3 oct. 2009

Elías Canetti sobre Franz Steiner (Apuntes 1992-1993)




Elías Canetti


Hay tanto que decir sobre él. ¿Por dónde empezar?

Su vida estuvo determinada por su apariencia, de la cual carecía. Era pequeño y tan delgado que uno casi ni reparaba en él. Particularmente fea era su cara: una frente chata y huidiza, un par de ojos impotentes, presa todo el tiempo de un movimiento involuntario. Un lenguaje lloroso, aunque no hubiera nada que lamentar. Imposible imaginar un ser humano menos atractivo que él.

Pero uno se ponía a hablar con él, y a su manera lenta y al parecer desapasionada, siempre tenía algo que decir. Era siempre algo claro, concreto y libre de toda retórica, integrado por su contenido, jamás por su formulación, cualquiera que ésta fuese. Cuando uno se acostumbraba al tono ligeramente quejumbroso y prescindía de él (digo prescindía porque era imposible no oírlo), sentía como segunda recurrencia, y no menos constante, una pregunta, aunque tan mesurada que no pretendía asegurarse en absoluto una respuesta. Había que conocer un poco el espíritu de ese hombre para saber que sólo le importaban las respuestas desmesuradas. Y éstas son tan raras que una persona sensata no se las espera.

Impunemente puede uno preguntar por las leyes. Su tenor es algo ya fijo, y al final algunos no tienen más remedio que preguntar por el tenor exacto de las leyes. Este era, con seguridad, el camino de Franz Steiner. Cada vez se decidía más por la fidelidad a las leyes de su fe. Pero jamás hizo el intento de ganarme para ellas. Jamás se atrevió a violar esa compulsión a la libertad que para mí era determinante. Estaba agradecido de que, pese a su creciente limitación a una fe históricamente determinada, yo lo tomara en sus conversaciones tan en serio como si él fuera libre, tan libre como debía sentirme yo mismo.

Fue y siguió siendo siempre libre de una manera que él jamás habría reconocido en los últimos años de nuestra amistad. Era libre en los mitos. Es la única persona que he conocido con la cual podía hablar sobre mitos. No solamente conocía muchos y podía sorprenderme con algunos tanto como yo a él: los dejaba intactos, no los interpretaba, no hacía ningún intento por clasificarlos según principios científicos, los dejaba en paz. Nunca fueron para él un simple medio. También le parecían lo más precioso y elevado que la humanidad había conquistado para sí. Podíamos hablar días enteros sobre mitos, uno de los dos descubría nuevos y se los presentaba al otro, y siempre habían sido lo esencial en la vida de algún grupo humano determinado, siempre habían contado y ejercido una influencia decisiva. Ninguno de los dos, ni él ni yo, se habría atrevido a inventar algo en esas conversaciones.

Se trataba de mitos que habían sido transmitidos con precisión y a partir de los cuales mucha gente había organizado su vida, no de una invención lúdica suya ni mía. La confianza que existía entre ambos se basaba en el respeto a los mitos, con los que pasábamos, cada uno por su lado, buena parte de nuestro tiempo. Podría pensarse que esto no es muy extraño que digamos, pasando así por alto el hecho de que casi todos los conocedores de mitos abusan de ellos con algún objetivo concreto, para corroborar determinadas teorías o clasificaciones. Son raros los que veneran y observan de forma inocente los mitos. Incluso entre escritores sólo he conocido algunos que lo hicieron temporalmente, en general para apoyar una obra en la que estaban trabajando.

Su sensibilidad hacia todo cuanto es digno de ser vivido. Sus conocimientos serenamente brillantes sobre el tema. Era algo inalcanzable para él, soñaba con ello. Soñaba con tener una familia, mujer e hijos. Quería a su hermana, a la que perdió tempranamente» Su máxima prueba de confianza consistió en mostrarme la foto de esa hermana. Todas las mujeres que más tarde cortejaría con inefable paciencia se parecían a esa hermana. Por las demás, que hubiera podido conquistar pese a su fealdad, sentía desprecio. Se enfadaba cuando uno se mostraba muy solícito con él, y quizá nunca fue consciente de hasta qué punto algo en su aspecto parecía suplicar ayuda. En su concepción de la familia él era el hombre, y se indignó con una mujer que quiso acogerlo como a un hijo. Es preciso decir algo sobre su aspecto exterior para comprender por qué nunca pudo acceder a algo tan cotidiano como una familia.

