27 oct. 2009

Fernando Savater – Borges, la sonrisa metafísica

 

 

 

“Para los desengaños siempre hay tiempo, hay dómines, hay bibliotecas. Para

el amor por la poesía del pensamiento, hay Borges.” (Ezequiel de Olaso, Jugar

en serio)

 

Fernando Savater Aunque mi estancia en Ginebra se debiese a motivos vagamente académicos, el fin de semana estaba resultando perfecto en su placidez. Quizá algo menos de calor hubiera sido de agradecer, pero el mes de julio se adentraba decididamente en la canícula y el Ródano resplandecía, un poco congestionado, con fulgores mediterráneos. Mínimos inconvenientes, que se alivian saliendo a pasear bien temprano: así lo hice yo aquel domingo, encaminándome hacia el cementerio de Plainpalais donde está enterrado Borges. Es el camposanto llamado “de los Reyes”, situado en un barrio discreto pero no muy lejano del centro mismo de la ciudad. Un muro lo rodea que recorrí de arriba abajo, encontrando varias puertas cerradas: ¿sería posible que el domingo no pudiera visitarse o que aún fuese demasiado pronto? Ante una de las entradas por las que no se podía entrar vi un bar, también clausurado, con un nombre funcional y no desprovisto de humor negro: “Aux Adieux”. Supongo que beber para despedirse es comenzar ya a ejercitar el saludable olvido. “¡Ánimo! ¡La vida debe continuar!”, suele decirse en tales casos al aparentemente inconsolable, pero pronto dispuesto al consuelo. Y se hace semejante recomendación como si la vida necesitara nuestra colaboración para continuar, como si no fuese a continuar de todos modos, queramos o no, con nosotros o a pesar de nosotros y siempre desde luego contra nosotros... En una calle lateral encontré por fin acceso expedito al recinto mortuorio. Y penetré en un jardín sereno, susurrante, de cálidos perfumes matinales. Las tumbas están convenientemente separadas, como los asientos en la clase business de un avión intercontinental. No hay amontonado agobio ni promiscuidad indebida, porque ahí no se entierra a cualquiera: parece más bien una antología de muertos. Es un lugar más propicio a la distensión que al sobrecogimiento, en el que aquel joven príncipe indio no habría probablemente sentido nunca el impacto traumático de la muerte que le convirtió en Buda. En uno de los bancos que flanquean sus educados senderos está sentado un caballero de mediana edad –de mi edad– que lee el periódico. Como somos los dos únicos vivos a la vista le saludo con un leve murmullo al que corresponde con una cortés inclinación de cabeza, mientras pienso que no hay mejor lugar para enterarse de la actualidad que entre tumbas. Es el remedio más eficaz para corregir el afán de noticias, la superstición –diría Borges– de que cada día ocurren cosas nuevas e importantes. A partir de ahora, me propongo leer siempre los diarios como si estuviese tomando el fresco de la mañana en un cementerio. ¿Tendré que explorar todo el jardín luctuoso para encontrar la lápida de Borges, de la que guardo el desvaído recuerdo de alguna fotografía? Afortunadamente, estamos en Suiza y el orden configura el paisaje tanto antes como después de la muerte. En la pared del edificio tanatorio, a modo de puente de mando del camposanto, encuentro la lista de los huéspedes y las coordenadas para situar su ubicación en un pequeño plano adjunto. De modo que con pocas vacilaciones puedo orientarme hacia Borges. En el camino paso junto a una tumba cuya lápida horizontal tiene forma de libro y que quizá no le hubiera desagradado, pero que corresponde a un editor ginebrino. Finalmente ahí está la suya, a la sombra de un árbol frondoso y con otro banco frente a ella, propicio para sentarse a leer o meditar. Es una piedra grisácea, de forma irregular y sin pulir, adornada con una viñeta en relieve en la que me parece ver siluetas de antiguos guerreros y una leyenda en la periclitada lengua de los vikingos, que desde luego no entiendo: “...and ne forthedon na”. También figuraen islandés la cita de la Vólsunga Saga que Borges utilizó en su cuento Ulrica: “Empuña su espada y la pone entre sus desnudeces”. La espada de la voluntaria castidad luego retirada por la pasión, la espada del deber entre Tristán e Isolda, la espada ausente entre Ulrica y Javier Otálora, la definitiva espada que separa a los amantes y cuya frialdad ya nada puede caldear: la espada de la muerte.

