5 ago. 2009

Gianni Vattimo – La razón y el salto

 

 

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[…] los contenidos de la fe cristiana –Dios creador, el pecado, la necesidad de perdón y de redención, la resurrección de Cristo como promesa de la resurrección final de las criaturas- ¿no son, en todo caso, lo suficientemente paradójicos como para dar la razón a quien piensa que el único modo de creer, una vez reconocidas como impracticables las vías metafísicas hacia Dios de santo Tomás, es el del salto, el de la disponibilidad a reconocer la total alteridad –precisamente como piensa la religiosidad trágica y existencialista?-. El salto, sin embargo, es tanto más indispensable cuanto más conservamos las palabras del Evangelio en su literalidad. ¿Qué hacer con un mandamiento como: “Si tu ojo te escandaliza, arráncalo y tíralo lejos”? Naturalmente, se responderá que los más empedernidos teóricos del salto paradójico en la fe distinguen también entre textos claramente “alegóricos”, como éste, y otros enunciados que, por el contrario, habría que tomar literalmente, empezando por los históricos (milagros, resurrección). Pero este límite entre textos que necesitan “interpretación” y textos que deben ser tomados literalmente (una cuestión, por lo demás, viva en toda la tradición exegética), se resuelve siempre, bien en base a la presuposición de una racionalidad metafísica presuntamente natural, bien, con mayor frecuencia aún, delegando la decisión en la autoridad de la Iglesia que, a su vez, ha sido ya aceptada mediante el salto en la paradoja. Me parece evidente que, en base a las premisas que me han guiado hasta aquí, para mí no tiene sentido la referencia al fondo racional obvio y natural que establecería esta distinción; el discurso sobre la autoridad de la Iglesia es menos banal, ya que no puedo no reconocer que los textos sagrados a los que me refiero y quiero interpretar me son transmitidos por una cierta tradición viva que, sobre esta base, puede reivindicar también el derecho a enseñarme cómo interpretarlos.

También aquí –lo digo sólo para quien no esté familiarizado con los problemas de la hermenéutica y, aún antes, con el catecismo católico- estamos rozando temas muy controvertidos tanto en teología como en filosofía. La Iglesia católica opone al principio luterano del libre examen de las Escrituras la tesis de que las fuentes de la revelación son dos, las Escrituras y la tradición. Es ésta una tesis que siempre me ha parecido preferible a la de la sola Scriptura protestante, porque la verdad es que el mismo texto de las Escrituras –pienso, sobre todo, en el Nuevo Testamento- es ya la fijación de discursos que circulaban anteriormente en la comunidad de creyentes. Lo que no me parece aceptable es que se identifique, sin más, la tradición de la Iglesia con la enseñanza del Papa y de los obispos (incluso, en este último siglo, sólo con la del Papa). Quiero decir que el límite representado por el principio de la caridad, que debe guiar la interpretación secularizante del texto sagrado, prescribe, ciertamente, una escucha caritativa a la tradición, pero esta escucha se dirige a la comunidad viva de los creyentes, y no se restringe a la enseñanza ex cathedra de la jerarquía eclesiástica. Es más que evidente que una escucha así no proporciona principios dogmáticos netos, como las definiciones del Papa y de los concilios que, obviamente, también pienso que se deben tener en cuenta. Pero la relación con la tradición viva de la comunidad de los creyentes es bastante más personal y arriesgada, forma parte de ese deber global, con el que se identifica la tarea del creyente, de reinterpretar personalmente el mensaje evangélico.

No pienso, pues, que escuchar las palabras del Evangelio, incluso las más paradójicas, requiera el salto y, en fin, una suerte de aceptación “irracional” de la autoridad. Sé muy bien hasta qué punto es importante, en la historia de la espiritualidad moderna, la tesis pascaliana de la apuesta, que representa quizá la única gran alternativa, hasta ahora, a los preambula fidei de la tradición tomista. Pero tal vez se debería reflexionar sobre el hecho de que la apuesta pascaliana, es decir, la idea de que la experiencia de la fe es un salto en la paradoja, es una idea característicamente moderna: ligada a la época de la razón “triunfante”, al menos en cuanto al principio. Pascal es también matemático y teórico del esprit de géometrie, y es, sobre todo, un contemporáneo de Descartes. La paradoja como característica de la fe cristiana fue retomada, y no por casualidad, por Kierkegaard, contemporáneo de Hegel, es decir, en otro momento culminante –quizás el último- del racionalismo filosófico moderno. Pero hoy que la razón cartesiana, y también la hegeliana, han realizado su parábola, ya no tiene sentido contraponer tan netamente fe y razón.

 

 

En Creer que se cree (1996)

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