7 sep. 2009

Giovanni Papini – El verdadero cristiano

 

 

giovanni papini 2 El señor canónigo tenía la costumbre de meterse de nuevo en cama después de la misa. Era de aquellos hombres que no consiguen pensar fuera del colchón. Su desarticulado esqueleto no estaba ligado por músculos, sino por una piel fláccida, ligeramente rellena de aquella grasa mala que, más o menos, tienen todos los curas sedentarios. Esto es para explicar que el cañonazo del mediodía lo encontraba todavía sentado en su gran cama de matrimonio, reclinado en dos almohadones, protegido por grandes mantas de lana y por edredones de pluma, y con la taza de café, todavía no vacía, sobre el mármol de la mesilla de noche. No era que durmiese mucho, sino que, para pensar y leer en paz, para dar libre curso a su alma, tenía necesidad de no sentir su pobre cuerpo frágil, blando y friolero, en contacto demasiado directo con el mundo exterior. Debajo de las sábanas, tendido en su cama de muelles, cobijado por murallas de ropas pesadas, en aquel calor natural acumulado por su sangre, se encontraba bien, en su verdadero mundo, mejor que un poeta tempestuoso en lo alto de una montaña en una tarde de viento. Es más: sostenía, a pesar de toda su veneración por Dante, que era una gran equivocación decir que no se alcanza la fama bajo las mantas y, aunque no lo decía abiertamente, daba a entender a los amigos que le atacaban este punto que él mismo era un ejemplo de la falsedad de la demasiado famosa sentencia.

Y era verdad. Don Angelo era conocido en toda Italia, por lo menos entre aquellos que se ocupan de cosas de iglesia, no solamente como teólogo —ya que había enseñado dogmática en uno de los primeros seminarios—, sino también como moralista y, sobre todo, como predicador vigoroso e inspirado, comparable solamente por su fogosidad a San Bernardino de Siena y por la fuerte elegancia de su estilo al padre Segneri. Poseía, además, otro valor, que, aunque se manifestara solamente en la ciudad donde residía, no por eso dejaba de constituir una pequeña parte de su éxito: quiero decir una gran capacidad y amabilidad como confesor Casuista finísimo, como hoy hay pocos; conocedor sin prejuicios del corazón humano, y de modo particular del femenino; improvisador feliz de admoniciones, instrucciones y reproches; tan indulgente en la sustancia como rigorista en la forma, reunía en su persona casi todas las perfecciones que requiere un óptimo sacerdote.

No era, empero, un cura a la antigua. Al contrario, si hay que creer a los envidiosos, que nunca faltan, se murmuraban en ciertos salones devotos que olía un poco a moderno. Mientras tanto, para dar una prueba de ello, no había vacilado en escribir, y lo que es peor, en publicar, ciertos libros sobre los padres de la Iglesia, de los que resultaba claramente, incluso para quien no los había leído, que sus simpatías eran para aquellos padres que la Iglesia, más tarde, había condenado como peligrosos, por ejemplo, Orígenes y Tertuliano. Había, además, el hecho gravísimo —también éste probado por testigos oculares— de que don Angelo compraba muchísimos libros, y no solamente libros religiosos y aprobados por la autoridad eclesiástica, sino también de aquellos que se encuentran en las librerías profanas, escritos por laicos, por herejes o por personas sospechosas.

Quien lo había sondeado más a fondo sostenía que su fe no era tan segura como se suponía; que él aceptaba a regañadientes ciertos principios que la tradición de la Iglesia había convertido en dogmas y, en fin —cosa tremenda y casi increíble—, que él, más que creer en Dios, creía en la fuerza de la fe en Dios; más que creer en Cristo, creía en la bondad de aquellos que creen en Cristo.

