11 dic. 2009

Stephen Jay Gould – El pequeño y sucio planeta del reverendo Thomas

 

 

“No parecemos habitar el mismo planeta que habitaron nuestros antepasados… Para que un hombre esté a gusto, diez deben trabajar y pasar penalidades… La tierra no nos da alimento más que a cambio de grandes trabajos e industriosidad… El aire a menudo resulta impuro e infeccioso.”

Esto no es activismo ecológico moderno. El sentimiento que hay detrás está muy bien, pero el estilo lo delata. Es, por el contrario, el lamento del reverendo Thomas Burnet, autor del trabajo geológico más popular del siglo diecisiete -The Sacred Theory of the Earth. Sus palabras retratan un planeta caído de la gracia original del Edén, no un mundo emaciado por la presencia de demasiados hombres codiciosos.

 

Thomas Burnet 1635-1715 Thomas Burnet 1635-1715

 

Entre los trabajos de geología basada en las escrituras, la Sacred Theory de Burnet es, sin lugar a dudas, la más famosa, la más vituperada y la más sometida a todo tipo de malentendidos. En ella, intentó aportar una razón fundamental geológica para todos los eventos bíblicos pasados y futuros. Ahora adoptamos un punto de vista simplista pero extendido acerca de la relación entre la ciencia y la religión -son antagonistas naturales y la historia de su interacción registra el creciente avance de la ciencia en territorios intelectuales previamente ocupados por la religión. En este contexto, ¿qué podía representar Burnet más que un fútil dedo intentando taponar el agujero de un dique que se estaba haciendo pedazos?

Pero hoy en día la relación entre la religión y la ciencia es mucho más compleja y variada. A menudo, la religión ha apoyado activamente a la ciencia. Si existe algún enemigo consistente de la ciencia, no es la religión, sino el irracionalismo. De hecho, Burnet, el divino, cayó presa de las mismas fuerzas que persiguieron a Snopes, el profesor de ciencias, casi trescientos años más tarde en Tennessee. A través del examen del caso de Burnet en un tiempo y un mundo tan diferente al nuestro, tal vez podamos adquirir una más amplia comprensión de las fuerzas persistentemente opuestas a la ciencia.

 

The Sacred Theory Of The Earth

Empezaré por dibujar a grandes rasgos la teoría de Burnet. Desde nuestro punto de vista parecerá sin duda tan estúpida y elaborada que la asignación de un puesto para Burnet entre los dogmáticos anticientíficos puede parecer indiscutible. Pero seguidamente examinaré sus métodos de investigación para situarle entre los racionalistas científicos de su tiempo. Al dar nota de su persecución por parte de la teología dogmática, nos limitamos a observar de nuevo el debate Huxley- Wilberforce o la controversia acerca de la creación que tuvo lugar en California interpretada por los mismos actores con diferentes atuendos.

Burnet inició sus investigaciones para averiguar de dónde había venido el agua del diluvio de Noé. No estaba convencido de que los océanos modernos pudieran anegar las montañas de la Tierra. “Me resulta más fácil creer”, escribió un coetáneo de Burnet, “que un hombre pueda ahogarse en su propia saliva que el mundo pueda ser inundado por el agua que contiene”. Burnet rechazaba la idea de que el diluvio pudiera haber sido un evento meramente local, falsamente magnificado por testigos a los que les habría resultado imposible viajar a grandes distancias -ya que ello contravendría la autoridad de las sagradas escrituras. Pero rechazaba aún más vehementemente la idea de que Dios se hubiera limitado simplemente a crear el agua necesaria como milagro -ya que ello entraría en contradicción con el mundo racional de la ciencia. En consecuencia se vio guiado a la siguiente visión de la historia de la Tierra.

A partir del caos del vacío primigenio, se precipitó nuestra Tierra como una esfera perfectamente ordenada. Sus materiales se clasificaron por sí mismos con arreglo a sus densidades. Las rocas pesadas y los metales formaron un núcleo sólido esférico en su centro con una capa líquida por encima y una esfera de productos volátiles por encima del líquido. La capa volátil consistía en su mayor parte en aire, pero incluía también partículas terrestres. Estas precipitaron con el tiempo para formar una superficie perfectamente lisa y sin accidentes sobre la capa líquida.

