Salman Rushdie – Cristóbal Colón y la Reina Isabel de España consuman su relación (Santa Fe, Anno domini, 1492)

11 de octubre de 2009 ·

 

rushdie Colón, extranjero, sigue a la reina Isabel durante una eternidad, sin renunciar por completo a sus esperanzas.

—¿En qué actitudes características?

Orgulloso pero suplicante, con la cabeza alta pero la rodilla doblada. Servil pero intrépido; poseído de cierta vulgaridad descarada, sale airoso gracias a su encanto de timador. Sin embargo, a medida que el tiempo pasa, se van acentuando los aspectos amables de sus maneras; su fanfarronería de lobo de mar se desgasta. Lo mismo que sus zapatos.

-Esperanzas. ¿De qué?

Primero las respuestas evidentes. Espera un ascenso. Quiere anudar el favor de la Reina a su yelmo, como un caballero de romance. (No tiene yelmo.) Tiene esperanzas de dinero y de tres grandes barcos, Niña, Pinta, Santa María; de lograrlo, en mil cuatrocientos noventa y dos, por gracia bendita de Dios. Sin embargo, cuando llegó a la Corte, al preguntarle la propia Reina qué deseaba, se inclinó sobre la olivácea mano de ella y, con los labios a la distancia de un aliento del gran anillo del poder, murmuró una sola y peligrosa palabra.

«Consumación.»

—¡Estos extranjeros imposibles! ¡Qué descaro! ¡Nada menos que «consumación»! Y luego le sigue los pasos, mes tras mes, como si tuviera alguna posibilidad. Sus toscas epístolas, sus desafinadas serenatas bajo las ventanas de postigos, que la obligan a tenerlos cerrados, cortando el paso a la brisa fresca. Ella tiene cosas más importantes que hacer, un mundo que conquistar, etcétera. ¿ Quién se ha creído él que es?

=Los extranjeros pueden ser obstinados. Y también, por dificultades lingüísticas, no saber entender una insinuación. No obstante, no lo olvidemos, se considera de rigueur tener alrededor algunos extranjeros. Dan al lugar cierto tono cosmopolita. Con frecuencia son pobres y, en consecuencia, están dispuestos a realizar diversas tareas necesarias pero sucias. Además, son un aviso contra la complacencia; su existencia entre nosotros nos recuerda que hay sitios en que (por difícil que sea aceptarlo), también a nosotros se nos consideraría extranjeros.

—Pero hablar así a la Reina

-Los extranjeros no saben estar en su sitio (que han dejado atrás). Si se les da tiempo, empiezan a pensar que son nuestros iguales. Es un riesgo inevitable. Introducen en nuestra austeridad sus afectaciones italianizantes. Es inútil: hacer oídos sordos, mirar a otra parte. Rara vez tienen realmente la intención de hacer daño y sólo infrecuentemente van demasiado lejos. La Reina, podéis estar seguros, sabe cuidarse de sí misma.

A Colón, en la corte de Isabel, se le carga pronto la reputación de loco. Sus ropas son excesivamente coloridas y además bebe con exceso. Cuando Isabel logra una victoria militar, la celebra con once días de salmos y sonoras severidades de los curas. Colón se mueve ruidosamente por los alrededores de la catedral, agitando un pellejo de vino. Una orgía de un solo hombre.

—¡Miradlo, ese borracho, con su cabeza enorme y ruda, llena de absurdos! Un necio de ojos centelleantes que sueña con un paraíso dorado más allá de la Linde Occidental de las Cosas.

«Consumación.»

La Reina juega con Colón.

En el almuerzo le promete lo que quiera; luego, esa misma tarde, hace caso omiso de él por completo, mirando a su través como si fuera un velo.

El día de su santo, lo llama a su tocador más íntimo, despide a las chicas, y le permite que le trence el cabello y, por un momento, le acaricie los pechos. Luego llama a sus guardias. Lo confina a los establos y las cochiqueras durante cuarenta días. Él se sienta desesperado sobre el heno que mascan los caballos, mientras sus pensamientos vagan por el oro distante y fabuloso. Sueña con los perfumes de la Reina, pero se despierta, sofocado, en una pocilga.