Pero estas voces, que por otra parte no estaban muy difundidas entre la numerosa clientela de fieles de don Angelo, no habían conseguido desprestigiarlo cerca del cardenal arzobispo, el cual, por el contrario, le había dado pruebas públicas y visibles de su benevolencia yendo a escuchar alguno de sus sermones. Los maliciosos, empero, añadían que sin aquellas sospechas don Angelo hubiera muerto obispo, o tal vez cardenal.

2

El 23 de marzo de 1909, a las diez y media de la mañana —debo estos datos precisos a la amabilidad de la misma persona que me ha contado el resto—, don Angelo, como de costumbre, estaba sentado en la cama y tenía delante cinco o seis libros encuadernados sólidamente en piel oscura, todos abiertos y todos puestos boca abajo con los lomos hacia arriba. Aquélla era la manera de leer del sabio canónigo: no había modo de que se contentara con un libro solo. Una página o dos de uno y luego un capítulo de otro, y un párrafo de un tercero y de un cuarto, para volver finalmente al primero. «Así como somos capaces de seguir —decía— una conversación con cinco o seis personas, con tal que hablen una a una, así no hay confusión en leer en una misma hora cinco o seis volúmenes, y hay la ventaja, además, de poder volver atrás para encontrar el hilo perdido.»

Pero aquella mañana, de repente —apenas habían sonado las diez y media—, la criada abrió con precaución la puerta de su cuarto, sabiendo bien que cometía un acto gravísimo, y anunció al canónigo que un señor estaba a la puerta y quería hablarle en seguida.

—¿En seguida? Pero ¿quién es? ¿Lo conoces?

—No lo conozco y no me ha querido decir quién es.

Don Angelo estaba asombradísimo. Ante todo, nadie iba a verlo por la mañana. Sus escasos amigos sabían que volvía a meterse en la cama y que en aquellas horas estudiaba. Sus penitentes no venían nunca sin advertírselo, y en general lo esperaban en la iglesia aquellas mañanas en que tenía que dejar la cama por el confesionario. ¿Quién podría ser? Lo pensó un poco y al fin dijo a la mujer:

—Dile que deje el nombre y que vuelva más tarde. Ahora estoy en la cama y no puedo.

—Dice que quiere hablarle en seguida; que lo entretendrá poco; que el nombre no importa, porque usted no lo conoce...

—Entonces —suspiró el canónigo— dile que pase aquí, porque no me encuentro bien.

El insistente señor no se hizo esperar. El canónigo vio acercarse a su cama a un hombrecillo bajo y gordo, de cara más bien roja, con una barbita corta en punta y unos lentes grandísimos sobre los ojos, que miraban de soslayo con miradas entre picaras y furiosas. Este hombre jugaba con un curiosísimo sombrero de paja negra, flexible, y parecía que moviera a propósito las manos para enseñar un gran camafeo gris, que, engarzado en un anillo, le cubría la mitad de su índice derecho.

La cara del canónigo, que en general era melancólica como la de aquellos que no digieren demasiado bien, se ensombreció a la vista de su singular visitante, el cual, después de una ligera reverencia, se plantó delante de la cama con el aire de quien espera ser interrogado. El canónigo empezó en seguida con una mentira:

—Ya me perdonará si lo recibo en cama, pero hoy no me encuentro bien y el aire es demasiado frío para un pobre viejo como yo. Si pudiera volver esta tarde...

—En absoluto —saltó el desconocido—, tengo necesidad de hablarle en seguida.

—¿Con quién tengo el honor de hablar? —preguntó don Angelo, viendo que el otro, después de haber dicho aquello, se había callado.

—Señor canónigo —respondió el hombrecito—, yo sé quién es usted. Vengo de lejos, pero sé quién es usted. Todos me han hablado de usted, y he venido a verlo precisamente porque he sabido quién es. Pero no es necesario que usted sepa mi nombre. ¿Qué es un nombre? Una cascara que se arroja, un vestido que se quita, un cartel que se rompe, una tarjeta que se pierde. Hágase el efecto de que está en la iglesia y en el confesionario. El nombre no es necesario; sobre mí tengo muy otras cosas que decirle.

