10 jul. 2009

Voltaire – Disputas sobre las ceremonias chinas

 

Cómo contribuyeron esas querellas a proscribir el cristianismo en china.

 

No teníamos bastante, para la inquietud de nuestro espíritu, con que hubiéramos disputado durante mil setecientos años sobre el tema de nuestra religión: era necesario también que la de los chinos se mezclara a nuestras querellas. Esta controversia no produjo grandes movi­mientos, pero caracterizó mejor que ninguna otra el espíritu inquieto, contencioso y pendenciero que reina en estas latitudes.

El jesuita Matthieu Ricci fue, en las postrimerías del siglo XVII,1 uno de los primeros misioneros que llegaron a China. Los chinos es­taban y están todavía en literatura y en filosofía a la altura en que nos encontrábamos nosotros hace doscientos años. El respeto por sus an­tiguos maestros les fija límites que no se atreven a rebasar. El progreso en las ciencias es obra del tiempo y de la audacia espiritual; pero siendo, como son, más fáciles de comprender la moral y la civilidad que las ciencias, se perfeccionaron en su país aun cuando las demás artes se quedaban rezagadas, de ahí que los chinos, que se han detenido en los límites alcanzados hace más de dos mil años, siguen siendo mediocres en las ciencias y el primer pueblo de la tierra en moral y civilidad, así como el más antiguo.

Después de Ricci, muchos otros jesuitas penetraron en este vasto imperio; y, valiéndose de las ciencias de Europa, llegaron a sembrar secretamente algunas simientes de la religión cristiana entre los niños del pueblo, a quienes instruyeron como pudieron. Dominicos que com­partían la misión, acusaron a los jesuitas de permitir la idolatría mien­tras predicaban el cristianismo. La cuestión era delicada, y también la conducta que debía observarse en China.

Las leyes y la tranquilidad de ese gran imperio están fundadas so­bre el derecho más natural y al mismo tiempo el más sagrado: el respeto de los hijos hacia los padres. A este respeto añaden el que deben a sus primeros maestros de moral y, sobre todo, a Kon-Fu-Tseu, llamado por nosotros Confucio, antiguo sabio que, casi seiscientos años antes de la aparición del cristianismo, les enseñó la virtud.

Las familias se reúnen en privado, en días señalados, para honrar a sus antepasados; los letrados, en público, para honrar a Confucio. Se prosternan en la misma postura con que saludan a los superiores, cos­tumbre que los romanos encontraron en toda el Asia y a la que dieron antaño el nombre de adorar. Queman pajillas y pastillas. Colaos, a quienes los portugueses llaman mandarines, matan dos veces al año, alrededor de la sala en la que se venera a Confucio, animales que luego son comidos. ¿Son idólatras esas ceremonias? ¿Son puramente civiles? ¿Consideran a sus antepasados y a Confucio como dioses? ¿Son, mera­mente, invocados como nuestros santos? ¿Es, en fin, una ceremonia política de la que abusan algunos chinos supersticiosos? Cosas éstas, todas, muy difíciles de aclarar por extranjeros en la China, y de las cuales era imposible decidir en Europa.

Los dominicos comunicaron las costumbres de China a la inqui­sición de Roma, en 1645; y el Santo Oficio, basándose en su exposición, prohibió esas ceremonias chinas hasta que el papa decidiera.

Los jesuitas expusieron sus razones y defendieron la causa de los chinos y de sus prácticas que no parecían poder proscribirse so pena de cerrar toda posibilidad de que la religión cristiana penetrara en un país tan celoso de sus costumbres. En 1656, la Inquisición permitió a los letrados reverenciar a Confucio, y a los niños chinos honrar a sus padres, protestando contra la superstición, si en ello hubiera.

