieta, manchadas con toda clase de infamias; perdió a Cayo y Lucio en el espacio de dieciocho meses; el primero en Livia, y el segundo en Marsala. Entonces adoptó en el Foro en virtud de la ley Curiata, a su tercer nieto Agripa y a su yerno Tiberio; poco tiempo después tuvo que echar a Agripa de su familia a causa de la bajeza y ferocidad de su carácter, desterrándole a Sorrento. Era más sensible al oprobio de los suyos que a la muerte. Las de Cayo y Lucio no le abatieron; pero cuando desterró a su hija, dio a conocer los motivos al Senado en un escrito que el cuestor quedó encargado de leer en su ausencia; y tanto le avergonzaron sus desórdenes, que estuvo mucho tiempo separado del trato de los hombres y hasta deliberó si se daría la muerte. De un liberto llamado Febo, cómplice de su hija en sus desórdenes, que se ahorcó en esta ocasión, dijo que preferiría ser su padre a serlo de Julia. Prohibió a ésta en su destierro el uso del vino y todas las comodidades de la vida, y mandó que ningún hombre, libre o esclavo, se acercase a ella sin autorización suya, y sin que conociese su edad, estatura, color y hasta las señales y cicatrices que tuviese en el cuerpo. Pasados cinto años, le permitió al fin volver de la isla donde estaba al continente, y le impuso condiciones menos rigurosas. Pero nunca consintió en que viviese a su lado; como el pueblo romano pidiese frecuentemente y con insistencia su regreso, le deseó, en plena asamblea, hijas y esposas parecidas a ella. En cuanto a la otra Julia, su nieta, le prohibió reconocer y criar al niño que dio a luz poco tiempo después de su destierro. Trasladó a una isla a Agripa, que lejos de mejorar, de día en día se hacia más intratable, y le hizo custodiar por soldados, consiguiendo un senadoconsulto que lo confinaba a perpetuidad en aquella isla. Cuando hablaban en su presencia de Agripa o de algunas de las Julias, exclamaba siempre suspirando: Dichoso el que vive y muere sin esposa v sin hijos (62); y llamaba siempre a los suyos sus tres tumores o sus tres cánceres.

LXVI. No hacia amistades con facilidad, pero una vez otorgada la suya, lo era para siempre. Sabia apreciar en cada amigo el mérito y la virtud, y sabía también soportar los pequeños defectos y las faltas ligeras. Solo pueden citarse dos hombres que incurrieron en su odio, después de otorgarle él su amistad. Salvidieno Rufo y Cornelio Galo, a quienes elevo desde la condición mas humilde, al uno hasta el consulado, al otro hasta la prefectura de Egipto. Al primero, en castigo de su ingratitud y maldad, le prohibió la entrada en su casa y en las provincias que mandaba; en cuanto al segundo, que intentaba promover disturbios, lo entregó a la justicia del Senado; y cuando los cargos de sus acusadores y los decretos de sus jueces le determinaron a darse la muerte, Augusto alabó el celo que habían desplegado en vengarle, pero derramó lágrimas, y, quejándose de su grandeza, que era el único al que no estaba permitido dominar su cólera contra sus amigos. Ricos y poderosos, los demás amigos de Augusto fueron hasta el fin de su vida los primeros de su orden, a pesar de algunos disgustos que mediaron entre ellos. Así, por no citar muchos ejemplos, M. Agripa perdió una vez la paciencia, y Mecenas la discreción: el primero, por leve sospecha de frialdad y bajo el pretexto de que le prefería a Marcelo, lo abandonó todo y se retiró a Mitilena; el otro reveló a su esposa Terencia un secreto de Estado: el descubrimiento que acababa de hacerse de la conjuración de Murena. En cambio de su amistad exigía Augusto una adhesión que ni siquiera terminase en la tumba. En efecto, aunque fuese muy poco ávido de herencias y que nunca las aceptase de quien no era íntimo suyo, consideraba con gran cuidado las últimas disposiciones de sus amigos, y no disimulaba su disgusto cuando le trataban con poco honor y liberalidad, ni su contento cuando respondían a su esperanza los testimonios de gratitud y afecto. Por lo que toca a los legados y partes de herencia que le dejaban los padres de familia, acostumbraba a renunciarlos en seguida a favor de los hijos, y si eran menores reintegrárselos, añadiendo un regalo el día en que vestían la toga viril o se casaban.

LXVII. Como señor y como jefe supo combinar adecuadamente la severidad con la dulzura y la clemencia, y honró con su confianza a muchos libertos suyos, como Licinio Encelado y otros. Limitase a poner cadenas a Cosmos, esclavo suyo, que había murmurado contra él. Paseaba un día con su intendente Diomedes, y éste, con un impulso de terror, le empujó delante de un jabalí que se precipitaba sobre ellos; Augusto prefirió tacharle de cobarde a considerarle malvado, y como no había traición, fue el primero en burlarse del peligro cierto que había corrido. Este mismo príncipe hizo matar a Próculo, liberto suyo, a quien amaba profundamente, cuando estuvo convencido de sus adulterios con matronas; mandó quebrar las piernas a Talo, su secretario, que había percibido quinientos dineros por comunicar una carta, e hizo arrojar a un río con una piedra al cuello al preceptor y a los esclavos de su hijo Cayo, que, aprovechando su enfermedad y muerte, cometieron en su gobierno actos de avaricia y tiranía.

LXVIII. Varios oprobios mancharon desde joven su reputación. Sex. Pompeyo le trató de afeminado. M. Antonio le censuraba haber comprado a precio de su deshonra la adopción de su tío; Lucio, el hermano de Marco Antonio, pretendía que después de haber entregado a César la flor de su juventud, la vendió otra vez en España a A.Hircio por trescientos mil sestercios, añadiendo que acostumbraba a quemarse el vello de las piernas con cáscara de nuez ardiendo, con objeto de tenerlas más suaves. El pueblo, un día en el teatro, le aplicó con transportes de maligno regocijo, este verso que designaba a un sacerdote de Cibeles tocando el tamboril:

Miden, ut cinoedus orbem digito temperat? (62bis).

LXIX. Nadie, ni sus propios amigos, niega que cometiere muchos adulterios, y únicamente procuran excusarle, diciendo que no era tanto por pasión como por política y con objeto de enterarse, por medio de las mujeres, de los secretos de sus adversarios. M. Antonio, no contento con reprocharle la precipitación de sus bodas con Livia, le acusa aun de que en un festín hizo pasar de la mesa del banquete a una habitación inmediata a la esposa de un consular, estando presente el marido, y cuando la trajo de nuevo, tenia ella las orejas encarnadas y el cabello en desorden. Añade que reprendió a Scribonia por no poder ella soportar las altiveces de una concubina; que sus amigos le buscaban mujeres casadas y doncellas núbiles que debían poseer ciertas condiciones, y él las examinaba como esclavas en venta en el mercado Toranio. En una época en que no era aún su enemigo declarado, Antonio le escribía familiarmente:

¿Qué te ha cambiado? ¿Que sea mi amante una reina? Es mi esposa, y no de ayer, sino ya desde hace nueve años. ¿Tienes tú sólo a Livia? Estoy seguro que en el momento en que leas mi carta habrás gozado ya de Tertula, o de Terentila, o de Rufila, o de Salvia Titiscuria, o tal vez de todas ellas. ¿Qué importa el lugar o la mujer a quién deseas?