—¿Se trata, pues, de una confesión? —reanudó el canónigo—. Verdaderamente la hora no me parece muy oportuna y yo estoy ahora en una posición...

—Deje estar los cumplidos, señor canónigo. Aquí no interviene la carne o el vestido, sino el espíritu. ¿Quién se da cuenta de que usted está en cama? ¿Y qué importa?

—Entonces dígame, por favor, en qué puedo servirlo.

—Estoy seguro de que usted me entenderá en seguida. Lo mío no es propiamente una confesión, sino una consulta o, mejor, es también una confesión, pero que tiene por finalidad una consulta... Usted es teólogo, ¿no es verdad?

—Me he ocupado un poco de teología, pero hace muchos años, y ahora no sabría...

—Basta, basta. Conozco su modestia. Siento molestarlo, pero es preciso que tenga usted la paciencia de escucharme un poco sin interrumpirme.

—Estoy dispuesto a oírlo, como es mi deber. Hable, si quiere.

—Sepa que desde niño no he tenido otra pasión que la de ser cristiano, es decir, ser verdaderamente cristiano, con toda la fuerza de la palabra, no solamente llamarme o parecer cristiano. Apenas cumplidos los veinte años, cuando pude reflexionar más seriamente sobre el alcance de mi fe, no hice otra cosa que leer todos los libros que caían en mis manos sobre el cristianismo y Jesús, y especialmente los Evangelios, y no leía solamente, sino que anotaba, meditaba, apuntaba y confrontaba sin tregua, empujado por la manía de descubrir en qué consistía propiamente el cristianismo y de qué manera podría imitar, seguir y tal vez glorificar a Jesús. Al cabo de casi cuatro años de esta ininterrumpida búsqueda, llegué a las siguientes conclusiones. El síntoma del verdadero cristiano es el desinterés. Quien hace algo para obtener una compensación no es digno de Dios. Quien sigue ciegamente su naturaleza no es digno de Dios. Quien logra hacerlo todo por nada y vencerse a sí mismo es digno de Cristo. Cristo ha sufrido por nosotros, Cristo es Dios, es decir, infinito, y por eso su dolor es infinito y nosotros no podremos nunca sufrir todo lo que El ha sufrido, aun sufriendo eternamente.

—Verdaderamente... —interrumpió con aire dubitativo el canónigo, que escuchaba con toda su atención al rápido hablador.

—Se lo ruego —repuso éste—, no me interrumpa; mis ideas ya están bastante desordenadas. Sus observaciones las hará después. He venido precisamente por esto. Decía, pues, que mis conclusiones fueron aquéllas y tales siguen siendo hoy.

»Rumiándolas dentro de mí (porque no quería hacer teorías, sino encontrar el camino de la verdad), me di cuenta de que de aquellas simples verdades brotaban consecuencias a primera vista monstruosas. Que no hay que buscar compensación al bien que se hace, resulta evidente de más de un pasaje del Evangelio, y sobre todo de aquellos en los que se ordena hacer el bien a quien nos hace el mal. No debemos dar a quien nos da, ya que ésta es cosa humana y de todos, sino dar a quien nos quita: esto es lo divino. Es preciso, pues, no sólo hacer el bien a quien nos ha hecho el bien, sino también a quien no nos dará nada en compensación y, sobre todo, si queremos ser perfectos, a quien nos hará el mal como pago.

»El bien que se hace con la certeza de recibir otro bien, no cuenta: es un intercambio, un comercio y nada más. El bien verdadero es aquel que está guiado por la esperanza del mal.