La cuestión se mantuvo indecisa, los misioneros siguieron divididos y el proceso se siguió en Roma de tiempo en tiempo; entretanto, los jesuitas residentes en Pekín se hicieron tan gratos al emperador Kang-hi, por sus conocimientos matemáticos, que el príncipe, célebre por su bondad y sus virtudes, les permitió, por último, establecerse como mi­sioneros y enseñar públicamente el cristianismo. No es inútil observar que este emperador, tan despótico y nieto del conquistador de China, estaba, sin embargo, sometido por el uso a las leyes del imperio; que no pudo, de su sola autoridad, permitir la enseñanza del cristianismo y debió dirigirse a un tribunal y hacer personalmente dos solicitudes en nombre de los jesuitas. Por fin, en 1692, se toleró el cristianismo en China por las gestiones infatigables y la habilidad de los jesuitas.

En París hay establecida una casa para las misiones extranjeras. Algunos sacerdotes de esta casa se encontraban a la sazón en China. El papa que envía vicarios apostólicos a todos los países llamados las regiones de los infieles, eligió un sacerdote de esa casa de París, de apellido Maigrot, para que fuera a presidir, en calidad de vicario, la misión de China, dándole el obispado de Conon, pequeña provincia china en Fu-Kién. Ese francés, obispo en China, no sólo declaró su­persticiosos e idólatras los ritos observados en honor de los muertos, sino que declaró ateos a los letrados, tal y como pensaban todos los rigoristas de Francia. Los mismos hombres que tantas protestas levan­taron contra Bayle, censurándolo exageradamente por haber dicho que una sociedad de ateos podía subsistir, que tanto han escrito sobre la imposibilidad de una organización semejante, sostenían fríamente que tal sociedad florecía en China con el más sabio de los gobiernos. Los jesuitas tuvieron entonces que combatir a sus colegas misioneros, más que a los mandarines y al pueblo. Manifestaron en Roma que era evidente­mente incompatible que los chinos fuesen a la vez ateos e idólatras. Se les reprochaba a los letrados que admitieran sólo la existencia de la materia; de ser así, difícilmente hubieran invocado las almas de sus padres y la de Confucio. Uno de esos reproches parece destruir al otro, a menos que se pretenda que en China se admite lo contradictorio, como sucede muchas veces entre nosotros; pero sería necesario conocer pro­fundamente su lengua y sus costumbres para desenmarañar esa con­tradicción. El proceso del imperio de China se siguió durante mucho tiempo en la corte de Roma; mientras tanto, los jesuitas eran atacados por todas partes.

Uno de sus sabios misioneros, el P. Leconte, había escrito en sus Me­morias de la China: “que ese pueblo ha conservado durante dos mil años el conocimiento del verdadero Dios, que ha honrado al Creador en el más antiguo templo del universo; que China ha practicado las más puras lecciones de moral, cuando Europa se hallaba todavía en el error y la corrupción”.

Hemos visto, por una historia auténtica y por una serie de treinta y seis eclipses de sol calculados, que el origen de esta nación se re­monta más allá del tiempo en que nosotros situamos de ordinario el diluvio universal. Los letrados jamás tuvieron otra religión que la de la adoración de un Ser supremo. Su culto fue la justicia. No pudieron conocer las leyes sucesivas dadas por Dios a Abraham, a Moisés, y por último, la ley perfeccionada del Mesías, desconocida durante mucho tiempo por los pueblos del Occidente y del Norte. Está probado que las Galias, Germania, Inglaterra, todo el Septentrión, estaban sumidos en la más bárbara idolatría, cuando los tribunales del vasto imperio de la China cultivaban las buenas costumbres y las leyes, reconociendo un solo Dios, cuyo sencillo culto jamás había cambiado. Estas verdades evidentes debían justificar las palabras del jesuita Leconte. No obs­tante, como en dichas proposiciones podría encontrarse alguna idea que contradijera un tanto las ideas admitidas, se las atacó en la Sorbona. El abate Boileau, hermano de Despreaux, espíritu no menos crítico que su hermano y más enemigo de los jesuitas, denunció, en 1700, ese elogio de los chinos al que consideraba una blasfemia. El abate Boileau era un espíritu vivaz y singular que escribía cómicamente cosas serias y atrevidas. Es autor del libro de los Flagelantes y de varios otros de la misma especie. Decía que los escribía en latín por temor a la censura de los obispos; y Despreaux, su hermano, decía de él: “Si no fuera doctor de la Sorbona, hubiera sido doctor de la comedia italiana.” Declamó violentamente contra los jesuitas y los chinos y comenzó por decir “que el elogio de esos pueblos había hecho vacilar su cerebro cristiano”. Los demás cerebros de la asamblea vacilaron también. Se produjeron algunos debates: un doctor de apellido Lesage opinó que debían enviarse al lugar del suceso doce de sus colegas de fe más robusta, para que fueran a conocer a fondo la causa. La escena fue violenta; pero, en fin, la Sor­bona declaró que las alabanzas de los chinos eran falsas, escandalosas, temerarias, impías y heréticas.