En esta Tierra lisa se produjeron las primeras escenas del mundo, y la primera generación de la Humanidad; disfrutaba de la belleza de la juventud y la Naturaleza en florecimiento, fresca y fructífera, y sin una Arruga, Cicatriz o Fractura en toda su superficie; ni Rocas ni Montañas, sin huecas Cavernas ni desgarrados Canales, sino que era liso y uniforme en toda su superficie.

En medio de esta perfección original no existían las estaciones, ya que el eje de la Tierra se erguía perfectamente perpendicular y el Jardín del Edén, adecuadamente situado en una latitud media, disfrutaba de una perpetua primavera.

Pero la evolución de la propia Tierra requería la destrucción de este paraíso sobre ella instalado, y ésta se produjo, naturalmente, justo en el momento en el que la desobediente humanidad estaba necesitada de un castigo. La lluvia se hizo escasa, y la tierra empezó a secarse y agrietarse. El calor del sol evaporó parte del agua que había debajo de su superficie. Esta salió a través de las grietas, se formaron nubes, y comenzaron las lluvias. Pero ni siquiera cuarenta días y cuarenta noches podían aportar la cantidad suficiente de agua, y tuvo que surgir más de los abismos. La lluvia selló las grietas, formándose una olla a presión sin válvula de seguridad al subir a la superficie el agua que se vaporizaba bajo tierra. La presión fue en aumento, y la superficie reventó al fin, produciendo inundaciones, olas de marea, y la ruptura y desplazamiento de la superficie original de la Tierra para formar las montañas y las cuencas oceánicas. Tan violentas fueron estas disrupciones que la Tierra se vio sacudida a su posición actual de inclinación axial (vide Velikovsky -ensayo 19). Las aguas se retiraron finalmente a las cavernas abisales dejando tras de sí “una gigantesca y horrorosa ruina… un destrozado y confuso montón de cuerpos”. El hombre, desdichado él, había sido hecho para el Edén, y la duración patriarcal de la vida, de cerca de novecientos años, quedó reducida a menos de la décima parte.

Y así, de acuerdo con el reverendo Thomas, nosotros, habitantes de un “sucio y pequeño planeta” esperamos su transformación como nos fue prometida por las escrituras y razonada a partir de la física planetaria. Los volcanes de la Tierra harán erupción todos a la vez, y la conflagración universal dará comienzo. La Inglaterra protestante, con sus reservas de carbón (por aquel entonces prácticamente sin explotar) arderá con furia, pero el fuego estallará sin duda en Roma, el hogar papista del anticristo. Las partículas calcinadas se precipitarán lentamente de vuelta sobre la Tierra, formando de nuevo una esfera perfecta y carente de relieves. Y así comenzará el reinado de mil años de Cristo. A su término, los gigantes Gog y Magog aparecerán, forzando una nueva batalla entre el bien y el mal. Los santos ascenderán al seno de Abraham, y la Tierra, finalizado su camino, se convertirá en una estrella.

¿Absolutamente fantástico? Desde luego, para 1975; pero no para 1681. De hecho, para el tiempo en que vivía, Burnet era un racionalista, que respaldaba la preeminencia del mundo de Newton en una era de fe, porque la primera preocupación de Burnet consistía en describir una historia de la Tierra configurada, no a golpe de milagro o de capricho divino, sino por medio de procesos naturales, físicos. La visión de Burnet puede parecer fantasiosa, pero sus intérpretes son las fuerzas físicas comunes y corrientes de la desecación, evaporación, precipitación y combustión. Desde luego, él creía que los hechos de la historia de la Tierra venían inequívocamente expuestos en las escrituras, pero no obstante debían resultar consistentes con la ciencia, ya que si no, la palabra de Dios sería contraria a sus obras. La razón y la revelación son dos guías infalibles hacia la verdad, pero “es harto peligroso implicar la autoridad de las escrituras en las disputas acerca del Mundo Natural, como oposición a la Razón; bien puede ocurrir que el Tiempo, que todo lo ilumina, descubra como evidentemente falso aquello que nosotros hicimos aseverar a las Escrituras.”

