28 oct. 2009

W. G. Sebald: Los anillos de Saturno,VI (China)






Cerca de la costa entre Southwold y la localidad de Walberswick, un puente de hierro estrecho conduce sobre el río Blyth, por el que una vez navegaron mar adentro pesados barcos cargados de lana. Hoy día ya casi no hay tráfico en el río, obstruido con arena casi en su totalidad. A lo sumo, en la orilla inferior, entre un sinnúmero de botes ruinosos, se ve uno u otro barco de vela amarrado. En el lado de la tierra no hay más que agua gris, terrenos pantanosos y vacío.

El puente sobre el Blyth se construyó en 1875 para un ferrocarril de vía estrecha que circulaba entre Halesworth y Southwold, cuyos vagones, como afirman diferentes historiadores locales, estaban destinados en un principio al emperador de China. Pese a largas investigaciones no he conseguido averiguar exactamente de qué emperador chino se trataba, como tampoco he podido saber por qué no se llegó al cumplimiento del contrato de suministro y bajo qué circunstancias el pequeño tren de la corte imperial, que tal vez hubiese tenido que unir el Pekín de aquel tiempo, todavía rodeado de bosques de pinos, con una de las residencias veraniegas, fue finalmente puesto al servicio de una de las vías de empalme del Great Eastern Railway. Las fuentes inciertas son unánimes solamente en cuanto a que los contornos del animal heráldico imperial con cola, envuelto por las nubes de su propia respiración, se podían reconocer con claridad debajo del esmalte negro del tren, limitado a una velocidad máxima de veinticinco kilómetros por hora, y que era requerido principalmente por bañistas y veraneantes. En lo que respecta al animal heráldico en sí, El libro de los seres imaginarios*, ya citado al comienzo de este informe, contiene una taxonomía y descripción bastante completa de los dragones orientales, de los del cielo así como de aquellos de tierra y mar. De unos se dice que llevan a sus espaldas los palacios de los dioses, mientras que los otros presumiblemente determinan el curso de los arroyos y de los ríos y protegen los tesoros subterráneos. Están cubiertos por una coraza de escamas amarillas. Debajo de las fauces tienen barba, la frente está abombada sobre ojos llameantes, las orejas son cortas y gordezuelas, las fauces están siempre abiertas y se alimentan de perlas y de ópalos. Algunos alcanzan de cinco a seis kilómetros de largo. Cuando cambian de lugar derriban montañas. Si vuelan, causan horribles tempestades que arrancan los tejados de las casas en las ciudades y devastan las cosechas. Si emergen de las profundidades del mar, se originan corrientes demoledoras y tifones. En China, la pacificación de las fuerzas de los elementos estaba muy estrechamente vinculada al ceremonial en torno a los soberanos del trono del dragón, que dominaba tanto los quehaceres más insignificantes como los actos oficiales de mayor importancia, y que fomentaba, al mismo tiempo, la legitimación e inmortalización del monstruoso poder profano reunido en la persona del emperador. Los más de seis mil miembros del hogar imperial, conformado exclusivamente por eunucos y mujeres, rodeaban cada minuto del día y de la noche, en vías acompasadas con precisión, al único habitante masculino de la ciudad prohibida, escondida detrás de muros púrpuras.


Palacio de la Ciudad Prohibida


En la segunda mitad del siglo XIX se alcanzó el grado sumo de ritualización del poder imperial como también el grado sumo de su corrosión. Mientras que cada uno de los cargos más rígidamente jerarquizados de la corte se continuaba desempeñando según las prescripciones perfeccionadas hasta el último detalle, el imperio, bajo la presión creciente de sus enemigos internos y externos, llegó al borde de su derrumbamiento. En los años cincuenta y sesenta la rebelión de los Taiping, partidarios de un movimiento de liberación mundial inspirado en un confucianismo cristiano, se extendió, a la velocidad de la pólvora, por casi todo el sur de China.