Ésta tan viva y no menos pueril querella envenenó la de las cere­monias; y, finalmente, el Papa Clemente IX envió, al año siguiente, un legado a la China. Eligió a Thomas Maillard de Tournon, patriarca titular de Antioquía. El patriarca no pudo llegar antes de 1705. La corte de Pekín había ignorado hasta ese momento que se la juzgaba en Roma y en París. Asunto éste más absurdo que el de que la República de San Marino se constituyera en mediadora entre el Gran Turco y el reino de Persia.

Al principio, el emperador Kang-hi recibió al patriarca de Tournon con mucha bondad; pero podemos imaginarnos su sorpresa al enterarse, por los intérpretes del legado, de que los cristianos, aunque predicaban su religión en el imperio, no estaban de acuerdo entre ellos, y que el legado iba para dar término a una disputa de la que nunca había oído hablar la corte de Pekín. El legado le hizo saber que todos los misio­neros, excepto los jesuitas, condenaban los antiguos usos del imperio, y que se sospechaba incluso que su majestad china y los letrados eran ateos que sólo admitían la existencia del cielo material. Agregó que había un sabio obispo de Conon que le explicaría todo eso si su Majestad se dignaba escucharlo. La sorpresa del monarca se dobló al enterarse de que existían obispos en su imperio; pero la del lector no será menor cuando sepa que aquel príncipe indulgente llevó su bondad hasta per­mitirle al obispo de Conon que le hablara contra la religión y las cos­tumbres de su país y contra él mismo. El obispo de Conon fue recibido en audiencia. Tenía muy poco conocimiento del chino. El emperador le pidió primero que le explicara lo que decían cuatro caracteres que aparecían pintados arriba de su trono. Maigrot solamente pudo leer dos; pero sostuvo que los king-tien escritos sobre tablillas por el propio emperador no significaban adorad al Señor del cielo. El soberano tuvo la paciencia de hacerle explicar mediante intérpretes que ése era preci­samente el sentido de las palabras. Se dignó entrar en un largo examen, justificó los honores que se rendían a los difuntos; pero el obispo fue inflexible. No cabe duda de que los jesuitas tenían más prestigio en la corte que él. El emperador, ateniéndose a las leyes, podía castigarlo con la muerte, pero se contentó con desterrarlo y ordenó que todos los eu­ropeos que estuvieran interesados en permanecer dentro del imperio fueran en lo sucesivo a recibir de él patentes, y a someterse a un examen.

En cuanto al legado de Tournon, recibió órdenes de salir de la capital, y apenas llegado a Nankín, dio un mandamiento por el que condenaba rotundamente los ritos del culto de los muertos en China, y prohibía hacer uso de la palabra empleada por el emperador para signi­ficar el Dios del cielo.

Entonces relegaron el legado a Macao, del cual siguen siendo amos los chinos, aunque les permitan a los portugueses tener un gobernador. Cuando el legado estaba confinado en Macao, el papa le envió el birrete, que sólo le sirvió para que pudiera morir como cardenal. Terminó su vida en 1710. Los enemigos de los jesuitas les imputaron su muerte. Podían haberse contentado con atribuirles su destierro.

Las divisiones existentes entre los extranjeros que venían a instruir al imperio desacreditaron la religión que predicaban. Y se desacreditó más cuando la corte, que dedicó un mayor interés al conocimiento de los europeos, supo que no sólo los misioneros estaban divididos así, sino que entre los mercaderes que abordaban en Cantón había varias sectas discordantes.