Más aún, el Dios de Burnet no es el actor continuo y milagroso de una era precientífica, sino el relojero imperial de Newton que, habiendo creado la materia y organizado sus leyes, dejaba que la naturaleza siguiera su propio camino:

Consideramos mejor Artista a aquel que hace un Reloj que da las horas regularmente, gracias a los Muelles y Ruedas que pone en su trabajo, que a aquel que necesita poner su dedo sobre él cada hora para hacerlo sonar; y si se pudiera idear una pieza de relojería capaz de tañer todas las horas y realizar todos sus movimientos durante un tiempo dado, y si llegado el fin de ese tiempo, ante una señal dada, o por el toque de un Muelle, esa pieza se hiciera pedazos por sí misma; ¿acaso no sería esto considerado como una pieza de mayor Arte que si el Fabricante llegara en ese momento prefijado, rompiéndola con un gran Martillo?

Por supuesto, no pretendo argüir que Burnet fuera un científico en el sentido actual del término. No realizó experimento alguno ni observaciones sobre rocas y fósiles (aunque varios de sus coetáneos sí lo hicieran). Utilizaba un método de razón “pura” (que nosotros llamaríamos de poltrona), y escribió acerca de un futuro inverificable con la misma confianza como lo había hecho acerca de un pasado verificable. Similarmente, su procedimiento no es seguido por ningún científico moderno que yo conozca, excepción hecha de Immanuel Velikovsky  -ya que Burnet asumió la verdad de las escrituras e ideó un mecanismo físico para explicar lo narrado en ellas, del mismo modo que Velikovsky inventó una nueva física planetaria para preservar literalmente las historias narradas en documentos antiguos.

No obstante, Burnet no era un pilar del establishment teísta. De hecho, tuvo considerables problemas en torno a la teoría sagrada. Con el mejor estilo de la Inquisición, el obispo de Hereford atacó la confianza de Burnet en la razón: “O bien su cerebro se ha derrumbado bajo el peso del amor a sus propias invenciones, o su corazón está podrido por algún malvado propósito” -esto es, la subversión de la iglesia. En una aseveración anticientífica clásica, otro crítico eclesiástico afirmaba: “Aunque contamos con Moisés, es mi opinión que debemos esperar a Elías para que nos explique el verdadero modus filosófico de la creación y el diluvio”. (La referencia bíblica es a Elías, que volverá a la Tierra para anunciar el advenimiento del Mesías -o sea, que la ciencia no puede discutir estas cuestiones y debemos esperar alguna futura revelación acerca de su solución). John Keill, un matemático de Oxford, argumentaba que las explicaciones naturales de Burnet eran peligrosas porque animaban a pensar que Dios era superfluo.

No obstante, Burnet prosperó un tiempo. Se convirtió en Funcionario del Closet en la corte de Guillermo III. (El título no es un nombre imaginativo para los limpiadores de letrinas, sino una designación del confesor real, al ser el closet una capilla para las devociones privadas del rey.) Según los rumores fue incluso considerado para la sucesión del arzobispo de Canterbury. Pero Burnet fue demasiado lejos. En 1692, publicó una obra advocando una interpretación alegórica de los seis días del Génesis –y perdió inmediatamente su puesto, a pesar de sus profusas disculpas por cualquier inintencionada ofensa.

Finalmente fueron los dogmáticos y los antirracionalistas los que destruyeron a Burnet, y no los teístas (no había ateos reputados fuera del armario en la Inglaterra del siglo XVII). Cien años más tarde, esa misma gente obligó a Buffon a retractarse de su teoría acerca de la antigüedad de la Tierra. Ciento cincuenta años más tarde, desataron una pomposa campaña contra John Snopes, sin resultados. Hoy en día, utilizando la retórica liberal de la igualdad de tiempos, intentan expurgar la teoría evolutiva de los libros de texto de la nación.

La ciencia, qué duda cabe, ha sido también autora de transgresiones. Hemos perseguido disidentes, recurrido al catecismo, y hemos intentado extender nuestra autoridad a un terreno moral en el que carece de fuerza. No obstante, sin un compromiso en favor de la ciencia y la racionalidad en sus propios terrenos, no puede hallarse respuesta a los problemas que nos rodean. Aún así, los patanes no descansan.

 

Desde Darwin, reflexiones sobre Hstoria Natural

Traducción: Antonio Resines

Hermann Blume Ediciones, Madrid

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