30 jul. 2009

Ray Bradbury – A este lado de Bizancio: el vino del estío

 

 

Ray Bradbury2 Como la mayoría de mis libros y cuentos, El vino del estío fue una sorpresa. Gracias a Dios, era bastante joven como escritor cuando empecé a entender la índole de semejantes sorpresas. Hasta entonces, como todo aprendiz, pensaba que se podía dar vida a una idea a fuerza de golpes, bofetadas y latigazos. Bajo un tratamiento así, por supuesto, toda idea decente dobla las patas, se echa boca arriba, fija los ojos en la eternidad, y muere.

Fue entonces con gran alivio que, con algo más de veinte años, di de pronto con un simple proceso de asociación de palabras. Todas las mañanas me levantaba, iba hasta el escritorio y escribía cualquier palabra o serie de palabras que me pasaran por la cabeza.

Luego me alzaba en armas contra el mundo, o a su favor, y ponía una variedad de personajes a sopesar la palabra y enseñarme qué significaba en mi vida. Una o dos horas más tarde, para mi asombro, había concluido un nuevo cuento. Era una sorpresa total y encantadora. Pronto descubrí que tendría que trabajar así el resto de mi vida.

Primero me hurgaba la mente en busca de palabras que describieran mis pesadillas personales, mis miedos nocturnos y mi infancia, y a partir de ellas modelaba una historia. Luego echaba una larga mirada a los verdes manzanos y la vieja casa donde había nacido, y a la casa de al lado donde vivían mis abuelos, y a todos los prados de mis primeros veranos, y me ponía a probar palabras para eso.

Lo que hay en El vino del estío, el vino que se hace con diente de león, es un ramo de dientes de león de aquellos años. La metáfora del vino, que aparece en esas páginas una y otra vez, es maravillosamente apropiada. Yo me pasaba la vida acumulando imágenes, almacenándolas, y olvidándolas luego. De alguna manera tenía que retroceder en el tiempo, usando como catalizador las palabras, para abrir los recuerdos y ver qué tenían para ofrecer.

Así que de los veinticuatro a los treinta y seis años apenas pasó un día en que no me echara a caminar por una reminiscencia de la hierba de mis abuelos en el norte de Illinois, esperando tropezar con algún petardo medio quemado, un juguete herrumbroso o un fragmento de carta escrita por un yo más joven con la esperanza de contactar con la persona mayor que sería y recordarle su pasado, su vida, su gente, sus alegrías y sus torrenciales penas.

Se volvió un juego que adopté con inmenso entusiasmo: ver cuánto podía recordar de aquellos dientes de león, o de la recogida de uvas silvestres con mi padre y mi hermano, el redescubrimiento del pozo de lluvia que criaba mosquitos al pie de una ventana, o el olor de las velludas, doradas abejas que se demoraban en la parra del porche trasero. Porque las abejas tienen olor, claro está, y si no, deberían tenerlo, pues llevan en los pies el polvo perfumado de un millón de flores.

Y luego quise recordar cómo era el barranco, especialmente en las noches en que volviendo tarde a casa por el pueblo, después de sufrir el delicioso terror de Lon Chaney en El fantasma de la Ópera, mi hermano Skip se adelantaba para esconderse bajo el puente del arroyo como el Solitario, y luego con un aullido surgía y se me echaba encima de modo que yo echaba a correr, me caía y seguía corriendo, sin parar de tartamudear hasta que llegaba a casa. Ese material era soberbio.

Por el camino, asociando palabras, choqué con viejas y sinceras amistades. En mi infancia en Arizona tomé prestado a mi amigo John Huff y lo despaché a Creen Town, en el este, para poder despedirme de él como era debido.

Por el camino me senté a desayunar, almorzar y cenar con los hacía tiempo muertos y los muy queridos. Pues yo fui un chico que quería de veras a sus padres, sus abuelos y su hermano, por más que ese hermano «le escurriera el bulto».

Por el camino me encontré en el sótano, triturando uvas en la prensa de mi padre, o en el porche, la noche del día de la Independencia, ayudando a mi tío Bion a cargar y disparar un doméstico cañón de hojalata.

Descubrí entonces que estaba sorprendido. Nadie me había dicho que me sorprendiera, debo añadir. Di con las viejas y mejores formas de escribir a través de la ignorancia y la experimentación, y me sobresalté cuando de los arbustos saltaron verdades, como perdices antes del disparo. Entré en la creatividad a tientas, ciego como cualquier niño que aprende a ver y andar. Aprendí a dejar que mis sentidos y mi Pasado me dijeran todo aquello que de algún modo era verdad.

