7 nov. 2009

Marcel Schwob – Palabras de Monelle

 

Leonor Fini - Monelle

 

Monelle me halló en el páramo en donde yo erraba y me tomó de la mano.

–No debes sorprenderte –dijo–, soy yo y no soy yo.

Volverás a encontrarme y me perderás;

Regresaré una vez más entre los tu­yos; pues pocos hombres me han visto y ninguno me ha comprendido;

Y me olvidarás, y me reconocerás, y me olvidarás.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las pequeñas prostitutas, y conocerás el comienzo.

A los dieciocho años, Bonaparte el asesino se encontró a una pequeña prostituta bajo las puertas de hierro del Palais Royal. Tenía el semblante pálido y temblaba de frío. Pero "había que vivir", dijo. Ni tú ni yo conocemos el nombre de aquella pequeña que Bonaparte llevó a su cuarto del hotel de Cherbourg, en una noche de noviembre. Ella era de Nantes, en Bretaña. Estaba débil y can­sada, su amante la había abandonado. Era simple y buena; un sonido muy dul­ce tenía su voz: de todo eso se acordó Bonaparte. Y pienso que después el re­cuerdo del sonido de su voz lo emocio­nó hasta las lágrimas, y que la buscó lar­go tiempo en las noches de invierno, pero no volvió a verla jamás.

Pues tienes que saber que las peque­ñas prostitutas no salen más que una vez de la muchedumbre nocturna por una tarea de bondad. La pobre Anne se acercó a Thomas de Quincey, el come­dor de opio, que desfallecía en Oxford Street bajo las grandes lámparas de aceite. Húmedos sus ojos, ella le acercó a los labios un vaso de vino dulce, lo abrazó y lo mimó. Después se sumió otra vez en la noche. Quizá murió al poco tiempo. Tosía, dice De Quincey, la última noche que la vi. Tal vez vagaba todavía por las calles; no obstante la pa­sión de su búsqueda, y por mucho que soportó las risas de aquellos a quienes se dirigía, Anne se había perdido para siempre. Cuando tuvo más tarde una casa caliente, a menudo pensó, entre lá­grimas, que la pobre Anne habría podi­do vivir allí a su lado; en lugar de ello se la representaba enferma, o moribunda, o desamparada, en la insondable ne­grura de un burdel londinense, y se ha­bía llevado consigo todo la amorosa piedad de su corazón.

Mira, ellas profieren un grito de compasión por ustedes, y les acari­cian la mano con su mano descarna­da. No los comprenden a menos que sean muy desdichados; lloran con us­tedes y los consuelan. La pequeña Nelly vino hacia el convicto Dostoievski desde su casa abyecta; de­sahuciada de fiebre, lo miró largo ra­to con sus grandes y negros ojos trémulos. La pequeña Sonia (existió, como todas las otras) abrazó al asesi­no Rodión después de la confesión de su crimen: "¡Usted está perdido!", di­jo con un acento desesperado. Y de pronto se alzó para arrojarse a su cuello y abrazarlo... "¡No, no hay ahora mismo sobre la tierra un hom­bre más desgraciado que tú!", gimió en un arranque de piedad, y estalló de repente en sollozos.

Como Anne y como aquella que ca­rece de nombre y se acercó al joven y triste Bonaparte, la pequeña Nelly se hundió en la niebla. Qué fue de la pe­queña Sonia, pálida y descarnada, Dostoievski no lo ha dicho. Ni tú ni yo sa­bemos si pudo ayudar a Raskolnikov hasta el final en su expiación. Yo no lo creo. Se fue muy dulcemente entre sus brazos, tras demasiado sufrir y dema­siado amar.

Ninguna de ellas, debes saberlo, puede quedarse con ustedes. Estarían demasiado tristes y les da vergüenza quedarse. Cuando ustedes ya no lloran, ellas no se atreven a mirarlos. Les enseñan la lección que han de ense­ñarles, y se van. Vienen a través del frío y la lluvia a besarlos en la frente y enjugar sus ojos y las horribles tinie­blas vuelven a atraparlas. Pues deben tal vez irse a otra parte.

