7 ago. 2009

Marcel Schwob – Eróstrato, incendiario

 

 

Marcel Schwob La ciudad de Efeso, donde nació Herostratos, se extendía en la desembocadura del Caistro, con sus dos puertos fluviales, hasta los muelles del Panormo, de donde se veía, por sobre la mar de profundos colores, la línea brumosa de Samos. Rebosaba de oro y de tejidos, de lanas y de rosas, desde que los magnesios, sus perros de guerra y sus esclavos que lanzaban venablos, habían sido vencidos a orillas del Meandro; desde que la magnífica Mileto había sido arruinada por los persas. Era una ciudad indolente, donde se festejaba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Los efesios llevaban túnicas amórginas, transparentes, vestimentas de lino hilado en la rueca, color de violeta, de púrpura y de azafrán, sarapides de color amarillo manzana y blancas y rosadas, paños de Egipto color de jacinto, con los resplandores del fuego y los movedizos matices del mar y calasiris de Persia, de tejido tupido, liviano, con todo su fondo escarlata salpicado con granos de oro con forma de copelas.

Entre la montaña de Prion y un alto acantilado escarpado, se divisaba, a orillas del Caistro, el gran templo de Artemisa. Habían hecho falta ciento veinte años para construirlo. Figuras tiesas ornaban sus habitaciones interiores, cuyos techos eran de ébano y ciprés. Las pesadas columnas que lo sostenían estaban embadurnadas con minio. La sala de la diosa era pequeña y ovalada. En el medio se levantaba una piedra negra prodigiosa, cónica y reluciente, con marcas de un dorado lunar, que era la propia Artemisa. El altar triangular también estaba tallado en una piedra negra. Otras mesas, hechas de losas negras, estaban perforadas con agujeros a espacios regulares para dejar que corriera la sangre de las víctimas. De las paredes pendían anchas hojas de acero, con empuñadura de oro, que se usaban para abrir las gargantas, y el piso pulido estaba sembrado de vendas ensangrentadas. La gran piedra sombría tenía dos tetas duras y puntiagudas. Así era la Artemisa de Efeso. Su divinidad se perdía en la noche de las tumbas egipcias y había que adorarla según los ritos persas. Poseía un tesoro encerrado en una especie de colmena pintada de verde, cuya puerta piramidal estaba erizada de clavos de bronce. Allí, entre los anillos, las grandes monedas y los rubíes, yacía el manuscrito de Heráclito, quien había proclamado el reino del fuego. El mismo filósofo lo había depositado allí, en la base de la pirámide, cuando la estaban construyendo.

La madre de Herostratos era violenta y orgullosa. Nunca se supo quién era su padre. Herostratos declaró más tarde que era hijo del fuego. Su cuerpo estaba marcado, debajo de la tetilla izquierda, con una medialuna, que pareció arder cuando se lo torturó. Las que asistieron a su nacimiento predijeron que estaría sometido a Artermisa. Fue colérico y permaneció virgen. Su rostro estaba corroído por líneas obscuras y el tinte de su piel era negrusco. Desde la infancia le gustó pararse bajo el alto acantilado, cerca del Artemisión. Miraba pasar las procesiones de ofrendas. Debido a que se ignoraba todo acerca de su raza, no pudo llegar a ser sacerdote de la diosa a la cual se creía consagrado. El colegio sacerdotal debió prohibirle varias veces la entrada a la nao donde esperaba descorrer el tejido precioso y pesado que velaba a Artemisa. Eso le inspiró odio y juró violar el secreto.