Así pues, me convertí en un chico que corría a sacar un cubo de clara agua de lluvia del barril que había junto a la casa. Y, por supuesto, cuanta más agua se saca más entra. El flujo no cesaba nunca. Una vez que hube aprendido a volver y volver a aquellos tiempos, tuve recuerdos e impresiones en abundancia con los que podía jugar; no trabajar: jugar. Si no es ese niño-oculto-en-el-hombre que en los campos del Señor juega en la hierba verde de otros agostos cuando ya ha empezado a crecer, a juntar años, a percibir la oscuridad esperando bajo los árboles para sembrar la sangre, El vino del estío no es nada.

Hace unos años me divirtió y me dejó un tanto perplejo un artículo donde un crítico, analizando El vino del estío y las más realistas obras de Sinclair Lewis, se preguntaba cómo yo había podido nacer y criarme en Waukegan, que en mi novela había rebautizado Creen Town, y no me había fijado en qué feo era el puerto, y qué deprimentes los depósitos de carbón y los talleres ferroviarios de más abajo.

Pero por supuesto que yo me había fijado; y, genéticamente mago como era, me fascinaba esa belleza. Ni los trenes ni los furgones ni el olor del carbón son feos para los niños. Fealdad es un concepto con el cual nos cruzamos más tarde y que luego tenemos siempre en cuenta. Una de las actividades básicas de los niños es contar vagones de carga. Cuando pasa un tren que viene de lejos los mayores se inquietan, resoplan y se burlan, pero los niños cuentan alegremente los vagones y gritan los nombres.

Y, además, esos talleres ferroviarios supuestamente feos eran el lugar adonde llegaban ferias y circos con elefantes que a las cinco de la mañana lavaban las aceras de ladrillos con potentes, vaporosas aguas ácidas.

En cuanto al carbón de los muelles, todos los otoños yo bajaba a mi sótano a esperar que llegaran el camión y su tolva metálica. Bajando con estrépito, la tolva soltaba una tonelada de preciosos meteoros que caían del espacio remoto a mi bodega y amenazaban enterrarme entre tesoros oscuros.

En otras palabras, si su muchacho es poeta, en el estiércol de caballo no encontrará sino flores; que son, por supuesto, lo único que ha habido siempre en el estiércol de caballo.

Acaso un nuevo poema mío explique mejor que esta introducción cómo germinaron en un libro todos los veranos de mi vida.

He aquí el comienzo:

 

Yo no vengo de Bizancio

sino de un tiempo y un lugar distintos

cuya sencilla raza era franca y probada;

de niño

me dejé caer en Illinois.

Nombre sin amor ni gracia

era Waukegan; de allí vengo y no, buenos amigos, de Bizancio.

El poema continúa, y describe mi relación de por vida con el lugar natal:

 

Y mirando atrás, con todo, veo,

desde lo alto del árbol más lejano,

una tierra que brilla,

tan azul y tan amada

como la más cierta que Yeats pudo haber soñado.

Waukegan, que desde entonces siempre he visitado a menudo, no es ni más acogedor ni más hermoso que cualquier otro pueblo del Medio Oeste. Hay mucho verde. Los árboles realmente se tocan por encima de las calzadas. La calle de mi antigua casa aún está pavimentada con ladrillos rojos. ¿Entonces en qué sentido era un pueblo especial?

Bien, yo había nacido allí. Era mi vida. Tuve que describirlo como lo veía entonces:

 

Así crecimos con la muerte mítica

acercando la cuchara a nuestro pan

para derramar mermelada de dioses

sobre la umbría manteca pretendiendo,

así era el cielo aquel,

que tocábamos los muslos de Venus...

Mientras en el porche, sereno,

sabia la voz, oro puro la mirada,

mi abuelo, verdadero mito,

superaba las concepciones de Platón,

mientras la abuela en su hamaca

remendaba la enredada manga del cuidado

y tejía raras, relucientes nieves de crochet

que refrescaban la noche de verano.

y los tíos, juntos todos en humo,

disfrazaban de chistes su sabiduría,

y las tías, sabias como vírgenes de Delfos,

dispensaban limonadas proféticas

a niños que se hincaban como acólitos

en un porche griego en noches de verano;

luego se iban a la cama, donde se arrepentían

de las maldades de los inocentes;

como zumbido de mosquitos, los pecados

les hablaban, noche a noche y año a año,

no de Waukegan o de lllinois

sino de un sol y un cielo más risueños.