»Pero aquí empiezan las dificultades. Quien beneficia a los hombres suele encontrar ingratitud, maldiciones y tal vez odio, pero estos males son pasajeros y no son nada para quien tiene el consuelo de la fe. El mal procurado por los hombres no es un mal verdadero: es un intento, un simulacro de mal. El mal horrendo y eterno es la privación perpetua de la beatitud, es el castigo infinito que sólo Dios puede infligir, es, en una palabra, el Infierno.

»¿Cuál era, pues, el primer y único problema de mi vida de perfecto cristiano? El de obtener el infierno sin hacer mal a los otros hombres, es más, haciéndoles bien según los mandamientos de Dios y de Jesús. Problema, como usted ve, dificilísimo y casi diría absurdo. Por una parte quería y debía ayudar a los afligidos, sostener a los débiles, animar a los temerosos, dar de beber a los sedientos, saciar a los hambrientos y perdonar a los malos, pero haciendo esto corría el riesgo de ganar el Paraíso. Sin embargo, ¿qué mérito hay, pregunto yo, en sacrificarse un poco durante aquellos treinta, cincuenta o sesenta años de vida terrena, cuando se tiene delante la recompensa eterna y segura, la alegría divina por toda la eternidad? Yo he despreciado siempre esta usura de la caridad, este comercio de la misericordia, este bajo cálculo de la santidad. Yo hago el bien, pero no quiero nada en compensación, al contrario, a semejanza de nuestro Maestro, quiero el mal, y nada más que el mal, y el peor y más infinito mal que haya. Era preciso, pues, a toda costa, que ganara el infierno, y tampoco ésta era empresa fácil para quien se encontraba en mi estado. La solución más natural era hacer mucho bien a los demás y mucho mal a sí mismo, es decir, cometer, y sin moderación, aquellos pecados que sólo causan perjuicio a quien los comete.

»Pero aquí había otra dificultad. Dios me ha dado en préstamo un alma que busca la pereza y la santidad por impulso natural, y que tiene necesidad del bien igual que el cuerpo tiene necesidad del pan. Otro se hubiera alegrado de eso, porque la virtud hubiese sido para él un juego fácil y, por ello, recto y llano el camino de la salvación y de la beatitud. Para mí, en cambio, esta prepotente inclinación al bien fue nuevo motivo de dolor y de duda. ¿Qué mérito hay en seguir espontáneamente la propia naturaleza? Lo que no cuesta ningún esfuerzo, que no atormenta, que no se obtiene a través de durísimas pruebas y despiadadas batallas, no tiene valor para Dios. El cordero no hace nada meritorio si no devora a sus semejantes, pero el lobo se arrodilla delante del fraile santo y reprime su hambre de carne, para él es el reino de los cielos.

»Para seguir la enseñanza según la cual sólo cuenta lo que se pare con dolor, tenía que violentar mi alma y conducirla a querer y cumplir aquel mal del que ella demasiado espontáneamente huía. Así otra razón se añadía a la anterior para buscar con todas mis fuerzas la condenación eterna.

»Gran tormento era el mío, señor canónigo, al querer llevar una vida tan opuesta a la de aquellos que se llaman cristianos. Sentir toda la belleza y la grandeza de la perfección, pero tenerse que rebajar para elevarse; hacer el bien, y temer que este bien sea compensado; cometer el mal, y temer que el mal no sea castigado; sufrir, y temer que el sufrimiento pasajero, pero intenso, pueda ahorrarme el sufrimiento eterno que espero. Usted no puede imaginarse cuál ha sido mi vida. Durante el día, en busca de infelices, con hábitos de auxiliador y de consolador; por la noche, en busca de pecados, de culpas y de vicios que sólo a mí estropearan e hicieran. Me he dado cuenta de que eso no es tan fácil como se podía creer. Casi todos los pecados son pecados hacia los otros, y de esos no quería saber nada.