LXX. Se habló mucho también de las casas secretas, llamadas vulgarmente “El banquete de las doce divinidades”; en ellas los comensales vestían de dioses y diosas, y Augusto representaba a Apolo. Antonio en sus cartas nombró y criticó acerbamente a todos los que figuraban en tales festines, acerca de los cuales hizo un autor anónimo estos conocidos versos:

Quum, primum istorum conduxit mensa choragum,

Sexque deos vidit Mallia, sexque deas;

Impia dum phoebi Caesar mendacia ludit,

Dum nova divorum coenat adulteria:

Omnia se a terris tunc numina declinarunt,

Fugit et auratos Juppiter ipse thronos (623).

La escasez que reinaba entonces en Roma hizo más escandalosa una de estas orgías, diciéndose en público a la mañana siguiente que los dioses se habían comido todo el trigo y que César era verdaderamente Apolo, pero Apolo atormentador, con cuyo nombre se veneraba a este dios en un barrio de la ciudad. Censurase también el afán de Augusto por los muebles antiguos y por los vasos de Corinto, y su pasión por el juego. Por este motivo, en el tiempo de sus proscripciones, escribieron al pie de su estatua:

Pater argentarios, ego Corinthiarius (624);

porque se le acusaba de haber proscrito a muchos ciudadanos para apoderarse de sus vasos de Corinto; durante la guerra de Sicilia se hizo correr este epigrama:

Postquam bis classe rictus naves perdidit,

Aliquando ut vineat, ludit asidue aleam (625).

LXXI. De todas estas acusaciones o calumnias, la de haberse prostituido fue la que refutó con más facilidad, por la pureza de su vida en aquella época y en lo sucesivo. Parece que también fue menos apasionado por el lujo de lo que se decía, puesto que después de la toma de Alejandría, de todas las riquezas de los reyes reservase sólo un vaso de arcilla, fundiendo todos los de oro de uso diario. Pero, no obstante, fue siempre muy inclinado a las mujeres, y dicen que con la edad deseó especialmente vírgenes; así es que las buscaban por todas partes, y hasta su propia esposa se las buscó. En cuanto a su fama de jugador, no le preocupó en lo más mínimo, y jugó siempre sin recato, considerándolo un solaz, sobre todo en la vejez; jugaba, por esto, tanto en diciembre como en cualquier otro mes, fuese o no día festivo. De esto no puede caber duda, pues aunque se conserva de él una carta que reza así: He cenado, mi querido Tiberio, con los que sabes. Vinicio y Lilio, el padre, han venido a aumentar el número de convidados. Los viejos hemos jugado a los dados, durante la cena, ayer y hoy. As y seis perdían, y pasaban al juego un dinero por dado, pero Venus se lo llevaba todo. En otra carta dice: Mi querido Tiberio; hemos pasado agradablemente las fiestas de Minerva, habiendo jugado sin descanso todos los días. Tu hermano se quejaba; pero, a fin de cuentas, sus pérdidas no han sido graves, y al fin cambió la suerte y se repuso de sus desastres. En cuanto a mí he perdido veinte mil sestercios, por culpa de mis liberalidades ordinarias, porque si hubiese querido hacerme pagar los golpes malos de mis adversarios o no dar nada a los que perdían, habría ganado más de cincuenta mil. Mas prefiero, esto, porque mi bondad me valdrá eterna gloria. A su hija le escribe: Te he enviado doscientos cincuenta dineros; he dado otro tanto a cada convidado, para que jueguen a los dados o a pares y nones durante la cena. Augusto fue, sin embargo, muy moderado en sus demás costumbres y estuvo al abrigo de toda censura.

LXXII. Habitó primero cerca del Foro antiguo, sobre la escalera anular, en una mansión que perteneció al orador Calvo. Ocupó después en el monte Palatino la casa, no menos modesta, de Hortensio, que ni era espaciosa ni estaba adornada, pues sus galerías eran estrechas y de piedra común, no habiendo mármol ni mosaicos en las habitaciones. Acostase durante más de cuarenta años, en invierno y verano, en la misma estancia, y pasó siempre el invierno en Roma, a pesar de tener experimentado que el aire de la ciudad era contrario a la salud en esta estación. Cuando tenía que tratar algún asunto secreto o quería trabajar sin que le interrumpiesen, se encerraba en la parte superior de su casa, en un gabinete que llamaba Siracusa o su museo, o bien se retiraba a una quinta inmediata, o a casa de cualquiera de sus libertos. Cuando se sentía enfermo iba a acostarse a casa de Mecenas. Los retiros que más le gustaban eran los inmediatos al mar, como las islas de la Campania, o bien los pueblecillos situados alrededor de Roma, como Lanuvio, Prenesto, Tibur, donde frecuentemente administró justicia bajo el pórtico del templo de Hércules. No le gustaban las casas de campo demasiado grandes y costosas, e hizo arrasar hasta los cimientos una quinta de su nieta Julia, cuya construcción había costado enormes cantidades. En las suyas, que eran muy sencillas, se cuidaba menos de las estatuas y pinturas que de las galerías, bosquecillos y cosas cuyo valor dependiese de su rareza o antigüedad, como los huesos de animales gigantes que se ven en Capri, y a los que se da el nombre de huesos de gigantes o armas de los héroes.

LXXIII. Puede juzgarse su economía en el menaje por los lechos y mesas que existen aún, y que apenas son dignos de un particular acomodado. Acostábase en un lecho muy bajo y vestido con la mayor sencillez. No usó nunca otras ropas que las que le confeccionaban en su casa su hermana, su esposa, su hija o sus nietas. Su toga no era estrecha ni ancha, y tampoco su lacticlavia era ancha ni estrecha. Usaba calzado un poco alto para aparentar mayor estatura; tenía siempre en su alcoba el traje y el calzado que llevaba en el Foro, para estar dispuesto a presentarse en caso de súbito acontecimiento.