Rebelión de Taiping 1850 a 1864


En un número insospechado, el pueblo vapuleado por la necesidad y por la pobreza, los campesinos hambrientos, los soldados licenciados tras la guerra del opio, los cargadores, los marineros, actores y prostitutas, acudían en masa hacia Hong Xiuquan (imagen abajo), el autoproclamado rey del cielo, que en un delirio febril había vislumbrado un futuro glorioso y justo. Pronto, un ejército en crecimiento constante de luchadores sagrados arrollaba el país desde Kuangsi hacia el norte, invadiendo las provincias de Hunan, Hubei y Anhui. Ya al comienzo de la primavera de 1853, el ejército se hallaba ante las puertas de la poderosa ciudad de Nankín, la cual, después de dos días de asedio, fue asaltada y proclamada capital celestial del movimiento. A partir de ahora, la rebelión, acuciada por la esperanza de la fortuna, atravesaba el enorme país en oleadas siempre nuevas.

Más de seis mil ciudadelas fueron conquistadas por los sublevados y ocupadas durante un tiempo, cinco provincias fueron devastadas por las constantes batallas, más de veinte millones de personas murieron en el transcurso de apenas quince años. Sin ninguna duda, el horror sangriento que entonces recorría el imperio del centro supera todo lo imaginable. Durante el estío de 1864, después de siete años de asedio por parte de las tropas imperiales, Nankín capituló. Los defensores habían agotado hacía mucho tiempo sus últimos medios, hacía mucho tiempo que habían abandonado la esperanza de hacer realidad el paraíso a este lado, que tan cerca de sus ojos se cernía al comienzo de la agitación que casi podían tocarlo. Los sentidos, íntegramente perturbados a causa del hambre y de los estupefacientes, se aproximaban al fin. El 30 de junio, el rey celestial se suicidó. Su ejemplo fue secundado por cientos de miles de adeptos, ya por fidelidad hacia él, ya por miedo a la venganza de los conquistadores. Se suicidaron de todas las formas pensables, con la espada y con el puñal, con el fuego y con la soga, precipitándose desde las almenas y desde los tejados de las casas. Muchos debieron de enterrarse con vida. La autodestrucción de los Taiping casi no tiene parangón en la historia. Cuando en la mañana del 19 de julio entraron sus contrincantes en la ciudad, no encontraron por ninguna parte ni un alma viva, sino un gran zumbido de moscas por doquier. El rey del imperio celestial de la paz infinita yacía, así constaba en un despacho enviado a Pekín, con la cara hacia abajo dentro de una alcantarilla, su cuerpo hinchado se mantenía unido únicamente por las ropas de seda de amarillo imperial que siempre llevaba, lo que se había considerado como una blasfemia, adornadas con la imagen del dragón.