 

Tumba de Borges Tumba de Borges en Ginebra

 

Hay un punto de rebuscamiento quizá, de manierismo en todo esto. ¿Morboso? Así debe de resultar para algunos fetichistas, que ya han robado al menos una vez la lápida. Pero desde luego todo monumento funerario, hasta el que se reduce al nombre del fallecido junto a las fechas de su nacimiento y óbito, incluso el que se limita a una simple cruz o a un montón de piedras, todos incurren en el exorcismo y la redundancia. Cuando se trata de librarse de los despojos de la muerte, cualquier énfasis simbólico está siempre de más. Pero de ese exceso, de esa superfluidad que se rebela impotente y gesticula contra el vacío, surge aquello que en los orígenes distinguió al animal humano del resto de las bestias, si los antropólogos no yerran. El hombre es el animal sepulturero, el poeta innecesario e incansable de su muerte. De todos los epitafios posibles, ya que sin epitafios no podemos pasarnos, prefiero el de aquel remoto militar romano: “Credo certe ne cras”. Estoy seguro de que no hay mañana. También le hubiera convenido a Jorge Luis Borges, que más de una vez insistió en que quería morir del todo, desaparecer “con este compañero, mi cuerpo”. Pero ¿acaso alguien puede sincera y conscientemente querer morir de veras, siendo la muerte el vaciamiento absoluto del querer que somos? ¿No es ese querer no querer ya un querer cuya intensidad pretende o se vanagloria de detenerse a sí mismo, a pesar de Schopenhauer y del budismo? ¿No encierra todo este tejemaneje muchos quilates de ironía, de esa ironía metafísica de la cual Borges fue indisputado maestro? Me hago, sin dejar de sonreír y de temblar, estas preguntas casi infantiles –de niño asustado– mientras aguardo en el asiento frente al túmulo de quien ha sido y es, desde hace tantos años, mi escritor favorito. Si él no pudo salvarse, menos podré salvarme yo. Aguardo con un designio no menos pueril que tales cogitaciones. Una señora se acerca por el sendero entre las tumbas, haciendo rodar a su lado una incongruente bicicleta. Ya nada puede extrañarme hoy: ¡ciclismo en el camposanto! Por lo menos no pretende ganar un sprint... Acecho su llegada a mi altura para que me saque una fotografía junto a la piedra tombal, lo cual no es menos idiota ni más absurdo que su propia bicicleta o que la reunión fortuita de ésta con un paraguas sobre una mesa de disección, por recordar a Lautréamont. La recién llegada es muy amable y, mientras poso, cruzamos comentarios ligeros sobre lo agradable de este corral de muertos y lo saludable del airecillo que sopla, aliviando el creciente calor del día. “Voy a hacerle otra, por si acaso”, insiste con tono profesional y helvético. Yo pienso lo de “¡Trágame, tierra!”, pero ahuyento de inmediato el tópico que en este lugar reviste connotaciones particularmente ominosas. Y de nuevo se me viene a los labios la sonrisa irónica, la sonrisa borgiana ante nuestro impostergable desconcierto metafísico. La encuentro al trasluz de muchas de las páginas que he leído al maestro argentino, pero sobre todo en un breve poema, de tono por cierto nada explícitamente humorístico. Pertenece a La cifra, penúltima recopilación poética de Borges publicada cuando éste tenía ochenta y dos años. Se titula La prueba y dice así:

 

Del otro lado de la puerta un hombre

deja caer su corrupción. En vano

elevará esta noche una plegaria

a su curioso dios, que es tres, dos, uno,

y se dirá que es inmortal. Ahora

oye la profecía de su muerte

y sabe que es un animal sentado.

Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos

los vermes y el olvido.

 

He dado a leer en varias ocasiones estos versos a distintas personas, no todas indocumentadas y algunas perspicaces. Les he urgido a constatar lo insólito de su tema, incluso la provocación que encierra. Creo que sólo en dos casos el lector ha sabido ver con prontitud que trata de lo que cualquiera puede cogitar mientras espera su turno en el retrete. Lo cierto es que no abundan los poemas dedicados al hombre en trance de defecar. Y éste no pretende servir como letra de un rock ni ha sido compuesto por un joven con afán de escandalizar, sino que viene firmado por un anciano y exquisito escritor que resume en pocas líneas su experiencia, su desencanto irónico, su terrible compasión. Un par de siglos atrás, Jonathan Swift deploró en otro verso que su amada, su etérea y espiritual amada..., “shits”. Hay algo de incurablemente puritano y de espiritualismo morboso en esta protesta del deán. El poema de Borges, en cambio, es vigorosa y resignadamente materialista. La prueba irrefutable de que no estamos destinados a la perennidad inmortal sino a la podredumbre es que soñamos de vez en cuando con raros dioses, pero tenemos habitualmente que cagar dos veces al día. El excremento del que nos desembarazamos cotidianamente confirma que antes o después seremos también mero abono y nada más. “Escatología” es la palabra castellana que se refiere juntamente a los delirios que tratan del más allá y a las menciones de nuestra basura. Como en otras ocasiones, el auténtico logro literario no corresponde a la deliberación de un autor, sino a la anónima tradición poética encerrada en la lengua que maneja. La habilidad de Borges fue escribir un poema escatológico en el doble sentido de la palabra. No encierra una lección truculenta a lo Valdés Leal, sino una constatación que nos alivia de las contorsiones y temores de la trascendencia: “¿Qué ibas a hacer tú, animal defecante, en un más allá sin sanitarios ni cuerpo que los requiera?”. La necesidad de Dios y de su paraíso nos llega por lo que oímos contar, pero lo que conocemos visceralmente es la urgencia de aligerar el vientre. No deberíamos considerar, pues, una desgracia la aniquilación que finalmente debe absolvernos. Y sin embargo, Borges sabe muy bien que incluso sentados en la taza fatídica seguiremos hasta lo último especulando sobre la trascendencia. De ahí la sonrisa, leve y patética como las pocas que Dante se consiente en su viaje ad inferos, que Borges no subraya en estos versos sino que prefiere dejar al criterio del lector, cuando –tras repasar dos o tres veces el poema– consiga por fin darse cuenta de lo que se le señala, de lo que es. Podríamos contrastar el peso de este argumento excrementicio a favor del materialismo con otro no menos irónico pero plenamente “idealista” a favor de la existencia de Dios, que Borges –parodiando a san Anselmo– llama argumentum ornithologicum (incluido en El hacedor): veo en un segundo pasar una bandada de pájaros; no sé cuántos pájaros he visto: “Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos. Ese número entero es inconcebible; ergo. Dios existe”. Y, de nuevo, la sonrisa. Sobre los últimos días de Borges contamos con el testimonio literario de Héctor Bianciotti, en su reflexión autobiográfica Como la huella del pájaro en el aire. El poeta murió en el número 28 de la Grand Rué ginebrina, dentro de la parte antigua de la ciudad, en un apartamento en el que sólo alcanzó a vivir tres días y que está situado a pocos metros de la casa natal de Juan Jacobo Rousseau y también de la del excelente actor Michel Simón, protagonista de algunas películas de Renoir y de la inolvidable El cebo de Ladislao Vajda. Junto a la casa hay una placa en la que se reproducen unos cuantos versos suyos en los que proclama a Ginebra la ciudad más digna de ser habitada que conoce. Bianciotti, que estaba presente en el momento del fallecimiento, aporta unos cuantos rasgos conmovidos y un detalle tangencial, que es el que prefiero. En la mesilla de noche junto a su último lecho, Borges tenía un volumen con una selección de la correspondencia de Voltaire (estoy seguro de que sería el de Le livre de poche, que yo también guardo sobado y subrayado) y los Fragmentos de Novalis, que le leía en alemán la enfermera encargada de cuidarle por las noches.Voltaire y Novalis, la precisión y el enseñamiento, la ironía y la imaginación, la luz y la penumbra: los dos polos entre los que osciló en su vida y que combinó en sus obras. También cuenta Bianciotti anécdotas que revelan que Borges conservó su agilidad mental hasta el último momento. En una de esas charlas de despedida salió el tema de las literaturas sajonas que él amaba, y sin vacilar Borges recitó una ristra de versos de áspero sonido, en los cuales Bianciotti adivinó voces inglesas. Luego comentó: “Es horrible, ¿no?”. Por lo visto se trataba de un fragmento de la traducción de la Odisea perpetrada por William Morris, el utopista decimonónico que pretendía extirpar del inglés todas las voces de origen latino. Cuando, cuerdamente, Bianciotti le preguntó por qué se había molestado en aprenderse de memoria algo que consideraba horrible, obtuvo esta respuesta admirable enunciada con tono festivo: “La fealdad es tan memorable como la belleza”.

