27 ago. 2009

Marco Denevi - Le Martyre D’un Pauvre Enfant






















¡Eugène Manuel! Es increíble que usted lo haya nombrado, cuando quizá ni en Francia se lo recuerde. El nombre de Eugène Manuel tiene para mí, cómo le diré, el sabor de la melancolía, porque se vincula con un episodio de mi adolescencia que me marcó para siempre. Si dispone de tiempo me gustaría contárselo. No se lo he contado a nadie, hasta ahora.

Mis padres, usted ya lo habrá deducido de mi apellido, eran franceses, franceses de Lyon. Apenas terminada la primera guerra mundial emigraron a la República Argentina, con toda su fortuna, sus muebles, sus cuadros, sus colecciones. Aquí nací yo, su único hijo, el hijo de su vejez. Me criaron como si viviésemos en Francia. O como si quisieran mantenerme apartado de todo lo que fuese argentino para que yo me conservara tan francés como ellos.

El simple hecho de ser franceses les hacía creer que eran un par de aristócratas exiliados en un país salvaje, de modo que no estaban dispuestos a permitir que su heredero se malcriara en contacto con los salvajes. Para colmo me tenían por un niño prodigio, por un genio precoz que pronto el mundo admiraría extasiado como los viejos y las viejas que nos visitaban.

También yo estaba convencido de mis fenomenales dotes. Hasta que una muchacha, una muchacha de mi misma edad, yo entonces tenía catorce años, me despedazó las ínfulas.

Era la primera vez que alguien tan joven entraba en mi casa, así que imagine mi emoción, mi turbación. Vestida toda de blanco, con una diadema de florcitas blancas que le sujetaba el pelo largo, lacio y rubio, se me figuró una novia. Después supe que se llamaba Amatista.

También el hijo del jardinero andaba por los catorce o quince años, pero no podía ser mi amigo porque era un sirviente y porque no era francés, era italiano.

Cuando yo salía al jardín simulaba no verlos, ni a él ni al padre. Ellos se quitaban la gorra, me miraban, suponía yo, con terror. Pero yo, levantando la nariz y el traste, seguía de largo y hacía como que iba a inspeccionar si el césped estaba bien cortado y si los rosales habían sido podados como es debido. Después me sentaba bajo la pérgola y poniendo cara de sabihondo leía un libraco mientras ellos reanudaban su trabajo vil, doblados sobre la tierra, con las manos y las ropas sucias. Estaba seguro de que el italianito me espiaba desde lejos, muerto de miedo y de admiración.

Pero a veces era yo quien espiaba a los demás. Desde el interior del automóvil, un automóvil de pompas fúnebres manejado por un chofer viejo y retraído, en el que los domingos mis padres me llevaban a dar un paseo, yo veía a las muchachas y a los muchachos con los que después soñaría despierto.

Soñaba que eran mis esclavos. Se arrodillaban delante de mí, reñían entre ellos por una mirada mía, por una caricia o un beso. Me adoraban y me temían. Yo cada tanto los azotaba con un látigo y entonces lloraban, me pedían perdón. El más castigado era el italianito. Des­pués iba a ser Amatista.

Aquella tarde, como siempre que teníamos visitas, yo llevaba puestos una camisa de seda blanca vainillada, pantalones cortos de terciopelo negro, medias negras hasta arriba de las rodillas y zapatos de charol. En invierno agregaba una chaqueta también de terciopelo negro, bordada y con botones dorados. Debía de parecer uno de aquellos sediarios que tiempo atrás cargaban sobre los hombros la silla gestatoria del Papa. Como era bajo y rechoncho, parecería más bien un enano con calzones. Tenía largos bucles y una cara mofletuda, desastrosa combinación que, unida a la vestimenta, me hacía ridículo. Pero yo me creía hermoso.

En el comedor de diario bebí una enorme taza de chocolate y devoré varios trozos de torta de crema chantilly. Era gordo porque era glotón y no practicaba ningún deporte. Con mis aires altaneros le hice notar a Jeanne, la vieja cocinera bretona, que el chocolate no estaba suficientemente espeso y que la torta tenía poca crema. Mientras tanto en la sala principal las otras dos criadas, con uniforme negro y cofia blanca, servían café y masitas secas.