La derrota de la rebelión Taiping hubiese sido probablemente imposible si los contingentes del ejército británico, que se encontraban en China, no se hubiesen puesto del lado de las tropas imperiales después de dar las suyas propias por concluidas. La presencia armada del poder estatal británico en China se remonta a 1840, año en que se declaró la denominada guerra del opio. A causa de las medidas adoptadas desde 1837 por el gobierno chino para la supresión del comercio del opio, la Compañía de las Indias Orientales dedicada a la plantación de ama» polas en los campos de Bengala y al transporte en barco del estupefaciente extraído de sus semillas, en primer lugar hacia Cantón, Amoy y Shangai, vio amenazada una de sus empresas más rentables. La declaración de guerra que se sucedió como consecuencia supuso el comienzo de la apertura forzosa del imperio chino que se había mantenido cerrado desde hacía doscientos años para los bárbaros extranjeros. En nombre de la propagación de la fe cristiana y del libre comercio, considerado como condición previa para todo avance civilizador, se demostró la superioridad de las piezas de artillería occidentales, se tomó por asalto una serie de ciudades y acto seguido se extorsionó una paz, entre cuyas condiciones figuraban garantías para las factorías británicas en la costa, la cesión de Hong Kong y, no en último lugar, pagos de reparación de guerra verdaderamente vertiginosos. En tanto que desde una perspectiva británica esta disposición, de antemano sólo provisoria, no preveía un acceso a las plazas comerciales en el interior del país, no se podía descartar la necesidad de más acciones militares posteriores, en especial teniendo en cuenta a los cuatrocientos millones de chinos, a los que se hubiera podido vender el producto de algodón confeccionado en las hilanderías de Lancashire. En cualquier caso, no se encontró un pretexto suficiente para una nueva expedición represiva hasta 1856, cuando oficiales chinos abordaron una fragata en el puerto de Cantón para apresar a algunos de los miembros de la tripulación sospechosos de piratería, compuesta exclusivamente por marineros chinos. Durante esta operación, el destacamento de abordaje arrió la Union Jack, que flameaba en el mástil principal probablemente porque en aquella época era frecuente que el emblema nacional británico se izara en el tráfico ilegal con finalidades de camuflaje. Sin embargo, puesto que el barco abordado estaba registrado en Hong Kong y por tanto navegaba con absoluta legalidad bajo bandera británica, el percance, cómico de por sí, pudo ser entendido por los representantes de los intereses británicos en Cantón como coartada para un conflicto con las autoridades chinas, que pronto se hubo llevado tan lejos, que al final se creyó no tener otra alternativa que ocupar los fuertes de los puertos y bombardear la residencia oficial del prefecto de administración. A ello se le añadió oportunamente que la prensa francesa informara, casi al mismo tiempo, de la ejecución de un párroco misionero llamado Chapdelaine, decretada por funcionarios de la provincia de Kuangsi. La descripción del desagradable procedimiento culminaba afirmando que los verdugos habían sajado el corazón del pecho al ya asesinado Abbé, lo habían cocinado y se lo habían comido. Los gritos que se elevaron después en Francia clamando represalia y desagravio se aunaron a la perfección a los esfuerzos del partido en favor de la guerra en Westminster, de modo que, tras los preparativos pertinentes, pudo desarrollarse el extraño espectáculo de una campaña anglofrancesa conjunta en la era de rivalidad imperialista. El punto culminante de esta operación, vinculada a enormes dificultades logísticas, se alcanzó en agosto de 1860, cuando dieciocho mil fuerzas armadas británicas y francesas desembarcaron en la bahía de Pechili, apenas a doscientos cuarenta kilómetros de Pekín y, respaldados en Cantón por un ejército reclutado de tropas chinas de apoyo, conquistaron los fuertes de Taku, en la desembocadura del río Pai-ho, que están rodeados de pantanos de agua salada, profundas fosas, enormes terraplenes y empalizadas de bambú. Durante los denodados intentos, posteriores a la capitulación incondicional de las tropas de la fortaleza, por concluir debidamente una campaña —eficiente según criterios militares— por la vía de las negociaciones, los delegados de los aliados, sin tener en cuenta que obviamente estaban en la mejor posición, se perdían cada vez más en el angustioso laberinto de la diplomacia china dilatoria, determinada tanto por los complejos requisitos de la etiqueta del imperio del dragón como por el miedo y el desconcierto del emperador. En definitiva, las negociaciones fracasaron probablemente a causa de la absoluta incomprensión, que ningún intérprete hubiera sido capaz de franquear, con la que se enfrentaron los emisarios que vivían en mundos conceptuales radicalmente distintos. Si desde el lado británico y francés se veía la paz que había de obtenerse como la primera etapa en la colonización de un imperio fatigado, ileso, con mucho, de los adelantos espirituales y materiales de la civilización, los emisarios del emperador, por su parte, se esforzaban por hacer patente a los extranjeros, aparentemente en modo alguno familiarizados con las costumbres chinas, la obligación en que se hallaban los embajadores de los estados satélite tributarios frente al hijo del cielo. Finalmente, no quedaba más que remontar el Pai-ho con cañoneros y avanzar al mismo tiempo por tierra hacia Pekín. El emperador Hsien-feng, de una salud extremadamente débil y aquejado de hidropesía a pesar de su corta edad, eludió la inminente confrontación poniéndose en camino el 22 de septiembre hacia su refugio en Jehol, al otro lado de la gran muralla, en medio de un bullicio desordenado de eunucos de la corte, mulos, carretas de equipaje, palanquines y sillas de mano. La noticia transmitida a los comandantes del poder enemigo decía que su majestad el emperador estaba sujeto, según la ley, a entregarse al ejercicio de la caza en otoño.