Creo sin embargo que, al menos una vez, la predilección de Héctor Bianciotti por el estilo noble y por atenerse a lo reverencial le juegan una mala pasada. Refiere un episodio del pasado de Borges, cuando éste se hospedaba en el Hotel d’Alsace de París. Periodistas y estudiantes le esperaban junto al restaurante, a la hora en que solía bajar a desayunar. Ese día también estaba Bianciotti, junto a un joven fotógrafo al acecho. El ascensor se detuvo, la puerta se abrió y allí estaba el poeta ciego en toda su frágil majestad, encerrado “en la angosta cabina, refulgente de adornos dorados sobre el espejo, como en un retablo”. Y dice Bianciotti que el joven fotógrafo, arrobado, murmuró para sí: “Es una hostia”, lo que él considera una adecuada metáfora del gran creador literario, ya que también “la hostia, apenas material, alberga a un dios”. No seré yo quien pretenda enturbiar el aura del carismático momento, pero me asalta una duda. Si el fotógrafo habló en francés, nada tengo que añadir ni que enmendar a lo comentado por Bianciotti; pero si la frase fue dicha en español (y tengo el palpito de que lo fue) la cosa cambia. Entonces la exclamación no sería sin duda “Es una hostia”, sino “¡Es la hostia!”, vulgarismo ponderativo e irreverente que equivale a “estupendo” o al aún peor educado “¡cojonudo!”. Lo cual también significaría a su modo una excelente glosa del impacto que producía el Borges anciano, convertido en icono del mundo mágico de las letras, incluso entre aquellos que menos las frecuentaban.