El nombre de Herostratos le parecía incomparable así como su propia persona le parecía superior a toda la humanidad. Deseaba la gloria. En un principio se plegó a los filósofos que enseñaban la doctrina de Heráclito; pero ellos no sabían nada de la parte secreta, puesto que ésta estaba encerrada en la pequeña célula piramidal del tesoro de Artemisa. Herostratos sólo conjeturó la opinión del maestro. Se endureció en el desprecio de las riquezas que lo rodeaban. Su desagrado por el amor de las cortesanas era extremado. Se creyó que guardaba su virginidad para la diosa. Pero Artemisa no tuvo nada de piedad para con él. El colegio de Gerusia, que custodiaba el templo, lo juzgó peligroso. El sátrapa permitió que lo exiliasen a las afueras. Vivió en una ladera del Keressos, en una cueva cavada por los antiguos. Desde allí acechaba, a la noche, las lámparas sagradas del Artemisión. Algunos suponen que iniciados persas fueron hasta allí a conversar con él. Pero es más probable que su destino se le revelara de golpe.

En efecto; al ser torturado confesó que había comprendido de repente el sentido de la palabra de Heráclito, el camino de lo alto, y porqué la filosofía había enseñado que el alma mejor es la más seca y la más inflamada. Atestiguó que su alma, en ese sentido, era la más perfecta y que él había querido proclamarlo. No reconoció ningún otro motivo a su acción como no fuera la pasión por la gloria y la alegría de oír proferir su nombre. Dijo que sólo su reino hubiera sido absoluto, puesto que no se le conocía ningún padre y que Herostratos hubiera sido coronado por Herostratos, que era hijo de su obra y que su obra era la esencia del mundo; que de ese modo habría sido al mismo tiempo rey, filósofo y dios, único entre los hombres.

El año 356, en la noche del 21 de, julio, la luna no se había levantado en el cielo y el deseo de Herostratos había cobrado una fuerza tan inusitada que resolvió violar la cámara secreta de Artemisa. Se deslizó entonces por el camino de la montaña hasta la orilla del Caistro y trepó los escalones del templo. Los sacerdotes guardianes dormían junto a las lámparas santas. Herostratos tomó una y penetró en la nao.

Aquello exhalaba un fuerte olor a aceite de nardo. Las aristas negras del techo de ébano resplandecían. El óvalo de la cámara estaba dividido por la cortina tejida con hilo de oro y de púrpura que ocultaba a la diosa. Herostratos, jadeante de voluptuosidad, la arrancó. Su lámpara alumbró el cono terrible de tetas erectas. Herostratos las tomó con las dos manos y besó con avidez la piedra divina. Después dio una vuelta alrededor de ella y advirtió la pirámide verde donde estaba el tesoro. Tomó los clavos de bronce de la puertecita y la arrancó. Hundió sus dedos en las joyas vírgenes. Pero sólo tomó el rollo de papiro en el cual Heráclito había inscrito sus versos. Al resplandor de la lámpara sagrada los leyó y supo todo.

Enseguida exclamó: "¡El fuego, el fuego!"

Tomó la cortina de Artemisa y acercó la mecha encendida al borde inferior. La tela ardió, primero lentamente; después, alimentada por los vapores del aceite perfumado en el cual estaba impregnada, la llama subió, azulada, hacia el techo de ébano. El terrible cono reflejó el incendio.

El fuego se enroscó en los capiteles de las columnas, se arrastró a lo largo de las bóvedas. Una por una, las placas de oro consagradas a la poderosa Artemisa cayeron de donde estaban suspendidas a las baldosas con resonancias de metal. Después el haz fulgurante estalló sobre el techo e iluminó el acantilado. Las tejas de bronce se desplomaron. Herostratos se erguía en el resplandor, clamando su nombre en medio de la noche.

Todo el Artemisión fue un cúmulo rojo en el centro de las tinieblas. Los guardias apresaron al criminal. Se lo amordazó para que cesara de gritar su propio nombre. Fue arrojado a los sótanos, atado, durante el incendio.

Artajerjes, inmediatamente, envió la orden de torturarlo. No quiso confesar sino lo que ya se dijo. Las doce ciudades de Jonia prohibieron, so pena de muerte, que se transmitiera su nombre a las edades futuras. Pero el murmullo lo hizo llegar hasta nosotros. La noche en que Herostratos quemó el templo de Efeso vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia.

 

En Vidas imaginarias

Estudio preliminar y traducción: de Julio Pérez Millán

Centro Editor de América Latina

 

 

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