Cierto que nuestro destino era mediocre

y la Mayor no tan brillante como la de Yeats;

pero nos conocíamos muy bien. ¿El resultado?

Bizancio.

Bizancio.

Waukegan/Creen Town/Bizancio.

¿Entonces Creen Town existió?

Sí; y una vez más: sí.

¿Hubo un niño de verdad llamado John Huff?

Sí. Y así se llamaba realmente. Pero no se alejó de mí; fui yo quien lo dejó. Pero, final feliz, cuarenta y dos años después todavía está vivo y recuerda nuestro amor de entonces.

¿Hubo un Solitario?

Sí, y así se llamaba. Y cuando yo tenía seis años rondaba por mi pueblo y asustaba a todo el mundo y nunca lo capturaron.

Y lo más importante, ¿existe la gran casa, con el Abuelo y la Abuela y los inquilinos y los tíos y tías? Esto ya lo he contestado.

¿Es real el barranco, y es hondo y oscuro de noche? Lo era, lo es. Hace unos años llevé a mis hijas a verlo, temiendo que con el tiempo se hubiera llenado. Tengo el alivio y la felicidad de informar que el barranco es más profundo, oscuro y misterioso que nunca. Ni siquiera hoy volvería a casa pasando por allí después de haber visto El fantasma de la Ópera.

O sea que ahí tienen. Waukegan era Green Town era Bizancio, con toda la alegría que entraña, con toda la tristeza que conllevan esos nombres. Las personas eran dioses y enanos y se sabían mortales y por eso los enanos caminaban empinados para no incomodar a los dioses y los dioses se encorvaban para que los pequeños se sintieran a gusto. Y al fin y al cabo, ¿no consiste en eso la vida, en la capacidad de dar un rodeo y meterse en las cabezas de los otros para mirar el condenado milagro y decir: ¡Vaya!, o sea que vosotros lo veis así? Bien, pues lo tendré en cuenta.

He aquí entonces mi celebración de la muerte y la vida, la tiniebla y la luz, lo viejo y lo joven, de la tontería y la viveza mezcladas, de la dicha pura y el terror completo, escrita por un niño que en un tiempo colgaba de los árboles cabeza abajo, disfrazado de murciélago y con colmillos de caramelo, y a los doce años por fin cayó de los árboles y encontró una máquina de escribir de juguete y escribió su primera «novela».

Un recuerdo final.

Globos de fuego.

Hoy en día rara vez se ven, aunque he oído que en ciertos países todavía los hacen y los llenan con el aliento tibio de un fuego de paja que cuelga debajo.

Pero en 1925 en Illinois aún había esos globos, y uno de los últimos recuerdos que tengo de mi abuelo es la última hora de una noche de Cuatro de Julio, hace cuarenta y ocho años, en que el Abuelo y yo salimos al jardín e hicimos una fogata y llenamos de aire caliente un globo de papel con forma de pera, a rayas rojas, blancas y azules, y por un momento final retuvimos en las manos la parpadeante presencia con brillo de ángel frente al porche repleto de tíos y tías y primos y madres y padres, y luego, con gran suavidad, dejamos que eso que era vida y luz y misterio se nos fuera de los dedos hacia el aire estival y se alejara sobre las casas ya adormiladas, entre las estrellas, frágil, deslumbrante, vulnerable y hermoso como la vida misma.

Veo a mi abuelo alzando la vista hacia esa extraña luz a la deriva, pensando sus propios y serenos pensamientos. Me veo a mí mismo, los ojos llenos de lágrimas porque era el final, la noche se había acabado, y sabía que nunca volvería a haber una noche así.

Nadie dijo nada. Mirábamos el cielo y respirábamos, y pensábamos todos las mismas cosas, pero nadie habló. Sin embargo alguien tenía que decir algo al fin, ¿no? Y ese alguien soy yo.

El vino sigue esperando abajo, en la bodega.

Mi querida familia sigue sentada en la oscuridad del porche.

El globo de fuego flota y arde aún en el cielo nocturno de un verano nunca enterrado.

¿Por qué y cómo?

Porque lo digo yo.

 

1974

Zen en el arte de escribir

Trad. Marcelo Cohen
Minotauro, 2002

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