1 ago. 2009

Jules Michelet – Posesión (Historia del satanismo y la brujería)




La edad terrible es la edad del oro. Llamo así a la dura época en la que surgió el oro. Es el año 1300, bajo el reinado del hermoso rey que podemos imaginar de oro o de hierro, que no dijo jamás una palabra, el gran rey que parecía tener un demonio mudo, pero de brazos poderosos, lo bastante fuertes para quemar el Temple, bastante largos para llegar hasta Roma y, con su guante de hierro, dar una primera bofetada al Papa.
El oro se convirtió entonces en el gran papa, el gran dios. No sin razón. El movimiento había comenzado en Europa con las Cruzadas; no se estima como riqueza más que aquella que tiene alas y se presta al movimiento, a los cambios rápidos. El rey, para dar sus golpes a distancia, no necesita más que el oro. El ejército del oro, el ejército del fisco, se extiende por todo el país. El señor que trajo su ensueño de Oriente, desea siempre lo maravilloso, las armas adamasquinadas, los tapices, las especias, los caballos preciosos. Para todo esto es necesario el oro. Cuando el siervo trae su trigo, el señor lo rechaza con el pie. "Esto no es todo: quiero oro".
El mundo cambió ese día. Hasta entonces, en me- dio de todos los males, había, para el tributo, una seguridad inocente. Buen año, mal año. El tributo seguía el curso de la naturaleza, la medida de la cosecha. Si el señor decía: "Es poco", se le contestaba: "Monseñor, Dios no nos ha dado más".
Pero el oro, Dios mío, ¿dónde encontrarlo?... No contábamos con un ejército para tomarlo en las aldeas de Flandes. ¿Dónde agujerearemos la tierra para arrancarle su tesoro? ¡Oh, si fuéramos guiados por el Espíritu de los tesoros ocultos.'Mientras todos desesperaban, la mujer del duende está ya sentada sobre las bolsas de trigo, en la pequeña aldea vecina. Está sola. Los otros, en la aldea, deliberan todavía.
Ella vende al precio que quiere. Pero, hasta cuando las otras llegan todo va para ella; no sé qué magia atrae y conduce hacia ella. Nadie discute precios con ella. Su marido, antes del término, entrega su tributo en buena moneda sonante a la casa feudal. Todos dicen:
"¡Qué cosa sorprendente! ... Esa mujer tiene el diablo en el cuerpo".
Todos ríen. Ella no ríe. Está triste, tiene miedo. Reza por la noche. Cosquilleos extraños la agitan, turban
su sueño. Ve extrañas figuras. El Espíritu, tan pequeño, tan dulce, se ha vuelto imperioso. Es osado. Ella está inquieta, se indigna, quiere levantarse. Se queda, pero gime, se siente dependiente, dice: "Ya no, me pertenezco a mí misma".
"Bueno, tenemos por fin -dice el señor- un campesino razonable; paga por adelantado. Me gustas. ¿Sabes contar?”
"Un poco".
"Está bien; serás tú quien contará lo que trae esta gente. Todos los sábados, sentado bajo el olmo, recibirás el dinero. El domingo, antes de la misa, lo traerás al castillo'".
¡Gran cambio de situación! El corazón de la mujer late fuerte cuando, el domingo, ella ve a su pobre labriego, ese siervo, sentado como un pequeño señor bajo el follaje señorial. El hombre está un poco aturdido. Pero al fin se acostumbra; adquiere cierta gravedad. No es motivo de broma. El señor quiere ser respetado. Cuan- do sube al castillo, y los envidiosos fingen reírse e intentan hacerle alguna broma: "Mirad bien esa almena - dice el señor- veis la almena, pero no veis la cuerda que, sin embargo está lista. Al primero que lo toque se la echo al cuello, sin perder tiempo".