El emperador Kang-hi falleció en 1724.2 Era un príncipe aficionado a todas las artes de Europa. Se le habían enviado jesuitas muy ilustra­dos, que por sus servicios merecieron su afecto y obtuvieron de él -como ya se ha dicho- el permiso para profesar y enseñar pública­mente el cristianismo.

Su cuarto hijo, Yung-Ch'ing, designado por él para que reinara en perjuicio de sus hermanos mayores, tomó posesión del trono sin que éstos murmurasen. La piedad filial -que es la base de este imperio- hace que todas las condiciones sociales consideren un crimen y un oprobio quejarse de la última voluntad de un padre.

El nuevo emperador Yung-Ch'ing sobrepasó a su padre en el amor de las leyes y del bien público. Ningún emperador estimuló más la agricultura. Dirigió su atención sobre la más necesaria de todas las artes, hasta elevar al grado de mandarín de octavo orden, en cada pro­vincia, al labrador que, a juicio de los magistrados de su cantón, fuera el más diligente, el más industrioso y el más honrado; no se trataba de que el labrador abandonara un oficio en el que se había destacado para que ejerciera las funciones de la judicatura, desconocidas para él; seguía siendo labrador con el título de mandarín; tenía el derecho de sentarse en casa del virrey de la provincia y de comer con el. Su nombre aparecía escrito en letras de oro en una sala pública. Ese reglamento, tan alejado de nuestras costumbres y que quizá las condena, existe to­davía.

El príncipe ordenó que en toda la extensión del imperio no se ajusticiara a nadie antes de que se le fuera enviado el proceso criminal, e incluso antes de que se le presentara tres veces. Dos razones, que fueron causa de este edicto, son tan respetables como el edicto mismo. Una es el respeto que debe tenerse por la vida del hombre; la otra, la ternura debida por un rey a su pueblo.

Mandó instalar grandes almacenes de arroz en cada una de las pro­vincias con una economía que no podía estar a cargo del pueblo, y evitó para siempre la escasez. Todas las provincias manifestaban su júbilo ofreciendo nuevos espectáculos, y su agradecimiento erigiéndole arcos de triunfo. Dictó un edicto por el que exhortaba a que suspendieran esos espectáculos ruinosos para la economía que recomendaba, y pro­hibió que se le levantaran monumentos. “Si acordé gracias, dijo en un rescripto a los mandarines, no fue para hacerme de una vana reputación: quiero que el pueblo sea feliz; que sea mejor, que cumpla con todos sus deberes. Éstos son los únicos monumentos que acepto.”

Así era aquel emperador, y, desgraciadamente, fue él quien prohibió la religión cristiana. Los jesuitas poseían ya varias iglesias públicas e incluso algunos príncipes de la familia imperial habían recibido el bau­tismo: se empezaban a temer innovaciones funestas en el imperio. Las desgracias ocurridas al Japón impresionaban más a los espíritus que la pureza del cristianismo, casi totalmente desconocido por lo general. Se supo que, precisamente por ese tiempo, las disputas, que arrojaron a unos contra otros a los misioneros de las diferentes órdenes, habían pro­ducido la extirpación de la religión cristiana en Tonkin; y esas mismas disputas, todavía más frecuentes en China, indispusieron a todos los tri­bunales contra aquellos que no podían ponerse de acuerdo sobre la ley que iban a predicar. En fin, se supo que en Cantón había holandeses, suecos, daneses e ingleses, a los cuales, aunque eran cristianos, no se consideraba adeptos de la religión de los cristianos de Macao.

La suma de todas estas reflexiones determinó, por último, al supre­mo tribunal de los ritos, a prohibir el ejercicio del cristianismo. Esta resolución se dio el 1 de enero de 1724,3 pero sin ninguna afrenta, sin que en ella se discernieran penas rigurosas, sin que contuviera la menor palabra ofensiva contra los misioneros: en el fallo se llegaba incluso a sugerirle al emperador que conservara en Pekín a los que pudieran ser útiles en las matemáticas. El emperador confirmó la resolución y orde­nó, en su edicto, que se enviaran los misioneros a Macao acompañados de un mandarín, para que los cuidara en el camino y los preservara de cualquier insulto. Éstas son, exactamente, las palabras del edicto.

