29 oct. 2009

Dylan Thomas - La escuela de brujas

 

 

 

Dylan Thomas 2 En el pico de Cader había una escuela de brujas: allí, la hija del médico, que enseñaba la cuna profana y la aguja del demonio, contaba con siete jovencitas campesinas. En el pico de Cader, a medias derruida y azotada por un clima hostil, la casa de una sola planta daba albergue a las siete jovencitas, a los ecos del sótano, a una cruz invertida sobre la entrada de las habitaciones interiores. Allí, cuando soñaba con enfermedades en el centro de la colina tuberculosa, oyó el médico gritar a su hija invocando el poder que rebullía bajo las raíces de occidente. Invocaba a un demonio en concreto, pero la gehena ni siquiera bostezó bajo la colina, y el día y la noche continuaron con sus sendas despedidas; cantaron los gallos y cayó el maíz en las aldeas y en los campos amarillentos mientras ella enseñaba a las siete jovencitas cómo se interponía la lujuria del hombre, cual cadáver de caballo, frente a sus mezcolanzas inyectadas. Era baja, tenía gruesos los muslos y las mejillas coloradas, los labios carmesíes y la inocencia en los ojos. Sin embargo, se le endurecía el cuerpo cuando invocaba a las flores negras bajo la marea de las raíces, cuando salía a recoger los cuajos de los árboles para colocarlos bajo las ubres de las vacas, y las siete la miraban fijamente, boquiabiertas, viendo cómo se le endurecían las venas de los pechos; permanecía descubierta e invocaba al diablo, y las siete, descubiertas, cerraban un círculo a su alrededor.

Al enseñarles las intrincadas maneras del demonio, alzó los brazos para franquearle el paso. Tres años y un día habían transcurrido desde la primera vez en que se postró ante la luna y, enloquecida por la media luz, se empapó el cabello siete veces en el agua salada del mar y empapó un ratón en miel. Permanecía en pie sin que nada ni nadie la tocase, en actitud de amar al hombre perdido. Se le endurecieron los dedos sobre la luz, como si estuvieran sobre el esternón del diablo que seguía sin acudir a su llamamiento.

La señora Price ascendió la colina y la vieron las siete. Era la primera noche del año nuevo, el viento estaba aquietado en el pico de Cader y un atardecer a medias tintado de rojo, prometedor, flotaba sobre los roquedos. Tras la comadrona se fundió el sol tal como se hunde una piedra en la ciénaga, y la Oscuridad borboteó tras él, y el barro lo succionó en la burbuja de los campos insondables.

En Belén existe una cárcel para mujeres locas, y en Cathmarw, junto a los árboles de la casa del párroco, una muchacha negra se puso a chillar mientras sufría los dolores del parto. Le daba miedo morir como una vaca en el establo, le daban miedo los ruidos de los grajos. Llamó a gritos al médico del pico de Cader cuando el occidente tumultuoso se removía en su sepultura. La oyó la comadrona. Una muchacha negra se balanceaba en su cama. Sus ojos eran de piedra. La señora Price ascendió la colina y la vieron las siete.

Comadrona, comadrona, llamaron las siete jovencitas. La Señora Price se persignó. Llevaba una ristra de ajos colgada del cuello. Con cuidado, la rozó con un dedo. Las siete gritaron a voz en cuello, y corrieron del ventanal a las habitaciones interiores, en donde la hija del médico, arrodillada, daba consejos al sapo negro, a su allegada y al gato adivino que dormitaba pegado a la pared. La allegada movió la cabeza. Las siete se pusieron a bailar, restregando los muslos contra la pared enlucida hasta que la sangre borró los símbolos de la fertilidad que llevaban inscritos en ellos. Bailaron de la mano entre los símbolos oscuros, bajo los mapas que indicaban el asenso y la caída de las estaciones satánicas, y sus blancos vestidos revoloteaban alrededor. Comenzaron a ulular las lechuzas, golpeteando la música de un invierno que había despertado de súbito. Cogidas de la mano, las bailarinas dieron vueltas en torno al sapo negro y a la hija del médico, siete ciervos en danza, sus cornamentas temblorosas en la confusión de aquella habitación profana.