LXXIV. Invitaba con frecuencia, pero en estas comidas, siempre regulares, distinguía cuidadosamente los rangos y las personas. Refiere Valerio Mesala que jamás admitió a su mesa a ningún liberto, exceptuando Menas, a quien había concedido todos los derechos inherentes al nacimiento libre, por haberle hecho entrega de la flota de Sexto Pompeyo. El propio Augusto nos dice que un día hizo comer con él a un antiguo soldado de su guardia, en cuya casa de campo se encontraba. Algunas veces se sentaba a la mesa después que los demás y se levantaba antes habiendo comenzado sus compañeros a comer antes de su llegada y continuando después de salir él. Sus comidas consistían habitualmente en tres servicios, y seis en las grandes solemnidades; cuanto más modesta era, tanto más alegre se mostraba. Trataba él mismo conversación con los que callaban o solamente hablaban en voz baja, y hacía acudir músicos, histriones, bufones y bailarines del Circo, y con más frecuencia pobres declamadores.

LXXV. Celebraba las fiestas y solemnidades con gran magnificencia, pero a menudo no buscaba en ello más que ocasión de burlas. Así, en las Saturnales y en otras épocas, a elección suya, enviaba a sus amigos regalos, consistentes en vestidos, oro, plata, monedas procedentes de todas partes, antiguas piezas del tiempo de los reyes o de fabricación extranjera, telas groseras, esponjas, pinzas, tijeras y otros objetos del mismo género, con inscripciones obscuras y de doble sentido. En sus comidas hacía sortear lotes de valor muy desigual, o bien ponía en venta cuadros vueltos al revés, dependiendo del azar que se realizaran o frustraran las esperanzas del comprador. Para cada cuadro existía una licitación, y los convidados se comunicaban unos a otros su buena o mala fortuna.

LXXVI. Comía muy poco (ni siquiera omitiré estos detalles) y siempre de cosas comunes. Gustaba especialmente de pan mezclado, de pescados pequeños, de quesos hechos a mano y de higos frescos, de la especie que madura dos veces al año; comía a menudo antes de la hora acostumbrada, en cualquier momento y parte, según las necesidades de su estómago. En una carta dice: He comido en el carruaje pan y dátiles, y en otra: Al regresar del palacio de Numa a mi casa, comí en la litera una onza de pan y algunas pasas. A Tiberio le escribía: No hay judío que observe con mayor rigor el ayuno en día de sábado de lo que yo lo he observado hoy; hasta la primera hora de la noche no he comido sino dos bocados en el baño antes de que me perfumasen. No siguiendo otra regla que la de su apetito, le sucedía algunas veces cenar solo, antes o después de la comida de los convidados, durante la cual permanecía sin probar nada.

LXXVII. Era también muy sobrio en el vino. Cornelio Nepote refiere que en su campamento frente a Módena bebía sólo tres veces durante la comida. Más adelante y en medio de sus grandes excesos bebía sólo seis copas; cuando las excedía, vomitaba. Tenía preferencia por el vino de Recia, pero era extraño que bebiese durante el día, tomando en vez de ello pan mojado en agua fría, o un trozo de cohombro, o bien un cogollo de lechuga, o también una fruta ácida y jugosa.

LXXVIII. Después de la comida de mediodía se entregaba un momento al descanso, vestido y calzado, cubiertos los pies y puesta la mano sobre los ojos. Después de la cena se retiraba a su lecho de trabajo, en el que velaba una parte de la noche hasta que terminaba, o dejaba por lo menos muy adelantado lo que le faltaba resolver de los asuntos del día. En seguida iba a acostarse, y nunca dormía más de siete horas, que ni siquiera eran continuas, pues en este espacio de tiempo despertaba tres o cuatro veces. Si, como suele suceder, no recobraba el sueño interrumpido, hacía que le leyesen o recitasen cuentos: volvía después a dormirse v permanecía ordinariamente en el lecho hasta después de amanecer. Nunca veló en la obscuridad sin que le acompañase alguien. No le gustaba madrugar, y cuando algún sacrificio o deber público le obligaba a levantarse temprano, procuraba, para no experimentar mucha molestia, acostarse en casa de algún criado suyo, cerca del sitio adonde tenía que ir; a pesar de esta precaución, muy a menudo se apoderó de él el sueño cuando le llevaban por las calles, y si ocurría algo que hiciese detener la litera, aprovechaba la ocasión para dormir.

LXXIX. Su aspecto era muy agradable sin que cambiase con la edad; pero no mostraba ninguna afición por adornarse; ningún cuidado se tornaba por el cabello, que hacía le cortasen apresuradamente varios barberos a la vez; en cuanto a la barba, unas veces se la hacía cortar muy poco, otras mucho, y mientras lo hacían leía o escribía. Era tan sereno su semblante, ya hablase, ya guardase silencio, que un galo, perteneciente a una de las principales familias del país, confesó un día a los suyos que al pasar con él los Alpes se le acercó con pretexto de hablarle, pero con intención de arrojarle a un precipio y que sólo su aspecto bastó para detenerle en su resolución. Sus ojos eran vivos y brillantes y quería incluso que se los considerase dotados de fuerza en cierto modo divina. Por esto cuando miraba fijamente a alguno, le gustaba que bajara los ojos como delante del sol; en su ancianidad perdió, sin embargos mucho la vista del ojo izquierdo. Tenia los dientes pequeños, claros y desiguales, el cabello ligeramente rizado y algo rubio, las cejas juntas, las orejas medianas, la nariz aguileña y puntiaguda, la tez morena, corta talla (aunque el liberto Julio Morato le atribuyera cinco pies y nueve pulgadas); pero tan proporcionados sus miembros, que para observar su corta estatua era necesario verle al lado de otro más alto que él.

LXXX. Tenia, dicen, el cuerpo cubierto de manchas, y en el pecho y vientre señales naturales ordenadas como las estrellas de la constelación de la Osa; intensas picazones, y el uso constante de un cepillo duro le llenaron también de callosidades, que habían degenerado en empedines. Tenia la cadera, el muslo y la pierna del lado izquierdo algo débiles, y a menudo cojeaba de este lado, pero remediaba esta debilidad por medio de vendajes y cañas. De tiempo en tiempo experimentaba tanta inercia en el dedo índice de la mano derecha, que, cuando hacía frío, para escribir tenia que rodearlo de un círculo de cuerno. Se quejaba también de dolores de vejiga, que sólo se calmaban cuando arrojaba piedras con la orina.

LXXXI. Padeció, durante su vida, varias enfermedades graves y peligrosas; sobre todo después de la sumisión de los cántabros, tuvo infartos en el hígado, perdiendo toda esperanza de curación. Por consejo de Antonio Musa siguió entonces el atrevido método de los contrarios; nada había conseguido con fomentos calientes, recurrió a los fríos, y sanó. Padecía aun otros males que le atacaban todos los años en día fijo, encontrándose casi siempre mal en el mes que había nacido: se le inflamaba el diafragma a principios de primavera y padecía fluxiones cuando soplaba viento del Mediodía.