Se quedó con algunos de ellos, entre otros con el jesuita Parennin, cuyo elogio he hecho ya, hombre célebre por sus conocimientos y por su carácter sensato, que hablaba muy bien el chino y el tártaro. Les era necesario no sólo como intérprete, sino como buen matemático. Entre nosotros es conocido, sobre todo, por las respuestas juiciosas e instruc­tivas que sobre las ciencias de la China dio a las sabias objeciones puestas por uno de nuestros mejores filósofos. Este religioso gozó del favor del emperador Kang-hi, y conservó también el de Yung-Ch'ing. Si al­guien podía salvar la religión cristiana era él. Obtuvo, con otros dos jesuitas, audiencia del príncipe hermano del emperador, que estaba en­cargado de examinar el fallo y de redactar un informe. Parennin refiere con candor lo que les contestó. El príncipe, que los protegía, les dijo: “Vuestros asuntos me embarazan; he leído las acusaciones dirigidas con­tra vosotros: vuestras querellas continuas con los demás europeos sobre los ritos de la China os han perjudicado infinitamente. ¿Qué diríais si, transportándonos a Europa nosotros, observáramos la misma conducta que observáis vosotros aquí? ¿De buena fe, la toleraríais?” Era difícil replicar a ese discurso. Sin embargo, obtuvieron que el príncipe le ha­blara al emperador en su favor; y cuando fueron recibidos al pie del trono, el emperador les declaró que expulsaba a todos los que se decían misioneros.

Ya hemos referido sus palabras: “Si supisteis engañar a mi padre, no esperéis engañarme a mí.”

No obstante las prudentes órdenes del emperador, algunos jesuitas volvieron después en secreto a las provincias durante el gobierno del sucesor del célebre Yung-Ch'ing, y fueron condenados a muerte por haber violado flagrantemente las leyes del imperio. De igual manera mandamos ejecutar en Francia a los predicadores hugonotes que vienen a hacer prosélitos a pesar de las órdenes del rey. Esta pasión por el proselitismo es una enfermedad particular de nuestros climas, como ya se ha hecho notar; jamás ha sido conocida en el Asia del norte. Nunca han enviado esos pueblos misioneros a Europa, y nuestras naciones son las únicas que han querido extender sus opiniones, como su comercio, a los dos extremos del globo.

Los propios jesuitas causaron la muerte de muchos chinos y, sobre todo, de dos príncipes de la sangre que los favorecían. ¿Era muy digno que vinieran al confín del mundo a sembrar discordia en la familia imperial y provocar la muerte en el suplicio de dos príncipes? Creyeron que hacían respetable su misión ante Europa con afirmar que Dios se declaraba en su favor y que había hecho aparecer cuatro cruces en las nubes sobre el horizonte de la China. Grabaron las imágenes de esas cruces en sus Cartas edificantes y curiosas; pero si Dios hubiese querido que la China fuera cristiana, ¿se habría contentado con poner cruces en el aire? ¿No las hubiera puesto en el corazón de los chinos?


1 A fines del siglo XVI; porque Ricci, establecido en la provincia de Cantón como misionero en 1583, murió en Pekín, en 1610. (Clog.)

2 Murió el 20 de diciembre de 1722, a la edad de sesenta y nueve años. (Clog.)

3 El cristianismo, introducido en la China en 1536, había sido tolerado allí por los edictos de 1692 y de 1711, que fueron revocados por el de 1724. Este último fué anulado en 1815. El emperador se expresa así: “Que el edicto del 11 de enero de 1724 cese de ser ley del imperio. No hay más que un Dios, y ese Dios no se ofende por la diversidad de nombres que se le dan.” (L.D.B.)

* Véase el Ensayo sobre las costumbres, cap. cxcv.

 

El siglo de Luis XIV, capítulo XXXIX

.