Es una mujer muy negra, dijo la señora Price, e hizo una reverencia al médico.

Despertó al oír la historia de la comadrona, que le hablaba de un sueño de enfermedades y recordaba la rotura, la mancha negra, el eco, las sombras mutiladas del séptimo sentido.

Ella se acostó con un afilador negro.

El la hirió en lo más profundo, dijo el médico, y se limpió un bisturí en la manga.

Juntos, bajaron dando tumbos por los roquedos de la colina.

Al pie de la colina los recibió el terror, el terror de los ciegos que golpean con sus blancos bastones sin saber dónde dan, las extremidades amputadas de las tinieblas solidificadas; dos gusanos en el pliegue de un árbol, las barrigas en la savia del caucho, los pegamentos de un bosque de simiente equivocada; sujetando con todas sus fuerzas los sombreros y el bolso una y el maletín el otro, los dos siguieron a rastras por el camino que llevaba al negro alumbramiento. De la derecha, de la izquierda, los alaridos arrancados por los dolores del parto llegaban por debajo de las ramas, atravesaban la madera muerta desde la tierra, donde estornudó un topo, y desde el cielo, fuera de la vista de los gusanos.

No fueron los únicos que aquella noche se vieron atrapados en la ceguera torrencial: para ellos, mientras avanzaban a tientas, dando traspiés, la tierra estaba desierta, no había un solo hombre, y los profetas del mal tiempo caminaban a solas por sus barriadas. Del silencio emergieron tres buhoneros, pegados al muro de la capilla. Es la capilla de Cader, dijo el sartenero. El párroco no tiene aprecio por los buhoneros, dijo John Bucket, el calderero. Al pico de Cader, dijo el afilador, y allá fueron. Pasaron muy cerca de la comadrona; ella escuchó el claqueteo de las tijeras y la rama de un árbol tamborilear en los cacharros de cobre. Uno, dos y tres: se fueron arrastrando los pies, invisibles, mientras ella se sujetaba las faldas. La señora Price se persignó por segunda vez y volvió a tocar los ajos que le colgaban del cuello. Un vampiro con tijeras era un demonio de Pembroke. Y la muchacha negra gritaba como un cerdo.

Hermana, levanta la mano derecha. La séptima jovencita alzó la mano derecha. Ahora, dijo la hija del médico, repite conmigo: Levántate y sal de la cebada aristada. Levántate y sal de la verde hierba adormecida en la hondonada frondosa del Señor Griffiths. Hombre grande, hombre negro, todo ojos y sólo un diente, levántate y sal de las ciénagas de Cader. Repite: El diablo me besa. El diablo me besa, dijo la muchacha helada en el centro de la cocina. Bésame para salir de la cebada aristada. Bésame para salir de la cebada aristada. En círculo, el resto de las jovencitas se reía entre dientes. Sácame de la verde hierba. Sácame de la verde hierba. ¿Ya puedo ponerme la ropa?, dijo la joven bruja tras encontrarse con el mal invisible.

A lo largo de las primeras horas de la noche, en el humo de las siete candelas, la hija del médico habló del sacramento de las tinieblas. En los ojos de su allegada leyó la nueva de un grandísimo advenimiento profano; adivinando el futuro en los ojos verdes y somnolientos vislumbró, con la misma claridad con que vieron los buhoneros la torreta, la llegada de una bestia descomunal con piel de ciervo, vio al animal astado cuyo nombre se lee del revés, y vio que el negro, negro, negrísimo ser errante ascendía la colina hacia donde estaban las siete jovencitas sabias de Cader. Despertó al gato. Pobre Campana, dijo acariciando al gato a contrapelo. Talán, talán, Campana, dijo, y balanceó por la cola al gato babeante.