Estas palabras circulan, se repiten. Alrededor de ellas se crea como una atmósfera de terror. Todos se quitan el sombrero ante ellos, con mucho respeto. Pero también se apartan, se alejan cuando ellos pasan. Para evitarlos van por los caminos transversales, a ciegas, con la espalda doblada. Este cambio los enorgullece en el primer momento, después los entristece. Están solos en la comuna. Ella, tan fina, ella, ve perfectamente el desdén odioso del castillo, el odio temeroso de aquí abajo. Se siente entre dos peligros, en un aislamiento terrible. No tiene más protector que el señor o, mejor dicho, el dinero que dan al señor, pero para encontrar este dinero, para estimular la lentitud del campesino, para vencer la inercia que opone, para arrancar alguna cosa de allí de donde no hay nada, es necesario insistir, amenazar, es necesario el rigor. El hombre no estaba hecho para este trabajo. Ella lo impulsa, lo alienta, le dice: "Debes ser rudo. Si es necesario, cruel. Golpea. Si no, no cumplirás los términos. Y entonces estamos perdidos".
Éste es el diario tormento, pero es muy poco en comparación con los suplicios de la noche. La mujer ha perdido el sueño, se levanta, va, viene. Ronda alrededor de la casa. Todo está tranquilo; y, sin embargo, ¡qué cambiada está esta casa! Ha perdido su dulzura, su seguridad, su inocencia. "¿Qué está rumiando este gato junto al fuego, que finge dormir y entreabre sus ojos verdes? Y la cabra, de barba larga, es una persona discreta y siniestra, y sabe mucho más de lo que dice ... Y esta vaca, que la luna nos hace entrever en el establo, ¿por qué me ha lanzado esa mirada de reojo?... Todo esto no es natural".
Estremecida, la mujer vuelve junto a su marido. "¡Qué hombre dichoso, qué profundo sueño! ... Para mí, todo está terminado. Ya no puedo dormir, ya no dormiré jamás!" Sin embargo, se rinde a la larga. Luego, ¡cuánto sufre! El huésped inoportuno está junto a ella, exigente, imperioso. La trata sin consideraciones; si ella le aleja un instante haciendo el signo de la cruz o diciendo alguna plegaria, él vuelve bajo otra forma. "Atrás diablo, ¿cómo te atreves? ... Yo soy un alma cristiana ... No, esto no está permitido".
Para vengarse, él toma entonces formas asquerosas: se desliza como una culebra viscosa sobre su seno, con- vertido en sapo baila sobre su vientre o, en forma de murciélago, con un pico agudo, roba de su boca aterra- da horribles besos ... ¿Qué quiere? Llevársela a los extremos, hacer que, vencida, agotada, ceda y deje escapar el "sí". Pero ella resiste todavía. Se obstina en decir no. Se obstina en sufrir las luchas crueles de cada noche, el interminable martirio de este desolador combate.
"¿Hasta qué punto un Espíritu puede ser cuerpo al mismo tiempo? Estos asaltos, estas tentativas, ¿son una realidad? ¿Pecará la mujer carnalmente cediendo a la invasión de aquel que la ronda? ¿Será éste un adulterio real?..." Vuelta sutil con que él ablanda a veces, enerva su resistencia. "Si no soy nada más que un aliento, un humo, un aire ligero (como dicen muchos doctores), ¿qué temes, alma tímida, y qué importa esto a tu marido?”
El suplicio de las almas durante toda la Edad Media es que numerosas cuestiones, vanas para nosotros, de pura escolástica, agitan, aterran, atormentan, se traducen en visiones, a veces en debates diabólicos, en diálogos crueles en el interior del alma. El demonio, por furioso que se presente en los endemoniados, sigue siendo un espíritu, mientras perdura el Imperio Romano, y lo es todavía en tiempos de San Martín, en el siglo v. Pero, con la invasión de los bárbaros, se barbariza y toma cuerpo. Existe tanto que, a pedradas, se divierte en romper la campana del convento de San Benito. Cada vez más, para aterrorizar a los violentos invasores de ¡as riquezas eclesiásticas, se hace encarnar fuertemente al diablo; se inculca el pensamiento de que atormentará a los pecadores, no solamente de alma en alma, sino corporalmente, en la carne, se les dice que sufrirán los suplicios materiales, no de llamas ideales, sino que sufrirán en realidad los carbones ardientes, la parrilla o la espita roja, todo lo que éstos pueden dar en materia de exquisitos dolores.