A la Reina le agrada juguetear con Colón.

Y agradar a la Reina, recuerda él, puede ayudarlo a lograr su propósito. Los cerdos hozan a sus pies. Él rechina los dientes.

«Es bueno agradar a la Reina.»

Colón medita:

¿Lo atormenta ella sólo para divertirse?

O bien: porque es extranjero y no está acostumbrada a sus maneras.

O bien: porque el dedo anular de la Reina, todavía caliente por el recuerdo de los labios de él, del aliento de él, se ha visto —¿cómo se dice?—afectado. Sí: tentáculos de calor remontan desde los dedos al corazón de ella. Se ha producido una turbulencia.

O bien: porque ella se debate entre la posibilidad de abrazar el plan de él con el abandono de una amante, y la opción más convencional y diferentemente (maliciosamente) agradable de destruirlo con una carcajada lanzada por fin, después de muchos preliminares, a su rostro estúpido y suplicante.

Colón se consuela con posibilidades. Sin embargo, no todas las posibilidades son consoladoras.

Ella es un monarca absoluto. (Su marido es un cero a la izquierda: un espacio en blanco, no podría ser más frío. No hablaremos más de él.) Es una mujer a la que besan el anillo con frecuencia. Eso, para ella, no significa nada. Las adulaciones no le son ajenas. Las resiste sin esfuerzo.

Es un tirano, que cuenta entre sus posesiones un zoológico privado de cuatrocientos diecinueve bufones, algunos grotescamente malformados, otros bellos como la aurora. Él, Colón, es simplemente su idiota cuatrocientos veinte. También ésa es una posibilidad plausible.

O bien: ella comprende el sueño de él de un mundo más allá del fin del mundo, y se siente tan profundamente conmovida que la asusta, y primero se vuelve hacia él para apartarse luego.

O bien: no lo comprende en absoluto, ni le importa comprenderlo.

«A elegir.»

Lo que es seguro es que él no la comprende a ella. Sólo los hechos son simples. Ella es Isabel, la

Reina conquistadora. Él es invisible (aunque ruidoso, abigarrado y chupavinos).

«Consumación.»

El apetito sexual del macho declina; el de la hembra, con el paso de los años, sigue creciendo. Isabel es la última esperanza de Colón. Se le están acabando los posibles protectores, la labia comercial, el flirteo, el cabello, el aliento.

El tiempo pasa arrastrándose.

Isabel galopa por ahí, ganando batallas y expulsando a los moros de sus plazas fuertes, y su apetito aumenta de semana en semana. Cuantas más tierras traga, cuantos más guerreros devora, tanto más hambrienta está. Colón, consciente de su lento avellanamiento interior, se hace reproches. Debería ver las cosas como son. ¿Qué posibilidades tiene allí? Algunos días, ella le hace limpiar letrinas. Otros, tiene servicio de lavacuerpos... y después de una batalla los cuerpos no están limpios. Los soldados que van a la guerra llevan pañales de adulto bajo la armadura, porque el miedo a la muerte les afloja los intestinos, siempre. Colón no estaba hecho para esa clase de trabajo. Se dice a sí mismo que tiene que dejar a Isabel, de una vez para siempre.

Pero hay problemas; su edad que avanza, la escasez de protectores. Una vez que se largue, ya puede olvidarse de su viaje a Occidente.

El conjunto de opiniones filosóficas que sostienen que la vida es absurda nunca lo ha atraído. Es un hombre de acción, que se expresa con hechos. Sin embargo, sin el viaje a Occidente tendrá que aceptar la falta de sentido de la vida. También eso sería una derrota. Invisible en sus vivos colores tropicales, no correspondido, permanece, tras las huellas de ella, esperando el éxtasis de una mirada.

«La búsqueda de dinero y protección —Colón dice— no es distinta de la búsqueda del amor.»