LXXXII. En invierno se ponía cuatro túnicas debajo de la gruesa toga; añadía camisa y jubón de lana, abrigándose también muslos y piernas. En verano dormía con las puertas de su cámara abiertas y a menudo bajo el peristilo de su palacio, en el que el aire era refrescado por varios surtidores de agua y donde tenía además un esclavo encargado de abanicarle. No podía soportar el sol ni aun en invierno, y nunca paseaba el aire, ni siquiera en su casa, sin tener cubierta la cabeza. Viajaba en litera, y frecuentemente de noche, avanzando lentamente y a cortas jornadas; empleaba dos días en ir a Prenesto o a Tubir y cuando era posible prefería hacerlo por mar. Cuidaba mucho de su débil salud y se bañaba muy raramente, prefiriendo frotarse con aceite y transpirar al calor, haciendo que vertiesen luego sobre él agua tibia o calentada al sol. Cuando a causa de los nervios necesitaba baños de mar, o los termales de Albula, se contentaba con sentarse en una pieza de madera, a la que daba el nombre español de dureta, y sumergía en el agua las manos y los pies alternativamente.

LXXXIII. Inmediatamente después de las guerras civiles renunció a los ejercicios a caballo y de armas en el campo de Marte, reemplazándolos primeramente con la pelota dura y de viento; muy pronto se limitó, sin embargo, a pasear a pie o en litera, y terminado el paseo, corría saltando, cubierto con ligero lienzo o gruesa manta, según la estación. Cuando quería dar algún descanso a su espíritu, pescaba con caña o jugaba a los dados, a la taba o a las nueces con niños que le gustaban y que le buscaban por todas partes, especialmente mauros y sirios. A los enanos, contrahechos y deformes los detestaba como burlas de la Naturaleza y objetos de malos presagios.

LXXXIV. Desde su infancia aplicase con tanto éxito como afán al estudio de la elocuencia y de las bellas letras. Durante la guerra muciense, y a pesar del gigantesco peso de los negocios, asegurase que leía todos los días, componía, y se ejercitaba en el dominio de la palabra. No habló nunca en el Senado, ni al pueblo o a los soldados sin haber meditado despacio y trabajado su discurso, aunque no carecía de la facultad de improvisar. Para no exponerse a olvidos y no perder tiempo aprendiendo de memoria, tomó la costumbre de leer todo lo que decía. Redactaba de antemano hasta sus conversaciones particulares, y cuando debían versar sobre asunto grave, se escribía incluso las que debía tener con Livia, y entonces hablaba leyendo, por temor de que la improvisación le hiciese mostrarse corto o excesivo. Tenía en la voz cierta dulzura peculiar, y tomaba asiduamente lecciones de un maestro de eufonía; pero a veces, por afecciones de la garganta, tuvo que recurrir a la voz de un pregonero para hablar al pueblo.

LXXXV. Compuso en prosa muchas obras de diferentes géneros, y recitó algunas en el círculo de sus amigos que le servían de auditorio; entre éstas se encuentran Respuestas a Bruto, concernientes a Cotón, de las que leyó él mismo la mayor parte, a pesar de ser ya viejo, pero tuvo que encargar a Tiberio terminase la lectura; compuso también las Exhortaciones a la filosofía y las Memorias de su vida, en trece libros que abrazan hasta la guerra de los cántabros y que dejó sin terminar. Ensayó también la poesía, conservándose de él una obrita en versos hexámetros, cuyo título y asunto es la Sicilia y una breve colección de Epigramas, en los que generalmente trabajaba en el baño. Comenzó con gran entusiasmo una tragedia de Ayax, pero no satisfecho del estilo, la destruyó; preguntándole un día sus amigos qué había sido de Ayax, contestó que su Ayax se había precipitado sobre una esponja.

LXXXVI. Adoptó un estilo sencillo y elegante a la vez, tan lejano de vana pompa como de afectada rudeza, o como él decía, compuesto de esas palabras viejas que tienen como olor de enfermas. Su principal cuidado era expresar el Pensamiento con claridad, y para conseguirlo mejor, para no dificultar o refrenar la inteligencia de los lectores, no economizaba las proposiciones que determinan el sentido de las palabras, ni las conjunciones que ligan las frases, y cuya supresión, si aumenta la gracia del estilo, es a costa de la claridad. Despreciaba por igual a los escritores que crean fastuosamente palabras nuevas y a los que quieren desterrar las antiguas, haciendo ruda oposición a estos dos defectos. Fijándose especialmente en Mecenas y parodiándole para corregirle, no cesaba de censurarle los perfumes de su florido estilo. Tampoco perdonó a Tiberio su afición a las palabras rebuscadas y enigmáticas. Reconviene, asimismo, en sus cartas a M. Antonio por su manía de escribir cosas que son más fáciles de admirar que de comprender, y burlándose porque ensayaba todos los estilos y no sabía en cuál fijarse, añadía: Hete en gran apuro: no sabes qué imitar de Cimber Annio, o de Veranio Flaco, ni si emplearás las palabras que Crispo Salustio ha sacado de los Orígenes de Catón, ni si harás pasar a nuestra lengua las vacías sentencias y volubilidad de palabras de los oradores del Asia. En otra carta dice a su nieta Agripina, celebrando su discreción: Guárdate sobre todo de escribir o hablar con énfasis.

LXXXVII. Por sus cartas autógrafas se ve que en la conversación familiar se valía de muchas locuciones notables. Por ejemplo, al hablar de los malos pagadores, decía: Pagarán en las calendas griegas. Cuando aconsejaba soportar el destino presente, fuese el que fuese, escribía: Contentémonos con ese Catón. Para expresar la celeridad con que se había hecho una cosa, decía: Antes que se cuecen los espárragos. Casi siempre escribió baceolus por stultus (tonto), pulleiaceus por pullus (la cría de un animal), vacerrosus por cerritus (loco). Para decir estoy malo escribía me encuentro en estado vaporoso; en vez de la palabra lachanizare, con la que se expresa generalmente el estado de languidez, empleaba la de betizare; decía simas por sumus (somos) y domos, en el genitivo singular, por domus (de la casa); para demostrar que esto era en él principio y no ignorancia, nunca escribió de otra manera estas palabras. He observado asimismo en sus manuscritos que no dividía las palabras, y que en vez de colocar en el principio de la línea siguiente las letras que sobraban en un verso, las colocaba bajo las últimas de esta línea y las circundaba con un trazo.

LXXXVIII. No observó mucho la ortografía, es decir, la forma y razón establecidas por los gramáticos para escribir, y parece que opinaba como los que desean que se escriba como se habla. Error muy extendido es omitir o invertir letras y silabas, y no hablaría de ello si no hubiese leído con sorpresa, en algunos autores, que reemplazó como ignorante y ordinario a un legado consular por haber escrito ixi por ipsi. Cuando escribía en cifra ponía la b por a, c por b y así con las otras letras; por x ponía dos a.