Hermana, levanta la mano izquierda. La primera jovencita alzó la mano izquierda. Ahora, con la derecha pon un alfiler en la izquierda. ¿Dónde hay un alfiler? Aquí, dijo la hija del médico, aquí tienes un alfiler, enredado en tus cabellos. La muchacha hizo ademán de llevarse la mano al negro cabello y extrajo un alfiler del rizo que le caía sobre la oreja. Repite: Te crucifico. Te crucifico, dijo la muchacha. Con el alfiler en la mano, se lo clavó al gato agazapado en el regazo de la hija.

Porque el amor adopta múltiples formas: perro, gato, cerdo o cabra. Existía un amante hechizado en el tiempo de la misa, formado de pleno, con sus rasgos plasmados en la imagen del gato que salió huyendo con el vientre ensangrentado, corriendo hasta dejar atrás a las siete jovencitas, el salón y el dispensario, hasta salir a la noche y seguir corriendo por la colina. El viento lo alcanzó en la herida y con agilidad bajó por los roquedos, camino de los arroyos refrescantes.

Pasó como un relámpago junto a los tres buhoneros. Un gato negro trae buena suerte, dijo el sartenero. Un gato ensangrentado trae mala suerte, dijo John Bucket, el calderero. El afilador no dijo nada. Emergieron del silencio junto al muro de la casa que se alzaba sobre la cima y escucharon la música infernal que salía de la puerta abierta. Espiaron por la ventana de cristal tintado y las siete jovencitas danzaron ante ellos. Tienen pico, dijo el sartenero. Y los pies palmeados, dijo John Bucket, el calderero. Los buhoneros entraron.

A medianoche dio a luz la muchacha negra, que parió una bestia negra con ojos de gatito y una mancha en la comisura de la boca. La comadrona, al recordar las marcas de nacimiento, habló en susurros con el médico de la grosella que tenía su hija en el brazo. ¿Está ya madura?, preguntó la señora Price. Al médico le tembló la mano, y con el bisturí cortó al bebé por debajo del mentón. Tú, llora, chilla, dijo la señora Price, que amaba a todos los recién nacidos.

El viento aullaba por encima de Cader y despertaba a los grajos adormecidos, que graznaron en la fronda y, con más fuerza que los búhos, perturbaron las meditaciones de la comadrona. No era habitual que los grajos, adormecidos sobre los tejados de zinc, se pusieran a graznar en plena noche. ¿Quién habría hechizado a los grajos? Bien podía salir el sol a la una y diez de la madrugada.

Tú, llora, chilla, dijo la señora Price con el bebé en brazos, que este es un mundo perverso. El mundo perverso, con vozarrón de vendaval, habló al bebé medio asfixiado entre los pliegues del abrigo de la comadrona. La señora Price llevaba un sombrero de hombre, y sus enormes pechos palpitaban bajo la casa negra. Tú, llora, chilla, dijo el mundo perverso, soy un viejo que te ciega, una mujercita perversa que te hace cosquillas, una muerte seca que te reseca. El bebé lloró y chilló como si tuviese una pulga en la lengua.

Los buhoneros se perdieron en la casa y no pudieron encontrar el camino de las habitaciones interiores, donde las jovencitas seguían bailando con picos de ave y con los pies palmeados, descalzas sobre los adoquines. El sartenero abrió la puerta del dispensario, pero los frascos y la bandeja de los bisturíes y demás instrumentos le alarmaron. Los pasadizos estaban demasiado oscuros para John Bucket, el calderero, y el afilador lo sorprendió en una esquina. Cristo me defienda, exclamó. Las muchachas cesaron su danza, pues el nombre de Cristo resonó en el vestíbulo. Entra, entra, gritó la hija del médico al diablo para darle la bienvenida. Fue el afilador el que encontró la puerta y giró el picaporte, entrando en la luz de las candelas. Se plantó delante de Gladwys en el umbral de la puerta, un gigante negro como la tinta, con una barba de tres días. Ella alzó la cara acercándola a la suya, y el sayo le cayó en el acto.