Mucho se ha hablado y en todos los tonos –desde los esfuerzos académicos a las jaculatorias nigrománticas– sobre la presencia de temas filosóficos en la obra de Borges. Hace años, cuando eran menos frecuentes estos análisis, el profesor florentino Roberto Paoli y yo solíamos coincidir en congresos borgianos; íbamos armados con sendas ponencias sobre las relaciones entre Schopenhauer y Borges. Como nuestros comentarios fundamentalmente coincidían –el suyo más documentado, el mío más apresurado e intuitivo–, vigilábamos con inquietud el orden en que habían de ser leídas las intervenciones, porque obligadamente el que hablaba primero condenaba al otro al déjà vu. Pese a ello, o por ello, nos llevábamos muy bien. A mi juicio, el mejor y más completo estudio sobre este tema es el de Juan Nuño, titulado La filosofía de Borges. En él se propone un lúcido recorrido por los principales tópicos metafísicos que intrigaron a Borges –la infinitud de los mundos, los arquetipos platónicos, el yo ilusorio, las paradojas del tiempo...– al hilo de sus textos en prosa mejor conocidos. Pese al título de su libro, la tesis de Nuño es precisamente que Borges carece de filosofía propia y sólo se interesa por esas notables ideas acuñadas por otros con motivos estéticos o lúdicos: “Que en Borges haya ciertos y determinados temas filosóficos no deberá nunca entenderse como que su propósito fue hacer filosofía y menos aún que su obra entera rezuma o contiene claves metafísicas que sólo esperan por su despertar”. Aún más, una fijación excesivamente “profesional” por parte de los doctos en el planteamiento borgiano de esas cuestiones, como si fueran exposiciones académicas en miniatura, nos llevaría a perdernos el auténtico gozo literario que procura la lectura de sus textos: “Es innegable que Borges encierra temas de valor metafísico, pero justamente eso: el encierro vale más que los temas. Y el temor del comentarista es siempre el de maltratar o echar a perder o preterir la maravillosa envoltura”. El propio Borges confirmó en diversas ocasiones este criterio, como por ejemplo en una entrevista de 1979: “Yo he usado la filosofía, la metafísica, como instrumento literario. No soy un pensador. Creo que soy incapaz de pensamientos propios”. ¿Es ésta, pues, la última palabra sobre la cuestión? A mi juicio y sin desmentir en lo esencial este punto de vista, aún pueden añadirse algunas cosas. No sólo sobre el papel de la filosofía en la obra de Borges, sino sobre el papel mismo de la filosofía en nuestra cultura, revelado a través del uso que Borges hace de ella. Las preguntas filosóficas no son meros problemas, como los que sucesivamente se plantea y responde la ciencia, sino cuestiones vitales en las que estamos total y perdurablemente implicados, no tanto como sujetos de conocimiento, sino como personas. Las respuestas de las ciencias experimentales cancelan las preguntas a las que corresponden y sirven para ir más allá de ellas: por eso podemos decir que en ciencia se da un auténtico progreso, y la física o la biología que nos interesan ahora son las de hoy, incluso las de mañana, pero no –salvo por razones de erudición histórica– las del siglo III o X. En cierta forma, las contestaciones que da la ciencia a los interrogantes sobre la realidad sirven para apaciguar, aunque sea momentáneamente, nuestra curiosidad y nuestra desazón respecto a ella. En cambio, las respuestas a las preguntas filosóficas nunca cancelan suficientemente éstas; al contrario, sirven para profundizar en ellas y mantenerlas abiertas. No cierran los interrogantes, sino que se incorporan a su devenir, enriqueciéndolos y agravándolos. Por eso los “progresos” en filosofía son siempre muy relativos, consistiendo más bien en refinamientos de lenguaje que en aportaciones resolutorias; y también por eso nuestro interés por Platón, Spinoza o Schopenhauer no es en modo alguno arqueológico, sino tan vivo y presente como el que sentimos por Heidegger o Bertrand Russell. Los científicos operan para salir de dudas, los filósofos para entrar en ellas. Quizá la diferencia estribe en que llamamos científicas a las preguntas que nos “hacemos” con tal o cual objetivo que deseamos alcanzar, mientras que tenemos hoy por filosóficas las preguntas que “somos”, que nos constituyen como humanos y de las que no podemos zafarnos como no podemos librarnos de nuestra propia condición. Los relatos y poemas de Borges son extraordinariamente sensibles, perspicazmente sensibles, a esta doble condición urgente e irresoluble de la indagación filosófica. El contraste entre lo irrenunciable de la cuestión y lo imposible de librarse de ella por medio de una respuesta, que sólo traslada el nivel de nuestra perplejidad a un nivel más sutil y por supuesto más rico en paradojas, produce un efecto de humorismo reflexivo que los lectores de Borges (o de Shakespeare, o de Cervantes, o de Thomas Mann...) hemos disfrutado muchas veces. Ese humor suele escaparse a los profesionales de la filosofía, que nunca renuncian a considerar su disciplina según el modelo acumulativo y progresivo de las ciencias. La guasa de Borges ante tales dómines queda muy bien expresada en esta anécdota que recoge Roberto Alifano en su Biografía verbal del poeta: “Un filósofo argentino y yo conversábamos una vez sobre el tema del tiempo. Y el filósofo dijo: ‘En cuanto a esto, se hicieron muchos progresos estos últimos años’. Y yo pensé que si le hubiera hecho una pregunta sobre el espacio, seguramente él me hubiera respondido: ‘En cuanto a esto, se hicieron muchos progresos en estos últimos cien metros’. Es un filósofo muy conocido”. Tan conocido que todos hemos conocido alguna vez profesores del mismo jaez. Yo recuerdo cierto congreso nada menos que sobre el tema de Dios, en el que se me ocurrió decir que nada había leído mejor acerca de esa cuestión que lo expuesto por David Hume en sus Diálogos sobre la religión natural (en realidad debería haberme remitido directamente al De rerum natura de Lucrecio). Un reputado académico se escandalizó de que yo desconociese los avances que a tal respecto se habían hecho desde el siglo XVIII: ¡por lo visto ha habido noticias recientes de Dios que a Hume lógicamente le llegaron tarde y que yo, más culpable, también ignoro!