Ustedes no las conocen sino mientras ellas los compadecen. No hay que pensar otra cosa. No hay que pensar en lo que ellas han podido hacer en las tinieblas. Nelly en la horrible casa, Sonia borracha en un banco del bulevar, Anne devol­viendo el vaso vacío al tabernero en una calleja obscura tal vez fueran crueles, obs­cenas. Son criaturas de carne. Han salido de un sombrío callejón para dar un beso bajo la lámpara encendida de la calle. En ese momento eran divinas.

Todo lo demás hay que olvidarlo.

Monelle guardó silencio y me miró: Yo he salido de la noche, dijo, y a ella regresaré. Porque yo también soy una pequeña prostituta.

Y Monelle dijo:

Tengo piedad de ti, tengo piedad de ti, amado mío.

Sin embargo, volveré a entrar en la noche; pues es preciso que me pierdas, antes de recobrarme. Y si me recuperas, otra vez escaparé de ti.

Porque soy la que está sola.

Y Monelle dijo:

Debido a que estoy sola, me darás el nombre de Monelle. Pero tendrás pre­sente que tengo todos los otros nombres.

Y soy esta y aquella, y la que no tie­ne nombre.

Y te llevaré entre mis hermanas, que son yo misma, y se asemejan a prostitu­tas sin inteligencia;

Y las verás atormentadas de egoís­mo, de voluptuosidad, de crueldad y de orgullo, de paciencia y piedad, pues no se han hallado todavía;

Y las verás ir a buscarse a lo lejos;

Y tú mismo me encontrarás y yo me encontraré a mí misma; y me perderás y te perderé.

Pues soy la que se ha perdido no bien es encontrada.

Y Monelle dijo:

Ese día una mujercita te tocará con su mano y huirá;

Porque todas las cosas son fugiti­vas; pero Monelle es la más fugitiva de todas.

Y antes de que vuelvas a encontrar­me, en este páramo te enseñaré y tú es­cribirás el libro de Monelle.

Y Monelle me tendió una tablilla ahuecada en la que ardía una brizna rosada.

–Toma esta antorcha –dijo– y quema. Quema todo sobre la tierra y en el cielo. Y quiebra la tablilla y apágala cuando todo esté quemado, pues nada debe ser transmitido;

A fin de que seas el segundo nartecóforo y que destruyas por el fuego y que el fuego descendido del cielo vuel­va a ascender al cielo.

Y Monelle dijo: Te hablaré de la destrucción.

Esa es la palabra: Destruye, destruye, destruye. Destruye en ti mismo y a tu alrededor. Haz lugar para tu alma y pa­ra las otras almas.

Destruye todo bien y todo mal. Los escombros son semejantes.

Destruye los antiguos domicilios de hombres y los antiguos domicilios de almas; las cosas muertas son espejos que deforman.

Destruye, porque toda creación pro­cede de la destrucción.

Y para la bondad superior hay que aniquilar la bondad inferior. Y así el nuevo bien se presenta saturado de mal.

Y para imaginar un nuevo arte, hay que quebrantar el arte antiguo. Y así el arte nuevo parece una suerte de iconoclastia.

Porque toda construcción está hecha de vestigios, y en este mundo no hay nada nuevo excepto las formas.

Y Monelle dijo: Te hablaré de la formación.

El deseo mismo de lo nuevo no es si­no la ambición del alma que anhela formarse.

Y las almas rechazan las formas an­tiguas, lo mismo que las serpientes su antigua piel.

Y los pacientes recolectores de viejas pieles de serpiente afligen a las jóvenes serpientes porque poseen un poder mágico sobre ellas.

Porque aquel que detenta las anti­guas pieles de serpiente impide a las jó­venes serpientes transformarse.

Es por eso que las serpientes desollan sus cuerpos en el verde socavón de una profunda espesura; y una vez al año se reúnen las jóvenes en círculo y queman las viejas pieles.

Parécete, pues, a las estaciones des­tructoras y formadoras.

Construye tú mismo tu casa y qué­mala tú mismo.

No arrojes escombros a tus espaldas; que cada uno se valga de sus propios despojos.