Por su parte, en un estado de indecisión sobre la futura forma de proceder, parece que, a comienzos del mes de octubre, las tropas aliadas se encontraron casualmente con el jardín encantado de Yuan Ming Yuan, situado en las cercanías de Pekín yprovisto de un sinnúmero de palacios, pabellones, galerías, fantásticos cenadores, templos y torres, en cuyas pendientes de montañas artificiales, entre declives y pequeños bosques, pastaban ciervos con cornamentas fabulosas y donde toda la incomprensible magnificencia de la naturaleza y de las maravillas que la mano humana había incorporado en ella se reflejaba en las aguas oscuras, que no movía ni el más leve soplo de aire. La terrible destrucción que, burlando la disciplina militar y en general todo raciocinio, se llevó a cabo en el legendario jardín durante los días siguientes es únicamente comprensible en parte como una consecuencia de la rabia por la decisión que se aplazaba una y otra vez. El verdadero motivo del saqueo de Yuan Ming Yuan radicaba, como ha de suponerse, en la provocación exorbitante que el mundo paradisíaco, creado a partir de la realidad terrena y que aniquilaba al momento toda idea de la incivilización de los chinos, representaba para aquellos guerreros que habían partido de sus casas, infinitamente lejos, no habituados más que al deber, a la privación y la mortificación de sus deseos. Los relatos de lo que había ocurrido durante aquellos días de octubre no son muy fiables, sin embargo, solamente el hecho de la posterior subasta de los bienes robados en el campamento británico revela que una gran parte de los adornos y de las joyas transportables que la corte, al emprender la huida, había dejado tras de sí, todo lo que estaba trabajado en jade y en oro, y en plata y en seda, había caído en manos de los saqueadores. Cuentan que el incendio subsiguiente de las más de doscientas casas de recreo, residencias de caza y santuarios apostados en la extensa superficie del jardín y en las zonas contiguas al palacio fue ordenado por los comandantes como represalia por el mal trato dispensado a los emisarios británicos Loch y Parkes, sin embargo estaba pensado en primer lugar para disimular el anterior saqueo. Con una rapidez increíble, escribió el capitán de los pioneros, Charles George Gordon (imagen abajo), los templos, los castillos y las ermitas, construidos en su mayoría de cedro, se consumieron en llamas uno tras otro y el fuego se expandió crujiendo y saltando por los verdes matorrales y por los bosques. A excepción de un par de puentes de piedra y de pagodas de mármol, pronto estaba todo destrozado.