Una de las intuiciones más geniales de Borges (y que prueba su profunda comprensión de la tradición filosófica) es que contempla las grandes construcciones especulativas no como productos refinados del uso lógico de la razón, sino por el contrario como obras maestras de la imaginación. Con su habitual tono ligero de scherzo, comenta en una de las notas de Discusión: “Yo he compilado alguna vez una antología de la literatura fantástica. Admito que esa obra es de las poquísimas que un segundo Noé debería salvar de un segundo diluvio, pero delato la culpable omisión de los insospechados y mayores maestros del género: Parménides, Platón, Juan Escoto Erígena, Alberto Magno, Spinoza, Leibniz, Kant, Francis Bradley. En efecto, ¿qué son los prodigios de Wells o de Edgar Allan Poe –una flor que nos llega del porvenir, un muerto sometido a la hipnosis– confrontados con la invención de Dios, con la teoría laboriosa de un ser que de algún modo es tres y que solitariamente perdura fuera del tiempo?”. Borges podría también haber mencionado otras sublimes criaturas imaginarias como el tiempo mismo y el espacio, el ser, la naturaleza, el yo, el infinito, el libre albedrío... Toda una mitología abstracta, organizada racionalmente pero originada en un primer ímpetu fabulador que no difiere totalmente del que moviliza a los grandes literatos. Volvemos a uno de los más caros juegos intelectuales borgianos: ¿qué pasaría si leyésemos de modo diferente a los filósofos, si en lugar de tomarlos por parientes algo engolados de los observadores científicos los colocáramos en nuestra biblioteca junto a Julio Verne y Lovecraft? Por cierto, recuerdo que hace muchos años, buceando en los estantes de la librería Foyle’s de Londres, encontré la Fenomenología del espíritu hegeliana en el apartado de las ghoststories.