La idea de diablos torturadores, que infligen a las almas de los mortales torturas materiales, fue para la Iglesia una mina de oro. Los vivos, lacerados de dolor, de piedad, se preguntaban: ¿Y si se pudiera rescatar, desde este mundo a esas pobres almas? ¿Aplicarles la expiación por medio de una multa o componenda, como se practica aquí, en la Tierra? El puente entre los dos mundos fue Cluny que, desde su nacimiento (hacia 900), se convirtió de repente en una de las órdenes más ricas.
Mientras Dios castigaba por sí mismo, haciendo sentir el peso de su mano, o golpeaba con la espada del ángel (según la noble forma antigua), había menos horror; esta mano era severa, era la mano de un juez, pero no dejaba de ser la de un padre. El ángel, al golpear, seguía siendo puro y neto, como su espada. Pero las cosas ya no fueron así cuando los demonios inmundos se encargaron de la ejecución. Los demonios no imita- ron en modo alguno al ángel que quemó a Sodoma, pero que salió de allí. Los demonios seguían, y su infierno es una horrible Sodoma, donde sus espíritus, más sucios que los de los pecadores que le son entregados, se deleitan con odioso placer por las torturas que infligen. Esta es la enseñanza que se encuentra en las ingenuas esculturas levantadas en los portales de las iglesias. Se aprende allí la horrible lección de la voluptuosidad y del dolor. Bajo el pretexto del suplicio los diablos hacían sufrir a sus víctimas los caprichos más repugnantes.
¡Concepción inmoral (y profundamente culpable) de una pretendida justicia que favorecía lo peor, que aumentaba su perversidad entregándole un juguete, justicia que corrompía hasta al mismo demonio!
¡Crueles tiempos! Sentimos a qué punto el cielo era negro y bajo, pesado sobre la cabeza del hombre. Vemos a los pobres niños, desde la temprana infancia, imbuidos de esas ideas horribles y temblando ya en la cuna. Está la virgen pura, inocente, que se siente conde- nada por el placer que le inflige el Espíritu. La mujer en el lecho conyugal se siente martirizada por los ataques y, sin embargo, por momentos, siente ya el Espíritu en ella ... ¡Cosa terrible que conocen los que padecen la tenia! Sentir como una vida doble, distinguir los movimientos del monstruo, a veces agitado, a veces de una blanda dulzura, ondulante, lo que turba todavía más, haciéndonos creer que estamos en medio del mar.
Entonces uno corre, enloquecido, horrorizado de sí mismo, quiere huir, morir...
Hasta en los momentos en que el demonio no la asediaba, la mujer, que comenzaba a sentirse invadida por él erraba llena de melancolía. Pues ya no había re- medio. Él penetraba invenciblemente, como un humo inmundo. Él es el príncipe de los aires, de las tempestades y, también de las tempestades interiores. Es esto lo que vemos expresado groseramente, enérgicamente, en los portales de la catedral de Estrasburgo. A la cabeza del coro de las Vírgenes locas, su guía, la mujer infame que las lleva al abismo, está repleta, henchida por el demonio, que se regodea innoblemente, y debajo de sus faldas sale en negra nube de espeso humo.
Esta hinchazón es un rasgo cruel de la posesión; es un suplicio y un orgullo. La mujer echa su vientre hacia adelante, ella, la orgullosa de Estrasburgo, lanza la cabeza hacia atrás. Triunfa de su plenitud, se regocija de ser un monstruo.
Peso la mujer que seguimos no es todavía un monstruo. Aun-que ya está henchida por el demonio, por su soberbia, por su fortuna nueva. Parece no pesar sobre la tierra. Gruesa y bella,60 con todo, va por la calle con la cabeza alta, despiadada de desdén. Se la teme, se la odia, se la admira.