No construyas jamás en la noche pa­sada. Deja que tus edificios escapen a la deriva.

Contempla nuevos edificios en los más mínimos impulsos de tu alma.

Para todo deseo nuevo, engendra dio­ses nuevos.

Y Monelle dijo: Te hablaré de los dioses.

Deja morir a los dioses antiguos; no te quedes sentado, como una plañidera al lado de sus tumbas;

Porque los antiguos dioses se levan­tan de sus sepulcros;

Y no protejas a los dioses jóvenes envolviéndolos en cintas;

Que todo dios se alce, no bien creado;

Que toda creación perezca, no bien creada;

Que el viejo dios ofrezca su creación al dios joven para que sea triturada por él;

Que todo dios sea dios del momento.

Y Monelle dijo: Te hablaré de los momentos.

Mira todas las cosas bajo el aspecto del momento.

Deja ir tu yo a merced del momento.

Piensa en el momento. Todo pensa­miento que perdura es contradicción.

Ama el momento. Todo amor que perdura es odio.

Sé sincero con el momento. Toda sin­ceridad que perdura es mentira.

Sé justa para con el momento. To­da justicia que perdura es injusticia.

Actúa para con el momento. Toda acción que perdura es un reino muerto.

Sé feliz con el momento. Toda felici­dad que perdura es desventura.

Ten respeto por todos los momen­tos, y no tiendas lazos entre las cosas.

No retrases el momento: extenuarías una agonía.

Observa: todo momento es una cu­na y un ataúd: que toda vida y toda muerte te resulten extrañas y nuevas.

Y Monelle dijo: Te hablaré de la vida y de la muerte.

Los momentos se asemejan a basto­nes mitad blancos y mitad negros;

No arregles tu vida mediante dibu­jos hechos con las mitades blancas. Pues de inmediato toparás los dibujos con las mitades negras;

Que cada negrura esté transida de la espera de la blancura futura.

No digas: vivo ahora, moriré maña­na. No partas la realidad entre vida y muerte. Di: ahora vivo y muero.

Escancia en cada momento la totali­dad positiva y negativa de las cosas.

La rosa del otoño prevalece una es­tación; cada mañana se abre; todas las noches se cierra.

Aseméjate a las rosas: ofrece tus ho­jas al arrebato de las voluptuosidades, al pisoteo de los dolores.

Que en ti todo éxtasis esté moribun­do, que toda voluptuosidad aspire a la muerte.

Que todo dolor pase por ti como un insecto que ha de levantar el vuelo. No te cierres sobre el insecto que carcome. No te enamores de esos cárabos negros. Que todo gozo pase por ti como un insecto que ha de levantar el vuelo. No te cierres sobre el insecto que succio­na. No te enamores de esas cetonias doradas.

Que toda inteligencia centellee y se apague en ti en el lapso de un relámpago.

Que tu dicha se divida en fulgura­ciones. Así tu parte de gozo será igual a la de los otros.

Ten del universo una contemplación de atomista.

No te resistas a la naturaleza. No apoyes contra las cosas los pies de tu al­ma. Que tu alma no dé vuelta la cara como el niño malo.

Anda en paz con la luz roja de la mañana y el resplandor gris del ano­checer. Sé el alba mezclada al ocaso.

Mezcla la vida con la muerte y diví­delas en momentos.

No esperes la muerte: ella está en ti. Sé su camarada y tenia contra ti; es co­mo tú mismo.

Muere de tu muerte; no codicies las muertes antiguas. Varía los géneros de muerte con los géneros de vida.

Ten por viva toda cosa incierta, y to­da cosa segura, por muerta.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las co­sas muertas.

Quema cuidadosamente a los muer­tos, y desparrama sus cenizas a los cua­tro vientos del cielo.

Quema cuidadosamente las acciones pasadas, y apisona las cenizas; pues el fé­nix que renacería de ellas sería el mismo. No juegues con los muertos y no acaricies sus rostros. No te rías de ellos y no llores sobre ellos: olvídalos.