LXXXIX. Era muy aficionado a la literatura griega. y adquirió en ella grande superioridad. Tuvo por maestro a Apolodoro de Pérgamo, que era ya anciano cuando su joven discípulo le llevó con él de Roma a Apolonia. Logró después variada erudición con el trato frecuente del filósofo Arens y de sus hijos Dionisio y Nicanor. No llegó nunca, sin embargo, a hablar correctamente el griego ni se atrevió a escribir nada en esta lengua. Cuando las circunstancias lo exigían escribía latín, encargando a otro que tradujese lo escrito. Era inteligente en poesía, y gozaba en especial con la comedia antigua, haciéndola representar frecuentemente en los espectáculos públicos. Lo que con más curiosidad buscaba en los escritores de ambas lenguas eran los preceptos y ejemplos útiles para la vida pública o privada; los copiaba palabra por palabra y los remitía ordinariamente a sus delegados, a los generales, a los gobernadores de las provincias y a los magistrados de Roma cuando necesitaban advertencias o consejos. Hubo libros que leyó íntegros al Senado, dándolos a conocer al pueblo por medio de edictos, como los discursos de Q. Metelo sobre la Propagación, y los de Rutilio sobre la manera de edificar; con este sistema se proponía demostrar que no había sido el primero en comprender la importancia de estos dos asuntos, sino que ya los antiguos romanos se habían ocupado en ellos. Favoreció por todos los medios a los ingenios de su siglo; escuchaba con paciencia y agrado la lectura de todas las obras, historias, versos, discursos, diálogos; pero no gustaba que se tomase por asunto su elogio, a menos que la obra fuese de estilo grave y célebre su autor; recomendaba a los pretores que no permitieran se prostituyese su nombre en los concursos literarias.

XC. Por lo que toca a sus supersticiones, he aquí lo que se dice: Temía de modo insensato a los truenos y relámpagos cuyos peligros creía conjurar llevando siempre consigo una piel de vaca marina. Al aproximarse la tempestad se escondía en paraje subterráneo y abovedado; este miedo procedía de haber victo en otro tiempo caer el rayo cerca de él durante un viaje nocturno, como al principio dijimos.

XCI. Le preocupaban en gran manera sus sueños y lo que se refería a él en los ajenos. El día de la batalla de Filipos había decidido, sintiéndose algo enfermo, no salir de su tienda; el sueño de un amigo suyo movióle a cambiar de resolución, e hizo bien, porque, tomado su campamento y cayendo los enemigos sobre su lecho, acribilláronlo a golpes, creyendo que se encontraba en él. Por la primavera tenía espantosas visiones, muy reiteradas, pero inciertas y sin efecto; en el resto del año las tenía menos frecuentes y también menos quiméricas. En un tiempo en que visitaba a menudo el templo dedicado a Júpiter Tonante en el Capitolio, soñó que Júpiter Capitolino se había quejado de esta vecindad que le quitaba sus adoradores, y le contestó que le había dado a Júpiter Tonante como portero; a la mañana siguiente hizo guarnecer la parte superior del templo de éste con campanillas como las que se ponen en las puertas. A consecuencia también de su sueño, todos los años en un día fijo pedía limosna al pueblo, y alargaba la mano a los transeúntes para recibir algunos ases.

XCII. Consideraba como ciertos algunos auspicios. Si por la mañana le ponían en el pie derecho el calzado del izquierdo, lo tenía a mal presagio; si cuando partía para un largo viaje por tierra o mar caía rocío, el presagio era bueno y anunciaba pronto y feliz regreso. Los prodigios despertaban mucho su atención. Trasplantó al patio de los dioses Penates de Roma e hizo cultivar con gran esmero una palmera que nació delante de su casa en los intersticios de las piedras. En la isla de Capri creyó advertir que una vieja encina, cuyas ramas caían desmayadas hasta el suelo, se había reanimado a su llegada, y tanto se regocijó por ello que, en vez de Capri, cedió Enaria a la República de Nápoles. Tenía también supersticiones especiales en determinados días; nunca, por ejemplo, se ponía en camino al día siguiente de los mercados, ni comenzaba ningún negocio importante el día de nonas, y esto para evitar, así lo escribía a Tiberio el mal influjo de los presagios unidos a su nombre.

XCIII. Por lo que toca a las ceremonias extranjeras, cuanto respetaba las antiguas y consagradas por el tiempo y las leyes, tanto despreciaba las otras. Se había hecho iniciar en los misterios de Atenas; más adelante, llevaba por los sacerdotes de la Antigua Ceres, ante su tribunal en Roma, una causa relativa a sus privilegios y en la que habían de revelarse cosas secretas, hizo salir a todos sus asesores y al público y juzgó por sí solo el asunto en presencia de las partes interesadas. Sin embargo, en Egipto no se digno siquiera desviarse un poco del camino para ver al buey Apis; y elogió mucho a su nieto Cayo porque al cruzar la Judea no practicó en Jerusalén ningún acto religioso.