Nuestra dama de la aldea dice, con la actitud y la mirada: "Yo debería ser la castellana ... ¿qué hace aquélla allá arriba, esa impúdica, esa perezosa, en medio de todos esos hombres, durante la ausencia de su mari- do?" Se establece la rivalidad. La aldea, que la detesta, se enorgullece. "Si aquélla es baronesa, está de aquí es reina... más que reina, es algo que no nos atrevemos a nombrar..." Belleza terrible y fantástica, cruel de orgullo y de dolor. El demonio mismo está en sus ojos.
Él la posee y no la posee aún. Ella es ella y seguirá siendo ella. Ella no es del diablo ni de Dios. El demonio puede muy bien invadirla, circular por ella como aire sutil. Todavía no tiene nada. Porque no tiene la voluntad. La mujer está poseída, endiablada, pero no pertenece al diablo. A veces él perpetra sobre ella horribles violencias y no saca nada. Le pone en el seno, en el vientre, en las entrañas, un carbón de fuego. Ella se en- cabrita, se retuerce, pero resiste todavía. "No, verdugo, seguiré siendo yo".
"Ten cuidado, te castigaré con un cruel látigo de víbora, te cortaré con tal tajo que después irás llorando y agujereando el aire can tus gritos".
A la noche siguiente él no se presenta. Por la mañana (es domingo) el hombre ha subido al castillo. Regresa deshecho. El señor ha dicho: "Un arroyo que marcha gota a gota no hace girar el molino... tú me traes escudo a escudo, y esto no sirve de nada ... Voy a partir dentro de quince días. El rey marcha a Flandes y no tengo siquiera un corcel de batalla. Mi caballo cojea desde el torneo. Arréglatelas. Necesito cien libras...”
"Pero, monseñor, ¿dónde encontrarlas?”
"Saquea toda la aldea, si quieres, te daré bastantes hombres... Di a tus rústicos que están perdidos si no llega el dinero... y tú el primero, tú morirás ... Estoy harto de ti. Tienes el corazón de una mujer, eres un cobarde, un perezoso. Perecerás, ya pagarás tu pereza, tu cobardía. Mira, es posible que ni siquiera desciendas... que te quedes aquí... se divertirán mucho si te ven desde abajo haciendo cabriolas entre las almenas".
El desdichado cuenta esto a su mujer, no espera nada, se prepara a la muerte, encomienda su alma a Dios. Ella, no menos aterrada, no puede acostarse ni dormir. ¿Qué hacer? La mujer se lamenta de haber rechazado al Espíritu. ¡Si volviera! Por la mañana, cuando el marido se levanta, ella cae agotada sobre el lecho. Apenas se ha echado, cuando siente un peso sobre el pecho; le falta el aliento, cree que se va a ahogar. El pe- so desciende, se agobia sobre su vientre y, al mismo tiempo, ella percibe, en sus brazos, cerro dos manos de acero.
"Me has deseado ... aquí estoy. Bueno, indócil, al fin ... al fin...al fin... ¿tengo ya tu alma?"
"Señor, ¿acaso mi alma me pertenece? Mi pobre marido... tú lo querías ... tú dijiste ... tú prometiste...” "¡Tu marido? ¿Acaso has olvidado?... ¿Estás segura de haberle guardado siempre fidelidad? Tu alma la pido porque ya la poseo.. .”
"No, señor -dice ella, todavía con un resto de orgullo, en medio de su angustia-. Esta alma mía, pertenece a mi marido. al sacramento...”
"¡Ah, pequeña, incorregible tonta! Aun hoy, bajo el aguijón, luchas todavía ... Yo he visto, conozco tu alma, a cada hora, medio de su angustia-. Esta alma mía, pertenece a mi marido, dolores, tus desesperaciones. He visto tu desaliento cuando decías a media voz: Nada es imposible, Después he visto tu resignación, has sido un poco castigada, y has gritado bien fuerte... Si te he pedido tu alma es porque ya la has perdido...