»Así me había prohibido matar, robar, ofender, calumniar, engañar, corromper, es decir, casi todas las malas acciones que pierden a los hombres. Quedaban los pecados contra Dios y contra mí mismo. Y en éstos me desfogaba venciendo poco a poco, con indecibles penas, todas las resistencias de mi pobre alma. ¡Cuánto me ha costado, por ejemplo, llegar a blasfemar el santo nombre de Dios! A lo primero ni siquiera podía pronunciar las horribles palabras; conseguí pronunciarlas, pero sólo con los labios; el corazón no quería y las negaba. Fueron necesarios algunos años hasta que pude blasfemar verdaderamente, con el alma y con la boca, en la voluntad expresa de ofender a mi Creador. Luego he omitido los mandamientos de la Iglesia; me he prohibido la oración; no me he acercado más a la comunión; he rehuido los sermones; he desertado de la misa; he escupido sobre las imágenes santas. Pero, para estar más seguro de mi condenación, no he dejado de lado otros pecados, aunque fueran menos graves. Me he entregado en secreto a las más obscenas lujurias; me he embriagado, por la noche, encerrado en casa, sin que nadie pudiera verme; he intentado perder, al menos en algunos momentos, mi alma de hombre y hacerme semejante a las bestias; he cometido con el pensamiento y con el deseo los más asquerosos delitos que un cerebro pueda soñar; he maldecido dentro de mí a quien beneficiaba con la mano y con la sonrisa; he despreciado ferozmente a los prójimos y a los lejanos; me he alimentado de orgullo y de soberbia, como un ángel desterrado.

»Pero ¡he sufrido tanto, señor canónigo, para hacer todo esto! Usted, hombre inocente y tranquilo, que está en la cama sin remordimientos, ¡usted no puede imaginarse cuánto he sufrido! Y de ese sufrimiento ha nacido en mí la duda, y de la duda, un sufrimiento nuevo. Y por esta duda he venido a buscarlo desde lejos, con la esperanza de que usted me devolverá la certeza.

»¿Cree usted que el bien que hago será bastante para que Dios misericordioso me salve del infierno? ¿Cree usted que mi sufrimiento al hacer el mal puede ser considerado por Dios como un castigo suficiente y de tal entidad como para privarme del infierno? Yo no quisiera, después de tantas luchas y de tantos dolores, encontrarme defraudado en lo que espero. ¿Seré digno del infierno? Quíteme esta duda, señor canónigo; dígame, usted que puede saberlo, dígame que me condenaré de verdad y para siempre.

Y el pequeño hombre calló tembloroso. Dejó el sombrero, que había tenido en sus manos, sobre una silla, se quitó los lentes e intentó limpiarlos con el pañuelo, pero le temblaban demasiado las manos. Tenía los ojos rojos y húmedos y miraba al cura casi con rabia.

Don Angelo lo contemplaba con el aire de quien ya se ha resignado y espera incluso lo peor. Desde las primeras frases de la confesión se había convencido de que estaba ante un loco, un verdadero loco religioso, vencido por una manía espantosamente diabólica, y ahora pensaba en la manera de sacárselo de encima sin que sucediera nada. Fingió que reflexionaba un momento y luego comenzó:

—Usted reconocerá, querido señor, que sus pensamientos son más bien extraños para los oídos de un sacerdote. Nuestro deber es guiar las almas hacia la salvación, y usted, por su refinado anhelo de sufrir, quiere ir precisamente por el camino opuesto. Ahora bien: debo recordarle que la voluntad de Cristo ha sido salvarnos para siempre de las penas infernales, y que El ha bajado a la tierra para pagar por nosotros...

—¡Para pagar por nosotros! —prorrumpió el hombre con ceño desdeñoso—. ¡Para pagar por nosotros! Pero, señor canónigo, usted no ha reflexionado bastante sobre el espantoso misterio de la Redención. Cristo era Dios, fíjese, era Dios, verdadero Dios, y ha sufrido, y como en Dios todo es infinito, así es infinito el dolor, y por mucho que nos destrocemos nunca llegaremos a compensar y a devolver la milésima parte de lo que El sufrió por nosotros. ¿Y nosotros deberíamos rehuir el dolor porque Cristo ha soportado un infinito dolor? ¿Y acaso, para tener el derecho de llamarnos cristianos, no debemos imitarlo y hacer, hasta donde podamos, lo que El ha hecho? Yo no quiero regalos ni perdones: El ha sufrido y yo quiero sufrir.