—Ella es omnipotente. Los castillos caen a sus pies. Los judíos han sido expulsados. Los moros preparan su última rendición. La Reina está en Granada, cabalgando al frente de sus ejércitos.

-Ella domina. Nada de lo que ha querido le ha sido rehusado.

—Todos sus sueños son profecías.


=Basándose en informaciones recibidas en sueños, traza sus invencibles planes de batalla, desbarata las conspiraciones de los asesinos, conoce las infidelidades y corrupciones, con las que chantajea tanto a sus leales (para asegurarse su apoyo) como a sus adversarios (para asegurarse el de ellos). Los sueños la ayudan a predecir el tiempo, negociar tratados e investir astutamente en el comercio.

—Come como un caballo y nunca gana una onza de peso.

-La tierra adora el ruido de sus pasos. Sus sombras huyen ante el resplandor de sus ojos.

—Su rostro es una península lujuriosa en un mar de cabellos.

=Sus cofres de tesoros son inagotables.

—Sus orejitas son suaves signos de interrogación, que indican cierta incertidumbre.

—Sus piernas.

—Sus piernas no son gran cosa.

-Está llena de descontentos.

—Ninguna conquista la satisface, ninguna cumbre de éxtasis le resulta suficientemente alta.

=Mirad: ahí, a las puertas de la Alhambra, está Boabdil el Desventurado, el último sultán del último reducto de todos los siglos de España árabe. Ved: ahora, en este mismo instante, entrega las llaves de la ciudadela, que ella coge... ¡Ahí! Y cuando el peso de las llaves cae de la mano de él a la suya, ella... ella... bosteza.

Colón renuncia a sus esperanzas.

Mientras Isabel entra en la Alhambra con triunfo indiferente, él está ensillando su muía. Mientras ella pasea por el Patio de los Leones, él parte en un torbellino de látigos, codos y cascos, todo rápidamente oscurecido por una nube de polvo.

La invisibilidad lo reclama. Él se somete a su voluntad. Sabiendo que abandona su destino, lo abandona sin embargo. Cabalga para alejarse de Isabel con furia desesperada, cabalga día y noche, y cuando su muía muere bajo él, se echa al hombro sus ridículas alforjas de remiendos gitanos, con sus colores chillones ahora apagados por el polvo; y anda.

A su alrededor se extiende la rica llanura que los ejércitos de la Reina han sometido. Colón no ve nada, ni la fertilidad de la tierra ni la súbita esterilidad de los castillos vencidos que miran desde sus altas cimas. Los fantasmas de civilizaciones derrotadas se deslizan sin ser notados, bajando por ríos cuyos nombres —Guadalesto o Guadalaque-Uo— conservan un eco de su pasado aniquilado.

Por encima, los arabescos giratorios de los pacientes buitres.

Los judíos se cruzan con Colón en largas columnas, pero la tragedia de su expulsión no le hace mella. Alguien trata de venderle una espada de Toledo; él lo aleja con un gesto. Habiendo perdido su propio sueño de barcos, Colón deja a los judíos los barcos de su exilio, que esperan en el puerto de Cádiz. El agotamiento lo despoja de sus sentidos. Este mundo viejo es demasiado viejo y el nuevo mundo es una tierra no descubierta.

«La pérdida del dinero y la protección —Colón dice— es tan amarga como el amor no correspondido.»

Camina más allá de la fatiga, más allá de los límites de la resistencia y de las fronteras del ser, y en algún lugar, en su camino, pierde el equilibrio, cae por el borde de la cordura y allí, más allá del límite de su mente, tiene, por primera y única vez en su vida, una visión.

Es el sueño de un sueño.

Sueña con Isabel, que explora lánguidamente la Alham-bra, la gran joya que ha quitado a Boabdil, el último de los nazaríes.

Ella mira un gran cuenco de piedra que sostienen en el aire leones de piedra. El cuenco está lleno de sangre, y en él ve —es decir, él sueña que ella ve— su propia visión.