Murió cuando una mujer se comprometió con él. Era la escritora inglesa Iris Murdoch, que lo conoció en Oxford y estaba intelectualmente sojuzgada por él. Le confió el manuscrito de su primera novela. Él llevaba años amenazado por una seria afección cardíaca que lo atacó por última vez cuando estaba leyendo la novela. En la última carta que me escribió se refería a ella: me rogó encarecidamente —algo que en principio jamás habría hecho— que la leyera. Se trataba de Under the Net, y debe considerársele el verdadero descubridor de Iris Murdoch.

Ésta se parecía a la hermana de Steiner. En su lecho de muerte, él le pidió que fuera su esposa. Ella aceptó y se consideró comprometida. El estado de su corazón dejaba a Steiner muy poco margen de esperanza. Pero es posible que la alegría que le produjo este compromiso matrimonial precipitara su muerte. Y él, que siempre fue desdichado, habría muerto en un estado de felicidad.

Steiner amaba mucho la verdad y jamás halagaba a nadie. Veza, que era una lisonjeadora desaforada, debía de resultarle siniestra. Su adoración por la belleza era tan grande que nada de cuanto le dijera a una mujer podía parecerle un halago: siempre lo consideraba cierto.

La "Plegaria en el jardín por el cumpleaños de mi padre", que ayer — después de cuarenta años — volví a leer, me emocionó muchísimo. Fue escrita bajo la impresión de Jorge Manrique, y nunca ha habido influjo tan legítimo.

A Steiner le habría encantado estar conmigo en España, y en realidad estuvo allí por mí. Sus cartas de España contienen lo más hermoso que jamás me escribió.

En nuestras conversaciones sobre pueblos —entre ellos muchos de los llamados primitivos—, yo ponía el énfasis en los mitos, y él también en la poesía temprana. En sus cartas anotaba a menudo poemas de tribus que estaba estudiando en ese momento, mitos no, me parece, o probablemente menos. Me atribuía una capacidad de "dar-por-cierto" que me envidiaba, y pronto no tuvo reparos en convertirme en su aliado. Como sólo cortejaba en serio -quería casarse y fundar una familia, era lo que más anhelaba de forma casi incesante— no podía ver nada insensato en el hecho de tener un intercesor que supiera valorarlo, conociera su elevada capacidad ntelectual y su fiabilidad, y pudiera decírselo a quienes
le interesaban con el fuego del que él mismo carecía. No sabía más de lo que saben las palabras, y no intentaba hurgar siempre detrás de ellas. Así quedó libre del psicoanálisis. Podía ponderar fría y críticamente cualquier propuesta que viniera de aquel ámbito, sin sucumbir a ella. Examinar era realmente lo suyo. Hacer poesía consistía, para él, en examinar palabras. Nunca leía sin anotarse las palabras que le gustaban. El que lo hiciera en muchas lenguas, incluso aquellas a las que se aproximaba desde fuera, como antropólogo, no quitaba nada de su validez a las palabras alemanas con las que escribía sus poemas. Le resultaba iríiposible desfigurar o malgastar algo valioso, sobre todo una palabra. Hablaba con comedimiento y lentitud, siempre pensaba previamente lo que iba a decir. Al oírlo, uno jamás se acercaba a un origen, aunque sí a un resultado. Trabajo era para él una palabra casi solemne. Se equipaba para trabajar, podía pasarse días enteros preparándose para un trabajo. Soñaba con lugares y espacios en los que se pudiera trabajar bien, los sentía como paisajes-de-trabajo, sin decirlo de manera tan torpe ni presumir de la diligencia como virtud.

Me tomaba muy a mal que sólo le respondiera a la tercera o cuarta carta. Me costaba mantener una correspondencia regular, las cartas eran para mí estallidos que tenía que aguardar y no me gustaba forzar.

El lo sabía muy bien, como buen observador no se le hubiera podido escapar mucho tiempo, pero como no sólo vivía en cartas, sino que siempre quería algo, yo me guardaba bien de responder a cada uno de sus caprichos. Cuando las quejas no ayudaban, amenazaba con romper las relaciones, pero al ver que de nada servía se contentaba siempre con una amenaza.

