29 ago. 2009

Juan Carlos Onetti en su voz: El astillero (fragmento)











Ahora, en la incompleta reconstrucción de aquella noche, en el capricho de darle una importancia o sentido históricos, en el juego inofensivo de acortar una velada de invierno manejando, mezclando, haciendo trampas con todas estas cosas que a nadie interesan y que no son imprescindibles, llega el testimonio del barman del Plaza.

Acepta que una noche de lluvia, durante aquel invierno, un hombre coincidente con la descripción de Larsen que le fue proporcionada, abundante, contradictoria en ciertos puntos porque los entusiasmos variaban, se acercó al mostrador y preguntó si el señor Jeremías Petrus «paraba» en el hotel.

«Era una palabra vieja y por eso dejé de pensar en el Simmons Fizz y lo miré dos veces. Ya casi todos dicen «alojarse» o «encontrarse»; y algunos de la Colonia, hombres hechos, que tal vez no hayan nacido aquí, «estar de paso». Este decía «parar» sin sacarse las manos de los bolsillos del sobretodo, ni tampoco el sombrero; no había dado las buenas noches o no se las oí. Esa palabra vieja, es posible que ayudada por la voz, me hizo pensar en tiempos de juventud, en café de esquinas de barrios. Cosas. Cuando el tipo habló yo estaba sin nada que hacer, la sala casi vacía y nadie en el mostrador, limpiando algún vaso con una servilleta aunque no me corresponde, y los vasos están siempre limpios. Yo estaba pensando en el negro Charlie Simmons y en el fizz que había hecho y bautizado y en la evidencia de que la receta que me transmitió era falsa. Porque me la dijo en cuanto se la pedí, porque la bebida que sale, de un color muy lindo, es sinceramente maléfica y porque nunca, en realidad, lo vi preparando. Él estaba entonces, duró poco, en el Ricky, que después se llamó Noneim, y después no sé. Pensaba distraído en eso y en otra cosa anterior. Entonces vino el hombre, que tal vez sea quien usted dice, aunque nunca lo vi antes, cuando vivió en Santa María. Más bien bajo, seguro, engordando, yendo para viejo pero todavía con cuerda y con aire de no enterarse del almanaque. Tendría que haberle dicho que se dirigiera al conserje, Tobías, el que anota y anda con las llaves. Pero la frase ésa, si «para» en el hotel, la palabra más bien, me ganó y le contesté. Le dije que sí y en qué habitación. Todos sabíamos y comentamos el asunto: el viejo Petrus enfermo o haciéndose el enfermo, metido desde la mañana en el 25, que tiene living y se reserva para novios, sin haber pedido durante todo el día otra cosa que una botella de agua mineral, sin que nadie supiera, por más que dijeron, si el francés se atrevería a presentarle la cuenta, ésta y las atrasadas, sólidos miles de pesos. Y no para verlo firmar arriba de la cuenta sino en un cheque con fondos, contra algún banco que no puedo imaginarme pero que, por qué no, tendría que llamarse Petrus y Compañía o alguna cosa como Petrus y Petrus. Sólo así. Cabeceó para darme las gracias y se puso a caminar en dirección al ascensor. Quería chistarle y decirle que llamara antes por el interno; me dejé estar y siguió caminando. Era como me dice: naturalmente pesado pero exagerándolo, negro de ropas, taconeando mientras pudo en el silencio del bar vacío, sin ruido después sobre la alfombra del corredor, la espalda arqueada como si estuviera llevando con el pecho alguna cosa por delante. El pobre. La otra cosa anterior en que yo pensaba se le ocurre a cualquiera. Pensaba en el negro Charles Simmons, el hombre mejor vestido que vi nunca; en la vez, que alguna vez tuvo que ser, en que se distrajo revolviendo un gin fizz con una cuchara larga y se le ocurrió que lo que hacía podía mejorarse o que era posible hacerse famoso con cualquier cambio de medidas o ingredientes sin dar nada nuevo o mejor. Que es lo que no sé y me sigo preguntando.»

La puerta no tenía llave; de modo que después de algunos pasos sinuosos en la penumbra de la salita, Larsen se introdujo en la luz del dormitorio y vio al viejo Petrus boca arriba, acurrucado en la cuarta parte de una cama matrimonial, con una lapicera en la mano y una libreta negra, con ganchos cromados, apoyada en las rodillas. Vuelta hacia él la cara reducida, sin asombro ni miedo, sin otra cosa que una suave inquisición profesional.

—Buenas noches y perdone —dijo Larsen. Sacó las manos de los bolsillos y puso cuidadosamente el sombrero en la repisa de la chimenea falsa.

—Es usted, señor —comentó el viejo; sin desviar la cara, guardó la lapicera y la libreta debajo de la almohada.

—Aquí estamos, señor, a pesar de todo. Y mucho me temo... —avanzó velozmente y ofreció su mano hasta que Petrus colocó la suya, muy pequeña y seca.

—Sí —dijo Petrus—. Siéntese, señor. Arrime una silla —lo miró calculando, estuvo moviendo la cabeza como si aprobara.