"Entre tanto tu marido va a perecer... ¿qué hacer?
Tengo piedad de vosotros... Yo te... pero quiero antes... es necesario que cedas, quiero el consentimiento de tu voluntad. De otro modo, él perecerá".
Ella contesta, en voz muy baja, adormecida:
"Ay, mi cuerpo y mi miserable carne, para salvar a mi pobre marido, tómalos... Pero no mi corazón. Nadie lo ha tenido nunca, y no lo quiero dar".
Entonces ella espera, ya resignada ...Y él le lanzó dos palabras:
"Recuérdalas. Son tu salvación". AL momento ella se estremeció y se sintió, con horror, empalada por una llama de fuego, inundada por un río de hielo ... Lanzó un gran grito. Se encontró en los brazos de su sorprendido marido, a quien inundó de lágrimas.
La mujer se separa violentamente, se levanta, teme olvidar las dos palabras tan necesarias. El marido está aterrado. Ella no lo ve siquiera, sino que lanza hacia las murallas la mirada aguda de Medea. Jamás ha sido más hermosa. En la pupila negra y en el blanco amarillo del ojo flamea un resplandor que no se puede enfrentar, el fuego sulfuroso de un volcán.
La mujer va directamente a la aldea. La primera palabra era verde. Ella ha visto, colgada a la puerta de un comerciante, un vestido verde (color del Príncipe del Mundo). Un vestido de viejo que, puesto sobre ella, se rejuvenecerá, deslumbrará. Y la mujer va, sin informarse, directamente a la puerta de un judío y golpea, con un gran golpe. Le abren con precaución. Este pobre judío, sentado en tierra, estaba sumergido en ceniza.
"Querido, ¡necesito cien libras!”
"Ah, señora, ¿de dónde sacarlas? El príncipe-obispo de la aldea, para hacerme decir dónde guardo el oro, me ha hecho arrancar todos los dientes. Mira mi boca en- sangrentada".
"Ya sé, ya sé. Pera vengo justamente a buscar en tu casa algo con qué destruir al obispo. Cuando se abofe- tea al Papa, el obispo no resiste. ¿Quién ha dicho esto? Toledo".El judío tiene la cabeza baja. Ella habla, murmura... pone allí toda su alma, y el diablo está detrás. Un calor extraordinario llena la habitación. Él mismo siente una fuente de fuego.
"Señora -dice-, señora -y la mira hacia abajo-, pobre, arruinado como estoy, tenía, sin embargo, algunos escudos en reserva para alimentar a mis pobres hijos". "No te arrepentirás, judío ... Voy a hacerte el gran juramento por el que se muere ... Lo que vas a darme lo recibirás dentro de ocho días, muy temprano, por la mañana ... Te lo juro por tu gran juramento, y por el mío, aún más: «Toledo».”
Ha pasado un año. La mujer se ha redondeado. Se ha hecho toda de oro. Todos se sorprenden de su fascinación. Todos ad-miran, obedecen. Por un milagro del diablo el judío, vuelto generoso, presta a la menor señal.
Y ella sola sostiene el castillo con su crédito en la ciudad, y de ahí el terror de la aldea a sus rudas extorsiones. El victorioso vestido verde iba, venía, cada vez más nuevo y bello. Ella misma adquiría una belleza colosal de triunfo y de insolencia. Una cosa natural aterraba. Todos decían: "A su edad, está creciendo".
Sin embargo, llega una noticia: el señor vuelve. La castellana, que desde hace tiempo no se atreve a descender para no encontrarse frente a frente con la mujer de aquí abajo, ha montado sobre su caballo blanco. Va al encuentro del señor, rodeada de todo su mundo, se detiene y saluda a su esposo.
Antes que nada dice: "¡Cuánto os he esperado!
¿Cómo dejáis así a la fiel esposa, tanto tiempo viuda y lánguida? ... Y sin embargo no puedo haceros sitio a mi lado esta noche, a menos que me otorguéis un don". "Pide, pide, hermosa -dice riendo el caballero-. Pero hazlo rápidamente... pues estoy apurado por abrazarte, mi dama... ¡Qué embellecida te encuentro!”