Aun durante mucho tiempo se elevaban columnas de humo en las inmediaciones y una nube de ceniza, tan grande que mantenía el sol oculto, fue transportada por el viento del oeste hasta Pekín, donde después de algún tiempo se dejó caer sobre las cabezas y las viviendas de aquellos habitantes, sobre los que se imaginaban que había caído un castigo del cielo. A finales de mes, después del escarmiento en Yuan Ming Yuan, los funcionarios del emperador se vieron obligados a firmar inmediatamente la paz de Tientsin, que habían aplazado una y otra vez, cuyas cláusulas principales, dejando a un lado las nuevas exigencias de reparaciones que apenas podían satisfacer, remitían al derecho de libre circulación y de libre actividad misionera en el interior del país, así como a la negociación de una tarifa aduanera que legalizase el comercio del opio. Como contraprestación, los poderes occidentales se mostraron dispuestos a colaborar en el mantenimiento de la dinastía, esto es, en el exterminio de los Taiping y en la represión de las aspiraciones secesionistas de la población musulmana en los valles de Shensi, Yunnan y Gansu, durante las que fueron expulsadas de sus lugares de residencia o asesinadas entre seis y diez millones de personas, según diferentes estimaciones. Charles George Gordon, el capitán ya mencionado de los Royal Engineers, que en aquel tiempo apenas contaba treinta años, era un hombre tímido, de espíritu cristiano pero a la vez irascible y profundamente melancólico. Este hombre, que más tarde fallecería de una muerte gloriosa en el sitiado Jartum, fue quien asumió el alto mando del desmoralizado ejército imperial y lo adiestró al cabo de poco tiempo en tropas tan poderosas que en reconocimiento a sus méritos le fue otorgada a su marcha la chaqueta amarilla de caballería, condecoración máxima del imperio del centro.

En agosto de 1861, tras meses de indecisión, el emperador Hsien-feng se aproximaba al ocaso de su corta vida, arruinada por los excesos, en el exilio de Jehol. El líquido ya le había ascendido desde el abdomen hasta el corazón, y las células de su cuerpo en disolución paulatina flotaban en el líquido salado, que desde las vías sanguíneas se infiltraba por todos los intersticios de los tejidos, como los peces en el mar. A modo de paradigma y con un entendimiento confuso, Hsien-feng vivía en sus propios miembros y órganos agonizantes, inundados de sustancias venenosas, la invasión de las provincias de su imperio por poderes extraños. El mismo no era más que el campo de batalla en que se consumaba la derrota de China, hasta que el día 22 de ese mismo mes se posaron sobre él las sombras de la noche y se sumergió definitivamente en el delirio de la muerte. Debido al tratamiento y a complicados cálculos astrológicos al que hubo que someter al cadáver del soberano chino antes de amortajarlo, la fecha del traslado del cuerpo a Pekín no pudo fijarse antes del 5 de octubre. Entonces, el cortejo fúnebre, de más de un kilómetro y medio de longitud, estuvo en marcha durante tres semanas, con el catafalco sostenido sobre unas enormes angarillas de oro que, a hombros de ciento veinticuatro portadores escogidos, se balanceaba amenazadoramente, a través de una lluvia otoñal que en su uniformidad se desencadenaba con fuerza, subiendo y bajando montañas, atravesando valles y desfiladeros y pasando por cumbres de puertos desiertas, que desaparecían en remolinos grises de nieve. Cuando por fin el cortejo fúnebre hubo alcanzado su meta la mañana del 1 de noviembre, a ambos lados de la calle que conducía a las puertas de la ciudad prohibida y que se había rociado de arena amarilla, colgaban pantallas de seda azul de Nankín, para que el pueblo llano no pudiera dirigir su mirada al rostro de Tung-chih, el niño-emperador de cinco años, al que Hsien-feng había nombrado heredero al trono del dragón aún durante sus últimos días y que ahora, en un palanquín tapizado, detrás de los restos mortales de su padre, era transportado a su casa al lado de Cixi, su madre, ascendida del concubinato y que ya ostentaba el augusto título de viuda del emperador.

