4 jul. 2009

Michel de Montaigne - Inconvenientes de simular las enfermedades

 

 

Hay un epigrama de Marcial, que es de los buenos (también los escribió medianos y malos), en el cual refiere con gracia suma el sucedido de Celio, quien, por no usar de cortesanías con algunos grandes de Roma, como encontrarse junto a ellos cuando abandonaban el lecho, asistir a sus reuniones y seguirles en el paseo, simuló estar enfermo de gota, y para aparentar su excusa con verosimilitud mayor hacía que le diesen unturas en las piernas, llevábalas envueltas e imitaba cabalmente el continente y porte de un gotoso; mas aconteció al fin que la enfermedad le atrapó de veras:

Tantum cura potest, et ars doloris!

Desit fingere Caelius podagram! [1]

Creo haber leído en mi pasaje de Apiano la historia análoga de un individuo que, deseando escapar a las proscripciones de los triunviros de Roma, para no ser conocido de los que le perseguían, andaba oculto y disfrazado, a lo cual añadió además la ocurrencia de fingirse tuerto; mas ocurrió después, cuando logró recobrar alguna libertad mayor de la que antes había disfrutado, que queriendo retirar el emplasto que había por espacio de tanto tiempo llevado sobre el ojo pudo ver con el otro que efectivamente lo había perdido. Es posible que la fuerza de la vista se debilitara por haber permanecido tan dilatado espacio sin ejercicio, y, que la virtud visual se encaminara integra al otro ojo; pues con toda evidencia experimentamos que el que tenemos cubierto envía a su compañero alguna parte de su fuerza, de manera que el que permanece descubierto se dilata y se convierte en más abultado. De la propia suerte la ociosidad, junta con el calor de las ligaduras y los medicamentos, había podido muy bien atraer algún humor podágrico al gotoso de Marcial.

Leyendo en Froissard la promesa que hiciera una tropa de caballeros jóvenes ingleses, que consistía en llevar vendado el ojo izquierdo hasta que hubieran penetrado en Francia y a expensas nuestras ganado algún lecho de armas, hame cosquilleado a veces el deseo de que les hubiese sucedido lo que aconteció a los dos individuos de que hablé, y que se hubieran encontrado todos tuertos al ver de nuevo a sus amadas, a las cuales brindaban el resultado de su empresa.

Obran cuerdamente las madres al reprender a sus hijos cuando éstos remedan el tuerto, el cojo o el bizco y otros defectos físicos, pues sobre que el tierno cuerpo de las criaturas puede con ello viciarse, no sé cómo ocurre que la casualidad se mofa lindamente de nosotros castigándonos. He oído referir muchos casos de gentes que cayeron enfermas por fingir que lo estaban. Yo acostumbré siempre a llevar en la mano, lo mismo andando a caballo que a pie, una varilla o un bastón para darme aires de elegancia o apoyarme con afectado continente: por ello muchos me amenazaron con que la casualidad acaso cambiara un día estos melindres en necesidad obligada. Para rechazar esta amonestación alego yo que sería el primer gotoso entro todos los de mi estirpe.

Pero alarguemos todavía este capítulo y abigarrémosle con otro apunte a propósito de la ceguera. Cuenta Plinio, que un individuo, soñando una noche que estaba ciego, encontrose tal en efecto al día siguiente, sin que padeciera ninguna enfermedad que a situación tan lamentable le encaminara. La fuerza de la imaginación puede muy bien ayudar en este caso particular, como dije en otra parte [2]; Plinio semeja ser de este parecer, pero es más verosímil todavía opinar, que los movimientos que el cuerpo experimentó interiormente, de los cuales los médicos buscarán la causa si les place, fueron los que lo privaron de la vista y los que al sueño dieron margen.

Añadamos aún otro sucedido análogo al precedente, que Séneca refiere en una de sus cartas: «Ya sabes, dice, dirigiéndose a Lucilio, que Harpasta, la loca que dirigiste a mi mujer, ha permanecido entre nosotros como cosa hereditoria, pues por lo que a mí toca soy enemigo de estos monstruos, y si alguna vez me vienen ganas de reír de un bufón, no he menester buscarlo lejos: me río de mí mismo; pues bien, esta pobre mujer ha perdido súbitamente la vista. La cosa te parecerá extraña, pero es verídica de todo en todo: no advierte que está ciega, y constantemente habla al que  la conduce de cambiarla de lugar, porque dice que mi casa es lóbrega. A todos se nos ocurre reírnos a sus expensas; nadie echa de ver que es avaro ni codicioso: los ciegos si quiera solicitan un guía, nosotros nos descarriamos voluntariamente. No soy ambicioso, decimos, pero en Roma no se puede vivir sino siéndolo; no soy fastuoso, mas habitar en la ciudad requiere siempre gastos grandes; cuando monto en cólera, la culpa no es mía, obedece a que aún no establezco la ordenada manera de vivir, y debe achacarse también a la inexperiencia de mis años. No busquemos fuera de nosotros la causa de nuestro mal, busquémosla dentro, pues está plantada en nuestras entrañas; y la circunstancia de no reconocer nuestra enfermedad hace nuestra curación más difícil. Si muy luego no la empezamos ¿cuándo habremos puesto remedio a tantas llagas y a tantos males como nos minan? A nuestro alcance tenemos una dulcísima medicina, que es la filosofía; con el uso de las otras el placer no se experimenta sino después de la extirpación del mal; ésta es grata y sana juntamente.» Tales son las palabras de Séneca, que si bien me apartaron de mi asunto fue en provecho del lector, que salió ganancioso en el cambio.


[1] Tanto pueden el cuidado y el arte de estar enfermo que Celio no necesita ya fingir la gota. MARCIAL, VII, 39, 8. (N. del T.)

[2] En el capítulo XX del libro I. (N. del T.)

 

Ensayos II, capítulo XXV

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