Una de las dos vino a canturrearme la cantinela de siempre:

—Niño, dice la señora que lo esperan en el salón.

Respondí en aquel tono engreído que usaba con la servidumbre:

—Que sigan esperándome. Todavía no terminé mi chocolate.

Pero estaba tan ansioso por representar mi papel que me levanté y fui al salón. Me recibió el habitual coro de gemiditos de placer. Le diré una cosa: yo, aparte de vanidoso y pedante, era un muchacho muy desenvuelto. A fuerza de vivir entre adultos hablaba como un adulto y tenía los modales de un hombre mundano. Pero al entrar en el salón toda esa corteza se me vino abajo. Es que había visto, en uno de los extremos del semicírculo de sillones, la silueta que contrastaba con tanto raso luctuoso y tanto casimir oscuro. Me sentí un poco asustado y otro poco excitado.

Como siempre, besé la mano de mamá, a mi padre le dediqué una inclinación de cabeza, después me detuve frente a cada uno de los visitantes como una imagen sagrada expuesta a la veneración de los fieles. En mi memoria son muy viejos. De ellas recuerdo las grandes papadas empolvadas, estranguladas por una cinta de seda y un camafeo o por una horca de perlas. De ellos, las cadenas de oro en el chaleco, los lentes de montura de oro, los bastones con la contera de oro. Olían a hierbas medicinales. Respiraban con ruido y tenían voces dulces y pausadas como si masticasen las palabras con alguna dificultad de sus dentaduras postizas.

Las señoras me incrustaban en la mejilla sus labios de celuloide. Los caballeros me palpaban los brazos, los hombros. Unas y otros me susurraban bendiciones, me incensaban con los tibios efluvios de las hierbas aro­máticas. Después yo iba a ocupar mi trono, un diván que me estaba reservado, y desde allí, adoptando una postura de ídolo satisfecho, los miraba y les sonreía, ellos me miraban y me sonreían, y durante un par de minutos daríamos la impresión de estar evocando todos juntos a algún grato recuerdo.

Después venía una sesión de preguntas y respues­tas: cómo andaban mis estudios, qué libros había leído últimamente, qué opinaba sobre tal o cual autor y hasta me tiraban de la lengua en asuntos de la política, entendámonos, de la política europea, en especial de la francesa. Eran los tiempos de Edouard Daladier y de Chamberlain y del Pacto de Munich. Yo tenía respuesta para todo. Usted me hubiese visto, me hubiese oído. Las modulaciones de la voz, los ademanes no eran los de un adolescente sino los de una persona mayor, encima presuntuosa y pagada de sí misma. En resumen, un monstruo antipático, para colmo disfrazado de portador de la Silla.

Por fin papá decía:

—¿Por qué no nos recitas alguno de tus poemas?

Las viejas y los viejos, como sintiéndose en falta por no habérmelo pedido ellos, se apresuraban a balar en coro, con una especie de dolorosa impaciencia:

—Sí, Aimé. ¡Por favor! ¡Por favor!

Yo no me hacía rogar. De pie en el centro de la herradura de los sillones, declamaba mis versos en francés lanzando a diestra y siniestra unos ademanes que me habría envidiado la divina Sarah, componiendo gestos para algún dramón de Victorien Sardou y des­garrando la voz en estridulaciones melífluas o patéticas.

No quiera saber lo que eran mis versos: plagios descarados del peor Víctor Hugo, del peor Coppée, del peor Alphonse Daudet, del Armand Silvestre de las poesías sentimentales. ¡Y Eugène Manuel, el pobre Eugène Manuel! Pastiches, por supuesto, con profusión de lágrimas y de ideales sublimes.

Le diré. Que a los catorce años fuese capaz de cometer aquellas imitaciones, todo lo caricaturescas que usted supondrá, prueba mi inteligencia. No, si lo reco­nozco: yo era un muchacho fuera de lo común. Pero ya ve en lo que terminé, en anticuario. Porque estoy hecho para gozar de la belleza, no para crearla. Soy el perfecto connaisseur, el perfecto dilettante, y acaso habría po­dido convertirme en un excelente crítico, ya que lo entiendo todo. Pero no invento nada. Ahora, aquí, rodeado de obras de arte, me siento feliz. A menudo me resisto a desprenderme de algunas de ellas y les atribuyo un precio desmesurado para que el cliente desista de la compra. La fortuna de mis finados padres me permite estos caprichos.