Las luchas por la toma provisional del poder de disposición de manos del soberano menor de edad, enardecidas, como es lógico, tras el regreso de la corte a Pekín, se decidieron al cabo de poco tiempo en favor de la viuda del emperador que estaba poseída por una voluntad de poder irreductible. Los príncipes, quienes durante la ausencia de Hsien-feng habían hecho las veces de su sustituto, fueron acusados del indisculpable crimen de conjuración contra la soberanía legítima y condenados a muerte por desmembración y descuartizamiento en rebanadas. La modificación de esta sentencia en la autorización para ahorcarse por sí solos, que se les transmitió a los reos de alta traición en forma de una soga de seda, estaba considerada como un signo de benevolencia condescendiente del nuevo régimen. Después de que los príncipes Cheng, Su-shun y Yi, al parecer sin titubear, hubieran hecho uso del privilegio que les había sido otorgado, la viuda del emperador era la regente indiscutible del imperio chino, en cualquier caso hasta el momento en que su propio hijo alcanzara la edad en que pudiese gobernar y se dispusiera a tomar medidas contrarias a los planes que ella había forjado, y ya realizado en gran parte, concernientes a una expansión de su plenitud de poderes cada vez mayor. Teniendo en cuenta este giro de los acontecimientos, sucedió, lo que para Cixi era, poco más o menos, una señal de la providencia, que Tung-chih, tan sólo un año después de su advenimiento al trono, sea a consecuencia de una infección de viruelas, sea de otra enfermedad que hubiera contraído, según los rumores que corrían, con los bailarines y travestidos en las calles de flores de Pekín, se hallaba postrado con una debilidad tal que ya se veía sobrevenir su final prematuro, a la edad de apenas diecinueve años, cuando en otoño de 1874 el planeta Venus —lóbrego presagio— pasó por delante del sol. De hecho, Tung-chih murió pocas semanas después, el 12 de enero de 1875. Se le giró el rostro hacia el sur y se le vistió para el viaje hacia el más allá con los ropajes de la vida eterna. Tan pronto como los ceremoniales de defunción hubieron concluido según las prescripciones, la esposa del emperador, ya reunido con sus antepasados, que en aquel momento, según lo atestiguan diversas fuentes, tenía diecisiete años y se encontraba en los últimos meses de embarazo, se envenenó con una fuerte dosis de opio. Los comunicados oficiales atribuyeron su muerte, acaecida bajo misteriosas circunstancias, a la pena inconsolable que le había abatido; no obstante, no pudieron disipar por completo la sospecha de que a la joven emperatriz se le había quitado de en medio con el fin de prolongar la regencia de la viuda del emperador, Cixi, que en adelante consolidaba su posición haciendo proclamar sucesor del trono a Kuang-hsu, su sobrino de dos años, por medio de una maniobra que contravenía todas las tradiciones, ya que Kuang-hsu, por vía sucesoria, pertenecía a la misma generación que Tung-chih y, por consiguiente, según la prescripción irrevocable del culto de Confucio, no estaba autorizado a dispensarle los servicios de oración y devoción para la pacificación de los muertos. El modo en que la viuda del emperador, por lo demás con una actitud extremadamente conservadora, hacía caso omiso a las tradiciones más venerables, era uno de los indicios de su anhelo, cada vez más despiadado, de un ejercicio ilimitado del poder. Y, al igual que todos los tiranos, también ella se empeñaba en exhibir ante el mundo y ante sí misma lo exaltado de su posición con una suntuosidad que supera todo lo imaginable. Tan sólo su hogar privado, administrado por Li Lien-ying, el eunuco mayor que era su mano derecha en los asuntos domésticos, devoraba al año la entonces exorbitante suma de seis millones de libras esterlinas. Pero cuanto más ostentosos se tornaban los medios para la exhibición de su autoridad, tanto más se propagaba en ella el miedo a perder la omnipotencia que con tanta perspicacia había atraído hacia sí. Insomne vagaba de noche por el bizarro paisaje de