—Pero, perdone —repuso el canónigo—. El ha dicho que quería preparar para nosotros el Reino de los Cielos...

—Pero ¿quién será tan vil que lo acepte? —interrumpió de nuevo el pecador voluntario—. ¿Por haber hecho un poco de caridad, por haber dado tu pan y tu capa y alguna lágrima quisieras gozar de la alegría perpetua y eterna? ¡Vergüenza! ¡Infamia! ¡Lejos de nosotros este espíritu mercantil y judaico!

El canónigo no estaba tranquilo y no sabía cómo atacar al irascible hombre para truncar el coloquio.

—Pero ¿no le parece —recomenzó con tono conciliador y como si buscara las palabras una a una—, no le parece, señor mío, que su deseo de ir al infierno, aunque engendrado por un loable refinamiento de sentimientos, es eminentemente diabólico y por ello contrario, a priori, al verdadero espíritu del cristianismo, es decir, a aquella fe que usted dice tener?

El hombrecito gordo movió la cabeza con aire compasivo y pareció murmurar: «No me ha entendido tampoco.»

—Pero, perdone —reanudó, con voz más fuerte—, yo no he venido a verlo para pedirle una opinión sobre mi cristianismo, sino para una consulta sobre un punto preciso: ¿cree usted, después de lo que le he dicho, que soy digno del infierno, o no? Este es el problema; si me quiere hacer un sermón, luego tendremos tiempo.

El tono despreciativo y prepotente del desconocido irritó ligeramente al canónigo. El loco no atendía a razones, y para hacerlo marchar por las buenas no había otro remedio que contentarlo.

—Pues bien —dijo don Angelo—: si debo decirle francamente mi parecer, usted no puede ser condenado. Dios perdona a los pecadores más endurecidos con tal que estén tocados apenas por el ala del arrepentimiento, ¿y no tendría que perdonarlo a usted, que tiene un alma naturalmente dispuesta para el bien, que practica el bien y que, aunque se ha extraviado hasta el punto de cometer pecados innombrables y tremendos, lo ha hecho con la intención expresa y consciente de parecerse a nuestro Salvador y de sufrir en el mundo de allí como en el mundo de aquí? Sus escrúpulos son, según mi opinión, extrañamente exagerados, y estoy seguro de que antes de su muerte se arrepentirá de los errores cometidos con buen fin y será acogido como buen cristiano en el seno del Señor.

El canónigo creía que estas palabras, al responder directamente al problema planteado por el desconocido y al hacerlo entrever la inutilidad de su locura, pondrían fin a la penosa conversación. Pero el efecto fue precisamente el contrario. El desconocido pareció derrumbarse de la sorpresa; no lo había invitado a sentarse, había estado en pie, pero ahora se dejó caer en una silla y su rostro se volvió palidísimo.

Estuvo con la cabeza baja, inmóvil, más de un minuto. Cuando la levantó, sus ojos llenos de sangre parecían los de una fiera que viese el cuchillo en su garganta y sintiera la pared detrás de sí.

—¿Está seguro? —preguntó con voz ronca—. ¿Está seguro? ¿Y qué debo hacer, Dios mío, qué debo hacer? ¡Dígamelo usted! ¡Dígame usted el pecado necesario e imperdonable! Usted tiene que saberlo.

Don Angelo empezaba a encontrarse mal. Aquella escena lo había cansado.

—¡Haga lo que quiera! —dijo, perdiendo aquel poco de paciencia que le había quedado hasta aquel momento—. Queme casas, robe, mate a quien no le haya hecho nada... ¡Nada más fácil que ser condenado si realmente tiene esta loca intención!