XCIV. Puesto que nos ocupamos en este asunto, referiré ahora los presagios que precedieron, acompañaron o siguieron a su nacimiento, y que parecieron anunciar su futura grandeza y su permanente felicidad. En tiempo antiguo había caído un rayo sobre las murallas de Vélitres, y el oráculo había declarado que un ciudadano de la ciudad llegaría a poseer algún día el poder soberano. Con esta confianza, los habitantes de Vélitres emprendieron acto seguido encarnizada guerra contra los romanos, que reprodujeron muchas veces y que amenazó con ser la causa de su ruina. Hasta pasado mucho tiempo no comprendieron, y esto por el acontecimiento, que aquel presagio era el poder de Augusto. Refiere Julio Marato que, pocos meses antes de su nacimiento, acaeció en Roma un prodigio del que fueron testigos todos sus habitantes y que significaba que la Naturaleza preparaba un rey para el pueblo romano. El Senado asustado prohibió criar a los niños que naciesen en el año; pero aquellos cuyas esposas estaban encinta, esperando cada cual que la predicción le favoreciese, consiguieron impedir que llevasen el senadoconsulto a los archivos. Leo en Asclepiades Mendetos, en sus tratados Sobre lo divino, que Acia, la madre de Augusto, había acudido a medianoche al templo de Apolo para un sacrificio solemne, quedando dormida en la litera mientras se iban las otras mujeres; dice aún que se deslizó a su lado una serpiente, retirándose poco después; que al despertar, se purificó como si hubiese salido de los brazos de su esposo, y que desde aquel momento le quedó siempre en el cuerpo la imagen de una serpiente, imagen que nunca pudo borrar, por lo cual no quiso mostrarse nunca en los baños públicos; Augusto nació diez meses después, y por esta razón pasó por hijo de Apolo. Soñó también Acia, antes de dar a luz, que sus intestinos ascendían hacia los astros y cubrían toda la extensión de la tierra y de los cielos. Asimismo Octavio, el padre de Augusto, soñó que salía un rayo de sol del vientre de su esposa. El día en que nació, deliberábase en el Senado acerca de la conjuración de Catilina, y habiendo llegado tarde Octavio a causa del parto de su esposa, es cosa sabida que P. Nigidio, enterado de la causa de aquel retraso y de la hora del parto, declaró que había nacido un dueño del Universo. Más adelante, llevando Octavio un ejército por la parte más retirada de la Tracia, hizo alto en un bosque consagrado a Baco; allí consultó al dios acerca de los destinos de su hijo, con todas las ceremonias particulares de los bárbaros, prediciéndole los sacerdotes las mismas cosas, ya que, después de las libaciones de vino hechas sobre el altar del dios, elevase la llama hasta la parte superior del templo y desde allí hasta el cielo, prodigio que sólo había ocurrido hasta entonces para Alejandro Magno cuando sacrificó sobre los mismos altares. Desde la siguiente noche le pareció a Octavio ver a su hijo más grande lo que son los mortales, armado con el rayo y el cetro, revestido con las insignias de Júpiter Optimo Máximo, coronado de rayos, y sentado entre laureles en un carro tirado por doce caballos de deslumbrante blancura. En las memorias de C. Druso se lee que habiendo la nodriza de Augusto colocado al niño una noche en su cuna, en una habitación del piso bajo, no le encontró a la mañana siguiente; y que después de haberle estado buscando un largo rato, terminó por hallarle en lo más alto de una torre, y con la cara vuelta hacia el sol saliente. Apenas comenzaba a hablar, cuando importunándole el canto de las ranas en la casa de campo de su abuelo, las mandó callar, y se dice que no cantan desde entonces. Cierto día que estaba comiendo en un bosque situado a cuatro millas de Roma, en el camino de Campania, un águila le arrebató el pan, remontóse hasta perderse de vista, y descendió luego suavemente a devolvérselo. Después de haber Q. Catulo dedicado el Capitolio, tuvo de Augusto, durante dos noches, los siguientes sueños. En el primero vio un grupo de niños que jugaban alrededor del altar de Júpiter, quien cogió uno de ellos, poniéndole en el pecho la estatuita de la República que llevaba en la mano. Vio en el segundo al mismo niño sentado sobre las rodillas de Júpiter Capitolino; quiso arrancarlo de allí, pero se opuso el dios, diciendo que le educaba para sostén de la República. A la mañana siguiente encontró Catulo a Augusto, a quien nunca había visto, y le llamo la atención su parecido con el niño que viera en sus sueños. Otros refieren, sin embargo, de diferente manera el sueño de Catulo según éstos, varios niños pedían un tutor a Júpiter; el dios les designó uno a quien debían encomendar todos sus peticiones; toco después con la mano los labios del pequeño y en seguida se la llevó a la boca. M. Cicerón, acompañando a C. César al Capitolio, refería a sus amigos un sueño que había tenido la noche anterior; en él había visto, según explicaba, un niño de distinguido rostro bajar del cielo al extremo de una cadena de oro, y detenerse delante de las puertas del Capitolio, donde, de manos de Júpiter, recibió un látigo; después, viendo de pronto a Augusto, desconocido todavía para la mayor parte de ellos, y a quien César había llevado consigo para el sacrificio, declaró que aquél era el niño cuyo rostro había visto en su sueño. El día en que Augusto vistió la toga viril, se le descosió por ambos lados su lacticlavia, y le cayó a los pies, deduciendo de ello algunas personas que algún día le quedaría sometido el orden de que era distintivo aquel traje. Cuando César, cerca de Munda, elegía el paraje de su campamento, hizo cortar un bosque en el que encontró una palmera, que mandó respetar como presagio de victoria; de la palmera brotaron al punto retoños, que no sólo igualaron rápidamente al tallo, sino que lo cubrieron por completo, anidando en ellos palomos, aves que huyen del follaje áspero y duro de este árbol. Se dice que este prodigio fue uno de los principales motivos que determinaron a César a no querer otro sucesor que el nieto de su hermana. Durante su permanencia en Apolonia, subió Augusto con Agripa al observatorio del astrólogo Teógenes; consultado éste por Agripa, en primer lugar le predijo una serie de prosperidades tan grandes, tan maravillosas, que Augusto no quiso manifestar el día ni las particularidades de su nacimiento, temiendo tener que avergonzarse delante de él por el vaticinio de un destino menos brillante. Vencido al fin por los ruegos del astrólogo, se los declaró, y Teógenes, levantándose en seguida, le acaloró como a un dios. Augusto cobró en seguida tal confianza en su destino, que publicó un horóscopo e hizo acuñar una medalla de plata con la efigie de Capricornio, constelación bajo la cual había nacido.

XCV. Poco después del asesinato de César, cuando entraba en Roma, de regreso a Apolonia, estando el cielo despejado, se vio de pronto aparecer en él un circulo, parecido al arco iris, rodeando el disco del sol, y poco después caía un rayo en el monumento elevado a Julia, hija del dictador. Cierto día en que consultaba a los augures, durante su primer consulado, aparecieron a su vista doce buitres, como en otro tiempo aparecieron a Rómulo, y durante su sacrificio se abrieron ante sus ojos los hígados de todas las victimas, quedando al descubierto hasta la última fibra, lo cual, según declararon todos los arúspides, era presagio para él de grandes y felices destinos.

XCVI. Tuvo también presentimientos de victoria en todas las guerras. Cerca de Bolonia, donde se habían reunido las tropas de los triunviros, un águila, posada sobre su tienda, se lanzó contra dos cuervos que la importunaban, y los derribó en tierra. Todo el ejército vio en aquella lucha el presagio de las discordias que un día habían de dividir a los tres jefes y hasta el desenlace de la lucha. Antes de la batalla de Filipos, un tesaliano le anunció la victoria de parte de J. César, cuya imagen dijo que se la había aparecido en un camino extraviado. Un día sacrificaba bajo los muros de Perusa y no siendo satisfactorio el sacrificio, mandó traer nuevas victimas; estando en ello, los enemigos, con repentino ataque, arrebataron todos los preparativos, y los arúspides manifestaron que los peligros y reveses anunciados al sacrificador caerían sobre aquellos que se habían apoderado de las entrañas de las victimas; los sucesos posteriores confirmaron la predicción. La víspera del combate naval que libró en Sicilia, mientras paseaba por la playa, saltó un pez del mar, viniendo a caer a sus pies. En el momento en que se dirigía hacia su flota para tomar posición, antes de la batalla de Actium, encontró un borriquillo con su conductor; se llamaba éste Eutychus, que significa Dichoso, y el borrico Nicón, o sea Vencedor. Más adelante, en el templo que hizo erigir en el lugar de su campamento, les dedicó una estatua de bronce.