sombras entre montañas rocosas artificiales, bosques de heléchos y oscuras tuyas y cipreses del jardín de palacio. Por la mañana temprano, se tomaba en ayunas una perla molida en polvo como elixir para el mantenimiento de su invulnerabilidad, y por el día, Cixi, quien hallaba mayor complacencia en las cosas exánimes, permanecía a veces de pie, durante horas, junto a las ventanas de sus aposentos, con la mirada absorta hacia fuera, hacia el tranquilo lago del norte parecido a una pintura. A lo lejos, las diminutas figuras de los jardineros en los campos de lirios o aquellas de los cortesanos patinando sobre la superficie azul de hielo en los meses de invierno, no le servían como recuerdo de la movilidad natural del ser humano, es más estaban ya sometidas, como moscas en una botella, al libre arbitrio de la muerte. De hecho, viajeros de paso por China entre 1876 y 1879 cuentan que durante la sequía que por aquel entonces se prolongaba años, provincias enteras suscitaban la impresión de cárceles rodeadas de cristal. Según parece, entre siete y veinte millones —nunca se llevó a cabo un cómputo exacto— perecieron en Shanxí, Shensi y Shandong principalmente a causa del hambre y del agotamiento. El predicador baptista Timothy Richard, por ejemplo, describe cómo la catástrofe se traducía en una ralentización de todos los movimientos que con el paso de las semanas se hacía cada vez más evidente. De uno en uno, en grupos y en filas alargadas, la gente se arrastraba a través del país y no era extraño que fuesen derribados por un débil soplo de viento y se quedaran tendidos para siempre al borde del camino. El mero alzar de una mano, cerrar un párpado, el desprender la última respiración a veces parecía efectuarse en el transcurso de un siglo. Y con la disolución del tiempo también se disolvían todas las demás relaciones. Los padres se intercambiaban a los hijos porque no podían soportar asistir a los últimos sufrimientos de los suyos propios. Pueblos y ciudades estaban rodeados de desiertos de polvo por los que reiteradamente aparecían trémulos espejismos de valles de ríos y lagos rodeados de foresta. Al rayar el alba, cuando el crujido de las hojas secas en las ramas se introducía en el frágil sueño, a veces se pensaba, por una décima de segundo en que los deseos eran más fuertes que la conciencia, que hubiera comenzado a llover. Pese a que la capital y sus inmediaciones habían sido dispensadas de las peores consecuencias de la sequía, la viuda del emperador, cuando llegaban las malas nuevas del sur, ordenaba consumar en su templo, siempre a la hora a la que sale el lucero vespertino, un sacrificio de sangre a los dioses de la seda, para que a las orugas no les faltara verde fresco. De entre todos los seres vivos eran exclusivamente estos extraños insectos por los que sentía un profundo afecto. Las sederías donde se las criaba eran de los edificios más bellos del palacio de verano. Con las damas de su séquito ataviadas con mandiles blancos, Cixi deambulaba diariamente a través de los vestíbulos aireados para inspeccionar la prosecución de los trabajos y con especial predilección se sentaba, cuando anochecía, completamente sola entre todas las estanterías, escuchando con devoción el leve sonido de aniquilamiento, uniforme y prodigiosamente tranquilizante, que provenía de los incontables gusanos de seda devorando la morera fresca. Contemplaba estos seres pálidos, casi transparentes, que abandonarían pronto su vida por las hebras finas que hilan, como si fueran sus verdaderos fieles. Se le antojaban como el pueblo ideal, presto a servir, dispuesto a morir, reproducible a voluntad en un breve espacio de tiempo, orientado únicamente a la sola finalidad a la que se le ha predispuesto, el polo opuesto de los seres humanos, que por principio no son fiables en absoluto; igual de poco fiables eran tanto las masas anónimas de fuera del imperio como aquellos que formaban el círculo más íntimo a su alrededor y que, como ella sospechaba, en cualquier momento estaban dispuestos a pasarse al lado del segundo