—Espero que todo marche bien en el astillero. Estamos al borde del triunfo, cuestión de días. En esta época, es triste, hay que llamar triunfo a un acto de justicia. Tengo la palabra de un ministro. ¿Alguna dificultad con el personal?

Larsen se sentó en la cama, sonrió para congraciarse con los ángeles, pensó en el batallón de espectros del personal, en huellas que tal vez hubieran dejado y que en todo caso no constituían evidencia; pensó en Gálvez y Kunz, en la pareja de perros saltando hacia la barriga de la mujer con abrigo de hombre. También en algún charco, un agujero en forma de ventana, alguna bisagra destornillada y colgante.

—Ninguna, señor. Hubo cierta resistencia, absurda, al principio. Pero ahora, le puedo asegurar, todo marcha como una máquina.

Petrus sonrió y dijo que era justamente lo que había esperado y que estaba seguro de no equivocarse al elegir hombres y asignarles tareas. «Soy un conductor; ésa es la primera virtud de un conductor.» La noche estaba afuera, enmudecida, y la vastedad del mundo podía ser puesta en duda.

Aquí no había más que el cuerpo raquítico bajo las mantas, la cabeza de cadáver amarillenta y sonriendo sobre las gruesas almohadas verticales, el viejo y su juego.

—Me alegro —dijo Larsen, crédulo, sin énfasis—. Siempre he pensado, mientras me ocupaba de los problemas del astillero y vigilaba el rendimiento del personal, que yo estaba a cargo de la retaguardia mientras usted... —suspiró, casi satisfecho, y tuvo un escalofrío dentro del sobretodo empapado.

—En la línea de fuego, señor. Justamente —celebró el viejo, con una sonrisa—. Más riesgo y más gloria. Pero si la retaguardia llega a fallar...

—Esa es la idea que me da ánimos.

—Todo esto es obra mía —dijo Petrus deslizando una mano para tocar durante un segundo la libreta bajo la almohada—. Y no me voy a morir antes de ver que todo vuelve a ponerse en marcha. Es imposible. Pero su tarea, señor, es tan importante como la mía. Si el astillero se paraliza una sola hora, ¿qué cosa podré estar defendiendo en las antesalas de esos covachuelistas, esos piojos resucitados? Le estoy muy reconocido.

Larsen cabeceó con una mueca alegre, tímida, agradecida. El viejo Petrus recogió con rapidez su sonrisa y la cara flaca, entre patillas, se puso a exhibir con deliberación la espera, cortés pero exigente.

Una mujer y un hombre pasaron frente a la puerta conversando en voz alta; despectivo, hundido en la paciencia, el hombre iba negando alguna cosa.

—Aquello está listo, le aseguro, para el momento en que usted dé la orden —se esforzó Larsen.

Pero ni las voces de afuera ni ésta que había sonado a los pies de la cama pudieron distraer de su resolución de pregunta a la cabeza de momia de mono que se apoyaba sin peso en las almohadas.
«No es una sonrisa esa arruga bien repartida que hace. No le importa nada de nadie, y yo no soy yo, ni siquiera el cuerpo número 30 o 40 que está ocupando esta noche el invariable Gerente General del astillero. Yo soy, apenas, una desconfianza. Y ni siquiera me tiene miedo. Entré sin llamar, es tarde, él no me avisó que estaría esta noche en Santa María. Le gustaría saber por qué miento, qué planes y esperanzas tengo. Está impaciente por saber; entretanto se divierte. Nació para este juego y lo practica desde el día en que nací yo, unos veinte años de ventaja. No soy una persona, así que no es una sonrisa la complicación ésta que le impone a la cara; es una pantalla y una orden, una manera de ganar tiempo, de pasar mientras espera cartas y apuestas. El doctor estaba un poquito loco, como siempre, pero tenía razón; somos unos cuantos los que jugamos al mismo juego. Ahora, todo está en la manera de jugar. El viejo y yo queremos dinero, y mucho, y también nos parecemos en la falla de quererlo, en el fondo, porque sí, porque ésa es la medida con que se mide un hombre. Pero él juega distinto y no sólo por el tamaño y el montón de las fichas. Con menos desesperación que yo, para empezar, aunque le queda tan poco tiempo y lo sabe; y para seguir, me lleva la otra ventaja de que, sinceramente, lo único que le importa es el juego y no lo que pueda ganar. También yo; es mi hermano mayor, mi padre, y lo saludo. Pero yo a veces me asusto y hago sin querer balance.»

La mujer y el hombre que habían pasado por el corredor ahuecaron allá lejos el silencio con un suave, inhumano murmullo. Hicieron sonar después definitivamente el pestillo de una puerta y la noche de lluvia se transformó en ventosa, placentera y gimiente, no más real que un recuerdo, más allá de las persianas corridas sobre la plaza.