Mientras yo recitaba, los viejos me escuchaban en estado de éxtasis, de rapto místico, sin otra señal de vida que el contrapunto de las respiraciones. Después estallaban los aplausos, los gimoteos. En el nácar de alguna catarata brillaba una lágrima. Las viejas se volvían hacia mi madre como hacia la Virgen María en el pesebre de Belén. Algún viejo arrebatado por el fervor se ponía de pie, venía a estrujarme entre sus brazos abiertos, a mitad de camino se asustaba de su propia audacia, se detenía, la vocecita se le ponía plañidera: "Este muchacho llegará lejos, lejos" y después tosía en el pañuelo como si sollozara. Mis padres, tomados de las manos, sonreían con una especie de orgullosa resignación: ah, no tene­mos cómo impedir que Aimé sea un genio. Yo, de vuelta en mi trono, también sonreía. Sonreía y jadeaba más que una parturienta luego de un parto difícil.

Aquella tarde demoré todo lo que pude el ritual de los besos y de los manoseos con los vejestorios, pero al fin llegué al sillón donde ella me esperaba. Me detuve y la miré. A pesar de mi terror, la excitación fue más fuerte, como un vértigo, y la miré. ¿Qué haría ella? ¿Me besaría, como las viejas? ¿O me sobaría el cuerpo, como los viejos? No hizo ni lo uno ni lo otro. Permaneció inmóvil, los párpados caídos, las manos cruzadas sobre la falda, y en el rostro ninguna expresión, como si no se hubiese percatado de mi presencia. ¿O es que yo le paralizaba de pánico todos los músculos? Nadie le ordenó que me rindiese su homenaje, de modo que, sin saber si debía sentirme halagado o desairado, ocupé mi diván.

"Ahora verá quien soy", pensé. Porque tenía recién compuesto y aprendido de memoria un poema larguísimo, plagado de desgracias desde el título, Le martyre d’un pauvre enfant, y que no era más que un saqueo a mansalva de Le rosier, de nuestro Eugène Manuel. Pero la voz de mi madre me produjo un sobresalto:

—Aimé, man trésor ¿por qué no le haces conocer la casa a Amatista?

En un primer momento aquella modificación en la liturgia me irritó. Enseguida sentí un delicioso cosquilleo en todo el cuerpo. Sin necesidad de mirarla supe que se había puesto de pie. ¿Porque era muy obediente? ¿O porque deseaba estar a solas conmigo? Mis reacciones fueron las únicas que por aquel entonces se podía esperar del insufrible muchacho que era yo.

Tomé la delantera y, erguido como un rey, salí del salón. Ella me seguía varios pasos más atrás. Yo caminaba con una suerte de iracundia, abría las puertas de par en par, encendía luces, si algún sirviente se cruzaba en mi camino le daba órdenes perentorias de alejarse, al entrar en una habitación decía con mi voz pedante "este es el comedor estilo Luis XVI, esta es la salita de música decorada como otra salita igual que hay en la Malmaison". Sin detenerme señalaba cuadros a izquierda y derecha, señalaba muebles, tapices, porcelanas: "esta es una pintura auténtica de Joseph Vernet. Y esta es una porcelana de Sevres, de la colección de Les chateaux de la Loira".

Quería impresionarla. Quería que se sintiese anona­dada por todo lo que yo sabía, por todo lo que poseía. Hablaba en primera persona: mis candelabros, mis relojes, mis alfombras. Llegamos a la biblioteca. Comencé a pasearme delante de los anaqueles, la nariz y la grupa levantadas, y a parlotear como un loro amaestrado.

—¿Ves? Tengo más de cinco mil libros. Los he leído todos. Soy poeta ¿lo sabías? Todo el mundo dice que pronto seré famoso. Más famoso que Víctor Hugo y que François Coppée. Cuando volvamos al salón voy a recitar un poema del que soy autor. Se titula Le martyre d’un pauvre enfant. ¿Comprendiste? Parce que tu parles le

français ¿n’est ce pas?