Subiendo por la colina, la comadrona resoplaba y canturreaba para aliviar el paso con el recién nacido en brazos, y el médico se afanaba tras ella, escuchando el golpeteo de su negro maletín. Las aves de la noche volaron al lado de ellos, pero la noche estaba desierta, y aquellas alas y voces inquietas, abandonando el vacío para siempre, eran las plumas de las sombras y los acentos de un vuelo invisible. El propósito tras la silueta del pico de Cader, en el pecho de la colina repleto de cantos y en los cráteres que picaban como la viruela aquella carne entre verde y negruzca, no era otro que el propósito del viento que, de grado o por fuerza, soplaba por todos los rincones la hierba amorfa y las piedras de un mundo todavía por moldear. Los parches de hierba y los huesos de la empinada cuesta, según meditó el médico mientras subía tras el bebé, adormecido en sus recuerdos en el regazo de una desconocida, se arremolinaban unos con otros al salir de los basureros del caos gracias a un viento invernal. Sin embargo, la presunción del médico quedó en nada, pues el bebé negro soltó un alarido tan alto y tan agudo que el señor Griffiths lo oyó desde su templo en la fronda de la hondonada. El adorador de las plantas, de pie bajo la sagrada calabaza que había clavado con cuatro clavos a la pared, oyó el alarido que descendía desde las alturas. Una mandrágora había aullado en Cader. El señor Griffiths salió deprisa, por el camino de las estrellas.

John Bucket, el calderero, y el sartenero llegaron a la luz de la candela y se vieron en compañía de extraños. En el círculo central de la estancia, rodeados por las luces inciertas, estaban el afilador y la muchacha desnuda; ella le sonrió, él le sonrió a ella, tentó con sus manos el cuerpo de la jovencita, ella se puso rígida y se relajó después, él se acercó más, y ella sonriendo volvió a ponerse rígida, y el se relamió.

John Bucket, el calderero, no le había visto convertido en uno de los poderes del mal, cuando desnudó los pechos y los muslos inmaculados de las gentiles doncellas, un hombre negro y magnético, con la condenación de las mujeres en su sonrisa al forzar las puertas del amor. Recordaba a un negro compañero de ruta que afilaba las tijeras y los cuchillos por los pueblos y que, en la penumbra, cuando los buhoneros vivaqueaban para pernoctar, era una sombra negra como el tizón, silenciosa como los setos junto a los cuales caminaban.

¿Era ese hombre tan alto, murmuró el sartenero, ese que toma a la hija del médico sin saludo previo, era ese Tom el afilador? Lo recuerdo en los caminos bajo el sol de plomo, un buhonero negro con sus tres chaquetas puestas.

Como un dios, el afilador se inclinó sobre Gladwys, sanó su herida, ella aguantó su ungüento y su fuego, ardió en el altar de la torre y así se cumplió el negro sacrificio. Se apartó de sus brazos, con su corte abierto en una ofrenda, las entrañas de un cordero, sonriente, llorosa: danzad, danzad mis siete allegadas. Y las siete danzaron con las cornamentas estremecidas en la confusión de aquella estancia profana. Un aquelarre, un aquelarre, exclamaron las siete al bailar. Llamaron al sartenero, que seguía en la puerta. Él avanzó paso a paso, ellas le tomaron de ambas manos. Danza, danza, mi desconocido, gritaron las siete. John Bucket, el calderero, se unió a ellos, y sus calderos resonaban como tambores. Con habilidad lo arrastraron a la furia creciente de la danza. El afilador, en medio del círculo, bailaba como una torre. Ganaron más velocidad al dar vueltas y más vueltas, aunque ninguna gritaba más fuerte que los dos buhoneros en el corazón de aquella compañía giratoria, y la hija del médico se coló entre ellos. Les hizo dar vueltas con mayor celeridad; mareados como dos veletas presa de cien vientos a la vez, eran dos siluetas en constante revolución, al viento alborotado por los vestidos de las jovencitas, al compás de la música del afilador y sus tijeras, de las sartenes y los calderos; mareada, ella correteó entre las bailarinas, una rueda de cabellos y de ropas, y los alfileres ensangrentados giraban también; las candelas palidecieron y menguaron por el viento de la danza; ella giró como un torbellino al lado del buhonero, al lado del afilador, al lado negro y oscuro, y olfateó su piel, olfateó las siete furias.