El cuenco le muestra que todo, todo el mundo conocido, es ahora suyo. Todos los que hay en él están en sus manos, para hacer lo que quiera. Y cuando ella lo comprende —sueña Colón— la sangre se le congela inmediatamente, convirtiéndose en un fango espeso y lleno de bichos. Y entonces la Isabel de la imaginación cansada, pero también vengativa de Colón, se estremece hasta la médula al comprender que nunca, nunca, ¡NUNCA!, la satisfará la posesión de lo Conocido. Sólo lo Desconocido, tal vez incluso lo Imposible de Conocer, podrá satisfacerla.

De pronto, se acuerda de Colón (él la imagina acordándose de él). Colón, el hombre invisible que sueña con penetrar en el mundo invisible, el mundo desconocido y tal vez incluso imposible de conocer más allá de la Linde de las Cosas, más allá del cuenco de piedra de lo cotidiano, más allá de la sangre espesa del mar. Colón, en ese sueño amargo, hace que Isabel vea por fin la verdad, la hace aceptar que su necesidad de él es tan grande como la que tiene él de ella. ¡Sí! ¡Ella lo sabe ahora! Tiene, tiene, tiene que darle el dinero, los barcos, todo, y él tiene, tiene, tiene que llevar la bandera y el favor de ella más allá del fin del fin de la tierra, a la exaltación y la inmortalidad, atándola a él para siempre con lazos mucho más difíciles de soltar que los de ningún amor mortal, los lazos rudos v deificantes de la Historia.

«Consumación.»

En el salvaje sueño de Colón, Isabel se arranca los cabellos, sale corriendo del Patio de los Leones, llama a gritos a sus heraldos.

«Encontradlo», ordena.

Pero Colón, en su sueño, rehúsa ser encontrado. Se envuelve en el manto polvoriento y remendado de su invisibilidad, y los heraldos galopan en vano de un lado a otro.

Isabel chilla, suplica, implora.

¡Furcia! ¡Furcia! Estarás contenta ahora, se burla Colón. Al ausentarse de la Corte, gracias a su invisibilidad última y suicida, él le ha denegado el deseo de su, su corazón. Le está bien empleado.

¡Furcia!

Ella asesinó sus esperanzas, ¿no? Pues entonces. Al hacerlo, ella también se ha hundido. Justicia poética. Lo que es justo es justo.

Al final del sueño, permite que los mensajeros de ella lo encuentren. El ruido de los cascos de sus caballos, sus brazos que se agitan frenéticamente. Ellos le ruegan, adulan, ofrecen sobornos. Pero es demasiado tarde. Sólo queda la dulce alegría autolacerante de asesinar la Posibilidad.

Responde a los heraldos: sacudiendo la cabeza.

«No.»

Recupera el sentido.

Está de rodillas en la fertilidad de las llanuras, aguardando la muerte. Oye el ruido de los cascos que se acercan y levanta los ojos, esperando casi ver al Ángel Exterminador cabalgando hacia él como un conquistador. Sus alas negras, el hastío de su rostro.

Los heraldos de Isabel lo rodean. Le ofrecen comida, bebida, un caballo. Gritando.

—¡Buenas noticias! La Reina os llama.

=Vuestro viaje: magníficas noticias.

—Ella tuvo una visión, y la asustó.

=Todos sus sueños son profecías.

Los heraldos desmontan. Le ofrecen sobornos, ruegan, adulan.

—Salió corriendo del Patio de los Leones, gritando vuestro nombre.

-Os enviará más allá del cuenco de piedra del mundo conocido, más allá de la espesa sangre del mar.

—Os espera en Santa Fe.

-Tenéis que venir corriendo.

Él se levanta, como un amante recompensado, como un novio en el día de su boda. Abre la boca y casi le rebosa una negativa amarga: no.

«Sí —dice a los heraldos—. Sí. Correré

Trad.: Miguel Sáenz

En Oriente, Occidente

Barcelona, Random House Mondadori, 1997

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