XCVII. Presagios certísimos anunciaron también su muerte, de la que hablaré en seguida, y su apoteosis. Cuando cerraba el lustro en el campo de Marte, ante una innumerable multitud, un águila voló repetidamente en derredor suyo; dirigióse después al frontispicio de un templo inmediato, donde estaba grabado el nombre de Agrisas y se posó sobre la primera letra. En virtud de este presagio, Augusto encargó a Tiberio, colega suyo, que hiciese los votos acostumbrados para el lustro siguiente, aunque él mismo los había preparado ya y escrito en sus tablillas, pues no quería pronunciar votos que no había de ver realizados. Por la misma época, un rayo borró la primera letra de su nombre de la inscripción de una de sus estatuas. Consultado sobre ello el oráculo, contestó que no viviría más de cien días, número marcado por la letra C, pero que sería colocado entre los dioses, porque Aesar, es decir, lo que quedaba de su nombre, significa dios en lengua etrusca. Había dado a Tiberio un mando en Iliria, y deseaba acompañarle hasta Benevento, pero retrasado constantemente por las causas que llevaban ante su tribunal, exclamó (y estas palabras se consideraron también presagio): que nada podría detenerle va más en Roma. Se puso en camino, llegó hasta Astura, y aprovechando allí un viento favorable, se embarcó de noche contra su costumbre, comenzando su postrera enfermedad por una diarrea.

XCVIII. Recorrió las costas de la Campania y de las alas vecinas, y pasó cuatro días en Capri descansando y con excelente disposición de ánimo. Navegaba cerca de la bahía de Puzzola, cuando los pasajeros y marineros de un buque de Alejandría que estaba en rada, fueron a saludarle vestidos con trajes blancos y ceñidas coronas, quemando ante él incienso, le colmaron de alabanzas, y haciendo votos por su prosperidad, exclamaron: que por él vivían, y que le debían la libertad de la navegación y todos sus bienes. Tan alegre le pusieron estas aclamaciones, que mandó distribuir a todos los de su comitiva cuarenta piezas de oro, haciéndoles prometer, bajo juramento, que emplearían el dinero en comprar mercancías en Alejandría. En los días que siguieron repartió también, además de otros pequeños regalos togas romanas y mantos griegos, haciendo vestir a los griegos el traje romano, y a los romanos, el griego, cambio que extendió hasta al lenguaje. Durante los días que pasó en Capri le complacía en extremo ver los ejercicios de un grupo de jóvenes griegos, restos de la antigua institución. Les hizo servir en presencia suya su comida, y les dio permiso y hasta orden de entregarse a todas las locas libertades de su edad y entrar a saco las frutas, postres y hasta la plata que les llevaron en su nombre. No hubo, en fin, clase de distracción a que no se entregara en aquel viaje. A causa de la alegre vida que llevaban los de su comitiva en la isla vecina a Capri, le dio el nombre griego de lugar de ociosidad. Un tal Masgaba, a quien había querido mucho y a quien, por chanza, llamaba a menudo el fundador de la isla, había muerto el año anterior, y los habitantes del país, todos con antorchas encendidas, visitaban en grupos su sepulcro. Viéndolos un día desde su mesa, improvisó este verso griego:

“Veo del fundador la tumba en llamas.”

y volviendo hacia Trasillo, compañero de Tiberio, que ignoraba de qué se trataba, le preguntó de qué poeta era aquel verso. Vaciló aquél en contestar, y Augusto añadió entonces este otro:

“¿No veis a Masgaba rodeado de antorchas?”

y repitió la pregunta; respondiendo al fin el interrogado que cualquiera que fuese el autor, los versos eran excelentes; Augusto prorrumpió en risa y bromeó durante largo rato. Pasó después a Nápoles, continuando más o menos atormentado por dolores de vientre. Asistió en esta ciudad a los juegos gimnásticos y quinquenales establecidos en su honor, y acompañó a Tiberio hasta el lugar de su destino. Pero al retorno, sintiéndose peor, tuvo que detenerse en Nola; hizo regresar a Tiberio, tuvo con él una conversación secreta que duró largo rato, y ya no se ocupó más en asuntos graves.

XCIX. El día de su muerte preguntó repetidas veces si su estado producía algún alboroto en el exterior; y pidió un espejo, y se hizo arreglar el cabello para disimular el enflaquecimiento de su rostro. Cuando entraron sus amigos, les dijo: ¿Os parece que he representado bien esta farsa de la vida? Y añadió en griego la sentencia con que terminan las comedias:

“Si os ha gustado, batid palmas y aplaudid al autor.”

Mandó después retirarse a todos; inquirió todavía acerca de la enfermedad de la hija de Druso a algunos que llegaban de Roma, y expiró de súbito entre los brazos de Livia, diciéndole: Livia, vive v recuerda nuestra misión; adiós. Su muerte fue tranquila y como siempre la había deseado; porque cuando oía decir que había muerto alguno rápidamente y sin dolor, exponía al punto su deseo de morir él y todos los suyos de esta manera, lo que exponía con la palabra griega correspondiente, gritando, como asaltado de repentino temor, que le arrastraban cuarenta jóvenes; sin embargo, fue más bien presagio que prueba de debilidad de razón, puesto que cuarenta soldados pretorianos llevaron su cuerpo al paraje donde se le expuso.

C. Murió en la misma habitación que su padre Octavio, bajo el consulado de Sexto Pompeyo y de Sexto Apuleyo, el 14 de las calendas de septiembre, en la novena hora del día (63), a los setenta y seis años menos treinta y cinco días. Trasladaron su cuerpo de Nola a Bobilas, llevándole los decuriones de los municipios y de las colonias y viajando de noche a causa de la estación. En Bobilas fue entregado a los caballeros, que lo condujeron a Roma, depositándolo en el vestíbulo de su casa. El Senado quiso honrar su memoria, celebrando sus funerales con pompa extraordinaria; presentáronse al objeto numerosas proposiciones: unos querían que el cortejo pasara por el arco de triunfo, precedido por la estatua de la Victoria que está en el Senado, y por los jóvenes nobles de ambos sexos cantando himnos fúnebres; otros, que en día de las exequias se llevasen anillos de hierro, en vez de anillos de oro; proponían algunos que se encargase de recoger sus huesos a los sacerdotes de los colegios superiores. Uno propuso también que se trasladase del mes de agosto al de septiembre el nombre de Augusto, porque había nacido en el último y muerto en el primero; otro, que el tiempo transcurrido desde su nacimiento hasta su muerte se llamase siglo de Augusto y con este nombre se designase en los fastos. Se pusieron, sin embargo, límites a tales proposiciones. Sobre sus restos fueron pronunciados dos elogios fúnebres: uno por Tiberio, delante del templo de J. César, y otro por Druso, hijo de Tiberio, cerca de la antigua tribuna de las arengas; fue llevado en hombros por los senadores hasta el campo de Marte, donde le colocaron sobre la pira. Un antiguo pretor aseguró allí que había visto elevarse de entre las llamas hasta el cielo la imagen de Augusto. Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo sencillas túnicas, recogieron sus cenizas, depositándolas en el mausoleo hecho construir por él durante su sexto consulado entre el Tíber y la Vía Flaminia; habíalo rodeado de bosque, quedando desde aquella época convertido en paseo público.