No te fíes de las cosas pasadas. No te ocupes para nada en construir be­llos ataúdes para los momentos pasa­dos: piensa en matar los momentos porvenir.

Desconfía de todos los cadáveres.

No abraces a los muertos: ellos as­fixian a los vivos.

Consagra a las cosas muertas el res­peto que se debe a las piedras de cons­trucción.

No manches tus manos en la exten­sión de las líneas gastadas. Purifica tus dedos en aguas nuevas.

Respira el hálito de tu boca y no as­pires los alientos muertos.

No contemples las vidas pasadas más que tu vida pasada. No colecciones sobres vacíos.

No lleves en ti ningún cementerio. Los muertos producen pestilencia.

Y Monelle dijo: Te hablaré de tus acciones.

Que toda copa de barro transmitida se pulverice entre tus manos. Rompe toda copa en la que hayas bebido.

Sopla sobre la lámpara de vida que el corredor te alcanza. Pues toda lám­para antigua hace humo.

No te legues nada a ti mismo, ni pla­cer, ni dolor.

No seas esclavo de ninguna vesti­menta, ni de alma ni de cuerpo.

No golpees nunca con la misma cara de la mano.

No te contemples en la muerte; deja ir tu imagen en el agua que corre.

Huye de las ruinas y no llores en me­dio de ellas.

Cuando por la noche te quites tus ropas, desvístete de tu alma de la jor­nada; desnúdate en todos los mo­mentos.

Toda satisfacción te parecerá mortal. Azótala de antemano.

No digieras los días pasados: nútrete de las cosas futuras.

No confieses las cosas pasadas, por­que están muertas; confiesa ante ti las cosas futuras.

No desciendas a recoger las flores junto al camino; conténtate con toda apariencia. Pero abandona la aparien­cia, y no te vuelvas.

Nunca te vuelvas: detrás de ti llega el jadeo de las llamas de Sodoma, y muda­rías en estatua de lágrimas petrificadas.

No mires detrás de ti. No mires de­masiado adelante. Si miras en ti, que todo sea blanco.

No te sorprendas de nada por la comparación del recuerdo, sorpréndete de todo por la novedad de la ig­norancia.

Sorpréndete de todo; pues todo es diferente en la vida y semejante en la muerte.

Construye en las diferencias; destru­ye en las similitudes.

No te dirijas hacia permanencias; no están ni en la tierra ni en el cielo.

Siendo la razón permanente, tú la destruirás, y dejarás que tu sensibilidad se transforme.

No tengas miedo de contradecirte: no existe contradicción en el momento.

No ames tu dolor; pues no durará.

Considera tus uñas que crecen, y las pequeñas escamas de tu piel que caen.

Sé olvidadizo de todo.

Con un punzón acerado te ocuparás de matar pacientemente tus recuerdos, tal como el antiguo emperador mataba las moscas.

No hagas durar tu felicidad por el recuerdo hasta el porvenir.

No te acuerdes y no preveas.

No digas: trabajo para adquirir; tra­bajo para olvidar. Sé olvidadizo de la adquisición y del trabajo.

Álzate contra todo trabajo; contra toda actividad que exceda el momento, álzate.

Que tu marcha no vaya de un lado a otro; porque no existe tal cosa; pero que cada uno de tus pasos sea una pro­yección restablecida.

Borrarás con tu pie izquierdo la huella de tu pie derecho.

Desconócete a ti mismo.

No te preocupes por tu libertad: ol­vídate de ti mismo.

Y Monelle dijo: Te hablaré de mis palabras.

Las palabras son palabras mientras son dichas.

Las palabras conservadas están muer­tas y producen pestilencia.

Escucha mis palabras habladas y no ac­túes de acuerdo con mis palabras escritas.

Después de hablar así en el páramo, Monelle calló y se puso triste: porque debía sumirse otra vez en la noche.

Y de lejos me dijo: Olvídame y te se­ré restituida.

Miré por la planicie, y vi alzarse a las hermanas de Monelle.

 

 

 

En El libro de Monelle

Trad. Ariel Dilon

Buenos Aires, Lonseller, 2005

Imagen: Monelle de Leonor Fini

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