20 ago. 2009

Jorge Wagensberg – La primera broma de la historia

 

 

Jorge Wagensberg Barcelona, 28 de octubre de 1997. Una escena insólita en el restaurante La Balsa. En torno a la mesa, entre otros, Jordi Agustí, director del Museu de Paleontología de Sabadell, Jordi Serrallonga, del Grup de Homínids de la Universidad de Barcelona, y el padre de la paleoantropología moderna, el celebérrimo suda­fricano Phillip V. Tobías. El local, muy concurrido a esta hora de la cena, se ha quedado mudo de repente. Todos miran con asom­bro a una figura encorvada que evoluciona entre las mesas cami­nando a extraños trompicones. Es el profesor Tobías haciendo, muy serio, una demostración técnica de cómo debía arreglárselas el primer bípedo del que se tiene noticia, Australopitecus afarensis. Hacía pocos segundos que le había explicado el contenido de este artículo, publicado años antes en el diario La Vanguardia.

Nada más remoto en el tiempo que unas pisadas dejadas por unos homínidos durante el Plioceno. Nada menos fami­liar, en principio, que el paisaje de la meseta de Eyasi en Tanzania donde, en 1977, se encontraron tales huellas fósi­les. Y, sin embargo, hay algo muy íntimo en estos restos. Tres individuos bípedos, quizás un varón, una hembra y un niño, caminaban durante un cálido atardecer, poco antes de que una lluvia de ceniza volcánica sacara un molde de su rastro en el húmedo terreno: una auténtica fotocopia en pie­dra de veinticinco metros de longitud. Un testimonio de tres millones y medio de años para un suceso que apenas había durado unos segundos. Algo había oído decir de las pisadas fósiles de Laetoli atribuidas a Australopithecus afarensis. Ponerse de pie y liberar las manos es lo primero que hace falta para desarrollar la inteligencia. Disponer del concepto mano es condición necesaria para poder convertir ideas en objetos, teoría en práctica, y para, en definitiva, empezar a hacer ciencia, probablemente la forma de conocimiento más antigua del mundo (he aquí, por cierto, el tapón evolutivo con que se enfrenta, pongamos por caso, el ya de por sí des­pabilado delfín). Pasmado ante una fiel reproducción de las célebres huellas en el Musée de l'Homme, a uno le daba casi por jalear mentalmente a la evolución biológica: «¡ánimo Australopithecus, ya estás en pie!». Era el principio de un largo camino: aún habían de transcurrir más de un millón de años para la industria lítica, tres millones de años para des­cubrir el fuego y casi tres y medio para enterrar a los muer­tos. Pero nadie me había comentado nunca un detalle extraor­dinario de las huellas de Laetoli. Las huellas del paseante de tamaño medio están ¡todas! meticulosamente sobreimpresas en el interior de las huellas del adulto. Éste era el detalle en­trañable. Entrañable... ¿por qué?

 

Pisadas de homínido en Laetoli, Tanzania Pisadas de homínido en Laetoli, Tanzania

 

El adulto va delante. La huella de tamaño intermedio es necesariamente posterior a la de mayor tamaño. Poco im­porta si su autor, llamémosle Lucy, iba sólo unos metros de­trás o si pasó por allí al día siguiente (según los expertos, la diferencia no pudo ser superior a unas dos semanas). Lo que sí está claro es que Lucy caminaba mirando al suelo, atentí­sima a las huellas que la precedían y, dada su menor estatura, acaso se viera obligada a forzar el paso o incluso a dar gra­ciosos saltitos. ¿Había alguna razón para un comportamiento así? Un peligro tipo campo de minas no parece muy verosí­mil, ni tampoco cierto raro automatismo, pues, en tal caso, el tercer individuo hubiera actuado de la misma manera. ¿De qué se trataba entonces? ¿De un juego?

Seguro, pero de un juego muy especial. De hecho, los cachorros de muchos animales juegan y el juego les sirve para aprender a ser mayor. Pero el juego de Lucy tiene unas reglas demasiado rigurosas y caprichosas, casi obsesivas. Lucy no tiene ni un solo fallo en su absurdo juego. Y sobre todo eso: su juego no sirve para nada. Lucy, sencillamente, se aburre. Juega para matar el aburrimiento. El juego no está al alcance de la otra cría, demasiado joven, y el aburrimiento no afecta al cabeza de familia, tal vez preocupado por alcan­zar un refugio antes del anochecer. En otras palabras, se tra­taba, literalmente, de hacer el burro. Y, como todo el mundo sabe, ciertas burradas requieren inteligencia, en especial las deliberadamente inútiles.

Hace unas semanas le sugería a un eminente paleoantropólogo que en Laetoli quizá se había encontrado la primera broma fósil de la historia. «¿Cómo lo sabe usted?», preguntó no sin cierto fastidio. «Lo sé por pura casualidad...», res­pondí, «¡yo hacía exactamente lo mismo en la playa, cuando era un niño!» (Y todavía lo hago, aunque ahora sólo cuando estoy seguro de que nadie se fija en mí y de que no se ave­cina ninguna erupción volcánica en la comarca.)

 

Ideas para la imaginación impura

Tusquets Editores S.A.

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