niño emperador que ella había nombrado, el cual, para su preocupación, manifestaba su propia voluntad cada vez con mayor frecuencia. Kuang-hsu, profundamente fascinado por el secreto de las máquinas modernas, aún pasaba la mayor parte de su tiempo desmontando los juguetes mecánicos y mecanismos de relojería que vendía un fabricante danés en un comercio de Pekín, aún se podía distraer su ambición incipiente prometiéndole un ferrocarril de verdad en el que podría recorrer su país entero, pero ya no quedaba muy lejano el día en que el poder recaería en él, poder al que ella, la viuda del emperador, tanto menos podía renunciar cuanto más tiempo pasaba. Me supongo que el pequeño tren de la corte, con la imagen del dragón chino, que más tarde transitaba entre Halesworth y Southwold, se encargó originariamente para Kuang-hsu, y que este encargo fue anulado cuando el joven emperador, a mitad de los años noventa, comenzaba a defender los propósitos del movimiento reformista —bajo cuya influencia había caído—, que, en creciente medida, contrariaban las intenciones de Cixi. Seguro es, en cualquier caso, que los intentos de Kuang-hsu de atraer el poder hacia sí tuvieron como consecuencia última su reclusión en una prisión militar de uno de los palacios de agua emplazados ante la ciudad prohibida y la imposición de firmar una declaración de renuncia que entregaba a merced de la viuda del emperador el poder gubernamental sin restricciones. Durante diez años Kuang-hsu se consumió en su exilio de la isla paradisíaca, hasta que al finalizar el verano de 1908, los diversos sufrimientos —dolores crónicos de espalda y de cabeza, contracciones renales, extrema sensibilidad a la luz y a los ruidos, debilidad pulmonar y profundas depresiones— que desde el día de su derrocamiento le habían atormentado cada vez más, le abatieron de forma definitiva. Un tal doctor Chu, conocedor de la medicina occidental, al que se había consultado en última instancia, le diagnosticó la denominada enfermedad de Bright, sin embargo advirtió algunos síntomas discrepantes —corazón nervioso, rostro hinchado de color púrpura, lengua amarilla—, que, como desde entonces se ha estimado en más de una ocasión, indicaban un envenenamiento paulatino. En su visita al enfermo en el hogar imperial, al doctor Chu también le llamó la atención que los suelos y todos los objetos de decoración estuvieran cubiertos por una espesa capa de polvo, como en una casa largo tiempo abandonada por sus moradores, signo de que ya desde hacía años habían dejado de preocuparse por el bienestar del emperador. El 14 de noviembre de 1908, al caer la tarde o, como se decía, a la hora del gallo, Kuang-hsu, entre tormentos, abandonó su vida. Tenía treinta y siete años en el momento de su muerte. La viuda del emperador, de setenta y tres años, que había maquinado de manera tan sistemática la destrucción de su cuerpo y de su espíritu, no le sobrevivió, extrañamente, un solo día siquiera. La mañana del 15 de noviembre, aún con suficientes fuerzas, presidía el gran Consejo que meditaba la nueva situación en que se encontraban, pero después de la comida, a cuyo término, pese a las advertencias de sus médicos de cámara, se tomó una porción doble de su plato favorito —manzanas silvestres con nata espesa— sufrió un ataque parecido a la disentería del que ya no se salvó. Hacia las tres de la tarde todo había acabado. Ya vestida en las ropas de entierro dictó su despedida del imperio que bajo su regencia, de casi medio siglo, había llegado al borde de la disolución. Que ella ahora, dijo, cuando dirigía una mirada hacia el pasado, veía cómo la historia no se compone más que de desgracias y tribulaciones que se precipitan sobre nosotros, como una ola tras otra se precipita sobre la orilla del mar, de forma que nosotros, decía, a lo largo de todos los días de nuestra vida en la tierra, no experimentamos un solo instante que verdaderamente esté libre de temor.


*Jorge Luis Borges

Trad. Carmen Gómez y Georg Pichler
Barcelona, Debate, 2000
Las ilustraciones no pertenecen a la obra