Fue entonces cuando llegaron el médico, la comadrona y el bebé. Entraron por la puerta abierta con toda tranquilidad. Que duermas bien, Pembroke, que tus demonios te han abandonado. ¡Ay del pico de Cader, que el hombre negro baila en mi casa! Para aquella velada salvaje no había otro fin que un fin de maldad. La tumba había bostezado, y el negro aliento se alzó de la tierra.

Bailaban las metamorfosis del polvo de Cathmarw. Yaced quietas, cenizas del hombre, pues el ave fénix ha de levantar el vuelo de donde estáis. Caiga la maldición sobre Cader, sobre mi bella casa cuadrada. La señora Price rozó con el dedo los ajos y el médico permaneció contristado.

Las siete los vieron. Un aquelarre, un aquelarre, exclamaron. Una, sin dejar de bailar, tiró de la mano del médico; otra, bailando sin cesar, lo tomó de la cintura; perplejo al ver la carne blanca en sus brazos, el médico también bailó. Maldición, caiga la maldición y la pena sobre Cader, gritaba a la vez que giraba entre las doncellas, y sus pasos fueron ganando velocidad. Oyó elevarse su propia voz, notó que sus pies volaban sobre los adoquines. Un aquelarre, un aquelarre, gritó él médico bailando, e hizo las debidas reverencias.

De repente, la señora Price, abrazada al bebé negro, fue rodeada a la entrada de la estancia. Los doce danzantes la hicieron entrar, y las manos de desconocidos le arrebataron el bebé del regazo. Ved, ved, dijo la hija del médico, ved la cruz en su cuello negro. Había sangre bajo el mentón del bebé, allí donde tembló un bisturí al hacerle un corte. El gato, gritaron las siete, el gato, el gato negro. Habían desatado al diablo hechizado que habitaba en el gato, el esqueleto humano, la carne y el corazón de la gehena de las raíces del valle y la imagen de un ser que calmaba su herida en los arroyos lejanos. Su magia había obrado; depositaron al bebé sobre los adoquines y prosiguió la danza. Pembroke, que duermas bien, susurró la comadrona que bailoteaba, tiéndete, no te muevas, condado desierto.

Y fue así que el último visitante de esa noche encontró a trece danzantes en las habitaciones interiores de la casa de Cader: un hombre negro y una muchacha sonrojada, dos buhoneros desharrapados, un médico, una comadrona y siete muchachas campesinas que daban vueltas y más vueltas tomados de las manos, bajo los mapas que señalaban el ascenso y la caída de las estaciones satánicas, entre los símbolos de las artes más siniestras, dando vueltas sin cesar, mareados, gritando hacia el techo a la vez que reverenciaban la cruz invertida que estaba a la entrada.

El señor Griffiths, medio ciego después de haber pasado mucho tiempo contemplando la luna, echó un vistazo y los encontró así. Vio al recién nacido sobre los fríos adoquines. Invisible, en las sombras, se acercó sigiloso al bebé y lo puso en pie. El bebé cayó. Con paciencia, el señor Griffiths puso en pie al bebé, pero aquella mandrágora no iba a caminar esa noche.

 

Relatos completos

Traducción de Miguel Martínez-Lage

Plaza & Janés

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