12 ago. 2009

Heinrich Böll - Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura




Estocolmo, 10 de diciembre de 1972


Príncipe heredero de Suecia, Carl Gustaf (actualmente el Rey),
entrega el Premio Nobel 1972 de Literatura a Heinrich Böll
durante la ceremonia de entrega de los Premios
de la Feria Internacional de San Erik (conocido hoy como
las Ferias Internacionales de Estocolmo) en Älvsjö.


Señor ministro presidente, querida señora Palina, damas y caballeros:

Con motivo de una visita ala República Federal Alemana, Su Majestad el Rey de Suecia detuvo su experta mirada en los estratos acumulados a despecho de veleidades, de los cuales procedemos y sobre los cuales vivimos. Esta tierra no es virginal ni, en modo alguno, inocente, y jamás ha llegado a lograr la paz. Este codiciado país a orillas del Rin, habitado por hombres ambiciosos, ha tenido numerosos soberanos y por ello ha visto muchas guerras. Guerras coloniales, nacionales, regionales, locales, confesionales y mundiales. Ha visto matanzas organizadas, persecuciones y ese incesante ir y venir, tanto de los que marchaban, expulsados, a otras tierras, como de los que volvían arrojados de cualquier país. Y que allí se hablara alemán era algo demasiado evidente para tener que demostrarlo dentro o fuera. Esto, lo hicieron otros a quienes no satisfacía la «d» suave sino que exigían una «t» fuerte: Teutsche (1). A lo largo del camino que uno va recorriendo desde los estratos de la pretérita caducidad hasta el fugaz presente, no hay más que violencia, destrucción, dolor y errores. Pero ni los escombros ni las ruinas, ni los movimientos de Este a Oeste, y al contrario, lograron lo que después de tanta historia, de demasiada historia, se podría haber esperado: la tranquilidad; probablemente porque nunca se nos dio la oportunidad; para unos éramos demasiado occidentales, para otros no bastante occidentales; para unos demasiado profanos, para otros no bastante profanos. Todavía reina la desconfianza entre los alemanes que desean justificarse como si la combinación Alemania y Occidente fuera tan sólo un engaño de la nación que mientras tanto ha dejado ya de ser sagrada (2). Y sin embargo, se debería dar por seguro que si este país jamás debía haber tenido arrebato alguno, estaba situado allá por donde fluye el Rin. El camino hacia la República Federal fue muy largo. También yo escuché en el colegio cuando era chico el proverbio deportivo: la guerra es el padre de todas las cosas; al mismo tiempo oía decir en el colegio y en la iglesia que los pacíficos, los mansos y los humildes poseerían la Tierra de promisión. Hasta el final de sus días, no se libera uno de la mortal contradicción que promete a unos el cielo y la tierra y a otros solamente el cielo, y esto en un país en que también la Iglesia pretendía, lograba y ejercía el dominio hasta nuestros días. El camino hasta aquí ha sido un camino largo para mí, que, como tantos millones, al regresar de la guerra, no poseía mucho más que las manos en el bolsillo, y lo único que me distinguía de los otros era mi pasión por querer escribir, escribir de nuevo. Esto me ha traído hasta aquí. Permítanme que no acabe de creer del todo el hecho de que me encuentre aquí, al mirar hacia atrás y ver al joven que después de una larga persecución y un largo camino volvió a una patria perseguida; que escapó, no solamente a la muerte, sino también al ansia de morir: fui liberado y superviviente; la paz -yo nací en 1917- era solamente para mí una palabra, ni objeto de evocación ni un talante; República no era una pabra extraña, sino solamente un recuerdo desvanecido. Yo aquí debería dar las gracias a muchos autores extranjeros que se convirtieron en libertadores, liberando lo extraño que por su esencia quedaba relegado a la singularidad de su encierro. El resto fue la conquista del lenguaje en esta vuelta al material, a este puñado de polvo que parecía estar delante de la puerta y que. sin embargo, tan difícil fue de captar y de comprender. También quisiera agradecer los muchos alientos que me han dado los amigos y críticos alemanes, y también las tentativas de desaliento, pues de todo se ofrece sin la guerra, pero nada, así lo creo yo, sin oposición.


Estos veintisiete años han sido un largo camino, no solamente para el autor, sino también para el ciudadano, a través de un espeso bosque de «índices» (3) que procedían de la maldita dimensión de lo propio, dentro de la cual las guerras perdidas se convierten en guerras propiamente ganadas. Muchos de estos índices eran severamente agresivos y tenían su punto de mira en y dentro de sí mismos. Recuerdo con temor a mis predecesores alemanes que, dentro de esta maldita dimensión de lo propio, ya no debían ser alemanes. Nelly Sachs, salvada por Selma Lagerlöf, sólo a duras penas librada de la muerte; Thomas Mann perseguido y desterrado. Hermann Hesse ausente de la dimensión de lo propio, que, cuando aquí fue honrado, hacia tiempo que ya no era súbdito alemán. Cinco años antes de mi nacimiento, hace sesenta años, estuvo aquí el último Premio Nobel alemán de Literatura que murió en Alemania, Gerhart Hauptmann. Él vivió los últimos años de su vida en una variante de Alemania a la cual, a despecho de algunas incomprensiones, no pertenecía. Yo no soy un alemán propio ni he dejado de serlo propiamente; soy alemán; la única prueba válida que nadie me ha de extender ni prorrogar, es el idioma en el cual escribo. Como tal, como alemán, me alegro de este gran honor. Doy las gracias a la Academia sueca y al país sueco por esta distinción, que seguramente no sólo vale para mí, sino también para el idioma en el cual me expreso y para el país del que soy ciudadano.


(1) Usado por los racistas nazis en vez de la palabra Deutsche (alemanes) subrayando de esta manera su procedencia teutónica.
(2) Se refiere al «Sacro Imperio Romano de la nación alemana», bajo Carlomagno.
(3) En el sentido de índice levantado en señal de amonestación.

Trad.: Helene M. Kattendahl

Cortesía: Tijeretazos