El estupor de la cabeza falsamente apoyada en la almohada, casi vertical, consciente de los límites que imponían las patillas blancas y agresivas, y fortalecida por ellos, empezaba a teñirse de impaciencia. Escaso de fe, Larsen organizó el gran gesto de la cara que cae y se acerca con una demorada expresión de confidencia. «Abajo de estas ventanas pasé tantas noches con una mano en el revólver o cerca, pisando fuerte, a la vez ajeno y desdeñoso y provocando siempre inútilmente.»

Oyó, ronco y débil, inconvincente, un bocinazo en el río repetido tres veces. Se palpó de cigarrillos y no tuvo fuerzas para desprender el sobretodo húmedo que lo rodeaba, seduciéndolo, con un olor triste y cobarde, un perfume de resaca y de antiquísimas lociones que le habían refregado en el pelo en salones de peluquerías que series de espejos hacían infinitos, tal vez demolidos años atrás, increíbles ya, en todo caso. Sospechó, de pronto, lo que todos llegan a comprender, más tarde o más temprano: que era el único hombre vivo en un mundo ocupado por fantasmas, que la comunicación era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la lástima como el odio, que un tolerante hastío, una participación dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo único que podía ser exigido y convenía dar.

(...)

Tal vez ya fuera tarde. Claro que podía ser empleada la violencia y él, Larsen, garantizaba, era obvio, su buen éxito. Pero acaso aquel papel verdoso, con dibujos circulares en los márgenes, con un número lleno de coincidencias, con la innegable, rápida, encogida firma de Petrus en su parte inferior derecha, no fuera el único título falsificado que andaba rodando por donde no debía. En este caso la violencia sería inútil y contraproducente.

Jeremías Petrus había escuchado con los ojos cerrados o había cerrado los ojos en algún momento preciso del relato, un momento que Larsen lamentaba desconocer. Seguía inmóvil contra la almohada, no era nada más que aquella cabeza disminuida, que se exhibía impúdica. El tórax de niño, las piernas raquíticas, y hasta las mismas manos hechas de alambre y papeles viejos, se aplanaban sin bulto bajo las mantas. Nada más que la cabeza ciega e indiferente, la máscara preparada para un susto sobre la almohada. (...)

—Eso es lo que hay —dijo al fin Larsen, irritado—. A lo mejor no tiene importancia, me equivoqué. Pero Gálvez asegura que el título es falsificado y que puede meterlo en la cárcel cualquier día que se despierte con dolor al hígado. Véalo. Yo trabajando en la Gerencia, en un problema de metalización, y el tipo ese mostrándome como un perdonavidas aquella cartulina verde ajada. (...)

Petrus parpadeó y repitió «sí, señor» con los ojos cerrados. Después miró a Larsen, demostrando comprender, informándole que era innecesario descubrir los dientes y arrugar trabajosa y metódicamente la cara para formar una sonrisa. Pero Larsen supo que la cabeza impasible estaba sonriendo y que aquella invisible pero indudable sonrisa era ávida, burlona, y lo estaba incluyendo a él mismo junto con Gálvez, el título, el peligro, la Sociedad Anónima, y el destino de los hombres.

Ahora tenía los ojos abiertos, dos estrechas y acuosas claridades bajo las cejas retintas. Explicó sin entusiasmo que uno de los títulos había sido robado desde el principio mismo de aquella pequeña aventura de falsificación, tan sin importancia y tan necesaria si se la relacionaba con la aventura que él prefería llamar empresa y titular Jeremías Petrus, S.A. (...)

Petrus había vuelto a cerrar los ojos y era evidente que lo estaba echando y que no le importaba de veras que el título falso llegara o no al juzgado. Se divertía ahora de esta manera y continuaría divirtiéndose de la otra. Desde muchos años atrás había dejado de creer en las ganancias del juego; creería, hasta la muerte, violento y jubiloso, en el juego, en la mentira acordada, en el olvido.

Un poco rabioso por la envidia, apocado por una confusa admiración, Larsen caminó en puntas de pie hasta rescatar de la chimenea de estuco el sombrero deformado por la lluvia. Con dos dedos lo encajó en el ángulo habitual y, siempre de puntillas, fue de regreso hasta la cama y miró bien, de arriba abajo, erguido, las manos en los bolsillos.

Casi perpendicular a las mantas, la máscara blanca y amarilla, calva, cejinegra, parecía dormir; la boca fina y vencida, estaba apretada sin esfuerzo. «Quedan pocos como éste, pensó Larsen-. Quiere que lo liquide a Gálvez, a la mujer preñada, a los perros mellizos. Y él sabe que para nada. Voy a despedirme; si despierta y mira, lo escupo.»

Sin doblar las rodillas, se inclinó hasta besar la frente de Petrus. La cara siguió quieta, entregada y a salvo, recóndita, amarilla. Larsen se enderezó y estuvo moviendo un dedo contra el ala del sombrero. Balanceándose y sin ruidos cruzó la salita oscura, llegó a la puerta y la abrió (...)




Buenos Aires, Bruguera, 1960
Foto: Sara Facio
Cortesía de Alejandra Correa
Fuente del audio original: Algunas criaturas monstruosas