Ahora bien, esta expedición irónicamente inusual es de ida y vuelta: si nos atrevemos a leer los textos filosóficos como literatura fantástica –sin por ello desvalorizarlos en modo alguno, pace Rudolf Carnap–, también podemos leer sin demérito ciertos relatos tónicamente imaginativos como piezas filosóficas. Quizá es lo que estaba implícitamente solicitando Borges que se hiciera con algunos de sus textos más representativos. La mayoría de esos cuentos autorizan implicaciones trascendentes en nuestra consideración de lo real e incluso podemos hacer de ellos lecturas en clave de actualidad perentoria. El inolvidable e “inolvidante” Funes, por ejemplo, abrumado por una memoria tan exhaustiva que ya no le permite conocer ni razonar... ¿no nos ilustra en cierto modo sobre la vertiente oscura de nuestros ordenadores, cuya congestión de datos on line acaba por bloquear en lugar de potenciar nuestras funciones intelectivas? Cuando ante los esfuerzos taxonómicos de John Wilkins, empeñado en acuñar su idioma analítico, Borges acota que “cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra”, ¿no nos está remitiendo a la cosmogonía materialista de cosas que nacen y mueren pero sin un “conjunto” que aparezca o desaparezca, tal como supuso también finalmente el astrofísico Fred Hoyle en contra de su propia doctrina del Big Bang? En cuanto al relato La lotería de Babilonia, quizá nos ofrezca una paráfrasis de eso que tantas veces llamamos con misterio “el Sistema”, según opina Horacio Capel en Borges y la geografía del siglo XXI, incluido en su libro Dibujar el mundo: “Como en Babilonia también todo parece dictado por el Sistema, que algunos llaman el Capitalismo. En realidad, no sabemos bien si sigue existiendo o si desapareció; ni si lo que tenemos son las consecuencias de un Sistema puesto a punto en el siglo XIX y que funciona por inercia pero que en realidad ha cambiado con la acción de los gobiernos, del Estado de bienestar, de la ONU, de individuos concretos como Soros y otros que tienen capacidad para quebrantar y hundir, aunque sea momentáneamente, el buen funcionamiento del Sistema. En el caso de que siga existiendo, no sabemos si el Sistema perdurará hasta el fin de la historia, que ya ha llegado al decir de un tal Fukuyama. También podría ser que el Sistema –como la Compañía– fuera omnipresente pero sólo a efectos de cosas insignificantes (los salarios, el ocio, los muebles, el coche), mientras que lo esencial le escapara (el pensamiento, la voluntad, la libertad para decidir personalmente); o que también esto le dependa. E incluso algunos se atreven a decir que en realidad el Sistema no existe, que fue un invento de un tal Marx que vivió hace ya más de un siglo y que en realidad son otros principios aún por descubrir los que realmente gobiernan la economía y la vida de los hombres”. Etcétera...

Sin duda el eclecticismo filosófico de Borges no es simple consecuencia, como él quiso hacernos creer, de incapacidad para alumbrar ideas propias, sino de un radical y poético escepticismo, el cual también implica una toma de postura especulativa. Ser verdaderamente escéptico es juzgar el trayecto de la filosofía desde los presupuestos de la filosofía misma. El escepticismo borgiano no absolutiza ni la misma propensión a la duda: la punzante capacidad de descreer no le lleva a invalidar perezosamente la propuesta de creencias tentativas, ni siquiera a rechazar la validez relativa –respecto a otras– de algunas de ellas. En su ensayo Avatares de la tortuga, incluido en Discusión y uno de los que dedicó a las fascinantes paradojas de Zenón de Elea, observa: “Es aventurado pensar que una coordinación de palabras (otra cosa no son las filosofías) puede parecerse mucho al universo. También es aventurado pensar que de esas coordinaciones ilustres, alguna –siquiera de modo infinitesimal– no se parezca un poco más que otras”. Y concluye: “Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”. Si no me equivoco, “falso” no quiere decir aquí crudamente “irreal”, sino “distinto y superpuesto a la realidad”. Es decir, en lenguaje de hoy, virtual, porque todo pensamiento no hace sino proponer y jugar con una realidad virtual. Lo cual no invita a prescindir del empeño filosófico, pero lo somete a una cura esencial de cordura... por medio de una sonrisa.