Ella le habla al oído y no se sabe qué le dice. Antes de subir al castillo el buen seno se apea del caballo ante la iglesia de la aldea, entra. Bajo el pórtico, a la cabeza de los notables, ve a una dama que no reconoce, pero a quien saluda profundamente. Con un orgullo incomparable, ella llevaba bien alto, más que todas las cabezas de los hombres, el sublime bonete de la época, el triunfante bonete del diablo. Se lo llamaba así con frecuencia, a causa del doble cuerno que lo adornaba. La verdadera dama se ruboriza, eclipsada, se empequeñece. Después, indignada, dice a media voz: "Ahí está, sin embargo, tu sierva. Todo ha terminado. Todo está al revés. Los as- nos insultan a los caballos.”
A la salida, el audaz paje, el favorito saca de su cintura un puñal afilado y hábilmente, de un solo golpe, corta sobre los riñones el hermoso vestido negro. La mujer casi se desmaya... La muchedumbre queda atónita. Pero comprende cuando ve que toda la casa del señor se lanza a la cacería... Rápidos y despiadados silban, caen los golpes de látigo... la mujer huye, pero no puede alejarse mucho... ya es un poco pesada. Apenas ha dado veinte pasos cuando se detiene. Su mejor amiga le ha puesto en el camino una piedra para hacerla tropezar... La gente ríe. La mujer aúlla, en cuatro patas. Pero los pajes despiadados la levantan a golpes de látigo. Los nobles y bonitos lebreles ayudan y muerden en los lugares más sensibles. La mujer llega al fin desesperada, seguida por este horrible cortejo, a la puerta de su casa. Está cerrada. Allí, con los pies y con las manos, golpea, grita... "Amigo mío, amigo mío... rápido, rápido... Ábreme... " Ella allí clavada como la miserable le- chuza que clavan a las puertas de una granja... Y los golpes en pleno siguen lloviendo... Adentro, todo está sordo. El marido, ¿dónde está? ¿O acaso, rico y aterra- do, se ha ido, por miedo de que la multitud saquee la casa?
La mujer ha sufrido tantas miserias, tantos golpes, tantas sonoras bofetadas que desfallece, se deshace. Sobre la fría piedra del umbral, se encuentra sentada, desnuda, casi muerta, cubriéndose con la camisa ensangrentada y las mechas de sus largos cabellos. Alguien del castillo dice: "Basta, no nos han pedido que muera".
La dejan. La mujer se oculta. Pero ve, en espíritu, la gran fiesta del castillo. El señor, un poco aturdido, dice sin embargo: "Lo lamento". El capellán dice dulcemente: "Si esta mujer está endiablada, como se dice, monseñor, debéis a vuestros buenos vasallos, debéis a toda la comarca, entregarla a la Santa Iglesia.
Es aterrador ver, después de esos asuntos del Temple y del Papa, los progresos que ha hecho el demonio. Contra él, sólo puede el fuego..." Y el dominico añade: "Vuestra Reverencia ha hablado excelentemente. La diablería es la herejía principal. Como el hereje, el endiablado debe ser quemado. Sin embargo, muchos de nuestros buenos padres ya no se fían ni siquiera del fuego. Quieren, sabiamente, que ante todo el alma sea largamente purgada, probada, sometida por los ayunos; que no se queme en su orgullo, que no triunfe en la hoguera. Señora, si vuestra piedad es tan grande, tan caritativa, que tomáis la tarea de trabajar sobre esta mujer, colocándola por algunos años en un in pace, en una buena fosa de la que vos sola tendréis la llave ... entonces podréis, por la constancia del castigo, hacer bien a su alma, avergonzar al diablo y entregarla finalmente, humilde y dulce, a la Iglesia".



En Historia del satanismo y la brujería, Cap. V
Retrato de Jules Michelet por Thomas Couture - Museé Carnavalet (Paris)