El desconocido estaba cada vez más furioso. Se había levantado y de nuevo miraba al cura con ojos ardientes de desdén y amenaza.

—¿Qué ha dicho? ¿Quiere, pues, que yo haga mal a los demás? ¿No hay otro medio, según usted? Robar, quemar, matar... Bien: no puedo seguir más así. Sufro demasiado. Lo que está dicho, dicho está. Yo quiero ir allí, ¿comprende? Y si es necesario, robaré, quemaré y mataré. ¿Acaso cree que no soy capaz? ¿Cree que no tengo fuerzas para vencer mi maldita bondad por última vez? ¡Mire!...

Y diciendo esto se arrojó como un rayo sobre el canónigo, le derribó la cabeza sobre la almohada y, después de haber sacado un cuchillo del bolsillo, lo hundió tres o cuatro veces en el pecho del confesor. A su grito desesperado, la criada acudió gritando. Cuando vio el cuerpo de su señor tendido en la cama lleno de sangre, se calló y retrocedió hacia la puerta; el asesino la vio y saltó también sobre ella: el cuchillo atravesó la blusa negra y la sangre corrió por la alfombra, cerca de la mesa de mármol.

El pecador los miró con ojos extraviados.

—Ahora estoy seguro.

Como estaba cansado, se arrojó en el canapé que había a los pies de la cama y entornó los ojos. Cuando volvió a abrirlos vio delante de él su propio rostro lívido y notó un poco de baba en la boca. Había un espejo delante de él.

—¡Es el arrepentimiento! ¡Y si me arrepintiera! ¡Y si me arrepintiera de verdad y profundamente! ¡Todo estaría perdido! ¡Mi sacrificio sería inútil! ¡No, no, no quiero arrepentirme! ¡No perdamos tiempo!

Se acercó a la ventana y la abrió. El canónigo vivía en un cuarto piso y la casa era alta. El asesino contempló por última vez el blanco cielo de marzo y luego se arrojó de cabeza, gritando palabras que nadie escuchó. El cuerpo resonó sobre el asfalto y más de un transeúnte quedó manchado de sangre. Dos horas después, algunos hombres encapuchados de negro se llevaron al hospital el cadáver destrozado del verdadero cristiano.

 

 

En Palabras y sangre

Noticia

Este libro fue publicado por primera vez con fecha de 1912, por un editor de Nápoles, pero los catorce cuentos que lo componen habían sido escritos antes, entre 1907 y 1910, en una de las temporadas más alteradas de mi vida. Escritos deprisa, con el deseo de traducir en mitos casi realistas mis fantasías caprichosas, más que hacer obra de arte. La psicología —la psicología perversa o enfermiza de mis personajes— me importaba más que la poesía.

El estilo se resintió mucho de ello. En esta segunda edición he puesto todo el remedio que he podido. He corregido y cambiado en todas partes; pocos períodos han quedado tal como estaban; algunas páginas están, además, rehechas. Por lo que respecta al arte, esta primera reedición es casi un libro nuevo.

Los hechos y los pensamientos siguen siendo los mismos. Estas catorce aventuras, entre lo humorístico y lo fúnebre, constituyen la tercera parte de mi obra de narrador. Las dos primeras son Lo trágico cotidiano (1906) y El piloto ciego (1907); la cuarta es Bufonadas (1914). Son, en total, sesenta cuentos, o fantasías, o desahogos, o caprichos, o divertimentos; desiguales en su fondo y valor, pero que me gusta considerar como una serie única de «memorias indirectas» sobre los cambios de mi espíritu en los diez años decisivos de la segunda formación. Necesarios, pues, a quien quiera conocer, hoy y después, el tema central de casi todo el trabajo (pasado) de

Giovanni Papini, Febrero de 1919

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