A lo largo de varios años, incluso durante la guerra, solíamos encontrarnos en la Student Movement House de Gower Street cuando él venía de Oxford a Londres. Era un lugar de encuentro de estudiantes de muy distinta procedencia, de África y la India, pero también de los dominions blancos. Ahí se reunían emigrantes de todos los países de Europa* así como árabes, chinos o malayos. Era un club sin prejuicios, el único requisito para ser admitido era estar vinculado a la universidad. En su mayoría se trataba, pues, de jóvenes, aunque también venía gente que ya había concluido hacía tiempo sus estudios. Se podía entablar una conversación con cualquiera: uno se presentaba, tomaba asiento, conversaba y volvía a levantarse cuando tenía ganas o se sentía atraído por otras personas. Era la atmósfera más libre y desprejuiciada que he conocido nunca. Claro que todos seguían siendo lo que siempre habían sido, pero durante las horas que pasaban en el club se despojaban de sus prejuicios sin ningún esfuerzo, y resulta difícil olvidar lo bien que se sentían.

Steiner, que había llegado a Inglaterra unos años antes que yo, me había introducido en ese club. Para él como antropólogo era todo un paraíso, y elegir ese lugar para nuestras conversaciones fue el regalo más hermoso que pudo haberme hecho. Cuando sus compromisos se lo permitían, pasábamos juntos allí tres o cuatro horas, sumidos en una conversación seria y siempre concentrada, interrumpida por encuentros con la gente más variopinta que se nos acercaba o que él quería presentarme. Hay que imaginarse lo que significaba estar hablando del refranero ashanti y que él pudiera presentarme a Kessi, considerado el príncipe de los ashanti. No es que nos dijera mucho sobre aquellos refranes, pero podíamos imaginarnos en qué labios se encontraban, y aunque no lo hiciera precisamente Kessi, que se reía con cierta altivez, sino otro estudiante de Costa de Oro, los refranes eran recitados para complacernos. Uno podía confiar realmente en las extraordinarias colecciones de los investigadores ingleses.

Uno de los dos, él o yo, sorprendía gustoso al otro con algún libro que llevaba largo tiempo buscando, pero aún no conocía. Y aquello acabó convirtiéndose en una competencia de la que ya no podíamos prescindir. Las librerías de los alrededores del Museo Británico eran inagotables, y buscando libros de viejo pasábamos no menos tiempo que enfrascados en nuestras conversaciones. Entre todos esos días de búsqueda hubo uno en el que pude mostrarle Specimens of Bushman Folklore de Bleek y Lloyd, una de las joyas de la literatura universal, sin la que no querría seguir viviendo. Yo acababa de descubrirlo antes de que nos encontrásemos en el club, y él no podía creerlo; se lo di y se puso a hojearlo con manos literalmente temblorosas, felicitándome como se felicita a alguien por algún acontecimiento crucial en su vida. Pero también había momentos de generosidad, en los que uno le regalaba al otro algún libro del que había encontrado un segundo ejemplar además del propio.

Nuestras conversaciones eran una emocionante mezcla de libros de todo el mundo que llevábamos con nosotros, y de gente de todo el mundo que nos rodeaba. Había juristas, futuros políticos, lingüistas, antropólogos, historiadores, filósofos, y, aunque con menos frecuencia, también estudiantes de medicina. Ninguno le imponía al otro su especialidad, pero resultaba tanto más agradable que otro lo interrogara a uno ampliamente sobre ella. Nunca he estado entre gente inteligente que haya dado más muestras de tolerancia. Nadie pasaba inadvertido, y hasta la persona más solitaria y hermética despertaba interés. Quien normalmente temiera a los demás, salía allí de su reserva gracias a la discreta curiosidad general. Había, claro está, unos cuantos que tenían que darse importancia, pero al haber tantos otros que competían con ellos no tardaban mucho en sumergirse o desaparecer.

Del propio Steiner hay que decir que nunca estaba de mal humor en aquel sitio. Él, que tanto sufría por no tener una familia y no paraba de quejarse de ello, estaba allí sereno, despierto, atento, tan fascinado o acaparado por los demás que no se sentía más desdichado que otros ni se compadecía.


Traducción del alemán Juan José del Solar
Madrid, 1997