CI. Había hecho Augusto su testamento bajo el consulado de L. Plauco y C. Silio, el 3 de las nonas de abril, un año y cuatro meses antes de morir; le añadió dos codicilos, escritos en parte de su puño y en parte de sus libertos Polibio e Hilarión. Este testamento, depositado en el Colegio de las Vestales, lo presentaron estas mismas en tres cuadernos con idénticos sellos. Abriese en el Senado y se le dio lectura. Instituía por herederos principales a Tiberio y a Livia, al primero en la mitad más un sexto, y a la otra en un tercio, disponiendo que llevaran su nombre. A falta de éstos, llamaba a la sucesión a Druso, hijo de Tiberio, en un tercio, y a Germánico y sus tres hijos en el sexto. Por último, nombraba herederos en tercer lugar a considerable número de parientes y amigas. Legaba al pueblo romano cuarenta millones de sestercios; a cada soldado de la guardia pretoriana, mil sestercios; a las cohortes urbanas, quinientos y a las legiones, trescientos. Estas cantidades debían ser pagadas en el acto, cosa no difícil, puesto que estaban reservadas en el Tesoro imperial. Hacía también otros legados, algunos de los cuales se elevaban hasta dos millones de sestercios; señalaba un año para pagarlos, dando por excusa la modestia de su fortuna, pues declaraba que sus herederos no obtendrían de la sucesión más de ciento cincuenta millones de sestercios (64) a pesar de que en los veinte últimos años de su vida sus amigos le habían legado por testamento cuatro mil millones, por haberlos empleado todos en el Estado, así como sus dos patrimonios paternos y demás herencia de familia. Nombraba sólo a las dos Julias. su hija y nieta, para prohibir que las sepultasen con él en la misma tumba. De los tres pliegos que habían legado por testamento cuatro mil millones, para hacer funerales; otro un sumario de su vida, que debía grabarse en planchas de bronce delante de su mausoleo, y el tercero era una exposición de la situación de todo el Imperio, con relación de los soldados que había bajo las banderas del dinero en el Tesoro del emperador, en las cajas del Estado, y de los tributos o impuestos que se adeudaban aún. Cuidó asimismo de añadir los nombre de los libertos y esclavos a quienes podía pedirse cuentas.

Notas:

(44) Cuando Roma se alzo movida por faustos augurios.

(45) Significa elevar y a la vez hacer desaparecer.

(46) Este testamento había sido depositado por Antonio en el colegio de las vestales. Según Dión la existencia de este documento había sido revelada a Augusto por Ticio y Glauco, que habían figurado como testigos.

(47) Pueblo antiguo de Africa; gozaba de gran celebridad, porque se creía que sus cuerpos tenían la virtud de matar las serpientes, adormeciendolas con sólo su olor. Al nacerles un hijo, para asegurarse de que sus mujeres no habían tenido comercio con extraños, presentaban al recién nacido una serpiente; si esta no huía, el niño era legitimo.

(48) De la palabra latina vallum, atrincheramiento, muralla.

(49) Turip, Panicio, v. 612.

(50) El Senado le decreto el poder tribunicio en 724, después de la derrota de Antonio; no tomó, sin embargo, posesión hasta 731, lo conservó treinta y seis años y algunos meses, es decir hasta su muerte, ocurrida en 767.

(51) Estas funciones se le otorgaron primero por cinco años en 735, luego, en 742, por otros cinco años. Acaso Suetonio las llama perpetuas porque siempre se le renovaron.

(52) Del nombre de Augusto se deriva, por corrupción, nuestro agosto.

(53) Se establecía una especie de conscripción entre las niñas de seis a diez años; la que había ingresado en este sacerdocio, libraba de el a sus hermanas, existía asimismo dispensa para las hijas de los quindecenviros, de los flamines y de los salianos.

(54) La ley Pompeya dispone que el que hubiese cometido o intentado un parricidio, si lo confesaba, fuese azotado con varas ensangrentadas, y cosido luego en un saco con un perro, un gato, una víbora y un mono y arrojado al mar.

(55) Se llamaban Orcini, o libertos del Orcus, de Plutón, los que eran por el testamento de sus dueños; pues parecía así que éstos les daban la libertad desde lo profundo del Averno. Por la misma razón se llamaba Orcini a los senadores de que aquí se trata. César, según, Antonio, los había designado en sus Memorias, y era necesario respetar su voluntad.

(56) Estos magistrados estaban encargados de examinar el estado de los templos y de los edificios públicos, y de vigilar para que se los reparase.

(57) La jurisdicción de estos magistrados era muy extensa, pues abarcaba las atribuciones judiciales y las de policía; juzgaban por ejemplo, en las dificultades entre amos y esclavos, faltas de los tutores, fraudes de los banqueros: reprimían las asociaciones ilícitas; vigilaban los espectáculos, etc.

(58) Estos adornos eran una corona de laurel el manto triunfal, un cetro, una estatua, acciones de gracias a tos dioses, el titulo de imperator, todo, en fin, exceptuando la marcha solemne y el carro del triunfador.

(59) Las manumisiones databan el derecho de ciudadanía, pero ejercida únicamente en las cuatro tribus urbanas, que eran las menos importantes. La ley Aelia Leutia impone una restricción que es la que aquí señala Suetonio. Existió aún otra restricción aplicable a los que habían sido manumitidos con menos solemnidad, los cuales sólo adquirían el derecho de los latinos.

(60) Distribuciones extraordinarias en dinero o géneros.

(61) De torgues, collar.

(62) Ilíada, III, 4.

(62bis) ¿No ves cómo ese petimetre rige su disco con el dedo? La alusión estriba en el doble sentido de la palabra orbis, que significa a la vez el circulo (aquí el tamboril? y el universo.

(623) Desde que esta reunión sacrílega hubo contratado al maestro del coro, y Malia vio seis dioses y seis diosas cuando César, en su impiedad, osó parodiar a Febo, cuando agasajo a sus invitados renovando los adulterios de los dioses. Entonces todas las divinidades se alejaron de la tierra y el mismo Júpiter huyó lejos de su trono de oro.

(624) Mi padre era cambista; yo vendo vasos.

(625) Perdidos en el mar sus novios a causa de dos tempestades logró salvarse jugando día y noche a los dados.

(63) El 19 de agosto a las tres y media de la tarde.

(64) Algo más de veintinueve millones de pesetas oro.

Transcripción de Los doce Césares

Traducción del latín por Jaime Ardal

Buenos Aires, El Ateneo, 1951