Spoudaios paizein: jugar en serio. Con esa expresión curiosa, casi tierna, inquietante al repensarla, caracteriza Platón el quehacer del filósofo. Del juego tiene la filosofía su carácter no instrumental, la ligereza de cuanto se sustrae momentáneamente a los afanes de lo necesario y la supervivencia, un cierto punto incluso de irresponsabilidad y petulancia, el empeño en crear maquetas a escala para luego experimentar con ellas de modo delirantemente riguroso: el filósofo es en una sola pieza la rata, el laberinto y el observador que toma notas (pero si un niño se cuela en el laboratorio, cuando se encuentre con ese laberinto y la rata mareada en él, ¿acaso no lo tomará por un juguete estupendo?). Sobre todo, la filosofía es juguetona por su tono perpetuamente juvenil, incluso pueril: el feroz Calicles, con la mano en el pomo de la espada, le reprochaba a Sócrates su infantil e infantilizadora insistencia en jeroglíficos mentales que son propios de críos o de adolescentes granujientos en formación, no de hombres hechos y derechos. Y hasta los más severos y aburridos puntales de la tradición filosófica (¡y mira que pueden llegar a ser severos y aburridos!) guardan un algo de niñería sonrosada, un punto de travesura. Y ello proviene de que juegan “en serio”, como siempre juegan los niños y casi nunca los adultos. Los niños nunca juegan para distraerse, sino para concentrarse. Y a los filósofos les pasa igual.

Jugar en serio: así tituló el filósofo argentino Ezequiel de Olaso su libro de ensayos sobre Borges. Y más allá de lo atinado o descarriado del resto de sus comentarios sobre él, en general muy estimables, acertó plenamente con esa denominación. Porque nadie jugó tanto literariamente y tan en serio como Borges, quien elogió a los que se jugaban la vida en una esquina de cuchillos o una carga de caballería mientras se jugaba la suya sobre el tablero del ajedrez, del parchís o de la oca, en la palestra inusual de la biblioteca: y el envite fue no menos grave, porque la vida es lo que siempre está en juego y lo que se pierde siempre. Lo que cuenta –para el que cuenta– es saberlo. A algunos, y no de los peores ni menos perspicaces, les irrita esta dimensión lúdica borgiana, casi ostentosa a veces. En sus apuntes editados póstumamente, protesta así Elias Canetti: “No me gusta nada Borges. No choca con piedra. La reblandece”. ¡Grave reproche, por parte de alguien que parece destinado a ser lector simbiótico de Borges! ¿Será la causa un exceso de parentesco entre ambos –también el odio es una forma de parentesco, señaló Unamuno–, o quizá que el ultrameditativo Canetti fue en el fondo menos filosófico que Borges, porque nunca llegó hasta el fondo mismo de la filosofía, donde acecha el juego y nada más que el juego? Cuestión de simpatías, formas distintas de afrontar la roca final, con la que tanto tropieza quien choca estruendosamente –y a veces suena a hueco– como quien la acoge como si fuera una almohada de plumas, aunque no menos infranqueable. Ahí está Borges, presente y ausente en su tumba ginebrina como cualquier otro muerto. Ya no responderá más. Somos ahora los lectores quienes debemos contestar por él, a partir de él. Estas páginas han sido mi respuesta: no desde la erudición, que no poseo, ni desde la autoridad, que respeto malamente, sino desde la fidelidad a lo que me causó placer. Porque también es un placer y casi un remedio conocer los quilates y los meandros de lo irremediable. Según parece, Borges es definitivamente uno de nuestros clásicos. ¿Un clásico? Chesterton, a quien con razón Borges admiraba, lo definió así en su ensayo biográfico sobre Charles Dickens: un clásico, “esto es, un rey del que puede ahora desertarse, pero que no puede ya ser destronado”. El monarca sin súbditos, aquel del que se alejan con rebeldía los que se llevan su herencia, la voz que suena a través de quienes le desconocen o le olvidan, el monumento contra el que se orina con impiedad mientras se enjuga una lágrima: de nuevo el tema del traidor y el héroe.

 

 

Fernando Savater, Jorge Luis Borges

Colección Vidas Literarias

Editorial Omega

.