No podía detenerme, no podía quedarme callado. Y no la miraba, pero la veía reflejada en los cristales que defendían a los libros contra el polvo. Amatista no me prestaba ninguna atención. Me daba la espalda. Se había vuelto hacia los ventanales, que se abrían al jardín, y sacudía los hombros. ¿Lloraba? ¿O se reía? Santo cielo, ¿estaba riéndose? ¿Riéndose de mí?¿De mi trasero, de mis pantalones cortos, de qué?

Humillado por primera vez en mi vida, creo que de golpe consciente de mi físico grotesco, porque ella era más alta que yo, era esbelta, era fina y armoniosa, me callé. Pasaron varios minutos. Yo no sabía qué hacer. De pie frente a las Oeuvres completes de Balzac, seguía vigilándola por los cristales. Vi que Amatista se acercaba a un ventanal y que miraba hacia afuera. Pensé dejarla plantada. Pero mi deseo de estar junto a ella era tan intenso que, desesperado y todo como estaba, no hice ningún movimiento. ¿Qué pensaría de mí, ella? ¿Que era un idiota? Al cabo de un rato me aproximé al otro ventanal y contemplé, también yo, el jardín. Me sentía tan mortificado que hubiese querido llorar. Y ya no me quedaba nada de mi arrogancia. Si compartiendo la contemplación del jardín ella se daba cuenta de que teníamos algunos gustos en común y reanudaba el diálogo, yo me mostraría amable.

Pero Amatista se dirigió hacia la puerta de vidrios, la abrió y salió. ¡Otra vez me rechazaba! Le grité, claro que mentalmente, que le prohibía salir al jardín sin antes pedirme permiso. Amatista empezó a pasearse por entre los macizos de flores mientras yo seguía vociferando en completo silencio: "¿Dónde crees que estás? ¿En una plaza pública? ¡Cuidado con tocar una sola de mis flores!" A la luz del sol me pareció todavía más linda, me pareció grácil y transparente, una imagen casi irreal escapada de algunos de mis poemas, de esos en los que describía, usted ya se imaginará con qué estilo cursi, a personajes feéricos que habrían matado de risa al propio Banville.

Por detrás de unos arbustos apareció el italianito. Vi que los dos se miraban, todavía lejos el uno del otro. Se me figuró que se miraban como si hubiesen concertado una cita en el jardín. Dando lentos rodeos terminaron por reunirse junto a mi planta favorita, el mirto. Él se quitó la boina. Ella le sonreía. Él empezó a hablar y ella seguía sonriéndole, él señalaba una planta y ella miraba la planta y enseguida volvía a mirarlo a él. Después él cortó una ramita de arrayán y se la ofreció, y ella olió el perfume y le dio al italianito un beso en la mejilla. Tenían la misma estatura, la misma esbeltez. A los dos el sol les encendía el pelo rubio. Yo había escrito un poema en el que hablaba de una reina y de un pobre pastor.

De pronto ella lo tomó de una mano y echó a correr arrastrando consigo al italianito. Desaparecieron del otro lado de unas plantas de ligustro. Esperé. Esperé horas, le diría yo. Hasta que no soporté más y salí al jardín. Paso a paso, caminando sobre el césped para no hacer ruido, me acerqué a los ligustros. No oía nada. Di un paso más y entonces la vi. La vi a ella, de espaldas, inclinada hacia adelante, con el ruedo del vestido de novia que iba subiendo, que iba subiendo hasta la cintura. Vi las nalgas muy blancas, el ligero surco, la pequeña mancha plateada como el rastro de una antigua quemadura. Y después el italianito, también de espaldas, con los antebrazos ocultos por el cuerpo, con las manos, adiviné, juntas en la bragueta, el italianito se interponía entre ella y yo.

A pesar de mi inocencia lo había comprendido todo. No quise ver más, volví corriendo a la casa, crucé corriendo la biblioteca, la salita de música, el comedor. Cuando llegué al vestíbulo escuché la voz de una de las viejas:

—Deben de estar en el jardín. Amatista es loca por las flores.

Subí a los saltos la escalera y me encerré en mi dormitorio. Lo que sigue no es para un poema de Eugène Manuel: primero me masturbé furiosamente y después, todavía más furioso, me puse a soñar que azotaba a Amatista con un látigo.

Pero basta de charla. Llévese el samovar. Lléveselo, ya que tanto le gusta. Le voy a hacer un buen precio.



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